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La forma viva y fulgurante del concepto de Revolución

“…nosotros estamos seguros de una cosa: que cualquiera que sea ese futuro, fácil o duro, la victoria será de nuestro pueblo”

El concepto de Revolución enunciado por Fidel ante la multitud reunida en la Plaza el Primero de Mayo del 2000 encierra uno de los legados más relevantes de su liderazgo a la teoría y la práctica socialistas, tanto por la riqueza de su contenido como por su significado histórico.

Fidel concretó en admirable síntesis su experiencia como protagonista de un proceso de transformaciones radicales, que lo llevó de organizar una vanguardia política para el derrocamiento de la dictadura y la toma del poder, a encabezar una guerra de guerrillas que derivó en un ejército y un movimiento popular, y encauzar los cambios necesarios para que la vindicación de derechos económicos, sociales, políticos y culturales de las mayorías preteridas, comenzando por los trabajadores y los campesinos, fuera por primera vez en la patria un hecho real.

No debe olvidarse cómo todo ello se fue logrando en medio de tensiones espectaculares: la agresión imperialista, el bloqueo económico de Estados Unidos contra Cuba, el cerco diplomático de la mayoría de los países de la región y la herencia del subdesarrollo.

Cuando estaba a punto de despedirse el siglo XX, muchos de los avances se vieron seriamente amenazados por la desaparición de la Unión Soviética y la desaparición del campo socialista de Europa oriental, y el recrudecimiento de la hostilidad imperial, puesta de manifiesto en leyes aprobadas por el Congreso y una nueva ola de ataques terroristas en suelo cubano.

En ese contexto deben considerarse, además, otros dos aspectos: de una parte las dictaduras auspiciadas por Washington en América Latina habían cedido su espacio a la aplicación de la ortodoxia neoliberal; de otra, aún era muy incipiente la irrupción en la región de procesos emancipadores, emergentes en el marco de las reglas del juego de la democracia representativa, impulsados por nuevos movimientos sociales.

Pienso que Fidel sintió la necesidad de resumir dialécticamente cuál debía ser el alcance y la perspectiva de accionar revolucionario. Marxista leninista ajeno a dogmas paralizantes y esquemas estériles, martiano de honda raíz y acendrada convicción, el líder de la Revolución cubana había consolidado un mirada holística de la realidad y, con ejemplo personal por delante, había sabido emprender el camino cuesta arriba aun en las circunstancias más difíciles.

Pero pienso también de que no se trataba de volver la vista, sino de adelantarse a las condiciones en que previsiblemente tendría que desarrollarse la Revolución, su vanguardia política y la sociedad cubana en su conjunto durante los tiempos por venir; en el horizonte el relevo generacional de los liderazgos y el advenimiento de nuevos protagonistas en la escena nacional.

De ahí el carácter sistémico e integral del concepto elaborado y transmitido por Fidel. Obviamente cada uno de sus enunciados posee valor intrínseco, pero se reduciría su dimensión si se fragmenta la totalidad y esta no se aprehende como una concatenación inalienable.

Suelen detenerse muchos en dos aspectos de la definición fidelista: el sentido del momento histórico y de cambiar todo lo que debe ser cambiado. Lo primero exige tomar en cuenta la dialéctica entre táctica y estrategia, entre lo eventual y lo permanente, lo aparente y lo real y por supuesto, cerrar las puertas a la superficialidad y la improvisación. Exige responsabilidad política en cualesquiera de los roles que nos corresponda en el entramado social.

Esto es esencial en la ruta de los cambios imprescindibles para el perfeccionamiento del modelo socialista cubano. El Primer Secretario del Partido, General de Ejército Raúl Castro ha insistido en más de una ocasión que toda transformación debe transcurrir sin prisa pero sin pausa, para evitar errores lamentables originados en la precipitación y la inmadurez. De modo que no se trata de cambiar por cambiar, sino de saberlo hacer en su momento. También es un llamado a enfrentar la inercia, el inmovilismo y el anquilosamiento en el análisis de la realidad.

Otra de las pautas del concepto fidelista apunta a la consolidación de la unidad y la cohesión social. A no perder de vista los posibles efectos de la reestratificación social condicionados por situaciones económicas. Pero sobre todo a no permitir la introducción de modelos y modos de ser ajenos a la naturaleza del proceso cubano.

