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La guerra siempre presente: Pressure

 

En Rojo

Pressure

Director:Anthony Maras; guionistas: David Haig y Anthony Maras; autor: David Haig; cinematógrafo: Jamie Ramsay; elenco: Andrew Scott, Brendan Fraser, Kerry Condon, Chris Messina, Damian Lewis, Jojo Macari

Filmes sobre guerras pasadas debieran servir para recordarnos y alertarnos de lo que significó antes y hoy cuando grupos y naciones deciden poner todos sus recursos en la destrucción del otro. Cuando rebuscamos la historia de los países, todos parecen tener este ímpetu para afianzar su poderío, su capacidad de decidir los destinos ajenos. Cuando lxs historiadorxs detallan las incidencias de batallas, por + equipadxs que estén los grupos en pugna, sobresale el número de muertos, soldados o civiles. Puede haber planificación grandiosa, pero eso no salva vidas, son estrategias para ganar o avanzar en un plan nacional, territorial, fronterizo ideado por los dirigentes que miran a distancia. Una de las batallas + celebradas en la historia militar de la 2nda guerra mundial es D-Day/Operation Overlord que comenzó el 6 de junio y duró hasta el 21 de agosto y fue decisivo para reconquistar Francia y virar el avance alemán. Aunque no se menciona porque el foco de toda discusión y decisión en el filme es Normandía, la estocada principal la había dado la Unión Soviética durante el “Eastern Front”, en la batalla de Stalingrado con un saldo humano nunca visto.

El personaje principal de este drama es James Stagg (interpretado como solo sabe hacerlo Andrew Scott), el meteorólogo principal en el centro de mando de los estrategas de esta operación militar que requiere una confidencialidad absoluta para que los alemanes no tengan el lugar exacto de la invasión. Para eso se necesita total confidencialidad de todos los que componen el equipo y tomar la decisión lo antes posible para que la información no se filtre. El otro punto neurálgico para el grupo es no repetir el accidentado ensayo, “Exercise Tiger” de abril 19, 1944 donde 749 soldados estadounidenses murieron en fuego amigo y por ataques alemanes. El filme incluye pietaje dramatizado de este fracaso militar tanto para reafirmarse que esto no puede volver a suceder como para visualizar el impacto en las jóvenes tropas que participaron.

La historia de Pressure comienza 72 horas antes y en ese espacio de tiempo tienen que decidir que la fecha del 5 de junio es la correcta para la invasión de Normandía. Aunque la decisión está tomada por la “alta gerencia Militar”, Dwight D. Eisenhower y Bernard Montgomery (lo siento, pero rehúso usar todas las escalas militares) utilizan el análisis meteorológico de Irving Krick para asegurar que el oleaje y vientos no van a entorpecer los miles de soldados preparados para la invasión. Traer a James Stagg como el consultor óptimo era, según ellos, la manera de asegurarse que su decisión era la correcta. El conflicto comienza precisamente cuando Stagg rehúsa dar el visto bueno a lo que todos los otros daban por sentado. Mientras Krick era un estudioso de los patrones del comportamiento atmosférico, Stagg estudiaba la data de la presión barométrica en tiempo real. No importaba la decisión a tomar, sabían que las muertes y heridas en combate iban a ser enormes, pero trataban de evitar que no se pudiera abrir ese camino para reconquistar el territorio ya afianzado por los alemanes. Los recelos, rivalidades, roces de poder se dan en medio de las sesiones de análisis y acción.

El título, pressure/presión, es un verdadero resumen del corazón del filme: presión atmosférica bajo análisis (algo que puede cambiar su rumbo en cualquier momento), ordenar una invasión a sabiendas del gran número de bajas que causará, saber que uno es el responsable de tantas vidas perdidas, tomar decisiones que pueden resultar en + muertes, fracasos o un revés en la avanzada de la guerra. Estos son los dilemas de los personajes principales: Eisenhower (Brendan Fraser) y Stagg. Andrew Scott como Stagg ocupa el centro de la historia con su extrema seriedad, callada actitud y capacidad de tomar todo en serio como si cada palabra suya pudiera causar una catástrofe (lo que era cierto). Mucho se ha escrito de Normandía y ha sido recreado en varios filmes y series, pero específicamente de ese 1er día de la invasión, lxs refiero a The Longest Day (Gerd Oswald y Darryl F. Zanuck 1962) y por supuesto al + impactante, Saving Private Ryan (Steven Spielberg 1998) que sigue siendo el + realista. Mientras en Pressure la planificación del evento es el centro, en Private Ryan es el evento de principio a fin; es el diario/testimonio de los que enfrentaron el poder militar de los alemanes y murieron en las playas o siguieron adelante marchando sobre los cuerpos dejados atrás por el momento.

