Corro por el oscuro pasillo gris, estrecho como un túnel, hacia la claridad que veo al final. Siento que alguien me persigue, aunque no sé si es invento de mi imaginación. Ya me pisa los talones, por lo que acelero sin darme el lujo de mirar atrás.
Estoy llegando al final del pasillo intersectado por una pared, en la cual veo dos letreros: uno, con una flecha que apunta a la izquierda, con el texto Santo Domingo 1998; el otro, con una flecha hacia la derecha, Bombay 1993. Doblo a la derecha y bajo de dos en dos los escalones de unas gradas que terminan frente a una escena callejera. Hay comerciantes de telas, de joyería y de jugos tropicales; mujeres cargando cestos de mimbre encima de la cabeza; faquires descamisados con turbantes blancos sentados en el suelo. Regateos en voz alta; rupias y paise cambiando de dueños. A pesar de la ebullición de tanta gente, me parece que todo se mueve demasiado lento. Odio la lentitud; y más en este momento de precariedad. Si se movieran más rápido, yo escaparía de esta situación. Corro desesperado a lo largo de la estrecha calleja llena de toldos y puestos de mercancías baratas procurando evitar el choque con quienes cruzan de un lado a otro. Diviso un grupo apretado de personas que se acerca. Me bloquearán el paso.
¿Detenerme? No. ¿Colisión? No. ¿No?
A la derecha, por una rampa que desciende y entra en uno de los edificios mientras se vuelve tan oscura como el pasillo del principio. Más apretada. Algo de claridad al final. Ya no estoy en Bombay 1993. No hay letrero, pero sé adónde me lleva este pasillo que empieza a tornarse ligeramente más espacioso.
Es Buenos Aires, mil novecientos ochenta y cuatro. Sigo en el pasillo gris, pero una serie de anchas ventanas de cristal a mi derecha dejan colar la claridad de afuera. Estoy en un segundo piso. Éste continúa como balcón colgadizo al otro lado de los cristales, en el que hay mesas con comensales y mozos que les toman las órdenes con mucha atención. Al fondo se ve un tope de edificio blanco, con la Albiceleste luciendo su Sol de Mayo en un asta. Veo una pareja de veinteañeros que llega a una mesa vacía. Por primera vez aflojo la carrera un poco, aunque no me detengo.
Yo los conozco… A ella la recuerdo por su dulzura y su carácter. Enfrenta toda dificultad con valentía, y no niega sonrisas. Una mujer perfecta para el hombre que le sepa apreciar. A él también le recuerdo, y preferiría no hacerlo. Un desgraciado que cree merecerlo todo porque tiene un título y trabaja con la Coca-Cola. El Alzheimer se vuelve una bendición cuando nos ayuda a olvidar a personas como ésa.
Veo que él, sonriente, hala la silla para que ella se siente, y ella le contesta con un «gracias» y una sonrisa. Él se sienta, sonriente aún. Un pañuelo que ella llevaba en su mano ha caído junto a las patas de la silla de él. Él se limita a señalarlo, y a decirle «se te cayó». De forma todavía amable, ella le pregunta: «¿Me lo podrías alcanzar, por favor?», a lo que él contesta: «Cógelo tú misma», con una sonrisa. Me comienzo a alejar de la escena y a acelerar el paso nuevamente, pero escucho las últimas palabras de la mujer: «Veo que esto no va a funcionar; después de cinco años, eres el mismo patán de siempre». Estoy de espaldas a ellos, alejándome en mi carrera, pero sé que ella se ha levantado, con rostro inexpresivo, y que ha recogido el pañuelo por su cuenta, sin mirarle más a los ojos. Y sé que ha tomado su humilde pero elegante bolso blanco y se ha marchado del lugar, sin siquiera mostrar cara de enojo.
Yo lo sé. Yo estaba allí. Yo soy el patán que la dejó ir hace cincuenta años.
