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Cuerpo del poema: mirada,luz,palabra

En ese saludo inicial, nos miramos todos: poeta, lectora, fotógrafo, reportera. Cerca estaba la pared, el fondo que había sido telón abierto para el quién soy de todos y todas los poetas retratados. Lo próximo fue conversar sobre Cuerpo del poema, un catálogo, registro, pieza de colección, acervo histórico, libro para el futuro que recién publica el Instituto de Cultura Puertorriqueña (ICP).

Convocados por la poeta Irizelma Robles y el fotógrafo Adál Maldonado, más de una veintena de poetas puertorriqueños revelaron su yo en un autorretrato literario, se miraron introspectivamente para luego, dejarse mirar por otros ojos. La mirada de Adál acompaña los versos y es otra manera de quedar los y las poetas descubiertos y plasmados en papel. Aquella tarde de plática con EN ROJO, el estudio del fotógrafo fue más que eso, fue testigo de las múltiples miradas ancladas en el poemario que se estrena en las librerías del país.

“Los rostros y los cuerpos de los poetas se exponen a la luz. Esa exposición los deja al descubierto, a la intemperie del estudio fotográfico. Adál manipula la luz para crear la mejor imagen, pero no retrata la superficie, sino que indaga profundamente en la persona expuesta hasta llegar a los rasgos que delinean su identidad”, tal y como expresa Irizelma en la nota preliminar.

La idea de este junte de palabra y luz surgió a principios del año pasado cuando repentinamente, mientras el fotógrafo trabajaba con una serie de portraits de artistas de Puerto Rico, entró un mensaje de Áurea María Sotomayor a su correo electrónico. En el mensaje, la destacada poeta le cuestionaba a Adál cuándo haría una serie de retratos de poetas. Y es que el portrait ha sido pieza clave en la carrera artística de este utuadeño criado en Nueva York. Sus inicios en estos menesteres se remontan al 1975, cuando publicó su libro The Evidence of Things not Seens.

“Siempre – desde un inicio – se pensó el proyecto como una reunión de portrait y poemas de autobiografía literaria. Siempre pensamos que debía existir esa correspondencia entre foto y poema. Por eso se le dio la libertad a todos los poetas de la muestra para que ellos elaboraran su poema a su tiempo, a su ritmo, llevando en mente esa mirada interna, ese volcar hacia su ser”, contó Irizelma durante el encuentro con EN ROJO.

La correspondencia entre foto y poema no necesariamente se dan en todos las instancias del poemario, aseguró Irizelma, quien fungió como curadora de esta iniciativa. “No tienen que ir a la par porque son dos miradas distintas. De esa forma, los poemas pueden leerse en contraposición con la foto, alineados con la foto o en absoluto contraste…pero la mirada es lo que queríamos que persistiera”, comentó.

Para Adál, en este libro existen tres espacios propiciados por las distintas miradas: “la foto existe sola, el texto existe solo, entonces, cuando uno lee y mira, crea un tercer espacio en el que se crea una realidad nueva”. En ese sentido, Cuerpo del poema se puede definir como un documento histórico, una muestra en la que quedan registrados poetas puertorriqueños desde la generación del 1970 al presente. Para ambos gestores, eso es lo novedoso y es lo que hace importante este libro.

Respecto a ese segundo espacio que trabajó Adál desde la fotografía, Irizelma destacó que “no es pose lo que busca Adál, si no la expresión de un algo que define a esa persona”. La mirada de Adál prevaleció al momento de tomar la decisión final sobre la foto que quedaría atrapada en el poemario. He ahí el juicio del fotógrafo que crea poemas en cada captura.

Irizelma Robles se inspiró en la Antología de las sospechas – publicada en los ’70 – de Josérramón ‘Ché’ Meléndes para armar Cuerpo del poema. Según contó, en esa antología se encuentran “los grandes poetas del país, no los únicos, pero los grandes que a mi generación y a mí nos han enseñado tanto”. Además de algunos poetas de esa época, Irizelma incluyó en este poemario “nuevos sospechosos”, poetas de novísimas generaciones como Rubén Ramos y Xavier Valcárcel, “que tienen una poesía poderosa…Más que sospecha, [los y las poetas jóvenes incluidos] son la gran sorpresa de que hay una poesía que se gesta”.

Por otro lado, con esta muestra se propusieron acortar la distancia entre los escritores de la isla y los de la diáspora, “franquear los límites de la tradición literaria que nos han impuesto desde antaño, donde la hispanofilia ha descartado las expresiones culturales en inglés de nuestra identidad puertorriqueña”, como esboza la nota preliminar.

“La presencia de lo nuyorican y de los nuyoricans siempre fue importante para esta antología”, opinaron ambos gestores. Sobre su identidad, Adál narró que nació en Utuado, pero desde los 12 años de edad hasta el 2011 vivió en Nueva York, por lo que se siente nuyorican y tiene “una manera híbrida de mirar la vida”. “Esa hibridez la percibo dentro de mi obra porque hago mucho trabajo en el que fusiono diferentes medios. Para mí, eso es ser nuyorican, el que fusiona diferentes experiencias: la de ser puertorriqueño, aunque sea una memoria rota que viene desde los abuelos, y la de crecer allá en la diáspora”, continúo el fotógrafo, quien en octubre próximo expondrá dos muestras alusivas a sus 40 años de trayectoria: una en el Museo de Arte Contemporáneo de Santurce y otra, en Casa Blanca, justo al lado de la sede de la editorial del ICP en Viejo San Juan.

