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Otros Betances: el literato, la exclusión y una primera mirada

 

Ubicar a Ramón E. Betances Alacán (1827-1898) en el contexto de la historia cultural de Puerto Rico no debería ser, a altura del siglo 21, un problema mayor. La recuperación y anotación parcial de la mayor parte de una obra relegada al olvido ha sido posible gracias al trabajo de recopilación de Paul Estrade y Félix Ojeda Reyes en su meticulosa obra completa. La lectura de esta colección sugiere que, como médico, pensador y literato, el caborrojeño tradujo bien los valores del científico y el revolucionario modernos. Su obra política y su correspondencia, por otra parte, ratifican que como teórico y activista poseía un proyecto social que aspiraba a representar los intereses del abajo social, como insistiría la interpretación romántica y nacionalista de su vida, así como los intereses de aquel sector del cual provenía, la clase criolla insular que, a pesar de que disfrutaban cierto poder material, era marginada por una minoría peninsular celosa que los devaluaba y excluía de la hispanidad plena.

Historia de una exclusión

Como creador de poesía y narrativa, Betances Alacán sintetizó de forma original algunas de las corrientes más ricas y complejas de su tiempo. En su conjunto el estudioso se encuentra ante un polímata complejo y polifacético que se movía con seguridad entre las artes y las ciencias. Como autor escribía lo mismo en castellano que en francés, traducía de aquel idioma y del latín y era capaz de compartir, en una época en que ello representaba una virtud y no un vicio, los valores de la vieja Europa y de la antillanidad / caribeñidad desplazándose con comodidad en ambos espacios. Su cultura científica y su condición de médico y cirujano destacado, una excepción en esa profesión, completaban el cuadro de lo que Eugenio María de Hostos denominó el “hombre completo”1, un interesante signo del balance ecuánime entre racionalidad y emocionalidad. El resultado de aquella vorágine de elementos era ese intelectual y artista híbrido lleno de contrastes que, en ocasiones, entraban en contradicción y podía resultar difícil de comprender para las gentes del presente. Una figura de esa índole no debería admitir simplificaciones que en última instancia solo mutilarían su imagen.

El hecho de que su obra literaria no fuese muy voluminosa no justifica su omisión. La bibliografía puertorriqueña del siglo 19, si doy crédito a las anotaciones bibliográficas de Manuel María Sama2 y las quejas de los productores culturales del canon desde Alejandro Tapia y Rivera hasta Lola Rodríguez de Tió o a las observaciones de estudiosos casuales como Carlos Peñaranda3, no fue mucha. La industria del libro, un concepto difícil de precisar para aquel siglo tanto como pude serlo en el siglo 21, surgió con dificultad en un escenario poblado de censuras. La producción de editorial fue pobre, fue resultado de la autogestión de tipógrafos e impresores y en general representó un riesgo político y económico para los pequeños inversionistas. La vida literaria de Betances Alacán, aparte de su condición de exiliado desde 1867, no difirió de otros casos del siglo 19 al menos en ese aspecto cuantificable. La paradoja de que los puertorriqueños del siglo 20 pudieron haber conocido mejor que los puertorriqueños del siglo 19 la literatura del siglo 19 está allí, mirándonos con encono. Entre la censura y el analfabetismo el escritor puertorriqueño del siglo 19 produjo objetos de consumo accesible solo a minorías y elites. El olvido sistemático de aquel acervo en la posmodernidad en un tema que debería debatirse con más profundidad en otra ocasión: desmontar la modernidad esquivando la mirada a aquel siglo no me parece práctico.

