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Las ondas del amor

Algunos grupos espiritualistas llenan la Internet de mensajes que afirman: “Deja de quejarte, valoriza lo que hay de positivo y seas agradecido con lo poco”. Es increíble como, en nombre de Dios o de una vida más feliz, mucha gente aún entra en la ilusión del “deja todo como está”. En su tiempo, el profeta Isaías gritaba: “Ay de las personas que llaman el mal de bien y consideren el bien como mal” (Is 5, 20).

La realidad mundial es muy dura. Para las personas de base, todo es inseguro. Por eso, las personas se atienen a lo que es inmediato y esencial en lo cotidiano. Desde la última década del siglo XX y cada vez más, las políticas dependen de la economía. La mayoría de los gobiernos absolutizan el mercado y el lucro. Los responsables por ese sistema económico que domina el mundo han perdido la vergüenza. Tranquilamente producen víctimas, refugiados, huérfanos y una multitud de personas excluidas. En casi todo el mundo, si propone como inevitable y normal una política destructiva que, para garantizar los privilegios de una pequeña elite, condena à la muerte a millones de personas.

Zingmunt Bauman afirmaba que, así como la seguridad de un viaducto depende de la solidez de la viga más frágil que lo sostiene, también la salud de una sociedad está en su parte más frágil, o sea, la parcela más empobrecida de la población. Nada cambiará mientras esa parte más numerosa de la populación no cuide de organizarse y luchar por sus derechos. Nosotros que, de otros países de América Latina acompañamos lo que ocurre en Venezuela, percibimos que, por detrás de la lucha contra el gobierno bolivariano, lo que las elites buscan es destruir los programas sociales indispensables para el pueblo más pobre.

En todos nuestros países, lo más importante es investir en educación y empoderamiento popular, eso es, reforzar los movimientos sociales y sindicales. Es necesario intensificar el trabajo de formación política y conciencia crítica, dilatar los espacios de presión, reivindicación y movilización. Sólo lograremos cambios significativos si vienen de abajo hacia arriba.

En su vida, Jesús escogió como instrumento de la salvación la inserción en la realidad de los pequeños y más pobres. Rechazó la tentación demoníaca del poder y tomó el camino de la cruz, no como me gusta sufrir, sino como expresión de amor y solidaridad a todos los que, en todo momento de la historia, viven su cruz. Asumir, hoy, ese camino de Jesús significa participar de las luchas pacíficas y de las manifestaciones de los movimientos sociales organizados por un mundo más justo y más hermano.

El autor es monje benedictino y ha escrito más de 40 libros.

Será otra cosa: En el cristal de la vitrina

El ruido de la vajilla y el vocerío sobre el mostrador, los rostros que gesticulaban detrás de la silueta del compañero sonriente, me distraían de la cara llorosa de Ana Teresa, sentada frente a mí, los restos de la merienda entre nosotras. Ya ese lugar tan familiar ha desparecido. Ha sido de esas cosas que terminaron súbitamente, sin que nos diéramos cuenta de que, malas o buenas, verdaderas o deseadas, nos habían conformado como gente e individuo. Eso lo supimos después, en aquel momento sólo hablábamos y hablábamos. La memoria de esa tarde, puedo asegurarlo, está centrada en la imagen muda de Ana Teresa que fruncía el ceño en el esfuerzo de pensar, la mirada severa, la respiración acelerada, buscando hilvanar razones, cada una más contundente que la anterior, hasta trazar una gruesa línea argumental que en este caso explicaría, fuera de toda duda, su definitiva expatriación. Me fui, no pude más, no vuelvo.

No sé cómo después de tantas vueltas hablando tonterías, circundando peligrosamente el asunto, caímos ambas en el tema prohibido. Había un acuerdo tácito de no hablar de ello, y sin embargo, desde que supe de su visita, no había hecho más que maquinar respuestas a todos sus posibles argumentos, preparándome para aquel debate maldito en el que, a mi juicio entonces, se nos iba la vida a las dos.

