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Ayudarla a vivir

A principios de febrero de 2017, el teléfono sonó anunciando un mensaje de mi madre. En él me reclamaba que hacía muchos días no sabía de mí, ni una llamada ni un texto. Le respondí que hacía una semana nos habíamos comunicado y hablado largo rato, además de haber pasado la Navidad con ella. Entonces volvió a escribir para añadir que aquél dolor que sentía desde noviembre no había mejorado; al contrario, ahora tenía mucha dificultad para caminar. Ese fin de semana decidí ir a verla. La encontré acostada. Realmente no era que tuviera dificultad para caminar sino que ya no podía levantarse de la cama, aunque ella insistía. Su dolor era crónico, incesante y cruel. Sin embargo, ella se veía saludable: mantenía su peso, tenía apetito, su piel y sus ojos lucían limpios de toda mancha o rastro de enfermedad. Pero aquel dolor, aquel dolor era muy raro.

Esa tarde salí a buscar comida con mi hermano menor. Quería saber su opinión pues era médico y aún no habíamos podido hablar de lo que pasaba con mami. Me comentó que los resultados de los estudios que le habían realizado recientemente salieron normales. Los médicos que había visitado en los últimos dos meses le diagnosticaron un espasmo muscular, pero él tenía varias observaciones y muchas dudas sobre ese diagnóstico. Algo no encajaba bien. Había que seguir indagando. A la vuelta, ya en la casa, le servimos su comida y le hablamos de buscar una segunda opinión lo antes posible. Ella, aunque preocupada, aceptó. Comió bien, tomó medicamentos para el dolor y al anochecer, un poco más aliviada, me dijo que quería darse un baño, pero que tal vez necesitaría ayuda. Entonces me incliné frente a ella, rodeó mi cuello con sus brazos y poquito a poquito, nos fuimos levantando hasta que se sentó en la cama. Luego le acerqué el andador con ruedas que papi acababa de comprar, y con un esfuerzo monumental se puso en pie. Lentamente caminamos hasta el baño. A partir de ese momento me entregué en cuerpo y alma a ella. Ayudarla a vivir sería mi único y principal objetivo. Pero para mi sorpresa, a partir de ese momento, la verdad es que solo la estaba ayudando a morir. Aún yo no lo sabía.

Entró en la ducha muy débil de piernas, apenas se sostenía en pie y el más mínimo movimiento la hacía gritar de dolor. Así que la sostuve muy suavemente por la cintura mientras el agua tibia caía sobre su cabeza. Recuerdo con nitidez su pelo corto castaño empapándose y nuestros malabares para lavarlo sin que se lastimara más. Esa fue la última vez que el agua cayó libremente, a borbotones desde arriba sobre su cuerpo. Esa fue la última vez que se puso en pie y caminó. Tenía una pequeña fractura patológica en la vertebra lumbar 3 (L3), consecuencia de un cáncer metastásico que no sería diagnosticado sino hasta un mes más tarde.

Ella era alta, fuerte, valiente y jóven aún. Tenia sesentaiún años, esposo, tres hijos y un nietecito. Fue el centro de nuestra familia y yo tuve la oportunidad y el privilegio de cuidarla y acompañarla durante su enfermedad hasta algunas horas antes de su muerte. La verdad es que jamás pensé que esto me tocaría tan pronto y –en cierto sentido– tan de repente. De un día para otro mi madre estaba enferma de muerte y sin haber tenido absolutamente ningún síntoma, salvo estar muy viva, más viva que nunca —hubiese podido decir yo—. A veces se nos olvida que la muerte anda con nosotros, que vivimos para ella porque es nuestro único destino o el motor que en muchas ocasiones echa a andar nuestra voluntad de vivir. Casi siempre lo olvidamos porque nos resulta terrible e inconcebible nuestra finitud y la de nuestros seres queridos. Y entonces no es sino hasta que se nos muere alguien que esa realidad queda constatada, expuesta de forma desconcertante ante nuestros ojos y nuestra consciencia. Sin embargo, aun así, nos cuesta creer y aceptar.

Mami murió acompañada de mi hermano menor, quien fue su médico y al que yo asistí durante los meses que duró la transición de ella. Sin él todo hubiese sido mucho más difícil para nosotras dos. Pero también sé que sin mí, para mi hermano –el doctor– hubiese sido mucho más difícil enfrentarse a la enfermedad de nuestra madre. Ahora, a un año de la partida de mami, pienso en todo esto y logro reconocer que para atender a un moribundo, el médico necesita apoyarse en algo más que sus conocimientos técnicos. Los médicos necesitan valerse de mucho más que sus destrezas y las dosis de sedantes que pueden administrar, y quisiera pensar que la mayoría está consciente de ello. Pero por lo vivido, también creo comprender lo difícil que es —mucho más cuando quien se está muriendo frente a ti es tu madre— mantenerse sin vacilar, sin dejar que la rabia o la frustración prevalezcan por sobre la responsabilidad de ayudar a morir con dignidad. Que el médico se reconozca y/o se asuma como un facilitador de cierto bienestar en el escenario de enfermedad y muerte de sus pacientes es importante. Y como tal, —como facilitador— le corresponde ayudar a crear las mejores condiciones posibles para apoyar, enriquecer y salvaguardar la dignidad durante el proceso de transición de los moribundos que atiende. El médico necesita altas dosis de empatia y reflexión, no conformarse con lo que puede hacer como doctor sino complementar sus saberes echando mano de lo que tiene de humano. A veces, es más fácil limitarse a impartir los cuidados o procedimientos técnicos de la disciplina porque es duro ver morir a alguien pero también normal, natural que muramos, y el médico hace tiempo ha hecho las pases con esta realidad. Sin embargo, que sirva su entrenamiento y formación para acercar más que para distanciar; que consiga reconocer en el paciente, en ese otro, lo que con él comparte, la condición humana, y así logre acercarse, empatizar verdaderamente. Esto es fundamental para identificar y facilitar aquellos cuidados y atenciones que harán la diferencia en el proceso de transición del paciente. En este sentido yo me convertí en la consciencia de mi hermano. Ser su “Pepe grillo” nos ayudó a fortalecer su fibra más empática para así llegar enfrentar la transición de mami, ya no solo como hombre de ciencia, sino como hijo y humano que también padece.

