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Xander Zayas busca convertirse en la cara del boxeo boricua

 

 

Especial para CLARIDAD

 

Después del histórico fin de semana vivido hace dos semanas en la ciudad de Nueva York donde se realizaron 3 carteleras con participaciones de 5 boricuas y que dejó saldo de la coronación de Subriel Matías como dos veces campeón mundial de las 140 libras, uno pensaría que las peleas significativas por este mes en Nueva York se habían terminado.

Sin embargo, ese no el caso pues este fin de semana el boricua Xander Zayas tratará de convertirse en el nuevo campeón de la Organización Mundial de Boxeo (OMB) cuando enfrente en el teatrito del Madison Square Garden al mexicano Jorge García Pérez (con marca de 33-4 con 26 Kos) por el título vacante de ese organismo en las 154 libras.

 El momento que ha estado esperando

Aunque Xander apenas cuenta con 22 años y tan sólo 21 peleas este ha sido el momento que el boricua ha estado esperando toda su vida, el caso de Zayas es uno particular porque  Top Rank lo identificó desde que era aficionado y lo firmo a la corta edad de 16 años. Por eso pareciera que la espera ha sido más larga de lo normal. Su promotora ha sido cuidadosa en llevarlo sin prisa, pero sin pausa y Xander ha puesto de su parte porque en su carrera profesional apenas ha perdido asaltos.

 

El próximo Cotto

Aunque las comparaciones nunca son justas y cada boxeador busca dejar un legado particular no es ningún secreto que desde el retiro de Miguel Cotto la empresa Top Rank ha estado en busca de esa figura que mueva las masas de la fanaticada boricua y que este en eventos grandes. Por razones que no vienen al caso, ni Félix Verdejo ni Edgar Berlanga quienes en algún momento dieron destellos de potencial, pudieron llenar esos zapatos pues sus carreras  se estancaron en el camino.

 Las 154 están calientes

Actualmente esa división no tiene una figura dominante siendo probablemente el estadounidense Sebastián Fundora (quien este pasado venció por segunda vez al australiano Tim Tszyu) catalogado como el mejor.  Otras figuras como el mexicoamericano Vergil Ortiz, el estadounidense Jaron Ennis, el ruso Bahram Murtazaliev están en  discusión,  Xander se uniría a la lista de los mejores si gana.

Todas esas peleas contra cualquiera de ellos son eventos grandes que tienen gran potencial.

 Una defensa en Puerto Rico

Aunque podría ser prematuro para hablar de esto, todavía tiene que vencer a Pérez el sábado (que es un buen rival y viene de su victoria más significativa frente al estadounidense Charles Conwell) creo que del boricua ganar él y su grupo deben procurar hacer esa primera defensa en la isla porque, aunque Zayas aprendió a boxear aquí antes de mudarse a la ciudad de New Jersey (donde esta radicado) porque solo ha hecho una pelea en la Isla, que fue la 4ta de su carrera cuando todavía era un desconocido para gran parte de la audiencia local. Si logra conectar con la fanaticada boricua no me cabe duda que sus eventos tanto en Nueva York como en las Vegas serán un éxito y se convertirá en la nueva cara del boxeo boricua.

Estaremos pendientes.

 

 

 

José “Papo” Molina Cruz recibe merecido reconocimiento

Alberto Mercado de Cayey, Elliott Castro,Luis Pizarro y José Molina de Fajardo.

 

19 de julio 1979- A 45 años de participar en los Juegos Olímpicos de Moscú

 

Especial para CLARIDAD

En el 1er reencuentro de las Clases graduadas de la Escuela Superior Dr. Santiago Veve Calzada de Fajardo se rindió un merecido reconocimiento a José (Papo) Ángel Molina Cruz a 45 años de convertirse en Olímpico y 46 de la Medalla de Oro Juegos Panamericanos 1979.

José nace en la Barriada Obrera de Fajardo para luego pasar a vivir al Residencial Pedro Rosario Nieves. Sus padres Carmen Cruz Freites y José Molina Guerra. Él se siente muy orgulloso de sus orígenes humildes. Comenzó en el deporte del boxeo desde temprana edad ya que era un niño muy curioso. Sus primeros pasos dentro del deporte del boxeo los da en el desaparecido gimnasio Caco Carrasco desde los 8 años y luego continúa en el también desaparecido gimnasio Julepe Colón bajo la tutela de José Ramón Martínez (747) y Luis Delgado que fueron sus primeros entrenadores. Es parte de una familia grande ya que tuvo 12 hermanos. A los 9 años incursionó en el boxeo aficionado y seis años después logró viajar a México representando a Puerto Rico con solo 15 años, en los Juegos Panamericanos de 1975. Allí fue derrotado por Enzo Molina un boxeador de mucha experiencia y muy desarrollado físicamente. Él entiende que fue la mejor pelea y aunque perdió se llenó de orgullo ya que sentía que tenía la capacidad para triunfar en el boxeo.

