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La narrativa mágica/callejera en los tapices de Ramón López

 

Suplemento Especial

L’exactitude n’est pas la vérité.

– Matisse

A

En medio de un banquete en honor al pintor «naïve», Henri Rousseau, organizado por los artistas del Bateau-Lavoir a instancias de Picasso, el homenajeado—deleitado por la recepción—le susurró al oído a Picasso que, «Después de todo, tú y yo somos ambos grandes pintores: yo en el estilo Moderno, y tú en el Egipcio».

Este susurro—surgido «inesperadamente» en el contexto de una celebración mitad sincera/solemne, mitad jocosa/cruel—lo decía todo: la naturaleza irónica e indeterminada de la problemática de la percepción y la interpretación propia y del otro; la lúcida ingenuidad—«arrogante» y «bondadosa»—del Douanier Rousseau, y lo serio que se tomaba a sí mismo como artista. Pero marcaba también un momento simbólico y clave de alianza entre el arte moderno (que todavía no era «oficial» ni estaba aprobado por las instituciones dominantes) y el arte «ingenuo» (que se veía así mismo como «moderno», y en el caso de Rousseau, veía lo «moderno» como «egipcio»; o en otras palabras, como «anacronía»).  Esta alianza contra la academia y el «realismo» sería luego ajustada y puesta en su sitio (es decir, que devaluaría y colocaría el arte ingenuo y a los diversos «realismos»—el socialista, el de los muralistas mexicanos, el de Hopper, Balthus, etc.—fuera de la historia del arte moderno) por las nuevas autoridades e instituciones del «modernismo». Más tarde, entrados ya en la «Era Electrónica» y la crisis del «modernismo», comenzó a ganar terreno, debido a intereses diversos y a través de espacios simulacrales, todo arte foráneo al mundo del arte reconocido, ya por las academias, ya por las vanguardias, pero siempre bajo los códigos dominantes: el arte de los excluidos/marginados de la periferia, del «tercer mundo», del «segundo sexo», de las instituciones mentales y penales, etc.  Entonces, parecido al banquete dedicado al bueno de Rousseau, algunos invitados (y no-invitados) a esta nueva «apertura», aprovechándose de esta, arrogantes y maliciosos, tomándose bufonescamente en serio, se susurran unos a los otros que a pesar de la simulaciones y disimulos a granel, cada grieta, cada gota, cuenta en el largo y difícil camino de la liberación y la libertad.

B

Esta anécdota y el análisis posterior nos sirven para asistir como invitados y enfrentarnos a la obra del tejedor puertorriqueño Ramón López.

La conexión que existe entre el aduanero-pintor Rousseau y el antropólogo-tejedor López estriba en que su localización ante el orden establecido por las instituciones o esferas ideológicas/culturales está igualmente marcada por la diferencia que los sigue separando del «arte superior» como por la exigencia momentánea del mercado cultural moderno/postmoderno que tiene el poder de convertirlos en raros y valiosos ejemplares de excepción a la regla si le es conveniente o se hace inevitable. Tanto esa diferencia establecida por la división mecánica del trabajo como su valor en el mercado son determinados por la lógica, la política y la metafísica de la economía política que marca con su carimbo todo lo que toca. Todo deviene en mercancía (valor de uso, valor de cambio).  Y al nivel del signo ideológico, todo deviene en status. Tanto las instituciones como el resto de nosotros exigimos credenciales: diploma, resumé, premios, exhibiciones, etc. Si, por ejemplo, el sujeto en cuestión es ama de casa o está casada con Diego Rivera, y le da por pintar y pinta bueno, ella es una pintora «in her own right» o «self-styled». El mérito está adjunto al código, y si se encuentra fuera de este, si se desvía, siempre se designará como «excepción» que confirma el código. El problema es que todo artista es, de alguna manera u otra, un artista «in her/his own right» a pesar de las credenciales o a falta de estas, y aunque se le mire con recelo, resentimiento o paternalismo. Lo que verdaderamente nos importa—después de todo—es la obra concreta, su fuerza creativa, su sentido, su historicidad, su relevancia.  Sus ataduras o asociación a categorías y géneros, a estilos, escuelas o movimientos, a ideologías estéticas o al material que se utilice (hilos, pigmentos, fotos, metal, etc.) son de interés y de importancia, pero de segundo orden.

