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Del chantaje a las penalidades

El libreto en torno a la Ley federal PROMESA que han desarrollado los gobernantes, tanto del imperio como los de la colonia, consiste en mantener ocupado a diversos sectores del pueblo en hacer apuestas sobre el próximo paso a seguir entre la Junta de Control Fiscal, JCF, y el gobernador, o los presidentes de Cámara y Senado. Así las cosas, muchos cantaron y aplaudieron cuando en mayo de 2017 la JCF certificó el primer presupuesto bajo la Ley PROMESA. Más allá de discutir las medidas draconianas que implicaban las exigencias de un plan fiscal a cinco años, la discusión giró sobre la astucia o incapacidad de cada parte en engatusar a la otra parte.

La realidad es que los gobernantes nos entretienen mientras tras bastidores acuerdan una serie de leyes especiales, con PROMESA como ley principal, incluso por encima de la Constitución del ELA, para esquilmar derechos y beneficios económicos a la clase trabajadora. Son leyes que van creando las condiciones óptimas para impulsar la propuesta neoliberal con un apoyo consiente, consentido o por rendición de la gente.

La congelación de los convenios colectivos, la reducción de beneficios y derechos a la clase trabajadora del sector privado y del sector público, el cierre de escuelas, el desmantelamiento de la Universidad de Puerto Rico, una reforma gubernamental donde el trabajador pierde su pertenencia a una agencia y pasa a ser un número más en la nómina gubernamental son medidas fiscales y leyes aprobadas en el año 2017 sobre la premisa de que eran necesarias para impulsar el crecimiento del país. A este pedido de recortes se suma la amenaza latente de la JCF de que si no se logran ciertos ahorros fiscales van por más. Entonces surgen la eliminación o reducción del bono de Navidad, de las licencias de maternidad, enfermedad y vacaciones como amenazas a implantar de no lograr los ahorros.

Y como la población es de mayor edad, en comparación con los jóvenes que no nacieron o que una vez nacidos y educados emigran, entonces se deben eliminar los sistemas de retiro con pensiones y beneficios garantizados, planes médicos y otras necesidades para el envejeciente.

Los despidos en el gobierno se dan mediante la eliminación de puestos por contrato y la modalidad de planes de transición voluntaria. También existe en PROMESA, la prerrogativa de la JCF de notificar a cada agencia que medida debe tomar para ajustar su presupuesto, incluyendo despidos de empleados.

Llegó Irma y María. Sus vientos huracanados nos mostraron el resultado de la no planificación del país, la ausencia de consideración al ambiente y como los intereses económicos y privados aprovechan cada crisis para hacer su oportunidad. Los Cuerpos Federales, esos mismos que aprobaron PROMESA, tomaron el país una vez más y han procesado miles de millones de dólares en propuestas federales, pagos de todo tipo para atender la crisis. De estos miles de millones, unas migajas quedan para el país y su gente.

Llegó el momento de aprobar el presupuesto del 2018 y el libreto circense reapareció. Que si la derogación de la Ley 80 es la salvación del país, es decir, si los patronos pueden despedir con impunidad, entonces hay desarrollo económico, de lo contrario no. El Presidente del Senado aparece como el gran defensor de la clase trabajadora. Empiezan las apuestas. El gobernador tranza en secreto con la JCF por mayor presupuesto a su disposición. Compra como adeptos para él y la JCF a alcaldes y legisladores que repiten a coro la necesidad de derogar la Ley 80 y con ello derrotar al que intenta ser defensor de los trabajadores. Siguen las apuestas con los consejos u orejitas que informan los politólogos bien pagados en los programas de radio y televisión pagados, también. La JCF amenaza con quitar el Bono de Navidad y las benditas licencias si no se permiten los despidos a mansalva. Se escucha una defensa mayoritaria a la permanencia de la Ley 80. Los sindicatos, inexplicablemente, son tímidos con el tema. Siguen las apuestas.

El gobernador impulsa un presupuesto a fin con la JCF. La Legislatura aprueba un presupuesto menor que el de la JCF. La Junta certifica su propio presupuesto, con amenazas de penalizar a las agencias que se atrevan ir en contra de sus designios. La pelea está casada para ir al otro nivel que dicta el libreto, el Tribunal Federal.