Por suerte, mami siempre tuvo nuestra compañía, nuestras atenciones. Nuestros oídos, nuestras palabras y nuestros silencios; nuestro consuelo, nuestras caricias. Le cociné y le di de comer todos los días de mis propias manos, la bañé, la perfumé, la vestí, la peiné todos los días; le saqué las cejas, le pinté las uñas. La acompañé en sus rezos, recé por ella y también para ella, como me enseñó. En las noches más oscuras, en la incertidumbre, en el miedo y en el dolor, me acurruqué a su lado en la cama y acaricié su cabeza. Pocas horas antes de su muerte, en un pasillo frío de hospital, la hice reír por última vez y la encomendé a ese Dios en el que tanto confió para que la recibiera con el mismo amor con el que yo me despedía de ella cada noche antes de irme a dormir. Mi hermano y yo asumimos lo que entendíamos era nuestro deber para con quien nos dio tanto en la vida. Lo hicimos como mejor pudimos y cuando todo acabó, nos dimos las gracias.

Para los interesados en el tema de la muerte, recomiendo los siguientes libros: Muerte y mortalidad en la filosofía contemporánea. Bernard N. Schumacher. Barcelona: Editorial Herder, 2018.

Ayudar a morir. Iona Heath. Buenos Aires: Katz Editores, 2008. La soledad de los moribundos. Norbert Elias. México: Fondo de Cultura Económica, 1987.

***Este texto se publicó por primera vez en la revista virtual Stethoscopes & Pencils, el día 29 de julio, 2018.

El hermano menor

Sergei Nabokov nació exactamente nueve meses y cuatro días después que su hermano Vladimir. Parecían casi gemelos, hicieron pareja de dobles al tenis desde su infancia en Rusia hasta sus años en Cambridge, pero fuera de eso no tenían trato. “Podría relatar en detalle toda mi infancia y adolescencia sin que Sergei apareciera en ninguna escena”, dijo alguna vez el hermano mayor, que desde chico fue el favorito, el centro de la atención familiar. Sergei, en cambio, era tartamudo, enfermizo, miope y adoraba la música (dormía con un busto de Wagner bajo la almohada) en una familia que se jactaba de su carencia absoluta de oído. Cuando tenían quince, Vladimir encontró el diario de Sergei abierto y se lo mostró a su tutor, que se lo mostró a Nabokov padre. En el diario Sergei confesaba su homosexualidad, sus amores no correspondidos, su infelicidad. El exilio y la dispersión de la familia fueron casi un alivio para Sergei. El exilio lo causó, por supuesto, la revolución bolchevique y la dispersión de la familia la provocó el balazo que terminó con la vida de Nabokov padre, en un acto político de emigrados en Berlín.

En el exilio, los Nabokov habían dejado de ser ricos pero no habían perdido sus aires. Antes de ser asesinado, Nabokov padre puso a sus hijos a trabajar en un banco alemán: Sergei soportó una semana hasta rendirse; Vladimir simplemente se retiró a su casa a las tres horas de empezar su primera jornada. Para ganarse la vida, los dos hermanos debieron dar clases particulares a hijos de ricos, Vladimir en Berlín y Sergei en París, adonde partió en cuanto expiró su padre. A pesar de la tartamudez, Sergei logró colarse en París en el círculo áulico de Diaghilev, Jean Cocteau, Gertrude Stein y los hermanos Sitwell. Andaba de capa negra y bastón por la calle, flaco, pálido, el pelo rubio ceniza cubriéndole un ojo. Un día anunció por carta a su madre (instalada en Praga, con parientes) que se había convertido al catolicismo por influencia de un amigo austríaco llamado Hermann Thieme, cuya familia vivía en un castillo del siglo XII en Innsbruck. En la carta decía que al caminar con su amigo por las calles de París o los jardines de aquel castillo, “casi me sofoca la felicidad, algo que, como bien sabes, no he experimentado mucho en mi vida”. Aunque hubiera gente que prefiriera verlo sobrevivir a duras penas dando clases y sufriendo en soledad con tal de mantener las formas (así eran los círculos de la emigración rusa), Sergei le decía a su madre: “Sé que tú deseas que sea feliz”, y le daba a entender que no compartía lecho ni vivía en pecado con Hermann.

La señora Nabokov pidió a su hijo mayor que conociera al novio de Sergei, y éste le escribió lo siguiente: “Debo admitir que el marido es una persona agradable, discreta y seria. Es diez años mayor que S y no muestra ninguna de las características de los pederastas. De todas maneras me puse muy incómodo cuando se nos sumaron a la mesa unos amigos de ambos, con los labios pintados”. Aunque Vladimir se había mudado a París luego del ascenso de Hitler, los hermanos se veían poco y nada. En la primavera de 1940, cuando los nazis invadieron Francia, Vladimir logró huir a América con su esposa Vera y su pequeño hijo Dimitri, en el último barco que partió de Saint Nazaire, pero ni intentó llevarse con él a Sergei ni pudo despedirse de él. Sergei se dirigió junto a Hermann al castillo en Innsbruck. A las pocas semanas de estar allí, alguien del pueblo los denunció a la Gestapo y ambos fueron arrestados, “por prácticas sodomitas”.

