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Gracias UPR Recuerdos de un viaje a Ghana

Visitar cualquier país del continente africano pudiera no ser tan atractivo para muchas personas. Menos cuando la imagen de África que ha imperado a nivel mundial es que es toda selva y animales salvajes, toda barbarie y enfermedad. ¡Qué carga histórica sostiene este continente, asociado con pobreza, falta de civilización, tinieblas, rayos y centellas!

“Si ves un león en el camino, me llamas en video call”, recuerdo que me dijo un familiar muy querido el día antes de que partiera hacia Accra, Ghana con un grupo de estudiantes graduados(as) y profesores del recinto riopedrense de la Universidad de Puerto Rico. Aunque me resultó gracioso el comentario, evidenció el sinnúmero de estereotipos que damos por ciertos sin más.

Hace tres años exactamente –6 al 25 de junio de 2014– viví junto a ese grupo una de las experiencias más provechosas que puede tener cualquier estudiante universitaria: viajar a otro país para intercambiar conocimientos en un encuentro académico y, de paso, agregarle instancias al bagaje que la va formando como individuo.

Fernando, Lara, Jonatan, Alexandre, Jessica, Steven, Isabel, Xavier, Javier, Lucas, mi tocaya Gabriela y yo partimos llenos y llenas de entusiasmo, pues participaríamos del Seminar Series on the Languages, Literatures, and Cultures of Africa and the Diaspora en la Universidad de Ghana en Legón. Nos acompañaron los profesores César Solá, Nicholas Faraclas, Dannabang kuwabong (nacido en Ghana) y la profesora Rosa Guzzardo, todos activos en diferentes departamentos de la Facultad de Humanidades de la IUPI.

Este viaje estudiantil –coordinado por Faraclas y Kuwabong– se realiza cada dos años, forma parte de un curso graduado del Departamento de Inglés de Humanidades y permite que estudiantes de diferentes disciplinas exploren (para luego presentar allá) temas concernientes a la relación innegable que existe entre África y Puerto Rico: religión, música, fenómenos lingüísticos, esclavitud, entre otros.

A tres años del viaje, ¿qué es lo que más recuerdo de esos días? De inicio, me impresionaron los colores y patrones de las telas con que los ghaneses confeccionan camisas, trajes, pantalones, turbantes, saquitos para cargar bebés. También, me impresionaron los cuerpos negros que portaban las telas. En la mayoría de los casos, eran cuerpos ejercitados, de hombres y mujeres que necesitan mantenerse activos para ganarse la vida. En ese sentido, fue la norma durante la estadía toparme con mujeres que cargaban en la cabeza canastas con agua o frutas a la vez que llevaban un bebé amarrado a la espalda y un(a) niño(a) de la mano, que bien podía estar cargando más paquetes.

Recuerdo el aire denso, la falta de alcantarillados y desagües en las carreteras sin pavimentar, la niña que me pidió que le regalara un bolígrafo, la cerveza Star, lo bien que los africanos bailaban salsa, lo picante del arroz jollof (popular en todo el oeste de África), el Kelewele o plátanos maduros fritos, el fufu y la manera de comerlo, las pocas raciones de pollo que servían, las muchas de pescado o camarones, la vacuna contra la fiebre amarilla que tuvimos que ponernos previo al viaje, las veces que aclaramos que no éramos de Costa Rica, sino de Puerto Rico…

También, la excursión de horas en transporte público junto a los africanos hacia Kumasi, Tamale y Wa, tres ciudades cada una más al norte de Accra, la capital de Ghana, primera nación del África subsahariana en conseguir su independencia. Fue muy interesante visitar la represa hidroeléctrica de Akosombo, cuya producción permite satisfacer la demanda energética local, además de exportar electricidad a los países contiguos, Togo y Benín.

Por otro lado, me estremeció sobremanera la visita al Elmina Castle, ubicado en la comunidad pesquera de Cape Cost. Este castillo data del siglo XV y fue utilizado por los colonos europeos para encerrar y torturar a más de 30 mil esclavos africanos por año, esos que serían enviados al “Nuevo Mundo”.

Y de la Universidad de Ghana, ¿qué guardo en mis memorias? Ante todo, la grandeza del campus. Es una universidad tan grande que dentro de su perímetro hay una estación de bomberos, otra de policías, un correo, varios edificios altos que sirven de residencias para estudiantes, colmados y mercados, iglesias católicas y protestantes –existe el sincretismo religioso– museos, restaurantes. No exagero cuando cuento que vimos taxis transitando el campus de lado a lado.

