El libro supuestamente no es un poemario pero tiene poesía. No es un libro de ensayos pero tiene temas recurrentes. No es una novela pero tiene trama. No es una colección de cuentos pero el narrador cuenta, de manera fragmentada, una serie de oficios: el de escribir, el de la memoria, el de la casa o apartamento y la intimidad doméstica y el de la poesía. Resulta increíble la honestidad declarada por el narrador: “me preocupa el artificio del texto” (38) justo después de hablar de la relación del cuerpo, memoria y palabra en la escritura. La pérdida está presente. Quizá es lo que más ha unido a les escritores de Puerto Rico que han publicado en las últimas décadas. La pérdida es quizá nuestra nueva atmósfera que nos arropa al momento de la ejecución de nuestra labor artística. La pérdida se hace un espacio material. En su inscripción en el texto no hay melodrama ni fijación pero se palpa un inevitable dejo de nostalgia. Más cuando se combina con los recuerdos que se forjan como aristas al pasado. La abuela, su padre (a quien llama “primer padre”), y el salsero Tito Rojas se transforman en espacios e insignias de la memoria propia. Las relaciones filiales también son relaciones mnemónicas. Se hacen significantes móviles. En Tito Rojas ha muerto de Francisco Félix se reiteran los símbolos y éstos se hacen emblemáticos de una manera personal de hacer literatura. Dudo de la oración anterior. Francisco Félix, más que literatura, hace poesía idiosincrática, inquietante y necesaria. Francisco Félix es ante todo un poeta del mundo puertorriqueño y de sí mismo.
De entrada, los epígrafes de Eduardo Lalo y Marta Jazmín García nos preparan para la lectura del texto. En el primero vemos como la escritura nos lleva al silencio. En el segundo, el de García, vemos como hay un cierto sentido asintótico del dolor: no podemos conocer su peso hasta que se suspende. Tito Rojas ha muerto es, como bien dice el comentario de tapa, escritura que va más allá de un cuaderno de anotaciones o trabajo. El libro es más bien la lágrima que es un disparo en la noche inmensa del recuerdo. En Tito Rojas ha muerto no hay un ajuste de cuentas (aunque sí un poco) sino una labor escritural como espacio para la memoria personal (que es la memoria de la comunidad), de hijos abandonados, de un país arruinado, de un mundo que arde en las llamas de un mundo que es testigo de un genocidio negado y de los neofascismos como alternativa “democrática”. Aún así, la memoria te/me/nos persigue.
En la página 11, el narrador es claro acerca del proceso mnemónico que inicia el libro. Es un tipo de prefacio que no se identifica como tal y no tiene título. Es, en realidad, un poema estructurado por seis versos que son cinco preguntas. Antes de citar el texto quiero que vean que ya caí en la “trampa” de Francisco Félix: escribí “narrador” en vez de “voz poética” o “personaje poético”. Su escritura derriba los límites de los géneros y lo hace por la vía del fragmento:
¿Esta sucesión de imágenes justifica tanta ausencia?
¿Qué esconden algunas casas?
¿Qué se refugia en la memoria
que también es hogar de nuestras historias?
¿Qué somos sin nuestra casa?
¿Qué somos sin nuestra memoria? (p.11)
La verdad es que me alboroté bastante al leer esta página que da inicio al libro. En los últimos meses he estado estudiando la arquitectura (y en especial, la casa) como alegoría de la nación en la literatura y otros productos culturales puertorriqueños recientes. Francisco Félix monta y desmonta el concepto una y otra vez. Aquí el poema habla desde la primera persona plural. Luego las viñetas y demás fragmentos se hacen más íntimos, singulares. La falsa diferencia entre “nosotros” y “yo” se derrumba.
La estructura del libro parece estar regulada por una dialéctica: caminar/escribir. Cuando se pasea o se camina no se escribe. Cuando se escribe no se pasea. Mucho más tarde en el libro las dialécticas se multiplican. Además de la de caminar o escribir, Félix añade dos más: “mientras más palabras menos país” que evoca el viejo paradigma de la acción política vs. la escritura, y añade otra igual de tremenda: “Mientras más fotos, menos cuerpos” (103), cita que a mí, que fui adolescente en los 90 puertorriqueños, me hace oler papel periódico barato y me tiñe los dedos del rojo sangre-neón de El Vocero y sus portadas macabras de la época. La estructura del libro —junto a las evocaciones, añoranzas y recuerdos de miedos del pasado que escribe el narrador/personaje poético— también parece estar regida por un motor visual que funge de archivo personal.
