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Generación Romero

Por Yomaira Valenzuela

Especial para Claridad

“… Les suplico, les ruego, les ordeno

en nombre de Dios: ¡cese la represión!”

(Homilía 23 de marzo de 1980)

Quiero hacerles participe de la grata experiencia vivida en pocos días en el Salvador, con motivo al centenario del natalicio de Mons. Romero. Nos hemos congregado del 12-15 de agosto jóvenes de distintos países, organizaciones,nominaciones cristianas, movimientos ecuménicos entre otros, para reflexionar, compartir deseos, sentimientos, preocupaciones, esperanzas, propuestas y compromisos ante la realidad social que nos rodea, desde el espíritu de Jesús que impulsó a Mons. Romero a ser profeta en un tiempo y espacio determinado.

Participé del encuentro como delegada de la organización Red de Esperanza y Solidaridad de la Diócesis de Caguas, la cual es parte del SICSAL (Servicio Internacional Cristiano de Solidaridad con los pueblos de América Latina Mons. Romero) de la cual parte esta iniciativa. El SICSAL es una red mundial cristiana ecuménica de solidaridad con los pueblos empobrecidos. Articula comités, organizaciones, grupos y personas comprometidos en la promoción de la solidaridad desde la fe cristiana, la justicia y la verdad como servicio y acompañamiento a la causa de la liberación. Fue fundado en 1980 en respuesta al reto de la presencia de los cristianos y cristianas en las luchas populares de América Central bajo la inspiración de Mons. Romero, signo de todos aquellos hombres y mujeres que dieron su vida por la fidelidad al Evangelio en favor de la opción por los pobres y necesitados.

Para las/os que no conocen el 15 de agosto de 1917 nacía, en Ciudad Barrios (El Salvador) Oscar Arnulfo Romero y Galdámez, quien, con el tiempo se convertiría en el 4° Arzobispo de San Salvador, profeta, mártir y beato de la Iglesia irrumpiendo así con un modo de ser “Iglesia pobre para los pobres” y denunciando así todo aquello que se oponía a la construcción del Reino de amor, paz y justicia.

Generación Romero nace con motivo al centenario del natalicio de Mons. Romero, como una especie de llamada a seguir su legado, de modo que las nuevas generaciones podamos conocer, asumir y celebrar hoy su palabra, obra y compromiso. Es una iniciativa impulsada como una plataforma abierta que articula a comunidades, instituciones de educación formal y no-formal, iglesias de diferentes denominaciones y organizaciones sociales.

Las actividades de esos días fue una especie de generación de energía, de cara al compromiso hacia la transformación social. nos reunimos alrededor de 200 jóvenes. El encuentro se llevó a cabo siguiendo el método ver, juzgar, actuar y celebrar. Siguiendo estos pasos, en un primer momento, se le llamó “Congreso de Juventudes”, donde se generó un proceso de reflexión y análisis sobre la realidad del Salvador, trayendo a colación las realidades de los países que allí representábamos. Los temas analizados fueron: medio ambiente, problema del agua, la política en unión con el sentido del poder y el servicio, perspectiva de género, educación y la falta de oportunidades de empleos y emprendimiento que enfrentan las nuevas generaciones. Desde trabajos grupales y plenarios, pudimos poner nombre a lo que acontece en estas áreas y sobre todo expresar y compartir cómo nos sentimos y cómo nos afecta la realidad. No todo quedo allí en una simple vista, sino que ante lo visto y analizado, creamos propuestas y posibles compromisos, desde la conciencia que todos y todas debemos tomar nuestra parte en las luchas por las transformaciones sociales, animados a ejercitar el pensamiento crítico.

En el segundo momento, el Juzgar, nos dejamos iluminar por el testimonio y la palabra de Mons. Romero, por medio de un documental de su vida: “Hay que cambiar de raíz todo el sistema”. Nos facilitó visualizar un importante aporte a los cambios culturales y estructurales que nuestros países necesitan en este momento histórico actual, basado en el profetismo. Nos unimos a la peregrinación con el lema: “Caminando hacia la cuna del profeta”, donde miles de personas emprendían hacia Ciudad Barrios lugar donde nació Mons. Romero. Caminamos alrededor de cinco horas culminando con una alegre eucarística con los cantos propios de la misa salvadoreña. Hicimos un recorrido por Cuidad Barrios, hacia la casa de la cultura, la galería de fotos tomadas por Mons. Romero y por su antigua casa donde nació y vivió con sus padres y hermanos.