Posterior a los Juegos de México se va en busca de empleo a los Estados Unidos y forma parte de la diáspora boricua. Estuvo residiendo y siempre entrenando en Pensilvania por varios años. Un accidente fatal, la muerte de uno de sus hermanos, lo hace regresar a Puerto Rico por un corto periodo de tiempo en 1979 donde José Ramón Martínez (“747”) aprovecha la oportunidad y lo invita a que participe en un torneo aficionado de boxeo y hace tres (3) peleas. Logra coronarse Campeón de Puerto Rico en el boxeo aficionado en las 156 libras. Regresa a Pensilvania, donde estaba trabajando, similar a lo que viven muchos de nuestros mejores atletas que tienen que trabajar para sobrevivir además de entrenar para poder triunfar en un deporte tan sacrificado como el boxeo. Como era el Campeón de las 156 libras, el Comité Olímpico lo invita a formar parte de la delegación boricua de los Juegos Panamericanos celebrados en San Juan en el 1979 y regresa a la Isla para representar a su país.

La cosecha de medallas del Boxeo Aficionado en esos juegos fue inmensa. Los peleadores Boricuas lograron dos medallas de Oro; Alberto Mercado de Cayey, José Molina de Fajardo; cuatro de Plata, Luis Pizarro, Roberto Andino, Dennis Jackson, Narciso Maldonado y una de bronce, Pedro Cruz. Sin duda alguna una de las gestas históricas más importantes en el deporte puertorriqueño. De un total de 21 medallas, 7 de ellas fueron en boxeo y las únicas Dos de ORO.

Luego de esa gesta surgió el boicot de Estados Unidos a las Olimpiadas de Moscú en 1980. Puerto Rico vivió uno de los momentos más importantes de su historia deportiva. Aunque políticamente Puerto Rico es una posesión de los Estados Unidos, deportivamente tiene su soberanía deportiva y dirigidos por Don Germán Rieckehoff Sampayo (Presidente del Comité Olímpico en ese momento) decidió participar en los Juegos Olímpicos de Moscú. Los Estados Unidos boicotearon dichos juegos. Aquellos, que, como Don Germán, defendíamos dicha “Soberanía” aplaudimos la decisión del Comité Olímpico. Papo Molina fue parte de la delegación Boricua a esos históricos juegos de solo tres representantes, todos ellos en boxeo. El gobernador de Puerto Rico, Carlos Romero Barceló, no aprobó fondos para la delegación y el Comité Olímpico pagó todos los gastos. La delegación desfiló con la bandera Olímpica y no con la de Puerto Rico debido a la intensa discusión que se suscitó en el país y en los Estados Unidos por el boicot dirigido por ellos.

Los boxeadores boricuas no lograron medallas. Papo tuvo una buena demostración y ganó su pelea preliminar, pero lamentablemente, sufrió una fractura en una de sus manos durante el encuentro que le impidió seguir participando cuando iba a pelear por la medalla de bronce. De todas maneras, él y sus compañeros hicieron historia representando a Puerto Rico dignamente y dejándole saber al mundo que nuestro país es soberano “deportivamente hablando”.

Durante los próximos dos años Papo no fue el mismo, su mano le siguió dando problemas y de ahí en adelante como él señala cogió el “relevo” John John Molina. Papo estuvo a su lado todo el tiempo durante su carrera de boxeador aficionado y profesional al igual que su entrenador José Ramón Martínez.

Papo se retira del boxeo en el 1982 y comienza a trabajar en la Autoridad de los Puertos en las lanchas de Vieques y Culebra. Señala con mucha nostalgia que ni el gobierno municipal o estatal le han reconocido sus logros como atleta. Nos señala de una manera nostálgica “tanto el gobierno municipal como estatal se han olvidado de que en Puerto Rico existen atletas y reconocerlos, abren una tumba y te enterraron y se olvidaron de que existes como atleta”. El Comité Organizador del reencuentro de Clases Graduadas, donde había maestros que educaron a Papo en Escuela Intermedia y Superior decidieron reconocerlo.