Por ser ciudadano del Reich, Hermann fue enviado al Afrika korps de Rommel. Logró sobrevivir a la guerra y volver a su castillo en Innsbruck, donde cuidó de su hermana inválida hasta su muerte en 1972. Nunca volvió a ver a Sergei, que por ser apátrida fue sentenciado a cuatro meses en prisión. Cumplida la condena, Sergei se dirigió a Berlín. ¿A Berlín, justamente? Sí, por tres motivos: porque no conocía a nadie en Austria, porque no podía volver a París sin permiso de residencia y porque no se atrevía a cruzar clandestinamente a Suiza. Y en Berlín seguía funcionando el Buró de la Emigración Rusa: ahí podría conseguir nuevos documentos. Ayudado por una prima que se había casado con un alemán y vigilado por la Gestapo para que no reincidiera en “prácticas sodomitas”, Sergei logró el primer y único trabajo estable de su vida, en una oscura dependencia del Ministerio de Propaganda de Goebbels, como traductor. Trabajó casi dos años, de lunes a sábado, de ocho de la mañana a seis de la tarde, con media hora para almorzar: todas las mañanas al entrar a la oficina debía hacer el ¡Heil Hitler! y pasaba el resto de la jornada traduciendo propaganda nazi a su delicado y ya un poco anacrónico idioma natal. Hasta que, en enero de 1944, fue arrestado otra vez. Aparentemente, en un pequeño festejo en casa de la prima Onya, se negó a brindar por la supremacía de la cultura alemana. O quizá fue otra cosa, vaya a saberse. Lo único que se sabe con certeza es que Sergei fue enviado al campo de concentración de Neuengamme, en las afueras de Hamburgo. Llegó en un tren de prisioneros, llevaba el número 28631 en su uniforme de presidiario, pero no el triángulo invertido rosa, que señalaba a los homosexuales, sino el rojo que lo identificaba como enemigo político.

Neuengamme era un campo de experimentación médica. Usaban a los prisioneros como cobayos, les inyectaban el virus de la tuberculosis y evaluaban cuánto tiempo resistían vivos. De los ciento seis mil prisioneros que pasaron por el campo, más de dos tercios murieron por los atroces experimentos, las precarias condiciones sanitarias o la falta de comida. Después de la guerra, la única hermana de los Nabokov que quedó con vida en Europa recibía de tanto en tanto cartas o llamadas telefónicas de sobrevivientes de Neuengamme que querían transmitirle que Sergei los había ayudado, con comida o abrigo, cada vez que ellos se sentían desfallecer. Según los registros del campo, Sergei murió el 9 de enero de 1945, cuatro meses antes de que los aliados liberaran a los sobrevivientes. Su cuerpo fue incinerado en el crematorio y la comandancia envió la noticia de su muerte a la prima Onya. Ella logró informar a Helena, la hermana de Nabokov, que estaba en Bélgica y Helena escribió desde ahí a la revista New Yorker con la esperanza de que el mensaje le llegara a Vladimir.

Cuando los nabokovianos hablan de la presencia en sombras de Sergei en la obra de su hermano mayor mencionan tres libros: La Verdadera Vida de Sebastian Knight, donde un hombre escribe la vida de su misterioso medio hermano muerto; Barra Siniestra, la novela más política de Nabokov, donde el protagonista lucha contra un gobierno represivo y totalitario (pero el homosexual de ese libro no es el protagonista sino el dictador que lo manda matar al final); o Ada, que cuenta el amor incestuoso entre Ada Veen y su hermano Van (hay también una hermanita menor, que ama apasionadamente al protagonista masculino y se pasa la novela siguiéndolo, hasta que la indiferencia de él la lleva al suicidio: se arroja al mar desde un paquebote que cruza el Atlántico).

Curiosamente, nadie menciona Pnin, novela escrita por Nabokov entre 1953 y 1957, donde el protagonista rememora así su amor juvenil por una muchacha muerta en el campo de Buchenwald: “Pnin se prohibía recordar a Myra porque no había paz interior posible si uno pensaba que vivía en un mundo en el que aquella grácil, tierna y delicada jovencita cuyos hermosos ojos habían visto los mismos jardines y campos nevados que él, había sido trasladada en un vagón de hacienda hasta un campo de exterminio. Y como Pnin desconocía la causa exacta de muerte, Myra seguía muriendo en su mente, muriendo y resucitando para volver a morir una y otra vez, inoculada con algún bacilo o con vidrio molido, gaseada en las duchas con ácido prúsico o quemada viva luego de ser rociada con gasolina en un pozo cavado en un bosque”.

150 años del Grito de Lares: Los Beauchamp en el Grito de Lares

Incubando la revolución

Una revolución, victoriosa o derrotada, no se circunscribe a las fechas o al período histórico de días, semanas, meses o años en que sucedieron las acciones armadas. Esa es una fase ciertamente crucial pero no define lo que es una revolución.

Las revoluciones, como la historia y los eventos que se dan en ella, son procesos de cambios radicales, sociales y políticos, cuyos protagonistas son los participantes involucrados en las mismas. Proceso, vocablo del latín processus, implica contextos históricos, relaciones sociales en todas sus dimensiones, manifestación de los asuntos concernidos, acciones y pasos llevados a cabo para el objetivo de lo propuesto y el tiempo en que se despliega el evento.

