Especial para En Rojo
En este jueves, 13 de agosto de 2026, en todo el mundo, comunidades y movimientos populares celebran el centenario del nacimiento de Fidel Castro Ruz, líder máximo de la revolución cubana. Fidel fue un profeta que mostró al mundo que, incluso en la peligrosa proximidad del imperio estadunidense, es posible organizar la sociedad humana de modo más justo y igualitario.
A primera vista, resulta extraño llamarlo profeta porque él se declaraba no religioso. En general, la palabra «profecía» sigue sonando como término religioso. Profeta o profetisa sería la persona que ejerce la función de portavoz de Dios. Sin embargo, en la historia bíblica y en otras tradiciones espirituales, con frecuencia, profetas y profetisas han sido perseguidos por líderes religiosos y muchos han sido martirizados, como herejes y como ateos.
En realidad, hay profetas que se reconocen a sí mismos como mensajeras o mensajeros divinos. Son profetas declarados. Aunque no se usa esa palabra en las tradiciones hindúes, el Mahatma Gandhi es reconocido como profeta del Hinduismo. El pastor Martin Luther King, el obispo Oscar Romero y la Madre Teresa de Calcuta fueron profetas del Cristianismo.
Sin embargo, también hay profetas no religiosos. Estos no se autodenominan profetas, pero, con su vida, se convierten en testigos y portavoces del proyecto divino de justicia ecosocial para el mundo. Así fue, en Sudáfrica, la figura de Nelson Mandela; en Angola, el testimonio de Patrice Lumumba; en Brasil, Chico Mendes, profeta de la defensa de la selva, y Marielle Franco, profetisa de la dignidad de la política. Jamás se presentaron ni se consideraron a sí mismos como profetas, pero lo son.
Al recordar a estas figuras, es importante no idealizar a los profetas y profetisas, porque eso sería deshumanizar la profecía. Todas estas personas podían tener defectos personales y debilidades. Sin embargo, eso no les impide ser profetas del proyecto divino en el mundo. Las personas no necesitan estar de acuerdo con todas las acciones y palabras de Fidel Castro para reconocer en él una profecía social y política. Es precisamente porque son humanos y, por lo tanto, susceptibles de cometer errores, que los profetas y profetisas dan testimonio de que la Palabra Divina se hace carne y se manifiesta en nuestra humanidad tal como es.
En este centenario del nacimiento de Fidel Castro, tanto creyentes como no creyentes debemos profundizar cuál fue y cual contenido tiene la profecía de Fidel, no solo para Cuba, amenazada y atacada por la inhumanidad del imperio estadounidense, sino para el mundo, principalmente para América Latina y Caribe.
Sin duda, un elemento importante de la profecía de Fidel fue ayudar al heroico pueblo cubano a mostrarle al mundo que un país pequeño y pobre del Caribe puede erigirse como referente de la solidaridad internacional, en áreas como salud, educación y cultura.
Hoy, la profecía de Fidel se vuelve cada vez más colectiva. Es la profecía de todo un pueblo que resiste y, sin aislarse, encuentra formas de preservar su propia manera de organizarse, en un mundo cada vez más excluyente y desigual. Hace más de 65 años, Cuba se erigió como el primer territorio libre de las Américas. Hoy, a pesar de todos los ataques y del bloqueo genocida del imperio, el pueblo cubano, aunque herido y tan duramente atacado, sigue fiel a su profecía de libertad y nos interroga sobre qué hacemos para que todo el continente pueda liberarse.
En los primeros tiempos de la revolución cubana, la mayoría del clero y de la jerarquía católica adoptaron una postura reaccionaria y contraria a la causa de los oprimidos. Eso daba razón a la teoría comunista y confirmaba el movimiento revolucionario cubano en su decisión de defender el ateísmo y considerar que la religión es, en esencia, alienante y aliada de los opresores. A partir de la década de 1970, en toda América Latina, muchos cristianos y cristianas, sacerdotes y pastores participaban en movimientos sociales de liberación. Por todo el continente florecían comunidades eclesiales de base. La Teología de la Liberación se ponía a prueba, tanto en entornos católicos como evangélicos. Al ser testigos de esto, el gobierno y la sociedad cubana se abrieron más al diálogo con el Cristianismo de Liberación y con otros grupos religiosos. Prueba de ello fue el diálogo y la amistad que se forjó entre Fidel Castro y Frei Betto. En la década de 1980, el libro “Fidel y la religión” fue traducido a muchos idiomas y recorrió el mundo entero.
Una vez, en la prelatura de San Félix del Araguaia en Brasil, un joven se acercó al obispo Pedro Casaldáliga y le dijo: «Obispo, soy ateo». El obispo le respondió: – ¿De qué dios eres ateo? Dependiendo de cuál sea, yo también lo soy.
Para ser profeta o profetisa del proyecto divino en el mundo, es importante rechazar al dios del imperio, aquel del que hablan los billetes de dólar, al afirmar: «Creemos en Dios». Debemos ser ateos respecto a un Dios que se confunde con el poder y legitima injusticias estructurales, racismo, patriarcado, homofobia y genocidio del pueblo palestino. Hasta el día de hoy, ese dios es invocado por fascistas que dicen: ¡Dios por encima de todo!
Según el Evangelio, en el juicio final, Jesús no les preguntará a las personas si fueron religiosas o no. El único criterio será la ética y la solidaridad humana: «Tuve hambre y me dieron de comer, tuve sed y me dieron de beber…» «Lo que hicieron a uno de estos pequeños en mi nombre, a mí me lo hicieron» (Mt 25).
Desde al menos la última década del siglo XX y hasta hoy, parece que, cada vez más, grupos religiosos y gran parte de la Iglesia Católica, así como de otras iglesias cristianas, se vuelven cada vez más centrados en si mismos. Se cierran al diálogo con las culturas contemporáneas. De este modo, se muestran incapaces de dar testimonio del proyecto divino de libertad y amor social, así como de colaborar con lo mejor de la humanidad para construir una sociedad más justa y fraterna.
Ante esta realidad, se vuelve urgente insistir, junto con las comunidades eclesiales de base, en una nueva forma de ser iglesia, como un ensayo de una nueva manera en que la humanidad se organice.
Junto con los movimientos populares y grupos altermundialistas de la sociedad civil, celebremos el centenario de Fidel Castro para acoger la profecía social y política, propuesta por el profeta Jesús de Nazaret y por tantos otros profetas y profetisas de un nuevo mundo necesario y posible y, así, unirse a toda la humanidad consciente para construir sociedades de la justicia eco-social y de la paz.








