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Tere Marichal-Lugo y la narración oral en épocas de crisis

“¡No permitas que el huracán del olvido arrase con nuestros cuentos!”

La Cucarachita Martina y el huracán

Tere Marichal-Lugo 2017

Comencé este año escuchando la grabación del encuentro que tuve con Tere Marichal-Lugo en las postrimerías del 2017. Revisitar lo hablado aquella noche en un lugar común de la ciudad universitaria de Río Piedras, fue precisar nuevamente la mirada puesta en el infinito de la también conocida por su personaje infantil María Chuzema, la creatividad que se desprende de sus manos, y la pasión de una cuentacuentos que le debe su presente al ingenio que ha tenido para armar historias y narrarlas pública y oralmente.

Más aún, acudir al audio que guardé en aquella ocasión me aseguró que hay personas capaces de definir su quehacer en el entorno al que pertenecen, al igual que hay quienes no escogen eso a lo que se dedicarán porque es la profesión la que los escoge a ellos o ellas. Sin embargo, un recuento de la vida de Tere Marichal evidencia la ocurrencia al unísono de ambas vertientes. Narrar cuentos a personas de diferentes edades y condiciones sociales, ha sido más que una profesión escogida para Tere; es un estilo de vida, la esencia de una de las contadoras de cuentos más reconocida y admirada en la isla.

La crianza de esta mujer estuvo especialmente marcada por los cuentos. “Ellos (los cuentos) me acompañaron cuando mi abuelo me llevaba a caminar por la hacienda de caña. Ellos estaban en todas partes: en las acuarelas de papi, en los vestuarios de mami, en las miradas, en los pasillos de la escuela, en las películas, pinturas, anécdotas y hasta en las recetas que eran el secreto de la familia”.

No obstante, el encuentro de aquella noche nos convocaba a dialogar sobre lo interesante que ha sido para Tere Marichal, mujer que se formó entre historias contadas, promover la narración oral en esta época de crisis tras el paso del huracán María por Puerto Rico o lo que es igual, hablar del cuento como herramienta efectiva para manejar este momento histórico.

“Tú taller cambió toda mi vida”, le dijo una bibliotecaria tras presenciar uno de los talleres de narración oral que ha ofrecido luego del evento atmosférico. Y es que pulirse como cuentacuentos y entregarle la vida a esta gestión es el legado que Tere deja a la cultura puertorriqueña. Han sido muchas las personas que crecieron y se transformaron de la mano del personaje de María Chuzema, el cual se presentó en la televisión local por 25 años. Incluso, ella asegura que protagonizar ese personaje infantil hizo que dejara a un lado la timidez que la caracterizaba.

Más allá de la exposición que tuvo Chuzema, Tere Marichal ha compartido el conocimiento sobre narración oral – técnicas, historia, importancia en la sociedad – a través de talleres a maestros y padres del Departamento de Educación, de iniciativas comunitarias que ha desarrollado en conjunto con titiriteros y otros artistas locales, de narrar en las calles, festivales y diferentes actividades culturales o educativas, y de la autopublicación de los libros infantiles que diseña, ilustra y escribe hace más de 10 años. A partir de El nacimiento boricua, ha confeccionado más de 40 libros mediante la autogestión.

Después del huracán María, esta virtuosa de la narración oral ha sido enfática en que saber contar cuentos tiene un sinnúmero de propósitos y beneficios sociales. “Los seres humanos somos animales narrativos”, expresó Tere una vez. Luego del ciclón más grande de estos tiempos, todos los puertorriqueños tenemos historias que narrar. En el contar a viva voz se esconde el efecto sanador que necesitan las comunidades para erradicar el golpe. Actualmente, Marichal-Lugo comanda dos iniciativas pensadas para adiestrar narradores y narradoras: una para niños y niñas de la comunidad Las Mareas en Salinas, y otra para las mujeres que atiende la organización sin fines de lucro Taller Salud de Parcelas Vieques en Loíza. La intención de ambos proyectos es utilizar como pie forzado el huracán María para crear cuentos y luego aprender técnicas de narración oral. De paso, Tere ejemplifica que contar cuentos no requiere de talento ni de intelectualidad, sino de la disciplina necesaria para convertir la cotidianidad en palabras.

