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El proceso presupuestario en tiempos de caos

Por Alfredo González Martínez

Especial para CLARIDAD

E

l presupuesto del Gobierno de Puerto Rico es el documento que informa los resultados del proceso anual de asignar, a las diferentes funciones públicas de acuerdo a unas prioridades establecidas, los recursos fiscales que se anticipa serán recibidos por el Gobierno de Puerto Rico de diversas fuentes. El proceso presupuestario se nutre de la información histórica y los datos proyectados basados en modelos estadísticos con información incompleta y con sus inherentes errores de estimación. Su confección a distintos niveles de la rama ejecutiva y en sus etapas legislativa presume procesos probos que redunde en decisiones veraces, éticas, lo más certeras posible y eficaces. Los originadores de los datos y la información, los analistas y quienes a nivel gubernamental toman decisiones y el público sobre quienes éstas inciden todos esperan la mayor confiabilidad en la base informativa del trámite y en la propiedad de su manejo lógico.

La utilidad, eficacia y equidad al bien común del proceso presupuestario dependen en gran medida que el mismo sea veraz, diáfano y con propósitos edificantes de buen gobierno democrático. De suyo la información es impura y está sujeta a errores de varios tipos. El proceso decisional además es entreverado por la dificultad o imposibilidad innata de optimizar una función de bienestar social.

Es perversión gubernamental el añadir maquiavélicamente mayor confusión a un proceso presupuestario de por sí repleto de información fallida, de incertidumbre natural y de dificultades metodológicas con el expreso propósito de organizar una estrategia electoral. La misma tiene como finalidad última el reducir al mínimo posible las probabilidades de una derrota del partido en el poder en las próximas elecciones ante el presagiado panorama de deterioro económico de Puerto Rico que se extendería más allá del 2020.

La estrategia consiste en crear un caos deliberado en la toma de decisiones presupuestarias en el Ejecutivo y la Legislatura del año fiscal 2018 usando como biombo las ejecutorias de la Junta de Control Fiscal. La consigna rectora de esta faena es “a río revuelto, ganancias de pescadores”. Cada rama responsabiliza a la otra de aquellas medidas impopulares y se erige demagógicamente como la defensora del bien común. Para ello se ocultan la sustancia de las deliberaciones. Se exponen versiones acomodaticias de los sucesos y se fingen luchas intestinas entre las facciones del triunvirato fiscal.

Vemos como se ofusca la opinión pública con reclamos insistentes de “transparencia en la gestión gubernamental” cuando en realidad se silencia o tergiversa la información y manipulan las justificaciones. Validando aquel dicho: “Dime de lo qué presumes y te diré de lo qué careces”.

El paradigma de comunicación utilizado por el Gobernador, la Legislatura y sus portavoces se fundamenta en lo que George Orwell, en sus obras Animal Farm y 1984, denominó el modo de raciocinio del doblepensar y de la retórica del neohabla al describir la forma del control dictatorial de las sociedades. Bastan unos ejemplos extraídos de las expresiones oficiales del Gobierno de Puerto Rico para ilustrar la modalidad del neohabla en el contexto boricua.

La sofistería semántica se enmarca en una lógica y retórica dirigida a falsificar la realidad y persuadir al público de la bondad y justicia de la política que se implanta. Se reformulan principios económicos como por ejemplo “la paradoja de la austeridad” al enunciar falsamente que en un estado de depresión, el ahorro y la frugalidad colectiva son virtudes sociales.

Dentro de esa estrategia sofista con propósitos electorales, se cita fuera de contexto o se cita fragmentariamente para apoyar conclusiones falsas. Como por ejemplo el alegato del Gobernador Rosselló que la JCF solamente formula recomendaciones presupuestarias y que es él quien tiene la autoridad final para decretar medidas presupuestarias. Sustenta su contención en la sección 205 del P.R.O.M.E.S.A. Al examinar el texto, los poderes que se le concede al Ejecutivo en esa sección se refieran a la etapa en que se elabora el plan fiscal no al protocolo de aprobación del presupuesto que se prescribe en la sección 202.

De la incertidumbre naturalmente inherente al los procesos presupuestarios en Puerto Rico, el poder gubernamental ha forzado a nuestra sociedad hacia un conveniente caos deliberado en la formulación del presupuesto. Un proceso que aspira a contar con información y análisis veraz, pulcro y lo más preciso posible, hoy se encuentra inmerso en un perverso ambiente de información y metodología de dudosa propiedad y finalidad cuestionable.

