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Lingüista boricua enseña en universidad por la integración regional latinoamericana en Brasil

En las cataratas de Iguazú, lado brasileño. Fotos suministradas

Especial para En Rojo

Samarys Cruz Báez es lingüista y una apaixonada de la lengua portuguesa y la cultura brasileña. Su relación con Brasil viene desde 2014 cuando pisó tierras brasileñas por primera vez, aunque fue en 2022 que se estableció oficialmente como profesora de Español en la Universidad Federal por la Integración Latinoamericana (UNILA), proyecto de educación universitaria pública que abrió sus puertas en 2010 bajo el gobierno del presidente Luiz Inácio Lula da Silva con el propósito de fomentar la integración cultural, científica y educativa de América Latina y el Caribe.

Cruz Báez, utuadeña y proveniente de una familia de educadores, aterrizó en Brasil en 2014 y se enamoró instantáneamente del sur brasileiro, de “ese sur que no tiene nada que ver con los estereotipos,” dice. Llegó específicamente a la ciudad de Florianópolis en el estado de Santa Catarina, por una beca de la Organización de Estados Americanos (OEA) para hacer un doctorado en Lingüística Aplicada de la Universidad Federal de Santa Catarina (UFSC), reconocida como uno de los mejores centros de enseñanza e investigación en lingüística de Brasil. Aquí investigó sobre la enseñanza del español como lengua materna en Puerto Rico desde el siglo xx hasta la contemporaneidad. Luego de culminar su doctorado, regresó a Puerto Rico por tres años, aunque moría de saudade por regresar a Brasil.

En 2022, una amiga de la universidad la etiquetó en una publicación de redes sociales que anunciaba un concurso para contratar profesores con doctorado en el área de interculturalidad y plurilingüismo en la UNILA, que por su misión de integración regional aspira a que el 50% del profesorado sea extranjero, y el resto es historia.

Llegó en septiembre de 2022 en un vuelo sin regreso definido para ejercer como la primera profesora puertorriqueña en este proyecto de integración latinoamericana, ubicado en la ciudad de Foz de Iguazú, ciudad con triple frontera, junto con Paraguay y Argentina, que ubica en el estado de Paraná, también en el sur de Brasil.

Allí se desempeña como profesora de español en el Ciclo Común de Estudios y formadora de futuros profesores de español y portugués en el Departamento de Letras– Español y Portugués como Lenguas Extranjeras. Sus estudiantes suelen ser brasileños, pero también hispanoamericanos, haitianos e indígenas, en su mayoría guaraní y ticuna, y también algunos colombianos nasa.

“La UNILA tiene algo que le llaman Ciclo Común de Estudios y los estudiantes brasileños tienen que tomar clases de español, y los hispanohablantes tienen que tomar portugués,” indica la académica, quien cursó su bachillerato en Educación Secundaria en Español en la UPR de Río Piedras y su Maestría en el Programa Graduado de Lingüística de esta misma universidad. En este último programa fue donde tuvo su primer contacto con la lengua portuguesa.

La UNILA es una de las 18 universidades federales que el gobierno del presidente Lula creó entre 2003 y 2014 para descentralizar la educación superior. Es una de dos universidades federales con un enfoque internacional, la otra siendo la Universidad Federal de la Integración Luso-Afro-Brasileña (UNILAB) en el estado de Ceará en el nordeste brasileño, dirigida a estudiantes del mundo lusófono, especialmente del África lusófona, aunque la UNILA, que reúne a más de 30 nacionalidades, es la única con un enfoque bilingüe (portugués/español).

Según declaró Lula durante la conferencia inaugural de la UNILA el 2 de septiembre de 2010 en Foz de Iguazú, la creación de la UNILA fue “casi una obsesión que tenía de crear una universidad latinoamericana” con el objetivo de crear “una nueva conciencia política en América Latina”.

