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Madre, matria y paramaternalia

 

Especial Para En Rojo

Madre sólo hay una, dice el refrán.

¿Refrán o cliché? Ambos, supongo. Tengo una relación complicada con el refranero. Por un lado, condensa sabidurías antiguas y las destila en expresiones lo suficientemente lapidarias como para permanecer vivas de generación en generación. Por el otro, y aquí es que entra su aspecto de cliché, los refranes pueden convertirse en atajos que esquivan la intervención del pensamiento. Noten que no digo “pensamiento crítico”, porque esa frase también puede volverse o usarse como cliché, sino “pensamiento”, el acto de examinar ideas con la cabeza y con el cuerpo completo, claro, porque neuronas son neuronas y las llevamos con nosotros de cráneo a pie.

Y eso ocurre con el refrán de marras. “Madre sólo hay una” refleja algunas verdades, pero puede servir para esconder otras igualmente válidas. La orfandad, por ejemplo, tanto de quien literalmente pierde a la madre en cuerpo como de quien tiene a su madre viva pero la ha perdido en alma. O la experiencia de quienes tienen la dicha de contar con varias madres y que no deberían o tendrían que elegir a la solitaria “una” del refrán. A estos últimos se les hace, me imagino, más fácil darle la vuelta al refrán sin dolor. A las primeras no tanto, porque sobrevivir la orfandad  es un ejercicio complicado, incapturable en la sentencia sólida del refrán, de construir maternidad en la vida (y eso de tener “madre” es un requisito mínimo para la salud mental, así que la tarea no es trivial, sino necesaria, laboriosa y continua) a fuerza de tejer retazos de “madre” en  una suerte de edredón protector para cubrir la ausencia.

Mi edredón maternal tiene de todo, o al menos de mucho. Sus recuadros son sensaciones, imágenes o pequeños videos mentales, como el de mi abuela materna proveyendo el alimento físico y el abrazo temprano que mi madre biológica no podía o quería brindar; la maestra que me protegió de bullies varios a la edad de cinco, celebró mi afición por la palabra escrita y puso todos los libros que pudo al alcance de mi pupitre y mi curiosidad; la abuela paterna que, aun cargando con las limitaciones producto de su propio trauma infantil y su orfandad, me dio refugio, comida, techo y rutina. También son recuadros maternales los encuentros fugaces con adultos desconocidos y algún gesto casual de aprobación, preocupación o validación; deidades de panteones varios, como algunas vírgenes católicas y la Yemayá que, en mis fantasías, me quería mucho; la bisabuela materna que, sin ser ella misma fan del abrazo, se dejaba abrazar y le sumó a mi vida galletas Cameo, más libros, y hasta algunas lecciones de inglés.

Y la Matria, claro. A medida que voy envejeciendo, pienso cada vez más en el sustrato emocional del nacionalismo y, al menos en el que me toca, descubro más y más que no es tanto el de la patria-padre exigente, que demanda valor y sacrificio, sino el del abrazo materno de ese pedazo de tierra, mi isla, mi archipiélago, con el que tengo una relación visceral, ancestral, física y más allá de cualquier discurso político.