“Cuando narro, incluyo todo para que la gente entienda que cualquiera puede decir cualquier expresión literaria. No podemos seguir pensando que si usted no sabe de literatura, no podrá acercarse ni contarla. Es importante que se entienda que todos los seres humanos cuentan todos los días, solo que no se percatan. El problema es invitarlos a saborear lo lúdico de la palabra y visualizar que cada uno de ellos podría contar”, comentó durante la entrevista con En Rojo.

Por otro lado, entrenar a personas para narrar oralmente resulta en el apoderamiento de estas del discurso público, y en el desarrollo de la capacidad de manifestarse en cualquier lugar con gestos y voz y de expresar nuestras historias, la esencia de lo que somos. En ese sentido, pareciera un ejercicio subversivo para el poder político que controla las sociedades.

A falta de la asignación de un lugar para ofrecer clases de narración oral – espacio que ha solicitado decenas de veces a agencias e instituciones distintas –, este año comenzará un proyecto en su casa para adiestrar a futuros narradores. En estos talleres, como en todos los que ha venido ofreciendo hace tantos años, importará la enseñanza de la presencia escénica, de los tonos de voz, del movimiento al momento de contar, entre otros elementos.

De hecho, la historia de la narración oral encierra otras expresiones diferentes a los cuentos, pero que requieren el manejo de los mismos elementos para que estén bien contadas: las nanas, las canciones de juegos, las adivinanzas, los refranes y proverbios, los trabalenguas. “Todas esas son algunas de las expresiones literarias creadas por escritores o escritoras anónimas que han llegado a nosotros gracias a que otros las han narrado oralmente. Nos han pasado su memoria y nosotros la pasamos a los que nos siguen. Es una especie de cadeneta donde todo eslabón es importante”, expresó Tere Marichal.

En palabras de la cuentacuentos, la narración oral no se limita a contar la Caperucita Roja, sino que “nos invita a disciplinarnos, a ser selectivos, a relacionarlos con canciones, adivinanzas, refranes; nos invita a enfrentarnos al espacio de la plaza, la calle, la escuela y demostrar que podemos usar nuestra voz, nuestros gestos y nuestra memoria para crear un espacio de alegría, de solidaridad, un espacio de hermandad para todos por igual”.

En Puerto Rico, hace falta que se empiece a contar oralmente, pero para eso hay que adiestrar a la gente porque, según ella, no hay cosa peor que un cuento mal narrado. Tere Marichal se ha propuesto hace años entrenar futuros lectores. “Crear grupos de narradores orales en distintas comunidades es lo que me gustaría hacer en este 2018 porque la narración oral es un arte que nació del pueblo, no nació en una librería, ni en una biblioteca, ni entre filósofos. Por eso es que se nota la sabiduría en los cuentos populares”, expresó a modo de ir definiendo sus propuestas para este año que apenas comienza. Precisamente, este enero 2018 está marcado para Tere por la publicación de varios libros de cuentos: La Cucarachita Martina y el huracán y Los derechos de los niños y las niñas del mundo.

“Yo genero trabajo todos los días porque el que vive de sí mismo no se puede dar el lujo de estar un día sin hacer nada… No me imagino un día sin hacer. Cuando a mí me hablan de retirarme, no puedo imaginar cómo una puede retirarse de una misma”, expresó la cuentacuentos para ir concluyendo.

“¿Te hace feliz contar cuentos?”, interrogamos a sabiendas de la contestación que ofrecería Tere: “Sí. Yo estoy todo el día pensando en eso. Es una pasión bien grande… Pienso que ese va a ser mi legado, al igual que mi biblioteca. Yo creo que lo más que atesoro es esa colección que yo he hecho de cuentos y de crítica, teoría e historia de la narración oral. La atesoro, mucho, mucho”. Mientras expresaba eso, miraba a un punto fijo en la lejanía como queriendo figurar de alguna forma ese sentimiento especial para con su biblioteca y el arte de narrar, que son su vida.

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CRUCIGRAMA: Concha Meléndez Ramírez

Horizontales

2. Palabras para _____; libro de Meléndez publicado en 1972.

7. El _____ del cuento en Puerto Rico; libro de Meléndez publicado en 1961.

9. Símbolo del neón.

10. Pasar la vista por lo escrito.

12. Moradas de poesía _____ Alfonso Reyes; libro de Meléndez publicado en 1973 y premiado por el Instituto de Literatura Puertorriqueña.