Hace días murió, declarado en quiebra, el Banco Gubernamental para Puerto Rico, una de las instituciones oficiales impulsadoras de nuestro crecimiento económico, a causa de los abusos financieros de pasados gobiernos. Ahora muere la institución de presupuesto gubernamental al cumplir setenta y cinco años de vida, carente de la debida oxigenación de información y procesos deliberativos legítimos, diáfanos y nobles. Ambiente nocivo contaminado por gobiernos inescrupulosos con el beneplácito electoral.

El autor es economista.

Será otra cosa: Yo, la última criatura

En honor de las relatoras Vanessa, Mari, Ana, Rima, Bea y Laurie.

A las criaturas que nos tocó vivir el fin del mundo nos sorprendió la belleza y el esplendor del apocalipsis, pero no nos pareció extraño que se anunciara de tan diferentes y estruendosas maneras: los árboles voladores, la lluvia de peces, el muro de agua que se precipitó contra el malecón. No era para tanto. Todo había sido imaginado alguna vez. Lo habíamos esperado por tanto tiempo, lo habíamos tenido tan presente en nuestras pesadillas desde la infancia, que cada hecatombe nos parecía parte del guión que nosotros mismos habíamos escrito. Creo que nos sentíamos culpables y por eso, posiblemente, pasó lo que pasó.

A las diez de la mañana, el paisaje se veía arrasado y un sol brillante definía, impertinente, el contorno exacto de los sobrevivientes del primer día. La mayoría insistió en regresar a la rutina lo más pronto posible, como si no fuera evidente que aquello no acabaría allí, sino un poquito después, y que nos tocaría a los penúltimos ponerle punto final a la Historia, por si alguien aparecía luego para trazar un nuevo principio.

No fue difícil trazar la trayectoria imaginaria de los siete huracanes que asolaron, uno tras otro, el archipiélago en tan sólo diez días. Después del tercero habíamos perdido las esperanzas de sobrevivir, y cada día era un regalo. Nunca supimos si alguien transmitía por la radio, sin apenas auspiciadores y con menos ganas, el final-final del todo-todo, porque a nadie se le ocurrió averiguarlo. Sabíamos que el cosmos todavía no estaba en calma. Lo sentíamos, como si un monstruo moviera sus brazos como aspas sobre nuestras cabezas y hubiera que mantenerse agachados.

Quienes sobrevivíamos a los estragos, convencidos de que pronto nos asolaría una nueva desgracia, procurábamos comer menos y rendir más las provisiones, e integrábamos el presentimiento del cataclismo a un elemento más de nuestra rutina, como el malhumor o la congestión nasal.

Sabiéndonos pronto abandonados a nuestra suerte, descubrimos que seríamos acaso, los relatores del tremebundo final. De manera que nos organizamos en grupos y unos se dispusieron a explicar la arbitrariedad de las calamidades mientras a las más fantasiosas, como nosotras, nos tocó idear finales alternos para los acontecimientos, ya que preveíamos que ningún ser vivo quedaría vivo para contarlo y no debíamos dejar la Historia incompleta. Manías nuestras, y puede que una forma de adaptarse a la catástrofe. Al menos eso pensábamos cuando redactábamos el final-final.

–Están ustedes locas, con lo mucho que hay que hacer– nos decían. ¿Qué hacen inventado cosas en lugar de bregar?

–Bregar con qué –le contestábamos– si todo ha terminado. Qué tiene de malo que hagamos lo que siempre hicimos, si comoquiera luchar es inútil, si el final viene de igual manera.

No los convencimos y nos acusaron de locas y de tontas, pero persistimos. Aquí nos quedamos, rodeadas de aguas hirvientes y de nuevos animales que a lo mejor no eran tan nuevos pero nosotras desconocíamos.

Ese mismo día nos pusimos a trabajar, cada una en lo que podía. Al principio, nos dedicamos a mirar en detalle lo que sucedía, para inventar sobre la escena, y era yo la encargada de anotar en esta libreta la crónica de los acontecimientos. Como lo nuestro era la fantasía, nos convencimos de que tal vez, en contra de todo vaticinio, quedarían criaturas capaces de entendernos y, eventualmente, comprender la majestuosidad de los derrumbes e infortunios, las nuevas emociones que sentíamos en aquella conclusión del universo que era para todas las criaturas la primera y única oportunidad de experimentar. Éramos las Optimistas, las Cronistas del Desastre que a sabiendas de la imposibilidad de destinatarios, insistíamos en ocupar todo el tiempo de sosiego a describir lo que adivinábamos, o lo que preferíamos imaginar entre las ruinas.