El antropólogo Keith Basso decía que las emociones, lenguajes, pensamientos y acciones que nos definen viven y operan en la geografía que nos construye. Yo tejí mi edredón con pedazos de mar y de suelo, con aguas color turquesa, hojas de todos los tonos de verde, arenas amarillas y efímeras, pero frecuentes, burbujas de espuma. Con manglares, caracolitos, tortugas y la visión breve y milagrosa que son los manatíes costeros o la cola de una ballena jorobada en la distancia. Con la sabiduría y la broma de algunos personajes que, si bien al margen de la realidad del país, son probablemente los que existencialmente lo sostienen y me sostienen, como los pescadores, las “señoras de la cafetería”, los mirones en los balcones y chinchorros de barrio, las verduleras y hasta las testigas de Jehová. Con las acciones valientes, inteligentes y generosas de mis ancestros cada vez que saco el tiempo para pegarle ojo y oreja a mi árbol genealógico. Con los refranes, también, y sus camarones arrastrados por la corriente, caballos regalaos, monas vestidas de seda, cuervos traidores y otras criaturas. Con las amigas. Con crítica, propuestas, marchas, y proyectos. Con la solidaridad automática durante y después de cada huracán, de cada muerte, de cada pérdida. Con la tradición literaria del patio, que quienes no estudiamos literatura descubrimos casi al azar. Con los despojos, las cartas, las profecías, el caracol. Con las ceibas puyúas, los robles sonrosados, las orquídeas silvestres, los flamboyanes encendidos. Con cada parada para llenar boca y menú del milagro estacional y kamikazi de mangós y aguacates gratuitos en las orillas de una calle cualquiera. Con el arroz con habichuelas, las biblias mal o bien citadas, los cuentos de camino, el recao, el romero y la ruda en latas de Yaucono y Rovira, las monjas realengas, los obituarios, las estrellas imposiblemente numerosas y límpidas, las casas de madera, las montañas, el olor a café y el encuentro y conexión instantáneos con boricuas luneros y bestiales en cualquier lugar del mundo.

Acá en la luna, por cierto, la nostalgia y probablemente la convicción inconsciente, pero visceral, de que mi verdadera madre es mi país, se han traducido en el impulso irresistible de tatuarme la matria en la piel, a saber: la jicotea que adorna mi espalda, el coquí taíno en mi muñeca derecha, y el paisaje sincrético en mi antebrazo izquierdo, un paisaje que junta (sin revolver) al mar y el sol de mi matria caribeña con retazos que voy recogiendo en el paisaje del imperio donde terminamos haciendo residencia y resistencia: el lobo, la luna, las montañas y los pinos que me recibieron en Arizona.

Los significados y expectativas dispares que a veces se (mal)tratan en el lenguaje de la devoción al país propio–patria vs. matria, fatherland vs. motherland– corren paralelos con los del binomio más personal y arquetípico de padre vs. madre. La patria exige valor y sacrificio, el padre impone disciplina y añade desafíos. La matria no parece exigir demasiado, pero su presencia en vida o memoria suele traer consigo un no sé qué de nostalgia y de culpa. Es incondicional en su abrazo y, a la vez, implícitamente espera, sin esperanza, la reciprocidad imposible de la criatura. Los “hijos pródigos” de los padres regresan a pedir perdón por sus errores, los “hijos ingratos” de la madre regresan a pedir perdón por su inevitable ausencia y por el deber que implica estar, sencillamente, vivo y respirando. Pero hasta donde sé, no hay refrán que diga “padre sólo hay uno”. Esa pesada expectativa se la imponemos a las madres y, por ende, a los hijos, especialmente a las hijas. La psicología tradicional refuerza la cosa: los pecados y errores maternales, grandes y pequeños, son castigados, en práctica y teoría y especialmente de Freud a esta parte, con mucho más empeño que los de otras personas adultas implicadas de cerca en la crianza.

Cada vez que me salto la temporada navideña en Puerto Rico, me siento como el mundo y los medios dicen que debemos sentirnos los que no llamamos o le llevamos flores a mamá en ese segundo domingo de mayo que nos cae encima todos los años. Cuando, encima de huérfana, terminas siendo una boricua lunera, el calendario se vuelve aún más pesado de lo que ya es. Le fallas a la madre todos los mayos y a la patria todos los diciembres. Les fallas a ambas al tiempo que las invocas en cada aliento.

Los mayos, sin embargo, se me vuelven más fáciles con el pasar del tiempo y el multiplicar de mis canas. Pero la nostalgia y agradecimiento que siento por mi país, y el dolor de verlo sufriente y bajo asedio, como quien ve a su madre reducida a un sillón de ruedas y le teme al fantasma de la demencia senil, no se erosionan. En todo caso, se fortalecen. La ruta que me conduce a los principios de humanismo y nación recorre los caminos del apego y el amor.