Recuerdo con una sonrisa en los labios el día en que caminando por el recinto con dos de los compañeros, al escucharnos hablar español, un estudiante africano del Departamento de Lenguas de la Universidad se acercó para preguntarnos de dónde éramos. Al identificarnos como puertorriqueños, se alegró, pues había aprendido español en un intercambio estudiantil que hizo a Cuba. Demás está escribir que nos llevó al Departamento y nos presentó a algunos de los estudiantes que habían aprendido español en la isla vecina para sumarlo al inglés y a las lenguas africanas que conocen.

Precisamente, por oportunidades y experiencias de vida como esta que tuvimos –y que han tenido los y las que han representado la UPR en el extranjero– es que nuestra universidad debe continuar siendo accesible y pública. De este viaje, conservo fotos, que siempre son como el rostro de las memorias. Además, varias pulseras con cuentas pintadas a mano. Hace tres años, me pongo a diario aunque sea una de ellas. Son mi conexión con esa inolvidable vivencia.

NICOLÁS GUILLÉN Y SU CANCIÓN PUERTORRIQUEÑA

Visité a Nicolás Guillén en su oficina de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba un día de julio de 1972. Me acompañaba Flavia Rivera, jefa de la Misión de Puerto Rico en Cuba, y los tres nos sacamos una foto que ya perdí. El poeta estaba en medio de la foto, con sus brazos sobre nuestros hombros, exhibiendo una sonrisa que parecía genuina. Recuerdo que no podía esconder la alegría de estar junto a alguien que tanto había admirado desde que, a mis 19 años, descubrí su Sóngoro Consongo y, más tarde, su Paloma del vuelo popular. La foto la perdí, pero todavía guardo la edición del El diario que a diario (que me dedicó) “con simpatía cubana por su lucha puertorriqueña”.

Antes de la visita no le había dicho a Flavia que pensaba hablarle al anfitrión de su poesía advirtiéndole de algunas injusticias. Porque Guillén – el cubano, el bueno – se volvió famoso, no por ser parte de la Cuba revolucionaria, sino por el ritmo de su poesía y por hacer literatura sobre el negro antillano popularizando sus cantos. Era en ese momento y todavía es el más conocido, pero no fue el primero de quienes trabajaron esa particular expresión literaria. Antes que él hubo otro poeta que también fue grande, bien grande y, sobre todo, un gran exponente de lo que Mercedes López Baralt llama el “negrismo” antillano. Ese otro grande fue Luis Palés Matos, quien escribió sus versos entre Guayama y San Juan en las primeras décadas del siglo XX, cuando Puerto Rico estaba más aislado de lo que está ahora, que es mucho. Mientras Guillén viajaba por España en plena guerra civil, junto a grandes creadores literarios del mundo y frente a buena parte de la prensa mundial, Palés gastaba sus horas en la fría y atrofiante modorra del domingo, en aquel pequeño pueblo que se moría de nada. Voy a dejar que sea Mercedes López Baralt quien lo diga obviamente mejor que yo: “La soledad del vate guayamés, en parte fruto de la precariedad económica y cultural de su entorno, está irremisiblemente ligada al carácter pionero de sus aportes negristas… Esa precariedad cultural del entorno puertorriqueño – producto del colonialismo y el atraso económico – “insularizó” la gran poesía de Palés escondiéndola del mundo. Por eso Guillén, que era bueno por sí solo, reinó en solitario como el gran poeta antillano de la negritud.

De eso pensaba hablarle a Guillén cuando lo visité en La Habana, pero no me atreví y el encuentro se quedó en puro turismo. Con foto y todo. Tampoco abordé un segundo tema que llevaba en el bolsillo que pudo haber creado un ambiente todavía más incómodo: el de su Canción puertorriqueña. Creo que fue a mis 20 años que descubrí el poemario La paloma del vuelo popular, que contiene este poema, que me aprendí de memoria de tanto leerlo.

Para alguien que a sus veinte años estaba inmerso en la lucha por la independencia y el rechazo al colonialismo que había sido disfrazado de “Estado Libre Asociado”, leer aquellos versos resultó cautivante: ¿Cómo estás Puerto Rico, / tú de socio asociado en sociedad? ¿En qué lengua me entiendes/ en qué lengua por fin te podré hablar, / si en yes,/ si en sí. / si en bien /, si en well,/ si en mal, /, si en bad, si en very bad? Pero más adelante encontramos un verso que nos echa un poco de agua fría. Refiriéndose a nuestra lengua Guillén dice: masticas una jerigonza / medio española, medio slang….

La visión que se refleja en esos versos de Guillén – que los puertorriqueños habían sido asimilados y que su lengua española quedó desnaturalizada, convertida en un dialecto callejero – estaba bastante generalizada a mitad del siglo XX y lo estaría aún más en los años siguientes. (Guillén escribió el poema durante su exilio en Brasil en 1953 y lo publicó por vez primera en Guatemala al año siguiente. Más tarde lo incluyó en su libro La Paloma del vuelo popular, publicado en 1958.) El Nobel chileno Pablo Neruda también creía que a los puertorriqueños se les había despojado de su idioma.