Algunas se dedicaron a observar el paisaje desde lejos a ver si lograban figurar la textura y el color de insólitos horizontes. En el cielo, montones de nubes oscuras, tan bajas, tan anchas, parecían rugir a intervalos como si tuvieran vida propia. El sol se ocultaba y surgía como un hipo entre las oscuridades. Por la noche, el aullido de las tormentas lejanas dejaba un esplendor de rayos que parecía responsable del estruendo constante de la tierra al que nos fuimos acostumbrando. Con aquello las paisajistas pudieron idear el escenario de los últimos días y se entretuvieron en delinear pormenorizadamente cada detalle del cuadro.

Otro grupo prefería dar cuenta de la huida desesperada de los animales y a inventar su destino: el zigzagueo de las ratas, el vuelo disperso de los pájaros, las nubes de insectos de trayectoria indecisa. Habían preferido contar del trasiego de las cosas vivas, porque ni la luz ni los vientos podían sentir como nosotras. Confiaban en que así, los últimos tendrían un mapa para entretenerse en aquel desorden.

Todas cumplíamos una tarea en el relato y esto que pongo aquí fue el final que yo inventé. Puedo afirmar ahora, sin temor a equivocarme, que todo fue normal, predecible, soso. El desenlace no fue tremendo. Fueron escaseando la gente y las criaturas visibles (que de las invisibles es imposible saber, ya nos constaba), así como los temblores, los vientos y las salvajes marejadas. Nos acostumbramos a los cielos extraños, dejamos de predecir las rutas y los modos de los animales. Había días buenos y días malos, y no recuerdo bien cuándo descubrí que habían pasado varias jornadas en las que nada terrible sucedía. No sabemos cómo, pero todo aquello tan tremendo cesó de repente. Nos habíamos equivocado, el final-final no era todavía.

Esto fue lo que anoté.

Yo, la última criatura, me levanté la última mañana algo ojerosa, pero con más energía que otras veces. Eché un vistazo al paisaje que las compañeras habían inventado para mí, a la confusión de alimañas que poblaba el escenario como para una fiesta. Dejé a un lado el lápiz, cerré el libro, me levanté de la silla y, poniéndole un pensamiento al cosmos irreal que apenas comenzaba, me puse a barrer los escombros.

5 de julio de 2017

“Anoxia” o el humedal más grande del área metropolitana

Tengo que preguntar si el director Joaquín Octavio y las tres mujeres danzantes de La Trinchera querían sofocarnos. No hablo en metáforas. Estar encerrados, persianas cerradas y sin aire acondicionado, en el segundo piso de la Casa de la Cultura Ruth Hernández en Río Piedras, nos deja empapados de sudor. De pie y moviéndonos de gesto-imagen a gesto-imagen, sin querer acercarse pegajosamente a los demás espectadores, sin suerte intentamos abanicarnos con la hojita del programa de Anoxia, presentada en el centro de Río Piedras del 21-23 de junio.

Este acto –Anoxia– danzado, a veces hablado y siempre visceralmente sentido, recrea táctilmente la vida del mangle del sector Juana Matos de Cataño, “el humedal más grande del área metropolitano”. Nace de la entrevista que el director de la pieza, Joaquín Octavio González, hizo a don Pedro Carrión, “maestro . . . de la tradición oral”, en la casa donde nació y todavía vive en la comunidad de Juana Matos.

Según González, “cada imagen se dibujaba perfectamente, cada personaje del pasado volvía a la vida durante nuestro intercambio”. Fue “una inmersión en lo más profundo de su memoria y en la de las generaciones que habían llegado al mangle virgen para habitarlo. . . . Nos apropiamos de su testimonio, inspirados por las imágenes, frases y personajes de Juana Matos . . . “.

Por eso sufrimos, aunque temporera y ligeramente, como, tal vez, sufrían los residentes del mangle en su lucha por sostener sus vidas, casas y familias y de mantener su comunidad frente al empuje inexorable hacia la “modernidad”, el cemento y los residenciales que ahora definen Juana Matos. Sentimos la “anoxia” –la falta de oxígeno, de aire a los órganos–, la humedad, el calor y encerramiento claustrofóbico del mangle hasta que finalmente abren las persianas y el aire fresco de la noche entra para dejarnos respirar y refrescarnos de nuevo.