Para entender a este otro Betances sí debe tomarse en consideración que el vehículo de lenguaje en el cual se expresaba en su escritura creativa no era el castellano o el español de las Antillas. Para la literatura el caborrojeño prefería el francés, idioma literario del siglo. No solo eso: en algunos casos su lenguaje sugiere que escribía para el público europeo. En este aspecto su actitud recuerda la de Eugenio María de Hostos Bonilla quien, durante la década de 1860, vivía ansioso por convertirse en un escritor reconocido en España y en lengua castellana con el fin de invertir el prestigio adquirido como escritor, le sirviese para trabajar políticamente en favor del futuro de las Antillas. El castellano o el español de las Antillas sirvieron a Betances Alacán para organizar su discurso militante y político. Es bien probable que su predilección por el francés como lenguaje literario contribuyera a su exclusión del canon de entronque hispánico de la literatura puertorriqueña decimonónica que la crítica converge en considerar como fundamento de la literatura nacional. No sería tampoco un caso único. Numerosos escritores nacido en Puerto Rico y que incluso escribieron en español disparos por el mundo son también ignorados por el canon, asunto que habría que tratar en otra ocasión. La idea de la identidad legítima es una trampa de muchas bocas.

El affaire y el canon poseía otras complejidades que se hicieron patentes a lo largo del siglo 20. La más notable era que Betances era todo menos hispanófilo. Cuando Pedro Albizu Campos lo rescata como signo identitario del asunto obvia el hecho por completo. De acuerdo con el líder nacionalista Los rebeldes de 1868 “se inspiraron en Dios”, un argumento que chocaba con el secularismo betanciano, y que los problemas entre España y Puerto Rico eran asuntos menoren que podían resolverse en el seno de la familia.4

No solo eso. Como lector Betances miraba con suma cautela ideológica las expresiones literarias de la clase culta criolla y sus representantes a quienes reprochaba su ausencia de compromiso con la independencia y su sumisión a la España autoritaria. La respuesta de la clase culta criolla a aquel reclamo estuvo marcada por la crítica intensa y acrimoniosa a su antiespañolismo, actitud en la cual liberales reformistas y conservadores estaban de acuerdo. El hecho de que el discurso dominante de la identidad puertorriqueña durante el siglo 20 fuese hispanófilo está, por lo tanto, en la base de la supresión de esta figura del canon. La exclusión también es comprensible a la luz de otras de sus prácticas. “Bin Tah” y “Louis Raymond”5, dos de los seudónimos que usó para firmar sus trabajos literarios, no tienen el sabor tropical manifiesto en “El Antillano”, alias utilizado para su producción política.

Por último, el hecho de que el castellano o el español de las Antillas se enseñoreara en sus ensayos, oratoria y correspondencia personal y pública no deja de ser un problema. La crítica convencional nunca estuvo dispuesta a apropiar aquellos subgéneros como una expresión literaria legítima sujeta a la crítica formal. De hacerlo el archivo betanciano crece de manera dramática, hecho que multiplica las posibilidades interpretativas. El cambio de óptica -abrir el concepto de lo literario y hacerlo más inclusivo- produciría un efecto distinto al que la tradición ha impuesto a la elucidación de esta figura central de la cultura del siglo 19.

La exclusión de Betances del canon, en última instancia no puede ser comprendida sólo en el contexto de los (pre)juicios culturales presente en la definición de la identidad puertorriqueña el siglo 19 -dominada por la moderación política de los liberales-, y el siglo 20 -dominada por la hispanofilia clerical de ciertos nacionalistas-. Su exclusión del canon también derivó de su condición de separatista independentista y confederacionista, una postura que excedía los límites de tolerancia de liberales reformistas, autonomistas y conservadores. Ello justificó por mucho tiempo su supresión del panteón político oficial. El hecho de que ideológicamente tampoco encajara en las convenciones nacionalistas emergentes durante las décadas de 1910 y 1920 por su concepción de una identidad colectiva e interinsular, la antillanidad, dificultaba encajarlo en el universo plano de la canonicidad discursiva.