A juzgar por la curadora de la muestra, hay dos aspectos que se establecieron como requisitos para la confección de este libro: que todos los poetas crearan su autorretrato literario y, en términos de la fotografía, que los y las poetas residentes en la isla aparecieran en la foto con una pared blanca de fondo y los de la diáspora, se expusieran en “su ambiente” en Nueva York.

“Este libro de alguna manera es un homenaje a la generación del ’70”, sentenció Irizelma, quien también mencionó que un elemento unificador entre los poemas de este libro es que en ellos, los poetas se definieron a partir de su poética, de esa expresión de sí mismos.

Irizelma y Adál tuvieron siempre presente que no podían “explotar toda la riqueza que hay en la poesía puertorriqueña actual”, por eso este libro es solo una muestra. Sin embargo, no se trata de otra muestra más de portraits y poemas, si no que aquí se rescata la trayectoria de Adál, se homenajea a poetas puertorriqueños en la isla y la diáspora, y se les presta importancia a las diferentes formas de mirar.

“Este libro une las voces más disímiles de la poesía puertorriqueña en una entrega variada de poéticas, y recoge las palabras y los rostros de distintas generaciones desde el setenta hasta la fecha. Como se dijo antes, cada poema es una poética, como si atravesados por la luz, los poetas hubieran decidido expresar lo que cada uno concibe de la palabra escrita. Palabra y luz, Cuerpo del poema es un libro donde mirar es tan importante como leer”, concluye Irizelma en la nota preliminar.

Aunque aún no hay fecha definida, prontamente se realizará una presentación oficial del poemario. “Quisiéramos hacer una gran fiesta con todos los y las poetas, incluso con los nuyoricans”, acotó la curadora de esta edición, quien también celebra sus próximas dos publicaciones: El libro de los conjuros (Folium, 2017) y Alumbre (ICP, 2017).

Participantes

Rafael Acevedo Rodríguez

Néstor Barreto

Sheila Candelario

Ángel Darío Carrero

Mayda Colón

Nicole Cecilia Delgado

Vanessa Droz

Servando Echeandía Colón

Elizam Escobar

María Teresa “Mariposa” Fernández

Sylvia Figueroa

Hjalmar Flax

José Raúl “Gallego” González

Víctor Hernández Cruz

Cindy Jiménez-Vera

Tato Laviera

Yara Liciega

Noel Luna

Josérramón “Ché” Meléndes

Urayoán Noel

Luz Yvonne Ochart

Mara Pastor Willie Perdomo

Lilliana Ramos-Collado

Rubén Ramos

Guillermo Rebollo Gil

Etnairis Ribera

Irizelma Robles

Juan Carlos Rodríguez

Ángel Antonio Ruiz Laboy

Mayra Santos-Febres

Karen Sevilla

Yván Silén

Áurea María Sotomayor

Edwin Torres

Xavier Valcárcel

Esteban Valdés Arzate

Carlos Vázquez Cruz

La política y las protestas

Algunos grupos espiritualistas llenan la Internet de mensajes que afirman: “Deja de quejarte, valoriza lo que hay de positivo y sé agradecido con lo poco”. Es increíble como, en nombre de Dios o de una vida más feliz, mucha gente aún entra en la ilusión del “deja todo como está”. En su tiempo, el profeta Isaías gritaba: “Ay de las personas que llaman el mal como bien y consideren el bien como mal” (Is 5, 20).

La realidad mundial es muy dura. Para las personas de base, todo es inseguro. Por eso, las personas se atienen a lo que es inmediato y esencial en lo cotidiano. Desde la última década del siglo XX y cada vez más, las políticas dependen de la economía. La mayoría de los gobiernos absolutizan el mercado y el lucro. Los responsables por ese sistema económico que domina el mundo han perdido la vergüenza. Tranquilamente producen víctimas, refugiados, huérfanos y una multitud de personas excluidas. En casi todo el mundo, se propone como inevitable y normal una política destructiva que, para garantizar los privilegios de una pequeña elite, condena à la muerte a millones de personas.

Zingmunt Bauman afirmaba que, así como la seguridad de un viaducto depende de la solidez de la viga más frágil que lo sostiene, también la salud de una sociedad está en su parte más frágil, o sea, la parcela más empobrecida de la población. Nada cambiará mientras esa parte más numerosa de la población no cuide de organizarse y luchar por sus derechos. Nosotros que, desde otros países de América Latina acompañamos lo que ocurre en Venezuela, percibimos que, por detrás de la lucha contra el gobierno bolivariano, lo que las elites buscan es destruir los programas sociales indispensables para el pueblo más pobre.

En todos nuestros países, lo más importante es invertir en educación y empoderamiento popular, eso es, reforzar los movimientos sociales y sindicales. Es necesario intensificar el trabajo de formación política y conciencia crítica, dilatar los espacios de presión, reivindicación y movilización. Sólo lograremos cambios significativos si vienen de abajo hacia arriba.