Es solamente por un rato, porque la encerrona regresa para agarrarnos, ahora acompañada por una luz proyectada intrusiva y violentamente sobre los ojos y cuerpos miméticos de las danzantes y nosotros como si fueran las fuerzas destructoras de los focos de puercas y “diggers” trabajando por la noche para desahuciarnos al próximo día.

Cómo contar sin narrar, sin representar; cómo transmitir experiencias y cuentos cuerpo a cuerpo, nervio a nervio; cómo imaginar, danzar, fiscalizar el diario vivir a través de gestos y el movimiento. Beatriz Irizarry, Cristina Lugo y Marili Pizarro –las danzantes de La Trinchera– encuentran las formas de cada una ser tanto partera como mujer dando a luz, de ser madres, abuelos, hijas, padres, abuelas, hijos, pero casi sin género, de lavar ropa, tenderla para secar, de subir a las vigas del segundo piso de la Casa Ruth para enganchar y colgarse como la ropa, de traer, ensamblar, manejar y mudar sillas y sillones viejos. Sus actos reclaman al mangle como un espacio siempre mojado pero recuperable y vivible, como maneras de sostener redes de vivencias compartidas, de sufrir y morir pero principalmente de sobrevivir.

Las actoras-danzantes se exprimen hasta quedar exhaustas, repitiendo, repitiendo, forzando, forzando, otra vez, otra vez, otra vez hasta que la vida ya se ve claramente como una pelea constante contra los elementos de agua, sol, vegetación y pestilencia, por un lado, y la intromisión violenta del “progreso”, por otro.

En el calor de la claustrofobia experimentamos un proceso de aprendizaje y compartimos memorias que no son precisamente las nuestras pero sí también son parte de nuestros pasados y presentes. Qué orgullo tener talentos, mentes y cuerpos así expresivos y entrenados trabajando en el teatro actual. Gracias a La Trinchera, Joaquín Octavio y sus colaboradores por hacernos sentir incómodos y deleitarnos a la misma vez.

Comencé esta reseña pensando en escribir sobre “Privada” de Teresa Hernández que estrenó (14 – 18 de julio) en La Beckett (café, teatro, cine), también en Río Piedras, una semana antes del estreno de “Anoxia”. Existe un doble enlace entre las obras, el primero siendo el pueblo de Río Piedras como centro teatral, como era en la década antes de 2011, cuando cerró el teatro-estudio Yerbabruja.

El segundo, y más importante, es la noción de escribir desde el cuerpo y el espacio teatral.

Ese tipo de escritura corporal ha caracterizado el trabajo de Teresa Hernández al crear varias de las obras puertorriqueñas más impresionantes de los últimos 25 años. “Isabela diserta”, “Acceso controlado”, “La nostalgia del quinqué . . . una huida”, “Salve la reina”, “Nada que ver” y “Coraje” sirven de ejemplos de la trayectoria de la dramaturga-performera más destacada del teatro puertorriqueño actual (ver: hemisphericinstitute.org/hemi/fr/modules/itemlist/category/341-thernandez).

Yo diría que “Anoxia” cae dentro de la secuela general de las obras de Hernández y sus colaboradores desde los años noventa. La creación de la vida discursiva y visible exterior y, en contra-distinción, la vida interior o “Privada” de Lázara-Teresa, Teresa-Lázara, mujer, si entendí bien, puertorriqueña-cubana de 52 años que nunca ha vivido fuera de Puerto Rico pero que ha mudado de lugar en lugar cuidando su abuela, continúa la trayectoria de acciones agudas, atrevidas e incisivas de Hernández.

Sin embargo, y a pesar de la abrumadora evidencia crítica, sigue siendo necesario defender la estatura artística e intelectual de Hernández. Encuentro esa situación ser de gran interés crítico y cultural y escribiré tanto de ella como de la obra “Privada” próximamente.

La familia humana y la casa común

Cada año, la Organización de las Naciones Unidas (ONU) consagra el 11 de julio como “Día mundial de la población”. El objetivo es llamar la atención de la humanidad sobre el hecho de que, cuanto más aumenta la población mundial, más se hacen necesarios planes para favorecer la vida de todos. Además, es urgente un mayor cuidado con el planeta, para que ese no se vuelva inhabitable.