En su Canto General, publicado en 1950, Neruda escribió:

“Truman a nuestras aguas llega

a lavarse las manos rojas

de la sangre lejana. Mientras,

decreta, predica y sonríe

en la Universidad, en su idioma,

cierra la boca castellana,

cubre la luz de las palabras

que allí circularon como un

río de estirpe cristalina

y estatuye: “Muerte a tu lengua,

Puerto Rico”.

Es cierto que el “decreto” que menciona Neruda fue emitido, no en la presidencia de Harry Truman sino mucho antes, cuando tras la invasión de 1898 se quiso matar la lengua castellana de los puertorriqueños imponiendo el inglés como idioma vehicular de enseñanza y de la administración pública. Pero cuando ambos poemas se escribieron los puertorriqueños no hablaban la jerigonza que nos endilga Guillén, ni la han llegado a hablar nunca. Cuando Truman nos visitó en 1948 nuestra lengua, en lugar de muerta, estaba muy viva.

La imposición del inglés fue parte de un deliberado proceso de “americanización” que comenzó con la invasión de 1898. A los doce días de haberse izado la bandera estadounidense en La Fortaleza, sede del Gobierno, se aprobó una resolución estableciendo que “la educación universal debe ser implantada basándose en los mejores sistemas de Estados Unidos.” En 1905 se aprobó la “Política Lingüística de Falkner” (por Ronald Falkner, comisionado de Educación enviado por el presidente Theodore Roosevelt) que oficializó lo que ya era la norma, que el inglés sería el vehículo de enseñanza en las escuelas. Esta política técnicamente estuvo en vigor hasta 1949 cuando mediante una orden circular el Comisionado de Educación Mariano Villaronga dispuso que el español sería el vehículo de enseñanza. En 1990 la orden circular de Villaronga finalmente se incorporó a la Ley Orgánica del Departamento de Educación, aprobada por la Asamblea Legislativa de Puerto Rico. Allí se establece con claridad que el castellano es la lengua vehicular de la enseñanza pública.

La orden circular de 1949 del comisionado Villaronga no hizo otra cosa que reconocer lo que era una realidad: que aun cuando la política oficial establecía el inglés como lengua vehicular, tal cosa nunca ocurrió en la práctica. Por mil vías distintas los puertorriqueños se rebelaron contra la pretensión oficial de despojarlos de su vernáculo. La última ola de protestas de estudiantes y maestros se produjo en la década del ’30 del siglo XX, pero antes de esas protestas públicas, múltiples acciones pequeñas en las escuelas y en la calle sentenciaron la ineficacia del plan imperial.

Más de un siglo después de que se intentara convertir a los puertorriqueños en angloparlantes, el propio US Bureau of the Census reconocía en 2010 que menos de una cuarta parte de la población residente en la Isla puede efectivamente sostener una conversación en inglés. Tres cuartas partes ni siquiera pueden hablar ese mínimo.

Hay una cita del escritor español Pedro Salinas, pronunciada en la Universidad de Puerto durante los ejercicios de graduación de 1949, que nos da una idea bastante clara del estado de la lengua de los puertorriqueños en ese momento. Salinas recién había llegado a Puerto Rico procedente de Estados Unidos y dice:

“Cuando se siente uno rodeado de su mismo aire lingüístico, de nuestra misma manera de hablar, ocurre en nuestro ánimo un cambio análogo al de la respiración pulmonar, tomamos de la atmósfera algo, impalpable, invisible, que adentramos en nuestro ser, que se nos entra en nuestra persona y cumple en ella una función vivificadora, que nos ayuda a seguir viviendo. Sí, he vuelto a respirar español, en las calles de San Juan, en los pueblos de la isla. Y he sentido una gratitud, no sé a quién, al pasado, al presente, a todos y a ninguno en particular, gratitud a quienes me dieron mi idioma y al nacer yo, a los que siguen hablándolo a mi lado. “

Como vemos, alguien de la profundidad cultural de Salinas, tan conocedor del idioma castellano, tan pronto llegó a San Juan en 1949 procedente de Estados Unidos, volvió “a respirar español”. Obviamente, lo que escuchó hablar a su lado en las calles no fue un “slang”, sino que se sintió “rodeado de su mismo aire lingüístico”.

De modo que cuando a principios de la década del ‘50 Guillén denunció desde Brasil que la maldad gringa redujo la lengua de los boricuas a un mero “slang”, en realidad los puertorriqueños hablaban un castellano tan bueno como el de los españoles, según apreció un perito como Salinas.