La revolución puertorriqueña de 1868 –el Grito de Lares del 23 de septiembre– tiene antecedentes históricos que se remontan al siglo 18, con la sublevación de los vecinos de 1701-1712; la Conspiración de San Germán, de 1809-1812, el proyecto de independencia del general Antonio Valero y la Sociedad de Liberales Amantes de la Patria de 1820-1823; la rebelión fallida liderada por Andrés Salvador Vizcarrondo de 1838, y la resistencia y rebeliones de esclavos que atravesaron el siglo 19 hasta el día mismo del estallido en Lares. Más cercano al Grito de Lares tiene de telón de fondo la década políticamente agitada de 1860.

Antes de iniciar el levantamiento armado, propiamente, los partidarios de la independencia sostuvieron innumerables reuniones y discusiones e intercambios de ideas; acciones de solidaridad antillana, por ejemplo, en la guerra de la restauración de la independencia dominicana, de 1863 a 1865; organización de agrupaciones favorecedoras de la abolición de la esclavitud; transmisión de informaciones aprovechando juntes menos sospechosos de cumpleaños, bailes, bodas, fiestas patronales, actividades religiosas y misas, velorios y funerales; organización de juntas revolucionarias en ciudades y pueblos y legaciones o comités en los barrios; reclutamiento de militantes y simpatizantes; entrenamiento militar; establecimiento de redes políticas y métodos de comunicación en clave; debates con líderes del liberalismo reformista colonial; colectas, acopio y distribución de armas y municiones; preparación y circulación de propaganda revolucionaria; examen de las circunstancias geopolíticas a nivel internacional, regional y local; estudios de los emplazamientos y fuerzas militares y policíacas de los españoles y participación en acciones conjuntas con el liberalismo reformista como, por ejemplo, formulando peticiones ante la Junta de Información de Ultramar, en Madrid, entre 1866 y 1867.

Como se puede apreciar todo esto no ocurre de la noche a la mañana ni de un día para el otro. Requiere la inteligencia, tenacidad, compromiso, paciencia y prudencia de los organizadores y participantes en diversos niveles, algo siempre variable y vulnerable a fisuras y contratiempos.

Hay que tener presente, a su vez, las condiciones políticas, el contexto histórico, en que se produce un proceso revolucionario. En el siglo 19, Puerto Rico estaba bajo el control de una dictadura colonial militar. Como le dijo Eugenio María de Hostos al general Francisco Serrano, presidente del Gobierno Provisional de España, al momento de abogar por la amnistía de los presos políticos a finales de enero de 1869, “Puerto Rico pide todas la libertades, porque España se las niega todas”. No había libertad de expresión, prensa, reunión, tránsito de un lugar para otro, presunción de inocencia ante una acusación, inviolabilidad del hogar sin orden de allanamiento, nada de derechos civiles. De manera que todo lo promovido a favor de la causa de la independencia se tenía que hacer desde el clandestinaje y con el mayor sigilo para intentar no ser descubiertos.

Sin embargo, como sucede en todas las revoluciones, todo cuidado no evita la vigilancia del estado, infiltraciones, delaciones, cambios de posturas, sinsabores, indisciplinas, e imprevistos de todo tipo. Antes del Grito del 1868 un sin número de patriotas y paisanos fueron objeto de arrestos, registros, encarcelamientos, palizas, destierros y asesinatos. Un buen número de patriotas son conocidos, muchos más los desconocidos y anónimos.

Sociedades secretas

En mayo de 1867, el gobierno de España hizo saber su respuesta y burla a las peticiones de reforma política, social y económica para Puerto Rico de los comisionados liberales (Acosta, asimilista; Quiñones, autonomista; Ruiz Belvis, independentista) en Madrid: aumento de impuestos y nada más. Al mes siguiente sucedió un motín de soldados españoles (por sueldos atrasados e ideales políticos distintos en la Metrópoli), que el gobernador de turno aprovechó para culpar del acto a liberales de renombre de diversas tendencias. Julián Blanco, Pedro Gerónimo Goico, José Celis Aguilera, y otros recibieron órdenes de presentarse y someterse a los dictados de las autoridades en Madrid en plazo de dos meses.

Esas fueron las circunstancias en que el doctor Ramón Emeterio Betances y el licenciado Segundo Ruiz Belvis, actuando en sintonía con patriotas en diversos pueblos, empezando con Mayagüez donde ambos vivían, no acataron la orden, lograron fugarse a Nueva York, y se puso en marcha la organización de la estructura externa e interna de la revolución en el verano de 1867. De aquel momento data el primer Manifiesto Revolucionario a los Habitantes de Puerto Rico en este sentido.

En Historia de la insurrección de (1ra ed. 1872; 1975), José Pérez Moris, conservador y director del periódico Boletín Mercantil representativo de los intereses de las clases comerciales y hacendadas dominantes, señaló en sus términos reaccionarios: “La gran manufactura, el cerebro del laborantismo que precedió a los acontecimientos de Lares y de Yara estaba en las sociedades secretas…”, refiriéndose al Grito de Lares y al Grito de Yara de Cuba, del 10 de octubre de 1868 (Cap. II Sociedades Secretas, p. 75). Pérez Moris estaba tan alarmado por el brote revolucionario que creía había organizaciones anti-coloniales en los 68 pueblos de Puerto Rico entonces. Él veía independentistas hasta en la sopa; suponemos que padecería de indigestiones diarias. Ojalá hubiese sido así, pero la realidad es que conocemos alrededor de 20 pueblos con distintos grados de organización y compromiso. Pues cuando la de Camuy fue descubierta estas agrupaciones estaban en vías de organización en los pueblos y más tierra adentro, y de abajo hacia arriba.