Mientras tanto, el gobierno imperial continúa moviendo sus fichas para borrar de la memoria colectiva las últimas dos marchas ocurridas, donde decenas de trabajadores, jóvenes, pensionados y pueblo en general se tiraron a la calle el 1ro de Mayo, Día Internacional de la Clase Trabajadora. El gobierno imperial evita que la Organización de las Naciones Unidas discuta el caso de descolonización de Puerto Rico. El gobierno imperial no acepta que una Comisión Internacional especializada en Derechos Humanos visite la colonia llamada Puerto Rico.

El gobierno imperial sabe que el verdadero problema es la colonia que bien sirve a los intereses económicos. El gobierno imperial sabe que si el Pueblo despierta y toma las calles para luchar entonces no habrá PROMESA que valga. Por eso nos entretiene con chantajes y amenazas que pone en vigor mediante legislación y presupuestos anuales donde se apuesta a que se nos va la vida, con salarios o sin salario, con educación o sin educación, con pensión o sin pensión.

Si se atrevieran a pelear, hay opciones

Desde 1902 un cuerpo electo por los puertorriqueños tiene la facultad legal para aprobar el presupuesto con que funciona el gobierno. Ese fue uno de los pocos resquicios de poder que la Ley Foraker –aquel primer estatuto de administración colonial aprobado por el Congreso de Estados Unidos, tras la ocupación militar de 1898– le dio a los puertorriqueños. El acta del Congreso, en muchas partes copiada de viejos estatutos coloniales británicos, creó un gobierno civil presidido por un gobernador nombrado desde Washington, un Consejo Ejecutivo también de designación presidencial y una Cámara de Delegados de elección popular. Esta tenía la facultad de aprobar leyes para la administración de la colonia, entre ellas el presupuesto anual.

La única excepción a en el ejercicio de ese poder ocurrió en 1909. Ese año, la Cámara de Delegados aprobó un presupuesto con cambios importantes al sometido por el gobernador Regis Post, que fue vetado por el presidente de Estados Unidos, William Taft. Dado que la Cámara se mantuvo en su posición, negándose a aprobar el presupuesto que quería Post, el Congreso, por recomendación de Taft, aprobó legislación disponiendo que cuando no se aprobara un nuevo presupuesto sigue rigiendo el del año anterior. A la Constitución de Puerto Rico, aprobada en 1952, se le incorporó una disposición similar que, en principio, no trastoca el poder de la Legislatura porque el presupuesto que se mantiene en vigor también fue aprobado por ese cuerpo.

Ahora, con lo sucedido al filo de la media noche del 1 de julio de 2018, Puerto Rico ha regresado, no a 1909, sino a los tiempos previos a la Ley Foraker de 1902. A ese punto regresamos cuando la Junta de Control Fiscal, nombrada por el presidente de Estados Unidos, le notificó al Gobierno de Puerto Rico cuál es el presupuesto que debe regir en el nuevo año fiscal. El documento fue elaborado por técnicos de esa Junta y, según sus instrucciones, deberá ser implantado sin cambio alguno, salvo que ellos lo autoricen.

A pesar de ese claro regreso a los poderes omnímodos del pasado, la nueva realidad tiene algo de inédita. No se trata, como ocurrió en 1909, que el presupuesto aprobado por un cuerpo electo por los puertorriqueños haya sido rechazado, creándose, de paso, un nuevo mecanismo para dejar en vigor el que ese mismo cuerpo aprobó el año previo. Ahora estamos ante un presupuesto distinto, elaborado desde cero por un cuerpo externo a Puerto Rico que, por instrucciones de ese mismo cuerpo, el Gobierno isleño debe ejecutar sin cambios.

Y para añadirle mayor particularidad a ese momento, resulta que horas antes de que la Junta externa notificara su mandato presupuestario, la Legislatura electa por los puertorriqueños, había aprobado su propio presupuesto. Este conjunto de medidas fiscales, que fue elaborado tras meses de discusión, con vistas públicas y, valga aclararlo, considerando las instrucciones de la propia Junta, pasaría a ser un enorme ejercicio de futilidad de prevalecer el mandato juntero.