Este es el primero de muchos reconocimientos ya que en un Programa Radial en WMDD lo entrevistaron, lo que no había ocurrido anteriormente. Papo debe estar en algún salón de la Fama del deporte donde sus logros sean escritos para que futuras generaciones conozcan su pasado y traten de emularlos. Papo es parte de nuestra historia deportiva y como atleta que defendió su Soberanía Deportiva, además de, un ejemplo a seguir.

En 2019 Papo se sorprendió grandemente y creía que no era cierto cuando una cervecería de Puerto Rico lo reconoció al él y a otros medallistas del 1979 y los llevaron a los Juegos Panamericanos de Lima, Perú durante el mes de agosto (Perú 2019) como reconocimiento a sus logros en los Juegos de 1979. Dicha cerveza salió al mercado y lleva su nombre en honor a estos dos medallistas de ORO del 1979.

Imitemos a esta cervecería y hagamos lo propio tanto con José Ángel Molina Cruz “Papo “y con tantos otros en nuestros pueblos como Luis Pizarro de Río Grande y Alberto Mercado de Cayey que han sido olvidados y no se les ha reconocido sus logros y sus gestas como es debido. Este servidor quiere reconocer al que fue ejemplo a seguir de muchos boxeadores como John John Molina y otros que para ellos José Ángel Molina Cruz “Papo “ fue un modelo a seguir. Por sus logros en el boxeo aficionado donde representó dignamente a nuestro país, a Fajardo y nuestra bandera El Comité Organizador decidió reconocerlo por haber sido Campeón Nacional en 156 libras, Campeón Panamericano (Medalla de Oro), Olímpico y le otorgaron este merecido reconocimiento.

Otro Boricua de Escuela Superior a MLB

Joven prospecto fajardeño es escogido como agente libre en el sorteo de MLB. José A. Silva Quiñónez “Chu Chu”- Academia IBA & High School, de Fajardo recibió un contrato de los Cachorros de Chicago. En un artículo anterior en Claridad mencionamos a este joven prospecto y sus atributos. (https://claridadpuertorico.com/fomentando-el-deporte-de-nuestrosas-jovenes-estudiantes-atletas/ ) Felicitaciones a José “Chu Chu” y su familia, CLARIDAD los felicita. A llevar la bandera de Puerto Rico bien en alto.

 

El En Rojo para Ramón López y su caminar en Chicago

Ramón y Bembeteo en una presentación. Foto suministrada
Cuando Luis Alejandro Molina del Centro Cultural Juan Antonio Corretjer en Chicago me dijo que quería dedicarle un número de La Voz del Paseo Boricua a Ramón López y que si lo podíamos hacer a la par en el En Rojo, le dije sí ¿por qué no?  Lo hablo con el director del En Rojo. Tanto Rafael Acevedo como yo conocimos a Ramón, fue director interino del En Rojo por allá por los años noventa y sus tapices fueron la escenografía por muchos años del Festival de Apoyo a CLARIDAD. Uno de los tapices de la bandera de Puerto Rico engalana la oficina del En Rojo. Lo que no imaginé nunca era lo mucho que iba a aprender de las andanzas de Ramón en Chicago.
Casi nunca echo de menos el periódico impreso semanal, he aprendido a bregar con el mensuario, pero en ocasiones como esta me gustaría que tuviéramos capital para poder imprimir muchos ejemplares para que la gente los coleccione y sus hijos e hijas conozcan las andanzas de un puertorriqueño en las entrañas del monstruo.
En este En Rojo se recogen múltiples ensayos de la autoría de López, narrando y desmenuzando lo que es vivir en la Ciudad de los Vientos, pero también entrevistas
y varios ensayos sobre él. Elizam Escobar, Carlos Quiles, Eduardo Arocho y Michael Rodríguez Cruz hablan de la obra y la contribución de Ramón a la cultura en Chicago, Puerto Rico y de su legado para las futuras generaciones.
Gracias a Luis Alejandro Molina y a la gente de La Voz en el Paseo Boricua por contar con CLARIDAD/En Rojo para este maravilloso homenaje al flaco y su obra.
Alida Millán Ferrer
Directora CLARIDAD

Nota del editor y agradecimientos

 

La idea para esta sección nació hace casi dos años, en una conversación con José E. López, Director Ejecutivo del Centro Cultural Puertorriqueño. Hablábamos entonces de la posibilidad de “hacer algo” con los escritos, poemas, gráficos y demás materiales que habíamos logrado rescatar de unos Zip disks corroídos donde los encontré.

