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Mirada al País: Grandes y Poderosos

 

Por Francisco A. Catalá Oliveras/Especial para CLARIDAD

Generalmente las noticias son copadas por monarcas, artistas y políticos, sobre todo cuando les va mal. Basta ver los medios noticiosos de Estados Unidos, llenos de las continuas e insuperables “metidas de pata” de Donald Trump, para apercibirse de esto. Por acá algunos legisladores están en competencia por las primeras planas, aunque ni voluntariamente ni por  muy buenas razones. En estos momentos, claro está, sobresale todo lo vinculado al Covid-19 – pruebas, contagios, rastreo, muertes, aislamiento, cierres… –, con la dosis sensacionalista de costumbre.

Las noticias en torno a la economía también se destacan, pero no tanto como los sainetes que protagonizan algunos miembros de la farándula y del mundo político. Sin embargo, los efectos adversos de los cierres parciales y totales provocados por la pandemia han logrado aumentar el interés en las mismas. En todos los países del mundo – con las diferencias de rigor – es objeto de discusión la contracción económica vinculada al virus. Y, como suele suceder en las crisis, las contradicciones se hacen más evidentes –mientras unos pierden otros ganan – y revelan con crudeza la verdadera naturaleza del sistema en que se vive.

Ha llamado la atención que en medio de la crisis los indicadores bursátiles han estado en ascenso. Claro está, ni la tienda de Cheo, ni el colmadito de la esquina, ni la barra Trago Alegre, ni el Chinchorro Buena Vista – ahora parcial o totalmente cerrados – cotizan en la Bolsa de Valores. No se pueden comparar con Apple, Microsoft, Amazon, Facebook o Alphabet-Google. En éstas tanto sus acciones así como sus operaciones están en alzada. El negocio en línea está de fiesta. Por ejemplo, cada detallista convencional que cierra supone más clientes potenciales para Amazon.

La carrera por las vacunas también ha alterado el juego. Hace menos de un año las villanas de la película eran las grandes empresas farmacéuticas. Eran acusadas de inflar los precios de los medicamentos, de invertir menos de lo necesario en investigación y desarrollo, de beneficiarse desmesuradamente de subsidios gubernamentales, de especular en los mercados bursátiles, de abusar de los precios de transferencia y de cuanta manipulación puede encontrarse en los manuales de delitos. Se decía que su reputación estaba al nivel de los asesinos en serie… Todo esto llevó a dos senadores del Congreso de Estados Unidos – uno republicano, presidente de la Comisión de Finanzas, y otro demócrata – a presentar un proyecto de ley para reglamentar y hacer más transparente a la industria farmacéutica. Hasta el presidente Trump se comprometió a firmar el proyecto bipartidista. Huelga aclarar que no lo hizo por las mejores razones. Se resumen en dos: su compromiso con el capital es, sobre todo, con el suyo y, más importante aún, las empresas farmacéuticas sobresalen por sus contribuciones a los candidatos demócratas, encabezados por el candidato presidencial Biden, lo que acusara constantemente Bernie Sanders   a lo largo dela campaña de las primarias.

De repente todo cambió. Los dos senadores se quedaron solos. El ánimo de sus compañeros congresistas, tanto republicanos como demócratas, fue alterado por el Covid-19, la catástrofe económica y las protestas antirracistas, todo utilizado efectiva y cínicamente por las grandes farmacéuticas  en sus gestiones de cabildeo. En un abrir y cerrar de ojos estas empresas han pasado de villanas a heroínas sin haber alterado un ápice su conducta, excepto que ahora cuentan con más fondos públicos para su “heroica” gesta en la lucha por dar con una vacuna para el Covid-19.

El asunto de las vacunas, junto a la proliferación del trabajo remoto y de la educación en línea, le ha venido de perilla a muchos de los grandes y poderosos. Hacen lo mismo con o sin crisis: crecer y amasar más dinero. Lo demás, lo que sea, bueno o malo, son sólo efectos colaterales. Se centraliza el capital: los grandes se hacen más grandes y los demás, los que sean, subsisten precariamente o desaparecen.

En tal enredo sistémico sobran los acólitos de los grandes y poderosos. Ya lo dijeron hace muchos años Marx y Engels en su usual tono acre: “La burguesía ha despojado de su halo sagrado a todas las actividades que hasta entonces se tenían por venerables y dignas de piadoso respeto. Ha convertido al médico, al jurista, al cura, al poeta y al hombre de ciencia en asalariados suyos”. ¿No es éste el espectáculo que incansablemente se repite una y otra vez?