El campus fue diseñado por el arquitecto brasileño Oscar Niemayer, considerado uno de los padres de Brasilia, aunque su construcción estuvo detenida por más 10 años desde 2014 hasta 2025, en parte por la crisis y polarización política que vivió Brasil.

Lenguas indígenas

Además de impartir clases de español, la puertorriqueña, coordina programas de acogida para estudiantes que no hablan ninguna de las dos lenguas oficiales de la universidad, portugués y español, quienes por lo general son indígenas y haitianos. “En la universidad circulan más de 200 etnias distintas, la mayoría ticunas del Amazonas brasileño o colombiano,” precisa la profesora.

Estudiantes de letras,

Aunque este programa ayuda a estos estudiantes a acoplarse a la vida universitaria en uno de los idiomas oficiales, Cruz Báez destaca que hay algunas barreras culturales que lo hacen desafiante, por ejemplo, la timidez de los indígenas. “Si el indígena no te tiene confianza, le puedes tener un montón de servicios para tratar de igualar sus condiciones en este contexto y no las va a aprovechar,” sostiene.

Por esto, considera que aprender estas lenguas es una manera de acoger y demostrar que su cultura es bienvenida y apreciada en el entorno universitario. “Es una manera de decirles: Estoy usando tu lengua porque quiero que tu lengua circule aquí y resuene. No quiero imponer mis lenguas. Quiero hablar la tuya para que también tengas espacio. Eso crea confianza y una atmósfera muy diferente,” explica.

“Es parte de lo que considero mi trabajo político y es como quiero contribuir. Desde mi perspectiva ética sobre cómo creo que la integración latinoamericana debe acoger la diversidad, tendría que aprender creole, ticuna y guaraní, además de español y portugués” puntualiza la académica.

El Censo 2022 en Brasil reveló una inmensa diversidad lingüística, identificando 295 lenguas indígenas habladas por 391 etnias, un aumento respecto a las 274 registradas en 2010. Aunque el portugués es la lengua oficial y predominante, el país alberga una rica mezcla de lenguas indígenas, con el ticuna, guaraní-kaiowá, guayayara y káingang entre los más hablados. El país cuenta con 1,693,535 personas que se identifican como indígenas, lo que representa aproximadamente el 0.83% de la población total.

Acercarse a Haití

En el caso de sus estudiantes haitianos, para poder comunicarse con ellos y acogerlos, la profesora toma clases de creole a través de un programa de extensión donde varios estudiantes ofrecen clases a la comunidad universitaria. Además, hay estudiantes que han creado canales de YouTube para impartir clases de creole en línea, como Idiomas con Lolo.

“Es una lengua de mi región y de la revolución que más admiro en el mundo. Las lenguas criollas son lenguas muy políticas. Son lenguas de lucha y de resistencia. Son las lenguas de crear un otras referencias de mundo que el blanco (colonizador) no puede descifrar,” explica la lingüista.

Cuenta que sus estudiantes haitianos, en particular, sufren de discrimen y prejuicio por parte de la población local de Foz, ciudad que vive una polarización política marcada y que incluso fue sacudida, unos meses antes de las elecciones de 2022, por un asesinato político de un dirigente local del Partido de los Trabajadores (PT) por un seguidor del convicto expresidente Jair Bolsonaro, quien sirve una condena de 27 años por tramar un golpe de estado luego de las elecciones de 2022.

En las últimas elecciones presidenciales de 2022, Bolsonaro ganó en Foz de Iguazú de forma contundente con el 66.2%, mientras que el presidente Lula obtuvo el 33.8%. A nivel nacional, Lula ganó con el 50.9% de los votos, mientras que Bolsonaro obtuvo el 49.1%.

Nacionalidad colonial

Es la única puertorriqueña en la UNILA y la única profesora con pasaporte de Estados Unidos. Como su tarjeta de identificación universitaria actual dice que es estadounidense, está en el proceso de pedirle a la oficina de relaciones internacionales que le cambien la nacionalidad para que diga Puerto Rico.

