Inicio Blog Página 1768

Gallisá

1.

Desde los 13 o 14 años supe quién era Carlos Gallisá. Despertaba a la política y, sobre todo, nacía en mí la consciencia de que a pesar de lo que dijera mi acta de nacimiento y la historia familiar, mi lugar en el mundo era Puerto Rico. Casi clandestinamente, fui interesándome en algunas figuras independentistas, que aparecían en los periódicos y los noticieros de televisión. Por aquella época el PIP tenía tres legisladores y uno de ellos era Gallisá. Entonces también surgieron las diferencias entre Rubén Berríos y él, que culminaron con su salida del partido y, poco después, con su integración al PSP. A partir de ese momento, en mi consciencia de adolescente, el independentismo poseyó tres cabezas: Rubén Berríos, Juan Mari Bras y Carlos Gallisá. Por varias décadas, éstas serían las que estarían también en el mapa político de los puertorriqueños.

Recuerdo una tarde remota. A eso de las seis y antes de que se sirviera la comida, mi padre veía el noticiero de la tarde. A veces salía de mi cuarto y lo acompañaba sentado tras él en un peldaño de la escalera. En la tele un periodista daba cuenta de una protesta. La memoria conserva dos imágenes: un raquítico piquete en una gran explanada y un hombre dando un discurso sin que se escucharan sus palabras sobre una pequeña tarima. La naturaleza de las imágenes me hace suponer que el evento acontecía frente al Departamento de Hacienda, en una tarde en la que el sol derretía el cemento. Quizá por ello no había gente alrededor del orador. Entonces, escuché decir a mi padre: “Mira, está hablando solo”. No era amigo de políticos. Tres veces había tenido que partir desde cero: en la rebelión de los mineros de Asturias, en la Guerra Civil española y en la Revolución Cubana. No emitió un voto en su vida y a la política, de la que siempre estuvo al tanto, reaccionaba con grandes dosis de escepticismo. Sin embargo, en la frase que profirió ese atardecer, no solamente no había burla ni desprecio, sino que contenía lo que en él estaba más próximo de la admiración y el respeto.

El que hablaba desde la soledad de la tarima era Carlos Gallisá. Ese noticiero fue la primera vez que estuve consciente de verle.

2.

Estoy casi seguro que escuché la primera emisión de Fuego Cruzado. A partir de entonces, y por más de dos décadas, debo haberlo hecho con millares de programas. Según los años, lo seguí a distintas horas y por todo el cuadrante de la radio, según el programa fue cambiando de emisora. Escuchaba a Ignacio Rivera, Carlos Gallisá y diversas figuras hasta la integración definitiva de Néstor Duprey, atendiendo cuidadosamente o como una conversación venida de una mesa vecina mientras dibujaba, pintaba, esculpía, dormitaba o practicaba guitarra. Casi siempre valió la pena y muchas veces alguno del trío de comentaristas provocó mi profundo desacuerdo, pero me parecía importante lo que hacían y lo hacían mejor que nadie. Al día siguiente ya me había olvidado de mi enfado, que casi nunca era con Gallisá.

Él fue el pilar indiscutible del programa. No solamente mostraba rigor intelectual, sino que con frecuencia exhibía una sutil e incisiva ironía capaz de desprenderle las más falsas solemnidades a situaciones y personajes de nuestra política.

Recientemente, a raíz de la publicación de dos libros, los miembros de Fuego Cruzado me invitaron a conversar largamente con ellos. En esa ocasión, Gallisá no estaba. Al día siguiente, acudiría al estudio por última vez y anunciaría, rodeado por sus amigos y admiradores, que se retiraba definitivamente de la discusión pública. Es muy probable que haya escuchado el primer Fuego Cruzado y el azar del destino me llevaba a participar en el penúltimo de una época muy larga. Debo decir que al escuchar la despedida de Gallisá, sentí una profunda emoción, una tristeza tan grande como la que tuve, en la mañana del pasado sábado, cuando en la pantalla de la computadora, leí la noticia de su muerte.