En su vida, Jesús escogió como instrumento de la salvación la inserción en la realidad de los pequeños y más pobres. Rechazó la tentación demoníaca del poder y tomó el camino de la cruz, no como me gusta sufrir, sino como expresión de amor y solidaridad a todos los que, en todo momento de la historia, viven su cruz. Asumir, hoy, ese camino de Jesús significa participar de las luchas pacíficas y de las manifestaciones de los movimientos sociales organizados por un mundo más justo y más hermano.

El autor es monje benedictino y ha escrito más de 40 libros.

Cotto: A su manera hasta el final

Mientras toda la atención mediática estaba enfocada en Las Vegas por el evento de Floyd Mayweather y Connor McGregor, de manera callada Miguel Cotto ganó convincentemente la que se espera sea la penúltima pelea de su carrera, al vencer por amplia decisión unánime al japonés Yoshimiro Kamegay en Carson, California. Con esta victoria, Cotto se corona campeón de la Organización Mundial de Boxeo (OMB), gana el sexto campeonato de su carrera en cuatro divisiones distintas y se pone en posición para una mega pelea en lo que se espera sea su despedida el próximo 2 de diciembre en el Madison Square Garden de Nueva York. Cabe destacar que según varias fuentes, este último campamento de preparación de Cotto fue uno ideal, pues todos los bombos y platillos que recibió el evento entre Mayweather y McGregor, le permitió hacer a Miguel un entrenamiento mucho más alejado de la publicidad, algo ideal para él quien nunca se ha sentido cómodo con estar en la mira del ojo público.

Cotto no cedió el día

Cuando la pelea de McGregor y Mayweather se hizo oficial, fueron muchos en el mundo del boxeo los que clamaron por que la pelea de Cotto fuera movida a otra fecha, de modo que no confligieran los eventos. Sin embargo, Miguel, quien ya había anunciado su pelea días antes, se mantuvo firme en esa fecha escogida por él, por lo que el mundo del boxeo tuvo que hacer sus ajustes para la cobertura de ambos eventos.

Suenan Canelo, Khan y Lemieux para la última pelea

Entre los nombres barajándose para la despedida del ring de Cotto se encuentran el británico Amir Khan, el excampeón mediano canadiense David Lemieux y el mexicano Saúl Canelo Álvarez. Cada uno de esos posibles combates tiene sus pros y sus contras. Con Khan, la ventaja es que una pelea en Nueva York recibiría el respaldo de miles de británicos que residen en esa ciudad, fanaticada que históricamente ha añadido una chispa adicional a los eventos a los que acuden. Sin embargo, Khan ha perdido un poco de valor en el mercado y su última victoria significativa fue en el 2010 frente al boxeador Marcos Maidana.

Por su parte, David Lemieux (el candidato con más probabilidades de ser el contrincante) trae consigo el poder devastador de sus puños que han producido 33 knockouts en 38 victorias en su carrera, así como una ventaja significativa en edad. Sin embargo, es un boxeador menos conocido para el fanático promedio. Además, de darse el choque con Cotto, probablemente el mismo sería en las 156 libras, un peso en que el canadiense no pelea desde bien temprano en su carrera.

En el caso de Canelo, una revancha con éste sería un mega combate pues recordemos que éstos ya se enfrentaron en noviembre de 2015 en un combate que si bien parece haber un consenso de que Canelo lo ganó, causó enfado por lo abierta de las votaciones cuando ante los ojos del mundo del boxeo, estuvo bien cerrado. Un posible choque entre Cotto y Canelo parece ser la que nuestro boxeador prefiere y así lo ha manifestado públicamente. No obstante, Canelo tiene un duro compromiso frente al boxeador Gennady Golovkin el próximo 16 de septiembre en lo que se espera sea una pelea espectacular y para la cual no es el favorito de las apuestas. En ese sentido, habría dudas de si Canelo, aún ganando la pelea del 16 de septiembre, estaría disponible para un choque contra Cotto el próximo 2 de diciembre.

Cotto listo para otras facetas

Lo que siempre ha dejado claro Cotto es que no importa su rival, este combate será el fin de una carrera a la que le ha dedicado más de 25 años. Ahora le toca gozar de los frutos y logros alcanzados. De hecho, el consenso general en el mundo del boxeo es que Cotto ha sabido invertir muy bien su patrimonio, a diferencia de otros tantos peleadores que han malgastado su dinero, incluso llegando a un estado económico de suma precariedad.

Machado, Yaniel, Wonder Boy y Acosta con talento mundial

Entre los próximos proyectos que Cotto tiene en mente es el pleno desarrollo de su compañía Miguel Cotto Promotions. Actualmente, como parte del acuerdo que firmó recientemente con la compañía de Oscar de la Hoya como socio estratégico, se espera que peleadores como Alberto Machado, Yaniel Rivera, José “Wonder Boy” López y Tito Acosta obtengan oportunidades reales de darse a conocer y aspirar eventualmente a peleas de título mundial. Todos estos púgiles han demostrado gran calidad boxística y un futuro prometedor. Cabe señalar que como parte de dicho acuerdo, ya Machado peleó en un combate transmitido a través de ESPN2.