Los datos actuales demuestran que: la humanidad cuenta con 7, 3 mil millones de personas. China y India siguen siendo los países más poblados. Cada año, la población mundial registra un aumento de 75 millones de personas. La población crece en África y en los países pobres pero disminuye en algunos países ricos. Además, el tiempo y condiciones de vida también son escandalosamente discrepantes. En los países más ricos, cada vez más, las personas llegan a cien años. Mientras en Japón y Suecia, la media de vida va más allá de los 80, en países africanos, como Zambia y Zimbabue, la media de vida no pasa de 35 años.

En 2015, la ONU publicó los Objetivos de Desarrollo Sostenible para el Mundo que se quiere alcanzar en los próximos quince años. Para 2030, se espera que la humanidad haya logrado proporcionar seguridad alimentaria y agua potable para toda la población de la tierra. Científicos de todo el mundo afirman que si la sociedad dominante no cambia el rumbo del desarrollo y ese modo de organizar el mundo, la misma vida en la Tierra está amenazada. En esos últimos años, científicos de diversos países han estudiado la cantidad de energía o calor que entra en la atmósfera y se acumula en los océanos, los glaciares y el propio suelo de la tierra. Descubrieron que el calor allí acumulado es equivalente a 0, 58 W / m2. Es un calor equivalente al provocado por la explosión de 400 mil bombas atómicas. Ante esta realidad, es urgente que la sociedad civil se organice más y presione a los gobiernos y empresas para que asuman su responsabilidad en relación al futuro. En el día mundial de la población, es importante reflexionar sobre qué mundo entregar a los hijos de nuestros hijos.

Quien cree en Dios como Amor sabe que, al agredir la naturaleza, se ataca al propio Creador. Al mismo tiempo, cuando trabajamos para salvar un manantial, preservar las plantas o simplemente posibilitar una agricultura ecológica, estamos cuidando de la continuidad de la vida y, concretamente, del futuro de la población humana. Estamos colaborando con el trabajo divino del Espíritu Madre de la Vida, presente y actuante en cada ser vivo y en todo el universo, en un proceso de creación permanente.

El autor es monje benedictino y ha escrito más de 40 libros.

La canalla mediática y la violencia

¿Qué son estas imágenes? ¿Denuncian la feroz represión del “tirano” Maduro? No. Es la que se ejerce en el Chile democrático –aquella tan publicitada “feliz copia” del Pacto de la Moncloa– contra manifestantes pacíficos que no levantan barricadas o guarimbas, no queman vivas a personas rociándolas con gasolina y prendiéndoles fuego, no arrojan bombas incendiarias contra jardines infantiles y hospitales, no destruyen autobuses por centenares, no saquean comercios ni depósitos de alimentos ni fabrican obuses caseros para atacar a las fuerzas del orden, ni disponen de francotiradores para escarmentar a quien intente atravesar la guarimba u oponerse a sus tropelías.

Son gentes que salen a la calle a protestar, sin ningún tipo de armamento; en muchos casos niños mapuche y en otros estudiantes y mujeres reprimidos –con la brutalidad que demuestran las imágenes que acompañan esta nota– por los Carabineros que, a diferencia de la Policía Nacional Bolivariana, no tienen prohibición para llevar armas de fuego. Son imágenes estremecedoras que hablan de los límites a que llega la violencia represiva en un país cuyo gobierno se permite dar lecciones de democracia y derechos humanos a Caracas.

Con perversión, la canalla mediática oculta esta realidad y pone el grito en el cielo y vomita una catarata de insultos cuando el autor de estas líneas le dice al gobierno del presidente Nicolás Maduro que debe intervenir con todo el rigor de la ley para evitar la metástasis de la violencia. Esta es concienzudamente ejecutada por la fracción terrorista de la oposición en cumplimiento del programa elaborado por el Comando Sur para derrocar a Maduro y sintetizado en un documento cuyo título lo dice todo: “US Southcom Operation “Venezuela Freedom”, American Strategy to Overthrow the Maduro Government”. [1]

Pese a ser minoritaria aquella fracción, apoyada sin reservas por el Comando Sur y su jefa civil, Liliana Ayalde (la tenebrosa ex embajadora de Estados Unidos en Paraguay y Brasil cuando se perpetraron ambos golpes de estado), tiene intimidados e inmovilizados con sus sicarios a los sectores de la oposición conscientes del catastrófico desenlace que puede tener la crisis y proclives a buscar una salida política a la misma. Pero estos se ven imposibilitados de hacerlo porque serían considerados traidores por los violentos que han dado muestras de estar dispuestos a hacer cualquier cosa, inclusive matar a opositores renuentes a acompañarlos en su orgía de sangre y destrucción.