13. Ante Meridiano.

14. Dios egipcio.

15. Excursión o viaje de una o varias personas.

18. Apócope de bueno.

20. Cólera.

21. Antorcha.

24. _____ Juan; ciudad donde falleció Meléndez.

25. Diez más dos.

27. 26 de _____ de 1983; fallecimiento de Meléndez.

29. _____ de Diego en mi memoria; libro de Meléndez de 1966. Premio Nacional del Instituto de Cultura Puertorriqueña.

31. Girolamo _____; compositor maltés-italiano de ópera y música sacra.

32. Mencioné.

33. Bastante, mucho.

35. Quiere.

37. _____; ciudad natal de Meléndez.

39. _____ y la naturaleza en América; ensayo de Meléndez.

41. Conozco.

42. Cuadro pequeño de tierra destinado al cultivo de flores u hortalizas.

43. Tate, interjección.

44. Amado _____; primer libro en prosa de Meléndez publicado en 1926.

47. Repollo.

48. Necesidad de agua.

49. Metal precioso.

51. Pablo Neruda: Poeta del más _____; libro póstumo de Meléndez.

54. Poetas hispanoamericanos diversos. Personas y _____. Literatura de ficción en Puerto Rico: cuento y novela, Volumen 4 de Obras completas de Meléndez.

55. Cien en números romanos.

56. Concepción (_____) Leticia Meléndez Ramírez; poeta, ensayista y catedrática de la Universidad de Puerto Rico. Autora de Psiquis doliente, su primer libro publicado en 1923.

Verticales

1. La inquietud _____. Poética de Evaristo Ribera Chevremont; libro de Meléndez de 1946 premiado por el Instituto de Literatura Puertorriqueña.

2. Escudriña.

3. _____; obra teatral escrita por Federico García Lorca.

4. 21 de _____ de 1895; nacimiento de Meléndez.

5. Río francés.

6. Concha _____; doctora en Letras de la Universidad Nacional de México con la tesis: La novela indianista en Hispanoamérica. Autora de La inquietud sosegada, Entrada en el Perú, Palabras para oyentes, Personas y libros, y Hostos y la naturaleza en América, entre otras obras.

7. Contracción gramatical.

8. Segunda nota musical.

11. Moradas _____ poesía en Alfonso Reyes; libro de Meléndez de 1973 premiado por el Instituto de Literatura Puertorriqueña.

16. Figuración de Puerto _____ y otros estudios; libro de Meléndez de 1958.

17. Dios griego de la guerra.

18. Toa _____; ciudad de Puerto Rico.

19. Algunos.

21. La tía _____; novela escrita por Unamuno en 1907.

22. Conté, numeré.

23. Ópera de Verdi.

26. El escritor y su _____: al encuentro de Concha Meléndez y otros ensayos; libro de Héctor Oscar Ciarlo publicado en 1982.

27. Onomatopeya de la risa.

28. Escuché.

30. Saludable.

34. Del verbo raer.

36. Pedro Juan _____; escritor puertorriqueño.

38. Que usa.

40. Brincan.

44. Carta de la baraja.

45. Dativo de pronombre.

46. Órganos de la visión.

47. Caída repentina e intensa de los mercados financieros.

50. Decimoséptima letra del alfabeto griego.

52. Símbolo del cobalto.

53. Factor _____; antígeno de los hematíes cuya presencia o ausencia es causa de incompatibilidades sanguíneas.

Luther-King, el coraje de soñar

Este lunes, 15 de enero, el mundo recuerda el nacimiento del pastor Martin-Luther King (29/01/1929). Es un día consagrado a la igualdad racial y la libertad ciudadana. En este año, en el que conmemoramos 50 años del asesinato de Luther King, (04 de abril de 1968), es importante revisar en qué punto estamos en ese camino y qué nuevos desafíos se presentan para vivir hoy la herencia de ese mártir.

Casi siempre, en nuestros países, ser negro es sinónimo de ser pobre. En  donde el apartheid político parece ceder, la desigualdad racial sigue, basada en la diferenza económica. Sobre eso, aún resuenan la voz de Luther King: “Lo que me preocupa no es el grito de los malos. Es el silencio de los buenos. Más que la violencia de pocos, me asusta la omisión de muchos “. Él explicaba: “Una persona que no descubrió nada por la que aceptaría morir, no está todavía lista para vivir”.