Después de dos horas me había dado por vencida, así que cometí la imprudencia de distraerme sin sospechar el peligro, y me dediqué a registrar como si fuera una cámara los cambios que había dado Ana Teresa desde su última visita. Allí, su negrísimo pelo lacio sobre los hombros, su piel tan pálida ya habituada a otras latitudes; a su lado, el amigo japonés importado de Stanford; sobre la mesa, sus manos temblorosas de uñas cortititas estrujando la servilleta espolvoreada del azúcar de las mallorcas. Imaginé aquellas manos ágiles sobre un violín que nunca llegué a escuchar, aquel violín que había servido una vez, o mejor, el estuche del violín, para contrabandear aguacates a las cenas nostálgicas de Cambridge.

Ahora Ana Teresa se parecía más a su madre a pesar de que bajo aquella palidez franco-canadiense se asomaban los pómulos y ojos aindiados de los descendientes del Pirata Cofresí. Supongo que a ella no le debía hacer mucha gracia la semejanza: Ana había tratado toda la vida de diferenciarse de aquella mujer que había seguido al padre de sus hijos hasta un islote perdido en medio del mar, y aún a pesar de las muchas razones que tuvo para regresarse al continente, jamás encontró el valor de dejarlo, ni a él, ni a todo lo que se lo recordaba. En eso nuestras madres se parecían: las dos inexplicablemente ancladas en lo que más aborrecían. Tal vez por eso nuestra amistad había sobrevivido al tiempo y las distancias.

Seiji, mientras tanto, exploraba el bullicio del mostrador con miradas simpáticas de aprobación, siguiendo la danza de los meseros que iban y venían con las bandejas en alto sobre las cabezas de los comensales. Sonriente y divertido, sin entender ni papa de lo que hablábamos, podía regodearse en su curiosidad por el lugar. Hacía media hora que Ana Teresa lo había excluido de la charla al cambiar su edición bilingüe por un despotrique en español contra aquel peñón llamado Puerto Rico y su vocación para el desastre, contra aquel talento de los puertorriqueños para hacer las cosas peor, siempre peor, peor, peor. No recuerdo ahora si Seiji recibió alguna sinopsis del asunto, pero parecía muy a gusto en su marginación contemplativa, y a mí me daba gracia el contraste entre su muda placidez y el sonsonete furibundo de Ana Teresa.

¿Qué decir? Al principio, mientras devanaba su interminable serie de quejas, llegué a pensar en algunas respuestas de las que daba antes, busqué otras nuevas que sustituyeran las que habían quedado obsoletas, pero después de dos horas no tenía concentración suficiente para separar su cantaleta del bullicio de la hora del café. Ya la escuchaba como quien oye llover.

Seiji cruzó los brazos y adquirió de pronto la seriedad del tedio. El hombre apagó la mirada y comenzó a entrecerrar los ojos. Un bostezo me confirmó que ya había dado por terminada su indagación antropológica. Supuse que Ana Teresa le correspondería con unas cuantas sesiones de la versión japonesa de la misma situación. En aquel momento recordé al compañero anterior, el desaparecido Kim, y anoté mentalmente preguntarle algún día por su persistente atracción por los asiáticos. ¿El encanto estaba en la mirada rasgada o en la suavidad de aquella palidez de papel guardado? ¿Acaso la garantía de aislarse cuando quisiera en su memoria y en su lengua? La imaginé marcando con banderitas un mapa del otro hemisferio, Kim, Seiji, Nim, Toru, como si buscara explorar a través de ellos la más radical de las extranjerías.

Ana Teresa no sospechaba por dónde andaba mi alucinado razonamiento. Lejos, lejos, bien lejos, Toru, Nim, Kim. Yo asentía de vez en cuando, los brazos sobre la mesa pegajosa, disimulando el aburrimiento como mejor podía. Ya en ese momento la angustia inicial había sido sustituida por el hastío, y yo, que alternaba mi escasa atención entre la imagen parlante de Ana y la elocuente sordera de Seiji, no esperaba que ella interrumpiera su discurso para preguntarme nada.

– Dime por qué. Responde.

Seiji pareció comprender que llegábamos a un punto culminante en esta historia, pues asumió una seriedad instantánea y se torció hacia mí, fijos en mí los ojos. Silencio. Deshice mi postura de pasiva espectadora y junté las manos debajo de la mesa. Me acomodé para asumir el turno, a ver si lograba tiempo para inventarme una salida airosa. Los dos pares de ojos rayados me observaban, hermanados por la curiosidad o por la cortesía. Me tocaba. Ana Teresa por fin callaba y su mirada parecía implorarme: habla, convénceme.