3.

Solamente una vez hablé con Carlos Gallisá. Fue en el Coliseo Roberto Clemente. El día anterior se había anunciado la liberación de Oscar López Rivera. Junto a docenas de personas que habían colaborado en la campaña por su liberación, escuché la conferencia de prensa en la que su hija Clarisa y la alcaldesa de San Juan comunicaban los planes para su recibimiento.

Entonces estaba mudándome. Regresaba a la casa en que en una lejana tarde mi padre y yo habíamos visto a Gallisá hablando solo una tarima bajo un sol despiadado. La AAA intentaba atraparme en una de sus encerronas y unos amigos me recomendaron que hablara con Gallisá.

Al terminar la actividad, me acerqué a él. Le relaté lo que ocurría y enseguida me dio el teléfono de quien podía ayudarme. Luego hablamos de Fuego Cruzado y él se refirió a alguno de mis escritos. Llamé a la persona que me indicó y el asunto comenzó a componerse. No obstante, esa noche recibiría una llamada de Gallisá. Quería saber qué había ocurrido. Su gesto me impresionó. Para él era un desconocido, pero su ayuda era real y consecuente y se negaba a abandonarme a mi suerte.

Quizá ésta sea una de las imágenes más certeras de su vida: un hombre que sin el apoyo de mayorías ni de intereses económicos, fue fiel en su lucha por la gente. Muchas veces estuvo dispuesto a hablar solo en una tarima a favor de trabajadores que casi nadie defendería en la época del carpeteo y la criminalización de toda disidencia. Década a década, en la calle, la prensa y la radio, desmanteló con brillantez las mentiras y las supersticiones del colonialismo. Mientras existan hombres y mujeres que hagan esto, vivirá la esperanza y no estaremos abandonados ni vencidos.

Hay seres que dejan un gran vacío, porque dejaron también un ejemplo enorme. Como mi padre hizo hace tantos años, a la vida y memoria de Carlos Gallisá, mi gran admiración y respeto.

La Patria digna

Dedicado a Carlos Gallisá Bisbal

“Sin individuos profundamente dignos,

no hay patriotas.”

Eugenio María de Hostos

Escribo desde la melancolía. El fallecimiento de Carlos nos toca profundamente a todos los que hemos estado en esta lucha por décadas. Su muerte se une a las otras que ya hemos sufrido desde Juan Mari Brás, Lolita Lebrón, Carmín Pérez, Elliot Castro, José Alberto Álvarez Febles, Isolina Pérez González, todos y todas patriotas que como decía José Martí “las manos duelen de sujetar aquí el valor inoportuno.”

Han partido con la satisfacción del deber cumplido y con el dolor de no haber logrado su objetivo de lucha-vida: la libertad de la patria. No había llegado la hora en sus relojes de vida. Por eso lo inoportuno de su valor. Pero sus acciones acumuladas nos dejan con un gran acervo de patria digna, de recursos de lucha, de zapata de construcción, de hombros sobre los cuales levantarnos, de ejemplos a emular y de espejo donde mirarnos. En estos momentos en que no es solo el momento de la revolución de la cólera, es el momento de la revolución de la reflexión. (José Martí)

Carlos dedicó las últimas décadas de su vida a buscar salir de la cajita en que la lucha por la independencia de Puerto Rico ha estado metida. Yo lo veo en forma de círculos concéntricos, donde los independentistas-socialistas estamos en ese círculo del centro, como un ojo de buey (bulls eye), en donde somos el objetivo que apuntar por todos. La persecución desatada desde la década de los treintas encarcelando al liderato nacionalista; la Ley de la Mordaza en los cincuenta; el programa de COINTELPRO en los sesenta, el cual nunca ha dejado de existir aunque tenga otros nombres; la casi eliminación de las voces de los independentistas en las ondas de radios, la inexistencia en la televisión, la ocultación de nuestra historia de lucha en el sistema de educación, la negativa a cubrir conferencias de prensa y eventos organizados por independentistas, han dificultado el objetivo de educar al pueblo, pero no han podido detenerlo.