Estoy convencido que Miguel Cotto es uno de esos peleadores que será apreciado mucho más después de su retiro, no sólo por la magnitud de sus logros y las grandes batallas que ha protagonizado, sino porque lo ha hecho a su manera y porque siempre ha trazado su ruta en un deporte que acaba para él, el próximo 2 de diciembre en el Madison Square Garden, lugar donde ha obtenido sus mayores logros. Definitivamente, no hay lugar más apropiado para presenciar esa despedida del cuadrilátero.

Cómo (no) desafiar la violencia racista

Por Aviva Chomsky

Mientras el “nacionalismo blanco” y el llamado “alt-Right” han ganado prominencia en la era Trump, una reacción bipartidaria se ha unido para desafiar estas ideologías. Pero gran parte de esta coalición se centra en las movilizaciones y en la retórica individual, extremista y llena de odio, más que en la violencia profunda, diplomática y, aparentemente, más políticamente correcta que impregna la política exterior y doméstica de Estados Unidos en el siglo XXI.

Todo el mundo, desde los republicanos más convencionales hasta la izquierda “antifa” [antifascista] pasando por los diversos demócratas y los ejecutivos de corporaciones, se muestran ansiosos y orgullosos por denunciar en voz alta e, incluso, enfrentándose físicamente a los neonazis y a los supremacistas blancos. Sin embargo, los extremistas en las calles de Charlottesville, o aquellos que hacen el saludo nazi del Reichstag, están involucrados sólo en una política simbólica e individual.

Incluso el asesinato de una contra-manifestante fue un acto individual, uno de los 40 asesinatos al día que ocurren en Estados Unidos, la gran mayoría por armas de fuego (el doble muere todos los días por los automóviles en eso que llamamos “accidentes”, pero que evidentemente también tienen una causa). Los manifestantes se apresuran a desplegar una energía extraordinaria denunciando el racismo de pequeña escala, pero ¿qué pasa con el racismo a gran escala? No ha habido ninguna movilización semejante, ni siquiera ha habido alguna en absoluto, contra lo que Martin Luther King llamó “el mayor proveedor de violencia en el mundo de hoy”. Solo en 2016, el gobierno de Estados Unidos arrojó 72 bombas diarias, sobre todo en Irak y en Siria, pero también en Afganistán, en Libia, en Yemen, en Somalia y en Pakistán, produciendo cada día un 9/11 en esos países.

Históricamente, los individuos y las organizaciones que luchan por cambiar la sociedad y la política de Estados Unidos han utilizado la acción directa, los boicots y las protestas callejeras como estrategias para presionar a los grandes poderes para que cambien sus leyes, instituciones, políticas o acciones. Por ejemplo, durante los sesenta y setenta, el sindicato United Farm Workers les pidió a los consumidores que boicotearan las uvas para, de esa forma, presionar a los grandes productores para que se sentaran a negociar. Los manifestantes contra la guerra en Vietnam marcharon en Washington o presionaron a sus representantes en el Congreso. Más tarde, también tomaron medidas directas: registraron votantes, protestaron contra la proliferación de armas nucleares, realizaron sentadas frente a trenes que llevaban armas a Centroamérica.

Todo este tipo de tácticas siguen siendo opciones válidas hoy en día. Sin embargo, ha habido un cambio desconcertante que nos alejó de los objetivos reales, desviando la atención y usando las mismas tácticas para simplemente mostrar nuestra solidaridad y expresar cierta indignación moral y poco más. Recuerdo la primera vez que, allá por los setenta, en Berkeley, participé en la marcha contra la violencia de género que se llamó “Recuperemos la noche”. Mientras hombres y las mujeres marchábamos por el campus sosteniendo velas, me preguntaba si alguno pensaba que los violadores cambiarían de opinión por el hecho de que grandes sectores del público desaprobaban la violación.

Con los años he llegado a ver, creo que cada vez con más claridad, lo que Adolph Reed llama “Posing as Politics” (Simulando política). En lugar de organizarse para el cambio, los individuos buscan realizar una declaración sobre lo que creen justo. Pueden boicotear ciertos productos, negarse a comer ciertos alimentos; pueden concurrir a marchas o en manifestaciones cuyo único propósito es demostrar la superioridad moral de los participantes. Los blancos pueden decir en voz alta que reconocen la injusticia de sus privilegios o se pueden declarar aliados de los negros o de cualquier otro grupo marginado. Las personas pueden manifestarse en sus comunidades afirmando que en ellas “no hay lugar para el odio”. Pueden, también, participar en contra-marchas para levantarse contra los supremacistas blancos, contra los neonazis. No obstante, este tipo de activismo solo enfatiza y revindica una auto confirmación del individuo en lugar de buscar un cambio concreto en la sociedad o en la política. Son profunda y deliberadamente apolíticos en el sentido de que no tratan de abordar cuestiones de poder, recursos, toma de decisiones ni de cómo lograr un cambio concreto.