Cuando visité a Guillén en La Habana pensaba hablar de todo eso. Quería decirle al poeta que se había equivocado, añadiendo que para los puertorriqueños el bizcocho es bizcocho y no “cake”, como dicen en Cuba. Pero no me atreví hablarle de esa forma al poeta y, como ya dije, me limité a sacarme la foto y a recibir el librito autografiado. Después de todo, hablarle de esa manera hubiese sido una falta de consideración, para decir lo menos, y un acto de poco agradecimiento para quien entendía que nos defendía cuando, en medio de su exilio, escribió su Canción puertorriqueña.

El básquet y la identidad nacional

0. Alguien podría pensar que el juego final de baloncesto de los Juegos Panamericanos de 1979 entre Puerto Rico y EEUU tiene poca importancia. Eso si pensamos que los deportes son simplemente modos de entretenimiento. Ciertamente son entretenidos. Sin embargo, los deportes pueden ser vistos como otras instancias de batallas políticas.

1. La neutralidad política de los deportes es una mentira que se repite usualmente desde el conservadurismo en países que aún tienen luchas por la independencia, y desde la ideología dominante en países con pretensiones hegemónicas. Así, el deporte y las Olimpiadas fueron importantes para el nazismo en Alemania. Jesse Owens se encargó de humillar las ideas racistas de Hitler.

El aparato propagandístico nazi no perdía oportunidad. En 1936 Max Schmelimg era un boxeador exitoso de escaso reconocimiento fuera de Europa. Retó a la estrella en ascenso, Joe Louis, y lo venció por KO el 19 de julio de 1936. Eso lo convirtió en el portaestandarte de la superioridad aria y en un ídolo en su país natal. Una foto junto a Hitler lo convirtió en uno de los atletas más odiados en EEUU. Eso, a pesar de que su manejador en EEUU era Joe Jacobs, judío, de quien nunca se separó profesionalmente.

La revancha contra Joe Louis, que se había convertido en campeón un año antes, se efectuó en el Yankee Stadium. Louis noqueó al alemán en el primer round. Dicen que Hitler se comió su gorra al enterarse.

En resumen, ya sea el deporte en EEUU, en la Unión Soviética, las nadadoras de Alemania del Este, o en el baloncesto, el deporte puede transformarse en escenario de batallas por el triunfo de ideologías o identidades. El sociólogo J.M. Brohm señala que en las competencias internacionales los estados-nación se enfrentan y “ponen en juego el prestigio nacional; el ritual deportivo es pues, a ese nivel, un ritual de confrontación entre naciones”.

2. Ricardo Olivero Lora y Julio César Torres saben eso perfectamente. Y son amantes del deportes. Hablo con Ricardo sobre Nuyorican Basquet, un documental que se estrenará el próximo 8 de julio. A partir del enfrentamiento entre los equipos nacionales de Puerto Rico y EEUU en la final de un torneo internacional celebrado en la isla, se desarrolla este relato cinematográfico que nos permite adentrarnos en el contexto en el que se dio aquella batalla.

Ricardo asistió a la inauguración de los Juegos Panamericanos en San Juan. No lo recuerda. Tenía tres años. Hay evidencia fotográfica. De suerte que su interés por aquel juego es resultado de los cuentos repetidos y paradigmáticos que se hacían en las reuniones familiares. Los hechos se transformaban en leyendas. Las barrabasadas de Bobby Knight, el emblemático dirigente que fue odiado por su desprecio hacia todos o las travesuras de algunos de los jugadores boricuas que rompían con los esquemas de los que se suponía fuera la “puertorriqueñidad”.

El día en el que se inauguraron esos Juegos, el entonces gobernador de Puerto Rico, Carlos Romero Barceló, recibió un soberano abucheo al ser presentado. Romero no solo habría presentado objeción a la bandera solitaria de Puerto Rico, sino que apenas hacía un año habían ocurrido los asesinatos del Cerro Maravilla y el anexionismo desde principios de los ’70 era violento.

3. Aquella Selección Nacional, apunta Olivero Lora, estaba repleta de nuyoricans. Así que el interés del documental no es solo ubicarnos en contextos, sino reflexionar sobre la importancia de la diáspora en el modo en el que nos representamos. Los nuyoricans mostraban la complejidad y riqueza de nuestra identidad. Lo interesante es que Julio (Toro) y Flor (Meléndez) dirigentes de nuestra escuadra, nunca fueron muy articulados en el idioma de Shakespeare ni en el de César Fantauzzi.

