CLARIDAD
Desde hace algunas semanas Estados Unidos mantiene un grupo de naves de guerra cerca de la costa venezolana. De manera simultánea, realizan ejercicios militares en Puerto Rico, su colonia caribeña, utilizando las instalaciones de la Guardia Nacional. Esos ejercicios sugieren una operación de desembarco tipo comando, con un objetivo militar muy definido, más que una invasión en gran escala, pero solo es posible especular.
Hasta ahora, la única “acción” que el despliegue militar estadounidense ha producido es el ataque y destrucción de una pequeña embarcación civil donde asesinaron once personas, según anunció el propio presidente Donald Trump en sus redes sociales como si fuera la gran cosa. La justificación para el ataque es que se trataba de narcotraficantes, aunque ninguna evidencia se ha aportado de esos supuestos contrabandistas.
La continuada presencia militar lleva a preguntarnos: ¿iniciarán en los próximos días una invasión de suelo venezolano? ¿Realizarán, en cambio, una operación comando contra el presidente Nicolás Maduro y otros miembros del liderato político?
El lanzamiento de una operación militar estadounidense contra Venezuela, de la naturaleza que sea, depende en buena medida de los venezolanos, y no precisamente porque estos corran a entregarse como le gustaría a los gringos, sino todo lo contrario. Dependerá de la capacidad de combate y resistencia que demuestren. Si los análisis de inteligencia de Estados Unidos concluyen que el pueblo venezolano resistirá a sangre y fuego una invasión, esta difícilmente se producirá.
Los estadounidenses, particularmente su actual presidente, son fantoches, prepotentes y arrogantes, pero no les gusta contar muertos. Después de tantas experiencias atacando pueblos por todos los continentes, saben que deben evitar a toda costa dos posibles situaciones. En primer lugar, una invasión o ataque que luego desemboque en una guerra larga desangrando sus soldados y su presupuesto. Vietnam en el pasado y Afganistán e Irak más recientemente, son ejemplos de esas invasiones fallidas. De todos esos lugares tuvieron que salir más o menos de forma ignominiosa después de éxitos “resonantes” iniciales. Las recientes imágenes de aviones militares despegando en el aeropuerto de Kabul, mientras sus colaboradores locales corrían despavoridos al verse abandonados, recordaban otras casi idénticas desencadenadas en Saigón (¡hoy Ciudad Ho Chi Minh!) en 1975. En Kabul los colaboradores corrían por la pista y en Saigón se agarraban de los helicópteros que trataban de despegar.
En segundo lugar, también tratarán de evitar a toda costa lanzar una operación comando que termine en un fiasco o que les produzca muchas bajas. De estas también hay experiencias. La más sonada fue la de 1979, que le costó la reelección al entonces presidente Jimmy Carter. En medio de la crisis de los rehenes en Teherán, Carter autorizó una operación comando que fracasó dejando en el terreno decenas de muertos y helicópteros humeando. Aquella escena humillante resonó muy fuerte en las elecciones del año siguiente, 1980, dejando a Carter sin un segundo término.
Ante un posible ataque a Venezuela debemos preguntarnos: ¿por qué Estados Unidos nunca ha atacado a Cuba, más allá de 1961 cuando fracasaron en Girón? Si a Estados Unidos le molesta ahora el gobierno de Maduro, mucho más le ha incomodado a lo largo de muchas décadas la revolución que los cubanos montaron y desarrollaron a 90 millas de sus costas. Derrotar y terminar con la revolución cubana ha sido una de las prioridades de todos los presidentes estadounidenses desde Eisenhower hasta Trump. De esa larga lista de presidentes solo Carter y Obama no ensayaron acciones agresivas buscando, en cambio, algo de distensión. Para los demás Cuba siempre fue un primer objetivo. Sin embargo, después de 1961, nunca se han atrevido a lanzar sus tropas contra ese enemigo que roza sus playas. Algunos pensarán que ese detente se debió al poder disuasivo de la Unión Soviética, pero esta desapareció hace 35 años y desde mucho antes de desaparecer no se notaba muy presta a arriesgarse por Cuba.
La razón para esa abstención es que conocen y respetan la disposición de combate y resistencia del pueblo cubano. Si se dispusieran a utilizar su enorme poderío militar tal vez logren imponerse, pero saben que el costo será grande. Como en Vietnam, tendrían muchos muertos para contar, muchos más de los que contaron en Girón.
Esa preparación para el combate, y el apoyo del pueblo, ha sido el escudo protector de Cuba. Luego de Girón los análisis de inteligencia que hacen en Langley, Virginia, dejaron de fantasear. Habrá que ver cómo evalúan ahora la resistencia venezolana.