Y siento la congoja que estrangula mi corazón como un pulpo. Y es más congoja porque en los sueños no hay nada que nos distraiga de ésta; los sentimientos se vuelven centro de importancia absoluta. Trato de apretar el paso otra vez, aun con el ahogo del pecho. Y no me acongoja tanto la palabra patán, sino la frase «eres el mismo…de siempre». Como una continuidad de carácter que rechaza la redención.
Llego a un montacargas sin puerta que empieza a elevarse tan pronto me ubico dentro. No veo que se mueva, pues no hay puntos de referencia a mi alrededor, pero lo percibo. Noto una silla de oficina y me siento, buscando un respiro a mi correr.
Hay una metamorfosis. Todo, menos la silla, se desvanece en el aire, y estoy en la oficina, frente al escritorio de la doctora en Salud Conductual que me atiende. «¿Y?», me pregunta, bajando su mirada a un punto del escritorio. «¿Te la tomarás?» Noto una pastilla allí. Un nuevo medicamento llamado Xanchoteb.
La conversación continúa como un intercambio de preguntas sin respuesta.
–¿No me la tomé ya?
–¿Qué dices tú? ¿Te la tomaste ya?
No estoy seguro. Tan seguro que me sentía en otros años, pero hoy no. Y no es cuestión de memoria, sino de ver cómo los castillos más sólidos son castillos de sal que se van disolviendo con la insistencia de los aguaceros.
–Tomarse más de una dosis, ¿no creará adicción?
–No con este medicamento. Tú ya eres adicto a un recuerdo que sigues visitando una y otra vez.
–Yo vine aquí para que me ayudara a tener algún agarre de la realidad, no a que la deje a mi discreción.
Con amabilidad inexpresiva, me explica que hoy día la salud conductual no busca traer al paciente a una realidad objetiva, sino a que se sienta bien con su propia realidad. Mueve un retrato familiar con marco negro en su escritorio un poco a la derecha.
–Acabo de verla— digo, rompiendo una escarcha de silencio que se comenzaba a formar. Le cuento que la vi primero en Mayagüez, a mediados de mil novecientos setenta y ocho. Era mi segundo año de estudios, en vías de convertirme en químico. Ella había llegado de Argentina, creo que becada por la OEA, a estudiar biología, aunque tuvo que abandonarlo.
Sólo nos conocimos de vista durante ese año. Dialogamos por primera vez en la entrada al Bithorn en la inauguración de los Juegos Panamericanos de mil novecientos setenta y nueve.
«Oye, tú estudias en Mayagüez, ¿verdad?», le pregunté. Nos pareció agradable encontrar una cara conocida en un lugar desconocido. Seguimos hablando, y de una vez nos sentamos juntos en el estadio. Cuando abuchearon a Romero Barceló, ella me miró y me dijo: «Parece que tu país y el mío tienen patanes en el gobierno», a lo que ni contesté. Nunca me metí en política.
Ése año fue intenso y rápido. Para septiembre la llevé a conocer a mi familia; mi madre quedó encantada con ella. A mí hasta me dio algo de celos, porque ella actuaba como una hija para mi madre, y así era tratada de vuelta. Incluso pasó con nosotros la navidad en casa de mis padres; aunque no para celebrarla, sino más bien, por su propia voluntad, para servirle de apoyo a mi madre tras la muerte de mi hermano en un accidente en la carretera número dos, por Vega Alta. Se convirtió en el hombro en el cual lloraba mi madre. Aun a mí me sorprende tanto apego entre ambas en tan poco tiempo. Yo mismo, si bien tenía algo de dolor por la muerte de mi hermano, estaba más ocupado de mis estudios, que esperaba concluir en el siguiente semestre.
Y mientras más me acercaba a completar mi grado, más la alejaba. A mediados de mil novecientos ochenta ella tuvo que abandonar los estudios y regresar a Buenos Aires, mientras que ya la Coca-Cola me estaba haciendo ofertas de trabajo para tan pronto me graduara.