Los liberales reformistas, autonomistas y conservadores, como defensores de la integridad de la relación de Puerto Rico y España y francos opositores de la separación de Puerto Rico confluyeron en el proyecto de “invisibilizar” a Betances sobre la base común del respeto cándido a la hispanidad considerada madre de la expresión local. Me imagino la incomodidad de aquellos sectores ante el médico rebelde que, con refinada ironía, en lugar de referirse a España como “Madre Patria” la reducía, con plena conciencia literaria, a la condición de “madrastra patria”6 o, como cuando en entrevista con Luis Bonafoux Quintero en Neuilly afirmaba que no había sido España una “madre cariñosa”7. A la altura del siglo 21, cuando hispanidad e hispanofilia han dejado de significar algo en un mundo de identidades fluidas o líquidas, ya no debería representar un problema. Es posible que así sea, veremos.

Literatura de Betances: un contexto abierto

En la obra literaria de Betances coinciden una diversidad de tradiciones culturales complejas. Los valores del Racionalismo y la Ilustración francesas de la segunda parte del siglo 18, han sido señalados a la luz de la lectura detenida de su relato satírico “Viajes de Escaldado” (1888), traducido y comentado por Carmen Lugo Filippi (1982)8. La interpretación social como crítica anticlerical en el estilo de Voltaire, uno de los fundadores de la mirada moderna del mundo social, es innegable en el texto aludido el cual ha sido tratado como una reescritura creativa del texto del autor francés. De igual modo, los valores del Romanticismo alemán y británico de fines del siglo 18 y principios del siglo 19 (1820), han sido apuntados en el volumen precursor Betances, poeta (1986)9, antología recopilada y comentada por el poeta trascendentalista y crítico Luis Hernández Aquino, y en las traducciones que hizo de algunos poemas suyos la profesora e investigadora de la Generación del 1930 Concha Meléndez10.

Ese es el Betances de las convenciones literarias, el que se movía entre el Neoclasicismo y el Romanticismo con suma facilidad. No hay que olvidar que el bautismo de la literatura criolla regional, según se concibe en la canonicidad, se dio en medio de aquel contencioso europeo. Esa imagen de Betances literato era producto indirecto de la selección de poemas recogidos por su primer antólogo y comentarista, Bonafoux, en su clásico volumen Betances (1901). El antólogo y el antologado curiosamente, estaban coincidían en dos cosas. Ambos eran rechazados por la clase culta criolla y ambos resentían de la pusilanimidad política de esta desde una perspectiva muy europea o cosmopolita pero ciertamente dispar.

El Betances que se formó intelectualmente entre Tolosa y París, fluyó en aquellos espacios de debate entre los valores neoclásicos y los románticos, sin duda, pero no puede ser reducido a ellos. Este autor se encuentra más allá de aquel dualismo en el cual la crítica canónica ha encontrado los fundamentos de la literatura europea moderna y los de la literatura criolla (puertorriqueña) emergente. En todo caso, el esquema servirá para comprender el Betances literato de las décadas de 1850 al 1889. Pero será poco lo que diga del Betances literato de la década de 1890 quien, del relato y el poema de ocasión, había emigrado al periodismo creativo y a la reflexión crítica en el significativo registro que es su correspondencia personal.

Fragmento del libro inédito El laberinto de los indóciles: epílogos (2021)

El autor es Historiador y escritor

1Eugenio María de Hostos (1939) Obras completas. Vol. XIV. Hombres e ideas. La Habana: Cultural S.A.: 291.

2Manuel María Sama (1887) Bibliografía puerto-riqueña. Mayagüez: Tipografía Comercial.


3Carlos Peñaranda (1878-1880 / 1967) “VI” en Cartas puertorriqueñas. San Juan: Editorial El Cemí: 49-56.


4Refiero al lector la lectura del panfleto Partido Nacionalista de Puerto Rico (1930-1935/ 1967) Lares. Proclamas del Nacionalismo 1930-1935. Lares: Ediciones Año Pre-Centenario de la Proclamación de la República.


5Paul Estrade (2017) “Louis Raymond” en En torno a Betances: hechos e ideas San Juan: Callejón: 29-33.


6Ramón E. Betances “Carta de París” (1876) en Haroldo Dilla y Emilio Godínez Sosa (1983) Ramón Emeterio Betances. La Habana: Casa de las Américas: 157-159.