 

«Democracia vibrante” con “campo ocupado»

 

Por Manuel de J. González/ CLARIDAD

“Es una conducta indigna de la democracia robusta y vibrante que nos distingue como pueblo”. Maite Oronoz, Jueza presidenta del Tribunal Supremo

El propósito de este artículo no es hablar de la “conducta indigna” a la que se refiere la cita anterior. Sobre esa – la actuación de la Comisión Estatal de Elecciones durante las elecciones internas del PNP y el PPD – se ha escrito tanto como para llenar enciclopedias. De lo que quiero hablar es de la “democracia robusta y vibrante” que, según la jueza, “nos distingue como pueblo”. Mientras escribía ese lamento por la democracia trasgredida, Oronoz tal vez tenía sobre su escritorio la última carta que le envió a Natalie Jaresko, directora ejecutiva de la Junta de Control Fiscal, solicitando algún aumento al presupuesto para la Rama Judicial. Una carta similar había escrito esa semana el presidente de la CEE, pidiendo a la desesperada un dinerito adicional para concluir las primarias.

¿Habrá visto la señora jueza presidenta alguna relación entre la “democracia robusta y vibrante” que supuestamente tenemos y el ruego que ella y otros jefes del gobierno deben dirigirle a una exministra de finanzas de Ucrania? ¿Quién nombró a la señora Jaresko ministra plenipotenciaria de las finanzas isleñas? Si tuviéramos una democracia “robusta y vibrante” ese poder debió haber sido delegado por algún cuerpo electo por los puertorriqueños, pero no fue así. La delegación la hicieron seis señores y una señora constituidos en Junta “supervisora” de nuestras finanzas. Estos, a su vez, fueron designados por otros poderosos por los que ninguno de los habitantes de Puerto Rico ha votado jamás.

A los ciudadanos de este país con democracia “vibrante” se le aplican todos los días cientos de leyes, tanto de naturaleza penal como civil, legisladas en un parlamento donde no vota ni una sola persona electa por ellos, y firmadas por un presidente por el que tan poco se vota. Ese dato, tan presente en nuestra vida diaria, ya nos dice algo de nuestra “democracia robusta”. Pero empecemos por el documento que se supone sea la base de todo sistema verdaderamente democrático: la constitución. De hecho, el escrito de la jueza Oronoz comienza diciendo que el tribunal que ella preside es el custodio, “garante”, de esa ley fundamental.

Es cierto que aquí hay una constitución redactada por un grupo de personas electos por el pueblo. Ese proceso parece democrático, pero ¡ojo!, antes de que se eligieran los constituyentes el Congreso de Estados Unidos votó, ellos solitos, para autorizarnos a redactar la “ley fundamental”. Sin esa autorización no podíamos elegir a nadie ni redactar nada.

Después que nuestros representantes electos debatieron democráticamente y aprobaron la constitución, el pueblo volvió a votar para ratificarla. Así se supone que operen las democracias y así fue. Pero otra vez ¡ojo! En cualquier país con democracia “robusta y vibrante” el proceso concluía con la ratificación por parte de los ciudadanos, pero aquí hubo otro paso después. La constitución ratificada por nuestro pueblo se envió al parlamento de otro país, en el que ningún representante de Puerto Rico vota, para que se revisara. Los defensores de ese proceso, con Luis Muñoz María como portavoz principal, decían que sería una ratificación proforma, que el Congreso no se atrevería a cambiar lo que el pueblo puertorriqueño ya había votado. No fue así. No sólo revisaron cada artículo, sino que decretaron la eliminación de toda una sección, la número 20. Nuestros representantes electos patalearon, pero nada más porque a ese derecho al pataleo se reducía su poder.

Para encubrir la realidad, como hizo a lo largo de su vida, Muñoz organizó a la carrera una segunda votación en Puerto Rico para que el pueblo “ratificara” los cambios del Congreso, aunque fuera un ejercicio inútil porque la constitución ya estaba aprobada. Además, en el supuesto de que pudiera rechazarlos el resultado sería que no había constitución. Nos quedábamos con la Ley Orgánica de 1917, aprobada también por el Congreso.

Así es como llegamos a la constitución de la que el tribunal que preside Oronoz dice ser custodio. Ella y todos nosotros sabemos, además, que, tras cambiarnos la constitución en 1952, el Congreso la siguió alterando año tras año. Se supone que sea nuestra “ley fundamental”, es decir, que por encima de ella no haya ninguna otra, pero esa pretensión en Puerto Rico es un chiste. La última alteración fue aprobar una ley a la que, por pura burla le pusieron el acrónimo “PROMESA”, que coloca en un nuevo cuerpo, la JCF, el poder para dejar sin efecto cualquier ley de nuestra Asamblea Legislativa.