Como parte del actuar, nos dirigimos a una escuela en Ciudad Barrios donde estaban reunidos alrededor de cien jóvenes y adolescentes, propiciamos y dirigimos un diálogo abierto sobre la vida de Mons. Romero: ¿qué nos dice su vida hoy a los/as jóvenes?, ¿Cuáles son los principales desafíos que tenemos los/as jóvenes en el Salvador y Latinoamérica?. Todo el actuar no quedó ahí, surgió la idea de conformar un equipo y espacio juvenil romeriano permanente, que nos conduzca a la próxima canonización de Mons. Romero y a otros eventos importantes, realizando un itinerario progresivo de formación, de maduración humana y espiritual en el carisma de nuestro Mártir.

Llegó el momento de celebrar y cerramos el día con una celebración ecuménica y cultural en la plaza cívica de Ciudad Barrios. El día 15 que fue el mero día del cumpleaños número 100 de Romero, nos dirigimos hacia el Hospital Divina Providencia, donde fue asesinado, y celebramos la eucaristía por su vida y testimonio. culminamos el día y el encuentro con una visita por la Cripta de la Catedral, donde se encuentra el cuerpo de este gran profeta.

Estoy más que agradecida por la oportunidad que he tenido de haber participado en este espacio de compartir, en un pueblo que ha tenido la capacidad y el coraje de sobrevivir. Todo lo experimentado en estos pocos días muy intensos, me ha impulsado a seguir fortaleciendo mi compromiso por la justicia, los derechos humanos, el respeto a la diversidad y la transformación social. Como decíamos al finalizar del encuentro, que esto no se quede aquí, que todo lo vivido haya sido un estímulo para seguirnos formando y animando en esta caminada hacia nuestro horizonte utópico de un mundo que sepa integrar las juventudes y su potencial profético.

Los cocodrilos de Guayama

Al Ismaelillo, para que en el futuro sepa de dónde viene su abuela Teresa…

Nunca supe de dónde llegaron, pero de que Guayama tenía dos cocodrilos, de eso sí puedo dar fe. Uno de ellos (o ellas) pertenecía a Américo Valdés, en el barrio Carioca. Era el cocodrilo de la gente pobre. Tan relajada era nuestra niñez en el Guayama de esos tiempos que el reptil era parte integral de nuestras travesuras en la calle Meditación. Por las tardes, al salir de la escuela Corderito, nos íbamos a hurtadillas a ver al cocodrilo de Américo Valdés. Allí estaba siempre, en el patio de una casa pobre, en ese barrio negro de mentalidad de carnaval antillano que se llamaba Carioca. No nos comía porque no le daba la gana; pues verjas, lo que se dice verjas, no lo separaban de nosotros. Era toda una aventura verlo desplazarse pastosa y silenciosamente por las hierbas de aquel patio amplio. Mi primo Rubén, que nunca descartó la oportunidad de ser riesgosamente aventurero, me explicó más de una vez la ciencia de tocar el cocodrilo sin que respingara. “Nunca por delante ni cerca de la cabeza. Es cosa de tocarlo con delicadeza y salir a correr”. No sé si la niñez es una etapa de idiotez, pero escuchábamos sus razonamientos absurdos, como si fueran la disertación de alguien que sabía del asunto. En todo caso, para mí, que era un hiperactivo de primera, las explicaciones sobraban y eran, en realidad, un preludio innecesario. Hasta con las manos lo toqué.

Siempre se rumoraba entre los niños y niñas de la Escuela Elemental Corderito que allá en el otro extremo de la sociedad, entre los ricos, había otro cocodrilo. Si mal no recuerdo era en la casa del doctor Domínguez, posiblemente el único dentista del pueblo. La aventura no iba a ser fácil. Nos enfrentábamos a la tarea de ver a un cocodrilo privilegiado, que vivía entre la gente de alcurnia de Guayama. Y si algo tenían los ricos de Guayama, al menos desde nuestra perspectiva, era que rodeaban sus casas de verjas y portones sellados. Nada tan lúgubre como pasar una tarde de domingo por las calles de las familias adineradas de mi pueblo. Todo parecía muerto, dominado por lo que Palés llamaba una “fría y atrofiante modorra”.