El conde de Montecristo

 

 

 

Dicen que los muchachos ahora no leen porque dedican su atención a los celulares y la vida digital. Apenas pueden, se dice, seguir una trama o un tren de pensamiento. También ha habido una degradación de la escuela en tiempos recientes. En cualquier caso, ofrezco a grandes y chicos esta idea: leer El conde de Montecristo, una de las grandes novelas de la literatura occidental y universal, de Alejandro Dumas, mulato de ascendencia haitiana y francesa (también autor de Los tres mosqueteros). Fue publicada hace 180 años –1846– como volumen completo, al cabo de año y medio de publicarse en serie, o sea, un capítulo tras otro separadamente, en el Journal des Débats en París.

La publicación en serie era a menudo la primera forma en que salían las novelas. La serialización, o publicación de cada capítulo en un folleto insertado en un periódico o revista, fue precursora de las actuales telenovelas y series en internet. Como ocurre con éstas, los autores alargaban la novela según se vendiera, lo cual a veces producía obras, como ésta, de más de mil páginas. Las novelas reclamaban tanto trabajo que era común que dos o más colaboraran en escribirlas. Augusto Maquet fue coautor de esta novela, o tal vez ayudante de Dumas.

La historia debía ser tan interesante que los lectores no pudieran despegarse de su lectura, como sentirá quien lea El conde de Montecristo. Se le describe como una novela de aventuras, pero se engañará quien crea que es solamente eso, o, peor aún, quien la confunda con las versiones que se han hecho para la televisión y el cine, en que es tergiversada, despedazada y reducida. El poder de Hollywood ha generalizado una banalización y simplificación en que se repite la misma estructura narrativa una y otra vez.

Muchas de las incidencias y tramas de El conde de Montecristo se han reproducido en incontables novelas, cuentos, películas y programas de televisión que han venido después. Pero en la obra de Dumas las historias personales y el amor romántico se entrelazan con la historia social y política y con las cuestiones de justicia, moralidad, lealtad, relación del individuo con los otros y con la sociedad, y del poder financiero.

Un humilde, honesto y joven marinero de Marsella, Edmundo Dantés, sufre catorce años en prisión, injusta y viciosamente. Supuestos amigos hacen que se le acuse falsamente de pertenecer al movimiento subversivo que en Francia representaba Napoleón Bonaparte. El procurador del Rey, o fiscal general en nuestro lenguaje, lo envía ilegal e inmoralmente a prisión –sin juicio– en el tenebroso Castillo de If, una fortaleza de calabozos inmundos en una isleta cerca de la costa sur francesa (recuerda a Alcatraz en las afueras de California). Lo arrestan y encierran justo cuando iba a casarse con su amada novia Mercedes.

Después Dantés sabrá que en esos catorce años falleció su padre, su único familiar, sumido en miseria y hambre, y que, suponiendo a Edmundo muerto, su prometida se casó. No sólo es encarcelado injustamente en un instante, de forma inesperada, sino que brutalmente lo arrancan de sus seres más queridos y le arruinan la vida. Quien haya sido acusado falsamente, difamado e ido preso injustamente aunque haya sido por un solo día, y alejado de sus seres queridos, podrá identificarse con este personaje.

Dantés está incomunicado en una mazmorra, sin derechos ni las facilidades mínimas de nuestro tiempo. En la soledad, la oscuridad, la mugre y la desesperación se agrede a sí mismo, incluso trata de matarse. Se le va el sentido de la vida.

Pero varios años después ponen en la mazmorra del lado un preso con el cual logra comunicarse. Eventualmente hacen un pasadizo secreto. Es un abate, un funcionario de la religión, pero además profundo conocedor de las ciencias naturales, la tecnología y la sociedad. Este inolvidable amigo le sirve a Edmundo de profesor –de ciencias, matemáticas, filosofía, mecánica– y psicólogo. Es mediante el intelecto que Edmundo se salva. El conocimiento y la educación le proporcionarán gran vigor y potencia.

Aprovechando la muerte del excepcional sabio, Dantés escapa y nada hacia su libertad. En adelante descubrirá un fabuloso tesoro que sólo el abate conocía, en la pequeña isla rocosa de Montecristo, al oeste de la costa italiana. En esta novela estamos en el mundo multicultural del Mediterráneo. La trama sugiere sus numerosas costas: España, Grecia, Turquía, Túnez, Argelia, Libia, Egipto, Líbano, Siria, Córcega, Cerdeña, Sicilia, Francia, Italia. Es un mundo ancestral de marineros, puertos, comercio, contrabando e intercambios políticos y pandillescos.