Al menos para esta autora, parida en alma por las paramaternalias de mi país, con los pies en otra parte, pero llevando en la piel y el sentir a la matria propia, en todo su dolor y gloria, en sus aciertos y desaciertos, en su vigor y su vejez, en su drama y su sencillez, en su lucidez y su demencia, “Matria” sí que sólo hay una.  A ver cuando le añadimos esa verdad al refranero.

 

A la memoria y huella de Angelina Torresola Roura, 1915-2015

 

 

 

Consteladas remembranzas: amor profano o amor sagrado

 

 

Especial para En Rojo

La ensayista y poeta Aurea María Sotomayor ha señalado en su texto “ Lienzo para coser y descoser: poetas puertorriqueñas de hoy” que escribir en Puerto Rico  o desde el hecho de haber nacido aquí, y añado, desde sus diásporas, “no es tarea fácil” debido al colonialismo.  Por eso asombra la gran cantidad de mujeres que han logrado una gran producción poética. La poesía contemporánea puertorriqueña escrita por Etnairis Ribera, Liliana Ramos Collado, Angela María Dávila, Vanessa Droz, Magali Quiñones, Aura María Sotomayor, Mayrim Cruz Bernal,  Kattia Chico, Karen Sevilla, Irizelma Robles, Nicole Cecilia Delgado, y Rosa Vanessa Otero, entre otras, a veces es críptica o hermética; en ocasiones coloquial o conversacional, práctica que tomó auge gracias al poeta nicaragüense Ernesto Cardenal y al chileno Oscar Hahn. A veces amalgama ambos estilos o prácticas escriturarias enhebrando el lenguaje como lo hace la arqueóloga e historiadora Nancy Santiago Capetillo, la autora del libro que presentamos, Consteladas remembranzas  publicado por Caballero editores este año. (2024)

Varios son los temas que aborda la autora en este texto: el amor y además sus dolores, la nostalgia, el deseo,  la muerte, y el encuentro con el amado, Dios mismo y la escritura al versar sobre la musa como metáfora de esta. El poeta mexicano Jaime Sabines ha escrito un poema sobre Dios  que lee: Me encanta Dios. Es un viejo magnífico que no se toma en serio. A él le gusta jugar y juega, y a veces se le pasa la mano y nos rompe una pierna o nos aplasta definitivamente. Pero esto sucede porque es un poco cegatón y bastante torpe con las manos.  La poesía de Consteladas remembranzas de la autora alude a Dios al centrarse en el amor como tema que rige la obra y este parece  iluminar estos versos que a veces son eufóricos ante la pasión amorosa y que recuerdan al poema de la poeta nicaragüense Gioconda Belli, “Yo soy tu indómita gacela”, al hablar metáforicamente mediante un velado erotismo del otro cuerpo deseado y  de la nostalgia por él.

Recorrí tu cuerpo con mi pensamiento

Recordando sueños que jamás soñé,

Y vino a mi mente el solo momento

De fiebre absoluta tiritando fríos que no conocí.

Cuántas veces quise compartirte mi alma

En la niebla densa del encuentro aquel

Y recorrer bosques, valles y montañas

Con la brisa fresca de tu boca fiel.

Puede decirse que evocan al Cantar de los cantares (mi amado es como la mirra,  ungüento y leche  son tus pupilas) mediante el recorrido por bosques, valles y montañas como el amado que busca a la amada en el libro de Salomón en el mismo sitio en el que esta lo buscó. También lo evocan Luis Palés Matos en “Mulata Antilla” y Ángel Náter en “El Cantar de los cantares del amor oscuro”.

Algunos poemas de este libro aluden al amor perdido del que nos cantó Pedro Flores.  Tal vez, como dice el mexicano Sabines, Dios lanzó la mano jugando. Recordemos que Dios es lúdico, pero no tonto, y yo afirmo que tampoco es idiota. En el poema titulado “Realmente, no sé” expresa el dolor ante la pérdida del amado: “Extraño tu risa, tu pausado aliento/me faltan tus ojos, me falta tu amor/y un hueco insondable arropa mi vida/rodea mi alma, pero sin rencor”. El hablante lírico desea a su amante.