Claro, las cosas son del cristal, nublado o limpio, con que uno tiene oportunidad de mirarlas. Ir de Carioca, subiendo por la cuesta del Colegio San Antonio hasta llegar a la calle Ashford de Guayama, era para nosotros siempre una experiencia cultural chocante. En Carioca, ni la gente ni los cocodrilos estaban rodeados de verjas. El barrio de mi niñez era uno de ventanas y puertas siempre abiertas. Lo mismo peleábamos a cuchilladas, que nos abrazábamos regocijadamente, pero siempre descartando las barreras físicas entre las personas de una misma clase. Las casas eran para dormir, no para encerrarse. De hecho, en Carioca teníamos hasta un filósofo de barrio, que odiaba la meditación a solas y, solo por eso, gastó toda su vida sentado en una esquina mirando al sol de día y a la luna, de noche, hasta quedarse ciego como un murciélago. Probó su punto: la pura luz y la pura oscuridad son la misma cosa, si miras al cielo fijamente, hasta perder el uso de las pupilas.

Sea como sea, a media humanidad de niños y niñas del tercer grado de Corderito nos dio con ver al cocodrilo de los “blanquitos” del pueblo. Rubén se autoproclamó el líder de la expedición. En realidad, su prestigio estaba en juego, pues fue él mismo quien regó en Carioca el chisme del cocodrilo de los Domínguez. Y fue así como esa tarde, procediendo a contrapelo del sentido común que nos habían inculcado las maestras de primer, segundo y tercer grado, nos fuimos para el centro del pueblo, a la esquina de la calle Ashford y la Bruno.

Malo, lo que se dice malo, el plan no lo era. Pero no estaba exento de riegos y dificultades, dos cosas que siempre han alimentado el espíritu creativo de los niños. El lugar que Rubén identificó como “la jaula” del cocodrilo de los Domínguez no era visible desde afuera y, siguiendo el patrón de todo en el centro del pueblo, estaba rodeado de verjas. Como maromeros de circo nos trepamos improvisadamente por la verja de la casa aledaña. En realidad, yo no puedo jurar que vi mucho. Rubén señaló hacia lo que parecía un cocodrilo reposando entre las verjas de las dos casas. Ciertamente era más mofletudo que el de Américo Valdés, al que alimentaban solamente con perros, gatos y, si tenía suerte, con una que otra gallina. Pero a todos nos dio pena verlo allí solito, sin la compañía de niños y niñas que lo incitaran a levantar la cabeza. La aventura nos rompió el alma: el cocodrilo de los Domínguez, tan anunciado por mi primo, era víctima del encerramiento y aislamiento social de los ricos de mi pueblo. Norma, una amiga de infancia en Carioca y que, como yo, no guardaba sus pensamientos por más de dos segundos, preguntó indignada: “¿Para qué tanta verja, si al cocodrilo de Américo Valdés lo sacan a pasear en Carioca los domingos con un lazo en la cabeza?” Pobrecito, eso fue los que nos pareció; un cocodrilo triste, desgajado de vínculos sociales con niñas y niños traviesos.

Si los cocodrilos de Guayama estuvieran vivos, las cosas que podrían contarnos serían materia prima para un cuento. Las verjas y portones de las casas de los ricos de mi pueblo, siempre poniendo barreras entre los grupos sociales. Yo, que no soy cuentero, concluyo esta narración nostálgicamente parafraseando a don Luis Palés Matos: ¡Piedad, Señor, piedad para mi pobre pueblo! / Sobre estas almas simples, desata algún canalla/ que contra el agua muerta de sus vidas arroje/ la piedra redentora de una insólita hazaña / o que, por lo menos, tumbe las verjas, para que se los coma un cocodrilo…

Cine estrena documental Desalambrando

El próximo miércoles, 13 de septiembre será el estreno en Cinema Bar, ubicado en el Cuartel de Ballajá en Viejo San Juan, del documental Desalambrando, producido ejecutivamente por la socióloga Liliana Cotto Morales y dirigido por Pedro Ángel Rivera.

El estreno también es un compartir artístico porque la cantante Chabela Rodríguez y el teatrero Pedro Adorno amenizarán la velada, que comienza a las 7:00 de la noche con la proyección de la primera tanda. Se ha abierto una segunda tanda a las 9:00 de la noche, por lo que todos los asistentes podrán disfrutar de la intervención artística a las 8:00pm. Además, el costo de entrada ($7.00) incluye una copa de vino.