Con su interminable cadena de “posverdades” y “plusmentiras”, como acertadamente lo señalara Fernando Buen Abad, los medios de comunicación hegemónicos se convirtieron en cómplices y, en cierto sentido, autores intelectuales de la destrucción y las muertes que ha provocado la ofensiva de los vándalos, presentados ante el público como la valiente y pacífica oposición democrática enfrentada a la cruel tiranía de Maduro. Nada nuevo: repiten la operación que hicieran, por ejemplo, en Nicaragua cuando los mercenarios que atacaban al recién instalado gobierno sandinista fueron glorificados como virtuosos “combatientes por la libertad”. Lo mismo en Libia, con los mercenarios implantados en Bengasi para dar inicio a la demolición de ese país. Medios que aplauden o exigen la “mano dura” contra la protesta social en Chile, o en Argentina o Brasil, pero que con infinita inmoralidad califican de “brutal represión” a la prudente y cuidadosa contención que con gases lacrimógenos y cañones de agua hace el gobierno bolivariano para controlar a quienes saquean, destruyen y matan. Exigen, y esto también está en el Plan del Comando Sur, que el estado desentienda de su obligación de preservar el orden público y deje a la sociedad, indefensa e inerme, a merced de terroristas y sicarios.

Totalmente subordinados a las ambiciones imperiales lo que estos medios buscan con su escandalosa manipulación (des)informativa es sembrar el caos y la anarquía, provocar una crisis humanitaria y la disolución de toda la trama social, instalando en Venezuela una suerte de bárbaro “estado de naturaleza” hobbesiano en donde el hombre sea el lobo del hombre. Acuciada por el malhumor social que provoca el desabastecimiento programado de bienes esenciales (igual que en el Chile de Allende) y el terror de la violencia ciega, la sociedad se desintegra y se repliega sobre un feroz individualismo tipo “sálvese quien pueda”.

Destruido o paralizado el estado y, por consiguiente, desaparecida la institución que salvaguarda el orden público, nada podría ya frustrar la obsesión norteamericana de apoderarse, para siempre, del petróleo venezolano. Este es el plan, un plan concebido a escala planetaria para dejar a los pueblos indefensos ante la voracidad imperial que se arroja sobre ellos para despojarlos de sus riquezas. Es lo que Washington hizo en Libia e Irak, y lo que ahora quiere hacer en Venezuela, sede de la mayor reserva petrolera del planeta. Por eso la oposición cipaya y sus peones mediáticos alientan la violencia y procuran inmovilizar con sus chantajes al gobierno de Maduro, para que finalmente reine el caos. En los papeles, el plan parece perfecto. Pero en la patria de Bolívar, Zamora y Chávez, el imperialismo y sus compinches se encontrarán con la horma de sus zapatos. Chávez no pasó en vano y el bravo pueblo chavista y su gobierno sabrán, con ejemplar heroísmo, triunfar en esta batalla decisiva para su futuro como nación independiente y soberana.

El autor es director del Centro Cultural de la Cooperación Floreal Gorini (PLED), Buenos Aires, Argentina. Premio Libertador al Pensamiento Crítico 2013. Reproducido de www.alainet.org

[1] Ver https://www.globalresearch.ca/us-southcom-operation-venezuela-freedom-american-strategy-to-overthrow-the-maduro-government/5530383 . Según el New York Times el Comando Sur ha negado la autenticidad de este documento, que establece doce pasos para derrocar a Maduro, mismos que se han venido cumpliendo meticulosamente. Es una arraigada costumbre norteamericana que cada vez que se filtra un documento de este tipo sea inmediatamente descalificado por la agencia en cuestión. Pasó en los años setenta cuando Daniel Ellsberg entregó al New York Times documentos secretos del Pentágono en relación con la Guerra de Vietnam. Poco después se reconoció su carácter genuino y fueron publicados con gran éxito editorial en todo el mundo. Lo mismo hicieron las autoridades norteamericanas con los Wikileaks. Hace más de un año que el periodista argentino Héctor Bernardo dio la voz de alarma en relación con los planes del Comando Sur en Venezuela. Ver https://www.diariocontexto.com.ar/2016/04/29/operacion-venezuela-doce-pas….