7Ibid.: 365-368, y Luis Bonafoux (1987) Betances. San Juan: ICP: LXIX-LXXIII.


8Carmen Lugo Filippi (1982) “Betances y Voltaire: Para un Scarmentado un Scaldado (problemas de intertextualidad en un cuento de Betances)” y Ramón E. Betances Alacán, “Viajes de Escaldado” (1888) en Caribe 3.4: 115-129.


9Luis Hernández Aquino (1986) “Betances, poeta” en Betances, poeta Bayamón: Sarobei: 6-15.

10Concha Meléndez (1968) “Día y noche de Betances” en Revista del Instituto de Cultura puertorriqueña 11.40: 48-51

Leer en el avión

 

Especial para En Rojo

La azafata interrumpe mi lectura con una pregunta: «¿Quiere que le encienda la lámpara?» En ese instante me doy cuenta de mi cuerpo inclinado sobre el libro y la oscuridad de la cabina. Le contesto que sí.

Todas las ventanillas de la cabina están cerradas y las lámparas apagadas. La azafata reconoció la escena. Es casi de mi edad y algo sabe de la antigüedad de los libros, de la necesidad del sol, las velas o bombillas para que puedan ser leídos. Soy todavía de aquellos que andan con páginas oscuras y aunque es de día, los celulares y tabletas exigen que la cabina se convierta en una cueva. Gran paradoja en la evolución del libro: para leer en los nuevos dispositivos se requiere de mayor oscuridad.

En su corto ensayo titulado «El fuego y el relato», Giorgio Agamben reflexiona sobre la relación que mantiene la literatura con el fuego. A partir de una cita de Gershom Scholem que alude a cómo el fundador del judaísmo acometía un problema apremiante encendiendo un fuego y orando en un lugar apartado del bosque, Agamben (siguiendo de cerca a Walter Benjamin) considera a la literatura como el remanente de ese relato del fuego atávico y misterioso perdido en la memoria de los seres humanos (11-12). Para él, el escritor «Deberá creer solo e intransigentemente en la literatura –es decir, en la pérdida del fuego–», y procederá «en la oscuridad y en penunbra por un sendero suspendido entre los dioses inferiores y los superiores, entre el olvido y la memoria» (15).

La lectura nos acerca a esa luz en el bosque, al círculo aquel donde nos contábamos historias en la noche. En realidad, nunca hemos salido totalmente de las cuevas e incluso hemos aprendido no sólo a retornar a ellas con insistencia, sino a inventarnos otras.

Pero dudo ahora si me inclinaba solamente por la ausencia de luz, o si el contenido mismo de la novela que leía invitaba a que mi cuerpo se encorvara hacia adelante. Quizá para que La vida breve de Juan Carlos Onetti pueda ser comprendida se requiera de un cuerpo inclinado. Me parece que es una manifestación física de la responsabilidad que se le debe al relato literario cuando éste ha cumplido a cabalidad su cometido con el lenguaje y el lector. Al entregarnos a la lectura arriesgamos la longevidad de la mirada y nuestras propias espaldas para ver si encontramos algún sentido dentro de los huecos profundamente oscuros que hemos creado.

En su libro Inclinations: A Critique of Rectitude, Adriana Cavarero desarrolla una crítica fuerte al sujeto erguido de la racionalidad filosófica y una defensa de la inclinación como el gesto relacional por excelencia, la manera en que nos preocupamos por los objetos y los seres humanos. Su acercamiento feminista ayuda a la filosofía a aceptar el doblez, el desvío, el pliegue y la curva como componentes necesarios del pensamiento. Cavarero alude al famoso cuadro de Leonardo Da Vinci (Sant’Anna, la Madonna, il Bambino de 1503), donde la Virgen María, sentada en las faldas de su madre, se inclina hacia el niño Jesús para asistirlo. De igual manera, la azafata reaccionó ante mi propia vulnerabilidad, ante la incomodidad de la lectura en la escaza luz de la cabina.