En el año 2014, mucho después de que Ramón regresara a Barranquitas para cuidar la casa que le había legado su tía, me dejó un mensaje de voz conmovedor. Al marcharse de Chicago, la mayor parte de su equipo informático fue reutilizado de inmediato y los medios de almacenamiento terminaron en una caja de leche, donde reposaron cómodamente durante años. Tiempo después, en una limpieza, la caja llegó a mi oficina, y fue entonces cuando decidí intentar rescatar los archivos que contenía.

Fueron casi ocho meses —intermitentes— de limpieza y conversión de archivos: de textos a formatos legibles, de imágenes en formato PICT a JPG y luego a PNG, y finalmente, de grabarlos en dos CDs que envié por correo a Ramón. De ahí, el mensaje de voz.

Agradezco profundamente a:

  • Rubén Gerena, por responder siempre con alegría a mis pedidos de último minuto.
  • Jan Susler, por revisar la traducción al inglés del ensayo de Elizam Escobar sobre Ramón.
  • Alida Millán Ferrer, por aceptar el concepto de publicar simultáneamente el contenido en español de la sección de Ramón en el sitio web de Claridad, por su revisión final a contrarreloj, y por ser una fuente constante de inspiración.
  • Michael Rodríguez Muñiz, colega en la Junta Directiva del PRCC, por aceptar de inmediato mi solicitud de un ensayo introductorio.
  • Carlos Quiles, también, por respaldar esta idea desde sus inicios y por aceptar escribir el ensayo desde la perspectiva puertorriqueña.
  • Clarisa López Ramos por estar siempre disponible para la lectura, correción y traducción al español
  • Eduardo Arocho, por su entusiasmo y abrazar el concepto tan pronto conversamos y poniendo al día su ensayo, además aportar el audio de la entrevista de Ramón.
  • Greg Bozell y Barbara Popovich, anteriormente el líderato de CAN-TV, por el permiso de uso del video de Ramón López.

Ramón López: El etnógrafo del Paseo Boricua, Chicago

Gato Elizam, tapiz

Suplemento Especial

Ramón López (1953–2020) temía haber perdido su colección de ensayos sobre cultura popular y transformaciones urbanas en el Chicago puertorriqueño. Los había dejado atrás por accidente al regresar a su amado Barranquitas, a mediados de los años 2000. Por fortuna, la historia no terminó ahí. Años después, por azar, su colaborador de siempre y guía tecnológico, Luis Alejandro Molina, recuperó los ensayos de cuatro antiguos “zip drives”, un sistema de almacenamiento hoy obsoleto. El hallazgo llenó de alegría a Ramón, quien veía en esos textos la culminación de años de investigación y reflexión. Lamentablemente, en 2020 falleció antes de que los ensayos “chicagüeños” vieran la luz pública.

Ramón fue muchas cosas: narrador, tejedor, historiador, sanador, músico, educador. También fue un etnógrafo excepcional—un escriba y analista de la vida social. Formado como antropólogo, primero en la Universidad de Puerto Rico, Recinto de Río Piedras, y luego como doctorando en la New School for Social Research en Nueva York, Ramón desconfiaba de la investigación a distancia.

“Necesito el ruido, el color, las palabras, la música de la gente que me rodea porque así es como trabajo”, comentó una vez en entrevista.

Portada de Los bembeteos de la plena

Su deseo de cercanía e inmersión no era un simple estilo metodológico, sino una necesidad vital. Ramón—el etnógrafo—se propuso documentar las formas populares de la cultura puertorriqueña, tanto del pasado como del presente. Esta misión, sostenía, exigía un compromiso directo y sostenido con los objetos culturales y con las relaciones y comunidades donde se producían, consumían y transformaban. Dio vida brillante a esta práctica intelectual y ética en sus obras mayores—Los bembeteos de la plena puertorriqueña (2008) y El movimiento de los Reyes Magos hacia la estrella sola (2008).

Sus ensayos recuperados se basan, como él mismo afirmó, en “trabajo de campo extenso” en los barrios de Chicago entre 1994 y 2001. En 1994, Ramón dejó su cátedra en la Universidad de Puerto Rico y se mudó a la Ciudad de los Vientos para dirigir la escuela alternativa de Aspira. Llegó en un momento propicio para un etnógrafo de la cultura.