Bajé los ojos hasta la taza vacía, emulando la mirada del estudiante que lucha por encontrar algo que decir en su libro despatarrado: tal vez allí, en la borra del café encontraría una respuesta.

Sólo se escuchaba el vocerío de los mozos, el runrún de las tertulias vecinas, el siseo de la máquina de café, los trastes golpeando más trastes en los fregaderos. Milagrosamente, como si hubiera estado esperando una señal, el mozo se nos acercó a despejar la mesa. Levanté la vista y creí ver en su gesto un aire de complicidad.

– ¿Otro café?

El hombre restregaba la mesa como si limpiara la escena del crimen. Era evidente que deseaba que le dejáramos el lugar a nuevos clientes. La merienda quedaba terminada y el debate concluido. El sitio estaba lleno, así que nos tardamos media hora más en saludos a conocidos que tomaban el relevo de la tertulia. Hola como estás, tanto tiempo, que gusto verte, dónde has estado, cómo te va. El pasillo estrecho de la cafetería llegaba por fin, más adelante la caja, cuánto le debo, detrás de los cristales, la calle, tras el umbral, el final de la visita. Adiós nos vemos, no te pierdas, me escribes, un beso, adiós.

Días después recordé el episodio y ya era tarde. Recordé cuán extranjera se veía caminando por la vieja ciudad con su falda a cuadritos y la cámara de Seiji disparando a su alrededor, como cubriéndole las espaldas del sitio del olvido. Le escribí la última carta. Le hablé de cosas vanas, elaboradas historias de las boberías que ocupaban mis días, una carta larga que sin embargo no decía nada. La escribí de un tirón, con la misma letra apretadita de siempre, sin borrones ni paréntesis aclaratorios. Por primera vez no le hablé nada del país, ni traté de alimentar su incipiente nostalgia. Ana Teresa estaba lejos, lejos, muy lejos, a salvo de quedar atrapada como yo en el meloso hastío del país, al otro lado del mundo y de la historia. Era lo que ella quería y quién era yo para romper el encanto, para contarle cuán distintos, cuán dispares nos veíamos los tres en el cristal de la vitrina, y qué sola me quedaba yo, como si aquella tarde hubiera perdido mi reflejo.

(1994, 2018)

Dedicación 101

¿Cuántas columnas sobre deportes escribió Elliott Castro para CLARIDAD? La información que puedo aportar no contestará la pregunta; pero al menos ofrece un punto de partida que nos acercará a la respuesta.  Su primer trabajo trataba de una pelea entre Alfredo Escalera y Kuniaki Subata por la corona mundial superpluma celebrada en Japón en julio de 1975. Elliott la tituló:  “A pesar de todo El Salsero puede ganar”. Es importante mencionar que Escalera ganó y que faltaban cinco meses para el comienzo de CLARIDAD Diario.

Han transcurrido cuarenta años. Durante este periodo —¿me arriesgo a decirlo?— Elliott Castro ha sido la persona que más páginas deportivas ha escrito no solamente en CLARIDAD, sino en todo Puerto Rico.

¿Cómo lo hizo? Con dedicación, vocación y el apoyo de sus lectores. Escribió sobre casi todos los deportes, desde las 3B, hasta hipismo, pista y campo, deporte intercolegial, voleibol, maratones, lucha libre y más. Cubrió consistentemente la participación de la mujer en el deporte y no olvidó a los atletas aficionados.

Una evaluación sobre lo publicado por Elliott Castro estaría incompleta si se limitara a criterios  cuantitativos. Es necesario incluir el tema un poco complejo de cómo él se enfrentaba a la página en blanco. Lo hacía con la peligrosa soltura de quien en ocasiones traslada estilos radiales a la palabra escrita. Nunca tuvo problemas con estas acrobacias. Creó formas apoyadas en mezclas de fervor y júbilo; pero siempre controladas por la honradez. Fue incapaz de omitir o tergiversar hechos para convencer con a sus lectores de alguna tesis oculta. En ocasiones, sí hubo sesgos o imprecisiones que se originaban en un deseo siempre optimista de que Puerto Rico sobresaliera en el mundo deportivo.