Los jóvenes han creado espacios creativos en las redes sociales desde donde transmiten sus ideas críticas y de oposición sin tapujos. Pero conociendo las limitaciones de alcance de las redes sociales, esto no resulta suficiente para romper el cerco mediático, porque allá donde tenemos que llegar, al residencial, a la barriada, esos medios no necesariamente están al alcance de las grandes mayorías.

Por eso la voz de Carlos en Fuego Cruzado era de una importancia extraordinaria. Durante 23 años estuvo aportando con sus análisis críticos a la interpretación de la realidad de Puerto Rico, desde el conocimiento profundo y amplio de una persona que se movió por el mundo y conocía la ubicación de nuestra patria en la geopolítica internacional. Tuvo numerosas participaciones como militante del PSP en eventos y organismos internacionales, como el Movimiento de Países No alineados, que le daban una perspectiva realista y global de nuestra realidad. Por eso la importancia de que nuestros jóvenes participen y se capaciten en el trabajo internacional, que es el que abre sus mentes y amplia su visión de lo que es posible y lo que es probable conseguir como objetivos de lucha.

Carlos tenía una enorme facilidad de relacionarse con personas de todas las esferas de la vida. Así lo atestiguan las relaciones de un profundo respeto y admiración que forjó como representante en la Cámara de parte de sus enemigos políticos. He oído siempre decir que Carlos iba preparado a todas las comisiones, a las vistas y que trabajaba incansablemente como legislador. Su verbo claro y honesto comprometido con su pueblo, su honestidad e integridad en su desempeño legislativo son espejos en que deben mirarse los que aspiren a servir desde esas lides políticas.

Asimismo Carlos tenía la facilidad de relacionarse de igual a igual con las personas de los sectores más marginados y humildes de nuestro pueblo. Su amistad con Carlos La Sombra es legendaria. En los años de estudiante en la JIU, Carlos era el líder del PIP mas accesible. Compartía lucha y socializaba, daba consejos, sacaba de problemas y hasta daba por así decirlo, “asistencia en la carretera”.

Carlos trató de salirse del círculo concéntrico de muchas formas: Fuego Cruzado fue una, su lealtad y esfuerzos por Claridad y sus columnas, y su incorporación al Movimiento Unión Soberanista (MUS) fue otra. Creía que era necesario salirse del círculo puramente independentista (segundo círculo concéntrico donde trabajó desde el Nuevo Movimiento Independentista Puertorriqueño (NMIP)) y formar alianzas mas allá hacia el círculo que conforman los distintos tipos de soberanistas (libres asociacionistas, autonomistas). Mantuvo amistad toda la vida con líderes de otros sectores como Rafael Hernández Colón. Carlos es el ejemplo de que lo cortés no quita lo valiente. Así como Mandela no titubeó en sentarse con los asesinos de su pueblo y de promover la reconciliación en vez de la venganza, Carlos nunca tuvo problemas en escuchar a los que eran enemigos de la libertad de su patria, sin por ello rendir ni un milímetro de sus principios.

Por todo lo anterior y de seguro muchas mas que otros y otras darán testimonio, puedo decir sin temor a equivocarnos, que se nos va el Carlos de carne y hueso pero el que queda, el que celebraremos todos los días que luchemos, el que surgirá en las palabras que de él se escribirán, el que emotivamente llorarán sus familiares, sus queridos amigos como Jaime Córdova, Rei Segurola, Luis Carrión, Florencio Merced, Alida Millán, Maribel Franco y el Colectivo de Claridad, María de Lourdes Guzmán, Ignacio Rivera, Néstor Duprey, es el Carlos inmenso, el que nos acurruca a todos y todas, el que nos conmina con serenidad y confianza a continuar, a luchar, a ser mejores personas cada día, hasta alcanzar para todas la Patria Digna.