Ahora el gobernador de Puerto Rico que, desde 1952 y a diferencia del que regía en 1909 es electo por los puertorriqueños, tiene ante sí dos presupuestos. Uno ha sido elaborado y aprobado según la Constitución de Puerto Rico y el otro le fue notificado por un grupo de siete personas nombradas según una ley del Congreso estadounidense.

¿Qué puede hacer Ricardo Rosselló? Cuando asumió funciones en enero de 2017 juró defender la Constitución de Puerto Rico, que es el cuerpo legal que crea el cargo que ocupa. Según esa misma Constitución, él tiene el poder para firmar el presupuesto que apruebe la Legislatura, vetarlo y devolverlo requiriendo cambios, o aprobarlo tras alterarle ciertas partidas mediante lo que se llama “veto de línea”. En ninguna parte de la Constitución dice que el Gobernador puede descartar el presupuesto aprobado por la Legislatura y, en su lugar, ejecutar el que le envía una Junta externa al gobierno.

Al reseñar la noticia, algunos medios de prensa dieron como un hecho que desde la media noche del 1 de julio el Gobierno “opera bajo el presupuesto presentado por la Junta”, pero eso no tiene que ser así. El Gobernador recibió un presupuesto aprobado por la Legislatura según la Constitución de Puerto Rico y, si fuera fiel al juramento que hizo el 2 de enero de 2017, tendría que actuar sobre ese documento con los poderes que le da la misma Constitución.

Si actuara de esa manera, sería la Junta de Control Fiscal la que tendría que ir al tribunal a solicitar que se le ordene al Gobernador a acatar su mandato y se abriría un proceso muy interesante. Desde el punto de vista jurídico –aun dentro del marco de la legislación mal llamada Promesa– la situación no es cristalina para la JCF. La razón por la cual este cuerpo rechazó el presupuesto de la Legislatura es porque previamente no se derogó la ley que prohíbe el despido injustificado de trabajadores. La Junta requirió la derogación, pero nunca lo fundamentó, ni siquiera lo defendió. Actuando dentro del marco de sus poderes, la Legislatura se negó a derogar la legislación protectora. No se trata, como vemos, de un asunto claramente “fiscal” aunque, utilizando una lógica bastante burda, la JCF le asigna ese peso. Pero habrá que ver qué dicen los tribunales en cuanto al poder de la Junta para, utilizando castigos presupuestarios, pretender forzar a la Legislatura a derogar leyes protectoras del trabajo.

Como vemos, aun dentro del propio marco de la ley del Congreso hay campo para pelear, pero se requiere el liderato y la visión que permita dejar a un lado las luchas politiqueras –como la disputa entre el Gobernador y el presidente del Senado– disponiéndose, en cambio, a dar batallas más genuinas.

Elige México al izquierdista López Obrador como su nuevo presidente

Por Juan Carlos Machorro

Inter News Service

En una jornada electoral nacional, en donde votó un 63% del padrón de electores del Instituto Nacional Electoral, se declaró en la noche del domingo ganador de la Presidencia de México al representante de la izquierda Andrés Manuel López Obrador, después de dos fallidos intentos por ocupar la primera magistratura de la República.

En este tercer intento, López Obrador consiguió su objetivo con más del 53% de los votos, por lo que a partir del 1 de diciembre de este año, asumirá la Presidencia mexicana para el sexenio 2018-2024.

Este hombre nacido hace 64 años en el estado sureño de Tabasco y que fuera jefe de Gobierno de la Ciudad de México (2000-2006), basó su campaña electoral en una promesa de desarrollo y asistencia social enfocada en el combate a la corrupción que se estima cuesta a la Nación unos 50 mil millones de pesos (2,500 millones de dólares).

Precisamente, en 2006 no consiguió ocupar la presidencia luego de que su triunfo fuera arrebatado de manera fraudulenta, mas ahora logra romper con dos décadas de alternancia entre el Partido Revolucionario Institucional (PRI) y el Partido Acción Nacional (PAN).

Ahora, esta victoria de Morena, representa para el partido de López Obrador una barrida, ya que se alza también la jefatura del gobierno de Ciudad de México, a la vez que obtiene el control en varias gobernaciones de la República de 120 millones de habitantes.

