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NaciÓN

Las hojas que no se leen

 

Especial para En Rojo

Sábado en la mañana cuando decido dedicar unos minutos a la lectura me topo con el recién publicado artículo del profesor Jeffrey Herlihy-Mera. Algo no encaja; una gota de sudor empaña mis lentes y tengo que levantar la cabeza para enfocar otra vez. Las gotas me bajan por la frente y el gallo marrueco del vecino canta tan fuerte que me tiemblan los tímpanos. La foto del artículo está tomada desde una ventana que da al norte, pero yo vivo en el patio de atrás. El autor, profesor en la UPR de Mayagüez, nació en Massachusetts y escribe en inglés para una revista de Los Ángeles; desde ahí, y en ese idioma, denuncia que el norte no contrata doctores de la UPR. Ese artículo, para llegar a Puerto Rico, tuvo que ser traducido.

El diploma de mi doctorado en Historia de la UPR-RP descansa al lado de la caja de herramientas, sin encuadernar en cartón rojo, con el sello dorado que a veces no se refleja por el polvo. El patio en Utuado me espera con los guantes puestos, pero el cartón del diploma pesa más que la cortadora de grama. En el departamento de historia, los horarios están pegados como siempre al lado de la puerta, en el tablón de edictos protegido por el cristal. Los nombres no me eran ajenos: no por sus publicaciones —aunque algunas son buenas—, sino por sus apellidos, los mismos que aparecen en las listas de recomendados. He visto graduados de universidades prestigiosas entrar sin tropiezos porque alguien los mencionó en una reunión. No hace falta que el apellido sea viejo; basta con que pertenezca. En el departamento de Historia, en los últimos quince años, ¿cuántos de los que decidieron quién entra y quién se queda fuera hicieron su doctorado en esta misma universidad? Después de hacer la pregunta, recuerdo el silencio del pasillo, ese que se queda pegado a la puerta cerca del tablón. No me refiero a los eméritos.

El argumento de Herlihy-Mera funciona como un espejo que alguien ha girado hacia el norte. Si lo giraran hacia la isla, la imagen se invertiría, pero el marco sería el mismo. No fue el inglés lo que me cerró las puertas. No estuve en la reunión de pares donde se repartieron las horas de docencia sin plaza. No tuve un padrino que hablara de descolonización desde el podio mientras, en la oficina colindante, se tejían los nombres en el registro de elegibles. El profesorado progresista del que habla, ese que supuestamente se opone a la exclusión, ha tejido una red que atrapa el talento local antes de que pueda siquiera llegar al aeropuerto. La red no se ve. Se siente cuando envías el resumé y la bandeja de entrada permanece inmóvil, como si el mensaje hubiera caído en un pozo.

La UPR es como un solar privado. Herlihy-Mera ve la tela metálica que lo separa del norte. Yo estoy al otro lado del portón, con la escoba en la mano, y los que tienen la llave deciden quién pasa y quién se queda en la acera. El mismo discurso que denuncia el imperialismo académico se convierte, en las juntas de departamento, en un dialecto de compadrazgo. Se habla de justicia epistémica mientras se firman contratos temporales para los mismos de siempre. Mi expediente no fue rechazado: lo apartaron sin decir nada, como si el apellido que lo encabezaba activara un protocolo de decomiso.

El autor cita a Rubén Gaztambide-Fernández y Adam Howard: los académicos marginados que lograron entrar a instituciones de prestigio terminan condicionados, moldeados por el idioma del centro. Pero, ¿y los que nos quedamos? ¿Qué clase de condicionamiento es este? El mío no es lingüístico, es existencial. El artículo habla de descolonización. Pero la descolonización, en ese texto, es un proyecto que se planifica desde una oficina con aire acondicionado. Yo no tengo oficina. Tengo un patio donde la grama crece entre las grietas del cemento. La zona del no ser no es una teoría que se discute en seminario. Es el lugar desde donde leo este artículo, con el sudor bajándome por la frente y el gallo del vecino cantando en mi oído. El que escribe sobre la exclusión no está en la zona del no ser. Está en la zona del ser, hablando por los que no pueden hablar.

Mi tesis está ahí, en el repositorio digital, con las páginas amarillentas por la humedad. Con notas al calce que citan a Picó y a Gervacio García. La escribí en español, con archivos de la Sala de Investigaciones Históricas y Colección Puertorriqueña. Nadie la ha visto. No porque sea mala, sino porque para que sea buena, alguien tiene que reconocerla. Y ese alguien, aquí, prefiere mirar hacia el norte para no ver hacia el lado.

Herlihy-Mera termina su ensayo diciendo que el profesorado de la UPR “escribe, enseña, dialoga y espera con dignidad a ser escuchado”. Pero la dignidad no alcanza para vivir de cortar la grama desde las siete de la mañana. No quita el olor a gasolina de las manos. No paga el recibo de la luz. La espera de la que habla es un lujo de quien tiene un contrato renovable. Mi espera es otra: el ruido del motor, el sudor que empapa la camisa mientras pienso en las fechas de la Junta de Gobierno, en las resoluciones que recortan plazas mientras los que las ocupan hablan de resistencia.

Una pregunta me persigue: “¿Qué formas de conocimiento se hacen posibles cuando no nos organizamos en torno al acceso al Norte?”. Yo la volteo en mi cabeza: ¿Qué formas de conocimiento se hacen posibles cuando no nos organizamos en torno al acceso a la UPR? El filtro no está en Cambridge. Está en la avenida Universidad. El que lo administra no es un decano de Harvard, es el catedrático que me conoce, que me dio clase, y que firmó la lista donde mi nombre no aparece.