C

Al contrario de Rousseau, a López no le gusta Picasso. A quien mira y lee es a Van Gogh.  Tampoco le gustan los tapices clásicos europeos. Nos «susurra» Ramón: «Amo los textiles suramericanos precolombinos y los textiles huicholes del siglo 20. Gozo del arte aborigen australiano y del graffiti artístico callejero. Del arte puertorriqueño, me gusta más Denis Mario Rivera que Rodón.»

«Sin embargo,» continúa, «lo que más me nutre visualmente es caminar solo por los barrios y las calles».

«Tejo con tantas ganas que maltrató mi cuerpo bastante. Vivo con un permanente dolor de espalda y un gozo total de colores y palabras».

En esta breve «confesión» está encapsulada la estética y la ética de un creador que se ha decidido por el tapiz como forma artística.

CH

Su obra es callejera, la que muchas veces teje también en la calle, ante el público.  Ha sido utilizada como pancarta en marchas y desfiles además de expuesta en museos y galerías de arte.

En su aspecto popular, se puede entender un tapiz de López como si fuese una «plena visual». Es decir, su narrativa puede apreciarse como un discurso paralelo al género musical puertorriqueño de la plena cuya temática responde a los acontecimientos trágicos y cómicos del momento, que afectan, de alguna manera, la vida pública o la psiquis colectiva. Ver, por ejemplo, El tiburón de la policía (1993) cuyo título también nos recuerda a la plena Tintorera del mar. La plena, de ritmo afro-caribeño y cantada en la forma métrica de la copla española, funciona como un periódico musical del pueblo. Y los tapices, en su función «periodística», incluyen en sus páginas hiladas relatos trágicos (como los retablos mexicanos) o de tono crítico/satírico además de cierto humor congenial al de las tirillas cómicas (como El gato volando en la calle–1995).

Una vez se reconocen estos aspectos de la cultura popular y se entiende su papel social en la agenda nacional, como en las comunidades boricuas de la diáspora, nos preguntamos si son sólo eso: ilustraciones «pop» o textos narrativos usando un lenguaje visual construido con hilos. O si, simultáneamente, son obras de arte «independientes»: con autonomía relativa sobre cualquier actividad instrumental, de proselitismo, pedagógica, suplementaria. Ya que la labor de Ramón López es multi e interdisciplinaria (periodista, antropólogo, historiador, educador, curador y tejedor, entre otras cosas), esa riqueza «contaminante» puede ser saludable como puede ser dañina en el peligro constante de abarcar demasiado y apretar poco.

D

Como la obra de Rousseau, la de Ramón López parece ser «ingenua». Ciertas características—en su modo de ser—la hacen «anacrónica» cuando se la compara con las técnicas contemporáneas de la comunicación (e.g. la efectividad de una plena vs. la televisión) y la seducción hiperrealista de la imagen electrónica (e.g. un «muñeco de guata» vs. un rostro destellante a todo color de una revista de modas o de MTV). Estamos frente a una obra que es todo lo contrario a una máquina reproductora de imágenes electrónicas (y sin embargo—paradójica, o tal vez, lógicamente–es a través de la imagen xerográfica que ésta nos llega a la prisión) cuya sublimidad extasiada busca la inmaculada «perfección» de las superficies y la higienización de toda contaminación «manual» («manual cleansing»), «artesanal», «anti-maquinal», etc. Todavía más si las únicas herramientas utilizadas son precisamente las manos y una solitaria tijera para cortar las hebras del pompón de acrílico, de lana, o de algodón.

E

Nuestro tejedor es, sobre todo, un colorista, no en el sentido de los fauvistas sino en el sentido combinado del puntillismo/divisionismo del post-impresionismo de Seurat (el título, La di-visión of the light, puede ser concebido como un juego de palabras con el nombre de la calle principal de la comunidad boricua en Chicago y la técnica del divisionismo de Seurat y otras alusiones que nos podíamos imaginar) y el expresionismo de Van Gogh. Como Seurat con los pigmentos, López construye sus imágenes a través de hilos de colores sólidos cuya mezcla toma lugar en la retina del ojo. Este proceso de construir colores es lo que más le apasiona. Como Van Gogh, a través de la vibración cromática busca un efecto emocional lo cual no excluye el efecto sensual como un verdadero banquete del color que podemos apreciar en tapices como La amiga de Papo Bangó (1992) y Tocar fondo (1993).  Pero, como en todo arte, el efecto será siempre indeterminado, relativo al sujeto que mira, a la fuerza creativa/plástica/sensual/conceptual de cada obra, a la distancia envuelta, o a la calidad de la reproducción con que se cuenta de la obra.