Además de las alteraciones que legisla con regularidad el Congreso, hay algunas secciones de nuestra “ley fundamental” que nunca se han podido aplicar. El documento dice de manera enfática que “en Puerto Rico no existirá la pena de muerte” y, también de manera enfática dice que no se “interceptará la comunicación telefónica”, pero a cada rato los federales certifican un caso de pena de muerte y le interceptan los teléfonos a todos los que quieran.

No creo que sea necesario explicar más por qué la alegada democracia “robusta y vibrante” no existe. Ningún sistema donde la fuente última de poder es externo, ejercido por personas que otros seleccionan, puede considerarse democrático. El colonialismo, por definición, no lo es. Por más limpias que sean nuestras elecciones, en ninguna de ellas elegimos a quienes realmente nos gobiernan. El mismo tribunal que preside Oronoz se llama “Supremo”, pero de eso tiene muy poco. No sólo porque sus decisiones pueden ser revisadas por el de Estados Unidos, sino por su limitada jurisdicción. Por ejemplo, lo que haga y deshaga la señora Jaresko escapa de la atención de nuestro “Supremo”. La frase que utilizan los abogados para referirse a esa jurisdicción exclusiva, y cada vez más ampliada, de los federales no puede ser más apropiada. Le llaman “campo ocupado”. Eso somos desde 1898.

Strawberry Delight

 

Por Cristina Pérez Díaz/Especial para En Rojo

Siempre me gustaron los atardeceres pero nunca pensé en el cielo como un suelo, por eso de que está arriba me lo figuraba más como un gancho, del que pendo un poco torpe así como un vestido con una manga caída. Ahora lo veo distinto. Será que estoy al revés y tengo los pies bien anclados en el techo y la cabeza colgando. Debe ser, porque el otro día se me salió el corazón por la boca, a causa del movimiento pendular invertido, digo yo, era del color del atardecer por un lado y por el otro negro como cuando ya anocheció, así que debía de ser, sin duda debía de ser el corazón. Cogiendo un impulso lo lancé lo más lejos que pude. En el hueco se me ha instalado una nube sin lluvia, de esas que toman distintas formas de animales en los días claros y me alegra, aunque el último reportaje del clima anunció tormentas.

Anoche leía a Lucia Berlin, que dice que la tercera persona cautiva más al lector que la primera. Como si la distancia tuviera el efecto precisamente opuesto de acercarnos. Es una paradoja hermosa y tentadora aunque no sé si sea cierto. La verdad, a fin de cuentas, poco importa en este caso. Lo bello de este espacio en blanco de la página es que tú y yo vamos como suspendidas en un tiempo que de alguna forma está desconectado de la historia y conectado en cambio con lo posible, hacemos un contrato con una verdad que es sólo nuestra y cuyo terreno no podrá expandirse mucho más allá de la planicie de la página donde apenas sobrevuela. Se trata de un pájaro bellísimo que muere casi tan pronto como nace, vuela bajito, casi no extiende sus alas. Y bien puede que sea por eso que me gustan también los atardeceres, que es lo mismo que decir un pájaro bellísimo que muere casi tan pronto como nace, vuela bajito, casi no extiende sus alas.

