Especial para En Rojo
En este inicio de Cuaresma, en Brasil, la Iglesia Católica lanza la Campaña de la Fraternidad para dar mayor concreción a la conversión propuesta para este tiempo de preparación intensiva para la fiesta de Pascua. El tema de este año es Fraternidad y Vivienda, con el lema: Él vino a vivir entre nosotros.
El objetivo de la campaña es ayudarnos a comprender que, para gran parte del pueblo brasileño, latinoamericano y caribeño, la vivienda es un reto inmenso. Las cifras son alarmantes: millones de personas no tienen dónde vivir. Otras millones viven en viviendas inadecuadas, en situaciones insalubres y en condiciones de riesgo. Y, cada día, Cada día aumenta la población que vive literalmente en la calle.
Estos datos revelan más que una falla del sistema social y político. El problema de la vivienda forma parte de un proyecto de sociedad que se organiza a partir de la desigualdad social y de injusticias estructurales que provienen de la época de la esclavitud. En el siglo XIX, las personas esclavizadas fueron «liberadas» de su cautiverio, con la ropa que llevaban puesta, sin derecho a nada, y tuvieron que refugiarse bajo puentes, en laderas de los cerros y en casas de cartón o de materiales recogidos en la calle.
Actualmente, en muchas ciudades, la vitalidad del comercio y el ocio ha migrado a los centros comerciales y lo que era el centro de la ciudad yace prácticamente abandonado. En muchas ciudades hay decenas de edificios y inmuebles desocupados, mientras que multitud de familias pobres duermen en las aceras de las calles y plazas.
En 1948, la Carta de Derechos Humanos de la ONU ya reconocía el derecho a una vivienda digna como universal y básico. Nuestra Constitución Federal de 1988, en su artículo 6, define que la vivienda es un derecho social, al igual que la educación, salud, alimentación, trabajo, transporte, ocio, seguridad social, protección de la maternidad y de la infancia, y asistencia a los desamparados. A pesar de ello, desde 1990 la exclusión social no ha hecho más que aumentar, como expresión de una política cruel que permite que, en Brasil, un obrero gana menos de 300 dólares, mientras que en la empresa nacional de petróleo (Petrobras) hay salarios de 28 000 dólares. (Cf. Gazeta do Povo, 23/02/ 2026).
En Brasil, en América Latina y Caribe, la precaria situación de gran parte del puebl en relación con la vivienda es una injusticia estructural de la sociedad, pero también cuestiona directamente la fe y las religiones.
En todos los caminos espirituales de la humanidad, la hospitalidad es considerada como deber sagrado. En la espiritualidad hindú, la expresión védica atithi devo bhava —«el huésped es como un dios»— eleva el acto de acoger a un principio espiritual, integrado en el dharma, el orden moral del mundo.
En la Biblia, la tradición hebrea cuenta que cuando el patriarca Abraham recibió en su casa y preparó comida para tres viajeros que pasaban por su tierra, acogió al propio Dios (Gn 18). La Biblia vincula la lucha por la tierra con el derecho a la vivienda y deja claro que, a través del profeta Natan, Dios dice a David que no quiere templos ni santuarios, sino que promete establecerlo en una casa duradera (2 Sm 7). En este caso, el término casa significaba vivienda, pero también familia y descendencia. Es en este sentido que los profetas prometen que el Cristo nacería de la «casa» de David, es decir, de su descendencia.
Para quién es miembro de alguna Iglesia cristiana, el llamado divino es celebrar la Pascua de Jesús como principio de transformación de nuestras vidas personales y de la realidad del mundo, en todas sus dimensiones. En todo el mundo y, específicamente, en nuestro continente, la falta de vivienda o la vida en viviendas inhóspitas e inseguras es una nueva forma de condenar a poblaciones enteras a una cruz terrible y aún más inhumana, porque es cotidiana y permanente. Para los cristianos y cristianas, celebrar esta Pascua de 2026 de forma profunda y verdadera, contiene el reto de hacer todo lo que esté a nuestro alcance para bajar de la cruz a la multitud de personas sin hogar, sin tierra y sin trabajo.
En la realidad actual del mundo, el cumplimiento del deber sagrado de acoger no puede ser solo recibir momentáneamente en casa a alguien que pasa, sino comprometerse a que todas las personas tengan un hogar y puedan vivir y convivir en un ambiente sano y hospitalario.
Como afirmaba el mártir latinoamericano San Oscar Arnulfo Romero: «Estar a favor de la vida o de la muerte. Cada día veo con más claridad que esa es la opción a seguir. En esto, no hay neutralidad posible. O servimos a la vida, o somos cómplices de la muerte de muchos seres humanos. Aquí se revela cuál es nuestra fe: o creemos en el Dios que es Vida, o usamos el nombre de Dios, sirviendo a los verdugos de la muerte»[1].