Curiosamente, estos activistas que han reivindicado la responsabilidad por la justicia racial parecen estar comprometidos con una visión individual y apolítica de lo qué es el problema racial. La industria de la diversidad se ha convertido en un gran negocio, tanto para las universidades como para las empresas que buscan el sello de inclusividad. Las oficinas para la diversidad de los campus canalizan la protesta de los estudiantes en una especie de alianza con la administración y los conducen a pensar en las partes en lugar de ver el conjunto. Aunque son expertos en la terminología del poder, como la diversidad, la inclusión, la marginación, la injusticia y la equidad, evitan cuidadosamente temas más escabrosos como el colonialismo, el capitalismo, la explotación, la liberación, la revolución, la invasión y otros análisis concretos sobre temas nacionales y mundiales. Así, la masa es movilizada a través de una lista cada vez mayor de identidades marginadas, permitiendo que la historia y las realidades raciales sean neutralizadas por la Teoría de la diversidad, como si fuesen bolas de billar rodando entre las diferentes identidades, todas despojadas de su historicidad. Rodando por una superficie plana y, en ocasiones, chocando unas contra otras.

Pero no nos confundamos. Los blancos nacionalistas que marcharon en Charlottesville enfermos de odio, tan repugnantes como pueden serlo sus mismos propósitos, no son los responsables de las guerras de Estados Unidos en Irak, en Siria y en Yemen.

No son ellos los responsables de que nuestro sistema de escuelas públicas se haya convertido en una red de corporaciones privadas.

No son ellos los responsables de que nuestro sistema de salud sea inequitativo y discriminatorio hacia aquellos que no son blancos, dejándoles servicios precarios y condenándolos a una muerte prematura.

No son ellos los que excluyen y desalojan a la gente de color de sus casas.

No son ellos los autores del capitalismo neoliberal con sus devastadores efectos sobre los pobres de todo el planeta.

No son ellos los que militarizan las fronteras para hacer cumplir el apartheid mundial.

No son ellos quienes están detrás de la explotación y quema de combustibles fósiles que está destruyendo el planeta, siendo los pobres y las personas de color los primeros en perder sus hogares y sus medios de subsistencia.

Entonces, si realmente queremos desafiar el racismo, la opresión y la desigualdad, debemos dejar de mirar a esos pocos cientos de manifestantes en Charlottesville y poner de una vez por todas el ojo en las verdaderas causas y en los verdaderos gestores de nuestro injusto orden mundial.

Ni unos ni otros son difíciles de encontrar.

Reproducido de www.rebelion.org Traducción de Jorge Majfud. La autora es profesora de historia y coordinadora de Estudios Latinoamericanos en la Universidad Estatal de Salem, en Massachusetts. Su último libro es Undocumented: How Immigration Became Illegal (Indocumentados: cómo la inmigración se convirtió en ilegal. Beacon Press, 2014)

Ecosocialismo, ¿la única utopía?

a Violeta y Nicolás, parte del futuro

La columna más reciente de Edgardo Rodríguez Juliá trata, en esencia, sobre las utopías y sus límites. No se refiere a las utopías con una connotación necesariamente negativa, como aquello que es ilusorio, fantástico, imposible de lograr. Se trata de ver en la utopía un modelo a seguir. Estamos cerca, entonces, al uso de la palabra que se emplea en aquella frase (algo cursi y trillada pero no por eso menos significativa y sugerente) de Fernando Birri: “La utopía está en el horizonte. Camino dos pasos, ella se aleja dos pasos y el horizonte se corre diez pasos más allá. ¿Entonces para qué sirve la utopía? Para eso, sirve para caminar”.

“La única utopía” (El Nuevo Día 12/8/2017) [1] comienza, como suelen comenzar los artículos periodísticos recientes del autor, con una burla amarga, resentida y desencantada de la izquierda global y local. En este caso, luego de caricaturizar a aquellos “adolescentes rebeldes” y “hippies” de los sesenta  –lectores de Jack Kerouac y Allen Ginsberg– pasa a retratar a “los más ingenuos” de estas décadas de la segunda mitad del siglo XX. Para Rodríguez Juliá éstos son, por supuesto, los seguidores del marxismo.

Varios eventos históricos, como la guerra de Vietnam, llevaron a la “radicalización demente de muchos hijos de la pobreza y la abundancia”. A pesar de esto, la utopía marxista parecería ser pasajera, pues con el tiempo se “reduciría” o se banalizaría, convirtiéndose en un mero apéndice cultural, “una vaga adhesión al rock, o a la Nueva Trova”. La nueva “utopía personal” que tomará su lugar será aquella de la democracia liberal y la clase media: ante el Seguro Social, los empleos en las comunicaciones, en la publicidad y en las finanzas, la obsesión con el consumo y “la promesa de un progreso ilimitado”, aquel antiguo “sujeto libertario” reconsideraría su previo posicionamiento utópico acomodándose a sus nuevas aspiraciones materiales. En la medida en que estas aspiraciones se expanden por el globo, la democracia liberal se convertirá en una “utopía universal”. A partir de este momento, la columna dejará atrás su carácter burlón para dedicarse de lleno a discutir la democracia liberal, la que se deja entender implícitamente como “la única utopía” que queda.