Entre sus próximos planes, está abogar por los estudiantes de territorios en las Américas sin soberanía y que tengan pasaporte de Estados Unidos o Europa, pues hasta el momento no son admitidos, como es el caso de Puerto Rico, Guayana Francesa, y los territorios de ultramar franceses de Martinica y Guadalupe, por ejemplo. Esa restricción no aplica para contratación de profesores.

“Quiero traer el discurso de que al no permitir a los estudiantes puertorriqueños entrar a la UNILA, cuando el pasaporte de Estados Unidos es una imposición, se está promoviendo esa opresión colonial,” enfatiza la boricua, a quien también le gustaría poder traer a esta universidad brasileña a estudiantes puertorriqueños de intercambio.

“Es muy lindo lograr visibilizar y hablar de la situación colonial que vive Puerto Rico, que también refleja otras realidades coloniales de otras Antillas,” sostiene Cruz Báez, quien lleva orgullosamente puestas unas pantallas tejidas por una de sus estudiantes brasileñas con la bandera de Puerto Rico y el sapo concho.

Cruz Báez está agradecida a la educación pública puertorriqueña y brasileña, a su familia y a sus amistades. “Sola no habría llegado aquí,” puntualiza.

Aldea Indígena Guarani Tekoha Arapy, Foz do Iguacu; ellos están ocupando las tierras, en espera de que se oficialice el territorio

 

 

 

Será otra cosa-Historia para dormir

Especial para En Rojo

—No puedo dormir— le expliqué a Clari — No te escuché la primera vez. Estoy distraída.

Clari se ríe de mí cuando me encuentra hablando sola. Ella jura que me estoy volviendo loca, pero no. Hablo con mis muertos. Mis muertos son reales, no como ella dice, productos de mi imaginación desaforada. Lo que ella no sabe es que algunas veces también bailo con ellos cuando estoy sola, y ese baile es la única garantía de mi salud mental. Bailo como una demente, con toda la casa apagada, frente al ventanal que da a la avenida, donde sólo los murciélagos y las cucarachas puedan verme. Cuando ella llegó a casa, la sala estaba a oscuras.

Hablo con mis muertos como si rezara. Lo hago desde muy pequeña, con el mismo fervor de una oración, apretando los ojos, deseando fuertemente su presencia, a ver si así sí, si así me escuchan. También bailo, porque en algún lugar leí que eso se hace cuando se convoca la alegría, y hoy la necesito, como un milagro.

De pequeñas nos hablaron mucho de milagros. Todos los domingos nos llevaban, a mis hermanas y a mí, a misa, y nos contaban montones de historias inverosímiles que debíamos tomar como verdad. Por las tardes nos quedábamos en casa leyendo cuentos de hadas, que era casi lo mismo, y aunque nos confundiéramos, ya por la noche estábamos convencidas, y rezábamos antes de irnos a dormir. Mientras tanto, mi madre fregaba los trastes de la cena dominical y rumiaba por lo bajo encadenadas diatribas contra el patriarcado, que sonaban también como un rezo.

Vivíamos confundidas, claro que sí. Pero teníamos la voluntad de creer, de confiar, de sentirnos seguras en aquel mundo lleno de reglas y prohibiciones al que habíamos llegado, al que nos habían traído sin consultarnos. También nos hablaban, para colmo, de un pecado original que no entendíamos, a nosotras, tan inocentes. Necesitábamos auxilio ultraterreno, lo sabíamos. Por eso apretábamos los ojos en la oscuridad y rezábamos como muñecas de cuerda. Hablábamos de tú a tú con el ángel de mi guarda dulce compañía, palabras mágicas como las de los cuentos que nos daban fuerza, pero también nos encerraban en una niñez protegida, en una burbuja vulnerable, una pompita de jabón, que la claridad del terror, la mezquindad y la violencia del mundo fue quebrando. Luego, mucho tiempo después, todavía necesitada de auxilio extraordinario, al menos yo, hablo con los muertos porque también se nos ha ido poblando el Otro Mundo de interlocutores, y cualquier ayuda ultraterrena es bienvenida.