Convertido en millonario, Dantés viaja, aprecia el Oriente e inspirado en las enseñanzas del abate, se entrena durante años en diversos conocimientos: ciencia militar, finanzas, medicina, minerología, literatura, arte, química. Ocultando su identidad, se proclama “conde de Montecristo” y traza un plan meticuloso para vengarse de quienes perversamente lo condenaron a la muerte en vida de la prisión. Uno se hizo general del ejército colonialista francés y se casó con Mercedes; otro es un poderoso y cínico banquero; el fiscal general ha consolidado su posición en la alta burocracia judicial gracias a sus conexiones con la aristocracia y los grupos políticamente poderosos. Estos sujetos han hecho mal como individuos, pero también representan intereses de poder y riqueza en nuestra sociedad de egoísmo.

El héroe asume identidades diferentes y comanda una organización con empleados, sirvientes y bandidos que le son absolutamente fieles. Opera al margen del estado y la ley, y dirige su organización con precisión de ciencia exacta. Quizá en parte la obra domine la atención del lector por el gusto que da generalmente la venganza “bien merecida”, y que la ejecute un héroe hábil y valiente. En la tradición cultural la voz que pone orden suele asociarse a la figura masculina.

Veamos el ambiente histórico. La Revolución Francesa ha entrado en crisis diez años después de iniciar en 1789. No se ha estabilizado un nuevo estado. En medio de un caótico vacío de poder, el militar Bonaparte da un golpe de estado en 1799, y se hace dictador. Es despótico, colonialista y militarista, y por otro lado empeñado en exportar por Europa conceptos e instituciones republicanas que la Revolución ha propulsado, atacando la monarquía y el feudalismo. Es un fenómeno reaccionario y a la vez progresista.

Por haber experimentado una revolución social, Francia quedó retrasada en el progreso industrial capitalista en relación a Inglaterra, que emerge como la vanguardia. Bonaparte busca hacer avanzar la capacidad productiva francesa y modernizar el estado. En las primeras décadas del siglo XIX Francia verá una expansión enorme de la educación, las ciencias, la tecnología y la maquinaria. Se difunde por ejemplo la teoría de Saint-Simon, quien aboga por las clases productivas (empresarios, campesinos, intelectuales, científicos, ingenieros, obreros, artesanos) en lugar de las “ociosas” u holgazanas (aristócratas, grandes banqueros y ricos que se lucran con la renta de inmuebles, tierras y deudas que generan pobreza y oprimen a empresas y fincas que podrían ser productivas). Algo de esto se trasluce en El conde de Montecristo.

Ahora bien, Napoleón, a pesar de su modernización de la guerra –desarrollo de la artillería, ofensivas audaces, batallas de cientos de miles de muertos–, es acosado por la alianza monárquica europea que encabeza Gran Bretaña. Sufre un revés duro y decisivo en 1812 con el fracaso de su invasión a Rusia. Es derrotado en 1814. Sus vencedores evitan meterlo en prisión o ejecutarlo, dado el gran seguimiento popular que tiene, y lo recluyen en la pequeña isla de Elba, cerca de Italia, como una caricatura de reyecito en un reino diminuto. Pero desde Elba Napoleón organiza otra vez un ejército. En esta gestión se involucran muchos franceses e italianos. A ese torbellino es arrastrado, sin saberlo, el pobre Edmundo en la novela.

Bonaparte volvió a dar guerra a los ingleses y sus aliados por más de tres meses –entre marzo y julio de 1815– hasta ser derrotado en un pueblito de los Países Bajos, Waterloo, esta vez para siempre. Por tanto, la monarquía francesa ha regresado en 1814 (en una restauración pos-revolución, pos-Napoleón, y contrarrevolucionaria), para ser amenazada de nuevo en 1815 por Bonaparte. Se instala otra vez tras la derrota final de Napoleón. En estos cambios de gobierno la parte antes perseguida se hace después dominante. En este contexto empieza la novela.

El fiscal general ha metido a Edmundo cruelmente en prisión tildándolo de supuesto bonapartista peligroso (después dice que ha muerto en la cárcel, otra mentira). Persigue congraciarse con la aristocracia y mostrar que es fiel a la monarquía; también quiere distanciarse de su propio papá, quien ha sido bonapartista y militante de las ideas de la Revolución Francesa.

Montecristo se vengará de quienes le destruyeron la vida. Aquí venganza es justicia, podría decirse, puesto que el estado, que debería velar porque las leyes sean justas y se aplique el derecho, es corrupto y está comprometido con intereses políticos particulares y clases reaccionarias indiferentes. No habrá perdón. Eventualmente, sin embargo, nuestro héroe parece cuestionar los extremos de sus castigos a los truhanes.