Mi preferencia por la lectura de libros impresos me hace vulnerable a los viajes en la cueva y el miedo a molestar con una luz externa la pantalla reflectora del viajero sentado a mi lado. Y sé que llevo la peor parte, puesto que ambas luces no son compatibles y una parecería que quiere extinguir a la otra. La azafata reconoció en mi inclinación la incomodidad y sugirió la luz como el remedio a la curvatura de la espalda, sin saber que Onetti había convocado mi cuerpo a doblarse, a inclinarse hacia la excesiva atención que reclamaba la trama hurdida hacía décadas por este autor que hoy día muy pocos leen. Confieso que probablemente no dejé de inclinarme una vez se encendió la luz. Seguí encorvado, siguiendo las pistas del entramado organizado por Onetti, el vaivén entre Brausen, Díaz Grey, Gertrudis y la Queca en esa fantástica ciudad de Santa María.

Dicen los astrónomos y físicos que en un futuro muy distante todas las estrellas del universo se extinguirán. Esa sería la última cueva de nuestro destino compartido, el humano y el del universo, si es que podemos sobrevivir a todas las anteriores. Lamentablemente, algún día todos los libros permanecerán cerrados.

El autor es fotógrafo y director del Departamento de Español y Portugués de la Universidad de California en Irvine.

 

 

Series en español-parte 1

 

En Rojo

Con la inversión económica de plataformas digitales como Netflix, Prime y HBOMax en series—que son filmes con pausas—hemos tenido acceso a hermosas y desafiantes producciones de gran diversidad de España y América Latina. “La cocinera de Castamar” de España nos transporta al siglo 18 con su historia íntima y externa de la nobleza de la época; “El Reino” de Argentina enfoca en la extrema, pero muy sutil corrupción entre la iglesia y la política; “Somos” de México es un encuadre de la normalidad de un pueblo antes de una masacre; “Isabel” de Chile es la dramatización de la vida temprana hasta su gran tragedia familiar de la escritora Isabel Allende. Esta 1era parte se centra en la serie española y la argentina.

“La cocinera de Castamar” España; guionista: Tatiana Rodríguez; autor: Fernando J. Múñez; 12 episodios, 2021.

No hay duda de que el principio de esta serie tiende a fijarse en la recreación de época de la aristocracia del Madrid de 1720 con sus tomas pausadas de los palacios, jardines y bosques de los condes, duques y marqueses que brindan toda su fidelidad al rey, no importa lo incompetente que éste sea. Es una sociedad muy cerrada donde los títulos son la entrada al dinero y para eso se hace todo tipo de arreglo que poco o nada tiene que ver con los sentimientos del individuo. Desde el 1er episodio el enfoque es en Diego de Castamar (Roberto Enríquez), dueño y señor de la región y amigo y confidente del Rey. Vive con su madre, Doña Mercedes (Fiorella Faltoyano), su hermano menor Gabriel (Jean Cruz), hijo de esclava adoptado por el patriarca y, su joven esposa, Alba (Maxi Iglesias), a quien profesa un amor casi obsesivo. Ya desde casi la 1era escena tenemos un evento trágico—la muerte accidentada de Alba—que reduce a Diego a una depresión que no le permite integrarse nuevamente a su círculo social. Y aquí vienen los manejos tras palacios ya que Mercedes no puede permitir que no haya un heredero para la fortuna y las tierras de Castamar. Por eso, ella consigue que su asesor maquiavélico, Enrique de Arcona (Hugo Silva), haga gestiones para atraer a una buena candidata para sustituir a Alba y esta suerte le toca a la desconocida joven Amelia Castro (María Hervás). ¿Y, entonces, a qué se debe el título de la serie? Ahí es donde lo que parecía un melodrama conocido se convierte en una historia de lazos familiares genuinos y se rompe el círculo vicioso de la aristocracia de repetirse para preservar su clase.