Obtenía satisfacción cuando descubría novatos que luego representarían al País por muchos años. Escribía sobre ellos comentando del progreso que ya podía observarse y los estimulaba a superarse con palabras que destacaban el honor y el privilegio de ponerse un uniforme con el nombre de Puerto Rico.

Elliott conectó con sus lectores como pocos otros cronistas deportivos.  Cuando seleccionaba temas alrededor de expectativas, lo seguían aun sabiendo que al final podía haber lamentos en lugar de celebraciones. Tal vez adivinaban que en el fondo Elliot era uno de ellos, que ven fantasmas corriendo y saltando en una pista desierta y que siempre necesitan tocar una bola que está en reposo.

Si eliminamos los deportes de la vida de Elliott Castro, ¿con qué nos quedamos?

Para que se tenga claro por qué se le dedica el Festival de CLARIDAD recordemos lo siguiente:

Presidente de la Juventud Independentista Universitaria (JIU) en el Colegio de Mayagüez.

Macaneado por la Policía —en la cabeza—en una manifestación de esa colectividad.

Asesor legislativo de Carlos Gallisá en la Cámara de Representantes desde 1972 a 1976.

Participante activo en las protestas contra la Marina en Culebra.

Preso por protestar contra la Marina en Vieques.

Por los más de cuarenta años dedicados a CLARIDAD.

Su patriotismo se hizo menos visible por causa de la gran presencia que tuvo en Claridad Diario.

Por su dedicación a la Patria y al deporte puertorriqueño, Elliott Castro tiene méritos para recibir el reconocimiento que hoy se le hace.

Jaime Córdova

Roger Federer ha vencido el tiempo y el sentido común

Dice un viejo dicho que el tiempo no perdona y el deporte no es la excepción la historia esta repleta de jugadores que fueron muy buenos, pero que mientras fueron avanzando en edad sus facultades deportivas disminuyeron. Esta introducción es necesaria para tratar de poner en perspectiva el logro obtenido el pasado viernes por el tenista suizo Roger Federer al convertirse en el jugador #1 del mundo a la edad de 36 años convirtiéndose en el jugador de mayor edad en la historia del tenis en ocupar el puesto y hacerlo 5 años más tarde de la última vez que ocupó ese puesto en 2012.

En el 2017 empezó su resurgir

Para julio del 2016 tras perder con el canadiense Milos Raonic en la semifinal del torneo de Wimbledon en Inglaterra comenzaron los murmullos sobre si ya era hora de que Federer colgara la raqueta pues habían pasado más de 4 años desde que este había ganado un grand slam y su cuerpo parecía estar dando señas de quebrarse al sufrir la primera lesión seria de su carrera una lesión en la rodilla que requirió cirugía y terminó su temporada. Sin embargo, tras su regreso Federer logró una de las grandes hazañas de su carrera, con apenas 4 juegos de exhibición jugados este logró ganar el Abierto Australiano del 2017 (título que defendió con éxito este pasado mes de enero) y obtuvo 52 victorias con tan solo 5 derrotas, mientras en lo que va de este año ya cuenta con marca de 12-0 dos campeonatos el 96 y 97avo de su carrera.

En busca del 100

A esta altura de su carrera el propio Federer ha admitido que solo juega por campeonatos en el próximo mes este tratara de repetir su hazaña de 2017 de ganar de manera consecutiva el torneo de Indian Wells en California y el Miami Open en esa cuidad esto es extremadamente difícil debido a que se juegan back to back y cuentan con un cuadro de jugadores a veces mejor que los mismos torneos de grand slam pero de conseguirlo se quedaría a un solo uno de ser el segundo jugador con 100 campeonatos y 10 del récord de Jimmy Connors de 109 (máximo líder en la historia).

Posibilidad olímpica en 2020

Aunque a principios del 2017 Federer manifestó que tan solo pensaba jugar por 2 años más su éxito podría hacerlo cambiar de parecer y aunque para ser elegible Federer tendría que representar a su país en la copa Davis (cosa que podría alterar su planificado itinerario) el suizo podría mantenerse activo en busca de esa elusiva medalla de oro en sencillos ese uno de las pocas cosas que no podido obtener en 3 apariciones previas en juegos olímpicos (aunque si gano una en dobles masculino con su compatriota Stan Wawrinka en 2008 ) y recordemos que no tuvo oportunidad de buscarla en 2016 debido a la lesión.