La opresión social se dramatiza en el horrible régimen carcelario y la disfuncionalidad del sistema de tribunales. La cuestión carcelaria y el tema del estado, como estructura que determina la vida de la gente, producirán literaturas y teorías sociológicas y filosóficas en Francia y muchos otros sitios. La prisión y el estado como perpetuo vigilante y represor serán temas elaborados en otra gran novela, Los miserables, de Víctor Hugo, de 1862.

El protagonista de El conde de Montecristo parece una metáfora de un partido o bando social que, armado con el conocimiento, la ciencia y el intelecto, se opone a las clases financieras, imperialistas, corruptas, ociosas y rentistas. A la vez sostiene que la riqueza monetaria no es en sí misma dañina, ya que, dice, podría servir para hacer mucho bien.

A menudo Dantés se remite a Dios como guía y testigo de su propia conciencia, su venganza, su justicia, su amor y su sinceridad. Discretamente Dumas diferencia a Dios de la iglesia. Es incuestionable la gran religiosidad de aquella época, como también de la actual, pero podría leerse a “Dios” como metáfora del bien común, de las cosas que hacen humana a la humanidad: la necesidad de bienestar, la dignidad, amar y ser amado, formar familia, reproducir la sociedad en comunidad con los demás; la libertad, felicidad y salud de la persona.

La riqueza del texto de Dumas es extraordinaria, como son sus ironías y su conocimiento de la literatura antigua, la pintura, la música y el teatro. El autor moviliza nuestro sentimiento y nuestra ética movilizando nuestro intelecto. Busca que el lector construya con su propia imaginación lo que pasará en la novela; o sea, que se haga también autor y aprenda a relacionar las cosas. Hace alusiones que en algunos casos no entendemos, como si persiguiera que busquemos la información y así nos eduquemos más, espoleados por el placer de la lectura. Dumas escribe con elegancia y delicadeza. Evita forzar opiniones en los lectores; propicia el criterio propio.

La novela asesta golpes demoledores a la aristocracia y la sociedad ricachona y derrochadora de París, que juega frívolamente en los mercados de bonos de Haití o España, se sirve de jugosas deudas e hipotecas, se somete cobardemente a Inglaterra e invierte en las Américas. Sugiere sutilmente que el despotismo que Occidente atribuye a los gobiernos de Oriente existe también en Occidente de otras formas, incluso peores. Repudia la esclavitud y la servidumbre sin decirlo directamente, al relatar la historia de Dantés y muchas otras historias que se cuentan dentro de esa historia –como hace Cervantes en Don Quijote, que incluye una y otra vez cuentos dentro de los cuentos que habitan la novela–, infundiendo así “subjetividad” a distintos personajes, incluyendo los aparentemente poco importantes.

Los terribles acontecimientos que provoca la venganza de Montecristo en los tres criminales incluyen que Mercedes –junto a su hijo– abandone a su marido. Ya ella ha adivinado que Montecristo es Edmundo. Hay gran emotividad en el momento en que los amantes, que ya no podrán volverlo a ser, están frente a frente con su inmenso amor frustrado, o transformado, en la amarga realidad de la finitud de la vida. Han pasado muchos años.

Dantés muestra una y otra vez su decencia y generosidad. Al final, los buenos, por así decir, quedan en situación favorable, y los malos son destruidos. Pero no es un cuento religioso donde la justicia haya llegado milagrosamente. Es una historia humana, y su resultado ha requerido mucho trabajo, destreza, recursos materiales, y premeditación para hacer mal en función del bien. Es un relato asombroso y fantástico, por la fabulación libre y rica de Dumas. El final no es exactamente feliz. Quedan la tragedia y la destrucción de los castigos, y el sabor incierto que dejan.

La intensidad y el dramatismo atrapan al lector de El conde de Montecristo. El drama psicológico se agita entre los personajes así como en el lector, insertado en los conflictos históricos de la sociedad y el mundo. El relato es divertido y espectacular, y las reflexiones ilustradas e ingeniosas de Dumas parecen insistir en que la diversión, la belleza y el intelecto pueden producir fuerza moral.

