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Widow’s Bay: apuntes para una reseña

 

Especial para En Rojo

Recientemente Apple TV estrenó Widow’s Bay (Kate Dippold/ Hiro Murai), una serie de comedia y horror ambientada en una isla ficticia cerca de la costa de New England. Fuera de sus residentes y un puñado de visitantes, pocos conocen (y poco se conoce) sobre Widow’s Bay. Su alcalde, Tom Loftis (Matthew Rhys), natural de Massachusetts, se propone convertirla en un nuevo destino turístico («the next Martha’s Vineyard»), ambición que provoca interés, mofa y preocupación entre sus habitantes. Resulta que Widow’s Bay, todos lo saben, está embrujada.

A la sazón de los relatos escolares, la isla fue un ‘refugio’ para fervorosos protestantes del entresiglo XVII- XVIII. Pero esta obstinada supervivencia les ha costado un alto precio a los pobladores originales y a su descendencia. Dice la vox populi que quienes nacieron en estas tierras no pueden abandonarlas. Una maldición les cerca y les impide sobrepasar un perímetro marítimo, ni siquiera para llegar a Boston, que se encuentra a unas cuarenta millas.

La memoria colectiva de Widow’s Bay recuerda de manera porosa los extraños sucesos ocurridos durante los últimos tres siglos. Las manifestaciones monstruosas y sanguinarias reaparecen a intervalos. Para el alcalde son cuentos de camino. Aun así, la gente reconoce las señales de que algo se avecina; mejor dicho, de que algo se reanuda. Para pesar de Loftis, la racha reinicia justo cuando sus esfuerzos han popularizado el municipio y comienza la temporada vacacional y veraniega.

El show marca un claro contraste entre sus habitantes y el alcalde. Retrata con humor y detalle un arquetipo de la región: la gente de Widow’s Bay es astuta, de trato áspero, solidaria y también recelosa. Loftis, muy del mainland, se relaciona con sus constituyentes de manera condescendiente y soberbia. El progreso que anhela para su municipio parte de la negación y la borradura histórica de la isla, así como de su clave sobrenatural.

Tras una serie de sustos y desventuras, el alcalde acepta que necesita la ayuda de sus colegas y vecinos. El grupo se dedica entonces a desenmarañar la historia de este lugar y sus desdoblamientos (un acopio pintoresco de todas las películas de miedo que se conocen) para entender y, tal vez, aplacar el ciclo avasallador que les mantiene encerrados.

Por el momento, esta primera temporada no resuelve el enigma de la isla, pero sí plantea nuevas preguntas. Ante la incertidumbre, la serie responde con un elenco extraordinario y un amplio repertorio del horror audiovisual: brujas marinas, payasos asesinos, neblina asfixiante, un Jason genérico o un muerto-vivo al gusto del Mayflower.

Sin revelar demasiado, debo decir que para mí otros grandes aciertos son el empleo de la comedia y el horror cuando, por ejemplo, el show desacraliza la casposa ‘historia fundacional’ de New England, a la vez que representa muy bien el kitsch de instituciones poco apreciadas como la sociedad histórica, el archivo o el museo local. La serie no pasa por alto su valor o se burla de ellas. Es precisamente en este trabajo de la memoria (a cargo de muchas manos a lo largo del tiempo) donde radica la supervivencia del pueblo. Juntos, a través de ese ejercicio, intentan descifrar el enigma.

Widow’s Bay se empecina en atestiguar que, como en los versos de John Donne, “no man is an island entire of itself”, poco importa que la isla, como entidad, sí lo sea.