Donde verdaderamente acierta la columna de Rodríguez Juliá es a la hora de trazar los límites de esta utopía liberal. Si bien es cierto que la democracia liberal ha creado una población con cierto acceso a la educación, la salud y el consumo, es un sistema que se fundamenta en la producción de mercancías destinadas a la venta y a la creación de la riqueza para manos privadas. Su guía es, por lo tanto, la ganancia privada. Y las contradicciones de este sistema han aflorado con particular vehemencia en estas últimas décadas por dos vías: por un lado, la creciente desigualdad producto de las medidas de austeridad luego de la última crisis mundial y, por el otro, el cambio climático, en gran medida un resultado de la generación energética “sucia”, basada en recursos no renovables. Todos los países han sido testigos de las consecuencias de este cambio: sequías e inundaciones, temperaturas extremas (tanto altas como bajas), el alza en los niveles del mar, etc. La democracia liberal se fundamenta, por lo tanto, en la destrucción ambiental. En palabras de Rodríguez Juliá, la paradoja interna de la democracia liberal es la siguiente: “para crear una clase media global, y superar la desigualdad, tendríamos que continuar con el saqueo del planeta.”

Pero incluso esta “superación de la desigualdad” está puesta en duda en el escrito de Rodríguez Juliá dado que reconoce las brechas económicas y sociales que se expanden cada vez más en las distintas partes del mundo. El problema mayor, sin embargo, continúa siendo el que señaló anteriormente: “A pesar de la desigualdad social y económica  –cada vez mayor, entre toda la población mundial–, la reflexión necesaria es sobre la vulnerabilidad del planeta como tal, la sobrevivencia de los humanos en esa nave espacial que llamamos Tierra”. Más adelante, reitera: “Hoy por hoy, la contaminación ambiental que ha resultado en el cambio climático, la degradación de la atmósfera mediante la quema de combustibles derivados de fósiles de carbón, se ha convertido en máxima prioridad para la civilización.”

“El cuestionamiento”, para Rodríguez Juliá, “sería si podríamos crear suficiente riqueza para financiar el Estado Benefactor, atemperar la desigualdad creciente y no devastar el planeta”. Sin embargo, ya en su artículo quedaron claras las tendencias estructurales de lo que venimos llamando democracia liberal: una lógica económica que requiere del saqueo del planeta para la producción de mercancías, que requiere de un consumo creciente para generar ganancias, que requiere una clase media que se fundamenta, precisamente, en un estilo de vida consumista para nutrir un ilógico círculo vicioso, dañino y en constante expansión. Por lo tanto, require de la creciente producción de mercancías a costa de la desigualdad social y la destrucción ambiental. Partiendo de lo dicho, cabe preguntarse: ¿es, verdaderamente, la democracia liberal la única utopía posible? ¿No existe un modelo a seguir más adecuado a nuestras vidas y al planeta? ¿Es imposible superar las contradicciones planteadas  –y ahora dejémonos de eufemismos – por el capitalismo contemporáneo y su afán destructivo, expansionista y desplanificado?

Es aquí donde la columna de Rodríguez Juliá se estanca, dejándonos en el aire ante los límites de la democracia liberal. Parte del problema de su análisis tiene que ver con una de las utopías descartadas al principio de la columna: el marxismo. Al día de hoy, no existe un acercamiento más riguroso y una crítica más voraz al funcionamiento interno del sistema capitalista en el que vivimos. Un sistema que tiene como fundamento la propiedad privada de los medios de producción y que impulsa el movimiento económico y social a partir de la competencia y la producción de una ganancia individual y privada. El capital de Carlos Marx cumple 150 años de su publicación, y todavía hoy mantiene una vigencia impresionante; donde queda rezagado, nos brinda las herramientas analíticas más propicias para entender los cambios que han transcurrido en este sistema económico. El propio Rodríguez Juliá en su columna no puede hacer más que referirse al “atinado análisis que hizo Marx de la irracionalidad del capitalismo”. Dado que ha sido el acercamiento más certero del sistema económico en el que vivimos, ¿no podría el marxismo brindarnos aquella utopía necesaria que rebasa las contradicciones actuales de la democracia liberal?

¿Qué propone el marxismo? Propone, en síntesis, la planificación económica: en lugar de una producción privada, regida por la competencia y la ganancia egoísta, la economía y la producción sería centralizada y colectiva, obra de toda la sociedad; en lugar de crear mercancías para la venta y el enriquecimiento de los capitalistas, sin importar el costo social y ecológico de lo que se produce y cómo se produce, la sociedad decidiría democráticamente qué y cómo producir lo que verdaderamente necesita [2]. Una economía planificada le daría fin a las crisis cíclicas producto, entre otras cosas, de la anarquía del mercado, lo que ha caracterizado al sistema capitalista desde el siglo XIX. A través de una verdadera planificación, además, empezaría a disolverse una parte importante de las desigualdades que imperan en este sistema económico. En la medida en que la ganancia deja de ser privada y se convierte en obra colectiva de toda la sociedad, se es capaz de llevar a cabo una verdadera distribución de las riquezas producidas.