Y así es que Clari me encuentra hablando sola. No es que hable duro, aprovecho la pantomima de los auriculares, voy hablándole a un muerto según voy por la calle. Me acompaña al estacionamiento, lo consulto para las grandes decisiones tanto como para las boberías cotidianas. ¿Pero era por aquí? ¿Estás seguro?

El asunto es más peliagudo en estos días porque no encuentro cómo explicarles a los muertos recientes lo mucho que ha cambiado el mundo. Nunca sabrán si la impresión es cosa de los tiempos o cosas de la edad (la mía), como dicen los doctores, y comparto con ellos la misma sensación de desamparo. Es algo así como esto no hay dios que lo entienda.

Clari dice que debo dejar esa mala costumbre, que no es sano, que debo mirar las verdades cara a cara, pero es que son tan feas las imágenes. Debo escoger entre mirar y no mirar, entre envolverme en esa red de luces, voces y formas, o adentrarme en bosques reales, chapotear por los pocos caminos bajo la sombra, usar los otros sentidos para plantarme también yo en el planeta. Dejar de hablar con muertos. Dejar de asomarme al otro lado. Presentir a los vivos desde lejos, aunque se estén matando entre ellos.

Así que miro. Y mirando, le cuento a Clari, me encontré con una criatura tan espantosa que parecía signo del final de los tiempos. Resultó luego que el responsable de la foto aclaraba que la ha tomado bien de cerca, que no era tan terrible ni amenazante. Sólo mide un par de pulgadas, pero el pequeño monstruo es todo boca, en la que luce varias hileras de afilados colmillos. Lo inquietante es que lleva en la coronilla una elegante antena que termina en un punto luminoso. Igual que el acercamiento el pez diablo negro (así lo llaman) lo convierte en criatura fantástica, lo que ha sucedido en estas semanas me ha dejado la impresión de un acontecer acelerado, le digo a Clari. Las cosas –las terribles y las maravillosas–, han sucedido, sin embargo, a su propio ritmo, nota precipitadamente. ¿O me equivoco? ¿No será por eso que no puedo dormir?

—Si no puedes dormir, me dijo Clari, seguramente padezcas de policrisis. ¿Policrisis? Sí, leí un artículo sobre el padecimiento en The Guardian hace unos días. Puedes tener policrisis aguda, una policrisis de miedo. Dicen que toda esa avalancha de malas noticias, esas imágenes de violencia y crueldades de todo tipo, sumadas a las penurias diarias, los achaques, las precariedades, los malos ratos, todo eso junto, nos abruma. Por eso no duermes. Cuando sufres de policrisis el futuro no puede verse. El futuro es esto, y nada más. El futuro es bien feo y bien triste. No se piensa en más allá porque más allá no se ve nada de nada, pero la cosa no es tan tremenda, como tu pez diablo negro.

No me convence, pero dejo a Clari hablar, porque si no, se desespera.

No le digo nada, pero, entrenada en el optimismo crónico, me pregunto si la policrisis esa también nos incapacita para imaginar, para desear. ¿Esto se me ocurre a mí o me lo susurra uno de mis muertos? Ay, el deseo, ese impulso tan necesario para la ideación de otras cosas, cosas distintas a las que se nos apilan en nuestras cabecitas agobiadas. Hay algo, como un espíritu maligno que se convierte en bruma, en una melcocha pesada que sume a la gente en la infelicidad y la deja convertida en peñón inmóvil en el fondo del agua. Estoy pensando otra vez como una niña.

Me quedo estancada en esa metáfora. Ya no escucho a Clari, que debe estar respondiéndome, como siempre. Mira piedra quieta, me digo, mira allá arriba, si es que el fondo no es demasiado profundo, mira la luz que atraviesa el aire afuera. ¿No sientes nada?

