Puerto Rico como laboratorio neocolonial del “Gringocentrismo”

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Foto tomada de la Enciclopedia de Puerto Rico

 

Especial para CLARIDAD

Puerto Rico, desde su invasión por Estados Unidos en 1898, constituye un caso paradigmático de esta transformación del poder colonial. Se han desarrollado mecanismos más sofisticados de control que combinan coerción selectiva, dependencia económica, manipulación psicológica y marcos legales asimétricos. La guerra psicológica y guerra hibrida ha sido constante y estructural, convirtiendo el modelo colonial compatible con la democracia liberal a impulsar. En el laboratorio colonial se ensaya desde la construcción de una mentalidad de dependencia, la deslegitimación del proyecto independentista, la normalización de la colonia, la creación de divisiones en la sociedad (para que sea más manejable), la percepción de incapacidad económica, la dependencia como solución, el control financiero y la falta de soberanía. Para comprender adecuadamente la realidad puertorriqueña, es necesario incorporar el concepto de “gringocentrismo” como una dimensión específica de la colonialidad del poder en la colonia. Nombrar esta forma de dominación permite visibilizar a Estados Unidos como centro hegemónico que impone su racionalidad económica y política, sus modelos de desarrollo, sus marcos teóricos, sus narrativas históricas y mediáticas, deslegitimando conocimientos y alternativas locales. Desde esta perspectiva, Puerto Rico no es una colonia del pasado, sino una colonial moderna. Una colonia integrada al capitalismo global bajo una forma de modernidad dependiente que reproduce la subordinación estructural. La subordinación estructural se reproduce a través de normas, instituciones y prácticas sociales arraigadas, como es el patriarcado y el neoliberalismo.

Puerto Rico ha funcionado como un laboratorio neocolonial, donde se han experimentado estrategias para (1) mantener una colonia sin represión militar constante, pero con persecución sistemática de independentistas, socialistas, y otras formas de lucha y resistencia; (2) gestionar crisis económicas, fiscales, sociales y ambientales sin conceder soberanía política; y (3) sostener el colonialismo mediante un consentimiento parcial producido a través de la guerra psicológica. Estas estrategias, articuladas como una forma temprana y sostenida de guerra híbrida, han servido como modelo para intervenciones posteriores en América Latina, el Caribe y otras regiones. Se reproduce elementos ya probados, ensayados, refinadas y estabilizadas en Puerto Rico desde el control económico, la manipulación informativa, la criminalización del disenso (oposición/resistencia) y la gestión de crisis sin autodeterminación, sin poderes y sin voluntad política. Entonces, la guerra psicológica y la guerra híbrida pueden entenderse, como tecnologías coloniales de poder con mecanismos que operan sobre la mente, la economía y el derecho para sostener relaciones de dominación prolongadas con bajos costos políticos y alta legitimidad internacional.

Hablar de “laboratorio” no es sugestión sino un experimento concreto de modernidad colonial dentro del capitalismo colonial neoliberal. La modernidad que experimenta la isla no es autónoma ni emancipadora, sino una modernidad impuesta, diseñada para servir a los intereses del centro hegemónico capitalista estadounidense. Donde la opresión y la dominación se normalizan y suavizan con discursos ensayados para manipular, lograr aceptación y disciplina.

Uno de los rasgos centrales del caso puertorriqueño es la ausencia de una ocupación militar constante combinada con una represión selectiva del disenso (la oposición) política. Durante el siglo XX, los movimientos independentistas y socialistas fueron objeto de vigilancia, criminalización legal, persecución política y estigmatización mediática. En el siglo XXI se persigue además de los independentistas y socialistas, a todos los grupos de luchas y resistencia, transversales en diferentes formas de opresión capitalista neoliberal. Estas prácticas no buscaban únicamente neutralizar a sectores específicos (mujeres, colectivos de preferencias sexuales diferentes, colectivos de lucha racial, inmigrantes, ambientalistas, universitarios y otros grupos en lucha y resistencia), sino producir un efecto disciplinador generalizado. Leyes como la Ley de la Mordaza y programas de inteligencia como las carpetas del FBI y de la policía local no solo reprimieron físicamente, sino que cumplieron una función psicológica más amplia, enviar un mensaje disciplinador al resto de la sociedad. Hoy la persecución sigue y los medios de comunicación son una herramienta de control social donde se trata de disciplinar a los desviados del orden colonial establecido, practicando métodos diversos, ensayados y justificados.

De este modo, el colonialismo en Puerto Rico se volvió una condición latente donde la coerción se internaliza, la autocensura sustituye a la fuerza abierta, y la represión y persecución se normalizan. En el laboratorio colonial se impone ese “gringocentrismo” donde deslegitima el conocimiento propio y refuerza la idea de que el progreso sólo puede lograrse mediante la imitación del modelo estadounidense. Nombrar esta lógica como “gringocéntrica” es un acto político, epistemológico y de visibilizar ese poder hegemónico.