Ricardo señala que, aparte del componente del idioma, la gran mayoría de los miembros del equipo eran negros y, de hecho, se habían criado en New York en barrios y en comunicación constante con la comunidad afroamericana. En ese sentido, el equipo nacional subvertía la idea conservadora de la absurda homogeneidad racial, la raíz blanca, europea, de nuestra “raza”. De alguna manera, Nuyorican Basquet es un homenaje a la enorme aportación que ha hecho la diáspora al desarrollo de nuestra identidad nacional.

4. El director señala que ésta, su ópera prima, “monta un relato más o menos controlado mientras que en la ficción lo que impera es la imaginación. Uno tiene una idea y una línea temática. La objetividad surge y se permite porque, por supuesto, no puedo ni quiero controlar lo que el entrevistado dice. Uno quiere hacer ciertas reflexiones pero no se pueden obviar las afirmaciones de los entrevistados. Y cada uno tiene su estilo, su modo de expresión. Charlie Bermúdez es reservado, casi como si aún fuera el capitán del equipo. Georgie Torres, muy locuaz”.

Entre los entrevistados, aparte de los jugadores de aquel gran equipo, están el propio Romero Barceló, el amigo cronista deportivo Elliott Castro, el legendario hombre del basquet, Tuto Marchand, dándole al documental una amplitud de miras que va a satisfacer a los fanáticos del deporte y a los amantes de la historia.

Los boletos para el estreno de Nuyorican Basquet pueden conseguirse en prticket.com y llamando al 787 303 0334.

La fiesta en medio de la lucha

Alguien que viniera de otro planeta podría sorprenderse con nuestros pueblos latinoamericanos y caribeños. Lo mismo en medio de todos los problemas sociales y políticos de nuestros países, la gente no deja de hacer fiestas. En junio, en diversas regiones de América Latina, el pueblo se entrega a las conmemoraciones de San Antonio, San Juan y San Pedro.

Evidentemente, las fiestas populares pueden ser expresiones de alienación social y política. A través de ellas, las personas pueden olvidar, al menos por instantes, las luchas de la vida. Sin embargo, también pueden servir de ensayo para una organización más eficiente del pueblo. Esas fiestas venidas del antiguo revelan una resistencia cultural que los actuales medios de comunicación no logran vencer.

En las regiones andinas de Bolivia, Perú y Ecuador, en la noche del 24 de junio, los indios celebran el Inti-Rami, la fiesta del sol, celebración principal del año nuevo andino. Corresponden a los festejos juninos que son hechos en Brasil, Venezuela y otros países. Algunas de esas danzas tuvieron su origen en cortes de Europa. Hoy, las personas se visten como gente pobre del campo, pero ejecutan danzas de la nobleza de otros siglos. Al mismo tiempo, a través de teatros de comedia rural, critican figuras como curas y jueces, porque sólo se interesan por dinero y poder. Esas críticas revelan cómo las capas más empobrecidas del pueblo pueden expresar su protesta social. Hasta los santos están involucrados en el clima de fiesta. San Antonio es considerado santo casamentero. San Juan Bautista es un niño que viene a jugar en las hogueras del pueblo y San Pedro se convierte en compañero de fiestas. El carácter lúdico de la crítica popular, latente en los festejos juninos, puede ser un ensayo de una sociedad nueva en la cual todos son protagonistas.

Así, en la alegría y de forma sencilla, grupos y comunidades populares señalan una realidad nueva que se acerca a lo que los evangelios llaman el reinado de Dios. De su modo y en una expresión laical, esas fiestas traen alegría y crean cierta unidad en las comunidades. En el evangelio se dice que, al anunciar el nacimiento del profeta Juan el Bautista, el mensajero de Dios prometió: “Por su nacimiento, muchos se alegrarán” (Lc 1, 14). Al criticar a la sociedad dominante y expresar una palabra de los pobres, las actuales fiestas juninas expresan la verdad que los evangelios atribuyen a San Juan Bautista: “¡Cambien de vida porque la realización del proyecto de Dios en el mundo está cerca!” (Mt 3, 2) .

El autor es monje benedictino y ha escrito más de 40 libros.

Cuento: Al calor de la ausencia

Un cuento no es un cuento es trabajo. Es un frio empaquetado para recuperar el calor de la ausencia.

A María, que ha sabido ser amiga también.

A Rafah, que sabe de la extensión de la palabra

“Si uno pudiera quitarse un brazo, una pierna y

los huesos que más pesan, andaría aliviado.

Es mucho el esqueleto el que cargamos y cansa”.

Miguel Ángel Asturia, El Papa Verde

1.