No está lejos de la marca de más victorias

Otro de los récords que podría mantenerlo motivado es la posibilidad de convertirse en el máximo ganador en la historia, actualmente Federer se encuentra a 113 victorias de la marca de Connors lo que significa que si promediara 40 victorias por los próximos tres años rompería el récord para finales del 2020.

Debe ser considerado el mejor de todos los tiempos

Sus 20 campeonatos de grand slam en la rama masculina, el hecho de que ha ganado tres de los 4 títulos principales por lo menos 5 veces lo han separado de la conversación de quién es el mejor jugador de todos los tiempos, sin quitarle méritos al español Rafael Nadal y el serbio Novak Djokovic quienes por sus méritos también merecen ser parte de la conversación.

Pero pase lo que pase de ahora en adelante en su carrera el hecho de que a los 36 años Federer este rehaciendo los libros de la historia del deporte(que es uno de los más físicos) ganando torneos de grand slam y volviendo a la posición #1 a esta edad es una de las cosas mas impresionante que he visto en los años que llevo cubriendo deportes y utilizando un quote del periodista Chris Fowler de ESPN “definitivamente el tiempo no espera por nadie excepto por Roger Federer”

Increíble.

The Post: El deber de la prensa con sus lectores y su país

(director Steven Spielberg; guionistas Liz Hannah y Josh Singer; cinematógrafo Janusz Kaminski; elenco Meryl Streep, Tom Hanks, Sarah Paulson, Bob Odenkirk, Tracy Letts, Bradley Whitford, Bruce Greenwood, Mathew Rhys, Alison Brie, Michael Stuhlbarg, Justin Swain, Jesse Plemons)

El periodismo investigativo ha sido, es y seguirá siendo el pilar en que se basa el buen periodismo. Toma tiempo encontrar datos, componer todas las piezas, conseguir fuentes confiables para verificar la información y convencer a los administradores (director, editor, propietario) que su publicación se justifica no importa las consecuencias. Recientemente tanto el New York Times como el Washington Post se han posicionado a la cabeza con sus publicaciones de los vericuetos (ilegalidades por probar) de la Casa Blanca bajo Trump y el caso de Harvey Weinstein. Y son estos mismos rotativos los que encabezan el caso de los Pentagon Papers en 1971.

Steven Spielberg decidió enfocar el caso no en el whistleblower, Daniel Ellsberg, sino en las decisiones legales y administrativas a la cabeza del Washington Post. Al decidir en este enfoque queda abierta la posibilidad de hacer historias fílmicas de Ellsberg (el documental The Most Dangerous Man in America: Daniel Ellsberg and the Pentagon Papers de Judith Ehrlich y Rick Goldsmith de 2009 sería un comienzo) y de lxs jóvenes y adultos, conocidos o anónimos, profesionales y estudiantes (auto-apodados “Lavender Hill Mob”), que circularon los 47 volúmenes y 7,000 páginas de los documentos que Ellsberg copió de la corporación Rand donde trabajaba como analista militar.

Los protagonistas de The Post, Katherine Meyer Graham y Benjamin Bradlee, son tomados de la vida real y lo presentado es casi 100% correcto. Esto ocurre porque Spielberg se toma su tiempo en investigar lo que va a desarrollar en pantalla y porque respeta los hechos y vuelve a su equipo de escritores en periodistas investigativos que tienen que verificar sus fuentes. No es solamente utilizar las autobiografías (Personal History de Graham de 1997 y A Good Life: Newspapering and Other Adventures de Bradlee de 1995) de los protagonistas de la publicación de The Pentagon Papers pero poder consultar y verificar datos con Ellsberg, su grupo de apoyo y los periodistas que fueron testigos del suceso. El resultado es la relevancia que tiene el escrito de la historia de la guerra de Vietnam y sus vínculos con cinco presidencias que le mintieron al pueblo estadounidense. Escuchar la voz del Presidente Richard Nixon (1968-1974 cuando fue forzado a dimitir)—real por ser las grabaciones que luego probaron su culpabilidad—es afirmar que la historia sí se repite con la presidencia actual y que no parece haber memoria histórica en este país.