Esa gente, los que ocupan las plazas que yo podría ocupar, no son malas personas. Firmaron manifiestos, citan a Fanon, se oponen a la Junta. Pero su solidaridad se agota en el umbral del salón de profesores. Allí, el colonialismo se reproduce con otra máscara: el mérito que se hereda y el rigor que se conoce. La inclusividad, al final, termina seleccionando a los suyos.

El revisor anónimo que Herlihy-Mera critica pidió “dos o tres ejemplos tangibles”. Mientras leo esa frase, arranco un matojo de grama que crece y empuja una grieta en el cemento. La saco de cuajo entre los dedos y me corta la circulación. Herlihy-Mera lo encuentra humillante. Yo también. Pero la humillación de él es la de quien tiene plaza. La mía es la de quien nunca llegó a la mesa donde se piden las cualificaciones mínimas. La diferencia es que el revisor del norte al menos es honesto en su exigencia. Los de aquí te sonríen, te dicen “tu trabajo es excelente”, si es que lo dicen, y luego cierran la puerta.

Herlihy-Mera propone construir ecosistemas intelectuales en los márgenes. Yo estoy al otro lado del portón, con el rastrillo en la mano. Cuando los que tienen poder en la UPR hablan de “construir desde abajo”, no se refieren a mí. Se refieren a sus estudiantes de posgrado, a los que heredarán sus cátedras. Si los que terminamos el doctorado no podemos ni siquiera dar una clase de Historia de Puerto Rico (HIST 3241), la resistencia es para quienes se quedan adentro. El título, para mí, no alcanza ni para eso.

El conocimiento que generé en siete años de doctorado: las horas en la hemeroteca, el archivo desempolvado. También las clases que me dieron, las lecturas que devoré. Todo eso pesa igual que el recogedor lleno de hojas secas. En el norte no hablo el idioma que me piden. En el sur no conozco a la gente que decide. Me quedé en el medio, con las manos oliendo a gasolina y las notas al calce intactas en la tesis.

Esa tradición del imperativo inclusivo tiene una puerta en la PR-25 de Río Piedras. Cada vez que abren una convocatoria cada cincuenta años, los requisitos son los mismos: título, publicaciones y, por supuesto, una experiencia que nunca termina de ser suficiente. Cumplo con todo pero el último filtro no se escribe. Es el apretón de manos que decide el voto en la asamblea y el favor que se devuelve sin factura. En una isla pequeña, si no eres parte del corillo te quedas fuera.

Que otros sean mejores no es la queja. El asunto es el criterio, y lo que pasa es que no funciona con conocimiento, sino con pertenencia. Y la pertenencia, en una isla pequeña, es un grupito de sillas que siempre están ocupadas por los mismos. Los que entran, entran para siempre. Los que salimos, como yo, nos quedamos en el patio, viendo cómo el sol quema las hojas secas que acabo de barrer.

El artículo de Herlihy-Mera termina con una invitación: imaginar otra versión de los Estudios Puertorriqueños. Yo me imagino una donde el doctorado en Historia de la UPR-RP no sea un certificado de exilio, donde los comités no necesiten mirar hacia el norte para encontrar excelencia. Donde quedarse no signifique que algo falló. Pero mientras tanto, aquí estoy, con el diploma lleno de polvo anclado en el escritorio y el olor a grama recién cortada en la ropa.

El autor pregunta si deberíamos lanzar un nuevo programa doctoral en Humanidades y Estudios Culturales. Uno ya fue aprobado, dice. Pero yo le pregunto a él y a los que aprueban esos programas: si los que terminamos el doctorado no podemos ni siquiera dar una clase de Historia de Puerto Rico, ¿para quién es la resistencia?

Apoyo el pie sobre el diploma. No tiene marco. Ni siquiera me molesté en enmarcarlo. Sospechaba que terminaría siendo el soporte de una pata de la mesa. El cartón tiene la marca de mis pies descalzos cada vez que me siento a leer.

Los que se fueron a Rutgers, a Harvard, y que cuando vuelven ocupan un lugar que nunca estuvo vacío.

La UPR también posee vicios que su crítica no nombra: los comités que deliberan sin actas y los pasillos donde se resuelven los nombramientos, mientras los expedientes se quedan sellados. Herlihy-Mera dice que la universidad tiene cualidades más allá de lo que los procesos convencionales pueden medir. Yo coincido. Pero esos vicios también están más allá de lo que su artículo puede nombrar. Y ese silencio, en su ensayo, suena como el aire acondicionado del segundo piso: constante, ahogando lo que pasa al otro lado de la puerta. No me refiero a los ceros de la tabla. Me refiero a los que no se contaron porque nunca estuvieron en la tabla: los que tenemos el título y nunca seremos colegas. El archivo está ahí, en los estantes de la Sala de Investigaciones. Pero el que lo conoce no tiene una silla en la sala de lectura.

El vecino cambia la canción. Bad Bunny ya no canta sobre la añoranza. Yo apoyo la escoba contra la pared. Quedan algunas hojas sueltas en el cemento. El diploma sigue sosteniendo la mesa de madera, con el sello dorado reflejando la luz de las cinco que entra por la ventana. No sé si mañana volveré a leer el artículo de Herlihy-Mera. El patio seguirá ahí. La grama siempre crece. Las hojas que no se leen se pudren en el patio de atrás.