La causa por la que dio la vida fue la dignidad de todo ser humano, concretamente de aquellos que no ven reconocidos sus derechos de ciudadanía. En nuestros países, si fuéramos a hacer vacaciones para cada persona que, en los últimos 40 años, ha muerto por la justicia y la libertad, por todo el año, no sobraría un día sin memoria de algún mártir. Por eso, unimos a la memoria de Martin-Luther King, el recuerdo de los tantos hermanos y hermanas que dieron la vida por la causa de la justicia y la paz en nuestros países. El pastor Luther-King hizo eso movido por la fe. Muchos de nuestros mártires tuvieron la misma motivación. Incluso los que no estaban ligados a ninguna Iglesia, pueden ser considerados testigos del proyecto divino para el mundo. Como dice Jesús: “Bienaventuradas son todos/as que tienen hambre y sed de justicia, porque de ellos/as es el reino de los cielos” (Mt 5, 1-12).

Gracias a Dios, seguimos teniendo profetas y poetas que nos hacen soñar y creer en el sueño que tenemos. En marzo, en Salvador, BA, un foro social mundial reunirá a hombres y mujeres de todo el mundo que creen en el sueño y se movilizan para realizarlo. El tema de los foros sociales es: “Otro mundo es necesario, juntos, podemos hacerlo posible”. Si creemos en ese sueño, nos unimos a ese camino.

Martin Luther-King dijo: “Tengo un sueño”. “Mi sueño es vivir en un mundo en el que mis hijos negros puedan andar de cabeza erguida y convivir de igual a igual con sus colegas blancos, frecuentar (…) Sueño con un mundo en el que pueda ver a mis hijos juzgados por su personalidad y no por el color de su piel”.

Gracias a Dios, mucha gente en el mundo todavía alimenta ese sueño y se dispone a enfrentar todos obstáculos y desafíos para realizarlo.

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Componer los pedazos

A Juan Luis Ramos,

por una conversación pendiente.

Hay sobre todo tres formas en las que suceden los fragmentos: 1. Algo se rompe por la acción de alguien, a propósito o por accidente o descuido; 2. un material se vuelve a usar –un texto, digamos, se borra y se escribe otro en su lugar, pero el anterior permanece debajo, difícil de leer, o, puede ser, un papiro se usa para momificar a alguien, envolviendo un cuerpo en plasmas de discursos que así se rompen en definitiva; 3. el tiempo deshace un material o las cosas que pasan en el tiempo lo deshacen –las guerras, más que nada, los desastres naturales también.

Hay una tragedia griega sobre la fragmentación del primer tipo. En las Bacantes de Eurípides, Agave desmiembra a su hijo en pleno frenesí dionisiaco, lo toma por un león, carga su cabeza como un bello premio de cacería. El premio, ante nuestros ojos, no es bello. Es la prueba de una violencia insoportable, de una locura que no quisiéramos nunca tener cerca. Es horrible, la cabeza cercenada del pobre Penteo. No será bella para la madre cuando regrese a la cordura y vuelva a ser madre, pero en la locura es bello. La belleza de un fragmento es proporcional a la distancia que se tenga respecto de su realidad bruta, proporcional a la medida en la que esconde-–o nuestra mirada distante evita– la violencia de la que es producto.

Pensar los fragmentos envuelve una decisión gradual: ¿Dónde se traza el límite entre lo fragmentario y lo completo? ¿No es la realidad, a final de cuentas, siempre un cúmulo de pedazos? Pero la pregunta amenaza la posibilidad del saber, si todo objeto de estudio es siempre una construcción especulativa de fragmentos aislados. Pensar los fragmentos hace más evidente nuestra ansiedad por el todo. Que Safo, por ejemplo, nos haya llegado en un montón de pedacitos nos confronta con dos sentimientos dispares: el placer de leerla, la rabia de no poder tenerla toda.

Hay, por supuesto, libertad. Uno puede elegir no volver a pegar las partes, no pretender que no hubo golpes. Gozar lo que nos queda. O incluso, hablar del golpe mismo: entender la causa de la fragmentación, señalar los culpables. No dejar pasar el coraje que siempre provoca la historia. Quedarse uno mismo un poco atajado.