Publicado el 7 de junio de 2026 en el periódico digital Verdad y democracia, de Barrio Obrero, Santurce

 

La Junta de Control Fiscal: una década de dictadura

 

En junio de 2026 se cumplen diez años de vida de la Ley PROMESA. En junio de 2025, el gobierno de Alejandro García Padilla declaró que la deuda pública era impagable. La Ley PROMESA tuvo como objetivo abordar y buscarle solución a la crisis fiscal del gobierno de Puerto Rico. Como criatura de esta ley del Congreso de los Estados Unidos, firmada por el presidente Obama, la Junta de Supervisión Fiscal se constituyó con poderes por encima del gobierno electo de Puerto Rico. Debido a su carácter dictatorial la opinión pública cambió su nombre a Junta de Control Fiscal (JCF).

Desde su creación, la composición de los siete miembros de la Junta fue muy reveladora. Debían ser personas con peritaje en finanzas, en mercados de bonos municipales y en gerencia, aun cuando la Junta tenía el poder de contratar expertos y consultores. Cuando fueron conocidos sus primeros siete miembros, la sorpresa comenzó a preocupar a la opinión pública. Entre ellos se encontraban tres personas estrechamente vinculadas con gobiernos anteriores de Puerto Rico: José Carrión III, Carlos García y José Ramón González. Dos de estos individuos, Carlos García y José Ramón González, habían estado en la dirección del Banco Gubernamental de Fomento y fueron protagonistas en el endeudamiento del gobierno. Ambos, además, tenían estrechos vínculos financieros como funcionarios del Banco de Santander. El otro, José Carrión III estuvo vinculado con el gobierno de Luis Fortuño. ¿Cómo era posible que para abordar y buscarle solución al problema fiscal del gobierno local fuesen nombrados individuos que habían participado en la creación del problema que venían a resolver?

Pronto se hizo visible hacia dónde se inclinaban los intereses de la Junta. Comenzó a definirse en sus primeros pasos por lo que no quiso hacer, aunque tuvo todo el poder para hacerlo. Dos asuntos principales no atendidos caracterizaron desde sus primeras acciones: a) no hacer una auditoría forense de la deuda; b) no definir los servicios esenciales brindados por el gobierno a la población.

La auditoría de la deuda se había convertido ya en un reclamo con fuertes raíces en importantes sectores de la población. Ante la crisis fiscal existente y ante la magnitud de la deuda pública, era urgente conocer a fondo quiénes emitieron la deuda, cómo lo hicieron y con qué objetivo. La urgencia respondía a la necesidad de establecer si existían partes de la deuda que eran ilegítimas. La JCF no solo no hizo el trabajo, sino que gastó $16 millones en un estudio sobre la deuda realizado por Kobre & Kim, de 600 páginas, estableciendo desde su inicio que no tenía el propósito de responsabilizar a nadie por las acciones realizadas. Un gasto de $26, 666 de fondos públicos por cada página sin ninguna consecuencia para los que pudieron haber actuado irresponsablemente, incluyendo personajes de la Junta como Carlos García y José Ramón González.

El segundo asunto que la Junta se negó a atender fue todavía más escandaloso. La importancia de definir los servicios esenciales provistos por el gobierno fue también un reclamo a viva voz de muchos sectores de nuestra población. ¿Por qué era imprescindible definirlos? Si la JCF venía a corregir el déficit fiscal y los efectos destructivos de una deuda fuera de control, primero se hacía necesario definir los servicios esenciales para asegurar su cumplimiento antes de establecer cuánto de la deuda existente era viable pagar. Al no hacerlo, la JCF dejó saber que su interés principal era el pago de la deuda a los bonistas y no el bienestar de la población.

Con estos dos asuntos, la JCF mostró su verdadera figura. Hizo visible que su función dictatorial, era continuar la misma política neoliberal adoptada por el bipartidismo existente. Por un lado, la auditoría de la deuda hubiese permitido identificar los responsables y entender la dinámica del endeudamiento. El poder dictatorial de la Junta hubiese podido enfrentar uno de los principales problemas vinculados con la deuda: la corrupción. Por otro lado, al definir los servicios esenciales hubiese proyectado la imagen de que colocaba en primer lugar el bienestar de una población ajena a los motivos del endeudamiento.

Pero la JCF no hizo ninguna de las dos cosas. Además, algo que no debe olvidarse, no recibió ninguna presión del gobierno para que llevara a cabo la auditoria de la deuda o definiera los servicios esenciales. Esta complicidad requeriría una extensa explicación para la que no tenemos espacio. Ahora basta mencionar que con la política neoliberal ocurrió un asalto combinado al dinero público de parte de empresarios privados y políticos ambiciosos. Con esta política neoliberal se degradaron los servicios esenciales provistos por el gobierno en la medida en que abundantes recursos públicos pasaron a manos privadas en múltiples formas de corrupción. Lejos de controlar la corrupción, la JCF se convirtió en un mecanismo que la patrocinó en el interior del marco de los planes fiscales que fue imponiendo. Con sus contratos y consultorías sobrepasó los $2,000 millones en gastos de dinero público en el trascurso de esta vergonzosa década, incluyendo contratos millonarios escandalosos con empresas como McKinsey, en situaciones plagadas de conflictos de interés.  Como la historia depara inesperadas sorpresas, con el paso del Huracán María en septiembre de 2017, los terremotos del sur en 2020 y con la pandemia que le siguió, miles de millones de dólares en fondos federales han sido asignados a Puerto Rico, aumentando el botín político- empresarial de la corrupción.