Pero Pérez Moris, apenas un ejemplo del enemigo más consciente en las diversas esferas del gobierno y la sociedad en general, tenía razón; ellos sabían o creían saber más que los revolucionarios. Sin organización no hay revolución, y menos sin base en los pueblos y campos y en todas partes. Pero al final las autoridades estatales ni sabían ni nunca saben más que el pueblo consciente y movilizado pues, tarde o temprano, la rueda de la historia le pasa por encima a la tiranía más brutal. Ha habido y hay dictaduras de todo el abanico político, y no hay que engañarse con ello. Pero, no hay tiranía, imperialismo o dominación colonial, por más opresivo y sanguinario que haya sido o sea – la historia muestra – que resista la hora de los hornos con los pueblos y en que no se vea más que la luz. Aludimos a la metáfora del sabio revolucionario antillano José Martí.

Entre las organizaciones revolucionarias identificadas por las autoridades españolas en 1868 figura la llamada con nombre clave Capá Prieto Número 1. En lo que sigue vamos a tratar algo de ella y, en particular, a sus integrantes de la familia Beauchamp.

Capá Prieto Número 1

Después de enterarse de la triste noticia de la muerte de Segundo Ruiz Belvis al inicio de la malograda gira de solidaridad suramericana, y de honrar su memoria, bajo la dirección de Betances se reconstituyó el Comité Revolucionario y redactaron la Constitución del Gobierno de la Revolución Puertorriqueña en Santo Domingo, el 10 de enero de 1868. Es lo que llamaríamos ahora el Comité Central directivo. Es evidente que los militantes en varios pueblos ya estaban dando pasos organizativos desde meses antes.

Ello consta en las pocas páginas que han sobrevivido del Libro del Comité Revolucionario, registrando actas, documentos y correspondencia. En la sesión del 24 de febrero de 1868 acusan recibo y aceptan la formación de la Legación revolucionaria del Barrio de Bucarabones, que antes formaba parte de la jurisdicción de la zona montañosa de Mayagüez; actualmente del municipio de Las Marías. Era parte de la tierra alta y óptima para la producción de café. “El Comité en uso de sus atribuciones”, lee el texto, “acepta y aprueba los nombramientos hechos de los ciudadanos don Matías Bruckman, don Juan M. Terreforte, don Pablo Antonio Beauchamp, don Baldomero Baurén y don Francisco Arroyo Salazar, y para suplentes el del ciudadano don Pedro Beauchamp y la mención de honor a favor de la benemérita patriota doña Eduvigis Beauchamp”. Luego notificarían otros suplementes (Luis Bonafoux, Betances, ICP, 1985, p. 13). En diversos documentos cambian la grafía de algunos apellidos: Brugman, Bauring, Ferrefort, por ejemplo. Es una de las instancias raras que en documentos del siglo 19 identifican a una mujer en calidad de revolucionaria; y por cierto, muy distinguida por el Comité de dirección.

Según los datos manejados por Pérez Moris, Matías Bruckman, apodado “Misisipi”, era el presidente y tenía una hacienda de café en el barrio Furnias, y la identifica como “Número 2”; Terreforte era vicepresidente; Baurén, conocido como “Guayubín” era secretario; Pablo Beauchamp era tesorero; y Francisco “Paco” Arroyo figura junto a Pedro Beauchamp como agentes de relaciones exteriores, esto es, probablemente enlaces con otras juntas (Pérez Moris, Historia, 1975, p. 87). En su obra El Grito de Lares, la historiadora Olga Jiménez de Wagenheim identifica a Pedro y Eduviges (o Eduvigis) Beauchamp como hermano y hermana. Pablo Antonio Beauchamp era un acaudalado hacendado de café, principalmente, y de frutos menores en el sector Guavas (Furnias) con 875 cuerdas; ésta y otras propiedades se valoraban en 30,000 pesos. Jiménez señala que hay datos “sobre el lugar que ocupaban los Beauchamp en Mayagüez” en el Archivo Municipal de Mayagüez, Documentos. Mun., 1866, Vol. 2 (Jiménez, El Grito, 1986, pp. 145-147). Algo a investigar más a fondo, pues.

Al parecer por tener adelantados los preparativos y estar animados sus miembros, representantes de las legaciones rurales de Mayagüez y de las juntas de Lares, San Sebastián y Camuy se reunieron en lo que Pérez Moris llamó de “Congreso” en la casa de Pablo Beauchamp, del 10 al 15 de septiembre de 1868. Bajo la premisa de que Betances estaría encaminado a la isla con un barco de expedicionarios, trayendo armas y municiones, en otra reunión el día18, seleccionaron la fecha del 29 de septiembre para iniciar la revolución armada en Camuy. Ese era un día de descanso de los esclavos y habría una “gran fiesta o romería” en Cabo Rojo con asistencia de mucha gente, favorable a la movilización. Así mismo pensaban que para entonces se iniciaría la revolución en Cuba y, por tanto, no se podía esperar más a riesgo de que fracasara todo el esfuerzo.

Por la historiografía ya conocida se sabe que precisamente por haberse descubierto la existencia de Lanzador del Norte, la organización secreta de Camuy el 20 de septiembre, fue que hubo que adelantar el alzamiento que, en definitiva, fue el Grito de Lares la noche del 23.

Participación en el Grito

De la investigación del Expediente sobre la insurreción de Lares, 1868-1869 (ESIL), en colección de micropelículas que utilizo (National Archives, 6 rollos) y cuyo original forma parte del acervo del Archivo General de Puerto Rico (AGPR), obtenemos otros datos sobre el Grito de Lares en general, y la participación de los Beauchamp que tratamos aquí.