En los versos de la escritora Dios sigue siendo un sujeto poético como vemos en el fragmento del poema “Aposté a quererte”:

Aposté a quererte y gané la apuesta

Tras muchos desvelos y luchas internas

Enfrentando gentes, redes y quimeras,

Con un Dios que ampara y abre puertas.

“Dicen que Dios a veces se enfurece y hace terremotos, y manda tormentas, caudales de fuego, vientos desatados, aguas alevosas, castigos y desastres. Pero esto es mentira. Es la tierra que cambia -y se agita y crece- cuando Dios se aleja”, lee el poema de Sabines.

Santiago Capetillo presenta el amor en distintas fases: tanto la unión como la separación y por ello la nostalgia y añoranza de algunos poemas como “Ya no siento la tristeza”  (28), “Mi tintero esta repleto”, “Realmente, no sé”. La alegría está igualmente en los poemas de Consteladas remembranzas recogidos en este libro que culmina con un diálogo con la escritura al dedicarle versos a su musa, a veces encontrada y a veces perdida, lo que hacen muchas narradoras  del siglo XXI como Ana María Fuster Lavin, Mayra Santos Febre, Marta Aponte Alsina, tal vez bajo el signo de Jacques Derrida.

La metáfora es uno de los recursos más empleados en este artefacto llamado poemario:

“Soy saeta en el viento, cometa vagamundos,/Cuyos sueños me elevan a lugares profundos,/Mientras tú eres roca inamovible…” que alterna con expresiones claramente denotativas y conversacionales como lo hace en este diálogo con el mismo hablante lírico y con el amado en este texto en que prevalence el amor: “Mi amado es como la mirra. Ungüento y leche son sus pupilas” palabras del rey Salomón. Amor profano y amor sagrado: ¿cuál es la diferencia?

La autora es profesora en la UPR en Bayamón

 

En Reserva-humanidad es

 

 

 

Especial para en Rojo

Desde hace varias décadas las humanidades como disciplinas de enseñanza han sufrido un constante cuestionamiento sobre su pertinencia en el tecnologizado mundo actual. ¿De qué sirve saber de la antigüedad clásica, se preguntan, cuándo toda la información está disponible en la Internet? Como queda claro, más de 30 años de la red, con toda su información disponible no nos ha hecho más conscientes ni mejores ciudadanos. Por ello nos tenemos que seguir preguntando cómo lograr tal objetivo de mejorar como sociedad en el colectivo de homo sapiens.  La historia de la humanidad es, además de la lucha de clases, la historia de nuestra relación con las diversas herramientas que hemos desarrollado a lo largo de nuestra existencia.

Las principales características que distinguen a los humanos de los demás seres vivos del planeta ha sido, por un lado, la consciencia de nuestra finitud, y la consecuente exploración conceptual de una posible trascendencia espiritual, y por el otro, su capacidad racional. Es decir, una inteligencia especial para la construcción de herramientas con las que hemos podido modificar nuestro entorno y sobrevivir en la lucha por la existencia.  Con estas herramientas hemos potenciado los límites de nuestras capacidades físicas: mazos y hachas para romper cascarones o cortar troncos de árboles; lanzas y arcos y flechas para alcanzar presas más rápidas; canoas y barcazas para navegar, palancas y poleas para potenciar la fuerza; catalejos y telescopios para ver de cada vez más lejos, bicicletas, automóviles y hasta cohetes para trasladarnos largas distancias a mayor velocidad. También hemos desarrollado herramientas que potencian nuestra inteligencia y capacidad de entender el medioambiente que habitamos para aprender a modificarlo a nuestra conveniencia (o eso hemos creído). Nuestros antepasados se percataron de la recurrencia del día y la noche, de las épocas de lluvias o sequías, de los periodos fríos seguidos de los más cálidos y así en un largo continuo del que aprendieron a anticipar dichos eventos. Al vincularlos con los movimientos estelares, lograron medir el tiempo (o se lo inventaron de plano). Y, al anticipar estas recurrencias las fueron manipulando a su favor, como hicieron los antiguos pueblos mesopotámicos con las crecidas de los ríos Tigris y Éufrates o los egipcios con el Nilo que lograron desarrollar una agricultura a gran escala, fundamento básico para el surgimiento y progreso de las civilizaciones. De igual forma, encontraron formas de preservar estos conocimientos a través de la escritura y la parafernalia de almacenamiento de estos textos, ya sea en rollos de papiros, relieves en los arcos de triunfo o en las puertas de las catedrales, la acumulación de libros en las bibliotecas, millones de bytes de información en la nube.