En sus primeras palabras tras los datos que arrojaban las encuestas a pie de urnas que le dan arriba del 50% de la preferencia del electorado, declaró que el primer objetivo que tratará al llegar a la Presidencia es combatir la corrupción, sin caer en una cacería de brujas, en alusión a funcionarios públicos actuales del PRI, que enfrentan investigaciones en este sexenio.

Estas expresiones del flamante presidente electo fueron marcadas por diversos analistas políticos mexicanos como una mala señal de cumplimiento de no permitir la impunidad.

Otros observadores de la política nacional expresaron a la agencia Inter News Service (INS) que, ante su postura de izquierdas, la situación puede ser complicada para López Obrador dada la hostilidad mostrada hacia México por el presidente de Estados Unidos, Donald J. Trump, desde antes de asumir las riendas de esa nación.

En esta elección, López Obrador fue tildado de autoritario ya que en 2014 abandonó el Partido de la Revolución Democrática (PRD) porque no le apoyaría en su tercera aventura por la Presidencia de México, de ahí creó a su Movimiento de Regeneración Nacional (Morena), en donde se proclamó candidato presidencial y ocupó todos los tiempos oficiales en televisión y radio para impulsar su figura.

Sus dos principales contendientes por la Presidencia, Ricardo Anaya Cortés —coalición Por México al Frente, integrada por su Partido Acción Nacional (PAN), el Partido de la Revolución Democrática (PRD) y Movimiento Ciudadano (MC)— y José Antonio Meade —coalición Todos por México, conformada por su Partido Revolucionario Institucional (PRI), el Partido Verde Ecologista de México (PVEM) y Nueva Alianza (Panal)—, no dudaron en reconocer el triunfo de López Obrador, al declarar que lo más importante es la paz social y la democracia mexicana, y que se debe trabajar sin distingos para salir adelante como pueblo.

López Obrador, en un mitín masivo tras saberse ganador de la candidatura presidencial, declaró que se está iniciando la cuarta transformación nacional en la vida de México, tras el triunfo de las conciencias.

Reconoció que este triunfo pertenece a todos y todas quienes votaron y se esforzaron en este  proceso social, que fue encabezado por profesionistas, campesinos, líderes sociales, estudiantes, y todo tipo de ciudadano con libre pensamiento.

López Obrador aseguró que cumplirá todos sus compromisos, por lo que no decepcionará a sus conciudadanos y buscará pasar a la historia como un buen Presidente de México, al cumplir la palabra dada en sus promesas de campaña.

El triunfo de la izquierda iniciará una nueva etapa en México, que conllevará una transformación, por lo que mandatario electo dedicará esta interfase antes de tomar el poder a trabajar con quienes integrarán el nuevo gabinete y ahorrar tiempos en programas nacionales a ser implementados, para que al comienzo de su administración se cumplan objetivos sociales prioritarios, como son las pensiones universales a adultos mayores, becas y derecho al estudio a los jóvenes, desarrollo de proyectos productivos en todo el país para evitar la emigración.

Además, dijo, se trabajará con respeto a las autoridades establecidas y se esperará a los tiempos que marque la ley, ya que se busca que el país no caiga en crisis económica o social, sino que se dé una transición de gobierno ordenada.

López Obrador ratificó que se estará reuniendo con el presidente Enrique Peña Nieto, del PRI, con quien junto a su equipo de trabajo encargado de temas económicos dialogará sobre la continuidad al porvenir nacional mexicano. INS

Estación a la deriva (V)

LA PUERTA ESTÁ CERRADA. Yo me acerco, callado, y una ola de preguntas me acompaña. Cada paso parece ser el último, el definitivo, el que abrirá el sendero, pero acaso jamás llegue, y tal vez, en este largo camino hacia el encuentro, me pierda y me recobre, y cada vez tenga un rostro nuevo y cambiante. La puerta está cerrada, y en cada vistazo parece infinita, y su vocación de frontera no se agota, y su condición de límite es eterna. Me acerco con miedo, con cientos de temblores, y las manos palpitan en el vacío, y todo el cuerpo es un intenso carnaval de sensaciones, y los nervios se desbordan, y cada músculo prepara la tensión de la llegada, pero ésta se pospone, como si no existiera. La cercanía es imposible, la llegada se deshace a cada paso, y todo el recorrido es una tempestad, una agonía prolongada. La risa nerviosa se acentúa, y no sé si es un bufón que se burla o una oscura promesa de alegría, pero no llego, no me acerco, no consigo el alcance necesario para saberlo. La certeza se esfuma, y yo busco y camino, insisto tercamente en avanzar, y la puerta cerrada no se mueve ni el viento sale a recibirme. Quedo roto, con la puerta a la vista, con las manos sedientas, con las piernas que buscan el encuentro. Al final, sólo el vago recuerdo de un camino, la memoria abigarrada de un largo viaje incumplido, y el temblor que se queda, y la sed que permanece. Al final, en cada dedo, la urgencia de una pregunta: ¿cuándo? (1995)