Otra línea que me cautiva de Berlin es cuando dice (la leo en traducción al español), “Nunca he entendido cómo es posible que tanta gente prácticamente iletrada pueda leer la Biblia con tanto ahínco” (“Dolor Fantasma”). Siempre he tenido esa misma fascinación incrédula con mi abuela María: se transforma en una persona elocuente y letrada al tomar en sus manos ese libro, lee un salmo y luego puede seguir elaborando una plegaria un rato largo––si le dan un micrófono por mucho más. Es una campesina que apenas cursó el cuarto grado de la primaria en la segunda década del siglo veinte en un Puerto Rico que era todavía más pobre de lo que es hoy. Aprendió a leer y a escribir lo mínimo y le sobró para trabajar, criar cuatro hijas, cuidar ancianos, ir a la iglesia varios días de la semana, volverse una líder evangelista en su comunidad, interpretar los sueños en los que Jehová se le aparecía y le indicaba a qué casa del pueblo debía ir a predicar el evangelio y llevar sanación. It really bugs me, not exactly in the “annoying” shade of the term, but more like one of those bugs that caves out miles of tunnels in our insides and we don’t even notice. Por mucho tiempo me impresionaba que yo no fuera como mi abuela, que en sólo dos generaciones tanto hubiera cambiado. Ahora pienso distinto. Ahora estoy de vuelta en Gurabo y mientras mi abuela se vuelve cada vez más vieja y menos elocuente yo la observo, se aferra todavía a su Biblia con ahínco y con ganas de seguir elaborando su plegaria día y noche sin cesar. Me siento a su lado y le pido que oremos. Las dos sabemos que yo no creo en ello pero no importa, ella se miente y piensa que estoy a punto de convertirme en evangélica y yo también me miento aunque no sé bien respecto de qué, sólo quiero escucharla una vez más. La voz de mi abuela me coloca inmediatamente en el lugar de la infancia en el que era todos los domingos ir de visita al campo de Gurabo y comer sorullos de maíz con queso y quitarme el calor en el patio desnuda con la manguera mirando el pequeño jardín con el árbol de guayaba en el que anidaban siempre las tórtolas, rolitas les decía mi abuelo Pablo, y me decía rolita también a mí porque era redondita como esos pajaritos. Ahora la plegaria es casi la única palabra que puedo sacarle a mi abuela a parte de sus interminables comandos y preguntas repetidas: come, come más, ¿ya comiste?, ¿y no vas a comer?, ¿te gustan las Maltas?, ¿y tu esposo, cómo está?, ¿y por qué no vino?, ¿ya te vas a mudar a Puerto Rico con tu mami?, mira que está solita y sólo te tiene a ti… Esas son siempre sus palabras, el repertorio de líneas que barajea y repite con una impresionante voluntad de no callarse aunque ya no tenga mucho de qué hablar. Pero la plegaria (oración es como ella le llama) abre otro mundo, uno en el que no me interpela y por lo tanto puedo descansar de sus demandas y de repetir las misma respuestas, no tengo hambre, sí, ya comí, comeré más tarde si me da hambre, no, no me gustan las Maltas, tienen mucha azúcar, mi esposo está bien, no sé, no sé si me voy a mudar a Puerto Rico, sí, un día, la plegaria nos da una forma de hablar sin hablarnos directamente, poniendo a Jehová en medio de nosotras como el interlocutor al que se le puede hablar de otros temas, pues la comida y mi marido no le importan. El atardecer de mi abuela, en cambio, no me gusta, es largo y tedioso, tiene la mirada un poco enloquecida y la piel ha perdido sus colores cálidos.

No estoy bromeando cuando digo que la más reciente tormenta (dicen que va a convertirse en huracán) se llama Gonzalo. Recuerdo los nombres de tormentas siempre de dos sílabas, no sé por qué precisamente ahora esta anomalía, con un nombre por lo demás extraño en el mundo anglosajón donde se les nombra. Hay una figura retórica que hace esa misma operación, la falacia patética, por la cual extiendo el estado psicológico de mi personaje al estado del clima, por ejemplo el personaje está triste y llueve. Es una figura un tanto pueril pero tiene un gran nombre y quizás es así como debiera llamarse al matrimonio: falacia patética. Aunque hay todo un aspecto plástico de mis emociones que queda fuera de la falacia: los colores del atardecer, por ejemplo, y cómo de verdad se plasman en mi corazón y no es una metáfora, o el aspecto sonoro, por ejemplo cuando llueve suave y es lindo, es un sonido que sólo se produce al lado de un hombre a quien amo. En la soledad no veo ciertos colores ni escucho ciertos sonidos y es extraño sentarse en el balcón a ver el atardecer y escuchar el reportaje del clima que me anuncia que se esperan tormentas, justo cuando creía que la tormenta había pasado hace unos años y devastó tanto que para vivir es necesario decirse a una misma que no volverá a pasar.

Así que me escurro por las rejas del balcón de la casa de mi madre en donde he vivido los últimos cuatro meses y me monto en el cielo. Para hacer esto, como decía, hay que estar con los pies hacia arriba y la cabeza hacia abajo y es mejor si se hace mientras cae el sol que es cuando todo se va disolviendo. Lo malo es que los atardeceres no siempre son lindos, a menudo el cielo se nubla o llueve o, en el verano, el cielo se cubre de esa niebla arenosa que cruza todo el Atlántico desde el Sahara sólo para asentarse aquí, a veces por semanas, meses. A veces la niebla viene de otros lados, a veces me se me asienta en la mirada desde el sueño y cuando abro los ojos en la mañana está ahí bien densa. Entonces recuerdo las oraciones de mi abuela María y que se trata de una droga más con la que hacer frente. Según las circunstancias le achaco la raíz del mal a algo distinto: hoy es la soledad, cuando estaba casada era otra cosa, podía culpar a Gonzalo y a la relación, o si las cosas andaban bien, entonces podían ser mis padres o la familia en general aunque nunca hicieron más que darme amor, o el país en el que crecí, tan desastroso, o el capitalismo salvaje, etc..