Durante su primer año, presenció el levantamiento de los imponentes arcos de acero del Paseo Boricua, colocados en puntos estratégicos de la calle Division, en la zona de Humboldt Park/West Town. En uno de sus ensayos, Ramón rememora aquel instante. Narra cómo “el monumento más grande a la bandera puertorriqueña jamás construido” requirió una “síntesis asombrosa” de historia comunitaria, virtuosismo arquitectónico y creatividad en acero. Sin embargo, las banderas gemelas no eran solo una hazaña estética y técnica; eran una declaración política profunda contra la gentrificación, ese proceso racializado de desplazamiento que ya había desmantelado otros enclaves puertorriqueños de la ciudad. El Paseo Boricua, afirmaba, era “un acto de recuperación territorial, una forma de resistencia frente a la aplanadora del poder blanco y rico”.

Segunda Obra de Títeres, 2001

Ramón se volvió pronto un rostro familiar en la comunidad. Cuando no cuidaba su manada de gatos, se le veía editando la revista Boricua en las oficinas de la campaña por la libertad de los presos políticos puertorriqueños, o recogiendo información y morcilla en la bodega del barrio. Su silueta delgada era una presencia constante en charlas educativas, protestas y eventos culturales—algunos de los cuales organizaba o dirigía. El etnógrafo se sumergió de lleno en el entramado de la vida comunitaria, encarnando lo que algunos llaman “participante observador”. Con el tiempo, ese campo de estudio inicialmente ajeno se transformó en su hogar adoptivo.

Gran parte de lo que vio, vivió y escuchó aparece en sus ensayos. Imagino que algunos comenzaron como notas de campo o transcripciones de conversaciones. ¿Fueron preludio de una obra más extensa? Quizás nunca lo sabremos. Pero Ramón dejó un regalo. Cada ensayo, un archivo en sí mismo, rebosa de intuiciones e invitaciones para explorar esta esquina del Chicago puertorriqueño. Su escritura revela una fascinación genuina, incluso una admiración cautelosa, por las múltiples capas sociales, políticas, culturales y espirituales del barrio. Estas historias y luchas, sin duda, merecían ser contadas.

En esta colección de ensayos, Ramón, el etnógrafo, asume el papel de guía turístico. Una elección adecuada, pues los recorridos son parte habitual del Paseo Boricua. La mayoría los dirige el poeta e historiador aficionado Eduardo Arocho, cuya infancia en Humboldt Park y obra literaria son el foco del ensayo de Ramón titulado “Poesía en zapatos arcoíris”, en honor a la “poetópera” de Arocho.

Como todo recorrido, el de Ramón tiene múltiples paradas, aunque no pretende ser exhaustivo. Este guía no lo cuenta todo. De hecho, lo admite en su conmovedor ensayo “Los migrantes cimarrones”. Reconoce que sus textos no pueden—ni intentan—abarcar toda la vastedad del barrio. En lugar de perseguir lo imposible, enfoca el paseo en “la cultura que la gente crea por sí misma—no la impuesta o fabricada por sectores dominantes”. Prefiere lo espontáneo a lo guionado, lo híbrido a lo homogéneo. Para Ramón, la cultura popular es compleja, dinámica, y en esencia mulata: una realidad que no admite esencias. A lo largo del recorrido, deja claro su propósito etnográfico, cuidando de no abrumar al lector con abstracciones.

En el trayecto conocemos a personas como la anciana Doña Lula, creadora de muñecas Madama. Junto a su nieta, la fotógrafa Lin, Doña Lula comparte su fe y afirma la belleza de la negritud. También aparece el introspectivo y acelerado lirismo urbano de Juan Pablo Fonseca, rapero nacido en Barrio Obrero y criado en Humboldt Park. Otras figuras surgen en el recorrido—algunas con nombre, otras anónimas—como vendedores callejeros, cantantes, manifestantes, jóvenes y residentes de larga data. Líderes comunitarios y figuras electas aparecen ocasionalmente, pero rara vez son el foco. Ramón prefiere centrar su atención en quienes carecen de estatus, influencia o capital—los que con frecuencia quedan fuera de los libros de historia y las conmemoraciones oficiales. En ellos encuentra la cultura popular más viva, desordenada y transformadora.