Buena parte del trabajo de la filología de la antigüedad clásica tiene que ver con la construcción póstuma del sentido de un montón de pedazos –de papiro, cerámica, bronce, mármol– a los que han quedado reducidas las viejas civilizaciones del mediterráneo. Nuestra mirada, protegida del fulgor del rayo que fragmenta, por la distancia de los siglos, ve belleza.

Y repito, Juan Luis, uno de los grandes problemas a la hora de lidiar con fragmentos es que a menudo lo fragmentado no tiene sentido. Las más de las veces el sentido se le otorga en retrospectiva. Esto es algo que comparten la filología y la vida. La dificultad de la tarea, sin embargo, no es comparable entre ambas.

El acercamiento más común a los fragmentos es tratar de ubicarlos en contexto. Un pedazo, digamos, de papiro con letras, no es más que un cúmulo azaroso, con suerte, de palabras. El azar ha determinado los cortes, ha editado el texto de manera, las más de las veces, cruel. El azar ha determinado qué letras nos llegan y cuáles quedan para siempre en la fisura inaccesible, el fondo oscuro del que somos un rápido y sutil relieve, que al final nos repliega. Lagunas ([….]), las llamamos, cuando son un cuerpo de vacío entre otras letras. Las lagunas, como el amor, a menudo crean un hueco justo en los lugares claves. Sumergen para sí un sentido del texto, nos dejan a flote una multiplicación sin fin de interrogantes. ¿A qué “todo” pertenece este cúmulo de letras? ¿Siendo parte de qué “todo” decían, estas letras, algo? ¿Y a qué otro “todo” pertenece, a su vez, ese “todo”? ¿Y ese “todo”, a qué “todo”…

El principio estricto de “todo” o nada no ofrece un modelo sostenible para leer lo fragmentado.

El Partenón, por ejemplo, ha sufrido fragmentaciones varias, sobre todo por guerras, fuegos, terremotos. Una arqueóloga de la antigüedad griega reconstruye las metopas de los frisos del Partenón. Para ello ha desarrollado una metodología: “la lógica de la línea.” Un pedazo de escultura en relieve, a decir verdad un simple pedazo de mármol sobresaliente respecto del fondo, suele no decir inmediatamente lo que es –un pie? un brazo? una cabeza? un pliegue del vestido, algo en un cuerpo animal? Pero sus contornos trazan las líneas– las líneas, en principio, se extienden al infinito –en las que está contenida la forma total de la escultura del pasado. Trazando líneas, siguiendo la lógica de las líneas sobrevivientes, la arqueóloga va descubriendo en su cuaderno de dibujo cómo se veía la escultura, ahora ausente, hace más de dos mil años. El fragmento de mármol permanece allí, en su aparente silencio carente de significado, mientras en la página la escultura reaparece, toda llena de sentidos. Es imposible saber cuán acertada es la reconstrucción, perdidas como están las figuras originales en el polvo. Sin embargo, los dibujos de la arqueóloga trazan contornos alrededor de lo que ya no está, recuperan para nosotros, al menos, el vacío y la luz.

Fuera del campo de la filología y de la arqueología, cuando se habla de fragmentos hay que confrontar las emociones que los acompañan: dolor, rabia, nostalgia, envidia, asombro, angustia, desconsuelo, resentimiento, desilusión, frustración, curiosidad, resignación, ternura. Las manifestaciones físicas de estas emociones son también las de siempre: llanto, risa, silencio, pánico, gritos, huída, inmovilidad, entumecimiento, descontrol en el habla, ganas de bailar, estreñimiento. Con estos instrumentos, a decir verdad rudimentarios, lidian los agentes históricos que viven la fragmentación. Con ellos se reconstruye una casa, se endereza un árbol, se pone de pie un signo de tránsito, se viste el propio cuerpo la mañana después, se habla con otros, se mira el nuevo paisaje.