En ese devenir de relaciones adjudicaron que tales eventos se debían a la voluntad de seres divinos y para comprenderlos construyeron mitos e historias con las que explicaron la relación entre las fuerzas de la naturaleza y las lecciones que tuvieron que aprender para superar obstáculos y lograr nuevos adelantos. Gracias a estas herramientas discursivas desarrollaron nuevas capacidades, que les permitió sobrevivir y construir sociedades que, con el tiempo se volvieron cada vez más complejas y dinámicas. No sólo había dioses relacionados al Sol o a la Luna, las aguas dulces o el mar, la seducción y la fertilidad y demás atributos de la naturaleza, sino que también otros asociados a las prácticas humanas de la cacería, la agricultura, la herrería, la guerra, la justicia y la misma búsqueda del conocimiento. Es en ese sentido que las religiones fueron las primeras disciplinas del conocimiento humano que, con la búsqueda sistemática de la verdad, encontraron formas de entender el mundo en el que vivían. A través de los ritos, rezos y ofrendas, establecieron formas de comunicación con las divinidades, una suerte de negociación para superar dificultades y progresar en lo material y en lo espiritual.

Sin embargo, estos discursos de verdad derivados de la búsqueda, digamos que, honesta de la verdad, tomaron un giro perverso al convertirse también en discursos de poder, herramientas con las que las personas que se establecieron en el tope de las jerarquías sociales se apropiaron de los recursos productivos que propician la sobrevivencia y el desarrollo de las comunidades humanas. Justificaciones violentas que establecieron castas colmadas de privilegios y vastas mayorías sometidas al deber y el servicio de las noblezas o de los hombres, de los “blancos” o de quienes profesen la “religión verdadera”. No obstante, toda forma de conocimiento siempre llega a sus límites, lo que propicia la exploración y superación de tales confines y, por lo tanto, el surgimiento de nuevas disciplinas de conocimiento, mejores herramientas para encontrar nuevas verdades que permitan una mayor comprensión del entorno, ya no sólo natural, sino el social y la aspiración de justas reivindicaciones sociales. En estas ambivalencias y contradicciones estas sociedades fueron capaces de construir belleza sublime e infringir espanto y terror, producto y justificación de las ideas con las que condujeron los proyectos colectivos constituidos por una infinidad de actos individuales.

En la historia de la humanidad la producción del conocimiento mítico y la superación del mismo, ha estado íntimamente relacionado con las prácticas humanas asociadas a las artes (eso que llamamos Humanidades). En la creación de los mitos religiosos se utilizan formas narrativas que demuestran abstracciones, metáforas y alegorías para caracterizar a las divinidades y los conflictos inherentes entre ellas en representación de los conflictos naturales y sociales que querían explicar y de la cual extraer alguna enseñanza. De igual forma desarrollaron lenguajes plásticos, tallas en piedra, madera o mármol o pinturas que sirvieran para identificarlos y adorarlos. Recordemos que el surgimiento y el desarrollo de las representaciones escénicas surgió del culto al lúdico Dionisio con su caravana de bailarines y amantes del vino y del goce del cuerpo. A través de estas disciplinas los humanos hemos procurado entender nuestro lugar y propósito en el mundo, un orden supuesto con el que le damos sentido a la existencia colectiva y con el que exploramos y expandimos los límites de lo humano. Desde La Épica de Gilgamesh en la que un rey déspota y abusivo con su pueblo encuentra la humildad necesaria para cumplir su deber con su pueblo al reconocer su mortalidad y la decadencia inevitable de su cuerpo. O, los cuestionamientos sobre el destino y el honor en el escenario más humano, la siempre presente guerra, en la que cientos de almas de héroes terminaron de forma violenta en el Hades ante la cólera indómita de Aquiles y la ambición sin medida de Agamenón. O tal vez la búsqueda de un ideal estético en la juventud eterna y perfectamente simétrica de las esculturas del periodo clásico contrastado con la variedad de sentimientos representados en las del periodo helenístico.