Su tour no se limita a las personas: se entrelaza con los productos culturales que circulan en la comunidad. Banderas, murales, camisetas, tambores, máscaras de vejigante, tornamesas, cajas de leche, carrozas. En un ensayo fascinante, describe un concurso escolar de arte cuyo tema era los Reyes Magos. Dos obras llamaron su atención: una representaba a Melchor, Gaspar y Baltasar como miembros de pandillas rivales; la otra los mostraba como vagabundos. “Aunque son deambulantes, todavía tienen algo que ofrecer”. En ambos casos, los estudiantes reinventaron a los Reyes como sabios callejeros.

Otro ensayo narra el surgimiento de un objeto cultural autóctono: dijes con la bandera de Puerto Rico, hechos con cuentas plásticas. Estos colgantes, recuerda Ramón, se volvieron un “éxito inmediato”, lucidos con orgullo en cuellos y retrovisores. Aunque considerados kitsch por algunos, el etnógrafo no cometió el error de ignorarlos. Para él, el valor del dije no radica en su material ni en su fidelidad estética a la bandera real, sino en los significados que la comunidad les atribuye, los usos que se les da, y su papel como puntos de encuentro donde se forma la solidaridad. En suma, comprendió que algo tan aparentemente simple como estos dijes podía funcionar como “puntos de encuentro” para la formación de comunidad y solidaridad.

Gran Foto Felina de La Casita, 2010 En julio de 2010, el ex prisionero político Carlos Alberto Torres fue liberado tras cumplir una condena de 30 años por conspiración sediciosa. En la imagen, aparece hablando ante la comunidad en La Casita el mismo día de su liberación, acompañado por su abogada Jan Susler y el director ejecutivo del PRCC, José E. López.

El recorrido de Ramón escenifica encuentros con productores y productos culturales en distintos lugares del entramado comunitario. Hace escala en varios sitios, como los mencionados arcos de las banderas del Paseo Boricua y La Casita de Don Pedro, un terreno baldío y un garaje ruinoso transformados en ancla cultural y hogar de una estatua de bronce de Pedro Albizu Campos, antillano y revolucionario anticolonialista. En su ensayo “El otro baile de bomba”, Ramón describe con espesor etnográfico cómo el patio de la Casita se convierte en un escenario de lo sagrado y lo profano: un torbellino de cuerpos, movimientos, instrumentos, símbolos y sonidos que confluyen en bombazos explosivos y celebraciones intensas por la excarcelación de independentistas—indiferentes a las llamadas gentrificadoras a la policía.

A lo largo del recorrido, Ramón no se limita a lo bello o lo inspirador. Tal decisión acortaría el viaje, pero también traicionaría su propósito. El etnógrafo no es un promotor turístico. Su recorrido no busca “marcar” el área, ni higienizar ni fetichizar sus realidades. Busca explorar la vida cotidiana en este barrio puertorriqueño, contando una historia que no oculta su dureza ni su dolor. Ramón veía en la cultura popular una respuesta creativa y terca frente a la pobreza, la violencia, la gentrificación y el colonialismo.

Pancarta para el Mercado de Artesanos, 2005. Fotos suministradas

“Ven a mirar conmigo mi barrio bravo”, invita uno de los ensayos. Sigue la invitación con una meditación sobre la economía del color en el vecindario. La vida pandillera en Chicago ha hecho del color una cuestión de vida o muerte. En al menos una ocasión, el etnógrafo enfrentó esa realidad. “Los colores son una cuestión de luz, así que cuando alguien me llamó y volteé, me encontré frente al cañón de una pistola, iluminado”. Pero las pandillas no son el único peligro. Como muchos jóvenes de Humboldt Park testifican, el hostigamiento y la vigilancia policial son cosa habitual. Y no solo los colores pandilleros despiertan sospechas. Ramón advierte: “En esta ciudad racista, afirmar lo puertorriqueño es un riesgo pintado en tres colores”. Curiosamente, es en esos momentos en los que se adentra en los espacios y condiciones que la mayoría de los recorridos turísticos evita, cuando Ramón abraza la identidad de su sujeto antropológico. El “ellos” se transforma en “nosotros”. “Estas calles alquiladas, donde nos reconocemos, ahora llevan el aroma de Puerto Rico tras medio siglo de historias migrantes” (énfasis añadido).

