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NaciÓN

El tilcayo y la importancia etnolingüística del nombrar

 

Carlos E. Silva Velázquez

Para decir la palabra alma dicen ‘palabra’ o también ‘voz’

– Ernesto Cardenal

Creo que ya todos hemos visto a Tigrino, el gatito que conquistó el internet el pasado jueves, 17 de septiembre. Es la primera especie de félido identificada y descrita en sobre cien años, denominada Leopardus tilcayo. Ya que vamos a hablar de lenguaje y el acto de nombrar, es importante aclarar y recalcar eso: no es que el tilcayo surgió por generación espontánea, que evolucionó el mes pasado o que es la primera vez que el ser humano ve uno. De hecho, el estudio revela que divergió de su pariente más cercano hace más de 1.4 millones de años. Lo que pasó fue que ahora fue que se determinó que este animal es una especie totalmente distinta a todos los primos que tiene en el área, miembros del género Leopardus que hemos conocido por mucho tiempo y que, claro, han convivido con los pueblos de América por miles de años. Todos estos gatitos, como el ocelote, el margay y los gatos tigre son sumamente parecidos entre sí. El ocelote es mucho más grande, por lo tanto más fácil de diferenciar; el margay, sin embargo, puede causar mucha confusión en informes de avistamiento e investigaciones de campo (Lescroart et al, 2026). Si es difícil diferenciar a simple vista a las especies de gatos tigre del margay, imaginen entonces diferenciarlos entre ellos.

Nos enfrentamos al primer dato importante en relación al nombre: ‘tilcayo’ es como se llama en regiones de Bolivia a diferentes gatos tigre (especialmente al tigrillo, Leopardus tigrinus), así como los nombres paloma o ballena se usan comúnmente para englobar varias especies. Es posible, entonces, que esta designación general haya afectado la capacidad de identificar al tilcayo antes. Pero, ¿de verdad nadie lo había diferenciado? Hay que preguntarnos si las comunidades locales ya habían identificado diferencias entre el tilcayo y sus parientes. ¿De dónde sale el nombre? ¿Tendrían más nombres para los otros gatos? El colonialismo, la globalización, la industrialización y la explotación del medioambiente a menudo borran la historia de los pueblos, sus lenguas y todo lo que cargan. Nos toca recuperarla y protegerla.

Al momento, lamentablemente, no encuentro datos sobre el origen o la composición de la palabra tilcayo —más difícil todavía ahora que la palabra se fue viral—, ni cómo se utiliza en la región del Yungas, donde se encontró a Tigrino. Lo único que tengo, por ahora, es que en aimara (una de las lenguas originarias de la región) la palabra titisignifica ‘gato salvaje’, que t’ili significa ‘lo más pequeño’ y cayu significa ‘pie’. Suena a que… quizás. Pero aunque podría pasar horas teorizando, ahora mismo no puedo confirmar que haya una conexión etimológica. En la Guía de identificación de partes de félidos (2020) de Bolivia, donde por lo menos consta el uso del nombre tilcayo, solo se menciona al tigrillo (Leopardus tigrinus) y no se mencionan a los otros gatos tigre. En el resto de las publicaciones que encuentro, se recurre al común tigrillo, confirmando la invisibilización de nombres originarios.

 En el estudio genético y taxonómico que se hace del tilcayo no hay información sobre la relación entre la comunidad local y las especies estudiadas. Solo se menciona que es un félido «ampliamente conocido en la zona del Yungas» y que proponen el nombre común tilcayo en inglés para preservar «la designación tradicional local en reconocimiento de su relevancia cultural y regional». Esto puede presentar otro problema, ya que, como mencioné, los locales nombran tilcayo a varias especies y parecería que se ignora esta relación. Y con toda la atención mediática, el gatito emblemático quedó bautizado. Esperemos que este mismo descubrimiento impulse a estudiar más a fondo la relevancia cultural que mencionan, y que continuemos reconociendo las aportaciones imprescindibles de las comunidades locales en el camino de seguir entendiendo el planeta y los ecosistemas que lo componen. No todo son pruebas de ADN.