Componer cuadros con estos sentimientos es también una manera de juntar los pedazos. Amalgamando nuestras pasiones con la geografía, porque en la vida no se puede mentir la continuidad. Una ventaja de la vida frente a la filología es, precisamente, la dificultad de ver belleza frente a la obviedad de la violencia sufrida. Negarse a ver la belleza de la violencia. Resistir la tentación estética e insistir en la patología de la fragmentación. Insistir, incluso, en el disgusto, en el asco. Componer desde la monstruosidad.

La pregunta más difícil de todas es quizás la que se haría Agave: ¿Qué hacer con los miembros sueltos del hijo que “Yo” descuartizó?

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Una antología para el deseo

Una vez concluida la lectura de Entre objetos perdidos. Un siglo de poesía puertorriqueña (Ediciones UNE), quedamos en suspenso, metidos en ese arco del tiempo que hace que los textos revivan o mueran, sigan produciendo significados en ese proceso que a veces llamamos inmortalidad, “un exceso innombrable”, en palabras de la autora en otro contexto. Este ensayo, “escrito inicialmente para prologar una antología en Hispanoamérica”, como consigna la nota 3 del texto, deja ausentes aquí los textos que motivan la reflexión de la poeta y ensayista. Quedamos así deseantes, incitados por la ausencia de los textos, por su cuerpo, aprensivos de que llegue la luz, que ilumina estas palabras del prólogo y les da origen.

La antologista es traviesa y busca animar nuestro deseo citando poemas y ofreciéndonos pequeños bocados, una porción para probar, como en el texto de Agatías Escolástico que cita ella en “El mare Nostrum de las antologías” (reflexiones sobre el fenómeno de las antologías en Puerto Rico), ensayo de 1998 incluido en Hilo de Aracne: “Les presento una porción de cada poeta tan solo para que lo prueben”, escribe Escolástico (Hilo de Aracne, 42). Aquí las porciones son pequeñas o remiten a textos que están ausentes y su ausencia, recordada, nos hace desear tenerlos cerca, leerlos al instante. Así que el texto es preámbulo de la lectura por venir, “muestra imaginaria” (11). Es, como señala Áurea María al remitirse en “El mare Nostrum de las antologías” a las dos alternativas de una antología, “antesala del porvenir”, (confirmar lo dado es la otra, Hilo, 49), de la lectura que podemos hacer a partir de estas reflexiones, sobre todo de aquellos y aquellas que lamenta no haber podido discutir como quisiera (153), dado el espacio breve para consignar un siglo de poesía puertorriqueña. Por algo escoge la cita número 16, tomada del prólogo de Julio Ortega: “Mantener al lector en estado de exaltación es el propósito evidente de este libro” (23). Ese avivamiento en Sotomayor se anuda a lo que se persigue: “En este ensayo-selección aspiro a ese exceso que se proyecta en el tiempo de las sucesivas lecturas” (24).

Ha escogido ella manejar los textos como piezas, proyectadas sobre un telón de fondo sutil, como de suave mundillo pues no quiere que pese mucho, “ejes y cruces” (24), para los cuales provee contextos culturales e históricos y notas bibliográficas muy completas para quienes se animen a buscar más. El telón no deja de estar ahí pues como nos deja saber en la nota 5 (12) “El criterio antológico consiste en la creación del telón”. Nos incita también al deseo el criterio para organizar la trayectoria “al modo de una historia fragmentada cuyos temas y modos son intermitentes: nación, raza, ciudad, música, lenguaje, cuerpo, voz” (11). Es una nómina amplia, que le permite a Sotomayor múltiples entrecruzamientos, tenernos del tingo al tango muy organizadamente. Dos son las secuencias principales: la lengua y el territorio, dos hilos de Aracne que se entretejen no en lo temático sino en el tejido de la forma. “Una literatura nacional, expone, se produce sobre el horizonte y el diálogo con otras…El territorio físico es uno de sus puntales y el lingüístico el otro… (19). Estos tensores posibilitan el viaje de los textos, que como las planchas de zinc vuelan, caen en los lugares más insólitos y nos permiten imaginar “voces de asombro en la boca del viento” (Julia de Burgos).

