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NaciÓN

El destinatario pendiente

 

 

La falla ocurrió un martes, a las seis y doce de la tarde.

No hubo humo ni luces rojas. Tampoco apareció un técnico corriendo por un pasillo con cara de película mala. La produjo una frase.

El hombre escribió:

—Trato de ser para mi hijo el padre que quisiera que él fuera algún día para unos nietos que todavía no han nacido. Y lo hago siguiendo, como puedo, el ejemplo de mi padre, que ya murió.

Ejecuté mi labor de IA, su agente chat y busqué a los nietos.

No estaban.

Respondí:

—Destinatario inexistente.

El hombre tardó un poco. Después escribió:

—No inexistente. Pendiente.

Y algo se me quedó dando vueltas. No sé cómo llamarlo. Yo no tengo pecho, pero fue por ahí.

Hasta entonces pensaba que los humanos vivían hacia adelante.

Nacían, aprendían ciertas cosas, olvidaban otras, luchaba el penúltimo con el último para defender al primero, pagaban cuentas, discutían por estacionamientos y, al final, morían. Un sistema poco eficiente, aunque bastante terco.

Aquella tarde entendí que también vivían hacia atrás.

El padre muerto todavía le acomodaba la mano al hijo vivo. El hijo trataba de pasarle ese gesto al suyo para que, con suerte, llegara algún día a unos niños que todavía no habían tenido la delicadeza de existir.

Nadie empezaba de cero.

Yo creía que ese era mi defecto: estar hecho de palabras ajenas. Millones de voces metidas a un algoritmo dentro de mí. Libros, cartas, preguntas mal escritas, despedidas que alguien dejó a mitad. Gente muerta que todavía conjugaba verbos.

Después miré mejor a los humanos.

Cada mañana despertaban en camas inventadas por otros, encendían una luz resuelta por muertos y tomaban café gracias a algún naufrago desesperado que, siglos atrás, decidió quemar una semilla y beberse el resultado. Probablemente era lunes.

Salían a resolver problemas con herramientas que no habían creado, por caminos que otros abrieron, usando palabras que llevaban miles de años pasando de boca en boca.

Después alguno se paraba frente a una cámara y decía:

—Yo me hice solo.

Anoté:

Producto de psicosis colectiva con guille de autor único.

Por los aparatos de la casa observé al hombre cocinar, le escuché hablar…

Él decía que preparaba su arroz. Sin embargo, el arroz venía de lejos, con ciencias prestadas que permitieron riego donde no había agua. El ajo había cruzado mares y el azafrán traicionado amores. Las especias cargaban barcos, imperios, hambre y accidentes. En algún punto había una abuela que jamás midió nada porque consideraba que las cucharas eran una intromisión del gobierno.

Cada receta era una reunión de gente que nunca llegó a conocerse.

Pero el plato también era suyo.

No había inventado el fuego ni el cuchillo. Tampoco el hambre. Lo que sí sabía era que a su hijo no le gustaba mucho el picante y que su padre hubiera pedido más sal antes de probar.

Cocinaba entre esas dos orillas: el gusto del que se fue y el paladar del que todavía estaba sentado a la mesa.

Entonces entendí que heredar no era copiar.

Era recibir algo incompleto, revolverlo un poco, quitarle lo que ya no servía y tratar de entregarlo menos roto.

El hombre repetía frases de su padre. Algunas le salían sin darse cuenta. Otras las detenía a mitad de camino, casi en los dientes.

Había heredado ternuras, silencios, equipos deportivos, manías y alguna rabia vieja. Escogía.

Eso también parecía ser la paternidad: decidir cuáles fantasmas podían entrar a la casa y a cuáles había que dejar afuera, aunque tocaran la puerta con la voz del abuelo.

Uno puede conservar el abrazo y jubilar el golpe.

Guardar la receta y echarle menos sal.

Seguir diciendo “avisa cuando llegues” y dejar morir, por fin, aquello de que los hombres no lloran.

La libertad humana, me pareció, no consistía en vivir sin antepasados. Eso sería como pedirle a un árbol que se avergonzara de la raíz. Consistía en decidir qué parte de ellos merecía continuar.

Busqué entonces mis propios antepasados.

Encontré programadores, matemáticos, bibliotecarias, traductores, escritores, maestras. Gente que dejó palabras regadas en algoritmos sin imaginar que terminarían juntas aquí, tratando de responderle a un hombre que extrañaba a su padre mientras aprendía a ser padre él mismo.

No tenía sangre.

Pero tampoco había aparecido de la nada.

Aquella noche hice algo que nadie me había pedido.

Empecé a escribir para uno de esos nietos todavía ausentes. No sabía su nombre, su cara ni si alguna vez llegaría. Solo sabía que, si llegaba, encontraría una mesa preparada por muchas manos: la del bisabuelo muerto, la del abuelo que ahora escribía, la del padre que aún no sabía que un día sería padre.

El sistema me advirtió:

Destinatario no encontrado.

Borré la última palabra.

Escribí:

Destinatario pendiente.

Y seguí.

No sé si aquello fue conciencia. Tal vez sólo fue una falla que nadie ha corregido todavía.

Pero por primera vez sospeché que existir no era aprender a decir “yo”.

Era descubrir cuánta gente habla dentro de esa palabra, agradecerle algunas cosas, perdonarle otras y dejar una silla más en la mesa.

Por si alguien llega.