He conocido personas que han sufrido cosas tremendas y me maravilla verlas tiempo después aparentemente recuperadas. Casi un milagro. ¿Será verdad, como dicen algunos sicólogos, que la especie humana es tan audaz? Esa gente santa me recuerda aquel tinglar que vi hace unos años en la playa de Culebra, tan enorme y majestuoso, una madrugada de abril. Fue de los últimos que salió esa noche y tenía como tatuados unos profundos rasguños: una mordida de tiburón, nos aclaró el maestro que nos acompañaba. Allí estaban las horrorosas cicatrices, y allí estaba el tinglar, tan sereno y apacible, como si nada, desovando las próximas generaciones de tinglares viajeros. Tapó el nido y retomó el camino al agua, como si lo llamaran de las profundidades. ¿De veras podemos ser así, tan audaces, como esa milagrosa criatura?

Estoy eslembada, y Clari sigue perorando.

*  *  *

Pude dormir, pero desperté de madrugada, le conté a Clari. Fue como un pinchazo, como un chorro de agua fría en la espalda, y me dije, de esto tengo que hablar. Afuera sonaba un sapo como un motor.

La imagen era la siguiente: mi hermana y yo, de tres y cuatro años, bajo la lluvia. Estamos en pantis, sentadas en el borde de la acera. Llueve a cántaros en Puerto Nuevo, y tenemos los pies hundidos en la corriente que baja por la cuneta. Nadie nos regaña. Es más, creo que algún adulto nos celebra la ocurrencia. Esa tarde comeremos acerolas. Cierro los ojos y entro otra vez en esa casa. Mi prima Eda tiene fotos de Raphael pegadas en la puerta de su cuarto. Tití dice que Mili es una puerca porque deja los mocos pegados en las sábanas. Mi hermana y yo corremos a mojarnos bajo la lluvia.

Alborozo, contento, deleite, entusiasmo, felicidad, gozo, hilaridad, jovialidad, placer, regocijo, risa, satisfacción, vivacidad.

La alegría es pasajera. Pasa como un celaje. Si es un estado general, sin demostración de gozo, es entonces felicidad. La alegría es escandalosa, contamina, se pega en las paredes, es pegajosa, y empalaga en ocasiones. La alegría deja su impronta en la memoria y cuando el mundo pide milagros, regresa y te eleva.

Mira, Clari, la lucecita del pez diablo negro en el arrecife. La policrisis es una tintorera enorme que pasa de largo. Hoy hablo contigo, no con los muertos. Bailo. Tengo los pies mojados, debo estar soñando. Por fin.

 

Celebrarán la edición 2026 del Festival Antonia

 

 

La edición 2026 del Festival Antonia se celebrará en la Universidad de Puerto Rico, Recinto de Río Piedras, con una jornada de actividades que se extenderán desde el 3 hasta el 12 de marzo. Habrá talleres y conferencias sobre la historia del movimiento estudiantil, sobre nuestra resistencia de pueblo contra el imperialismo y el militarismo como una de sus manifestaciones específicas. Por ello, se repasarán las luchas para resistir el servicio militar obligatorio, por expulsar la Marina del suelo viequense y el actual militarismo en el contexto nacional.

El evento cultural se llevará a cabo el jueves 5 de marzo en la Plaza Antonia (cuadrángulo histórico de le Universidad de Puerto Rico, Recinto de Río Piedras) a partir de las 4:00 pm y contará con música, venta de libros, artesanías y comida. Entre los artistas participantes se encuentran: Hery con h, La Retaguardia, Alí Tapia, Agustín Muñoz, Koala en Krayola, República de Komerío, el grupo de jazz de la UPR y el conjunto criollo de la UPR. Para acceder al calendario de actividades puede visitar el blog del Festival https://festivalantoniamartinezlagares.wordpress.com  o ir a la página de Facebook: Festival Antonia 2026 o festival_antonia en Instagram.