Pero el eje que recorre la definición del Comandante en Jefe es el de la ética.

Transparencia, honestidad, fidelidad, lealtad y compromiso se nos revelan como claves para el cumplimiento del deber, más allá de contextos y tribulaciones eventuales.

En tal sentido, invita a tender una línea de continuidad con la estatura moral de José Martí y Ernesto Che Guevara, quienes supieron defender verdades y exponerlas, se mantuvieron firmes a sus convicciones y principios, y predicaron con el ejemplo. Fidel mismo es un ejemplo de ética revolucionaria y de confianza en el triunfo de las ideas.

Pocas horas después del desembarco del yate Granma por Las Coloradas, los expedicionarios fueron cercados, dispersados y parte de estos asesinados. Fidel quedó prácticamente solo debajo del pajonal que cubría el terreno donde él se hallaba en Alegría de Pio. En ese momento, un compañero lo escuchó hablar de planes futuros, de lo que habría que hacer cuando ganasen la guerra. Aquel pensó por un instante que deliraba; pronto sabría él y muchos más, que para Fidel la victoria es la única aspiración posible de los legítimos luchadores.

Otra imagen suya inolvidable es la de la clausura del IV Congreso del Partido en Santiago de Cuba. Sobre la Plaza de la Revolución Antonio Maceo comenzó a llover.

Fidel inconmovible no detuvo su alocución al pueblo. Con estilo diáfano y con todas las cartas en la mano, expuso las graves dificultades que se avecinaban, pero también la decisión de no ceder ni un ápice en los principios ni en el espíritu de lucha.

La forma viva y fulgurante del concepto de Revolución es Fidel.

Comentarios a: pedro@granma.cu

Reproducido de www.granma.cu

Agradecido

Siempre he querido agradecer la solidaridad de muchos con mis palabras acerca de nuestras realidades. Esta vez quiero agradecer en particular a la persona  que se enfureció por el comentario negativo de uno de los lectores. Quiero compartir con ustedes varios pensamientos sobre cómo veo los comentarios negativos, que aunque no los justificara, los podría entender.

–Este mundo está tan lleno de falsas imágenes que es dificilísimo ver la realidad.

–Cada quien juzga de acuerdo a sus propios valores, vivencias o entendimiento.

–Detrás de todo razonamiento hay unos porqués que es necesario conocer para entender lo expresado.

–Dentro de otras circunstancias, yo mismo pude haber sido lo que hoy detesto.

–El fanatismo no analiza, reacciona automáticamente sin siquiera pensar, y cualquiera puede caer en eso.

…..

En todas las colonias del mundo, incluyendo las trece colonias, siempre han sido las minorías las que han logrado evitar enfangarse en el lodo colonial. Desgraciadamente, Puerto Rico no es la excepción.

En las prisiones donde estuve, muchos prisioneros me decían que yo era diferente a ellos porque era un prisionero político. Yo les contestaba que la única diferencia entre nosotros era las circunstancias en las que nos habíamos formado. Si yo me hubiera formado en sus circunstancias, estaría encarcelado por lo que ellos lo estaban y si ellos se hubiesen formado en mis circunstancias, estarían en prisión por lo que yo lo estaba. Gracias a todos. Y como nota aparte, el señor Trump, el que nos deshonró con su visita y quiso humillarnos diciendo que los puertorriqueños esperaban que todo se lo hicieran, quiero sugerirle que lea sobre la historia de Puerto Rico y verá que cada vez que los puertorriqueños luchamos por tener los poderes para decidir nuestro destino y hacer por nosotros mismos lo que haya que hacer, los personeros del imperio nos persiguen, difaman, carpetean, encarcelan, y masacran. Pero la lucha por ser nuestros propios dueños continuará. Sépalo usted, señor Trump.