Pero hay otro asunto en que la JCF también fracasó. Siendo la cuestión fiscal el síntoma más visible de una crisis mucho más profunda, la urgencia por formular reformas estructurales tenía una importancia cardinal parta atender la necesidad de ampliar la base económica de la isla. La JCF no solamente no atendió este problema, sino que las reformas propuestas no se orientaban en la dirección señalada y fracasaron. Solamente en una de ellas, la privatización de la Autoridad de Energía Eléctrica (AEE), apoyada en la Sección 205 (a) de la Ley PROMESA, logró avanzar. Sin embargo, la privatización, defendida tanto por el gobierno como por el sector privado, desembocó en un estruendoso fracaso. Los tres motivos para impulsarla – abaratar los costos, garantizar la eficiencia y asegurar la estabilidad del sistema eléctrico – han tenido resultados contrarios: el sistema es hoy mucho más caro, ineficiente e inestable. La privatización del sistema eléctrico, impulsada por la JCF y el gobierno probablemente pase a la historia como uno de los actos de mayor irresponsabilidad propiciado por los inescrupulosos intereses neoliberales.

Podemos añadir, antes de terminar, que los planes de ajuste de la deuda acordados por la JCF no han respondido a los mejores intereses de nuestra población. El acuerdo de la Corporación del Fondo de Interés Apremiante (COFINA), por ejemplo, aprobado por la jueza Taylor Swayne el 4 de febrero de 2018, fue muy revelador. De una deuda de $17,637 millones – de los cuales más de $12,000 millones fueron emitidos por el gobierno de Luis Fortuño -, los Bonos Senior constituían 44% del total de la deuda, los conocidos fondos buitres recibieron 93 centavos por cada dólar, habiendo adquirido dicha deuda a precios mucho más bajos, obteniendo ganancias de miles de millones de dólares. Pero lo más “ejemplar” de dicha negociación fue que el bufete de los fondos buitres, Emmanuel Urquart & Sullivan LLP, contrató a Politank, propiedad de Francisco Domenech, acompañado de Kenneth McClintock, por 55,000 dólares mensuales para asegurar una buena negociación. Nada menos que un cabildero local, que hoy es Secretario de la Gobernación, con un ex presidente del Senado y ex Secretario de Estado, fueron figuras claves para una negociación nefasta para el pueblo de Puerto Rico. Antonio Weiss, una persona destacada en la formulación de PROMESA, criticó el Plan de ajuste de la Deuda de COFINA.

Hoy nos encontramos ante una amplia protesta estudiantil en la Universidad de Puerto Rico, con reclamos compartidos por toda la comunidad universitaria. En gran medida se trata de una crisis creada por la JCF y sus irresponsables recortes al presupuesto de la universidad pública y sus aumentos en el costo de los créditos y servicios universitarios. Una institución que estaba cumpliendo efectivamente con sus compromisos de deuda recibió los recortes más agudos y el ataque más feroz de la Junta y del gobierno. Con su menosprecio de la universidad pública y con sus intentos de reducir las pensiones de hombres y mujeres que cumplieron con sus deberes laborales, la JCF levantó su perfil ante el pueblo de Puerto Rico: expropiarle el futuro a la juventud y expropiarles el pasado a los adultos mayores. Mientras tanto, poco le han importado los efectos visibles del cambio climático, la seguridad alimentaria del país y el bienestar de la población empobrecida de Puerto Rico. Con razón las ilusiones que tuvo el país cuando se anunció su llegada quedaron convertidas en humo. Hoy el desprestigio de sus funcionarios solo es superado por la soledad que los rodea. Sería un acto de justicia que su salida fuese el resultado del empujón de una enorme fuerza social en movimiento.

Este articulo se publicó originalmente en la edición impresa de CLARIDAD del mes de abril.