El mundo que se nos proyecta a través del color es un mundo más o menos plano y que sólo al mirar desde lejos podría crear una ilusión de perspectiva. Sólo que este mundo no descansa en la perspectiva aérea o lineal sino en la relación que existe entre la solidez formal de las imágenes, y la combinación narrativa de lo cotidiano-callejero (su aspecto urbano, social, de la «vida externa», el ruido mundano) con su modalidad «mágica», donde la presentación de los sucesos de la difícil y dura vida en el barrio se hace «liviana», como si su interlocutor fuera un niño que asiste a entender la realidad a través de un cuento de hadas. Para mí, es éste el aspecto que más invita a la mirada, al pensamiento, a la emoción; el más profundo, más mental, más simbólico y más extraño que surge de estas composiciones. No es, entonces, la reducción del color a una mera sensación retinal o su carácter de narración cotidiana lo que yo más valoro en estos tapices sino cómo lo cotidiano se nos ha devuelto como extrañeza y poesía. Esta extrañeza poética, este espectro de lo mítico, traspasa, para bien o para mal, el mensaje, la prédica, el apelar a la consciencia o simpatía del espectador.

Este aspecto—logrado totalmente en algunos tapices, en otros, parcial o «dañado» al forzar la temática o debido a fallas formales, que brevemente tocaremos en la sección F—adscribe a la obra su valor artístico, porque en la relación formal y temática se logra una fuerza que trasciende la mera habilidad artesanal, los límites del material usado y su significancia inmediata. Es este el valor simbólico que traspasa el carácter arbitrario y racionalizado del tapiz como objeto fetichizado o artísticamente subestimado; o como instrumentalidad sociológica, antropológica, de lo político-directo, etc. De no ser así, los tapices de Ramón López serían tautológicos, ecos de otros ecos, verdaderamente pobres competidores en el juego obsceno de los medios de la comunicación masiva. Porque comparados a la insaciable promiscuidad de éstos, a la velocidad que las imágenes pueden alcanzar en el video, a la omnipresencia de los mensajes y los comerciales catatónicos que a través del imperialismo terrorista de la imagen electrónica nos invaden, penetran, e infectan diariamente, un tapiz de superficie suave, que funciona con una teoría del color siglo diecinueve, sin ser hostil al ojo, artesanal, inocente como una caperucita roja en el mundo de los lobos de la informática y la cibernética, puede resultar completamente obsoleto y anticuado.

Pero es ahí, precisamente, donde reside su valor: en su ser «anacrónico» y en su capacidad utópica de simbolizar y realizar el deseo aquí, ahora, a través de la narrativa mágica de sus imágenes, lo que no quiere decir que se renuncie al carácter trágico de la vida. De esta manera, podemos traspasar—no devaluar o rechazar—tanto el concepto aristotélico de catarsis (purificación de las pasiones a través del arte, de la emoción estética) como el del «arte político» que tiende a prescribir una línea de acción sin entrar en diálogo con los participantes, o en el mejor de los casos, que aspira a la concientización que mueve a una futura acción en algún imaginario de lo político-directo.

Mas lo extraño es que estos «barrios calientes» que habitan los tapices de nuestro Ramón Rousseau sean transformados—aunque su «autor» lo quiera o no—en un teatro existencialista color de rosa, distanciados «existencialmente» de la calle «real». Lo «increíble» o lo absurdo del barrio «real» nos llega a través de la «mirada» alegórica o fabulada del tapiz. Una mirada que teje, imbrica, la fantástica existencia de la vida del barrio, del ghetto:  el peligro o los banales misterios de la vida nocturna, la presencia constante de la policía, los emblemas de la identidad nacional. Y en los más mágicos y surreales, el tema del naufragio de los migrantes «ilegales» o un gato a veces espectral testigo del exterminio y la violencia cotidiana del barrio (e.g. En el cielo y en la calle–1995); a veces hermanado a todos esos gatos bufones de los paquines:  la gata de Tobita, Félix, Garfield, etc.