Lo que me gusta de Berlin es su capacidad de pasar a otra cosa sin parecer frívola o insensible, sin quitarle peso a lo que se deja de lado, y al final del relato siempre hay una sensación de que no se quedaron hilos sueltos aunque en realidad nada se resolvió. Me pregunto en dónde habrá escrito, si tendría un espacio agradable para sentarse a escribir, privacidad, un buen escritorio con una silla a la altura correcta, cosa que no se le rompiera el cuello. Esas cosas me importan. No voy a publicar un libro hasta que no tenga lo mínimo: una casa, una buena biblioteca, un escritorio amplio y la silla indicada en un cuarto en donde la luz natural me guste en las mañanas. Es posible que nunca lo tenga. Si lo tengo calificarán mi escritura como burguesa.

 

Escribo por las mañanas después de desayunar pan tostado con mantequilla y café. Me siento alrededor de las 8:30 y me gusta quedarme escribiendo hasta el mediodía. Después de almorzar hago todo lo demás. Nunca he logrado, en cambio, ejercitarme en las mañanas. Prefiero hacerlo al final del día y así me baño sólo a la noche. Me gusta sentarme a escribir sin haberme bañado, con el lustre de las sábanas y las palabras del noticiero mañanero de la radio en la cabeza. Nada como la sensación de escuchar la radio en la mañana mientras me tomo el café. Creo que la mayoría de las veces realmente no presto atención a lo que dicen, pongo el Morning Edition en NPR y con la voz de los reporteros como acompañante me sumerjo en el monólogo interior más a gusto, con más valentía incluso. Necesito esas voces del noticiero. La luz sin embargo es irreproducible, no como la radio que la llevo en mi celular a donde sea que amanezca. La más bella la tuve en la primera casa en la que viví con Gonzalo. Tenía mi propio estudio pero me gustaba escribir en la mesa de comedor que teníamos en la cocina porque la luz estaba tan a gusto allí. La mesa era blanca y también el piso de madera era blanco, pero las paredes estaban pintadas de un blanco muy ligeramente rosa y tenía dos ventanas que daban a la parte de atrás del edificio. La luz rebotaba hermosamente en las superficies blancas y rosas. En esa mesa redonda me sentaba a escribir en las mañanas luego de que mi esposo se iba al trabajo y la luz era todavía cálida. A pesar de tanto blanco el espacio no era frío. No era uno de esos apartamentos modernos con pretensiones nórdicas, sino un apartamento en un brownstone de Nueva York construido en la posguerra. Las paredes, las puertas, las ventanas estaban enmarcadas con molduras, también blancas. El techo era alto con molduras que pretendían imitar los techos de los palacios europeos que la guerra destruyó. En ese apartamento, por todos esos detalles, fui extrañamente feliz. Gonzalo y yo no vivimos allí un idilio, de hecho todo comenzó a decaer tan pronto como nos mudamos juntos a ese primer apartamento hermoso. Me cuesta trabajo entender cómo es que estando en una relación que se desmoronaba pude tener un tiempo tan sinceramente feliz. Siempre te dicen “the grass is always greener…” o “uno no sabe lo que tiene hasta que lo pierde” y es cierto, pero en este caso es extraño porque sé que no era feliz con mi pareja, simplemente estaba feliz con todo lo demás. De lo que no me di cuenta hasta que lo perdí es de que ese “todo lo demás” estaba atado a él y se esfumó tan pronto rompimos. Así que el anuncio de una tormenta llamada Gonzalo no puede parecerme sino ominoso.

 

Estaría mal dejar el llanto para el final, esperar a que esté a punto de acabarse el relato, haber ido construyendo el momento con cuidado y justo en la última oración decir que el personaje se echó a llorar. Es predecible, nadie se conmovería, o por lo menos yo no. Así que mejor decirlo desde el principio y sin tecnicismos: hoy lloré. Por suerte llevaba espejuelos y una N-95, así que se habrán perdido mis ojos entre toda la parafernalia. De todos modos, ahora que usamos mascarillas para estar en público nos miramos menos detenidamente a los ojos, como que da un poco de verguenza ver los rostros así, o tristeza incluso, a mí me pone triste, o quizás es que las caras se han vaciado y no hay una expresión de la que agarrarse para sentir el click del contacto. En mi mente hay una cierta mitología literaria y exotisista construida sobre los ojos, supuestamente híper expresivos, de las mujeres que usan telas para cubrirse la cabeza y la cara. Siempre imaginé que al tapar el resto del rostro la mirada se volvería más penetrante, como pasa cuando se pierde alguno de los cinco sentidos y los otros se agudizan para compensar la pérdida. Pero ahora que andamos con las caras semi cubiertas me parece que lo contrario nos ha sucedido, que la mirada se ha borrado con el resto del rostro.