Basado en el libro Desalambrar de Cotto Morales, el documental de una hora de duración muestra y analiza las luchas por el territorio y la vivienda en Puerto Rico entre los años 1960 y finales del siglo pasado.

Aunque el libro y el documental son medios o métodos narrativos diferentes, ambos recogen las voces de los rescatadores de tierras, y son instrumentos para que nuevas generaciones no olviden este episodio épico de simples ciudadanos comunes defendiendo sus derechos, según indica la autora en su portal electrónico.

En ambos medios, el eje de la historia está conformado por los testimonios de los rescatadores de tierras y de habitantes en los centros urbanos bajo amenaza de desalojo. A juzgar por Cotto Morales, lo importante de las dos herramientas educativas es que evidencian cómo estas luchas legitimaron a los pobres como actores políticos, cuestionaron la política partidista y buscaron autonomía frente a los gobiernos, los partidos y el mundo corporativo.

Según compartió la productora ejecutiva con En Rojo, en el momento de producción del libro le interesaba trabajar el tema de las acciones colectivas. “Eso me llamó la atención porque en Puerto Rico, aún los más perseguidos como el Partido Nacionalista o el Comunista, se concebían como organización. Aunque ha habido una historia tremenda de exclusión y abuso con estos sectores (de ciudadanos pobres), en el 1969 emergen acciones colectivas de esos sectores, anteriormente no politizados ni identificados con organización alguna”, dijo.

A diferencia de los rescates de terreno – algunos le llaman invasiones de terreno – que se realizaron en Puerto Rico durante los años 1930 y 1940, “en los 60 vamos a tener una toma de tierra por gente pobre que no son campesinos, sino gente urbana que no caben en la ciudad y empieza a buscar terrenos suburbanos… era la gente que quería salir de los residenciales, que no podía pagar las urbanizaciones, que se fue a Nueva York y regresó porque en el Bronx quemaban los edificios y no llamaban a los bomberos”, explicó Cotto Morales sobre la etapa de rescates de terreno que se expone en el documental.

Es el parecer de la autora que las movilizaciones de las y los rescatadores aportaron contenidos culturales, sociales, estratégicos y simbólicos que le dan forma a la política de los movimientos sociales de hoy. Precisa y acertadamente, el documental concluye con un epílogo que le da un giro al pasado y exhibe la vigencia del tema en el Puerto Rico actual.

Sobre ese giro al pasado, la socióloga comentó que en el documental se trata otra perspectiva de la “lucha de nuestros pobres, de los que siempre dicen que andan enajenados”. “Hay unos referentes históricos que dicen lo contrario. En los rescates, es la primera manifestación de irrumpir en la vida política desde una identidad de pobreza que se combinó en 1975 con el movimiento obrero”, argumentó.

Por otro lado, el documental expone todo el análisis que hizo Cotto Morales con los cortes de periódico del Claridad y del San Juan Start de la época, pues fueron su fuente de información sobre el tema. Para la socióloga, el material encontrado en ambos periódicos evidencia el buen uso de la prensa escrita como fuente de documentación para la elaboración de un libro y un mediometraje de tema sociológico.

La narración de esta historia da cuentas de cómo los rescates fueron acciones que inevitablemente forjaron verdaderas comunidades, un sentido de familia extendida y de solidaridad entre los sectores pobres afectados. “Es una historia de héroes que nadie conocía. Y los héroes no son Aquiles ni Odiseo, si no son los pobres puertorriqueños”, resaltó la productora ejecutiva.

“Me interesaba que se viera que nuestras luchas son unos procesos que tienen precedentes. Creo que el documental comunica que hay un legado en nuestra historia de luchas frente a crisis. A mí me parece que nos regala dos cosas que necesitamos para las luchas de ahora: las lecciones de lo que salió bien y mal, y la energía y el orgullo de los manifestantes de esos tiempos”, concluyó Liliana.

En definitiva, por el sentido de colectividad que captura, esta narrativa documental representa un buen espejo para la resistencia que tendrá que continuar teniendo el pueblo de Puerto Rico, más aún en estos momentos de desesperanza que atraviesa.

Tanto el libro Desalambrar, como el documental y el mapa biográfico Ruta Betances, todos de la autoría de Liliana Cotto, están a la venta en la Claritienda y estarán disponibles durante la noche de estreno en Cine Bar.