F

Todo material, toda forma artística, tiene su potencial y su límite. El tapiz, tal y como lo trabaja Ramón López, funciona mejor cuando las imágenes se simplifican y en vez de aspirar al modelaje (buscar el relieve a través del claroscuro) asentarse en el modulaje (construir ajustando un área de color al color de sus áreas vecinas). Las figuras demasiado delineadas o que tienden al volumen creado por el modelaje son plásticamente inferiores a las que surgen por la modulación. La forma de lograr los ojos de algunas figuras como en Papo Bangó frente a sí mismo debilita la presentación de éstas y la composición del tapiz. Por el contrario, los ojos simples pero impactantes del gato en Gato sediento, o los sutiles y modulados ojos de la mujer en Tocar fondo, trabajan perfectamente en su relación con los colores vecinos y las formas más geométricas de las composiciones. Lo mismo sucede en la relación que se establece entre figuras y fondo. En La di-visión of the light, la figura a la derecha del espectador parece como si hubiera brincado de repente ante la cámara de un fotógrafo preocupado verdaderamente con el trasfondo. Aunque parezca «interesante» el efecto temático, en términos formales se hace incongruente (en el sentido negativo del término) con el resto de la composición. «Borrar» la figura salvaría el tapiz. En otros tapices, el dinamismo entre figuras y fondo se logra causando una armonía en todo el plano del «cuadro» en composiciones como La amiga de Papo Bangó, Tocar fondo, Gato volando en la calle, y, especialmente, en un tapiz sin título donde aparece un largo gato azul con una niña negra en traje verde (al parecer volando en el aire tras haber chocado el uno con el otro) sobre el fondo más oscuro de los tapices que tengo ante mí.

G

En la obra titulada Gato sediento (la composición, a mi parecer, más lograda y compacta de las obras que he visto, y que pienso se ajusta más al medio del tapiz), de la serie El barrio que no amanece (1992-93), este gato-chihuahua, oscuro, largo y extendido como la-noche-que-no-termina, es un «representante» de su «referente temático» en un contexto reconocible de la vida en el barrio; gato anónimo, callejero, «sato», tal vez «homeless», sobreviviendo la escasez del barrio. Es también, una fábula/alegoría visual que invita a la identificación, la empatía con el hombre que se «animaliza» en la jungla urbana. Pero en el plano mítico del arte, en su realidad otra, su dialéctica de lo permanente, es el gato terrible, de mal agüero, que nos recuerda el carácter trágico o impredecible de la vida, el «absurdo» de que la vida termine en cualquier lugar o momento sin avisarnos y sin poder saciar la sed del cuerpo, de la experiencia, cognoscitiva, la curiosidad del gato. Gato místico del «sinsentido» que nos saca de la historia y la costumbre (aunque esa boca de incendios amarilla nos recuerde su contexto histórico), nos ambivaliza o nos abre los significados tirándonos al misterio como el no-problema. Esto, claro está, resultará ridículo, como si el tema fuese el espiritismo y la levitación. O la filosofía:  irrelevante y lejana para sernos útil en la dialéctica de la calle. Sin embargo, este aspecto del misterio (que es lo banal de las cosas y no lo «escatológico») es tan político como una marcha o una huelga; tan «banal» como el enamorarse un buen día sin remedio; o como la explicación del porqué existe la pobreza:  tanto económica como espiritual.

Por último, esta obra, desde el punto de vista estético, de la ideología de la forma, de la «historia» del arte, reúne elementos «pre-colombinos» con la llamada tradición «occidental»: Rousseau, Van Gogh, Seurat y Chagall han reencarnado en las manos de un tejedor boricua, de inspiración andina, huichol, «cósmica». El cielo estrellado de Vincent habita ahora los caseríos públicos de San Juan, la Division de Chicago, o el trasfondo de este infantil y diabólico gato que nos mira.