Curiosamente, al irse le dejó su dirección de la Argentina a mi madre, no a mí, y siempre le escribió hasta su muerte.
–Antes yo corría para atrapar mi futuro… Ahora corro para tratar de atrapar mi pasado–confieso.
–¿Te la tomarás? – me repite su pregunta, que ya molesta por lo monótono. Miro la pastilla frente a mí, y cierro los ojos.
—
Abro la puerta de la oficina y salgo a la acera de la Ponce de León. En uno de los negocios se oye Querida, de Juan Gabriel. Frente a mí, un poco a la derecha, la parada de guaguas. Miro instintivamente hacia la izquierda para ver si viene alguna. Ahí está él, a tres cuerpos de distancia. Empiezo a alejarme de él tan pronto lo descubro. Usa un casco militar, y esconde el rostro detrás de una máscara antigases; ropa ceñida al cuerpo, además de coderas, rodilleras, chaleco a prueba de balas y botas militares de las más pesadas; todo en negro, al igual que una especie de macana construida con un bate de béisbol atravesado en su punta distal por una hoja de hierro curva; noto en su izquierda un escudo también negro, con el diseño de una calavera cenicienta. Con amenaza, me mira a los ojos.
Giro totalmente a la derecha, y camino lo más apresurado que permite mi cuerpo. Siento que me sigue, por lo que fuerzo un trote, el cual cambio de inmediato por carrera libre. Doblo la esquina, y veo una puerta de sótano abierta. Desciendo por ella. Oscuro. Corro a lo ciego. Sé lo próximo. Claridad esperanzadora al final del pasillo. Una pared con dos letreros, como tantas veces: izquierda, Ciudad de Panamá 1980; derecha, Johannesburgo 2000.
Izquierda. Puedo correr más rápido, como si estuviera mucho más joven. Hay una media curva que termina en dos escalones que desciendo, para encontrarme en una acera. Parece mediodía; de ambas direcciones viene gente caminando con bolsos. Comienzo a cruzar la calle en el paso de cebra, tratando de evitar el tránsito de la multitud y de los vehículos. Regateo mi paso con un bus diablo rojo que suena la bocina, y llego a la otra acera. Veo vajillas y electrodomésticos en una vitrina del negocio de esa esquina. No entro. Voy hacia la izquierda y doblo hacia Vía España, donde encuentro un trancón. Hay más diablos rojos que me obstruyen el paso. Se siente mucho calor; y más por la sequía. Rozo con la multitud. Todo lento. A la derecha veo una puerta entre dos edificios. Sospecho dónde termina. Quizás, si no entro… Pero entro. ¿Dónde, si no ahí?
El mismo pasillo oscuro que se ensancha al final. Estoy de vuelta en Buenos Aires, mil novecientos ochenta y cuatro, mirando a través de estos cristales a la misma escena que protagonicé con ella en el balcón del segundo piso. Por primera vez noto que hay un picaporte de este lado de la pared que me ayudaría a abrirla, y quizás salir a escena. También noto que llegué un poco antes de que se sienten, y que me bastaría abrir esta puerta para tocarla a ella.
No lo hago, y vuelvo a ver representado el mismo recuerdo. Le hala la silla. Sonrisa.
Pañuelo que cae. Recógelo tú. Patán. Eres el mismo de siempre. Y corro acongojado por el mismo pasillo que me lleva a un montacargas sin puerta, y me siento en la silla.
Estoy de vuelta en la oficina, con la profesional frente a mí. «¿Y? ¿Te la tomarás?», me pregunta, creo que nuevamente, mirando a la pastilla de color esmeralda. Trato de esquivar tomarla, no sé si por tercera vez.