Tras la derrota en el intento de tomar el pueblo del Pepino (San Sebastián) en la mañana del 24 de septiembre, siguieron cuatro meses de represión y arrestos de centenares de insurrectos y sospechosos. Entre ellos, integrantes de Capá Prieto Núm. 1, incluyendo a los Beauchamp y algunos de sus esclavos y jornaleros. En los testimonios se percibe que los presos procuraron defenderse de su involucramiento alegando haber sido forzados a ello. Pedro Mata Río, labrador de 30 años en la propiedad de Juan Mata Dumó, declaró al fiscal Zurbano el 28 de septiembre, que el 23 “se le presentó Alcídes Beuachamp acompañado de tres negros” y que iban armados.

Pedro Río, de 27 años, “trabajador de la tierra” en la propiedad del señor Dumó, declaró que como 35 hombres levantados con armas de fuego “lo cogieron”, entre ellos Elías Beauchamp, don Pedro Beauchamp, Dionisio Beauchamp, Zolio Beauchamp y Paco Arroyo. “Llevaban una bandera colorada y otra blanca, gritaban viva la libertad y viva la república”. Alegó que “se huyó antes de entrar a Lares”. Fue su manera de defenderse.

El joven Juan Mata Río, labrador de 16 años en la misma hacienda, admitió que aquel día estuvo “con gente armada”, porque “el miércoles 23 los sacaron de su trabajo y se lo llevaron al rigor de las armas Alcides Beauchamp, un negro suyo Pascasio, y otro Timoteo de don Pedro Beauchamp, y otro negro libre llamado Eleuterio Soto que vive con don Pedro Beauchamp, y que iban armados con revólver, lanzas y machetes”. Dijo que se dirigían a casa de Matías Bruckman, “donde había un bando de gente armada, todos con escopeta y de allí emprendieron todos marcha hacia Lares”. El joven dijo que le dieron “una daga a cada uno de los que llevaban”. Después fueron al Pepino, “pero el declarante escapóse y regresó a su casa” (ESIL, rollo 2, pieza 11, pp. 509- 513). Así también éste trató de protegerse.

Luego de su captura, Pablo Antonio Beauchamp, identificado como mayor de edad y agricultor, trató de proteger a sus trabajadores apenas diciendo que sus esclavos Pascasio y Timoteo y su asalariado Eleuterio “no han estado con los sublevados”. Cuatro jornaleros que no fueron a trabajar el miércoles 23, algo no extraño pues acostumbraban ausentarse de las labores, volvieron al trabajo el jueves (ESIL, rollo 2, pieza 11, p. 521). Pedro Juan Terreforte de unos 26 años, mayordomo de la hacienda de don Pedro Beauchamp en el Barrio Furnias # 4, lo que dijo fue que el 23 de septiembre don Pedro “salió a buscar gente para coger café” (ESIL, p. 508).

Apresado, el 29 de septiembre, el esclavo Timoteo dijo no saber su edad, “porque vino muy niño de África”. Declaró que su amo don Pablo Beauchamp lo había criado y “quiere morir en su poder porque es muy bueno para él y para todos sus esclavos”. Alegó que había pasado toda la semana bregando con el café y que ni él ni su amo se habían movido de su casa (ESIL, p. 522). Este es el tenor de otras declaraciones de esclavos y jornaleros de los Beauchamp. Varios hacendados, en realidad, instaron a sus esclavos a tomar parte para que conquistaran su libertad con las armas en la mano.

Finalmente, Dionisio Beauchamp, preso en la cárcel de Arecibo, en su declaración del 15 de octubre, ante el amenazante fiscal procuró desentenderse de los hechos. Dijo que junto a su hermano Zoilo en la tarde del 23 llegaron a una tienda en el sitio La Culliga, Barrio de la Purísima Concepción, donde se encontraron con “una porción de forasteros”, algunos conocidos como Paco Arroyo, Juan Terreforte y Pedro Segundo García. Después de tomarse un trago le dijeron que “siguiera con ellos al pueblo de Lares a un baile”. También alegó que lo forzaron a ello y que luego fueron al Pepino; después del tiroteo allí, él y su hermano “se escondieron en el monte hasta el día 4 de octubre”, que se presentaron al comisario de barrio (ESIL,Rollo 3, pieza 12, pp. 26-28).

¿Forasteros, algunos conocidos? ¿Un baile en Lares? A Dionisio Beauchamp lo enredaron en contradicciones y sabría que todo el mundo tenía claro que el baile del 23 de septiembre de 1868 era la revolución que procuraba darle la libertad a Puerto Rico. A los Beauchamp, entre tantos patriotas del Grito de Lares, honramos y celebramos en el 150 Aniversario.

Filiberto y el 23 de septiembre

La celebración del Grito de Lares ha sido un reconocimiento al movimiento independentista de los pueblos desde el histórico 1868 hasta que Pedro Albizu Campos lo convierte en la celebración de la patria en la década de 1930. Ese es precisamente el principio y la continuidad del documental Filiberto de Freddie Marrero Alfonso que enriquece nuestro caudal histórico al sumarse a 1950, la Insurrección Nacionalista de José Manuel Dávila Marichal. Este hermoso y muy sentido filme ha sido aclamado por el público y mereció el Premio al Mejor Documental en el prestigioso Havana Film Festival in New York (HFFNY) que la colega María Soledad Romero cubrió en ediciones pasadas de En Rojo. También fue seleccionado para representar a Puerto Rico en la 5ta edición del Premio Iberoamericano de Cine Fénix en Ciudad de México en noviembre de este año.