La resistencia como forma de esperanza

Desde este domingo 26, las Iglesias cristianas más antiguas nos invitan a intensificar nuestra esperanza en la realización del programa o proyecto que Dios tiene para el mundo y que nos reveló a través de las diversas tradiciones espirituales. Las comunidades católicas, luteranas y anglicanas empiezan el tiempo del Adviento, o sea, el anuncio de la venida del Señor. En las celebraciones, muchas veces, los cristianos escucharán la palabra vigilancia. Los evangelios piden que nos mantengamos despiertos y atentos. Actualmente eso si puede traducir por nuestra capacidad de resistencia. Resistir es una dimensión fundamental para una vida sana y justa. De otro modo, como reaccionar frente a un mundo que concentra la riqueza en manos de 60 personas y deja más de dos mil millones de seres humanos sin condiciones de una vida digna? ¿Cómo quedarnos indiferentes a la idolatría del mercado que lleva el gobierno de los Estados Unidos a romper con los acuerdos de la ONU sobre el clima? ¿Cómo decirse cristianos y aceptar una cultura que estimula la indiferencia frente al sufrimiento de los otros?

Dicen que alguien es resistente cuando muestra condiciones físicas para suportar un largo camino o vencer obstáculos de la naturaleza. Así como hay una resistencia individual, necesitamos también desarrollar una energía que se exprese en resistencia social y política.  Así, comunidades pobres y sin defesas resisten a la violencia policial y si mantienen unidas en una ocupación urbana o rural. Así, en barrios pobres y violentos de Rio de Janeiro, São Paulo, Buenos Ayres o Bogotá, la juventud organiza grupos de teatro y los adolescentes forman bandas de reggae o hi-hop, músicas a través de las cuales ellos cantan lo que sufren.

En el plan social y político, resistir significa poner en cuestión dogmas y valores de esa sociedad de la acumulación y del consumo. Para eso, es necesario mirar la vida y la historia desde un ángulo opuesto a lo que el sistema dominante presenta. En una sociedad desigual, para cambiar la realidad, es necesario asumir el punto de vista de las personas que viven en la marginalidad, como víctimas de la injusticia social. Es eso que el papa Francisco tiene enseñado. Contraponerse al mundo dominante es una forma de dejarse conducir por el Espíritu Divino. La resistencia profética hace parte del DNA de las tradiciones espirituales y también del Cristianismo. A los cristianos de Roma, Pablo escribió: “No acepten conformarse con ese mundo. Busquen transformarse por la renovación de la comprensión espiritual para experimentar la buena, agradable y perfecta voluntad de Dios” (Rm 12, 2).