Será otra cosa: Vuela alto

Al sentir su presencia, los pájaros se espantaban. Minutos antes de aparecer en el patio, sentíamos el aletear alocado de las palomas. Al poco tiempo, ella llegaba y nosotras lo celebrábamos: “Leo, has vuelto a sembrar terror en la plumífera población”, y lo cogíamos a relajo, “vamos a contratarte para que desalojes los balcones”.

–Volvieron a escoger el sitio de los pájaros– nos reclamaba en tono acusatorio, porque siempre le dejábamos vacío el asiento más peligroso, el más cercano a los nidos.

–No nos dimos cuenta, te lo juro.

Y era verdad que no nos dábamos cuenta, aunque todas las vecinas conocíamos su horror cuando presentía a alguno de aquellos animales. Alguna vez le pregunté sobre el origen de esa fobia, pero me respondía que no tenía memoria de ningún incidente en particular, que siempre les había tenido manía. Al pasar los años esto fue cada vez menos importante, pero ahora que me dispongo a contar la historia de las cenizas, estoy segura de que debo comenzar por su aversión a los pájaros.

Leo me contaba que era la menor de tres hermanos, uno de esos casos en que los padres, sin proponérselo, seleccionan una hija para que los cuide en la vejez. La súbita muerte de la madre, que gozaba de buena salud, pudo haberle asegurado su salida al mundo, pero aquello no pudo ser. El padre le sobrevivió varios años y no sólo agonizó dolorosamente, sino que además hizo todo lo posible por amargarle la existencia.

El señor había sido en su juventud un hombre dominante y enérgico. Hizo lo que le dio la gana y procuró controlar a quienes le rodeaban, pero por eso mismo era admirado. Es todo un hombre, un hombre decente, decía Leo que decían –y al decir eso hacía una mueca que me inquietaba. En algún momento decidió que no respondería nunca a la autoridad de nadie, así que abandonó su familia y se mudó lo más distante posible de todos ellos. Nunca tuvo trabajo estable, ni fue propietario de absolutamente nada. No puede reprochársele su escasa herencia, porque tampoco legó ninguna deuda. Jamás tomó prestado. Nunca hizo nada importante, ni bueno ni malo, nadie lo recordaba ni él recordaba a nadie, pero cuando se enfermó, regresó a la casa familiar meses antes de la muerte de la esposa abandonada y se instaló con todo su infortunio y su tristeza, a tiempo para derrumbarle a Leo sus planes de libertad. Los hermanos mayores ya se habían ido, y le tocó a ella cuidar al viejo patriarca. Y eso hizo hasta el día en que murió. Yo lo hubiera abandonado, pero nunca se lo dije a Leo, así que no viene al caso.

Uno de esos días raros, Leo llegó a casa exigiéndome que inventara un cuento sobre las ruedas de las camillas. Leo siempre estaba pendiente de lo que yo escribía y solía darme instrucciones e ideas para las historias que publicaba entonces en el semanario para el que trabajaba. Las ruedas de las camillas de funeraria, me decía, como quien no quiere la cosa, son como las de los hospitales. El ruido es el mismo que hace la cunita con ruedas de los recién nacidos –añadía, después de un corto silencio, con la misma expresión de no pasa nada que solía poner cuando decía cosas tremendas. También se parece a los carros con las bandejas de las comidas, rodando por los pasillos lustrosos de los hospitales, añadía, con tono siniestro, disfrutando mi estupor. Es el mismo ruido de los carritos de postres de los restaurantes. Qué raro, –me decía sin mirarme, y yo sentía un escalofrío al verla tan ensimismada– sobre esas ruedas puede venir la pena o la alegría. ¿Verdad que los carritos de postres son alegres? Haz algo con esto –insistía, sin cambiar su mirada entre malévola y traviesa, y yo le prometía usarlo en algún relato, a sabiendas de que ya la historia estaba hacía rato en su cabeza.