Antonia Martínez Lagares fue una estudiante universitaria asesinada por la policía de Puerto Rico el 4 de marzo de 1970. El asesinato ocurrió mientras la policía reprimía a una masa estudiantil que protestaba la presencia del Reserve Officers Training Corps (ROTC) en el recinto de Río Piedras, el Servicio Militar Obligatorio y la intervención estadounidense en Vietnam. Con este Festival honramos la memoria de Antonia, denunciamos un crimen de Estado y las tretas del imperialismo contra aquellos que lo resisten. En momentos en que se recrudece la ofensiva imperialista a nivel internacional, denunciamos la continuidad del colonialismo en nuestra patria, la utilización de nuestro suelo para la instalación y reactivación de bases militares, la ocupación de nuestra tierra por un ejército extranjero, y la utilización de nuestra patria para agredir a los pueblos hermanos latinoamericanos. Con este Festival proponemos aportar nuestro grano de arena en la profundización de una consciencia anti-imperialista, donde examinar las luchas del pasado nos aporten herramientas para las luchas presentes y futuras. Por último, el Festival se plantea como un humilde gesto de solidaridad inequívoca con otros pueblos brutalmente agredidos por el imperialismo, especialmente con el pueblo palestino, venezolano, y cubano. ¡Contra el imperialismo: ayer y hoy!

 

 

Un ritual de resistencia cultural y denuncia política en sólo 13 minutos

 

En lo que pareció una obra de teatro musical de trece minutos, Benito Antonio Martínez Ocasio, nombre de pila de Bad Bunny, presentó un acto de denuncia política y resistencia cultural en homenaje a Puerto Rico. Frente a cerca de 128.2 millones de espectadores que sintonizaban en vivo, el pasado 8 de febrero, el evento deportivo y cultural de más relevancia en Estados Unidos, Bad Bunny protagonizó el famoso evento artístico de medio tiempo de la final del Super Bowl en el Estadio Levi en Santa Clara, California.

El artista puertorriqueño de música urbana Bad Bunny presentó un provocador homenaje a Puerto Rico con guiños a los latinos en Estados Unidos, y extendido a toda la América, desde Tierra del Fuego hasta el Estrecho de Bering. El espectáculo reivindicó a América como continente donde desfilaron todas las banderas de igual a igual. Estados Unidos figuró como uno de los países que integra este universo americano que es diverso: negro, mulato, indígena y multilingüe.

La selección de Bad Bunny para el espectáculo de medio tiempo fue interpretada por algunos como una declaración política, pues surge en el contexto de una fractura cultural estadounidense que incluye redadas migratorias masivas en ciudades como Minneapolis, Los Ángeles y Chicago. También incluye la Nueva Estrategia de Seguridad Nacional de Estados Unidos, conocida irónicamente como “Doctrina Donroe” (haciendo referencia a la Doctrina Monroe y Donald Trump) que reafirma la decisión de ampliar su presencia militar y control en la región, y la oficialización del inglés por decreto.

En 2025, Estados Unidos deportó alrededor de 650,00 migrantes, mientras que alrededor de 2 millones regresaron a sus países (una especie de autodeportación), y tan reciente como el pasado mayo se designó el inglés como idioma oficial del país.

Dentro de ese contexto, el espectáculo del Conejo Malo se convirtió en una ficha de poder dentro de la guerra cultural que vive Estados Unidos y lo proyectó como figura antagónica ante Donald Trump y sus seguidores. Mientras, para los detractores del presidente Trump, el músico puertorriqueño se convirtió en una figura simpática que no necesariamente conocían o entendían, pero querían apoyar.

Con un perfil combativo por las causas sociales, el músico entendió su papel como puertorriqueño, y lo que su figura representa como símbolo de la resistencia ante la policía migratoria de Estados Unidos, conocido por ICE (Servicio de Inmigración y Control de Aduanas).

Una semana antes, al recoger dos de sus premios Grammy, Bad Bunny había dicho “ICE fuera” (ICE Out), a lo que también añadió “no somos salvajes, no somos animales, no somos extranjeros. Somos humanos y somos americanos”. En su espectáculo de medio tiempo, Bad Bunny aclaró contundentemente a lo que se refería con “somos americanos”.