Soy un enfermero diferente. Aunque, nuestro calendario de trabajo está muy cargado y los turnos además de agotadores, muchas veces son inhumanos; busco a pesar de ello el mayor espacio posible para conversar y darles alguna atención especial a aquellos pacientes que no reciben visitas ni de familiares ni amigos. En el progreso o deterioro de la enfermedad escribo un diario lo más fiel a las conversaciones, a sus anécdotas y a las experiencias que viven aquí. Las conversaciones y la escritura me sirven para mejorar la atención a otros pacientes a mi cargo y compensar en mis ratitos libres o de descanso, en mi casa, una frustración por el gusto de escribir. En otra vida seré escritor.

Hay pacientes que retan mis habilidades más que otros. Éste, de quien escribo, además de confundir mi emoción; ha exigido más de un talento que no poseo. Me ha llevado a un punto en la escritura donde no sé cuándo le soy fiel a sus palabras o cuando, en un arrebato de ilusión literaria escribo más bien de lo que pienso. El tiempo de narración y la persona se me han enredado tanto que mi zafacón está lleno de versiones; como si hubiera olvidado que escribía un diario y no un cuento. Irremediablemente, he transferido esa confusión al relato que sigue.

2.

Hace un año, mientras intentábamos entender la incomodidad del fracaso continuo de mis proyectos, le dije a un amigo: “Luis, pienso que estoy listo para vivir el fracaso como una tragedia más de la vida. Igual que he vivido con pasión el amor y la felicidad puedo soportar el límite y las consecuencias más graves de los errores cometidos.” Luego de escuchar atento, él comentó, “es muy importante lo que acabas de decir, estás poniendo tu ser a disposición del universo.” Luis es mi mentor espiritual, me hizo consciente de “la fuerza sanadora” de mis palabras. Y así es como, de aquel momento en adelante, he vivido con relativa tranquilidad los resultados de aquella pesadilla que fue ser un comerciante arruinado. He llegado a aceptar vivir, desde entonces, lo que llamo una ética de la pobreza, saber vivir con poco.

Suicidarme, para no vivir la parte del sufrimiento que merecía o me tocaba no era posible. Además de que esa valentía no vino incluida en mi temperamento, para mí no es opción, la considero una cobardía. Me parece más noble vivir la tragedia del fracaso en toda su perturbación esplendorosa. Sólo que disfrutaré de ella, como una suerte de budista, en la ausencia y el vacío. Así desilusionado por completo.

Aquel día, que hable con Luis, tenía muchas razones para querer desaparecer. Estaba en ruinas, “que es un decir de mi vida”. Sonrió. Los acreedores aún después de la quiebra me importunaban, la familia se había ido en desbandada y caminaba la calle, comprensiblemente sintiendo miradas largas sobre mi espalda. Estaba más solo que nunca. Donde único encontré cierto refugio fue en escribir, siempre me ha gustado escribir. En estas condiciones, qué propósito podía tener la escritura ¿entretenerme? Si lo que escribía era incomprensible, los cuentos parecían que comenzaban todas las veces, no podía construir una trama que no fuera encerrándose en sí misma; buscaba adentro y adentro me quedaba, de la poesía para qué contarte, estaba cargada de inseguridades y mil dudas.

Ahí, como si fuera él quien me ponía una inyección, vi retratada mi lucha con la escritura. Era como escuchar el espejo al frente. Le interrumpí, me excusé y salí a visitar otro paciente. Debo vigilar los espacios para otras descargas, con otra inteligencia, pero descargas igual. La mañana siguiente, como si hubiéramos acordado una consulta y luego de las formalidades que justificaban mi presencia, retomó como si estuviera ante un siquiatra. Eso parecíamos, paciente y siquiatra. Aunque era yo quien anotaba, siento que el paciente era yo.

3.

Era una mañana de ésas que lo exageraba todo. Final de agosto, cruel y deleitoso a la misma vez, filtraba por la ventana un calor insoportable y corría un fresquito de lluvia que era el cielo entre tanto ahogo. Entre la lluvia y la llovizna, la soledad era otra forma de estar ausente, era enternecedora y permitía un poco aliviar el calor. Hubiera faltado, (se atrevió a bromear), un fundillo musical y el banquete hubiera estado servido para honrar aquella ética de ser feliz más allá de las circunstancias. Sentía el regocijo de la frescura de la lluvia, esa forma de comulgar con los espíritus, a pesar del calor, sin embargo, mi mente estaba en otro lado.

Esa mañana venía de cruzar la noche entera, desvelado otra vez. Las horas de desvelo habían hecho triza la posibilidad de disfrutar, a cabalidad, la lluvia tan afín a mi ser. La lluvia cuando es así tierna en su caída, perezosa, y si con alguna neblina, aquí o allá, si en el campo de Cayey, ya es el colmo del gozo. Nada, ese día, sin embargo, me despertaría, siquiera gotas de amor, a hermosura alguna. El cuerpo tramaba su reclamo por abandono. Me había acostado con la impresión de una herida en el pie diabético. Tan pronto amaneció, miré el pie de nuevo: esto se jodió, me dije. Cero Condado Plaza hoy, que era mi contención principal, en aquel día. ¿Para que ir a estorbar a la protesta? Esto luce y huele mal, mejor voy al podiatra.