*

SENTADO SOBRE LA HIERBA en los Campos de Marte, acaban de leerme las cartas. Nada de lo dicho me sorprendió. Primero el pasado: logros y desilusiones. Presente incierto, de inconformidad con lo que me sucede, y de inestabilidad sentimental. Ruptura dolorosa para el futuro. Precaución con la envidia y la competencia. Después me leyeron la cruz, con idéntico resultado. Algunas cartas favorables. Problemas a encarar: se vislumbra suerte, pero requerirá esfuerzo. Debo cuidarme de X, a quien sigo aferrado. El cambio será duro, y estaré solo. La lectura se dio después de un sabroso almuerzo sobre la hierba: sándwiches, fruta, queso, aceitunas, mucho vino y tabaco. Se nos da bien esto de compartir la comida. Hemos aprendido a hablar, a callar, a dormir la siesta. Me leen las cartas por segunda vez: seguir con cuidado. Pasado, presente y futuro vinculados a “lo eterno-femenino”. Dolor y buena fortuna. (1995)

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LAS LLAMAS NO LO SABEN: son el fuego, / el fuego que arde y quema y nunca agota / su rostro indefinido. Cada gota / de agua da en su cara, como un ruego… (1995)

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ME LEYERON LAS CARTAS y el gran incrédulo que soy se lo creyó todo. Lo que me dijeron fue bastante impreciso y general, como podía preverse, pero tocó algunas fibras sensibles. ¿Creer o no creer? Para mí, ésa no es la pregunta. Que me hayan leído las cartas no significa que creo que sea posible saber algo de otro. Más importante que todo lo que me dijeron durante la lectura es lo que yo pienso sobre lo que me dijeron. Lo fundamental no son las palabras de la sibila, sino la impresión que me queda de mí mismo a partir de sus palabras, cotejadas con mi propia experiencia, intransferible. La sibila me dice que las cartas hablan de un búsqueda incompleta, de que a pesar de que he logrado cumplir ciertos objetivos importantes, algo me sigue faltando. ¡Y cuánto me falta! Bien lo sé. Lo malo es que no sé qué me falta, no logro vislumbrar qué es eso que busco y no encuentro. ¿Cómo satisfacer esta sed que me ahoga? ¿Cómo calmar el ansia que me llena y me vacía? ¿Cómo contener mis manos y mis piernas? ¿Cómo calmar mi boca y mi lengua, que incesantemente buscan la palabra que me salve, la que me muestre al fin que esta vida trivial no ha sido en vano? Mil preguntas, mil incertidumbres, y un llanto que no estalla, un profuso llanto que palpita en el fondo. No imagino el qué ni el cuándo. No cuento con un solo por qué. No consigo respuesta, y acaso pierdo las preguntas poco a poco, y todo es oscuro, como el sueño del origen, y todo va callando sin sombra ni eco, y yo voy sentado en otro tren, cansado de lo mismo, con una libreta en la mano y la mayor de las ausencias. (1995)

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LOS DÍAS SON LARGOS Y NO BASTAN. El tiempo va adelgazándose y perdiendo su certeza. París se borra poco a poco, y todo es como un sueño de flores, pan y vino. El paso por las calles va pareciendo un vago carnaval que se deshace. Las tardes largas son nada o casi nada. Las risas son tan falsas como el humo, como el paso del Sena, y Versalles es de pronto el infierno, como si lo hubiéramos soñado cuando niños, y esos jardines lineales fueran el mismísimo invento de los mil demonios de la noche. Sólo quiero correr, huir a cualquier parte. Sólo quiero estallar, no saber más de mí. Sólo quiero deshacerme y borrarme como el mismo espectro de París, que ya no es casi nada. (1995)