Aunque este es el primer documental largometraje dirigido por Freddie Marrero su historial es admirable para un joven cineasta. Es graduado de producción cinematográfica de la Escuela Internacional de Cine y Televisión (EICTV) en San Antonio de los Baños en Cuba y luego productor del excelente documental de 2017, Nuyorican Básquet de los realizadores  César Torres y Ricardo Olivero Lara. También ha dirigido o co-dirigido el mediometraje, “Aljuriya” (2004) y los cortometrajes “Secesionismo” (2008) y “Flor de María” (2010). Como productor una de las tareas más retantes es conseguir los fondos necesarios para llevar a cabo el filme propuesto. Desde hace varios años el “crowdfunding” ha sido una gran ayuda ya que lo convierte en un proyecto colectivo de individuos interesados y no hay deuda pendiente. Pero esto casi siempre constituye de 10% a 25% del costo total. En el caso de Filiberto aparte de donativos de la Fundación Francisco Manrique Cabrera (haciéndole honor al pensamiento de este gran profesor de la Facultad de Estudios Hispánicos) y de aportaciones en servicio de PJ Gaffers, Zoom Ideal y LaserFilms, dependieron de préstamos del Programa Ibermedia. El litigio contra lo que antes era la Corporación de Cine—ya que el proyecto fue sometió y aprobado hace más de seis años—para que cumpliera con el financiamiento inicial que le había otorgado fue uno de los obstáculos principales para su realización y exhibición ahora. Quizá casi sin proponerlo este es el mejor momento para reafirmarnos como puertorriqueños con una historia de activismo y resistencia que a través de los años la oficialidad ha querido borrar o falsear.

Desde su comienzo Filiberto nos ubica en ese 23 de septiembre que puso fin a una vida entregada a la lucha por la liberación de la patria. Nos transporta a ese 2005 a través de los noticiarios que cubrieron esa tarde, noche y luego al otro día cuando se confirma el asesinato. El operativo del F.B.I., que dejó fuera de jurisdicción a todo el gobierno de Puerto Rico, confirmó el poder que ejerce el gobierno de los Estados Unidos y sus agencias de “inteligencia” y represión cuando deciden que alguien es un enemigo de su país. De este trágico suceso nos transportamos a otro pasado, el del naguabeño Filiberto Ojeda que desde muy temprano se destacó en la música popular con su dominio de la trompeta. Así nos cuenta el conocido comediante y también destacado cantante y percusionista, Shorty Castro, en entrevistas ilustradas con fotos de época y música del momento. Nos informa Freddie Marrero que José Enrique Ayoroa Santaliz fue su fuente principal para este importante segmento del documental. Ojeda Ríos pudo haber hecho su carrera como músico pero optó por hacer la lucha independentista su razón de vida.

A través de sus compañeros de lucha tanto en Puerto Rico como en Estados Unidos—Elizam Escobar, Hilton Fernández Diamante, Juan Segarra Palmer quienes también fueron arrestados, acusados y encarcelados—sabemos de los grupos de lucha que Ojeda Ríos organizó: Movimiento Independentista Revolucionario Armado (MIRA), Fuerzas Armadas de Liberación Nacional (FALN), Ejército Popular Boricua (Los Macheteros). Escuchamos y vemos a través de la cobertura de la prensa—escrita, televisiva y radial—los diferentes operativos en que estuvo involucrado. Y, por supuesto, se destaca las dos instancias que vivió en el clandestinaje: 1970-1985 y 1990-2005. El poder desaparecer de la mirilla pública y la persecución de agencias federales y locales por tanto tiempo seguido y seguir trabajando hacia la realización de sus ideales es lograr una imposibilidad en este mundo tan vigilado en que vivimos.

El documental detalla el arresto de Ojeda Ríos y otros compañeros en el operativo del 30 de agosto de 1985; la defensa armada que sostuvo en su casa de Luquillo; las acusaciones en la corte federal de Puerto Rico por supuestamente agredir a los agentes del F.B.I.; el argumento de defensa propia presentado por sus abogados (Luis Abreu Elías, Linda Backiel y otros); la determinación del jurado puertorriqueño de absolverlo. El realizador presenta todos estos hechos con una inmediatez que nos parece estarlo presenciando al momento.

Aunque la selección de entrevistados y la edición de sus intervenciones es el hilo conector y la base emocional de las diferentes etapas de la vida de Ojeda Ríos, destaco cinco de los muchos que compartieron sus historias en el documental. Gloria Gerena, madre de Víctor acusado de ser el autor del robo del camión de Wells Fargo en West Hartford, Connecticut en 1983, quien muy abiertamente habla del amor y apoyo a su hijo para cambiar la imagen del villano que los federales lanzaron; el irlandés Joseph Doherty quien comparte prisión con Ojeda Ríos y a quien ve como solidario de su propia lucha como anteriormente lo vio Albizu Campos; Richard Harvey y Ron Kuby, agentes federales que fueron parte del operativo de 1985 y de la continua vigilancia de los Macheteros y que sorpresivamente se expresan muy cándidamente sobre los hechos ocurridos. El quinto entrevistado es Hilton Fernández Diamante quien no solamente narra los hechos con detalles por ser parte del grupo del 30 de agosto y haber sido encarcelado por cinco años, sino que nos da una mirada desde adentro de alguien que continúa la lucha de Filiberto Ojeda Ríos.

Ese 23 de septiembre de 1868 que inició el Grito de Lares, con el tiempo se convierte en símbolo de la declaración de un Puerto Rico libre y soberano y Pedro Albizu Campos lo declara un peregrinaje obligado para unir fuerzas y continuar la lucha por la independencia de la patria. Como tan elocuentemente expresan los entrevistados, las imágenes y las voces de los integrantes de Filiberto, Filiberto Ojeda Ríos vuelve a rescatar esta fecha y lugar con sus acciones, discursos y combatividad. ¡Celebremos!