A su madre, después de incinerarla, se la devolvieron en una cajita 8 x 11. Leo, por supuesto, fue a casa a comunicarme su desconcierto. Cómo es posible, me preguntaba fríamente ante la taza de café, que mi madre esté tan compacta como este libro, me decía, blandiendo el volumen de la Historia de la literatura que tomaba de la mesa como si fuera una bandera, como este libro, repetía, y yo temía que Leo estuviera entrando en alguno de esos trances que ya le conocíamos, o que fuera a aparecer una paloma en la ventana.

Cuando llegó el momento, después de la muerte del padre, no quiso quedarse con las cenizas y se las entregó a uno de sus hermanos para que de una vez se llevara las dos cajitas en el equipaje de regreso. Quedaron en verse en Thanksgiving y hacer un viaje para disponer de los padres en un lago de New Hampshire.

Ella se mudó, nos dejamos de ver, y poco a poco fui olvidando toda esa historia, lo de las cenizas, sus frecuentes intervenciones en mi trabajo, pero no su fobia a los pájaros. Meses después me encontré a Leo en el supermercado. Había regresado a bregar con el apartamento de sus padres, que por fin ponían a la venta. Allí mismo, frente a una alta estiba de turrones y palitos de menta me contó el final de la historia, para que “hiciera algo con ella”, por supuesto.

Con el mismo tono neutro de todos sus informes, Leo me relató lo que soy ahora mismo incapaz de reproducir con la misma gracia. Los tres hermanos llegaron a aquel paisaje idílico con las dos cajas de cenizas, como dos tomos de unas obras incompletas, tomaron sin permiso el bote de uno de los vecinos, porque confiaban que con el frío ninguna de las casitas del vecindario estaría ocupada. Llegaron hasta el medio del lago y allí, lejos de su país y de sus vidas, como si estuvieran dentro de una película gringa, abrieron las cajitas del padre y la madre de Leo para depositarlas en las calmadas aguas. Fue entonces que ella, al otro lado de la barca y de espaldas a sus hermanos, vio acercarse amenazadoramente los dos pájaros –patos, gansos, cisnes, ella no pudo distinguir– y pensó en huir. Ella jura que no se movió, de tan aterrada que estaba, pero algo se habrá movido en el bote para que los hermanos cayeran con todo y cenizas a las heladas aguas. Antes de que los hermanos lograran montarse de nuevo, pudo ver de cerca aquellas extrañas criaturas retozando felices entre las cenizas del padre y la madre, y para su sorpresa –me dijo con alegría demencial– esta vez no sintió miedo.

Cuando concluyó su historia, Leo se fue sin despedirse, pero antes me volvió a echar una de aquellas miradas de reproche que solía darme cuando me quejaba de no encontrar historias para contar. Ahí tienes, me decían sus ojos, haz algo con eso. Y según se iba, sonaban las rueditas de su carrito de compras como las de las camillas de la morgue, las de las bandejas de postres y las cunas de los recién nacidos.

No me volví a encontrar a Leo y pasé mucho tiempo debatiéndome con esta historia de las cenizas y los pájaros, pero esta tarde me he enterado de que ha muerto –“vuela alto” han dicho, y a mí me ha dado gracia. Luego me ha dado pena, mucha. He sabido que ella también será dispersa en las aguas tranquilas de New Hampshire, y he escrito esto, en lo que se me ocurre una mejor historia que contar.

El temor de los Imperios

Una vez finalizada la Segunda Guerra Mundial (SGM), los gobiernos de los países triunfantes, bajo el manto de luchadores por la “libertad”, todavía mantenían preciadas colonias, contra las cuales igual desataron una guerra contra sus movimientos libertadores. La colonia de Puerto Rico no fue la excepción, y fue el Movimiento Nacionalista liderado por el Maestro Pedro Albizu Campos, el que en nuestra isla protagonizó esa lucha emancipadora.