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OTRA MAÑANA EN EL TREN DE GRESSY A PARÍS después de una larga conversación en mi tosco francés con nuestros caseros. Estoy todavía tan nervioso que me tiemblan las manos. Malos entendidos. Algo ha sucedido entre la familia y uno de nosotros tres que aún no comprendo. La hospitalidad ha ido cediendo el terreno a una frialdad o sequedad palpable. En lo personal, no se me ha podido tratar mejor, pero es evidente que es hora de marcharse. Oportunamente, mañana salimos a Estocolmo. El tren está repleto. Cada rostro, algo descolorido, se extravía entre los otros. Los ojos se esquivan mutuamente. Todos quieren escapar de este encierro. Si dos miradas se cruzan, de pronto se desvían como si se hubiese presenciado una muerte o se hubiera visto a un demonio. Cada pasajero es él y su mundo, su completa incomunicación, y todo es una frontera infranqueable, un límite de hielo. Con el movimiento de la máquina sobre los rieles, las manos se rozan, los cuerpos sienten la apartada cercanía de otro cuerpo, y una abundancia de olores imprecisos prolifera, y las voces forman un tejido de murmullos imborrables. Unos miran a su vecino con un pavor antiguo, como si no se tratara de su hermana, su hermano o un amigo. Todos se desconocen con alevosía, y la velocidad va borrando las líneas de las manos, y todo va volviéndose indistinto. Cada vez es más veloz el silencio y la sombra, y todos, como una masa indolente, son casi uno y lo mismo, una ciénaga de voces y olores y colores. Pero uno escapa, uno que los mira, que siente en su cara ese silencio, y quiere gritar, pero sólo una lágrima sale de sus ojos, no más. (1995)

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MI ÚLTIMA NOCHE EN FRANCIA me devuelve la tristeza del día en que nos despedimos en San Juan. ¿Te acuerdas? Mis lágrimas se resistían a salir aquella noche, y sólo aparecía en mi rostro una leve sonrisa imprecisa y nerviosa. En el fondo, llorábamos, sentíamos cómo se desgarraban nuestros cuerpos y cómo se perdían nuestras manos en este rito de agua imposible y eterno. Mañana me voy de esta ciudad, y qué muchos adioses me llevo, como si no hubiera traído bastantes ya conmigo, como si mis bolsillos no estuvieran repletos de despedidas. No bastan dos manos para tanto desencuentro. No bastan dos piernas para tantos extravíos. No bastan dos ojos para estos mares de sal y de cansancio que manan por mi cuerpo. Hace dos horas me despedí de M. y de P. en el Jardín de las Tullerías, y resultó acostumbradamente triste. Hicimos otro almuerzo en la hierba: pan, queso, fruta, postres, vino y tabaco. Tomamos fotos, como admitiendo que luego nos serían necesarias, y que la certeza del adiós precisaba de evidencia. Ellas se van a Barcelona, a donde espero llegar a la vuelta de Suecia. Nos quedamos con unas ganas terribles de seguir riendo y seguir soñando que estamos en París, esta ciudad repleta de amor y de miseria, pero el sueño se esfuma y lentamente regresamos al hábito de nosotros mismos. Si estuvieras cerca, tan cerca como la piel y la sangre, tan cerca como el aire en la boca y el sudor en la frente, el adiós no sería tan difícil. Pero la certeza de tu lejanía es pavorosa. Me voy de Francia con más ausencias de las que traje. Al final de este viaje, volveré a Puerto Rico con un mundo de supremas lejanías, y para entonces ya tú no estarás. (1995)

c. 1989

Cristina Pérez Díaz

Yo no creía en Dios. Mi madre no creía en Dios. Ni mi padre. Sólo mis abuelas, algunas tías y algunas primas creían, y rezaban. Mi abuela materna rezaba mucho. Orar, es como ella le dice porque es evangélica. Yo en cambio todavía no me pregunté por la diferencia entre rezar y orar. Ahora me lo pregunto y voy a dejar la disquisición para después. Ahora lo que digo es que yo nunca he creído en Dios y nunca he hecho ninguna de esas cosas. Excepto cuando era niña. Y sólo en un momento bien delimitado. Antes de dormir le decía aquella oración a mi mamá. Esa era la única vez. Pero a diario. Que no pasara un día. Si había que hacerlo por teléfono se buscaba la manera. Yo buscaba como fuese a mi mamá para poder decirle: “Hasta mañana, bendición, que sueñes con los angelitos y que Dios te acompañe.” Todas las noches. La misma oración.