 

 

 

 

 

Tito Rojas ha muerto

El libro supuestamente no es un poemario pero tiene poesía. No es un libro de ensayos pero tiene temas recurrentes. No es una novela pero tiene trama. No es una colección de cuentos pero el narrador cuenta, de manera fragmentada, una serie de oficios: el de escribir, el de la memoria, el de la casa o apartamento y la intimidad doméstica y el de la poesía. Resulta increíble la honestidad declarada por el narrador: “me preocupa el artificio del texto” (38)  justo después de hablar de la relación del cuerpo, memoria y palabra en la escritura. La pérdida está presente. Quizá es lo que más ha unido a les escritores de Puerto Rico que han publicado en las últimas décadas. La pérdida es quizá nuestra nueva atmósfera que nos arropa al momento de la ejecución de nuestra labor artística. La pérdida se hace un espacio material. En su inscripción en el texto no hay melodrama ni fijación pero se palpa un inevitable dejo de nostalgia. Más cuando se combina con los recuerdos que se forjan como aristas al pasado. La abuela, su padre (a quien llama “primer padre”), y el salsero Tito Rojas se transforman en espacios e insignias de la memoria propia. Las relaciones filiales también son relaciones mnemónicas. Se hacen significantes móviles. En Tito Rojas ha muerto de Francisco Félix se reiteran los símbolos y éstos se hacen emblemáticos de una manera personal de hacer literatura. Dudo de la oración anterior. Francisco Félix, más que literatura, hace poesía idiosincrática, inquietante y necesaria. Francisco Félix es ante todo un poeta del mundo puertorriqueño y de sí mismo.

De entrada, los epígrafes de Eduardo Lalo y Marta Jazmín García nos preparan para la lectura del texto. En el primero vemos como la escritura nos lleva al silencio. En el segundo, el de García, vemos como hay un cierto sentido asintótico del dolor: no podemos conocer su peso hasta que se suspende. Tito Rojas ha muerto es, como bien dice el comentario de tapa, escritura que va más allá de un cuaderno de anotaciones o trabajo. El libro es más bien la lágrima que es un disparo en la noche inmensa del recuerdo. En Tito Rojas ha muerto no hay un ajuste de cuentas (aunque sí un poco) sino una labor escritural como espacio para la memoria personal (que es la memoria de la comunidad), de hijos abandonados, de un país arruinado, de un mundo que arde en las llamas de un mundo que es testigo de un genocidio negado y de los neofascismos como alternativa “democrática”. Aún así, la memoria te/me/nos persigue.

En la página 11, el narrador es claro acerca del proceso mnemónico que inicia el libro. Es un tipo de prefacio que no se identifica como tal y no tiene título. Es, en realidad, un poema estructurado por seis versos que son cinco preguntas. Antes de citar el texto quiero que vean que ya caí en la “trampa” de Francisco Félix: escribí “narrador” en vez de “voz poética” o “personaje poético”. Su escritura derriba los límites de los géneros y lo hace por la vía del fragmento:

¿Esta sucesión de imágenes justifica tanta ausencia?

¿Qué esconden algunas casas?

¿Qué se refugia en la memoria

que también es hogar de nuestras historias?  

¿Qué somos sin nuestra casa?

¿Qué somos sin nuestra memoria? (p.11)

La verdad es que me alboroté bastante al leer esta página que da inicio al libro. En los últimos meses he estado estudiando la arquitectura (y en especial, la casa) como alegoría de la nación en la literatura y otros productos culturales puertorriqueños recientes. Francisco Félix monta y desmonta el concepto una y otra vez. Aquí el poema habla desde la primera persona plural. Luego las viñetas y demás fragmentos se hacen más íntimos, singulares. La falsa diferencia entre “nosotros” y “yo” se derrumba.

La estructura del libro parece estar regulada por una dialéctica: caminar/escribir. Cuando se pasea o se camina no se escribe. Cuando se escribe no se pasea. Mucho más tarde en el libro las dialécticas se multiplican. Además de la de caminar o escribir, Félix añade dos más: “mientras más palabras menos país” que evoca el viejo paradigma de la acción política vs. la escritura, y añade otra igual de tremenda: “Mientras más fotos, menos cuerpos” (103), cita que a mí, que fui adolescente en los 90 puertorriqueños, me hace oler papel periódico barato y me tiñe los dedos del rojo sangre-neón de El Vocero y sus portadas macabras de la época. La estructura del libro —junto a las evocaciones, añoranzas y recuerdos de miedos del pasado que escribe el narrador/personaje poético— también parece estar regida por un motor visual que funge de archivo personal.