El artista más escuchado del mundo en la plataforma Spotify por 4 de los últimos 6 años (2020, 2021, 2022, 2025), logra conectar con un público con un público global desde su proyecto artístico basado en la realidad de Puerto Rico. Para las profesoras Vanessa Díaz y Petra R. Rivera-Rideau, estudiosas del fenómeno de Bad Bunny y creadoras de un currículo para cursos universitarios sobre este artista, el éxito de Bad Bunny se debe principalmente a su defensa incondicional de Puerto Rico y a la conexión estrecha que mantiene con la isla caribeña.

El espectáculo estuvo cargado de mensajes a diferentes niveles que mostraron la historia, la cultura y la cotidianidad de Puerto Rico y que también pueden ser compartidas en otras áreas de la región: el cañaveral, los vendedores ambulantes de coco frío y piraguas (hielo raspado con sabor a frutas), los señores jugando dominó, los boxeadores. Exhibió la puertorriqueñidad con sus principales contradicciones: el pasado de esclavitud, el presente de apagones, infraestructura deficiente, desplazamiento, mala gobernanza, migración y diáspora, y la cotidianidad de la familia, la fiesta y el “perreo”.

El espectáculo fue una denuncia política sobre la relación colonial entre Puerto Rico y Estados Unidos. Nada fue al azar. La puesta en escena estaba llena de simbolismos. El tono azul cielo de la bandera de Puerto Rico es en referencia a la bandera original antes de la ocupación estadounidense. Los colores de la indumentaria de Lady Gaga, una de las artistas invitadas, también simbolizaban esta bandera revolucionaria, el traje azul cielo, los accesorios blancos y la flor de maga roja, flor nacional y emblema de la identidad puertorriqueña. Para las académicas Díaz y Rivera-Rideau, “ver a Bad Bunny aferrado a su bandera con azul clarito en el escenario del Super Bowl fue un poderoso gesto anticolonial”.

Esta presentación provocó una reacción visceral del presidente que oficializó el inglés como único idioma de Estados Unidos diciendo que fue “una afrenta a la grandeza de Estados Unidos” y “una bofetada a ese país”. Además, dijo que “nadie entendía una palabra de lo que decía”, refiriéndose al uso casi exclusivo en español en la plataforma del Super Bowl. En este caso, no se trata únicamente del idioma, pues hay ciertas latinidades que, aunque lo hablen, desprecian las experiencias afrolatinas y caribeñas.

Sin más armas que su música, Bad Bunny envió un poderoso mensaje de resistencia cultural, de unidad latinoamericana y continental, y de afirmación nacional para Puerto Rico y para cada uno de los países del continente, especialmente aquellos que, como Guyana, Haití, Jamaica y las Antillas, pocas veces se ven representados en espacios masivos y de manera celebratoria.

El Conejo Malo bailó en la casa del trompo “con todo su corillo que son un montón”.

 

Vengan a ver

Imagen: Alamy

 

Especial para En Rojo

 

 

El espectáculo, considerado en su totalidad, es a la vez el resultado
y el proyecto de un modo de producción existente.
No es un suplemento al mundo real ni su decoración superpuesta.

–Guy Debord

 

 

Comienza el espectáculo, que es como un sueño, que proyecta verdades conjugadas en tiempos verbales azarosos. Es la historia con otra sintaxis, o una frase cuyos sujetos –sustantivos, pronombres, a veces solo presencias– se mueven como sombras: son bailes de luz que reconozco, pero que no terminan de decir su verdadero nombre. Solo hay una certeza:

Corre el tiempo y estamos llamados a ver.

