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Crucigrama: Emilio S. Belaval

Horizontales

2. Emilio S. _____ Maldonado; escritor, abogado y periodista puertorriqueño. Dirigió el Ateneo Puertorriqueño, Pro Arte Musical, Areyto y la Academia de Artes y Ciencias de Puerto Rico. Autor de Cuando las flores de Pascua son flores de azahar y Circe o el amor.

7. Onomatopeya usada para imitar el ruido de un golpe o de una explosión.

8. A nivel.

10. Primera nota musical.

11. _____ Barreto Talavera; artista plástico puertorriqueño.

12. Río del Perú.

13. Cuatro en números romanos.

14. Contracción gramatical.

16. Ahora.

17. Además.

20. Estado en que un médium manifiesta fenómenos paranormales.

23. Símbolo del neón.

24. Ana _____; pianista y compositora puertorriqueña.

27. Ante Meridiano.

28. Perro.

29. Hierro del trompo.

31. _____ ex machina; en el teatro de la Antigüedad, personaje que representaba a una divinidad y que, mediante un mecanismo, descendía al escenario para resolver situaciones complicadas o trágicas.

33. Cubran.

35. Labrar la tierra.

37. Cierto baile andaluz.

38. _____; ciudad natal de Belaval.

39. Del verbo ciar.

40. _____ Belén montes; prisionera política puertorriqueña.

42. Época.

43. El puerto y la _____ (1965); obra teatral de Belaval.

45. Movimiento nervioso habitual.

47. _____ Juan; ciudad donde falleció Belaval, autor de La novela de una simple vida, Cuando las flores de Pascua son flores de azahar, Cielo caído y Hay que decir la verdad.

50. Oréade, cada una de las ninfas que residían en los bosques y montes.

52. Escuché.

54. Composición o cántico de alabanza bíblico.

56. Soase.

57. Señal de socorro.

58. Cloruro sódico.

59. Que lee en voz alta para otras personas.

60. La _____ de una simple vida (1935); pieza teatral de Belaval.

Verticales

1. Emilio S. Belaval _____; autor de El libro azul, Cuentos para colegialas 1919-1924, Los cuentos de la Universidad 1924-1927, Cuentos para fomentar el turismo 1934-1936 y Cuentos de la plaza fuerte.

2. Documento pontificio relativo a materia de fe o de interés general, pl.

3. _____ S. Belaval Maldonado; secretario de la Comisión Hays que investigó la Masacre de Ponce. Autor de Areyto, La intríngulis puertorriqueña y El ser de lo viviente en el raciovitalismo orteguiano: resumen de una lectura desinteresada.

4. _____; libro de ensayos de Belaval publicado en 1948.

5. Perteneciente o relativo a la lana.

6. 8 de _____ de 1903; nacimiento de Belaval.

7. Nombre de la b.

9. Conozco.

10. Doné.

15. Hay _____ decir la verdad (1940); pieza teatral de Belaval.

18. Tisana.

19. Gansos.

21. _____ de la mala suerte, agua de la buena suerte (1967); obra teatral de Belaval.

22. Símbolo del calcio.

25. Vestido femenino de una pieza, pl.

26. Sonrieran.

28. Los _____ de la Universidad 1924-1927; libro de Belaval.

30. Antigua embarcación.

32. Siglas de la colonia de Puerto Rico.

33. Tate, interjección.

34. Símbolo del neodimio.

36. Macizo del Sahara.

41. Encoleriza.

44. 1ro de _____ de 1972; fallecimiento de Belaval.

46. _____ García de la Riega; historiador y escritor gallego.

48. _____ caído (1961); obra de teatro de Belaval.

49. Cuentos de la _____ fuerte (1963); libro de Belaval.

51. Circe o el _____ (1963); obra de teatro de Belaval.

52. Se atreven.

53. _____ libro azul (1918); libro de cuentos de Belaval.