Muchas de las viñetas responden a un álbum personal de fotos de la infancia. En “Despedida de año” Félix emplea la écfrasis para hablar de la memoria y la pérdida. La écfrasis es importante a través del libro pero más lo es la mención constante y el manejo poético y filosófico de la fotografía. Una y otra vez Félix apunta a los roles que Pierre Bourdieu asigna a la fotografía. El teórico francés entiende que la fotografía opera con la intención de “fijar” y “solemnizar y eternizar”. Si como bien dice Bourdieu “que la fotografía más insignificante expresa, además de las intenciones explícitas de quien la ha hecho, el sistema de los esquemas de percepción, de pensamiento y de apreciación común a todo un grupo” (43-44 Un arte medio) entonces el trabajo de Félix corresponde a una doble responsabilidad: entenderse como hijo y miembro de una familia específica, con la madre soltera a la cabeza y el deber de expresar la trama de esa historia personal pero como parte de algo más: la vinculación traumática de los puertorriqueños que rondan los treinta años de edad, más aún cuando son racializados y marginados en el país.
Aquí tocaría citar un ejemplo concreto de la segunda parte para mostrar como la doble función que Félix se adscribe a sí mismo aparece en la viñeta “Estadísticas” (pp. 57-58) y luego casi al final del libro en “Esencia y Puerto Rico”. La fragilidad de la vida, en especial la de los puertorriqueños negros más jóvenes, se articula desde un espacio de nostalgia, verdad, e impotencia. No quiero citar las viñetas aquí porque quiero que vayan corriendo a comprar el libro. La edición de la editorial La pequeña es fantástica: pulcra, con un diseño envidiable y atractiva para les devoradores de libros. Los editores de La pequeña hacen libros bonitos y se nota el compromiso con lograr un producto de calidad en forma y contenido.
No puedo terminar esta reseña sin otro alboroto quizá un poco más personal. En la página 103 leo el nombre de mi profesor de la Universidad de Connecticut. Una figura importante que creyó en mí cuando nadie más parecía hacerlo, cuando ni yo mismo creía que podía escapar de trabajos en restaurantes franceses, en escuelas descalabradas o mal pagados en periódicos en español en EEUU a punto de la quiebra. Francisco F. Canales empezó su doctorado en 2017. La Universidad de Connecticut es la misma institución a la que me aceptaron para la maestría once años antes. En ese momento, justo picando los 30, no estaba muy seguro de lo que quería hacer con mi vida. Solo sabía que no quería trabajar de noche y que quería leer poesía. Tres nombres resaltan de esa época: Odette Casamayor, Miguel Gomes y Guillermo Irizarry. Miguel me dio la mano para entrar a la universidad y no paraba de hablarme de poesía. Guillermo me dio el empujón para hacerme más responsable, más riguroso, más pausado, y por ende, mejor escritor. Odette me enseñó a escribir para un público académico y a hacer lo que se llama en la academia gringa “close reading”. Odette es un ser de luz y siempre me trató como colega, no como el muchacho asustado que era. También, como Francisco, le doy las gracias a Guillermo por el afán de mentoría, por hacer tanto por sus estudiantes, por no parar de pulir mi potencial.
Y esta nota que se suponía fuera una reseña me sigue lanzando a la nostalgia, a los recuerdos de un tiempo ya desgranado por el presente. Me regodeo también en los puntos en común que tengo con el narrador como él disfruta de entrar en contacto con la mar aguadillana. Yo sigo pensando en lo que escribe Félix. Detengo la lectura para evaluar cómo mis privilegios me permitieron vivir en Puerto Rico sin tener que “soportar la sospecha como un crucifijo sobre el cuello” (137). Mis rasgos fenotípicos me salvaron, cuando muchacho, de las represalias de la policía varias veces.
Leer a Francisco Félix es entender que su literatura es para él y para los suyos, para la familia y para los amigos, para el futuro y para la memoria, para entenderse y para entendernos. Gracias por el testimonio de tu Puerto Rico, Franco. Gracias por mostrarlo con sus quiebres, con sus luces, con sus posibilidades. Gracias por mostrarnos tus ganas de estar en familia, las ganas de escribir y también las de escapar un rato a la playa. Gracias porque Tito Rojas ha muerto nos ayuda a “robarle algo a la pérdida” (19) a pesar de que siempre nos rodea. Y gracias por la imaginación de otras posibilidades, otros vuelcos de esperanza en el Puerto Rico que será.