Los pueblos tienen diferentes formas de categorizar la fauna y la flora. Los pueblos akan de Ghana, por ejemplo, usan características como patrones de vuelo y hábitat para categorizar y nombrar aves (Deikumah et al, 2015); en el náhuatl, el valor espiritual de las especies juega un rol importante en sus sistemas de nomenclatura (Blancas-Calva et al, 2023). Esto es lo que se conoce como clasificación etnobiológica. La etnobiología, según la define Brent Berlin (1992), es «el estudio de la compleja serie de relaciones entre plantas y animales y las sociedades humanas presentes y pasadas». La importancia de este campo no se limita a la curiosidad antropológica de entender a otras culturas, sino que reconoce y documenta el conocimiento ecológico de quienes habitan los ecosistemas y llevan relacionándose con ellos por siglos. El lenguaje es un archivo histórico de este conocimiento que, aunque a menudo coincide con el conocimiento científico de las instituciones occidentales, también va más allá de lo que nuestros sistemas perciben o consideran relevante. Recordemos que las comunidades locales tienen siglos de ventaja. En el Congo, por ejemplo, se comprobó que el conocimiento local del bonobo era indispensable al entendimiento de la especie y, por tanto, indispensable para los esfuerzos de su conservación (Omasombo et al., 2022). Énfasis en mi uso de la palabra «indispensable»; o sea, que si se descartara dejaría un gran vacío.

Los procesos de categorización e identificación de una comunidad lingüística no son meras casualidades que convergen en un nombre «porque sí» como algunos comentarios sugieren sobre el tilcayo, sino que son estrategias de nominación que surgen del contacto y las relaciones entre los seres humanos y su entorno (Peña & Silva, 2022).

¿Cuál es la importancia de reconocer estos fenómenos, de tomar en cuentas estas estrategias de nominación?

 Primero, nos dan una ventana a la relación de los hablantes con el medioambiente y especies particulares. Pensemos en un ejemplo sencillo y cercano. En algunos contextos de Puerto Rico, se le llama matapollos al guaraguao. Aparte de sonar gracioso, este nombre carga, evidentemente, información de una conducta del guaraguao y de su relación con quienes crían gallinas. El conocimiento ecológico también se transmite mediante la oralidad, y así se sostiene a través de generaciones como una pequeña librería que se hereda.

Segundo, las estrategias de nominación nos ayudan a entender cómo una comunidad lingüística percibe y categoriza especies, revelando qué características son más prominentes y qué prioridades tienen los hablantes al identificarlas. Una pregunta importante que nos hacemos es, ¿cuán importante es un nombre para que un hablante perciba y diferencie especies? Podemos pensar, quizás, en el caso de las abejas. Mucho se habla de que las abejas están en peligro y hay que protegerlas, pero por lo general la palabra abeja nos lleva a un prototipo específico: la abeja europea (Apis mellifera), una abeja que poliniza ciertas plantas específicas y que no está tan amenazada como las abejas nativas en sus respectivos ecosistemas. El desconocimiento de abejas nativas es un problema al que se enfrentan los conservacionistas en muchas partes de América y el mundo, Puerto Rico incluido.

            Un caso más conocido, sin embargo, es el de nuestra boa endémica (Epicrates inornatus). Con la proliferación masiva de serpientes invasivas, la boa puertorriqueña ha vuelto a enfrentarse al machete de los humanos. La presencia de la boa constrictora (Boa constrictor) y la pitón reticulada (Malayopython reticulatus) no es la única causa, claro, pero sí ha aumentado la confusión y, por tanto, el ocasional asesinato de las inocentes boricuas. Como con muchas otras especies, el desconocimiento produce miedo, y el miedo a menudo termina en un chancletazo. Pregúntenle a las arañas.