3 junio 1995, necrópolis, oklahoma

Los hilos del hijo de Obatala

Suplemento Especial

 

Ramón López en la diáspora puertorriqueña de Chicago

Suplemento Especial

 

El término “diáspora” se refiere a aquellos grupos de seres humanos que por una o más razones dejan su lugar de origen para asentarse en otro lugar distinto, manteniendo su identidad, costumbres, cultura y otros elementos que los caracterizan como grupo. Mayormente, cuando hablamos de la diáspora nos referimos a ese grupo de seres humanos ya establecidos en ese otro lugar. Son muchos los elementos, y bastante complicados en extensión y contenido, que se deben considerar para un análisis profundo del concepto. Pueden considerarse el hambre, las guerras, el nivel de desempleo, la persecución política, el estatus político, la decadencia de algunas regiones, los fenómenos atmosféricos y un largo etcétera. Por tanto, no pretendemos aquí, por el limitado espacio, hacer los juicios y análisis que se requieren para entender comprensivamente el término “diáspora”. Hacemos estos comentarios para poner dentro de un contexto el tema que nos ocupa en este escrito: la presencia de Ramón López en la Comunidad Puertorriqueña de Chicago.

La diáspora puertorriqueña de Chicago, que es lo mismo que decir la comunidad puertorriqueña de Chicago, como muchas otras comunidades boricuas a través de los Estados Unidos, se fue formando por razones del estatus colonial de la Nación Puertorriqueña. Allí establecida, desde sus primeras confrontaciones para darse a respetar, se fue organizando como una comunidad de lucha y resistencia, que al sol de hoy se mantiene y se sostiene con y de los principios de identidad cultural, idiosincrasia y principios nacionalistas de su Puerto Rico de origen. 

En el 1994 llegó a esa comunidad el antropólogo, artesano, artista y polifacético creador a muchos niveles, Ramón López. Inmediatamente se integró a la comunidad para contribuir de múltiples maneras y con un gran compromiso ayudando a reforzar los fundamentos esenciales de esa diáspora puertorriqueña. 

Además de artista y artesano y de su preparación académica como antropólogo, Ramón contaba con una fuerte vocación por la educación popular para servirle a los sectores marginados de las comunidades. Su ideología política fundamentada en la liberación de Puerto Rico del yugo colonial y su conciencia cultural e identidad la puso al servicio de la diáspora puertorriqueña de Chicago. 

Ricardo Jiménez, exprisionero politico en el recibimiento en la Casita Pedro Albizu Campos.

Fueron muchas las contribuciones de Ramón López durante el tiempo que permaneció como miembro activo de esa comunidad. Entre estas, se pueden mencionar su participación y liderazgo en la conceptualización y construcción física de la Casita de don Pedro, la documentación etnográfica del Paseo Boricua y su simbolismo dentro y fuera de la diáspora puertorriqueña de Chicago. Fueron varios los ensayos que escribió relacionados con el surgimiento del Paseo Boricua. Se le atribuye, también, haber bautizado con ese nombre a ese espacio donde está ubicada la comunidad puertorriqueña. Ramón López trabajó, además, en la instalación de las dos banderas monumentales de Puerto Rico, esculturas que demarcan el espacio de la comunidad puertorriqueña en Humboldt Park. Fue Ramón quien identificó e interpretó la instalación de esas banderas como un acto de soberanía espacial y de afirmación cultural de la diáspora.

Ramón López fue el creador de las pulseras y collares de cuentas, conocidas como “dijes de mostacillas”, con la bandera de Puerto Rico, convirtiéndolas en un símbolo artesanal de la puertorriqueñidad en la diáspora. De la misma forma, colaboró con el Periódico Boricua, periódico mensual del Puerto Rico Cultural Center (PRCC), del cual fue uno de sus fundadores. Trabajó como educador y creador curricular en la escuela Dr. Pedro Albizu Campos y en ASPIRA, ayudando a conformar una educación culturalmente pertinente por medio de la integración de la historia de Puerto Rico, la producción artística cultural y el activismo comunitario.  Fue organizador clave de la Parada de los Reyes Magos, de 1994 al 2002, ayudando a entrelazar las raíces afrotaínas, la bomba y la pedagogía popular en esas fiestas de Reyes. Como defensor del simbolismo cultural a través de las artes visuales, ofreció talleres en los que explicaba la importancia de ese concepto y publicó ensayos sobre la resistencia cultural en la diáspora. Fue Ramón el compositor de La bandera más grande, composición que se considera el himno del Paseo Boricua. Todas estas y muchas otras fueron contribuciones de Ramón López que de una u otro forma contribuyeron y siguen contribuyendo al desarrollo de la diáspora puertorriqueña en Chicago, a la que este servidor, por gratitud y por los méritos más que ganados por esta comunidad, ha querido nombrar, sin ninguna autoridad, pero con mucho corazón, el pueblo número 79 de Puerto Rico.