Otro eje fundamental del laboratorio puertorriqueño ha sido la gestión de crisis estructurales sin concesión de soberanía, sin poderes. Crisis económicas, fiscales, sociales y ambientales han sido utilizadas como oportunidades para reforzar la tutela colonial. Bajo discursos de eficiencia, responsabilidad fiscal y gobernanza, se han suspendido mecanismos democráticos y transferido decisiones clave a entidades externas. Este proceso puede entenderse como una forma de colonialismo tecnocrático, donde la política es despojada de su dimensión conflictiva y reducida a un problema de administración. La soberanía no se discute; se neutraliza mediante el lenguaje de la necesidad y la urgencia y se impone el colonialismo financiero y la sumisión intelectual (abandonar el pensamiento crítico y repetir dogmas). Se anula la capacidad de cuestionamiento.

Otra característica, a diferencia del colonialismo clásico, es que el orden colonial en Puerto Rico se sostiene mediante un consentimiento parcial, cuidadosamente producido. Este consentimiento (manifestación de voluntad fragmentada) no implica adhesión plena, sino aceptación condicionada basada en el miedo, la dependencia y la manipulación discursiva.

En Puerto Rico la guerra híbrida y psicológica opera a través de diversos discursos. La construcción del miedo al cambio político y al socialismo, aplicado en las elecciones 2024. La asociación de la soberanía con desastre económico, sin reconocer o discutir que el desastre económico, social y ambiental se da en la colonia. La falta de responsabilidad fiscal y la corrupción, sin analizar que se ha dado en la colonia. Bajo el discurso de responsabilidad fiscal y eficiencia administrativa, se suspenden mecanismos democráticos y se transfieren decisiones clave a entidades no electas. De esta manera se justifica la colonia sin poderes y tutelado como pragmático e inevitable, así se justificó la Junta de Control Fiscal. Esta forma de control coincide con lo que autores críticos describen como colonialismo neoliberal, donde la economía se convierte en el principal campo de batalla, y la política queda subordinada a la “gestión”. Entonces la soberanía no se discute se administra la colonia como un problema técnico, no político.

En el laboratorio colonial, Puerto Rico representa una forma temprana y estable de guerra híbrida, donde se combinan instrumentos legales, económicos, políticos, de información, mediáticos y psicológicos (el miedo) para ejercer control sin recurrir a la guerra convencional. La colonia funciona como un entorno controlado donde estas técnicas pueden aplicarse de manera permanente y perfeccionarse a lo largo del tiempo. Este modelo permite un control duradero, de bajo costo militar y alta compatibilidad con el discurso democrático liberal (las elecciones como democracia), lo que explica su valor estratégico.

Puerto Rico es un espacio de experimentación política, donde se han ensayado formas de guerra psicológica y guerra híbrida. Los resultados luego se replican en otros territorios dependientes o Estados sometidos a tutela económica, con políticas de ajustes a la deuda, las políticas de austeridad, privatizaciones, quitar derechos laborales y civiles. En los mismos domina la suspensión parcial de soberanía, el control económico, la criminalización del disenso (oposición/resistencia) y la gestión tecnocrática de crisis. La tecnocracia se impone como forma de dominación colonial mediante los expertos y los discursos de aceptación como algo inevitable, como sucedió con la Ley PROMESA y la Junta de Control Fiscal.

Puerto Rico destaca como un caso pionero, donde estas estrategias no son episódicas, sino estructurales y permanentes, como es la colonia. En este sentido, la isla archipiélago funciona como un archivo vivo del neocolonialismo contemporáneo. Estudiar la guerra psicológica y la guerra híbrida como regímenes permanentes de poder implica desnaturalizar conceptos como “crisis”, “ayuda”, “estabilidad” o “estatus”, y reconocer su función disciplinadora. Estudiar las formas de resistencia en diferentes ámbitos permite encontrar soluciones.

Puerto Rico no es simplemente una colonia persistente, sino un laboratorio neocolonial de alta sofisticación, donde se han ensayado formas contemporáneas de dominación basadas en la guerra psicológica y la guerra híbrida. La combinación de represión selectiva, gestión de crisis sin soberanía y producción de consentimiento parcial demuestra que el colonialismo del siglo XXI opera más sobre la mente, la economía y el saber que sobre el territorio físico.

Puerto Rico, como laboratorio neocolonial, no solo interpela, cuestiona e interroga no solo a la teoría colonial y la historia del colonialismo estadounidense, sino también los límites del conocimiento social contemporáneo para nombrar y confrontar las nuevas formas de dominación global donde se impone el “gringocentrismo”. Por eso no es posible comprender ni transformar la realidad puertorriqueña sin descolonizar los marcos analíticos que la interpretan. Nombrar el colonialismo “gringocentrico”, identificar sus tecnologías y desarticular sus narrativas no es un gesto retórico, sino una condición necesaria para cualquier proyecto emancipador. En la colonia, la guerra psicológica suele ser una herramienta clave dentro de la guerra híbrida, generar miedo, confusión o desmoralización, dividir a la sociedad, manipular la opinión pública y provocar resignación o sumisión que ataca la mente colectiva, las luchas y la voluntad de resistencia.

Puerto Rico revela que las nuevas formas de dominación no son excepciones, sino modelos ensayados y replicables. En este sentido, estudiar el colonialismo en Puerto Rico es estudiar el presente y el futuro del poder global enmarcado en ese “gringocentrismo”. El “gringocentrismo” ya sea en la Doctrina Monroe o la nueva Doctrina Donroe, lo primero es identificar el problema, el poder imperialista y colonialista de Estados Unidos, ese “gringocentrismo. Comprenderlo críticamente es, por tanto, una tarea no solo académica, sino profundamente política.

La autora es economista.