Para lograr una economía planificada, habrá que abolir la propiedad privada de los medios de producción tal y como la conocemos (lo que no descarta que existan la práctica cooperativa y la existencia de pequeños negocios o emprendimientos autogestionados en áreas estratégicas). Debido a la constitución clasista de la sociedad, y que la clase capitalista, dueña de los medios de producción, no va a abandonar lo que ahora tiene y que le brinda grandes ganancias económicas, como único se podría lograr esta economía es a través de la toma del poder del Estado por parte de las grandes mayorías que componen la población, en particular la clase trabajadora, que, por distintas razones, debería liderar este proceso.

Desafortunadamente, gran parte de la historia del marxismo le ha dado la espalda al problema ecológico, irónicamente asumiendo en muchas ocasiones unas posiciones económicas productivistas  –es decir, demasiado enfocadas en producir por producir– en lugar de unas enfocadas en producir responsablemente y racionalmente para el bien de la sociedad y su entorno. La Revolución rusa, que conmemora ahora sus 100 años, fue un ejemplo demasiado breve de la posible interrelación entre la crítica económica y la crítica ecológica; la contrarrevolución estalinista terminó por reproducir los elementos más destructivos de la producción capitalista a través de la generación de energía a partir de la quema de recursos no renovables o de fuentes nucleares [3]. China hoy es uno de los grandes contaminantes del planeta. Sólo Cuba, a su manera, ha logrado servir de guía en algunas áreas del tema ambiental. Pero a pesar de los ejemplos limitados, las herramientas que brinda Marx persisten, y en las últimas décadas lo que por mucho tiempo fue un asunto ignorado ha ido cobrando más fuerza, a tal nivel de desembocar en uno de los campos y los debates actuales más ricos dentro del marxismo: el ecosocialismo.

“El ecosocialismo es una corriente política fundamentada en una certeza esencial: que el preservar el equilibrio ecológico del planeta y, por lo tanto, un ambiente favorable a las especies, incluyendo la nuestra, es incompatible con la expansión y la lógica destructiva del sistema capitalista” [4]. Une políticas “rojas” con políticas “verdes”, partiendo de la premisa de que una sería insuficiente sin la otra. Un movimiento socialista que no esté preocupado por el problema ambiental no sólo continúa reproduciendo los límites del sistema de producción capitalista, sino que está destinado a alienarse de los movimientos populares ecológicos y de la comunidad científica. Por otro lado, un movimiento ambientalista que no asuma la crítica económica del capitalismo y se limite a meras reformas está, en última instancia, destinada al fracaso; como bien sugirió Rodríguez Juliá, ante la lógica de la ganancia, son insuficientes las reformas a las que están dispuestos los capitalistas y los gobiernos del mundo. “¿Cuál es la solución? ¿La austeridad individual, como proponen tantos ecólogos? ¿La reducción drástica del consumo? La crítica cultural del consumismo es necesaria pero insuficiente: se tiene que combatir al propio sistema de producción. Sólo una reorganización colectiva y democrática del sistema de producción puede satisfacer las necesidades sociales reales, reducir el tiempo de trabajo, suprimir la producción innecesaria y peligrosa y reemplazar las fuentes fósiles con fuentes de energía renovable. Todo esto conlleva intervenciones radicales en la propiedad capitalista, una extensión del sector público y, en otras palabras, un plan democrático y ecosocialista” [5].

Aunque quizás a primera vista parecería como si esto fuera un debate alejado de nuestra realidad, la de una colonia en crisis económica, social y política, no hay que ir muy lejos para entender la importancia de unir la crítica económica con la ecológica. Quienes mejor entienden estos ejes como inseparables quizás sean los residentes de las comunidades de Peñuelas que se oponen al depósito de cenizas producto de una generación energética a partir de la quema de carbón, la que se ha comprobado como peligrosa, sucia y contaminante. ¿Por qué existe, entonces, esta práctica de quema de carbón en la isla? Su único fin “lógico” es la ganancia de una empresa privada apoyada por la ineficiencia y la corrupción de nuestro aparato gubernamental. (Ya lo habrá dicho Ernest Mandel anteriormente: la racionalidad burguesa es racionalidad a medias, y siempre lleva adentro de sí lo irracional.) Quienes mejor pueden entender la importancia de la propuesta ecosocialista de unir la crítica económica con la ecológica quizá sean los residentes de Arecibo, que por años se han opuesto a la construcción de una incineradora de basura que traería problemas de salud para la población a través del envenenamiento del aire, de los cuerpos de agua cercanos y de la industria ganadera y lechera aledaña.