Conversando con René Rodríguez Soriano

El conocimiento de nuestra realidad antillana y caribeña debe ocupar uno de los primeros lugares en el orden de prioridades de nuestros saberes. Y en nuestra inmediatez de ese mar compartido, se ubica la isla de La Española, una de cuyas mitades es ocupada por nuestros hermanos dominicanos, quienes no solo son nuestros vecinos geográficos, sino que también lo son literalmente en nuestras comunidades boricuas. De ahí que sea deber cultural nuestro el conocer la historia, la literatura, los grandes hombres y mujeres de esas antillas, que también son hermanas lingüísticas: Cuba y República Dominicana.

Entre los más reconocidos escritores dominicanos actuales, se encuentra René Rodríguez Soriano (cuento, novela, poesía), actualmente residente en el estado de Texas en los Estados Unidos. Sobre su persona y su obra se ha publicado A toda lágrima y a toda sed. Conversaciones con René Rodríguez Soriano, edición en la que la Dra. Sara María Rivas (ponceña) hace un acopio de 34 entrevistas realizadas a la persona del escritor, oriundo del elevado pueblo de Constanza.

La doctora Rivas, actualmente profesora de Literatura del Caribe en Georgetown College en Kentucky (EUA), describe en el prólogo del libro su primer contacto con la literatura de Rodríguez Soriano, que se inicia como poeta en la década de 1970 y como narrador en la del ’80. En quien, según Rivas, se percibe como constante un “lenguaje poético y rítmico que no se circunscribe a sus textos líricos”.

Las entrevistas que recoge el libro, organizadas en orden cronológico, fueron realizadas por colegas escritores, periodistas y lectores, y se ofrecen con el propósito de que quienes se acerquen a ellas puedan “adentrarse en la mente del autor” y “entender su proceso creativo”.

En el prólogo, que lleva por título “Carta de navegación en las aguas del deseo y del placer”, la doctora Rivas afirma que la narrativa de René Rodríguez Soriano “es un escenario a través del cual desfila esa gente, ese pueblo que a fuerza de machete y tambor ha forjado una historia de dignidad y decoro”. Señala, además, que a Rodríguez Soriano “hay que saber leerlo”, ya que “su mundo interior no siempre es fácil de descifrar”.

Las entrevistas se dividen en tres secciones acordes con ubicaciones geográficas de residencia del autor, mudanzas realizadas en concatenación con su desempeño como creativo de publicidad, campo sobre el cual expresa en una de las entrevistas: “En mí se ha roto el mito de que la publicidad castra al escritor”. La primera de las secciones abarca entrevistas y reportajes publicados en la República Dominicana, la segunda incluye las realizadas en Miami, Florida y la tercera sección está dedicada a las entrevistas llevadas a cabo desde que reside en Texas.

Rodríguez Soriano hizo periodismo en su pueblo natal de Constanza, donde fundó dos periódicos, entre ellos El Ananké (1966-1970). Sin embargo, siempre se ha considerado un escritor a quien no le preocupan los preceptos de la escritura ni las clasificaciones por géneros o generaciones. Este desentenderse de todo tipo de encasillado lo lleva a autocualificarse como un escritor “degenerado y desgeneracionado”: “Soy un escritor degenerado. La mayoría de los poetas, por una supuesta imputada fabulación que les resulta sospechosa, me excluyen de su gremio. Los narradores, por su parte, no soportan el tufillo poético que emana de mis textos.”

Leer las reacciones de Rodríguez Soriano ante sus entrevistadores es leer poesía, es percibir un cautivador ritmo lingüístico y atestiguar una espontánea creatividad que surge de la fuerza de sus palabras a las que alude como “las fusas y semifusas del alma”.

Veamos, pues, algunos ejemplos: “Escribo para espantar dinosaurios y otras sierpes de bífidas ponzoñas, para lavarme del tedio, la envidia y la desidia. Voy con el sentimiento en ristre, a toda marcha, y un detector de adulaciones siempre a mano.” También resaltamos lo siguiente: “Son mis dedos los que escriben, como vasija o caja de resonancia, no hago otra cosa que seguirlos por los descampados del lenguaje, sin reloj y sin capote para el hastío y la desesperanza.”

