Filiberto: vivo en la resistencia de su pueblo 

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Don Rafael Cancel Miranda habla frente al mural de Filiberto Ojeda Rios en el Res. Manuel A. Pérez Archivo CLARIDAD ......Foto Por Humberto Trias

 

 

El 23 de septiembre- Día del Grito de Lares- se cumplieron 20 años del asesinato en 2005 de Filiberto Ojeda Ríos, Comandante del Ejército Popular Boricua (Macheteros), y uno de los más grandes patriotas y luchadores de nuestra historia. Cayó combatiendo a un contingente de más de 200 agentes del Negociado Federal de Investigaciones de Estados Unidos (FBI),  movilizados especialmente para garantizar que no se les escaparía con vida otra vez. Ya lo había hecho varias veces antes, y por más de quince años mantuvo al FBI sobre sus talones, desde la clandestinidad a la que había regresado tras burlar todas las estrategias policiales de vigilancia. Al momento de su muerte física el día del Grito de Lares de 2005, Filiberto Ojeda Ríos hacía años que era una leyenda inmortal de su pueblo.

El Filiberto joven había sido una promesa musical. Sobresalió como trompetista en la Sonora Ponceña, emblemática orquesta del Puerto Rico bailador y salsero de la segunda mitad del siglo XX. Esos fueron años que coincidieron también con el resurgir intenso del sentimiento y militancia antimperialista en la región del Caribe y América Latina, y de la lucha anticolonial e independentista en las calles, y desde talleres de trabajo, comunidades, escuelas y universidades en Puerto Rico . Imbuido de ese espíritu de efervescencia y combatividad,  Filiberto dejó la carrera musical y se situó en la valerosa y riesgosa  trinchera de la lucha armada por la independencia de Puerto Rico, primero en el Movimiento Independentista Revolucionario Armado (MIRA) y después en Los Macheteros. Los  variados y audaces operativos de Los Macheteros- ya contra la inteligencia militar de Estados Unidos en Sabana Seca, o la destrucción de los aviones de la Guardia Nacional Aérea en la Base Muñiz, o la sorpresiva expropiación en plena luz del día de $7.1 millones de un camión de Wells Fargo en Connecticut-  acapararon titulares  de prensa y encandilaron la imaginación de miles en el mundo entero. También provocaron la ira del Imperio y el FBI, que de inmediato emprendieron su metódica cacería de la presa. Nada más provocador y humillante para una metrópolis colonial que la astucia y el arrojo de sus colonizados.

Lo demás es historia. Por más de veinte años, Filiberto Ojeda Ríos fue uno de los principales y más temidos blancos de la persecución y venganza del gobierno de Estados Unidos contra quienes considera sus enemigos.  En 1985, y mientras se allanaba su hogar y se pretendía arrestarlo como parte de un operativo del FBI contra sospechosos del asalto al camión de Wells Fargo, Filiberto defendió su familia y su hogar, y en el intercambio de disparos resultó herido un agente federal. Fue acusado por dicha acción y juzgado en 1989. Durante el juicio, Filiberto argumentó defensa propia y fue absuelto por un jurado de puertorriqueños.

Ese mismo año, se le acusó por cargos relacionados al asalto a Wells Fargo en Connecticut y salió bajo fianza con un «grillete» electrónico. Sabiendo que en Connecticut su suerte estaría sellada, Filiberto decidió jugarse la vida entre los suyos. Se zafó del grillete y pasó nuevamente a la clandestinidad el 23 de septiembre de 1990, otro día del Grito de Lares. El Tribunal Federal expidió una orden de arresto  para su captura, la cual nunca se efectuó hasta su cobarde asesinato quince años después.

Ese es el tracto histórico que nos devuelve al 23 de septiembre de 2005. Una movilización sin precedentes de agentes del FBI, de Estados Unidos y Puerto Rico, con una unidad especializada de francotiradores, para matar a un solo hombre, un patriota y combatiente puertorriqueño que se refugiaba en una pequeña casa en un campo de Hormigueros, en el oeste de Puerto Rico.

El contraste no pudo ser más marcado, ni la desigualdad de fuerzas más abrumadora. Cientos de federales pigmeos, armados hasta los dientes y protegidos por tierra y por aire, no se atrevieron enfrentar como hombres a un gigante puertorriqueño solo, que combatió y defendió como un héroe los derechos y dignidad de  nuestro pueblo durante horas interminables.

Aún así, el combate fue mano a mano. Filiberto no cayó hasta dejar mal herido a un agente del FBI que se acercó demasiado a su atalaya. Sólo un francotirador agazapado y protegido pudo alcanzarlo con su arma larga y de alto poder.Tanto era el odio y el miedo que no se atrevieron a entrar a la casa esa noche. Lo hicieron al otro día, después de asegurarse de que  estaba muerto.

Filiberto Ojeda Ríos estuvo en la clandestinidad durante los últimos quince años de su vida. Sin embargo, nuestro pueblo no lo olvidó. Junto a los periodistas que se arriesgaron a llegar hasta allí, Puerto Rico vivió junto a él sus últimas horas y se horrorizó con el ofensivo y grotesco despliegue de fuerza bruta del operativo del FBI, y con la actitud timorata y servil de los funcionarios del gobierno colonial de Puerto Rico. Por eso, nuestra gente le dio a Filiberto una despedida de héroe. Miles pasaron frente a su féretro en el Colegio de Abogados y Abogadas de Puerto Rico. Otros miles de hombres, mujeres y niños se apostaron en aceras, calles y autopistas, banderas de Puerto Rico en las manos, para ver, saludar y acompañar el cortejo fúnebre hasta el cementerio de Naguabo. Una multitud enorme colmó el camposanto, y las vigilias a su memoria llegaron vigorosas a los 78 municipios de Puerto Rico.

Ya a nadie le importa recordar el nombre del jefe del FBI que autorizó el operativo para asesinar a Filiberto, ni saber dónde está Luis Fraticelli, el agente a cargo del FBI en Puerto Rico en ese entonces, y mucho menos saber qué pasó con el infame francotirador. Lo importante es que en Puerto Rico sigue vigente la leyenda del guerrillero boricua, y que el nombre y trayectoria de Filiberto Ojeda Ríos fueron objeto de mención y recordación respetuosas a veinte años de su muerte. Una prueba contundente de que Filiberto sigue vivo en la resistencia de su pueblo.

 

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