Un lugar especial entre las disciplinas humanísticas tiene la filosofía, con la que se buscó entender la realidad del siempre cambiante y eterno mundo natural como si los dioses no existieran y determinaran todos los acontecimientos. Pero que también reflexionó sobre qué es la verdad y cómo llegar a ella, qué es la belleza, o entender el mundo en el que vivimos y cómo podemos sobrevivirlo de la mejor manera posible e, incluso, intentar mejorarlo. De la práctica filosófica, a través del uso de las palabras en una larga conversación oral y escrita, surgieron las demás ramas del conocimiento: las ciencias naturales y las sociales, la medicina, la pedagogía, el derecho, la arquitectura.

Al igual que el conocimiento mítico, las verdades filosóficas produjeron discursos de verdad, que se constituyeron en las ideas con las que conformamos los paradigmas para darle sentido a la realidad que vivimos. Estas ideas determinan en gran medida nuestras prácticas, las formas en que a través del tiempo y el espacio las diversas sociedades han funcionado. Sin embargo, la perenne búsqueda de la verdad trasciende los límites del status quo y siembra las semillas del cambio de paradigmas. Es importante reconocer que el conocimiento es un producto dinámico y que tiene que atemperarse a los tiempos. Es necesario aprovecharnos de las herramientas que hemos creado y potenciar la expansión de los límites de lo que entendemos de nosotros mismos. Si, por un lado, el Big Data, nos permite acumular y considerar una inimaginable cantidad de datos que permiten la creación de patrones a largo plazo, la Inteligencia Artificial nos plantea dilemas en torno a la creación y la autenticidad e, incluso, la manipulación de la realidad. Es necesario que dominemos estas nuevas herramientas para entender más y mejor la complejidad de lo humano desde su creatividad e integrarlo a la producción y difusión del conocimiento de las disciplinas humanísticas. Las plataformas digitales abren la posibilidad de diseminar el conocimiento humanístico desde un amplio registro de perspectivas a un mayor número y diverso número de receptores ampliando aún más la conversación, condición misma para la producción del conocimiento. Lo que nos lleva a uno de los principales retos de nuestra contemporaneidad, la de profundizar en los principios filosóficos de la crítica de las bases teóricas bajo las cuales sostenemos nuestros análisis y el desarrollo de un discurso lógico para exponerlo e integrarlo a la discusión.

 

La dignidad

 

Luis G. Collazo

Especial para En Rojo

“No, el primer deber del hombre no es diferenciarse, es ser hombre pleno, íntegro, capaz de consumir los más de los más diversos elementos que un ámbito diferenciado le ofrece”

Miguel de Unamuno.

 Hay quienes hoy pretenden reducir la dignidad humana a una agenda política enraizada en un discurso religioso mezquino y excluyente. En la medida que se intente reducir la dignidad humana a un proyecto político que pretenda reestablecer una “teocracia” absolutista y dogmático nos arriesgamos a permitir el discrimen y la exclusión social.

El desafío al que nos enfrentamos requiere de una actitud colectiva crítica y suspicaz. Reducir la idea de la dignidad humana a concepciones religiosas y bíblicas caprichosas, arriesga la libertad de conciencia y la auténtica concepción de democracia. El discurso de la “dignidad” así como el del “nacionalismo cristiano” cancelan el fundamento de la empatía y la solidaridad. Es así como se fomenta el racismo, el sionismo, la idolatría del poder y el odio al emigrante. La religiosidad carece de fundamento para la dignidad cuando ésta se convierte en un fanatismo opresivo y dictatorial.