55. Forma de pronombre.

56. Carta de la baraja.

Carlos y el Deporte

Esta semana en vez de escribir sobre la pelea de Pedraza con Lomachenko o de la final de la Copa Libertadores, me uno a la celebración de la vida de Carlos Gallisá. Desde pequeña Carlos estuvo en mi vida, bueno, incluso desde mucho antes, ya que fue el padrino de boda de mis padres, y cuando nací ya era un miembro más de la familia. De Carlos se hablará mucho en estos días y en estas páginas de Claridad, pues por décadas contribuyó al país desde muchas trincheras. Yo solo quiero resaltar su pasión por el deporte, una de las muchas áreas que lo unían a mi padre.

Tengo varios recuerdos de pequeña de Carlos en ambientes deportivos. Pero recuerdo particularmente dos; el primero, los viajes al hipódromo que tanto disfrutaba con Papi y otros panas, incluyendo a su gran amigo Genaro “Tuto” Marchand. Y también su pasión por el béisbol. En muchas ocasiones íbamos a su casa a ver un juego de las Grandes Ligas y recuerdo cómo le enseñaba a Sofa, su hija menor, las reglas y los jugadores. Recuerdo particularmente el año en que se proclamaron campeones los Bravos de Atlanta. En años más recientes, se que iba mucho a ver juegos de béisbol con mis padres. Con mucho cariño guardo el recuerdo, y se que mi madre Vilma Ramos también, de el último Clásico de Béisbol en el cual se juntaban a ver los juegos de Puerto Rico. Y hasta estaba ahí cuando mi Papá se pintó el pelo de rubio, como parte de la moda del equipo, y se que las carcajadas fueron épicas. Se que esa noche, de las últimas que compartieron los tres juntos, es un gran recuerdo.

Así, decido recordarlo con esa bella sonrisa que siempre me cautivó, sobre todo su dentadura tan blanca que siempre recuerdo desde niña, y emocionado por una gran jugada de pelota.

Un abrazo,

Elga

Un líder con cinco energías

Conocí a Carlos en 1973 en la oficina que tenía el Partido Independentista Puertorriqueño en la avenida Muñoz Rivera al lado de la Lotería. Comenzó hablando de lo que estaba haciendo él como representante del PIP, lo que se había logrado con Culebra y habló bastante claro sobre su amor por Puerto Rico, él tenía una idea de la independencia bastante clara, no quería una independencia sujeta a nada.

También habló un poquito de su relación con los presos y lo estaba haciendo de una forma tan afable, con tanto cariño y de momento se le salía una sonrisa y sus ojos se abrían y me conmovió mucho porque es algo que para mí es importante la cuestión de los presos. Teníamos a los cinco nacionalistas presos. Para ese tiempo yo había dado clases en una penitenciaria en el estado de Illinois y había unos poquitos presos que él conocía que por casualidad yo conocía algunos. Después de yo estar en la prisión conocí por ejemplo a Ángel Díaz que siempre me hablaba de Carlos. Ángel Díaz es el preso que reta a la muerte por 45 minutos cuando fue asesinado y pudo combatir ese veneno que le inyectaron al cuerpo para demostrarle al mundo que él era inocente de su crimen. Estas cosas que son importantes para mí, se hicieron más importantes más luego.

Desde el 1973 en adelante yo no lo volví a ver. Cuatro décadas más tarde me encuentro con Carlos, el me visitó en la casa de mi hija y vino con su hija, Sofía y de nuevo lo que me impactó fue la sonrisa y sus ojos abiertos, estábamos hablando en la casa y veo un cambio positivo. Muchos de los líderes independentistas cambian pero no para lo positivo, llegamos hablar de lo que estaba pasando en Puerto Rico, me trajo algunas de las cosas con las que él no estaba de acuerdo y algunas con las que estaba de acuerdo. De nuevo, uno podía sentir el amor de Carlos por esta Patria y también su capacidad para trascender límites y barreras. Cuando él explicaba y uno escuchaba se daba cuenta de que era un líder especial, que tenía un potencial que muchos quisieran, ese que no está en esa campaña de protagonismo, sino en la campaña de lucha, la praxis exigente.

Era uno de los líderes que tenía esas cinco energías que son importantes si queremos ser personas que impactemos en este Puerto Rico de hoy. La primera de esas energías es la física, la segunda es la intelectual, la tercera es la moral, la cuarta es el valor y la quinta el amor y yo creo que Carlos era uno de los poquitos que encarnaba esas cinco energías. Uno veía en Carlos esas cinco energías que son bien fundamentales yo creo que la capacidad de amor por la Patria nadie se la puede cuestionar, ese hombre intelectual era grande.