Conocemos a Clara Belmonte (Michelle Jenner) encerrada en un monasterio por voluntad propia ya que su única familia, el padre, ha desaparecido y se da por muerto y ella sufre de agorafobia. Su cura/consejero intenta que se reestablezca y le consigue empleo como ayudante en la cocina de Castamar. Logra convertirse en cocinera principal y llamará la atención de toda la familia, pero especialmente de Don Diego, por sus platos deliciosos. La hipocresía de los que ostentan títulos y solamente piensan en su propio beneficio tiene como contraste la movilidad, las expresiones abiertas y la creatividad de todo el equipo de cocina de Castamar. Se darán roces, algunos muy fuertes, entre ellos, pero lo cocido y servido siempre prevalece. Por supuesto, el sentimiento que causará la fragmentación de estas estrictas divisiones de clase será el atractivo de Diego y Clara. La presencia de Gabriel es clave para medir precisamente el racismo y elitismo en la España de esa época y la de ahora.

“El Reino”

Argentina; creadores: Claudia Piñeiro y Marcelo Piñeyro; 8 episodios, 2021.

Desde que comienza la historia estamos inmersos en el reino de Dios creado por las iglesias especializadas donde domina la imagen de un pastor salvador del mundo. Vemos a Emilio Vázquez Pena (Diego Peretti) en un espacio donde la luz lo ilumina para que todos a su alrededor parezcan pequeños en comparación. Todos parecen venerarlo y cuando su esposa Elena (Mercedes Morán) toma la palabra de Dios, nos convence de su convicción y su entrega absoluta a este reino en la tierra que está bendecido por el cielo. A su alrededor están sus hijos y sus esposas, su mano derecha, Julio Clamens (Chino Darín) y su asesor político, Rubén Osorio (Joaquín Furriel). Casi de inmediato comienza a cambiar lo que considerábamos el reino de Dios ya que es un mitin político donde el pastor Emilio es candidato a vicepresidente de un partido político conservador. Ahora entonces el reino es en la tierra. Cuando el candidato a presidente es asesinado, el pastor Emilio y su iglesia—regido con firmeza por su esposa—tienen que decidir si se convierte en el candidato a la presidencia o deja a un lado sus aspiraciones políticas. Ya sabemos cuál es su decisión porque para todos—no importa si religiosos o no—la política es igual a poder y dinero.

Cada personaje está muy bien delineado y el pastor es una caja de sorpresas que su familia y seguidores protegen con mentiras, fabricaciones, persecución y asesinatos. La mirada exterior pertenece a la investigadora del asesinato, Roberta Gandía (Nancy Dupláa) y su asistente Ramiro (Santiago Korovsky) quienes tratan de entender cómo un devoto de la iglesia de Emilio, como lo había sido Remigio Cárdenas (Nico García), pudo haber cometido tal acto. Y dentro de todo este reino religioso de Emilio y su familia, también hay los verdaderos devotos, los que sí creen que la palabra de Dios (y no su interpretación por falsos profetas) salva vidas y construye caminos para los que han pasado por pobreza y violencia en la vida. Por eso existen Tadeo (Peter Lanzani) y Jonathan (Uriel Nicolás Díaz). Este último es un personaje comparable por su sinceridad y devoción a Sister Molly Finnister de la serie “Penny Dreadful: City of Angels”.

Recordando a Juan Juarbe Juarbe

 

Pedro Zervigón

Hace 29 años murió en Isabela el prócer puertorrriqueño Juan Juarbe Juarbe que fue diplomático de Cuba en las Naciones Unidas con la misión de luchar allí por la Independencia de Puerto Rico.

Juan Juarbe se destacó como atleta de pista y campo en Puerto Rico y en 1930 fue el abanderado de la delegación puertorriqueña en los Juegos Centroamericanos en La Habana, primera competencia internacional en que participó Puerto Rico.

En los años 30 Juarbe ingresó en el Partido Nacionalista y defendió a Don Pedro Albizu Campos en la asamblea de estudiantes de la Universidad de Puerto Rico el día de la masacre de Río Piedras.