4.

–Sí, buena, es para saber si el Dr. García me puede atender hoy. Creo que es una emergencia.

–¡Hay bendito!, es imposible.

–Es una emergencia.

–Lo entiendo, pero estamos llenos hasta febrero. Este año no estamos cogiendo citas nuevas.

–Yo no soy un paciente nuevo, el doctor ya me ha atendido anteriormente.

–Lleva mucho tiempo sin venir y las citas se llenan.

–Si con ustedes tengo que esperar hasta febrero para que otro podiatra me atienda tendré que esperar a agosto del año que viene, a esta misma fecha, con suerte.

–Caramba lo siento, pero inténtelo.

–Maldita… me enganchó.

Estaba que echaba chispas. Me quedé pensando unos minutos. Observo bien el pie y vi que estaba bien hinchado. Los dedos y alrededor de la herida estaban amoratados y salía un olor desagradable de la herida. La herida lucía fea. Comencé a vestirme. Listo ya, sin desayunar nada, cojeando caminé al tren. Me presenté por mis pantalones a la oficina del podiatra.

–Entienda por favor, el doctor no me permite añadir más pacientes.

–Es una emergencia, déjeme entonces hablar con él.

–Voy a hablar con él para complacerlo. Pero ya sé la contestación.

–Dígale que no me voy de aquí sin cita para mañana por lo menos.

–(Luego de consultar). Lo verá a lo último. Él se tiene que ir a la una. Si tiene espacio antes de la una, lo atenderá.

–Me arriesgo, qué se va a hacer.

Mejor, pensé, ser mal atendido en la esperanza, que bien atendido en lo irremediable.

5.

Jamás una espera se me hizo tan larga. Ni cuando Camila retrasaba su llegada y el tiempo se me hacía una eternidad. Miraba el reloj, desesperado, como si fuera un malhechor que quería torturarme a paso lento e indiferente en su avance. Ver llegar aquel reloj marcando las 12:15pm y que aún quedaran tres pacientes antes que yo, me tenía como olla hirviendo. Suerte que ese día no había nadie hablando en contra de la protesta en Condado Plaza pues creo que me hubiesen sacado con camisa de fuerza de allí. No sabía qué hubiera sido peor, que la gente hiciera comentarios del derecho del otro, para que le permitieran entrar al hotel, el silencio que prevalecía en la sala de espera o el maldito reloj aquel a paso amargado hacia la una.

–Hay bacterias, la herida huele muy mal. Limpie la herida, le dice a la enfermera, y lo venda. Ese pie, dirigiéndose a mí, tiene que estar vendado todo el tiempo. Le dejo un referido para una radiografía. Si la bacteria llegó al hueso, me temo que perdió el pie.

–Vamos a ser optimistas doctor.

–(Como si no me escuchara, algo molesto), Úntese esta crema, dos veces al día. Compre este antibiótico. ¿Tiene medicina su plan?

–No.

–No importa, lo hay genérico. Tenga la receta. Cuando tenga los resultados de la radiografía lo veo en diez días.

Se quitó la bata y se fue como alma que lleva el diablo.

6.

Así comencé a desaparecer. Se llevaron mi pie derecho y me dejaron un dolor inmenso en el hueso. El dolor era lo suficiente intenso como para probar mi resistencia al dolor y mi motivación para seguir viviendo. Tenía una teoría sobre el dolor que me vino muy bien en la recuperación: si el dolor es tan fuerte que no lo puedas resistir es seguro que te desmayas, como sucedió. Si no te desmayas, el dolor entonces no es tan fuerte que no lo puedas resistir. Así me pasaba comparando cuándo dolía menos y cuándo más. Inspirado en Procol Harum, le llamo a esta teoría: un blanco, más pálido que el blanco. El pálido era cuando me desmayaba.

Lo que más me sorprendía, según las noticias de mi condición empeoraban era que me gustara y hasta disfrutara la idea de estar conciente según iban mutilando o amputando partes de mi cuerpo, poco a poco. No fue eso lo que le quise decir a Luis cuando le manifesté que estaba listo para vivir el fracaso, pero sí, ésa me parecía, más fiel, la tragedia que estaba viviendo.