 

Me senté en un banco a esperar a mi mamá a que terminara lo que estaba haciendo en la lavandería en el sótano del edificio. Aunque estaba en público, sentía que lloraba con privacidad, con unas lágrimas ignotas, saladitas y discretas. Tenía todos los papeles listos en el folder, ayer había ido a donde la notario para que me los firmara y le pusiera los sellos, fue tedioso, seis affidavits que se sintieron como cincuenta, por decir un número, mucho contar y volver a contar para asegurarnos de que no se nos colara uno de esos errores banales que dañan trámites enteros y me obligarían a comenzar el proceso nuevamente. Costaría mucho dinero encima de todo, pero una ínfima parte de mí deseaba que algo saliera mal, que algún error se nos pasara de vista, que no se pudiera completar el divorcio por causas ajenas a mi voluntad, la burocracia digamos, que parece tan cuesta arriba en tiempor de COVID-19, o aún incluso una tormenta, que de hecho se llamaba Gonzalo hasta hace unos días. Pero Gonzalo no es tormentoso. Hoy lloré mucho extrañando su suavidad, su sensación en mi corazón de tonos rosados, cuando me decía, si estaba nerviosa o triste o con mucha ansiedad, y eso que él siempre estaba muy ansioso, Cris, todo va a estar bien. Es una frase tan sencilla y nadie pretende que sea cierta, pero cuando él me la decía para mí tenía el mismo efecto que flotar en la playa con el mar sereno. Los dos necesitamos que el divorcio se complete pronto. Hace casi ocho meses que comenzamos el proceso y por varios accidentes se ha ido retrasando. A él le toca la entrevista para pedir la residencia permanente en octubre y el abogado le recomendó que tratáramos de tener el divorcio completado para entonces. Todo será más fácil así. Estoy comprando un apartamento y, como no nos casamos por bienes separados (nunca pensamos que tendríamos bienes que separar), será mejor que tenga la sentencia de divorcio a la hora de firmar la compraventa, así me evito que en el futuro, una nunca sabe, pueda reclamar mi casa como suya. Suena paradójico: los dos necesitamos el divorcio para tener una residencia permanente. Pensé que el matrimonio era eso, una casa permanente.

 

Hice la larga fila de la oficina de correos pero al final no pude enviar los documentos porque se habían terminado los giros postales, lo decía en la puerta, me aclaró la empleada, no lo vi porque estuve todo el rato en la fila mirando mi teléfono. Debo incluir un giro de $125 en el sobre con el resto de los papeles del divorcio. Intenté ir a otras oficinas de correo. Las filas eran estratosféricas bajo el sol. No sé si es por el aviso de tormenta para mañana que tanta gente se decidió a enviar paquetes a sus seres queridos, por si nos quedamos sin servicio de correos, será, todavía más desconectados. Ahora la tormenta se llama Isaías, mi esposo ha dejado de ser una amenaza.

 

Mi personaje se ha comprado un carro también en estos días, lo cual no arregla nada y a nadie le importa pero da muchísima sensación de libertad. Con un coche se puede ir a todos lados. Lo mejor es que para ir por ahí escuchando música no tienes que ponerte los audífonos que son molestos, enredados, o feos. Los primeros días, mi personaje, que se ha acostumbrado tan dócilmente a estar encerrada en su casa todo el tiempo, se subía al carro, lo prendía y no iba a ningún lugar. Se quedaba allí estacionada, sentada en el asiento de la conductora, con lo emocionante que es agarrar el volante y soñar con calles, autopistas, cualquier cosa. ¡Y el olor! Nada como el olor a nuevo del interior de un carro nuevo. Allí se quedaba Cris, oliendo su carro, gustando de la sensación de poder irse a pasear cuando le diera la gana. Si le daba la gana. Y no movía el coche del estacionamiento, sino que subía en el ascensor de regreso al balcón del apartamento de la casa de su madre, donde está viviendo temporalmente y se ha vuelto asidua a ver desde allí los atardeceres. Cuando le mostró las fotos del carro a un amigo casado del que se enamoró, él le dijo por teléfono que se alegraba de que no se hubiese comprado un gato, que es el primer paso hacia la soltería perpetua.