Sin duda alguna Ramón López es uno de los mentores más importantes y significativos para las nuevas generaciones de puertorriqueñas y puertorriqueños que son trabajadores culturales y activistas, no solamente en la comunidad puertorriqueña de Chicago, sino también en otras comunidades boricuas en los Estados Unidos y en la propia Nación Puertorriqueña. Está prohibido olvidar a este importante personaje de las luchas libertarias y culturales en y fuera de Puerto Rico. 

Carlos Quiles, escritor y poeta. Foto suministrada

 

Entrevista con Ramón López en el Paseo Boricua (audio)

Foto: Alina Luciano

 

Los Reyes Magos según the Puerto Rican Youth of Chicago

Que ondeee sola. Fotos suminstradas

Suplemento Especial

Vienen de tierras lejanas a visitar la ciudad de los vientos. Vienen convocados por la gente que insiste en reyar a pesar del frío y por las cartas que todavía reciben de niños puertorriqueños. Vienen Melchor -el inconfundible- y Gaspar y Baltasar, intercambiables. De todas maneras y a pesar de todo, vienen y son reconocidos con alegría por la población boricua. Ojalá tengan tiempo de observar unas imágenes que produjeron l@s estudiantes de varias escuelas para participar en un certamen de arte.

Es@s muchach@s, habitantes de comunidades migrantes que surgieron hace más de medio siglo, ya no reciben regalos el 6 de enero. Su conocimiento de los Reyes Magos es vago y nebuloso y forma parte de una identidad puertorriqueña que sobrevive en una adolescencia de romances acelerados, cambios de tono de voz, sonidos hip-hop y salseros, gangas en cada esquina, riesgo de SIDA, tentación de droga e identificación con bandera monoestrellada.

El proceso del certamen fue un retorno visual a una imagen de sus tiempos infantiles que ha caído en desuso en su tiempo presente. El retorno fue muy breve: durante una hora escucharon una charla sobre los Reyes Magos, mientras miraban imágenes artesanales, láminas de libros y tarjetas de felicitación.

Su participación en el concurso, tras el estímulo inicial de la charla, fue un redescubrimiento, una nueva mirada con ojos adolescentes. L@s muchach@s trabajaron sin volver a consultar los modelos que vieron al principio. Así, produjeron imágenes en las que el recuerdo viejo y la mirada reciente se expresaron intervenidos por la actualidad. De hecho, surgió una expresión de los Reyes Magos que incluye la cotidianidad que l@s jóvenes viven hoy en Chicago. El resultado es una muestra visual en la que se entrecruzan tradiciones, actualidades e innovaciones. Se puede demostrar, sin embargo, que la inquieta variedad de Reyes Magos que l@s muchach@s produjeron tiene una coherencia que trasciende las incidencias del azar.

Lo de inquieta variedad merece un comentario aclaratorio. Los muchachos afirmaron su atrevida juventud y se negaron a seguir instrucciones. Se les convocó a un concurso de pintura y se reglamentó el tamaño de las obras. Los entusiastas concursantes produjeron trabajos en pintura, dibujo, medio mixto y collage. Trabajaron con carbones, pasteles, marcadores, acuarelas, crayones, papeles, textiles, plásticos y polvos de brillo. Sometieron piezas de muchos tamaños. Para completar, acogieron la participación de dos afroamericanos y un asiático. 

Provocaron una pesadilla de decisiones riesgosas a los miembros del jurado pero gozaron con sus propios sueños de noche estrellada.

La coherencia plural de estos trabajos se capta si reconocemos primero la vibrante energía de su individualidad. Los Reyes Magos de l@s muchach@s de Chicago se manifiestan como tres vagabundos callejeros, tres misteriosos encapuchados, tres solemnes y antiguos señores, tres portadores de regalos puertorriqueños, tres encarnaciones del Amor, la Fe y la Alegría, tres barbudos cabizbajos y ricamente vestidos, tres jóvenes de pantalón y chaleco, tres jinetes a caballo vistos de espaldas, ¡tres mujeres bailarinas!, tres guerreros musculosos de rostros hostiles y amenazantes, tres figuras sonrientes cuyo género es incierto, tres esbeltos caminantes bajo un gran cielo rosado, tres coloridos barbudos de facciones orientales, tres difusos personajes frente a tres hojas enormes, tres muchachos que son reyes y se miran uno al otro, tres hechiceros fantásticos de animación de TV, tres visitantes nocturnos en establo iluminado… (tres puntos suspensivos en honor a los que dejo sin mencionar). 