Se había ahogado desde hace tiempo en mi olvido. Es curioso, ahora me doy cuenta que se dice “mi memoria” pero no “mi olvido”, como si el olvido no nos perteneciera igual. Esa oración que había olvidado no ha dejado de pertenecerme. Debe haber sido el primero de muchos malos poemas que escribiría después. Como poema es feísimo, pero no importa. Esos dos eneasílabos y medio alejandrino son, en realidad, un hechizo, y en eso están mucho mejor logrados que cualquier poema que haya de escribir. Lo inventé en algún momento de mi infancia para despedirme de mi mamá antes de irme a dormir. Con ella me aseguraba de que todo iba a estar bien mientras dormíamos, mi mamá y yo. Garantizaba que el mundo no iba a cambiar radicalmente entre el momento en que me quedara dormida y el momento en que despertara. Bien mirado desde el escepticismo, se trata de unas ocho horas tremendas. A quién se le ocurre que se puede dejar el mundo así nada más a rienda suelta, sin esta mirada vigilante, y que así tan airada se vale estar segura de que todo va a seguir siendo como siempre. A mí esa idea ni se me ocurrió ni me parecía convincente. Yo lo que encontré fue a cambio una estrategia: esa oración ponía un encanto sobre las cosas para que no se fuera a ir todo al carajo.

Siempre la decía rápido y con un poco de vergüenza, yo no creía en Dios ni mi mamá creía en Dios y en nuestra casa no se rezaba ni se oraba ni nada de eso. Nosotras éramos comunistas y ateas, eso nos hacía especiales, eso me gustaba, me enorgullecía aunque no supiera ni media parte del significado. Era como si mis padres participaran de un secreto, como si supieran algo que no mucha gente sabía, y que era bueno y mejor que todo el chorro de burradas que se pasaban diciendo por ahí. Que si Dios, etc. Pero yo de todos modos decía esa oración, yo necesitaba decirla antes de cerrar los ojos y que… Aterrador. Así que la decía, rápido y con algo de vergüenza, la decía como si fuera una travesura. Me salía con la mía. Decía esa oración tan rápido que sólo mi mamá podía entenderla. Cuando mis amigas se quedaban a dormir en casa, yo iba al cuarto de mi mamá y la decía bien bajito y bien rápido y le daba un beso y me regresaba a mi cuarto, un poco abochornada, sí, pero segura. Y quizás como esa oración no tenía más que buenas intenciones y como la había compuesto así de súbito a una edad tan tierna, mi mamá la recibía como una ocurrencia chistosa, la dejaba pasar con ternura. A ella también le daba seguridad. Es posible que mi mamá estuviera también llena de miedos.

Era una especie de ritual entre nosotras. El ritual se acabó en algún momento de mi adolescencia. Habrá marcado el fin de mi niñez. Cuando ya no me atrevía a decir esa oración, porque ya era demasiado consciente de que yo no creía en Dios, cuando ya estaba muy orgullosa de saber que en mi casa, contrario a las casas de todas mis amigas, éramos comunistas y no creíamos en tonterías, ya ahí sí que no era posible cargar con la vergüenza de decir una oración. Por más mágica que fuera. La noche era ya la gran noche oscura que sería en adelante.

Tampoco creíamos en ángeles en mi casa. Pero cuando mi abuelo paterno murió yo tenía cinco años y me inventé que, como no habíamos tenido suficiente tiempo juntos en esta vida, seguramente él permanecería por ahí por el aire haciendo de mi ángel de la guarda. Mi abuelo era una persona muy amable, yo asumía que tendría también la amabilidad de no desaparecer del todo, de recuperar el tiempo que no tendríamos, de estar en mi futuro. Yo hablaba con mi abuelo Juan Carlos con frecuencia, pero creo que las más de las veces era a la hora de dormir. Esa era la hora en que los miedos sostenían su congregación. Bueno, a decir verdad, yo tenía miedos a todas horas. ¿Y cómo no? Para ser honesta, yo sigo siendo esa niña miedosa.

