Juan Carlos Rodríguez era un amigo instantáneo. Al conocerlo, su mirada clara, su sonrisa regalada al mundo que lo necesita, lo convertían
en un viejo amigo sin importar las coordenadas del tiempo. Ahora, cuando ya no está con nosotros en este plano, sus incontables amigos lo recuerdan con el cariño que se merecía y que, los que lo rodeaban, pudieron refrendarle.
Conocí a Juan Carlos como un joven poeta hace muchos años. Antes de que ganara certámenes y publicara sus libros. Lo escuché leer junto a otros bardos del país y siempre me llamó la atención su empatía, su solidaridad con todas y todos.
Recordaremos que, además de buen poeta, era buen cantante. Buen conversador, a la menor provocación, se convertía en un sonero y no sé si mi memoria me engaña, pero creo recordarlo hasta cantando algún tango en el Boricua. Si esto no ocurrió, pudo haber ocurrido porque tenía la voz y la sensibilidad para ir del Caribe a Bariloche.
Cuando decimos que su poesía es excelente, lo sostenemos porque sus pares así lo atestiguan. Hace poco más de 20 años recibió el premio de poesía joven Olga Nolla por una selección de poemas de su primer libro Rehén de otro reino, publicado en 2008. En 2016 obtuvo una mención de honor del Premio Nacional de Poesía del Instituto de Cultura Puertorriqueña con su libro Campo minado. Cuatro años más tarde volvió a recibir mención de la misma institución por su libro Rareza del aire.
Como académico, Juan Carlos Rodríguez fue profesor asociado de español en Georgia Tech, codirector del Centro de Estudios Globales de Atlanta y coeditor de las colecciones de ensayos New Documentaries in Latin America (Palgrave, 2014) y Digital Humanities in Latin America (University Press of Florida, 2020), entre otras publicaciones en libros y revistas. Su trabajo como investigador, estudioso del cine y documentalista alcanza su máxima expresión con Vieques: Archivo Vivo (2024), (https://claridadpuertorico.com/vieques-archivo-vivo-de-juan-carlos-rodriguez/) que abarca la historia de Vieques antes y después de la partida de la Marina de los Estados Unidos de la isla en mayo de 2003.
Poeta amable, trabajó junto a colegas de varias generaciones. Miembro del equipo de ensueño de la revista de poesía digital Distrópika: Margarita Pintado Burgos y Angel M. Díaz Miranda, poetas laureades como él. La mas reciente celebración de su trabajo poético aparece en La Onda Expansiva: Poesía Puertorriqueña 1970-2000, antología editada por José Luis Vega, Aurea María Sotomayor, y Vanessa Droz (Academia Puertorriqueña de la Lengua Española, 2025).
A Juan Carlos le sobreviven su amada esposa Cynthia Román-Hernández y su hijo Gustavo. Sobre ellos testimonió y escribió desde el amor. Nosotros, los que le conocimos, queremos también dar testimonio de nuestro cariño por él, y de nuestra solidaridad con su familia.
Entre las colaboraciones de Juan Carlos con En Rojo, está este poema que leemos como si escucháramos al cantante, al poeta, al amigo entrañable.
LA LIBRERÍA EQUIVOCADA
Casi nadie visita
la librería equivocada.
Allí no se presentan
los libros recién publicados.
Allí llegan los libros
a coger polvo!
Es una librería sin portadas.
Es una extraña colección
de volúmenes
cuyas hojas despliegan
el no se qué de
lo ilegible.
La librería equivocada
no tiene ubicación precisa.
Nadie sabe donde queda
ese afán de textos olvidados,
esa desventura de lo equívoco,
ni el porqué de sus erratas,
ni el vértigo de su ortografía incorregible
que nunca se equivoca
cuando toca equivocarse.
Paso por otras librerías.
Hojeo las portadas
de los más vendidos
y ya nada me sorprende.
Algunos premios literarios
se pasean por sus mesas.
Me detengo a saludarlos
en honor a la amistad
o tal vez por mera cortesía.
Hay errores de la trama
que no deberían repetirse.
Espero con ansias
la apertura de la librería equivocada.
Soy el primero en la fila
así como también
el último en la cola.
Llego al kiosko
de los pinchos,
voy al carrito de hot dogs,
entro a la panadería,
busco cuajo con guineos,
tripleta en pan sobao,
pastelillo de guayaba,
y pido un café.
Allí me espera
la librería equivocada.
Propone mil umbrales
para entrar y salir
de sus pasillos.
No es una librería a la deriva,
ni un naufragio de portadas,
ni un catálogo flotante,
Es un virus
que no ha sido reportado
en el puesto de revistas.
Todos llevamos
una librería equivocada
en la mochila,
Nuestra espalda
es una contratapa alucinante.
Hoy vi a alguien
Salir de su vitrina.
Dedica su tiempo
a la soldadura de motores.
Se bandea
con trabajos de oficina
en un dispensario
de cannabis.
Cargas en sus lomos el insomnio
de una librería equivocada.
Llevo varios días atrapado
en la fe de sus erratas.
Se equivocan los que dicen
que pueden corregirla.
No hay nada
que debamos enmendar
en esta librería.
Contiene tomos
apartados de la letra
por los que circulan
pasiones abstractas.
En la librería equivocada
no se venden
figuras emblemáticas
ni se promociona la validez
de algún canon debatible.
No reconozco a sus autores.
Sus biografías
se asemejan a la bruma.
Aquí no aplican jerarquías.
Estoy ante
una sublevación de símbolos.
Esa historia
no logra ser contada
por sus libros apilados.
De cuando acá
llegan lectores
a la librería equivocada!
De cuando acá
piden limosna
Los aspirantes a la lengua.
Cae otra lenta rebanada
por el filo de los lomos
de un estanque que no existe.