La coherencia plural de estos trabajos se origina en una identificación muy específica entre la autoimagen de l@s jóvenes y la imagen de los reyes. Primero que nada, la vida de l@s muchach@s y el viaje de los reyes tienen en común una prominente festividad, una celebración colectiva de la alegría. La fiesta de los reyes y el party de l@s muchach@s comparten la naturaleza del gozo: reyar es algo que suena familiar porque se parece a to have fun. Segundo, mirar a los reyes nos obliga a lo mismo que mirar a l@s muchach@s: a notar enseguida y antes que nada la importancia de la vestimenta como uso premeditado y gozoso del color. Para l@s jóvenes, vestirse apropiadamente-según la edad, la moda o la ganga- es tan definitorio de la identidad personal como para los reyes: ambos dicen quienes son según lo que llevan puesto. Tercero, la presencia de los reyes y de l@s muchach@s en Chicago es en los dos casos un venir de tierras lejanas, es decir, una migración o viaje. Los reyes viajeros y l@s jóvenes migrantes son encarnaciones visibles de la diversidad cultural. 

Este sistema de identificaciones tiene efectos directos en la expresión plástica de l@s muchach@s. En sus trabajos predomina un juego placentero con las posibilidades de los colores y los materiales. El gozo visual de la imagen que crean es tanto que les permite escapar de los estereotipos y producir una variedad de Reyes Magos irreverente y divertida. Esto es así a pesar de que en ciertos casos los reyes asumen expresiones de seriedad y agresividad. El hecho de transgredir la imagen tradicional de solemnidad bondadosa es una provocación en tono de gufeo. Además, esta violación de la tradición es a la vez una incorporación de la cultura urbana que los muchachos viven y que contiene grandes dosis de violencia. 

En estos trabajos aparecen dos tendencias contradictorias que coexisten, no sólo en la muestra de las obras, sino en la formación cultural de l@s muchach@s. Una es la recurrencia de temas visuales que ilustran la puertorriqueñidad: banderas, güiros, palmas, garitas y un insistente rey negro. Otra es la intervención de derivaciones visuales procedentes de los cómics y los cartoons violentos de la televisión: guerreros míticos, hechiceros superpoderosos y viajeros espaciales. Estas imágenes son parte del aprendizaje visual de los niños a nivel transnacional. De hecho, estos personajes, convertidos en juguetes de moda, son precisamente parte del repertorio de regalos que los Reyes Magos y Santa Claus dejan a los niños del mundo, incluso a los niños de Puerto Rico.

En ánimo de contrarrestar el efecto totalizador de las generalizaciones anteriores, quiero resaltar la fuerza individual de dos trabajos de gran impacto.

El primer trabajo es un dibujo a lápiz de color, demasiado pequeño según las reglas del concurso. El autor se negó a producir otra versión más grande y el trabajo gustó mucho entre sus compañeros, de manera que transamos por ponerle un amplio marco de cartón para exhibirlo. Al principio a muchos les pareció una dulce y bonita representación de la adoración de los reyes. Además, los regalos de los Magos -güiro, garita y bandera- añaden una puertorriqueñidad visible y estimulante. Sin embargo, una mirada detenida y atenta produce una sensación de perplejidad. Veamos.