TOPOGRAFÍA: La pequeña Utopía

Papá, ¿por qué tengo que ir a la escuela? Para que aprendas mucho. ¿Y para qué? Para que puedas conseguir un empleo y trabajar. ¿Y para qué? Para que puedas vivir y . . . Pero yo ahora vivo y no trabajo. Pero estudias. Quiero decir que en el futuro, cuando seas grande, puedas tener tu casa, comprarte comida etc. ¿Entonces la casa hay que comprarla? Sí, hay que pagarla con dinero. Y esta casa, ¿tú y mamá la compraron? ¿Es de nosotros? Bueno, sí y no. ¿Cómo es eso, papá? Te explico. La casa, aunque vivamos en ella, en realidad, no es nuestra, nosotros se la pagamos al banco. Cuando terminemos de pagarla, será, por fin, completamente nuestra. ¿Y cuándo será eso, papá? Uf, para eso faltan años. ¿Y mientras tanto, ustedes trabajan para pagarla? Sí, para pagar la casa y otras cosas. ¿Y si el banco nos regala la casa, tú y mamá no tendrían que trabajar para pagarla? Trabajamos para pagar otras cosas también, pero si el banco nos regalara la casa, no, no tendríamos que pagarla. Pero el banco, hija, no va a hacer eso. ¿Por qué no? Tú me has dicho que uno le regala cosas a la gente porque sí, porque la quiere, como cuando ustedes me regalan cosas a mí. Tienes razón, pero es que el banco quiere aumentar sus ganancias. No va a querer regalarnos la casa. O sea, papá, que el banco no nos quiere. Bueno, digamos que el banco no nos quiere del modo en que tu mamá y yo te queremos. ¿Y por qué la casa es del banco? Digamos que nos prestó el dinero para comprarla, y ahora nosotros le devolvemos ese dinero al banco. Pero, papá, si el banco les prestó dinero entonces les ayudó, y eso quiere decir que nos quiere. Bueno, hija, lo que pasa es que ahora hay que pagarle una cantidad mayor. ¿Por qué? Por lo que te dije antes, el banco quiere obtener más dinero. ¿Pero, papá, por qué el banco es así? Hija, así son las cosas en este mundo. Papá, ¿y en toodo el mundo es así? ¿Toda la gente en el mundo tiene que pagarle su casa al banco? No estoy seguro, pero creo que hay países donde no es así. ¿Y para qué otras cosas tienen ustedes que trabajar? Como ya te dije, para pagar por la luz, el agua, los alimentos. ¿También la luz y el agua se compran? Sí, se paga por todo eso. ¿Entonces hay que pagarle al sol y a la lluvia? No exactamente al sol y a la lluvia, pero al gobierno o a la compañía que se dedique a ese negocio. ¿Cómo que un negocio? No entiendo, papá. Pues como ya te dije, es como el banco. Para que recibas el servicio de agua y luz tienes que pagar. Tú dijiste que el banco era el dueño de la casa, ¿ahora me vas a decir que el gobierno o una compañía son los dueños del sol y de la lluvia? Bueno, no es que sean los dueños y ya, es que traer la luz y el agua hasta las casas es un servicio por el que se paga. Pero una amiga en la escuela me dijo que su mamá ya no pagaba luz porque la cogía directamente del sol. Esa es una buena idea, a lo mejor la mamá de tu amiga tiene una planta solar que almacena la luz del sol. Y también me dijo que ellos pusieron una palangana bien grande en el techo de la casa para recoger la lluvia y ya no tienen que pagar el agua. Tú te refieres a una cisterna, sí, claro, esa es también una buena idea. O sea, papá, que si el banco nos regala la casa, cogemos la luz del sol y ponemos una palangana grande para la lluvia, entonces ustedes no tendrían que trabajar y habría más tiempo libre. No es tan fácil, hija. Pero tú me dijiste que el trabajo es para conseguir el dinero para pagar la casa y las cosas. Sí, pero también hay que comprar comida. Ah, es verdad, sí. Pues solo trabajarían para comprar comida y ya. Oye, hija, también hay que pagar por el médico, las medicinas y, si fuera necesario, por el hospital. Ah, ¿también hay que pagar si uno se enferma? Así mismo, hija. ¿Pero, papá, por qué hay que pagar por eso? Ya te dije, eso también es un negocio. Todos quieren sacar ganancias, tener más dinero. Pero vamos a ver, papá, si todo, óyeme bien, toodo fuera gratis y nadie le tuviera que pagar nada a nadie porque nadie le debe nada a nadie, ¿no sería más fácil vivir? Hija, ¿y cómo la gente va a obtener las cosas que necesita si no las compra? Ay, pues bien fácil, con un intercambio de regalos. Tú le das un servicio al vecino y él te da uno a ti. Tú, por ejemplo, ¿trabajas? ¿Cómo que si trabajo, es que tú no me ves? Sí, es verdad. Pues como te decía: tú haces lo tuyo y otras personas hacen lo suyo y así todos colaboran. Bueno, ¿y tú por qué te preocupas tanto, es que no quieres ir a la escuela? No, si a mí me gusta la escuela. A mí me gusta aprender a hacer cosas, saber, preguntar. Eso ya lo veo. Pero, papá, eso del trabajo no lo entiendo bien. Hija, ¿no te lo acabo de explicar? Sí, pero no sé, suena aburrido y me pone triste. Me dices que hay que trabajar para conseguir dinero, y resulta que el dinero es para pagar la casa, la luz, el agua, la comida y las medicinas. Entonces a las personas se les va el tiempo en buscar el dinero para pagar esas cosas para entonces al otro día volver a buscar el dinero para volver a pagar esas cosas y así. ¿Y cuándo se termina eso, papá? No entiendo. No entiendo. Hija, no se puede vivir sin trabajar. Pero, papá, la gente no tiene tiempo libre si debe trabajar tanto para pagar las cosas. Bueno, digamos que es una necesidad de la que nos quisiéramos liberar. ¿Entonces, papá, el trabajo es como tener mala suerte, algo que te pasa pero que tú no quieres que pase? Algo así, hija. ¿Y todos lo que viven tienen esa mala suerte? Bueno, yo diría que casi todos. ¿Cómo que casi todos, hay quienes no trabajan? Hay pocas personas que no tienen esa necesidad. ¿Entonces nacieron con buena suerte? Tal vez se podría decir eso. ¿Y quiénes son, papá, dime, quiénes son? Bueno, yo no los conozco personalmente, pero supongo que son los dueños de las tierras y de las grandes industrias, de compañías de petróleo, comunicaciones, computadoras etc. ¿Como el banco al que le pagas la casa? Así mismo. Pero tú dices que son pocas personas. Sí. ¿Y siendo tan pocos tienen tanta buena suerte? Sí. ¿Son como los dueños de casi toda la buena suerte? Se podría decir que sí. ¿Y cómo es que no comparten su buena suerte con los que tienen mala suerte? Por la misma razón que el banco no nos regala la casa. Ellos quieren poseer más dinero. ¿Y por qué los que tienen poca suerte no hablan con los dueños de casi toda la buena suerte para que los ayuden? Una gran pregunta. Pero es más complicado. ¿Y bueno, tú que tanto preguntas, qué harías con el tiempo si no tuvieras que trabajar? Pues haría lo que quiero hacer, no importa el trabajo o el esfuerzo, porque es lo que deseo hacer. ¿Quieres ver la lista? Empezaría por hablar mucho con los abuelos para que me contaran cómo empezó todo esto . . . Está bien, hija, te creo. Ahora, por favor, trabaja con tus tareas que se hace tarde. Ah, y gracias, Utopía. ¿Por qué, papá? Lo sabrás cuando esto salga publicado.