Un hombre dispuesto a luchar y reir

Cuando yo era un niño escuchaba que Carlos Gallisá se comía a los niños crudos y que odiaba a los americanos. Lo de odiar a los americanos no me resultaba tan absurdo porque siempre fui curioso y me sabía dos o tres razones para que, por lo menos, no resultaran extremadamente confiables. Odio nunca hubo. Pero la verdad es que vi que defendía a los presos y era abogado y amigo de Carlos La Sombra, un pilluelo que tomo conciencia política y organizó por vez primera a los presos. Para mí era un héroe y el abogado me caía bien.

Ya un universitario encontré a Gallisá escuchando música y dándose un palo en una barra cerca de Suiza Dairy en la que ponían la mejor música posible. Había mesas de billar y algunos instrumentos de percusión. Con el bongó alcancé mis mayores logros. Verdaderos músicos me hacían señas para sustituir al que los tocaba malamente. Una vez vi llegar a Carlos y pensé que era la primera vez que veía a un líder independentista haciendo vida normal, pasándola bien.

Andando el tiempo Graciela Rodríguez Martinó confió en mí y me permitió colaborar en Claridad, en el suplemento cultural En Rojo Ahí pude conocer a un montón de gente valiosa. Gallisá era miembro de la Junta del periódico, lo dirigió, colaboró siempre, y ahí conocí a un tipo con una seriedad y compromiso inquebrantable y que, de manera simultánea era capaz de conservar el sentido del humor y las ganas de vivir. Los cuentos de terror de mi niñez no tenían ninguna base que no fuera la ideología dominante y la prensa comercial al servicio de la oligarquía.

Gracias a mis “malas amistades” tuve el honor de conocer muy joven a gente de otra liga. Los héroes nacionalistas, Lolita, Irving, Collazo, Rafael, Carmín, y Claridad me permitió entrevistar y conocer, hasta el día de hoy, mujeres y hombres de gran valor humano. Sin embargo, a mí me gustaría destacar que aparte de esa fulguración abstracta de la Patria, la vida concreta, la vida diaria, el abrazo, las ganas de vivir, la trinchera de la alegría, el error y la certeza, la calidad humana de tantos y tantas que he conocido es lo que me convence de que la libertad y la defensa del agua, el aire y la tierra, son los modos de ser feliz. Entre esos que vi mostrar compromiso, seriedad, tristeza, felicidad, ganas de vivir y respeto a los que dieron la vida por lo que creían, está Carlos Gallisá. Mi recuerdo es el de un hombre dispuesto a luchar y a reír.

Mi abrazo a Sofía.

A Private War: Marie Colvin, corresponsal de guerra

Como suele suceder para los meses de noviembre y diciembre, muchos productores y distribuidores interesados no tanto en la venta de taquilla—eso se lo dejan a las megaproducciones que calendarizan sus películas para Navidad, verano y Halloween—prefieren poner en cartelera los filmes que tienen buenas posibilidades de ser nominados y eventualmente premiados por los Golden Globes del Circuito de periodistas Extranjeros asignados a Hollywood, que siempre están muy pendientes a los Festivales de Telluride en Colorado y Toronto en Canadá. A estas primeras nominaciones le siguen los de los gremios de Hollywood y por supuesto, los Oscares. Aquí ya van llegando estos filmes y la época navideña se pronostica como una de muy buen cine.

A Private War

(director Mathew Heineman; guionista Marie Brenner; autor Arash Amel; cinematógrafo Robert Richardson; elenco Rosamund Pike, Jamie Dornan, Tom Hollander, Stanley Tucci, Faye Marsay, Greg Wise, Nikki Amuka-Bird, Alexandra Moen, Corey Johnson, Fady Elsayed)

Este filme enfoca en una década del trabajo investigativo y de campo de Marie Colvin, periodista nacida y educada en Estados Unidos y corresponsal de guerra para el periódico británico The Sunday Times de 1985 hasta su muerte en uno de los bombardeos perpetrados por el ejército sirio en la ciudad de Homs en febrero de 2012. Para resaltar aún más la realidad que esta periodista vivió intensamente, la filmación de los lugares de batallas se filmaron en Jordania, precisamente donde se ubica Zaatari, el campamento de refugiados sirios más grande de la región. Jon Stewart fue productor ejecutivo del excelente documental After Spring/Después de la primavera de 2016 que recoge las historias de muchos de estos refugiados.