Imagino que ésa hubiera sido la enfermedad ideal del Marqués de Sade. Ver vivo como el cuerpo se lo van desapareciendo a uno no es una oportunidad que todo el mundo tiene. El pie no está ahí, pero yo sigo aquí. El pie está más allá de mi presencia y como esos muertos que adoramos no me abandona, vivo su ausencia. Entre la soledad y el abandono de los seres queridos uno se va convirtiendo con el tiempo en un observatorio de ausencias más que un ser vivo. Así al calor de la ausencia uno va preparándose cada día para desaparecer, pero que dentro de esa cotianidad vayamos constatando como el cuerpo va desapareciendo antes que uno como que no es fácil de asimilar. Esa sensación de que el pie está aún ahí es como si el espíritu se olvidara que sobrepasó el límite del cuerpo y regresase confundido. Los espejos entonces son una pesadilla, te recuerdan lo que quieres olvidar.

7.

–La circulación en esa pierna es mala. Supongo que le debe doler.

–Bueno doctor, mientras tenga dolor sé que la pierna está ahí. Cuando no me duela más, me va a doler en otro lado y ahí van a estar ustedes, listos para resolver.

–Si así lo quiere entender, pues sí, aunque suene duro, es cuestión de estar vivo o muerto.

–Vivo para quién, doctor. Muerto para quién.

Yo estaba presente en el intercambio. Ahora era él, quien estaba molesto. El doctor no le pudo decir; para su familia pues nadie iba a visitarlo. Se limitó a decirle: “Tenemos que ser agradecidos con la vida.”

Ése y varios días más se quedó callado. En aquel silencio extenso como su mirada perdida vio desaparecer su pierna. El llanto, también, era parte de su alivio en secreto, los ojos rojos lo delataban cuando me acercaba a tomarle los vitales. El muñón en la rodilla tenía que dolerle como para que lo drogáramos, pero no aceptaba más allá de una pastilla de Percocet, porque la morfina o cualquier otro medicamento fuerte decía le creaba vicio y lo adormecía como un bobo. “Si no vas a vivir el sufrimiento, suicídate.” Me dijo con esa actitud estoica que le distinguía de los demás pacientes.

Uno de aquellos días que tenía que estar doliéndole hasta el pelo, me habló pausado. ¿Quieres que te diga la verdad? No sabía lo que decía cuando le dije a Luis que estaba listo para vivir la tragedia. Nadie está listo para este dolor. Cuando te van amputando, ya no sabes si es la vida o es la muerte quien es caprichosa. ¿Qué será lo próximo que la vida dejará ir; qué será lo próximo que la muerte vendrá a buscar? Y en el centro, esta consciencia desposeída de toda vitalidad para continuar o terminar.

8.

–Tienes cáncer en la piel. Esa mano tiene que irse, si queremos salvar el brazo.

–No, no doctor, cómo va a ser. Llévese el brazo de una vez. Así me economiza un dolor que tan caro me salen en estos días.

–Ciertamente, usted me sorprende.

–Quiero ver el espectáculo completo, haga lo mejor doctor para que esta alegría de verme sin mi cuerpo, no desaparezca.

–Cálmese, que aquí nadie va a desaparecer.

No sé porque le dijo, cálmese. Él estaba muy calmado. Cuando siguió hablando sí que lo vi un poco agitado y tanto a mí como al doctor nos confundió.

–¿Cuándo viene por el otro brazo y la otra pierna? Voy a necesitar aprender la clave Morse. La pistola de Johnny al lado de la mía será de agua.

–¿La pistola de quién?

–Nada doctor, son chistes negros a lo Dalton Trumbo; cosas de intelectuales.

El doctor, se notaba que resintió la ironía y estaba hasta un poco herido en su orgullo. Así que decidió cambiar el tema.

–¿Está orinando bien?

–Ese sí que no, ese desaparece conmigo.

El doctor no tuvo más remedio que reírse.

9.

Cuando le llegó el turno a la otra pierna, sus órganos estaban comprometidos.

–No vale la pena otra operación. Vamos a darle de alta. Prepárelo para salir. (Y se fue.)

La torpeza del doctor merecía un premio al más bruto. Él estaba despierto. Me hizo señal que me acercara. En lo que llamo, un momento de lucidez; de esos que suelen ocurrir con muy pocos pacientes, me habló. Le acerque el oído y me dijo:

–Dile a ese tonto que hace tiempo que morí. Sólo que pedacito a pedacito. Estoy con lo que de mí se ha ido. Que se lleve el resto que no me hace falta. Mi corazón late en otro lado. Nada me duele. Dile, que no soy ya un observatorio de ausencias. Ahora estoy abrigado al calor de la ausencia misma.

Ese día me faltaban tres horas para terminar mi turno, hasta las doce del mediodía. Cuando vi desaparecer la camilla que lo llevaba, fui directo y les dije a los compañeros, que me iba que no me sentía bien.

Llevo dos días sin ir a trabajar, escribiendo, tratando que las notas que poseo de mi diario tengan sentido.