El encuadre de la historia es esa guerra lejana en Vietnam donde el aparato militar estadounidense sigue enviando soldados con la presunción de que la nación americana, en su compromiso de defender países aliados, defiende la democracia y detiene el comunismo. Y desde que EU ayudó y luego heredó la lucha de los pueblos de Indochina le ha comunicado a su población cómo la guerra se está ganando y pronto declararán su victoria. Mientras tanto diariamente llegan los ataúdes de los hijos, hermanos, esposos, padres, novios y amigos de familias comunes y corrientes que se enorgullecen de haber servido a su país. Y también llegan los heridos, mutilados, desintegrados mental y emocionalmente que muchas veces no quieren recordar los meses y años en la selva, valles y poblados donde se libraron las batallas que afectaron a las mujeres, niños, viejos y jóvenes que vivían en esas aldeas. Es esto lo que ve Daniel Ellsberg tanto como miembro de las Fuerzas Armadas y luego como testigo para sus estudios del conflicto que nadie quería definir como una guerra perdida. Robert McNamara, el secretario de defensa tanto bajo las administraciones de Kennedy como de Johnson, coincide con Ellsberg de que la guerra está perdida pero, por razones políticas, ratifica lo que Johnson quiere oír y declarar: el triunfo está a la vuelta de la esquina y solamente necesita más tropas para su final. Ese estudio y análisis que encomienda McNamara es la base de los Pentagon Papers.

Katherine Graham es el personaje principal del filme y del suceso de 1971 ya que es el momento clave para ella tomar una decisión que pudiera destruir la empresa del periódico al enfrentarse a una orden dictada por la Casa Blanca y luego llevada a la Corte Suprema. No solamente Graham es la única mujer en la Junta de Directores de la empresa sino también en la sala de redacción del Washington Post y Newsweek. Vemos cómo los miembros del directorio la toleran porque es la dueña y administradora en derecho después de la muerte por suicidio de su marido, a quien el padre de Graham le había dejado la dirección a pesar de la excelente preparación en los medios que ella tenía. La vemos sentirse muy cómoda en su rol tradicional de anfitriona de personas influyentes en su casa de Washington, D.C. para luego verla titubear, ensayar su discurso, sentirse abrumada cuando tiene que tomar decisiones que pueden afectar las vidas de tantas personas (si el periódico cierra cientos de personas quedan en la calle, los accionistas y ella pueden perder su capital y su reputación queda manchada). Estará rodeada de personas que la asesoran según sus propios intereses (Arthur Parsons representando a la Junta y Roger Clark como abogado cauteloso), o pensando como amigo de muchos años (Fritz Beebe, su abogado y asesor de confianza) o la misión periodística (Ben Bradlee, editor del periódico).

Desde que Ellsberg le entrega los documentos a Neil Sheehan del New York Times

pasan casi tres meses en que los editores y el dueño del periódico debaten si los publican o no. Ante esta tardanza Ellsberg entrega otra copia a Ben Bagdikian del Washington Post y a 17 rotativos adicionales. El Times decide comenzar la publicación de los documentos el 13 de junio y ya el 15 la Casa Blanca ha conseguido una orden judicial para detener cualquier publicación futura. Graham y Bradlee tienen que tomar la decisión de publicar su propia copia a sabiendas que se arriesgan a ser demandados por el gobierno. Su primera publicación será el 18 de junio. Toda publicación futura queda suspendida hasta que el caso se vea en la Corte Suprema. El 30 de este mes la Corte toma su decisión a favor de los periódicos (la libertad de prensa) en una decisión de 6 a 3. El juez Hugo L. Black emite su decisión argumentando: “Far from deserving condemnation for their courageous reporting, The New York Times, The Washington Post and other newspapers should be commended for serving the purpose that the Founding Fathers saw so clearly…. Only a free and unrestrained press can effectively expose deception in government.”

Cada una de las interpretaciones de lxs actores es sorprendente por la profundidad que le dan a sus personajes. Y dentro de los momentos críticos que se vive en estas decisiones hay humor, candidez, valentía y un sentido colectivo de enfrentar a los enemigos de los que quieren mentir y esconder la verdad.