En 1940, como delegado internacional del partido, viajó a Venezuela y a Cuba, de donde fue expulsado al igual que la esposa de Albizu, Laura Meneses, por el dictador Fulgencio Batista. Se radicaron en México donde colaboraron con Fidel Castro y el Movimiento 26 de Julio desarrollando una estrecha relación con el Che Guevara.

Al triunfo de la Revolución se fueron a vivir a Cuba donde Juarbe fue asignado a la delegación cubana en las Naciones Unidas con la misión de luchar por la Independencia de Puerto Rico. Ricardo Alarcón decía que cuando él llegó a Naciones Unidas en Nueva York, a mediados de 1960, quien “le entregó” la embajada cubana, desde la cama de un hospital en Nueva York, fue Juan Juarbe.

Aquí incluyo su carta a Gabriela Mistral en 1939 pidiéndole abogara por la libertad de Albizu Campos y sus compañeros nacionalistas encarcelados en la Penitenciaría de Atlanta; una foto con Doña Laura, Fidel Castro y otros dos compañeros en 1956 en Toluca, México; fotos de eventos deportivos y una foto en 1972 cuando visitó a mi padre en La Habana en unión a Noel Colón Martínez, Benny Frankie Cerezo y mi compadre Gilberto Concepción Suárez.

Ejercicio de ciudadanía y sinodalidad

Especial para En Rojo

En América Latina y el Caribe, toda la Iglesia Católica está movilizada en la preparación y organización de la Asamblea Eclesial de América Latina y el Caribe que se celebrará del 21 al 28 de noviembre de 2021. La celebración se hará en forma presencial en la Catedral de Nuestra Señora de Guadalupe en Ciudad de México y a la distancia desde otros lugares de América Latina y Caribe. Esta asamblea fue convocada por el Papa Francisco. Cuando se esperaba que, 14 años después de la Conferencia de Aparecida, el Papa convocara la VI conferencia general del episcopado del continente, el Papa propuso una asamblea que reuniera a todas las fuerzas vivas de la Iglesia. Desde el inicio del año, en todo el continente, hay  un proceso de consulta a las bases y de escucha de todas las personas que participan en la Iglesia Católica y quieran proponer temas de discusión y profundización de la eclesialidad. El tema general será «Todos/as somos discípulos/as misioneros/as en salida».

Para quien es cristiano, el término ciudadanía es casi sinónimo de Iglesia, que, en las ciudades del mundo greco-romano, designaba la “asamblea de ciudadanos”. Cuando Pablo llamó a las Iglesias a los grupos de discípulos/as de Jesús, hizo que mujeres y niños, personas pobres y hasta esclavas que el Imperio no consideraba como dignas, asumieran la condición de ciudadanía del reino de Dios que debía venir y cambiar todas las estructuras del mundo. Posteriormente, con la continuidad del tiempo, las Iglesias pasaron a ser religiones y, hasta en muchos casos, ligadas a los imperios que mantuvieran estructuras esclavistas e injustas.

En la preparación de esta primera Asamblea Eclesial de América Latina y Caribe, es bueno recordar los 53 años de la conferencia episcopal de Medellín, en Colombia que, en los primeros días de septiembre de 1968, juntó obispos católicos de América Latina y Caribe. La conferencia de Medellín dio a nuestras Iglesias locales un rostro propio y singular moreno e insertó nuestras realidades. Las conclusiones de Medellín insisten en la presencia y actuación de todos los/as cristianos/as en los procesos sociales y políticos para transformar la América Latina en un continente más justo y igualitario. El documento 5 de Medellín sigue muy actualizado cuando propone: “Debemos dar a nuestras Iglesias, en América Latina, el rostro de una Iglesia auténticamente pobre, misionera y pascual, desligada de todo poder temporal y valientemente comprometida en la liberación de cada ser humano y de toda la humanidad” (Medellín. 5, 15 a).

El autor es monje benedictino y ha escrito más de 40 libros.