Por la Independencia

Cada día que vivimos, la situación colonial de Puerto Rico se manifiesta contundentemente en diversas actuaciones del gobierno y la terrible Junta de Control Fiscal. Esta última -en su capítulo más reciente de prepotencia imperial- arremetió nuevamente contra la Universidad de Puerto Rico, con un propósito a todas luces ideológico de menoscabar e incluso destruir la institución de formación intelectual y crítica de nuestra juventud, que es también el centro de cuestionamiento y disidencia social más importante del país. En este nuevo capítulo de esta masacre educativa y social, es el mandato de la Junta, la eliminación de las exenciones a la matrícula y los aumentos a la matrícula graduada, la reducción de personal, la congelación de plazas vacantes, la eliminación del bono de navidad y la rebaja de la aportación al plan médico de los empleados. Como si fuera poco, sugieren además, que se reduzca el número de estudiantes a ser admitidos en el futuro previsible en la UPR, para que de esa forma se requieran menos profesores. En otras palabras, la Junta para cumplir su labor de agente de cobros de los bonistas, está dispuesta a reducir la cantidad de estudiantes que el sistema acepte y convertir en un simple negocio, la administración de la universidad.

Como hemos expresado anteriormente, dichas imposiciones promoverán la aceleración de la ya preocupante emigración de la clase trabajadora y productiva, en busca de mejores oportunidades y rehuyendo a estas medidas “que retrotraen nuestro mercado laboral a los tiempos de la esclavitud”. Además, otra de las exigencias de la Junta, consiste en cambiar el sistema de retiro de la Universidad a uno de contribución definida, junto a la reducción de las pensiones, como ya lo ha propuesto para los demás sistemas de retiro del gobierno. A esto le sumamos, los constantes actos negligentes del gobierno en el manejo de las instituciones públicas y sus políticas neoliberales que empobrecen a la clase trabajadora y destruyen avances sociales.

Ante esta realidad nuestra repuesta tiene que ser mayor constancia, perseverancia y optimismo en las tareas y trabajos para adelantar la Independencia, que no es otra cosa que “la nueva caja de herramientas para reconstruir este país”, como nos ha señalado el compañero economista Francisco Catalá. La independencia es la única solución real, para combatir la Junta de Control Fiscal, mediante la eliminación del estatus que permite su imposición, en lo que constituye el más claro y burdo ejercicio de colonialismo.

Es por todo lo anterior que el PIP, a través de su presidente, Rubén Berríos Martínez, hace unos meses emplazó a los presidentes del PNP y el PPD para emprender una iniciativa política conjunta, a nombre del pueblo de Puerto Rico, para exigir del Presidente y el Congreso, tanto la eliminación de la Junta de Supervisión Fiscal, como el inicio de un proceso de descolonización que le permita a los puertorriqueños ejercer su derecho a la libre determinación entre alternativas no coloniales, ni territoriales. Esta propuesta incluye la celebración de una consulta al pueblo para avalar las dos exigencias antes expresadas, así como un requerimiento de que dentro de un término no mayor de un año -a partir de la votación- se inicie el proceso de descolonización de Puerto Rico, que resuelva el problema de estatus político de una vez. Para viabilizar la consulta, se realizaron múltiples reuniones y comunicaciones entre el presidente del PIP y los presidentes del PNP y PPD. Desafortunadamente, el gobernador –cuya reacción inicial fue positiva con respecto a los objetivos generales de la consulta- no nombró a  su delegado para el comité de trabajo propuesto.

Ante la inacción del gobernador, radicamos  en la Cámara y en el Senado proyectos de ley para estimular el más amplio debate en el país sobre nuestra propuesta y con la esperanza de que las voces dentro del PPD y el PNP, que tengan un genuino compromiso contra la Junta y el régimen colonial que la permite, tengan un foro para impulsar sus reclamos. El proyecto dispone la consulta al pueblo de Puerto Rico, el mismo día de las elecciones del 3 de noviembre de 2020, para que pueda darse la expresión contundente de nuestro pueblo, exigiendo el fin de la Junta y el comienzo de un proceso de descolonización.

Pero los esfuerzos del Partido Independentista, para adelantar la independencia de nuestra isla, no terminan ahí. En el ámbito educativo y de concientizar sobre nuestra realidad colonial, y promover la independencia, es con mucho entusiasmo que apoyamos el proyecto “Radio Independencia”, fundado y mantenido por los jóvenes pipiolos Andrés González y Adriana Gutiérrez. Radio Independencia es un espacio o “podcast” de discusión de ideas y propuestas de diversa índole, como ellos expresan “desde el independentismo boricua”.

De igual forma en las redes sociales tenemos nuestro más reciente proyecto “Lo que debes saber sobre la independencia “, con vídeos, cápsulas informativas, entrevistas y conferencias en “vivo” sobre diversidad de temas y aspectos de nuestra lucha y sobre el futuro de Puerto Rico bajo la Independencia con el propósito de llevarle a miles de personas esta información, como lo hicimos en cuatrienio pasado visitando alrededor de 300,000 hogares alrededor de la isla entregando un folleto con el mismo nombre que contesta diversas interrogantes económicas y políticas sobre la independencia.

Tenemos que continuar aunando esfuerzos, desde diversos campos de lucha. Desde la legislatura fiscalizamos, denunciamos y legislamos para el cambio social y para adelantar la independencia. La situación en nuestro país es difícil y complicada, tenemos que renovar energías y aunar esfuerzos para continuar difundiendo nuestro mensaje. Por ello, este próximo domingo 23 de septiembre iremos a Lares, a conmemorar 150 años de esta gesta patriótica y reafirmar nuestra lucha por la libertad. Vamos a Lares, como todos los años, para rendirle tributo a los que dieron su vida por la lucha, vamos a Lares por la Independencia.