En su segundo libro,  El temor de los Imperios, el joven historiador, Amílcar Tirado Aguilú, coloca a la lucha nacionalista en el contexto de otras colonias que ejercieron  luchas armadas  inmediatamente después de la SGM. El momento se supone era el propicio,  las acciones del Partido Nacionalista,    no fueron unas aisladas  respondieron al momento histórico que vivía el resto del mundo.

“El  periodo es crucial porque ahí es  que nace la ONU y nace una esperanza de los distintos pueblos de obtener su libertad y Puerto Rico  es parte de eso.  Por ejemplo  Oscar Collazo en sus memorias él dice que cuando entró a la cárcel pensaba que era cuestión de tiempo para su liberación porque el ataque al Congreso iba a generar una conciencia que iba a generar un cambio en la ONU que no se dio”, expresa en entrevista Tirado Aguilú, sobre la tesis que presenta en su libro.

El temor de los Imperios, cubre los años de la  post guerra  hasta el 1952 a 1954. Para combatir esos movimientos liberadores los imperios  se organizan  y Estados Unidos, no fue la excepción. Estados Unidos se organizó para reprimir a los nacionalistas por un lado, para crear una imagen del ELA (Estado Libre Asociado)  por otro a nivel Estados Unidos  y mundial que diera la impresión que la isla logró un nivel de autogobierno, de que es un milagro económico. Así que de hecho EE UU, su Departamento de Estado,  temió que las acciones nacionalistas en última instancia le pusiera un freno a los planes para con Puerto Rico.

En su primer libro, Posicionamiento de una mentira, Cintrón Aguilú, examina el nacimiento del ELA  y los procesos de represión que se dieron en la década del ‘50 con la insurrección nacionalista. En la medida en que fue   sistematizando la información que surgía de los documentos oficiales del gobierno de Luis Muñoz Marín ésta se fue  volviendo mas compleja y fueron saliendo muchísimas temas que se quedaron algunos en el tintero de ahí nació  entonces este  segundo libro.

Del  primero al segundo libro -comentó- le tomó siete años preparar el material, en particular por el examen de los informes de la Policía. Cada informe tiene  una síntesis de todos los cuarteles, por lo que  clasificarlos por temas, luego ver algunas tendencias en la vigilancia a los nacionalistas,  le tomó bastante tiempo,  hacer una correlación de lo que pasaba a nivel mundial, con lo que pasaba en EE UU y con lo que pasaba en la isla y por último   revisar la literatura para hacer otras  relaciones.

Para el autor de las experiencias y luchas anti coloniales examinadas en el libro, es la de Argelia la que tiene algunos paralelismos políticos  con la nuestra. Esta se puede comparar con la existencia del  partido político Ulema, el cual  buscaba un rescate cultural, del idioma, el islam, pero en términos políticos era bastante tibio y de centro. Por el otro lado  estaba el Frente de Liberación Nacional que era un movimiento de lucha armada. Otras experiencias interesantes dijo, es por ejemplo Jomo Kenyatta y su lucha por lograr la liberación de Kenia, mientras tenía  tenia unas libertades en Inglaterra para dar sus discursos  por el contrario en Kenia se le reprimía. Igual  es interesante la lucha en Indonesia y cómo se da en un contexto de vacío de poder, en momentos en que los japoneses no habían salido, los holandeses tampoco todavía habían llegado,  coyuntura que aprovecharon  los indonesios   para adelantar su liberación.

En el caso de nuestra lucha ambos coincidimos en reconocer que todavía es difícil para algunos abordar ese activismo de los nacionalistas, todavía hay un recelo a contar, “es obvio que estamos en una colonia que reprime con rudeza y obvio el trato fue atroz lo que vivieron en la cárcel”, expresa Cintrón Aguilú sobre los presos políticos nacionalistas.