Muchas de las viñetas responden a un álbum personal de fotos de la infancia. En “Despedida de año” Félix emplea la écfrasis para hablar de la memoria y la pérdida. La écfrasis es importante a través del libro pero más lo es la mención constante y el manejo poético y filosófico de la fotografía. Una y otra vez Félix apunta a los roles que Pierre Bourdieu asigna a la fotografía. El teórico francés entiende que la fotografía opera con la intención de “fijar” y “solemnizar y eternizar”. Si como bien dice Bourdieu “que la fotografía más insignificante expresa, además de las intenciones explícitas de quien la ha hecho, el sistema de los esquemas de percepción, de pensamiento y de apreciación común a todo un grupo” (43-44 Un arte medio) entonces el trabajo de Félix corresponde a una doble responsabilidad: entenderse como hijo y miembro de una familia específica, con la madre soltera a la cabeza y el deber de expresar la trama de esa historia personal pero como parte de algo más: la vinculación traumática de los puertorriqueños que rondan los treinta años de edad, más aún cuando son racializados y marginados en el país.

Aquí tocaría citar un ejemplo concreto de la segunda parte para mostrar como la doble función que Félix se adscribe a sí mismo aparece en la viñeta “Estadísticas” (pp. 57-58) y luego casi al final del libro en “Esencia y Puerto Rico”. La fragilidad de la vida, en especial la de los puertorriqueños negros más jóvenes, se articula desde un espacio de nostalgia, verdad, e impotencia. No quiero citar las viñetas aquí porque quiero que vayan corriendo a comprar el libro. La edición de la editorial La pequeña es fantástica: pulcra, con un diseño envidiable y atractiva para les devoradores de libros. Los editores de La pequeña hacen libros bonitos y se nota el compromiso con lograr un producto de calidad en forma y contenido.

No puedo terminar esta reseña sin otro alboroto quizá un poco más personal. En la página 103 leo el nombre de mi profesor de la Universidad de Connecticut. Una figura importante que creyó en mí cuando nadie más parecía hacerlo, cuando ni yo mismo creía que podía escapar de trabajos en restaurantes franceses, en escuelas descalabradas o mal pagados en periódicos en español en EEUU a punto de la quiebra. Francisco F. Canales empezó su doctorado en 2017. La Universidad de Connecticut es la misma institución a la que me aceptaron para la maestría once años antes. En ese momento, justo picando los 30, no estaba muy seguro de lo que quería hacer con mi vida. Solo sabía que no quería trabajar de noche y que quería leer poesía. Tres nombres resaltan de esa época: Odette Casamayor, Miguel Gomes y Guillermo Irizarry. Miguel me dio la mano para entrar a la universidad y no paraba de hablarme de poesía. Guillermo me dio el empujón para hacerme más responsable, más riguroso, más pausado, y por ende, mejor escritor. Odette me enseñó a escribir para un público académico y a hacer lo que se llama en la academia gringa “close reading”. Odette es un ser de luz y siempre me trató como colega, no como el muchacho asustado que era. También, como Francisco, le doy las gracias a Guillermo por el afán de mentoría, por hacer tanto por sus estudiantes, por no parar de pulir mi potencial.

Y esta nota que se suponía fuera una reseña me sigue lanzando a la nostalgia, a los recuerdos de un tiempo ya desgranado por el presente. Me regodeo también en los puntos en común que tengo con el narrador como él disfruta de entrar en contacto con la mar aguadillana. Yo sigo pensando en lo que escribe Félix. Detengo la lectura para evaluar cómo mis privilegios me permitieron vivir en Puerto Rico sin tener que “soportar la sospecha como un crucifijo sobre el cuello” (137). Mis rasgos fenotípicos me salvaron, cuando muchacho, de las represalias de la policía varias veces.

Leer a Francisco Félix es entender que su literatura es para él y para los suyos, para la familia y para los amigos, para el futuro y para la memoria, para entenderse y para entendernos. Gracias por el testimonio de tu Puerto Rico, Franco. Gracias por mostrarlo con sus quiebres, con sus luces, con sus posibilidades. Gracias por mostrarnos tus ganas de estar en familia, las ganas de escribir y también las de escapar un rato a la playa. Gracias porque Tito Rojas ha muerto nos ayuda a “robarle algo a la pérdida” (19) a pesar de que siempre nos rodea. Y gracias por la imaginación de otras posibilidades, otros vuelcos de esperanza en el Puerto Rico que será.

 

Roanoke – Carrboro – París – Reykjavik
durante el verano de luto tras la muerte de mi “otro padre” – 2026
 Félix, Francisco. Tito Rojas ha muerto. La pequeña, proyecto editorial. Puerto Rico, 2025.
Bourdieu, Pierre. Un arte medio: Los usos sociales de la fotografía. Editorial Gustavo Gili. Barcelona, 2003.