Sobre su modo de escribir afirma nuevamente: “Yo dejo que la escritura fluya, a mí, escribir me pauta un ritmo. Soy un músico frustrado, la música siempre está presente en mis textos, escribo marcando el compás con mis pies.” Sobre sus preferencias al leer acota: “Mis lecturas van desde el más tenue hasta el más encendido de los naranjas de los atardeceres del Caribe”. Y sobre la política, enuncia: “La política no hiere; los que dejan asquerosas llagas son los políticos, saltimbanquis de feria de mala muerte.”

Esta recopilación de entrevistas que edita la Dra. Sara María Rivas se complementa con una sección que titula “René Rodríguez Soriano, básico” en la que enumera todo lo publicado por este, las antologías en las que aparece alguna de sus obras, los prólogos que ha escrito y una bibliografía sobre el autor y su obra. Encontraremos también breves reseñas sobre cada una de las personas cuyas entrevistas este libro acopia, cerrando con lo que Rivas llama “Cuaderno de bitácora” sobre lecturas realizadas por ella para la edición de este libro.

Tan solo el leer las respuestas ante las preguntas de sus entrevistadores es ya suficiente para darnos cuenta de la riqueza intelectual y creativa del escritor ante el cual estamos. Tanto la obra de este autor dominicano como el libro que sobre su persona edita la puertorriqueña doctora Rivas han de ser, por tanto, lecturas caribeñas obligadas.

(A toda lágrima y a toda sed. Conversaciones con René Rodríguez Soriano. Editora: Sara María Rivas. Colección del Banco Central de la República Dominicana, Departamento Cultural, 2017)

Topografía: Homenaje en dos cartas a “La carta”

Mi vecino, el novelista, que nunca ha publicado una novela, pero así le decimos de cariño, por sus ocurrencias, nos ha enviado dos ejercicios narrativos en homenaje al conmovedor texto, “La carta” (1947), del gran cuentista puertorriqueño José Luis González (1926-1996). Se trata de la antigua práctica del homenaje por imitación. Honramos, pues, el envío y le recomendamos al amigo que continúe con su entrenamiento. No sabemos si el Maestro hubiera aprobado nuestra flexibilidad.

Presentamos primero el texto original de J. L. González y luego las dos variaciones. Los lectores deben recordar lo siguiente. El cuento que sirve de modelo se compone de dos partes. En la primera narra el protagonista Juan (sus errores ortográficos forman parte del efecto literario) y en la segunda, un narrador (no personaje) que revela la información verdadera. Ya en las variaciones del homenaje, nótese el juego con las funciones de los personajes de Petra, Felo y Juan.

Veamos las cartas. (La original está dedicada a Graciany Miranda Archilla.)

“San Juan, Puerto Rico

8 de marso de 1947

Qerida bieja:

Como yo le desia antes de venirme, aqui las cosas me van vién. Desde que llegé enseguida encontré trabajo. Me pagan 8 pesos la semana y con eso vivo como don Pepe el alministradol de la central allá.

La ropa aqella que quedé de mandale, no la he podido compral pues quiero buscarla en una de las tiendas mejores. Digale a Petra que cuando valla por casa le boy a llevar un regalito al nene de ella.

Boy a ver si me saco un retrato un día de estos para mandalselo a uste.

El otro día vi a Felo el hijo de la comai María. El tambien esta travajando pero gana menos que yo.

Bueno recueldese de escrivirme y contarme todo lo que pasa por allá.

Su ijo que la quiere y le pide la bendisión.

Juan

Después de firmar, dobló cuidadosamente el papel ajado y lleno de borrones y se lo guardó en el bolsillo posterior del pantalón. Caminó hasta la estación de correos más próxima, y al llegar se echó la gorra raída sobre la frente y se acuclilló en el umbral de una de las puertas. Dobló la mano izquierda, fingiéndose manco, y extendió la derecha abierta. Cuando reunió los cuatro centavos necesarios, compró el sobre y el sello y despachó la carta.”

Hasta aquí el texto de J. L. González. Ahora leamos las dos variaciones.