Sin embargo, Ramón dice poco sobre su lector o visitante imaginado. Como todos los recorridos, el suyo está diseñado para quien desconoce, para quien podría beneficiarse de una excursión temporal por un nuevo territorio. Por ello, dudo que los puertorriqueños de Chicago estuvieran en lo alto de su lista. Su audiencia principal no parece ser otros enclaves diaspóricos que, a pesar de sus diferencias, reconocerían mucho en estos ensayos.

Mariano y el Equipo Construyendo La Casita, 1997 Durante el verano de 1997, La Casita de Don Pedro tomó forma como un proyecto colaborativo entre la Escuela Secundaria Puertorriqueña Dr. Pedro Albizu Campos, Archi-Treasures y el Centro Cultural Puertorriqueño. En esta imagen, Mariano del Valle, miembro del PRCC, lidera al equipo de construcción con orgullo y dedicación.

¿Para quién escribe, entonces? Creo que para puertorriqueños en Puerto Rico, especialmente aquellos que carecen de un conocimiento genuino o experiencia directa con “los de afuera”. Puertorriqueños que, quizá más que otros, tienen dificultad para apreciar “la inmensa resiliencia y creatividad cultural de los sectores populares puertorriqueños en la diáspora”. Demasiado a menudo, lamentaba Ramón, los puertorriqueños en Estados Unidos son acusados, por un lado, de asimilación, y por otro, de “folclorizar” la cultura puertorriqueña. Ninguna de las dos cosas es cierta. Lo que halló en Chicago, y presume existe en otros rincones de la diáspora, son “formas de vida donde imposiciones, tradiciones, influencias, hallazgos y reinvenciones de identidad coexisten y se transforman”. La cultura popular puertorriqueña fuera del archipiélago no es un remedo. Aunque transnacional, sigue ritmos propios, enfrenta desafíos propios y bebe de fuentes culturales que encuentra en su camino. Y, en ese proceso, cultiva sus propias ansias de liberación y comunidad. Ramón, sospecho, vislumbraba un vasto aprendizaje posible en la cultura, la política y las solidaridades de tales lugares.

Por supuesto, ningún recorrido es eterno. El tour etnográfico de Ramón por Chicago concluyó con su último ensayo. No dejó, que sepamos, una conclusión. Pero sí legó una especie de cápsula del tiempo, un archivo donde es posible visitar o revisitar la vida puertorriqueña en el área de Humboldt Park al inicio del nuevo siglo. Mucho ha cambiado desde entonces. Las huellas de la gentrificación son visibles por doquier. Muchos de los negocios que nombra ya no existen, y otros han ocupado su lugar. Algunas de las personas que menciona han fallecido o se han ido del barrio. Pero otras permanecen, aunque sean menos con el paso del tiempo. Aun así, una caminata por la calle Division revela ciertas continuidades. Las banderas del Paseo Boricua aún ondean, y muchas de las prácticas y objetos culturales que visitó durante su recorrido siguen presentes. Y, sin embargo, debo confesar que esta colección despierta una profunda nostalgia. Me recordó a tantos compañeros del pasado, a acciones desafiantes, a sueños inconclusos. El cambio, sin embargo, no habría sorprendido al etnógrafo.

Rubén, Ramón y Ángel, 2007
Durante la celebración del décimo aniversario de La Casita de Don Pedro y Doña Lolita, en 2007, se capturó esta imagen de los miembros de Bembeteo: Rubén Gerena, el director Ramón López y Ángel Fuentes, celebrando con música y memoria.
Fotos suministradas

Si Ramón viviera hoy y se sumergiera nuevamente en Humboldt Park, imagino que escribiría sobre la profusión de murales que han florecido en las últimas dos décadas. Más aún, quizás dirigiría su mirada etnográfica hacia los clubes de autos puertorriqueños. Me pregunto qué pensaría del recién designado distrito Barrio Borikén. ¿Cuánto tiempo dedicaría al Museo Nacional de Artes y Cultura Puertorriqueña o al nuevo espacio de arte contemporáneo El Schomburg? ¿Cómo narraría la bienvenida jubilosa a Oscar López Rivera o los efectos de la pandemia de COVID-19 en las relaciones comunitarias? Solo podemos especular. Pero estoy seguro de que Ramón habría disfrutado la oportunidad de continuar explorando estos bloques cargados de historia, preguntándose, una vez más, lo que siempre estuvo en el corazón de su etnografía:

“¿Por qué esta férrea insistencia en aferrarnos a una identidad puertorriqueña tan compleja como vital?”

Michael Rodríguez Muñiz