Le hablo de ella. Durante la dictadura, sus tres hermanos fueron desaparecidos al mismo tiempo. Era el año mil novecientos setenta y siete. Ella se salvó porque todavía no estaba en la edad de hacer demostraciones contra el régimen. Su madre se unió a otras madres que también habían perdido familiares, y comenzaron a protestar en la Plaza de Mayo. Una y otra vez, ella veía cómo su madre llegaba a casa, cada vez con salud más decaída. Parece que de su madre aprendió el estoicismo. Esa última vez que la vi, según me enteré luego, la madre había vuelto de una de las manifestaciones, todavía sin noticias de sus hijos. Si yo hubiera recogido su pañuelo, habría sabido que ella había estado llorando por la angustia de su madre. Pero, ¿qué me importaba a mí? Lo único que me preocupaba era que la Coca-Cola de dieta tuviera un buen sabor en su debut argentino aquél año; así me aseguraba un trabajo que pagara bien.
–Si yo pudiera cambiar ese recuerdo. Si hubiese podido hablarle una última vez.
–¿Por qué querrías hablarle a ella?
–Para dejarle saber que he seguido recordando durante todo este tiempo. Aunque no creo que haría diferencia. Me enteré de que ella partió hace unos años atrás.
–¿Y al hombre? ¿Qué le dirías?
–A ése que se lo lleve el diablo.
Empieza a formarse un silencio que la profesional de salud conductual logra disolver, preguntándome cómo la reencontré. Le digo que después de haber trabajado en la planta embotelladora de Ciudad Panamá, encontré la oportunidad de ser parte del lanzamiento del refresco de dieta en Argentina. Era eso o mudarme a la embotelladora de Atlanta, con todos los problemas que había del lanzamiento de la Nueva Coca-Cola. Yo no quería riesgos, así que me fui a buenos Aires. Ya allí, fue mi madre quien me envió la dirección de ella, con algunos dulces que le había confeccionado. Estoy seguro que mi madre tenía la esperanza de que volviéramos a estar juntos.
Silencio otra vez.
«¿Qué tiene la Ksan-cho-TEB?», indago, tratando de pronunciar lo más correcto posible, y buscando llevar mi desconocimiento médico a la química, mi territorio conocido.
«La fórmula de la Shan-co-TEB» me corrige, dando énfasis a cada sílaba «no es pública todavía; el medicamento trabaja haciendo un puente que une la realidad percibida y la realidad imaginada.»
Le pregunto nuevamente si entonces lo que veo al usarlo es real o no.
«Está de ti decidirlo. Hoy día, los profesionales de la Salud Conductual no decidimos cuál debe ser la realidad del paciente» es su réplica, todavía sin soltar prenda.
Sonrío y miro la pastilla.
—
Empujo la puerta de la oficina. Salgo a la avenida. Se siente la diferencia de temperatura entre la oficina y la calle. La Ponce de León se ve desierta y silenciosa, salvo por alguna música en algún negocio. Antes era ebullición. Pero me parece raro que no haya automóviles. Ni siquiera guaguas.
Miro instintivamente hacia mi izquierda, en dirección a Miramar, para ver si viene alguna. De nuevo ahí, pero esta vez ya me miraba antes de que le mirara yo. Esta vez decido cruzar la calle, hacia una entrada como de estacionamiento subterráneo. Hasta esta calle que he recorrido tantas veces en mi vida ya me parece desconocida, con lugares que no sospechaba que tenía. Bajo las escaleras con la ya esperada oscuridad que me acompaña. Casi tropiezo y caigo. Ahí abajo hay una salida alumbrada. La misma pared con sus dos opciones. Tomo hacia la derecha, sin mirar hacia dónde.
Hay un angosto piso de tierra. Por el anuncio de Koka-Kola Kowk, cuya pintura roja empieza a descascararse en el pizarrón, y el nombre SOOMAALIYA debajo de éste, sé que estoy a la entrada del aeropuerto. O a la salida, según lo vea. Estoy en Mogadiscio 1987. No debí revisitar este recuerdo. Es como una pesadilla dentro de otra. Me dirijo hacia la izquierda, rumbo a la ciudad, subiendo una cuesta de unos doscientos metros de largo, por la avenida que me aleja del aeropuerto y que agita mi respiración. A lado y lado, sólo tierra de color rojizo palpitante, luciendo algunas retamas africanas florecidas.