Todo el mundo espera que si las cosas te van así de bien como para comprar casa y carro estarás estallando de felicidad. Es como una deuda que se adquiere con la sociedad a cambio de una suerte por lo demás inmerecida. No puedes estar triste o malhumorada si te va bien, es inmoral. Yo, después del último intento fallido de hoy en la oficina de correos, opté por ir a comerme un mantecado. Nunca pido sabor fresa pero fue el que se me antojó tan pronto lo vi en el pizarrón del servi carro: un cono de waffle con una bola de mantecado color rosa al que le habían añadido pedazos de galleta oreo, cerezas en almíbar y jarabe de chocolate. Strawberry Delight. Descubrí mientras me lo comía que habían fresas de verdad, pero congeladas, escondidas dentro del mantecado, una segunda capa de frío dentro del frío, que está bien porque en este clima todo se derrite tan rápido. Pedí mi Strawberry Delight en vasito y no en cono como aparecía en el anuncio previendo que sería un desastre comerlo en el cono mientras guiaba. El sabor era exacto. El momento, sin embargo, no fue perfecto. No hay música precisa para estos días. Es como si toda la música perteneciera a un tiempo pasado que ya no me habla, como si toda la música que encuentro se hubiera producido en un tiempo incapaz de hacer click con el presente.

It’s all bullshit, venía pensando desde que me desperté esta mañana y vi que una amiga me había nominado para uno de esos challenges en social media. Nunca nadie me había nominado, así que al principio me emocioné como una niña a la que por fin invitan a jugar. Pero rápidamente la emoción se transformó en molestia. La verdad es que odio los challenges esos, que ni siquiera son retantes sino puro show narcisista como todo. Bullshit. Ahora tendría que participar o enviarle un mensaje a mi amiga excusándome y quedando como lo que soy, una antipática con la que tenían razón en no querer jugar. Opté por una opción que me pareció intermedia: participar pero boicoteando el reto. Como todo el mundo pone sus fotos más bonitas y algún mensaje aspiracionista, subí una foto en la que había borroneado mi cara con un marcador negro en el editor de fotos del teléfono y la acompañé con un texto en el que decía que yo no me sentía empoderada sino terriblemente sola y que suponía que casi todo el mundo se sentía más o menos como yo. Después me arrepentí de haber sido tan cándida en una plataforma que sólo habla el idioma del éxito. Varias personas me agradecieron en los comentarios por haber “abierto mi corazón”. Habré dado lástima o un poco de vergüenza ajena ante mi candidez mal ubicada, pobre, se nota que no ha salido con nadie desde que se separó de Gonzalo hace ya casi tres años. No está bien andar por ahí llorando y dando lástima en público, y mira que ella no es fea ni nada, es una buena candidata, si tan sólo se quisiera un poco más a sí misma, si se tuviera más confianza y mejor autoestima, si fuera un poco más terrenal en vez de andar siempre enamorándose de gente que no está interesada en ella, si dejara el romanticismo y se enfocara un poco más en el sexo, en pasarla bien, incluso en medio de la pandemia se puede, la gente lo hace, por Tinder, hay otros apps nuevos también, lo que haya que hacer, que se haga, porque si no, mira, terminas así dando penita, pero es que es hereditario, tiene un carácter difícil, medio loquilla, la pobre no salió tan mal, pero mira qué difícil se le hace emparejarse, es el romanticismo ese que tiene, como si fuera una niña tonta y no una mujer con un doctorado en griego y latín, una pensaría que estaría un poco más despabilada, ha leído a las feministas, no es por falta de información, de pequeña era así, acomplejada, siempre decía que estaba gordita, que era fea, un desperdicio, la verdad, tan joven, tan inteligente, tan privilegiada que ha sido.

Qué raro es esto, se dice a sí misma. Empezar una vida nueva y tener que estar encerrada. Un Estado Interior. Un Departamento del Estado Interior he fundado en estos meses. Por descontado que es una corporación desastrosa. Ningún trámite llega a término, los documentos se pierden, las empleadas te refieren perpetuamente la una a la otra en círculos viciosos, las fotocopiadoras no sirven y de todos modos no se les pueden prestar a los clientes, el sistema de aire acondicionado enfría pero tiene hongos tóxicos, el teléfono está descolgado. Aquí no se hace nada. En la pequeña sala de espera, siguiendo los protocolos de distanciamiento, hay sólo una silla. Decidí que sería de color rosa. Es una silla cómoda, como para sentarse a esperar mucho tiempo. Hay un buen sistema de sonido, la música es agradable, no como en las oficinas de gobierno o en las de los médicos. Por lo general no hay que hacer fila. Una llega y ocupa la silla y espera. Si lloras, nadie te ve y la mascarilla sirve para recoger las lágrimas. Si la espera, como suele pasar, es larga, hay dos máquinas de refrigerios en las que puedes comprar vino y mantecado. Está bien montada. En el buzón de sugerencias alguien se quejó de que el mantecado y el vino no van juntos si una quiere mantener los niveles de azúcar estables y que sería bueno tener la opción de algo salado, como chips o maní, especificó. Una tercera máquina de snacks es una inversión considerable pero si la situación se alarga y el Departamento tiene que seguir en operaciones, la compraré. Lo que no voy a poner, está decidido y lo he anunciado claramente con un letrero en la puerta, es Wi-Fi para visitantes.