No debemos de ver ambos fenómenos políticos como un evento nuevo pues la historia está plagada de agendas que han pretendido, y hasta han logrado persuadir, a amplios sectores sociales a adoptar supuestos religiosos vinculados a la dignidad. Todos han fracasado en el escenario de la prepotencia y la represión. Precisamente su agenda fundada en ignorar la inclusión plena de todos los actores y constituyentes de la sociedad en el devenir histórico marcó su ruta hacia la derrota de sus proyectos. Es preciso también indicar y recalcar que el retorno actual de estos discursos depredadores de la auténtica dignidad humana es síntoma de la decadencia de esas hegemonías deshumanizantes. Si algo fortalece la sociedad es una política plena de inclusión donde todos los protagonistas sociales son reconocidos con su plena dignidad humana.

Carece de dignidad toda estrategia que menoscabe la libertad humana y pretenda legislar y legalizar la misma a partir de criterios religiosos, bíblicos y teológicos. El “mesianismo” de sectores religiosos que aspiran a conquistar la voluntad política mercadeando la “dignidad”, carecen de la humildad necesaria que ésta implica. El intento de oficializar política y religiosamente un criterio particular de “dignidad” implica un atropello a la libertad y a la justicia social. El futuro de la sociedad no puede reducirse a unos actores que pretenden capturar la buena voluntad social mediante la utilización mercantilista de la figura del Mesías. Precisamente, en la concepción del Mesías está la fundamentación de una sociedad caracterizada por la justicia, la libertad y la apertura al prójimo sin agendas recalcitrantes. El auténtico mesianismo debe aspirar a la plena liberación de toda condición que oprima, ignore y estigmatice a la persona. Quienes pretenden lo contrario están en contradicción con el futuro de la esperanza.

Ningún argumento o cuerpo de ideas religiosas debe pretender ni presentarse como la salvaguarda del bien común. Precisamente, su tarea debe ser contribuir a fomentar el diálogo abierto y colaborativo al interior de la sociedad. Las posiciones religiosas dogmáticas e intransigentes constituyen una peligrosa amenaza para un pueblo a quien le urge una sana convivencia abierta y solidaria. Las condiciones históricas de nuestro pueblo exigen un perfil de liderazgo con una inteligencia emocional cabal y un pensamiento crítico incisivo que no sucumba ante estereotipos superfluos y propuesta demagogas. Las propuestas sociales enclavadas en leyes, normas y promesas populistas carecen de eficacia y viabilidad legítima.

Nunca la religión ni la idea de dignidad debe ser utilizada para justificar un proyecto político particular. El único camino que valida el discurso de la fe y la dignidad es aquel que contribuye a la liberación plena de la persona humana y consolida la libertad solidaria. Sucumbir en la ingenuidad sólo nos asegura una sociedad sumida en la superficialidad y la devaluación de la dignidad humana. La historia nos demuestra la disfuncionalidad de estos proyectos matizados de religiosidad y moralismos deshumanizantes. Abrir el espacio de la historia a la plena reconciliación de los actores sociales y las culturas será el camino que nos permita decir que “un mundo nuevo y mejor es posible”.

 

El autor es escritor

 

Las brillantes colores del apocalipsis en Furiosa: A Mad Max Saga

 

 

Especial para En Rojo

 