El autor es profesor de la UPR en Río Piedras.

Muertes realengas (fragmento)

Boricua Noir es una propuesta de difundir la literatura detectivesca y criminal en Puerto Rico. Es un homenaje a Francisco Velázquez, el maestro del género. Este es el segundo texto que publicamos. Agradecemos al escritor Josué Montijo por iniciar la serie y por sugerirnos este proyecto.

Las extrañas muertes habían comenzado poco antes de que Abercombry hiciera volar el puente sobre el caño Martín Peña. Recién construido, había suplantado al viejo puente de madera que crujía al paso de los vendedores o de las decenas de cerdos que desfilaban al mercado y al matadero. Pero el inglés no dejó que aquel paso se llenara de recuerdos. Lo hizo estallar a las dos semanas de invadir la isla. Sabía que era el único paso hacia el Hato del Rey y los barrios de Río Piedras. Cortaba la comunicación con el resto de la isla. San Juan se hallaba entonces sola en su defensa contra el invasor. Pero aquellos días terribles en los que las baterías de defensa componían música de guerra yo seguía pensando en aquellas desapariciones que ocurrían fuera de las murallas de la ciudad y a nadie parecían interesarle.

Por supuesto, había otras necesidades. Carne, por ejemplo. Y harina. Porque poco tiempo antes del ataque inglés, había llegado a la isla un cargamento de víveres que pudo alimentar a la guarnición. Pero si hubiere durado algunos meses, el hambre derrotaría a las defensas. Mientras todo esto ocurría algunas mujeres seguían las faldas del obispo en una rogativa a Santa Ursula y las once mil vírgenes. Un riesgo. Si llegaban a las cercanías de la isleta serían blanco fácil. Además las teas encendidas eran una invitación a disparar. Cuando finalmente se alejaron los ingleses el obispo le adjudicó el triunfo a la santa y le hizo misa. La cosa era menos mística. Los tiros, los mosquitos y la disentería eran tan cerrados como las murallas. Pero quizás los ingleses si podían ver a las once mil vírgenes flotando sobre el cielo azul manchado de pólvora. O a través de los mangles de Cangrejos usando escudos de carey y espinas. Le pregunté a un soldado qué había permitido el triunfo de las defensas. Fue parco: galletas, tocino y queso.

Luego supe que al general escocés la vida le había dado dos cosas: victorias y derrotas. Y que en su derrota en San Juan la enfermedad hubo de recordarle a otro general de la corona que defendía, pues uno de aquellos había repartido mantas infestadas de viruela a los indios en el norte de América. Con esa crueldad acabó con ellos sin sufrir pérdidas. Y al otro inglés Francis Drake, que murió de vergüenza. Y a Hawkins, que murió de un balazo. Acá, sin mantas, los ingleses sufrieron un ataque parecido. Serían las oraciones. Aunque lo cierto es que había para entonces en la isla una virulencia notable. Cuando era ya un militar semi retirado fue enviado a Egipto y se cubrió de gloria en la batalla de Alejandría, que culminó con el envío a Londres de la Aguja de Cleopatra.