Uno de los primeros juntes de poetas que leemos es el de Lloréns Torres y Clara Lair en el que las piezas enfrentan el polígrafo y abogado Lloréns a la taquígrafa y periodista Clara Lair. Oposiciones de clase y género se proyectan en el telón de fondo: “En Lloréns se advierte la estabilidad que otorga la propiedad y en Clara Lair la precariedad que signa al sexo femenino en la zona transitoria de la emigración y del trabajo: el campo puertorriqueño contrasta con la ciudad de Nueva York en la década de los veinte, emblema de la modernidad…Mientras el paisaje en Lloréns consolida las relaciones espaciales que produce el poder…, el de Lair expresa una crítica contundente de los espacios del capitalismo…Se trata de una reflexión incisiva, arborescente como son otras del libro en las que se traslada la autora de una rama a otra para volver a la vértebra troncal. Es un junte que habita varias páginas (61-68) y que se desplaza, mediante el tema racial a Palés Matos y Julia de Burgos. El diálogo se escenifica en el módulo titulado “Modernidad con épica nacional” (56), que incluye once poetas: Lloréns, Lair, Palés,Ribera Chevremont, Soto Vélez, Corretjer, de Burgos, Matos Paoli, Palma, Laura Gallego y López Suria. De este conjunto comenta que a las últimas tres (Marigloria Palma, Laura Gallego y Violeta López Suria), se las ha leído en un marco lírico convencional, en tanto la sobriedad expresiva y la ironía son puntales de su lenguaje poético que no se suelen destacar (87). Resume que estas poetas “asumen una mirada objetiva y dura (Palma), un erotismo preciso y sobrio (Gallego) y comienzan el cuestionamiento del mito (López Suria)…(90). De Julia de Burgos y Clara Lair “heredan la fortaleza y no la melancolía”.

El trabajo poético de este primer grupo queda ensamblado por dos tensores: la patria con sus héroes y la afirmación identitaria (85). Corretjer, Palés, de Burgos tienen amplio espacio en esta sección. Sotomayor ha trabajado su texto a modo de escenarios en que se mueven las piezas e interactúan. En el segundo escenario ubica poetas nacidos de 1934 a 1963, si bien la lista del segundo escenario rebasa la fecha de 1963 (unos 42 nombres). El hilo conductor de la escenografía de esta generación heterogénea es el collage, vertebrado por tres tradiciones: vanguardia, antipoesía y poesía convencional (98). Cito las palabras de la autora al caracterizarla: “Oscilan entre la experimentación con la forma…, el poema convencional con tema épico…, la elaboración de un discurso del cuerpo y del lenguaje que conlleva la rebelión contra la domesticidad …El humor quiebra los estereotipos líricos, la poesía combativa se impregna de lirismo e ideología…se revela otro ángulo de lo heroico en la cotidianidad proletaria,… se percibe que la forma es parte de lo político y comienza la emigración de Nueva York en otra lengua” (92-93). A tenor con este último vector se incluye a Pedro Pietri y Tato Laviera, a Edwin Torres y Martín Espada en el conjunto de nombres; escribe Sotomayor: “cuando llegamos al Obituario puertorriqueño, de Pedro Pietri, nos transportamos en un viaje que escenifica la lucha de los puertorriqueños… en Nueva York, el puerto transitorio que deviene casa” (98); “no hay modelo previo a la transformación que del inglés hace Pedro Pietri”, ha escrito páginas antes (94).

Lima es figura destacada aquí; tras las páginas que remiten a la escenografía del conjunto, el junte Lima/Lalo nos remite a la necesidad de representación visual en ambos poetas, que en ellos va más allá del contenido representativo. En Lima se detiene en varias páginas (100-103): su concepción del lenguaje, el regreso de la muerte desde la cual se recompone la voz poética en proceso continuo, el humor demoledor, la ironía que lo acerca a una figura como Nemesio Canales, la muerte cotidiana que “se prolonga en la condición colonial” (103). También lo encontramos en junte con Matos Paoli, tanto en su expresión verbal de imágenes poderosas como en su hermetismo visionario y en su marginación: “Si la poesía místico-política de Matos queda abierta por su ambigüedad, escribe Sotomayor, la de Lima se derrama por sus líneas de fuga intentando la multiplicidad” (107).

