- Lo sospeché las veces que lo escuché regañar a aquel empleado con un tono que por momentos rozó en maltrato verbal. También de las veces que escuché de su boca cosas que no tenía que saber de ese joven. Lo sospeché las veces que lo sorprendí mirando de soslayo. Lo sospeché en el nombre de usuario que nunca fue cambiado en aquella computadora, un vendedor estrella, pero que, por razones que nunca estuvieron claras para mí, un día partió. La sospecha mayor, empero, consistía en una persistente pregunta: cómo es posible que yo trabajara a tiempo completo, pero cobrara cada cuarenta horas, y que la suma de los dos cheques era menos que la cantidad prevista. En el trabajo anterior, por el cual renuncié para ir a este con una oferta que prometía un sueldo mayor, ganaba más. Pero lo debí sospechar aún más cuando me dice que nadie entiende su intensidad. En sus días de mal humor, cruza el espacio. Ignora los buenos días.
- La certeza llegó el día en que despidió a aquel empleado. Aunque no los vi, estaba cerca. You’re not needed, finiquitó. Silencio del otro lado. Ruido del bulto montando la espalda. Razón o no para despido, yo no debí ser testigo oyente de ese momento, pero también lo agradezco. Porque fue en ese momento en que lo vi. La zorra cayó en la trampa. Yo era el próximo.
- Perteneciente a la línea canidæ, la zorra se ha caracterizado por un agudo ingenio, a través del cual la interpretación humana se atribuye la lección que imparte. Por momentos la zorra es mañosa, en otras prevenida, no pocas veces escurridiza. Al cuervo roba el queso, al leñador que la delata ante los cazadores le advierte la cuestión ética de unir palabra y acción, de las uvas, el resentimiento vanidoso ante el intento fallido. Con el gallo, bueno, algunas veces la víctima aprende del victimario.
Pero hay veces que la zorra cae en la trampa.
- Según la semana avanzó después del incidente del lunes, el espacio de trabajo se llenó de una atmósfera que hacía difícil respirar. En la bitácora anoté de manera frenética las gestiones del día. La letra cambia de tamaño e inclinación, el nerviosismo la hace más grande, pero se inclina con todo esfuerzo hacia la derecha. La sensación era en la de estar en un descampado donde la yerba apenas cubría, y por el momento exigía compromiso para lo que estaba por venir. Cuando una zorra cae en una trampa, es capaz de destrozar la pierna atrapada a mordiscos, hasta separarla del cuerpo. Yo, que adentrado sin otro Virgilio que una tenue llama por senda oscura, que tengo menos días por delante, y más en los que quedan atrás, comencé a morder.
- El último día encendí la computadora, abrí la bitácora, puse fecha. Fue cuando dije, es ahora. No terminé la semana. Me largué de allí, para nunca, nunca jamás volver.
6.Días después recordé que al largarme de allí dejé la bitácora abierta con bolígrafo sobre la página que me tocaba anotar toda labor emprendida en el turno.
Se asoman cambios. Ya no lo digo con certeza y esperanza, ya no las tengo. Lo digo como la zorra que sin una pata, se emperra en seguir viva.
- Por esos días, mi hijo pregunta: ¿por qué lo hiciste, papá?
Mi respuesta, y carajo, que retumbe siempre con lo que de vivo me quede: no porque la dignidad no ponga un plato sobre la mesa, debes renunciar a ella.
Mi porción de carne valió el escape.
Hato Rey, 31 de mayo de 2026