Me preguntaba a veces por qué no invadieron los ingleses por las dilatadas espesuras. Si siguen los ríos sólo van a encontrar montes habitados por cerdos y vacas, lo cual sería conveniente para los soldados. Pero insisten en atacar lo más defendido. Podrían poblar la isla antes de que las defensas, ocupadas en la tosca vida diaria, tuvieren tiempo de contraatacar. Igual antes los holandeses, que atacaron cuando la ciudad no tenía murallas y estuvieron a escasos metros del Castillo de San Felipe. Luego, azotados por las enfermedades, se retiraron no sin antes quemar numerosas casas, con lo que ardió la impresionante biblioteca que juntara el generoso prelado, doctísimo Bernardo de Balbuena, Obispo que era de Puerto Rico, que hasta Lope de Vega menciona en una silva como gran pérdida. Otros afirman que el fiero Enrique, holandés como era, robó los libros. Eso no lo sabría de primera mano, que no fuera que andando por Amsterdam me topara entre ríos de cerveza con una biblioteca de Balduino.

Vuelvo a decir que no lo entiendo. El monte es difícil hasta para una pequeña Compañía de Guerrillas. Una insurrección podría apoyarse en estos terrenos. Sin embargo no creo que la haya. Hace mucho calor. Y las gentes hacen, fuera de las murallas, lo que les da la gana. Y a mí, finalmente, esto no me parece mal.

De curiosa ocurrencia fue que dos negros atraparon a varios ingleses, constatándose luego que en aquella media docena de prisioneros había dos alemanes. Mercenarios sin duda de aquel país cruel. De allí vienen historias de pastores protestantes ardiendo de manera espontánea desde el púlpito. Y el caso de borrachos que luego de beber un litro de aguardiente encienden un cigarro y arden en la llama azul de la incontinencia. Solo encuentran las pantuflas, completas, grasientas y apestosas. Cuentos de camino, claro. Pero el asunto es que fueron atrapados varios, mientras huían, por soldados negros que habrán sentido una gran alegría de sentirse libres de cazar blancos por el mangle. Poca libertad, vive dios, pero al menos un atisbo de la misma. Habría también franceses en este grupo. Los negros decían al entregar a los prisioneros: le dimoh una catimba, y sonreían. Pero los militares españoles temían a esos grupos armados de negros. Decían: No tienen, por su naturaleza, disciplina. Sin embargo, yo vi algunos entonces, heridos, cansados, con rostros iluminados. Y es que podían moverse y castigar a alguien. Luego se supo de un inglés desertor, Ian Flemin, que vivió por largos años en el sur, en una isla que se ve desde la costa de San Germán y que se ha dado en llamar Isla de caja de Muertos por la manera en que la naturaleza le ha dado forma. Leyendas de pirata hay en las orillas salobres. Y ese Flemin llegó hasta allí de forma aventurada que es una pena que eso pasare al olvido.

Cerca del puente había un pequeño pozo a la sazón abandonado y ocupado por yerbas. El pozo del ahorcado. Me lo señalaba el padre Martín una mañana. Allí había muerto un poeta con una soga amarrada al cuello. El gobernador de turno, apodado El terrible, no pudo resistir unos versos en los que el bardo cantaba al fraude y robo que cometía el militar con los dineros asignados a la construcción de la Catedral. Pena de muerte. Ni siquiera en el orden de la retribución del mal con el mal. Una pena absurda. Pues me parece que corresponder al mal con el mal y en la misma medida, es demasiado simple. No hay otra forma de reparar lo malo que no sea con lo bueno. Lo que distingue a un asesino de su víctima es que la víctima no es un asesino. Pero quizás mi manera de pensar se debe a los rigores del verano húmedo con sus vientos o a la carestía de harinas. Mas, puedo apostar mis tres reales a que no hay forma de justificar que un poema sea razón para condenar a muerte.

