Especial para En Rojo
En aquel país, un día decidieron que el Estado ya no podía cargarse más cosas.
—Carreteras sí —dijo el Secretario de la Gobernación, ignorando la ironía—. Cariño, no.
Y aprobaron la ley.
La ternura se convirtió en servicio, la app TenderPR fue creada por la empresa en la que trabajaba el Secretario, de la que es accionista la hermana y donde irá a parar cuando salga del gobierno… claro está.
Había planes, tarifas, promociones.
Plan Básico: una llamada al mes de alguien que pregunta cómo estás sin colgar de inmediato.
Plan Plus: abrazo en fechas señaladas.
Plan Premium: alguien que escucha tu llanto hasta que te quedes dormido, con factura detallada.
Plan de Platino: el Plan Premium mas bots que te comentan en tus redes lo brutal que eres.
La app lo hacía todo más moderno.
Aceptaba tarjeta, ATH, bitcoin y cualquier moneda inventada por algún iluminado del norte.
“Invierte en amor”, decía un podcast de moda, entre anuncios de suplementos y criptocursos.
En los reels salían parejas perfectas, abuelas perfectas, familias perfectas, todas con el celular en la mano:
“Usa mi código y recibe un abrazo extra este mes.”
En las conferencias de prensa mostraban gráficas:
subía el índice de “contactos afectivos licenciados”,
bajaba el tiempo perdido en “dramas personales sin monetizar”.
En los barrios, mientras tanto, el amor se declaró ilegal sin que nadie lo anunciara.
Una tarde, Don Ismael —rodilla vieja, pensión mínima, corazón tercamente vivo— vio el anuncio en la tele:
“Regule su afecto. No se deje tocar por cualquiera. Descargue la app.”
Apagó el televisor.
Su celular ni siquiera tenía espacio para más milagros.
Salió a la acera con su sillita plegable.
Se sentó.
Primero llegó un chamaco con ojos rojos.
Después una viuda que no se acostumbra a la cama amplia.
Luego un guardia de turno partido que ya no sabe si le teme más a los asaltos o al silencio de la casa.
No había logo, ni app, ni recibo.
No aceptaba bitcoin.
Aceptaba tristeza, nada más.
Había café tibio, malas palabras suaves, silencios largos.
—¿Y usted qué negocio tiene aquí? —le preguntó un día un funcionario, con carpeta en mano.
Don Ismael se encogió de hombros:
—Ninguno.
Nomás me siento, por si a alguien le hace falta un oído.
El funcionario apuntó algo, molesto.
No supo cómo escribir eso en el formulario. Si no sale en el formulario, no encuentra función el funcionario que no funciona.
En el informe oficial quedó registrado:
“Foco de afecto no regulado”.
En el barrio, en cambio, lo llamaban de otra forma:
“Esquina”.
“Oído”.
“Consuelo”.
Y así, mientras el país tercerizaba la ternura
y la app sacaba nuevos paquetes con % de cashback emocional,
la ternura, testaruda, seguía colándose por donde siempre:
por la gente que, sin contrato ni código de descuento,
se sigue quedando al lado.