La historia comienza precisamente con la voz narrativa de Colvin/Rosamund Pike en una entrevista donde intenta definir lo que hace, por qué lo hace y lo que considera la misión de su vida: ser testigo de los horrores de la guerra y dar testimonio de los sufrimientos de la población civil. De ahí, acompañamos a Colvin en una de sus asignaciones—algunos dirían casi suicidas—en Sri Lanka en 2001 en medio de la guerra civil que ya llevaba casi dos décadas y con innombrables atrocidades que la prensa apenas cubría. Es ahí precisamente donde pierde la visión de su ojo izquierdo mientras intentaba llegar a una zona neutral que al parecer ningún grupo quería respetar. Puede que este incidente redujera sus asignaciones extranjeras pero en ningún momento la detuvo para seguir siendo la misma periodista a pesar de poder asegurar su carrera como redactora en The Sunday Times.

Su cobertura de Irak nunca siguió la reglamentación impuesta por las fuerzas militares estadounidenses. El interés de Colvin no era en los conflictos bélicos sino en cómo la población había sobrevivido o no el régimen de Saddam Hussein y luego la ocupación y bombardeos de los Estados Unidos y su mal llamada coalición. Junto a Paul Conroy, fotógrafo de frentes de guerra y quien la acompañará hasta Homs, recoge imágenes e historias de mayormente mujeres—abuelas, madres, hijas, hermanas—que pierden a sus seres queridos sin poder rescatar sus cuerpos o pedir justicia por miedo a morir ellas también. ¿Y entonces quién quedará para cuidar y alimentar a los vivos? Con Colvin y Conroy llegaremos a Afganistán, Libia y Homs. Aunque Colvin nunca pierde una oportunidad de cubrir estos conflictos—continuamente presiona a su editor, Sean Ryan, a asignarle estos lugares—sí vemos cómo esa presencia y participación en estos lugares le crean un estado mental que, en su caso, solo apacigua con el alcohol y aumento en trabajo. Ese Síntoma de estrés postraumático (PTSD) y su empeño en no tratarlo para no estar alejada de los lugares de conflicto la mantendrán alejada de amistades y amantes que quieren lo mejor para ella y la harán más agresiva en buscar más y más testimonios para que los gobiernos no puedan negar la verdad. También en sus propias palabras habladas y escritas no hay duda de que cubrir zonas de guerra, estar en el medio de donde pasa todo, es una adrenalina que nubla la razón y la empuja a poner en peligro su propia vida y, a veces, la de los demás.

A Private War me recordó un hermoso filme —a pesar de la experiencia traumática de su protagonista interpretada por la increíble Juliette Binoche y por la cobertura de frentes en guerra— que recibió el Premio Especial del Jurado y Mención Especial del jurado del Premio Ecuménico en el Festival de Montreal de 2013: 1,000 Times Good Night del realizador noruego, Erik Poppe. Usando la experiencia de Poppe como fotógrafo de las zonas de guerra, al igual que Heineman lo hace con A Private War, narra la historia de Rebecca quien sobresale en esta profesión hasta el punto de no poder distinguir entre su trabajo profesional y lo que parece haberse convertido en obsesión. Aunque espera que sus fotos tengan un impacto en los que legislan y hacen política, la mayoría de las veces parece ser una fascinación con la imagen que no se traduce a un enjuiciamiento. Comienza y termina con el ritual de una mujer virgen que ha sido escogida para detonarse como una bomba humana en una aldea o ciudad de Afganistán. Entre esos dos actos está la vida familiar de Rebecca con marido, dos hijas, casa, amigos y un espacio llamado hogar aunque haga viajes distantes y prolongados para cubrir un conflicto donde la muerte impera.