“Ahora a mi me preocupa más la imagen que el gobierno y el orden político tal como lo tenemos ahora ha generado sobre los nacionalistas, una imagen distorsionada y cómo entonces también han  distorsionado esa lucha por la liberación y cómo también han sembrado el miedo y cómo ha habido un esfuerzo de muchos años a través de la prensa para crear esa impresión en la opinión pública”.

El autor explica que, El temor de los imperios,  trabaja los logros del PN con el ataque al Congreso, cómo afectó al gobierno de Muñoz Marín  y cómo afectó a la política internacional de EE UU. “Llegue a ese periodo porque entiendo que hay un antes y un después, tengo muchísimos documento de finales de la década del ‘50 y principios del ‘60 pero obviamente una vez triunfa la Revolución Cubana la política estadounidense hacia Puerto Rico  cambia dentro del contexto caribeño hay otras dinámicas y se ve en los documentos del FBI”.

Ese cambio y nuevo escenario, es lo prometido por Cintrón Aguilú en un tercer libro, quien a su vez invita a que la lectura de, El temor de los imperios,  sea una inspiración para  hacer otras lecturas y profundizar mas en ese periodo.

Derecho a tener derechos

Esta es el aniversario de los 70 años de la Declaración de los Derechos Humanos, proclamada por la Organización de Naciones Unidas. Hoy, el problema no es que ése o aquel derecho no sea respetado. Es que la sociedad dominante y los gobiernos niegan a la mayoría de las personas, como expresaba la filósofa Hannah Arendt, hasta el derecho a tener derechos.

Cada día, en el mundo, más de 4000 niños mueren por enfermedades debidas a la falta de acceso al agua potable. Millones de labradores sin tierra pasan hambre. Un millón 300 de personas no tienen trabajo. 60 millones de refugiados atraviesan mares y desiertos en busca de un lugar para vivir. En ese modo de organizar el mundo, no hay lugar para derechos humanos, ni derechos de la naturaleza y de la Tierra. Los seres vivos, las personas y la propia vida se convierten en mercancía. En la naturaleza, cada año, más de 15 mil especies vivas desaparecen, debido a nuestros modos de producción y de consumo predadores.

Para reaccionar a eso, movimientos sociales de todo el mundo se han unido para proponer otras formas de organización. Además de los foros sociales, encuentros continentales y de organizaciones de trabajadores, como también de pueblos indígenas y otros segmentos, esta semana, en Verona, Italia, se ensaya una propuesta nueva de diálogo y acción común que busca fortalecer una Alianza de la humanidad por la Vida. En diversos continentes, intelectuales y militantes sociales se organizan en lo que ha sido llamado “Ágora de los Habitantes de la Tierra”. (En el mundo antiguo, en las ciudades griegas, Ágora era el lugar de encuentro y decisiones democráticas).

El bien vivir juntos y la seguridad de la existencia son cuestiones colectivas, comunes y planetarias. A partir de las bases, se intenta garantizarlo. La fe en un plan divino para el mundo debería llevar a religiones e Iglesias a ser las primeras a interesarse por ese tipo de iniciativa. Para quien es cristiano, el término griego “católico” significa ser llamado a la universalidad, eso es, abierto a todo lo que es humano. Es un escándalo que Iglesias y religiones estén tan poco insertadas en ese camino.

En los evangelios, Jesús proclamó benditas de Dios (bienaventuradas) a las personas que, en cualquier religión, o fuera de ellas, vivan la simplicidad (pobreza de corazón), se consagren a la construcción de la paz, sean solidarios (misericordiosos) y vivan el hambre y sed de justicia (Mt 5, 1-12). Es lo que se busca en ese encuentro de la Ágora para crear bases nuevas y revolucionarias para una alianza de la humanidad por la Vida.

El autor es monge benedictino y ha escrito más de 40 libros