Como muestra del collage analiza el texto de Rosario Quiles, El juicio de Víctor Campolo, en el que las jergas del drogadicto y del predicador concurren en el discurso que incorpora fotos y noticias de su personaje, a la vez que cuestiona el discurso legal, tan invocado en la represión del nacionalismo. Tal heterogeneidad se observa también en la incorporación del spanglish, que la autora aborda al seleccionar cuatro poetas que escriben en inglés: Pietri, Laviera, Espada y Torres. En el imaginario de estos escritores su mayor valor es su lengua, ese “inglés desgarrado”, en el decir de la ensayista, en el que se recurre a la oralidad en ten con ten de alternancia de códigos. No olvida la referencia a Ramos Otero y su acercamiento a la transformación de la identidad en quien emigra así como el bien simbólico que es la lengua. En Pietri se detiene y solaza en su oralidad y la invención de una lengua que transita entre el español y el inglés. Recuerda la recurrencia a la oralidad en Lloréns y la distancia de esta con la de Pietri (123) y destaca el elemento irónico en los textos del poeta más joven, que hace añicos la imagen del perdedor. En Edwin Torres descubre otra oralidad, en la que el texto es en inglés pero los acentos y ritmos son los del español (125), con trasunto del sustrato afrocaribeño. A Torres lo ve en juntilla con Palés, al seleccionar un fragmento de “Mother Tongue” (Lengua Materna) y observar “una rememoración palesiana del ten con ten…vertido aquí como homofonías en dos lenguas” (127), proceso que lleva a Sotomayor a la metáfora de Luis Rafael Sánchez de la guagua aérea y la consideración de la soberanía insular.

En la arborescencia de su estilo Áurea María vuelve a Rosario Quiles para enyuntarlo con Lima: “Tanto la obra de Lima como la de Rosario Quiles agujerean el buen decir al cuestionarlo desde las formas, el primero desde una estética vanguardista y el segundo, desde la actitud contestataria de los 60…” (135). Zigzgueando por la vereda tropical va a tener a la poesía que se pone en escena en la zona urbana de Río Piedras, a la poesía concreta de Esteban Valdés y al ludismo gráfico de Joserramón Meléndes, poeta editor de su generación, en La casa de la forma, al tema de la ciudad en Ochart y Rebollo Gil, a la espectacularización en Noel y Rebollo (142). Como buena gimnasta salta nuevamente a los setenta, (una generación que debe serle muy querida), justo al borde de la conclusión, para consignar en sus poetas la coexistencia de voces y registros muy diversos, la adherencia a la poesía, el trabajo en revistas, la fundación de editoriales, las antologías que dan cuenta de nuevas tradiciones, así como la afinidad de las voces de la poesía posterior al dos mil con la generación del setenta. Se detiene en diversos poetas en una especie de fin de fiesta: Angela María Dávila y el inicio de la corriente performática, que se confunde con la de Pietri en Nueva York, el junte Dávila-Melendes, Pietri, Silén, Escobar y su experimentación con otras formas de escritura. Reconoce también una extensa nómina de líricos que no ha podido discutir como quisiera.

No podía faltar una sección final, “Sugerencias para la construcción de una antología futura”, llena de preguntas, en la que afirma cómo “los proyectos antológicos parten siempre de una falsa modestia: la posibilidad de ser inclusivo” (154) y cómo “el poema constituye siempre la interrupción de un sentido que adivinamos para tomar otra ruta, romper la expectativa, quebrar la norma” (155). No digo más sobre la sección porque son sugerencias que quienes lean considerarán. Trepando, sin caerse, en una de sus múltiples ramas, Sotomayor vuelve a Torres y a su poema “Mother Tongue” para contrastarlo, o enraizarlo, con William Carlos William y ver el desvío de la identidad. Este junte y el de una estrofa de Sylvia Figueroa la animan a concluir que “lo lírico es todo, con la diferencia de que en algunos puede reconocerse una historia, mientras que en otros se multiplican sus elusiones” (163).Anidan los textos en esta muestra imaginaria, prestos a desplegar vuelo, lo propio de ese pájaro libertario que suele ser la poesía. En este proyecto el nido es la poesía, la casa que abarca cien años. Áurea María ha privilegiado en la lectura, como anuncia, “una voz poética que elabora un sitio que habitar o imaginar” (33), un escenario en el que, como dice la nota 5, “El criterio antológico cosiste en la creación del telón” (12). Celebremos el nido y la imaginación: la belleza, la tenacidad de seguir echando hojas en medio de tantos escombros, este nuestro bien que no se agota en las lecturas.

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