Salgo de la avenida, y entro en una calle de dos carriles. A ambos lados, en las angostas aceras hay diferentes talleres artesanales; máquinas de coser de pedal, vendedores de sombreros y de bastones teñidos con color natural: pareciera que aún no conocen la electricidad. Una carreta llena de sandías tirada por un burro me alcanza y rebasa. Esquivo a vendedores, artesanos, y mujeres ñangotadas que amamantan a sus hijos sin abandonar las labores manuales que realizan.
Cuatro muchachos, entre catorce y diecisiete años, cruzan corriendo la calle hasta la acera en la que me encuentro. Escucho: «Jooji!» algo distante. Los muchachos llevan hondas de cuero en sus manos; comienzan a girarlas sobre sus cabezas, mientras la multitud alrededor de mí se alborota. Descargan lo que para mí son juguetes contra unos muchachos que están al otro lado de la calle, vestidos con uniformes caquis, que les llevan poca edad. Enseguida se escucha como un metrónomo el seco tac-tac-tac de los AK-47 que apuntan hacia acá, en dirección a los davides. Y yo en el medio de esto.
Aquí llegó mi hora mientras aumenta mi sentido de preservación pasa una camioneta llena de pasajeros al límite de su capacidad y a la velocidad máxima que le permite la carga humana.
Corro agachado junto a ella buscando protegerme en lo posible para no convertirme en víctima colateral de una refriega que no me concierne. Noto al escape que estoy vestido de blanco; el puño de mi camisa está marcado por una línea de acción a lo Jackson Pollock, hecha en sangre. Se me parece a la línea ondulada en el logo de Coca-Cola. Pienso de momento que me hirieron, pero me doy cuenta de que no es mi sangre; uno de los muchachos de las hondas fue impactado.
Para salir de la calle, me cuelo entre dos edificios, abro la primera puerta que hallo y entro. La habitación está a oscuras. Veo al final como una puerta iluminada. Camino ligero hacia ella.
Siento que la habitación se vuelve más angosta a cada paso que doy. Parece que la luz de la salida está más lejos de lo que pensé al entrar. El pasadizo continúa estrechándose mientras trato de fluir por él. El techo ha bajado también. Me agacho un poco. Por fin llego al claro. Sé dónde estoy.
Vuelve a rodar el recuerdo frente a mí. La pareja, siguiendo al mesero, acaba de entrar.
Relajo un poco el paso. Veo la puerta con el picaporte, y noto que sólo puede ser abierta desde mi lado, como si sólo de este lado se pudiera acceder, no en dirección contraria. Ellos están a punto de pasar por el lado de la puerta. Decido detener mi carrera y a abrirla.
Ella está mirando hacia la mesa. Pero el joven se sorprende al ver que un viejo, cuyo rostro le recuerda una foto futura que aún no se ha tomado, ha salido aparentemente de la nada y le habla mirándole directamente a los ojos; en susurros, para que ella no se entere, pero firme: «Oye, cuando se le caiga el pañuelo, recógelo. No la dejes ir.». Cierro la puerta y veo que sigue avanzando, todavía con la sorpresa en la cara.
Siento una punzada que perfora mi espina dorsal y atraviesa mi corazón, proyectando un dolor agudo a la punta de mi mano izquierda. Caigo al suelo. Desde aquí puedo observar cuando él hala la silla. Ella responde con un «gracias» y una sonrisa. Mientras ella se sienta, veo caer su pañuelo lentamente, como lo he visto caer en tantas ocasiones. Él lo mira, todavía con cierta inseguridad. ¿Se puede ser tan inseguro?
Al fin se dobla y lo recoge. Se lo entrega con amabilidad, mirándole a los ojos, cuyos párpados enrojecidos nota por primera vez. Y yo soy feliz. Es la primera vez que veo esta nueva sonrisa que ella le regala.