Pero mis miedos de infancia eran bien precisos. Por ejemplo, el miedo a lo que podía pasar mientras me bañaba. Justo cuando recorriera la cortina para salir de la ducha podía haber un luchador de lucha libre esperándome en la puerta del baño. ¿Para matarme? No sé. No sé qué pensaba que me iba a hacer el luchador. No me detenía en los detalles. Lo que fuera que fuera era parapelos. El luchador era feísimo y me haría algo todavía peor. Ah, pero yo tenía a mi mamá. Le pedía a mi madre que se sentara en el inodoro para hacerme compañía mientras me duchaba, y ella allí se sentaba con toda la paciencia. Hablábamos, no recuerdo de qué.

Como mi mamá se tenía que quedar ahí sentada todo el rato, me sentía culpable de hacerla perder el tiempo. Me duchaba rápido. Comencé incluso a contar los segundos. Alcancé cifras récord. No he de haber sido una niña muy limpia. Mi pelo, creo que era mi pelo el que más sufría. Porque encima del miedo estaba el asunto del desperdicio. A mí me habían enseñado que estábamos produciendo mucha basura en este mundo y desperdiciando mucha agua que un día se nos iba a acabar, así que yo usaba bien poquito shampú y poquita agua. Lo hacía todo rapidito. No había que gastar demás, no había que hacer a mi mamá esperar mucho tiempo, y sobre todo había que ser más rápida que el luchador ese que no le fuera a dar tiempo a llegar y…

Si el miedo al luchador era improbable, me guardaba bajo la manga otro miedo mucho más sustancial. Era posible, siempre existía la posibilidad, de que mientras me duchaba, y justo en ese breve lapso en el que yo desaparecía detrás de la cortina de la regadera, sucediera un golpe de estado. Un golpe militar. Yo no sabía lo que era un golpe de estado. Pero le decían también un golpe militar, así que yo me imaginaba que todo se llenaba de militares. Todo. Incluso el baño de nuestro apartamento, en el piso once de una torre de diecisiete pisos, en el pueblo de Trujillo Alto. Lo peor de todo lo horrible que sonaba la idea de todos esos militares por ahí era que me iban a sacar de la ducha desnuda. Con mucha suerte tendría tiempo para agarrar la toalla. Todos mis vecinos me verían así. Yo sabía, yo sabía que podía tener esa mala suerte, que siempre quedaba, al final del día, la posibilidad suelta de que el país fuera tomado por los militares, justo mientras yo me bañaba. Yo sabía ya que la historia tiene un sentido muy oscuro del humor. Y que bañarse todos los días no era tan buena idea.

No sé por qué el hecho de que mi mamá se sentara en el inodoro desvanecía todas las posibilidades funestas. Quizás pensaba que el luchador ni se atrevería a asomarse por nuestro baño porque mi mamá era una mujer temible. Bella. Y temible. Mi mamá tenía el gran poder de paralizar con la mirada. Bastaba con que abriera grandes sus ojos azulísimos: todo quedaba suspendido y azul. Seguro que no había luchador que pudiera contra eso. O quizás pensaba que los militares sacarían también a mi madre de mi casa, pero que mi madre, seguro, seguro, encontraría el tiempo para agarrar la toalla y envolverme en ella y evitaría que todos nuestros vecinos me viesen desnuda. Manipular el tiempo para que yo estuviera a salvo era otro de sus súper poderes. Y si llegara la noche y estuviéramos todavía fuera de nuestra casa, en el estacionamiento del edificio, por ejemplo, rodeadas por soldados con rifles, y si llegara a hacer un poco de frío, mi mamá se aseguraría de que yo tuviese al menos esa toalla. Sentada en el inodoro mientras yo me duchaba, mi mamá me hacía esa promesa silenciosa. La repitió una y otra vez sin preguntarme nada.

Cristina Pérez dirige Puerto Rican Review. Estudiante de literatura clásica.