Nota e imagen se embrollan en mi recuerdo, tanto que no sé si lo que veo ha sido oído, o si lo que escucho retumbar cerca de la sien no es voz sino vista. Muchas de las escenas humanas que recuerdo de mi niñez son en realidad acordes o imágenes de arte de carátula de discos de mi papá, esferas chatas y aceitosas que yo ponía y quitaba del plato con una alacridad sorprendentemente cuidadosa para mi edad. El brillo de las pulseras tintineantes que rozaban contra plumas y piel bajo la sonrisa abierta de Janis. El deseo sibilante del cantante en el último verso de “I Had Too Much to Dream Last Night”. La carcajada espontánea de uno de los Allman Brothers, la mata de pelo negro e insondable de Laura Nyro, el erotismo puro y un tanto imbécil en la mirada de Donovan. En el primero de Procol Harum, la línea que trepa serpentina por figura y flor. La bruma deliciosa y humeante de la voz de Robert Plant en dos instantes de “Whole Lotta Love”: el soplo del primer segundo y el subibaja tras las dos sacudidas de cuerda que anuncian la venida final. Dos instantes para los que movía la aguja una y otra vez, porque ya a esa edad me daba cuenta de que hay ciertas voces que te pueden despulpar.