Uno de los planteamientos de la charla sobre los Reyes Magos que más interesó a los muchachos fue la preferencia y distinción a Melchor el rey negro en la tradición puertorriqueña. El autor de este dibujo, un gang-banger que dirige una sección de 20 hombres en su vecindario, tiene una particular aversión contra los negros miembros de gangas rivales que ya ha expresado en dibujos anteriores, a pesar de que él mismo es un mulato boricua de plena ascendencia africana. Así las cosas, no es extraño que el regalo más importante y visible de su estampa de adoración -la bandera puertorriqueña- no esté en manos del rey más oscuro sino empuñada por otro rey que está de pie y nos mira de frente. Esta es la misma bandera con asta en forma de lanza que en otro dibujo suyo para otro proyecto de arte provoca el incendio de un carro patrulla de la policía. En ese dibujo anterior, la bandera incendiaria estaba en manos de un muchacho boricua que representaba al propio dibujante. En este nuevo dibujo, el rey que sostiene la bandera está vestido de verde y negro, los colores emblemáticos de los Cobras, la ganga a la que pertenece el autor. Como si no quisiera dejar dudas, la punta de lanza del asta también tiene un tono verde y tiene forma de diamante alargado, el emblema de la ganga Cobras. Todavía no acabamos, lector. El rey-cobra-autor tiene un gorro o turbante en vez de corona. ¿Por qué? Porque las coronas son emblemas de los Kings, una ganga rival. Para ser todavía más consistente, las coronas de los dos reyes están pintadas de amarillo y negro, los colores de la ganga enemiga Kings. 

Hasta aquí, hemos reconocido unos elementos de identificación puertorriqueña y gansteril que confluyen en la misma persona, el autor. Pero hay algo más profundo. El mundo social de las gangas funciona mediante férreos principios de violencia, desconfianza, hostilidad y competencia. En cualquier situación en que coinciden miembros de gangas rivales, a lo más que se puede aspirar es a una tensa y frágil tolerancia que a la menor provocación se convierte en confrontación abierta. En esta adoración no hay convocatoria ni paz sino tensión y peligro. Cada uno de los cuatro personajes –tres reyes y un niño- mira para un lado distinto. El niño Jesús no logra traer la paz a las gangas de Chicago. ¡Cuánta complejidad y sensibilidad artística hay en este pequeño dibujo! 

Cuando por primera vez se explicó la naturaleza del certamen a l@s jóvenes escolares, una muchacha se puso a pensar con mucha seriedad y anunció que sus tres reyes serían three bums, because although they are bums, they still have something to offer. Días después, me trajo un dibujo a lápiz. Para decirlo en Spanglish, los tres kines son tres bones: sus ajadas vestimentas y sus facciones sufridas son más que elocuentes (*). Uno ofrece de regalo una botella de vino y otro una hogaza de pan. Están de rodillas. El tercero está de pie, sujeta un cofre en sus manos y exhibe abundantes dreadlocks. Este es el Melchor vagabundo, rasta y pobre pero siempre generoso. El niño luce calmado, la estrella ha bajado a verlos y la composición se refuerza con un pórtico y dos tiestos que hacen ámbito de triángulo. Digo más. El pan y el vino, expresión típica de la miseria y la nota del vagabundeo, se trascienden a sí mismos y se hacen expresión de la espiritualidad más sublime: son las imágenes religiosas del sacrificio de Cristo, la Eucaristía que se renueva cada vez que se repite una Misa en conmemoración de la Última Cena. Esta enorme carga de sentido es congruente con la imagen de los reyes vagabundos. Aunque la visión estereotipada de los bums los cataloga de fracasados, derrotados e inservibles, en realidad estos personajes conocen la calle mejor que nadie porque ahí han vivido siempre. En la ciudad, la calle es el eje de la supervivencia y para sobrevivir hay que saber muchas cosas. Ese rico conocimiento inadvertido por los que tienen empleo y casa propia está guardado en el cofre de Melchor, el de los dreadlocks. Junto al pan que mata el hambre y el vino que mata la pena, forman un regalo de buena voluntad para que el niño Jesús -que significativamente está solo- pueda sobrevivir en la cruel ciudad de Chicago.

El pan y el vino. El nacimiento y la muerte. Lo primero y lo último. El arte puede florecer completo en una muchacha boricua y pobre de una escuela de Chicago. Three Wise Men=Street-wise men. ¡Que vivan los reyes! 

(*) En el Spanglish de Chicago, kines es el plural de king. Una de las precauciones que tomé durante la organización del concurso fue evitar traducir tres reyes a three kings porque Kings es el nombre de una de las gangas de la ciudad y se considera enemiga en el territorio de los participantes del certamen. El uso de nombres, colores, emblemas y demás signos de identidad gansteril está intensa y detalladamente ritualizado, de manera que se excluyen unos a otros con la mayor rigurosidad. Three Wise Men es un término neutral que no provoca animosidades.