En este sentido, aunque Puerto Rico no sea a nivel global uno de los causantes principales del calentamiento global, no por eso dejan de tener vigencia los principios de la propuesta ecosocialista. Ante nosotros recae la defensa de nuestras playas, nuestros recursos naturales, las especies de la isla y nuestra gente; ante nosotros, los retos para por fin deshacernos de la quema de carbón, de la incineración de basura, de la contaminación lumínica. Eventualmente, habrá que terminar por completo con la producción de energía a partir de recursos no –renovables, con el manejo de desperdicios basado casi exclusivamente en los vertederos, con una agricultura que contamina a la vez las cosechas y las tierras, teniendo un efecto negativo en la población. Todas estos problemas ya cuentan con un grupo nutrido de activistas y de personas dedicadas provenientes de distintas disciplinas, entre las cuales no escasean acercamientos científicos. (En estos últimos años en particular, la agricultura ha sido un tema de interés creciente para una población joven cada vez más preocupada por la producción de alimentos a partir de métodos agroecológicos [6].) Ni se debe olvidar el carácter internacional de esta lucha, ni se debe perder de vista cómo ella interfiere y atraviesa gran parte de nuestra vida social.

El camino hacia el ecosocialismo, es decir, hacia un mundo con una economía planificada democráticamente y responsable ante el ambiente y el planeta, es uno que pareciera ser lejano o imposible. No en balde se refiere Rodríguez Juliá en su artículo a “ese esfuerzo sin duda utópico de salvar la Tierra como hábitat de la humanidad”. Y quizás habrán lectores de esta columna que verán en la propuesta ecosocialista otra utopía impracticable. Por mi parte, creo que hay razones de más, tanto económicas como científicas, que le dan sostén a la propuesta ecosocialista. La pregunta retórica que le da título a este escrito, en mi opinión, debería contestarse con un rotundo y necesario ‘sí’, aunque en la época en que vivimos respuestas tan definitivas crean tanta sospecha. Quizás en otro momento valdría la pena entrar más en detalle al respecto, pero aquí quisiera concluir con un punto algo más sencillo aunque apremiante. La crisis ambiental lleva a la precarización del bienestar social en general y una mayor profundización de la desigualdad social a un ritmo demasiado acelerado. Algunas de las ciudades principales de la historia, más pronto de lo que uno pensaría, quedarán bajo agua ante el alza de los niveles del mar, con la misma rapidez que en la isla se observa que el mar le ha robado terreno a Cabo Rojo y a Culebra. Las temperaturas extremas harán cada vez más difícil la vida en el planeta y la producción de comida para todos. A esto se le añade el daño ambiental que ya se le ha hecho a distintos ecosistemas y a distintas especies de plantas y animales, daño que todavía está por verse si es posible revertir. Las repercusiones son evidentes. En fin, si la alternativa a nuestra sociedad no es ecosocialista, o si no la logramos pronto, la especie humana y, por lo tanto, de la vida social que conocemos hoy día concluirá. No queda más que terminar con el sistema producción capitalista que, en palabras de Marx, “sólo sabe desarrollar la técnica y la combinación del proceso social de la producción socavando al mismo tiempo las dos fuentes originales de toda riqueza: la tierra y el ser humano”.

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[1] Para acceder a la versión electrónica, pueden utilizar el siguiente enlace: https://www.elnuevodia.com/opinion/columnas/launicautopia –columna –2348290

[2] Un ensayo que de una manera rigurosa y a la vez clara ejemplifica lo que significaría una economía planificada, a la vez que ayuda a visualizar algo que por otro lado pudiera parecer abstracto, lo es “En defensa de la planificación socialista” de Ernest Mandel. Aunque la traducción al español es difícil de conseguir, en el siguiente enlace se puede acceder a su versión original en inglés: https://www.marxists.org/archive/mandel/1986/09/planning.html.

[3] Para un estudio reciente sobre los intentos de preservación natural y los avances ecológicos y científicos en los primeros años de la URSS previo al estalinismo, ver el excelente ensayo de Daniel Tanuro, “La demasiada breve convergencia entre la revolución rusa y la ecología científica”: https://vientosur.info/spip.php?article12890

[4] La definición se la tomamos prestada a Michael Löwy, del prefacio de su libro Ecosocialism. A Radical Alternative to Capitalist Catastrophe. Para un estudio introductorio a la vez que profundo sobre el tema, ver de este autor: “¿Qué es el Ecosocialismo?”, del 2004. “La cuestión ecológica es, en mi opinión, el desafío más grande para una renovación del pensamiento marxista en el siglo XXI. Ésta exige a los marxistas una revisión crítica profunda de su concepción tradicional de las «fuerzas productivas», así como una ruptura radical con la ideología del progreso lineal y con el paradigma tecnológico y económico de la civilización industrial moderna”. El ensayo se encuentra en el siguiente enlace: https://www.democraciasocialista.org?p=1526

[5] Nuevamente le tomamos un párrafo a Michael Löwy, del antes mencionado prefacio de Ecosocialism. A Radical Alternative to Capitalist Catastrophe.

[6] Recientemente en las páginas de En Rojo se publicó un artículo importante titulado “Ian Pagán Roig: revolucionario de la tierra” que, aunque centrado en una figura y en el proyecto del Josco Bravo, da indicios de lo que significa este movimiento agroecológico en Puerto Rico. “Más allá de una agricultura productiva, que es el enfoque ciego de la agricultura convencional, nos toca pensar en una agricultura adaptada a un planeta cambiante, a una agricultura resiliente”. Para acceder al artículo en su versión electrónica, ir a: https://claridadpuertorico.com/content.html?news=02C47878F513B63C2E9D8848B48E84C9