La esencia de los Spaghetti Westerns vive en las películas de Mad Max. Sus personajes pueblan mundos caóticos donde el más fuerte se traga al débil, reflejando una versión menos épica de nuestra realidad. En The Good, the Bad, and the Ugly (dir. Sergio Leone; España, Italia y Alemania Occidental; 1967), los Estados Unidos de la Guerra Civil, representados en la árida campiña española, están presentes en los desiertos australianos del Wasteland de la serie de Mad Max. Aunque los Estados Unidos de la segunda mitad del siglo 19 no son un mundo postapocalíptico tal cual, su reinvención en la película de Leone demuestra la misma civilización derrotada de Mad Max. En la primera película de la saga, Mad Max (dir. George Miller, Australia, 1980), Max (Mel Gibson) es un policía vestido de cuero negro, la vestimenta que lo define como personaje a través de la serie, que lucha contra Toecutter (Hugh Keays-Byrne) y su ganga de motociclistas. Aunque todavía se ve cierta estabilidad social en esta primera, The Man With No Name (Clint Eastwood) y Max (Mel Gibson/Tom Hardy) sobreviven en estos territorios inhóspitos donde la humanidad se reduce a su lucha por la gasolina, que mantiene corriendo los vehículos de Mad Max 2: The Road Warrior (dir. George Miller, Australia, 1982); por el control del gas metano que suple energía eléctrica y define las dinámicas de poder en el Bartertown de Mad Max Beyond Thunderdome (dirs. George Miller y George Ogilvie, Australia, 1985); y por el agua que consolida el control de Immortan Joe (Hugh Keays-Byrne) sobre las masas que se arrastran al pie del Citadel en Mad Max: Fury Road (dir. George Miller, EE. UU. y Australia, 2015) y su precuela, Furiosa: A Mad Max Saga (dir. George Miller, Australia y EE. UU., 2024). The Man With No Name y Max son figuras románticas que se rigen por un código sencillo: lucha con uñas y dientes por sobrevivir y no abuses de los débiles. Este código torna a Max en una figura heroica dentro de un mundo donde villanos carismáticos manipulan sus seguidores armados hasta los dientes y conduciendo transportes alucinantes. Es también de este mundo donde surge una nueva héroe, Furiosa. Diferente a Max, cuyo nihilismo es una manifestación de la vida en el Wasteland, Furiosa lucha por su redención y por la esperanza de un respiro de naturaleza en medio de la destrucción.

En Furiosa: A Mad Max Saga, la protagonista es capturada por los hombres de Dementus (Chris Hemsworth) cuando era una niña (Alyla Browne). Dementus es un nómada que junta un sinnúmero de tribus de motociclistas bajo su mando. En su búsqueda por un reino, Dementus establece una alianza tan volátil como su liderazgo con Immortan Joe (papel que actúa Lachy Hulme, después de la muerte del actor original, Hugh Keays-Byrne), el líder religioso del Citadel. Para cerrar su pacto, Immortan Joe le exige la entrega de Furiosa, la niña aparentemente muda que acompaña a Dementus. Esto explica la manera en la que Furiosa, que Charlize Theron encarna en Mad Max: Fury Road, llega a las alturas de la ciudadela. A medida que Furiosa continúa madurando (Anya Taylor-Joy asume el personaje en su juventud), ella encuentra su lugar en el reino de Immortan Joe mientras espera el momento para vengarse de Dementus por haberle robado su infancia. En Mad Max: Fury Road, Furiosa y Max son los protagonistas de una historia de proporciones operáticas con explosiones de colores, músicos que tocan para las tropas de Immortan Joe durante las batallas épicas y los vehículos con mecanismos letales que demuestran las maravillas del uso de efectos prácticos. La película es un espectáculo que demuestra la poderosa narrativa visual de George Miller y el director de fotografía, John Seale. La más reciente precuela, Furiosa: A Mad Max Saga, es otra épica con los bríos visuales de Mad Max: Fury Road, pero enfocada más en el conflicto entre Dementus y Furiosa. Por un lado, Chris Hemsworth actúa un villano que es una explosión de presencia con un lenguaje poético que recuerda al hablar de Alex de Large (Malcolm McDowell) en A Clockwork Orange (dir. Stanley Kubrick, Reino Unido y EE. UU., 1972). Por otro lado, Anya Taylor-Joy destila una fuerte presencia con unos ojos fríos que lo expresan todo en un rol que casi no tiene líneas. Ambos personajes se dirigen a un encontronazo final que desemboca en el principio de Mad Max: Fury Road.

Siempre fui fanático de las dos primeras películas de Mad Max y prefiero olvidar la charrería ochentosa de Beyond Thunderdome porque, en mi opinión, desvirtúa el Wasteland. Sin embargo, tanto Fury Road como Furiosa son dos obras maestras que expanden gloriosamente el universo de Mad Max. No pierdan la oportunidad de ver la grandeza visual de Furiosa: A Mad Max Saga en los cines de la isla que hace evidente la genialidad de Miller y su director de fotografía, Simon Duggan.