Según lo que sé el gobernador usaba mal los dineros. Y no es que sea la catedral una iglesia imponente. Pero no era para comprar pañizuelos y lechones. Pensé que debiera ser un horrible poema. “Hubo de ser un poema malísimo” dijo el cura, sonreído. Luego puso cara seria. “Dios lo haya acogido en su reino”. No supe si Dios acogió al poeta, al poema o al verdugo. Y no sería la última vez que un gobernador mandaba a matar o robare. Ya me ocuparía yo de encontrar ese poema. Alguien tiene que acordarse. En un pasquín debió estar escrito. En estos tiempos es seguro que al llegar los barcos de mercaderes extranjeros el gobernador y su comitiva les invitarán a La Fortaleza y allí mismo venderles cuero, cerdos, algunas vacas tristes y unas decenas de racimos de plátano. Pero sobre todo las vacas eran valiosas, cuando en ocasiones ha ocurrido carestía de hasta seis meses de carne. No es que el gobernador haya comprado 4 paños de manos, 6 de encajes, media docena de sarga, dos manteles, unas cintas, una resma de papel de hilo, una pieza de angarípola, dos sombreros y una docena de guantes. Es que no les necesitaba y le vendió a los mercaderes la carne que necesitábamos. Así que el plátano substituye a la carne. Rayado, hervido, frito en aceite de oliva (cuando hay), crudo, con sal, maduro, verde. No hay carne. El plátano se convierte en lienzo de artes culinarias. Y no hablar de pasas, aceituna, aceite y tres esclavos que le compraba a los ingleses, enemigos de la Corona española, sin subasta.

La ciudad se estaba llenando de murallas. Y de reos venidos de otros territorios, convertidos por concurso de los designios reales, en albañiles y constructores. Algunos eran enviados a la isla como castigo. Otros habíamos nacido en ella. No era pues un jardín florido, a pesar de que había limones y frutas en los campos, pero todo estaba dejado a la mano de la natura, igual que el ganado a los pastos.

Al primer muerto lo vi colocado sobre una mesa, en la pulpería de don Mateo Alemán. Decía que al abrir la puerta de su negocio lo encontró allí acostado. No había marcas de pelea, ni botellas rotas. Yo ayudaba al cura para tener excusa de moverme lejos de la casa de mi madre. Sufro de claustrofobia. El difunto, Manuel Espina, era un hombre joven y su frente se encontraba adornada por un feo orificio. Lo miré de reojo. Pensé que habría muerto en otro lugar y luego lo habrían llevado allí. Don Mateo no explicaba mucho. Entrar a aquella pulpería era fácil. Nada aseguraba la puerta de entrada, que era en realidad, un ranchón que daba al camino de tierra. La casa de Alemán se encontraba en la parte de atrás. Vivía solo, con su hija, que por supuesto se llamaba María. No sé bien que hacía el padre Martín en aquella escena. Yo lo miraba todo, ávido como estaba de ver el mundo. Y cuando no trataba de otear el horizonte, leía los libros que escondía el cura en la sacristía. Debía ser por los óleos. Padre Martín dejó caer en un momento la Sagrada Biblia. Al recogerla, doblando las rodillas hasta hincarme, noté unas marcas ligeras en la entrada. Unas líneas paralelas, tenues, sólo reveladas por la luz en un ángulo cercano al suelo. Al lado de esas marcas, pisadas. Casi fantasmales. Le devolví la Palabra al cura y lo miré en ánimo de que leyera mi mente. El no me devolvió la mirada. Yo observe las espaldas de don Mateo. Parecía un leñador.

Aquella vez regresamos a la ciudad en silencio. Poco antes de cruzar el puente le dije al Padre lo que creía. Fue don Mateo. Dios es el juez supremo, murmuró el cura. Nos hicimos a un lado para dejar pasar al chiquero y a media docena de cerdos que avanzaban, sin orden ni concierto, fuera de la ciudad. Los cerdos van en sentido contrario. Ya la mujer del Gobernador debe haber comprado el más gordo y esos son devueltos para la reventa.

-Hijo, dijo el cura ahora sí mirándome a los ojos, si no aprendes a callar van a obligarte a hacer silencio.

-¿Palabra de Dios?

– No, palabra de hombres, que duele más. Había marcas en el suelo. Dejé caer la Biblia y noté que al recogerla tú confirmaste mi visión.

– Entonces fue don Mateo.

– Harían falta más pruebas. Pero el silencio es ahora nuestro aliado.