“San Juan, Puerto Rico

8 de marzo de 1947

Querida vieja:

Como usted me dijo. No hice más que llegar y enseguida fui a ver a Pepito, el sobrino del Administrador. Acaba de abrir un bar al que le han puesto de nombre La Central, en honor a los viejos tiempos, según él dice, pero yo no me río pues conozco la realidad. Lo que sí da gracia es que como queda cerca de otro que se llama Agapito’s la gente, de relajo, le dice Pepito’s. A él le da coraje porque dice que le quitan la originalidad del nombre. Bueno, pues adivine quién lo atiende. No es que siempre me encargue del bar, lo hago solo ciertos días en que hay muchos clientes. También vienen mujeres a bailar y fumar con los hombres pues es un sitio moderno. Como puede ver en la foto, es un sitio muy concurrido, como dice Pepito. El que está mirando para el lado donde está el Correo es Juan, el que vivía con su mamá en la calle de atrás, ¿se acuerda? El que estaba interesado en Petra. Al otro día de la fotografía lo arrestaron por robarle la cartera a un señor que salía del correo. Parece que cuando lo de la foto ya lo estaba pensando. Esas cosas pasan mucho por acá. Espero que haya recibido la ropa que le mandé. Me puede escribir a la dirección que aparece en el sobre. Por ahora vivo en los altos del bar, con Pepito, su esposa y el nene de ellos, José Luis, que es avispao y algo tartamudo. Vieja, le pido un favor, cuando vaya a casa del Administrador a llevar la ropa limpia, dele la otra carta que envío a Rosita, que trabaja en la cocina. A lo mejor me la traigo para acá, digo, si ella quiere. Bueno, vieja, me voy que hay clientes. Su hijo que la quiere, Felo.

Después de firmar, arrugó cuidadosamente el papel hasta formar una bola, luego con la mano izquierda la elevó suavemente y con el puño derecho la bateó. La bola golpeó contra la pared. Al rebotar fue a caer en las manos de Petra que se la puso entre los dientes como si fuera una fruta mientras Juan se le acercaba fingiéndose amenazante y abriendo la boca como para comérselas a ella y a la carta-bola-fruta. Ella rió y la bola salió disparada y cayó en las manos de Juan. Ambos reían ahora, y todavía riéndose comenzaron de nuevo otra carta de juego para José Luis, pues así se lo habían prometido.”

A continuación, la segunda versión.

“Transilvania, Rumania

31 de octubre de 1897.

“Querida vieja:

Como le dije en el puerto antes de subir al barco. Todo ha salido bien. Sus oraciones han sido oídas. Estoy al servicio de un noble de antiguo linaje. Vivo en su castillo en lo alto de una montaña. Tengo habitación, comida y todos los gastos pagos. Además, tengo libres los fines de semana. Vivo mejor que de sirviente en la casona de la hacienda. Aunque no es excelente, mi conocimiento de la lengua ha sido muy útil. ¡Qué fortuna haber tenido un rumano extraviado en nuestro pequeño pueblo, y tan dispuesto a enseñar su idioma! Dios tenga en su gloria al Dr. Ionesco.

Tan pronto pueda, uno de estos fines de semana iré al pueblo. Le voy a enviar algunas figuritas de las que hacen aquí. Hay una que me ha llamado la atención, la de San Jorge a caballo con su lanza.

Los otros días me pareció ver a Felo, pero es poco probable. El hombre nunca se había alejado del pueblo. Hasta lo de su novia. Yo también perdí la mía, como usted sabe. Bueno, vieja, después le escribo más. Ahora tengo que trabajar, pues a eso fue que vine. Todavía no le digo que me escriba porque aquí el correo es raro y no sé bien cómo funciona.

Su hijo que la quiere y le pide la bendición.

Juan.

Guardó la carta en el sobre y bajó las escaleras hasta el pequeño recibidor de la pensión. Allí se la entregó a la dueña pidiéndole que la enviara. La señora accedió con una sonrisa. Luego regresó al cuarto y fue al ropero de donde sacó el maletín con las herramientas. Entonces se oyeron golpes en la puerta. Caminó hasta ella y la abrió. Era Felo. Esa tarde se dirigieron a caballo hasta el castillo en lo alto de la montaña. Ningún cochero los quiso llevar. Entraron al castillo y se adentraron en los sótanos. Esquivaron telarañas y ratas. Fueron sacando una por una todas las tapas. Mientras hacían el trabajo miraban con ojos llorosos a sus novias. Ya casi estaba por anochecer, pero el tiempo dio justo para levantar la tapa de la caja más adornada y pesada de todas. Cuando la primera sombra empezaba a colarse en el viejo castillo, la estaca ya había atravesado el corazón del conde. ”

Aquí termina el homenaje (en dos cartas) de mi vecino, el novelista, a “La carta” de José Luis González. Esperemos que el Maestro no pierda la serenidad.

El autor es profesor de la UPR en Río Piedras.