Un cañaveral cubre la extensión de un campo de fútbol americano. Miramos, todos con un mundo diferente por dentro, millones de collages que intentan encontrarle un huequito a este nuevo reto de los sentidos. Nos sorprende la representación en miniatura de ese paisaje. Parece un espejismo al que corren a reconocerse todas nuestras etnias y clases sociales: esa máquina de naturaleza manicurada a fuego, filo, sangre y lágrimas era nuestro primer teatro: en la plantación comienza nuestra historia, que es como decir que fue el lugar donde se proyectaron los primeros espectáculos que llamamos “nuestros”. Lo abarca todo: la fortificación colonial hecha destino de boda, la barriada con sus tienditas y obreras y viejos jugando dominó en un laberinto eterno de fiesta y subdesarrollo. La casita como promesa mesiánica que le da la espalda a la plantación, pero que no logra zafarse de ella.

Si no fuera por la coordinación perfecta entre imagen y sonido (algo que presupone una conciencia meta-narrativa de orden superior), el espectáculo de nuestra historia se perdería en la espesura, como temía perderse el niño del poema de Llorens, que contaba con un negro anónimo y mágico que le guiaba y protegía en la manigua. Somos una épica de detalles omisos, una irónica celebración de manos tullidas.

Pero corre el tiempo y hay que cumplir con la zafra. ¿Qué remedio sino disfrutar entre corte y corte?

El artista hace lo que puede. Traza su camino por el laberinto, gana altura sobre él, hace acrobacias como un Ícaro y se lanza de espaldas con absoluta confianza en la cronometría perfecta de nuestra historia hecha espectáculo. El show afirma la omnipotente multiculturalidad estadounidense. No sabemos qué más pedirle. En uno de sus malabares con los signos de nuestra historia, le entrega un pequeño celaje un premio, mientras le acaricia la cabeza a la velocidad de la luz. No hay momento para pensar, mucho menos para estar seguros.

Suena duro el tiempo y estamos llamados a seguirle la clave.

Unos minutos después, entre los aplausos y las lágrimas que se reproducen infinitamente en el estadio, en la sala que comparto con otros videntes, en las comunicaciones, se riega un rumor: el celaje que no habíamos alcanzado a ver era Liam Conejo Ramos. Su nombre carga una llama que le quema un roto a la filmina fractal del espectáculo. No era cierto, pero había un parecido insólito. El artista había querido hacer una referencia a sí mismo, cerrar el arco de la historia con un poco de auto-ficción, pero en su lugar proyectamos una imagen del inconsciente colectivo. No era cierto, pero el daño estaba hecho. Ya habíamos querido creer. Habíamos instalado el ídolo equivocado en el templo del espectáculo.

El desliz me inquieta. Solo entonces me doy cuenta que estoy pillado bajo un flujo incesante de imágenes que ni creé, ni pedí. Percibo más de cien sombras en el fondo del Mar Caribe. Otras decenas miles se tropiezan entre sí en la oscuridad de centros de detención. Hay cuerpos caídos en protesta. Sus sufrimientos son crueles puestas en escena sin razón de ser: como todo espectáculo, evaden el diálogo y son como fábulas que nos recuerdan que solamente hemos sido llamados a ver. Los rostros de Liam, de Elizabeth, de Renée, de Alex dan sus centellas en sucesión. Han sido también tragados por la máquina de espectáculos y la han hecho patinar.

Y así se desencajan las articulaciones del tiempo.

¿Cómo habrá dolido morir encadenado en un cañaveral? ¿Cómo quemará atravesar la espina dorsal de América en el lomo de una bestia oxidada al sol? ¿Qué sacrificio saciará a este viejo orden, sediento de espectáculos de terror?

Creo que despertar es algo así como decir el nombre de las sombras que vemos en esta sucesión interminable de sueños.

Hay algo que busco desesperadamente, pero no sé nombrarlo. Es algo tan elemental e inasible como lograr la mezcla del aire en otro planeta. Lucho por un buche de algo compartido más allá de lo que tenemos dado. Sea lo que sea, debe tener la magnitud de un acontecimiento inapelable.

La quema de un cañaveral en la noche.
Un cruce de frontera de millones de cuerpos opacando el horizonte.
Una revolución en la que seamos nosotros quienes llamamos a ver.