Por supuesto, está el hecho de que las serpientes grandes se parecen entre sí para quien no tenga experiencia con ellas. Pero hay que preguntarnos si el nombre que comparten ha ido empañando nuestra capacidad de diferenciarlas. Incluso he escuchado y leído a gente llamarle boa a la culebra corredora, que es mucho más pequeña y tiene muchísimas otras diferencias tanto morfo-anatómicas como conductuales. Que nuestra mayor serpiente nativa comparta nombre con sus primas exóticas presenta el riesgo de asociarla más a la idea de invasión que a la de pertenencia. Cabe destacar que boa viene del latín, y con él se nombra a muchísimas serpientes del mundo; no es un nombre criollo. Consideremos, una vez más, al guaraguao, cuyo nombre es de origen taíno. La confusión de si el guaraguao es o no de aquí es mucho menor, casi inexistente, incluso con su simbología de opresor en el famoso refrán. He visto llamar al guaraguao cosas como águila boricua; o sea, al guaraguao se le añade puertorriqueñidad, proximidad, pertenencia, mientras que el nombre boa, indirectamente, invisibiliza y pone en peligro a varias especies. Si le llamáramos culebrón, otro de sus nombres, más criollo, ¿nos identificaríamos más con ella? Quienes todavía le llaman culebrón, ¿la reconocen más fácilmente, la sienten más puertorriqueña? Si le tuviéramos un nombre nativo, como al coquí, ¿cómo definiríamos esa relación? Como puertorriqueños, debemos preguntarnos cuántas especies reconoceríamos y defenderíamos si pudiéramos nombrarlas, si hubiéramos mantenido sus nombres originarios o si educáramos usando los nombres criollos que les dan quienes más interactúan con ellas. En un momento en que nuestra tierra está en constante amenaza y nuestras especies son ignoradas, fortalecer esas relaciones ecológicas es base para luchar por un mejor país y un mejor mundo.

 Es cierto que el nombre no crea la relación, sino que, como ya dije, surge de la relación entre el humano y su entorno; no obstante, como también dije, un nombre carga información, el lenguaje es educación viva que mantiene esas relaciones. Y como hemos sido testigos de primera fila en Puerto Rico, el lenguaje es vulnerable a las influencias de los sistemas, a sus intenciones y prioridades. Al igual que cambia y evoluciona orgánicamente mediante el contacto, puede sufrir mediante su manipulación, y alterar cómo vemos y habitamos el mundo. ¿Cómo saber si las comunidades nativas de Bolivia conocían las diferencias entre el tilcayo y los otros miembros del género Leopardus si dejamos que esa información lingüística se pierda? Nombrar no es poca cosa, y nos toca, en todos los rincones, abrir los oídos con humildad y escuchar a quienes cargan en su voz la historia del planeta.

Referencias:
  • Berlin, B. (1992). Ethnobiological Classification: Principles of Categorization of Plants and Animals in Traditional Societies. Princeton University Press.
  • Blancas-Calva et al. (2021). Una aproximación a la nomenclatura tradicional de las aves comunes de Xalitla, Guerrero, México, Revista Etnobiológica, 21(1).
  • Deikumah, J. P., Agyeman, V. K., & Oduro, W. (2015). Bird naming by Akan people in
  • Ethnobiology Letters, 6, 60–66.
  • Lescroart et al., Phylogenomics and museomics reveal five distinct species of tiger cats in South America, CurrentBiology (2026)
  • Omasombo et al. (2022). Local Ecological Knowledge: A Tool for the Conservation of an Endangered Species? The Example of the Bonobo (Pan paniscus). African Primates, 16.
  • Peña Torrejón, J. & Silva Villegas, G. (2022). Estrategias de nominación en la nomenclatura etnozoológica urarina (aislada, Perú). Lexis, 46(1), 163–197.
  • Retana-Guiascón et al. (2023). Conocimiento morfo-anatómico de las aves por mayas yucatecos: ornitología maya. Huitzil, Revista Mexicana de Ornitología, 24(1).
  • Rumiz et al. (2020). Guía de identificación de partes de félidos, Bolivia. Panthera.