 

Mónica Puig busca reencontrarse en la burbuja de Nueva York

 

Por Javier Guaní Gorbea/Especial para CLARIDAD

Uno de los deportes que más dificultad ha tenido para reestablecerse tras la parada forzosa del COVID 19 es el tenis de campo, pues éste depende de que jugadores de todo el mundo viajen a los diferentes torneos a participar semanalmente. Las restricciones de viaje y lo fácil que se contrae el virus ha provocado que un número significativo de jugadores de primer nivel como Rafael Nadal en la rama masculina, Simona Halep y Ashley Barty (actual #1 del mundo) en la rama femenina, hayan decidido no hacer el viaje hacia la cuidad de Nueva York donde a partir del próximo lunes se llevará a cabo el US Open.

La parada tan prolongada y poco usual en el tenis hace que todas las jugadoras se encuentren en la misma posición con falta de juegos competitivos por los que los resultados se prestan para ser sorpresivos en un deporte donde todo el mundo tiene el talento para vencer a su rival. La boricua Mónica Puig podría ser una de la más beneficiadas de esta pausa obligada pues si bien es cierto que apenas ha jugado un juego de manera oficial y lo perdió, recordemos que ésta tuvo que ser operada de una lesión en el codo que le estaba impidiendo jugar y que probablemente hubiera ocasionado que siguiera descendiendo aún mas en el ranking si estos no se hubieran frizados con la pandemia. Ahora recuperada Mónica podrá tener la oportunidad de reencontrar su juego. En el proceso también empezar a reconstruir su ranking camino a una posible clasificación olímpica donde tendrá que ubicarse entre las mejores 56 del mundo de aquí a mayo del 2021 (actualmente es la 91) para tener la oportunidad de defender su oro olímpico en Tokio si los Juegos Olímpicos finalmente se llevan a cabo. No me cabe duda que de los Juegos materializarse Mónica será la candidata ideal para ser la abanderada de nuestra delegación por su historial representando a nuestro país que incluye: tres oros Centroamericanos, dos medallas Panamericanas y por supuesto el oro olímpico de Rio 2016.

De regreso con Toredo

Una de las cosas que ha llamado la atención en días recientes fue su anuncio de que el argentino Juan Toredo volverá a ser su entrenador principal. Toredo precisamente era su entrenador cuando obtuvo el oro en Rio y Mónica por la razón que sea no pareció ser la misma jugadora el año pasado bajo la tutela del estadounidense Kamal Murray. Por lo que llegada de Toredo nuevamente debe ayudarla a reenfocarse y a sentirse mas cómoda en cancha por la familiaridad que éste brinda.

Todavía hay tiempo

Hay quienes apuntan a que la boricua ya va a cumplir 27 años por lo que será difícil que hubiera un resurgir sin embargo en años recientes hay una serie de jugadoras que después de esa edad tuvieron resultados significativos siendo contendoras en eventos grandes y algunas de ellas incluso hasta ganándolos, nombres como Samantha Stosur, Francesca Schiavone y la italiana Flavia Penetta vienen a la mente.

Tendrá que ver a alguien “rankeado” temprano

Debido a que actualmente se encuentra en la posición 91 la boricua tendrá que jugar contra una preclasificada en uno de los primeros dos partidos (a menos que le toque alguien no sembrado en la primera ronda y su sembrada se eliminara en ese primer juego) pero sea contra quien sea Mónica ha demostrado que el talento está ahí para irse de tú a tú con las jugadoras de primer nivel y si lograra un posible avance por lo menos a la tercera ronda donde llegan las mejores 32 eso sería un paso en la dirección correcta. Ojalá y pueda ocurrir, estaremos pendientes.

La fe que nos hace más humanos

 

Por Marcelo Barros/Especial para En Rojo

En tiempos de fundamentalismo religioso, la fe parece hacer con que ciertas personas que se dicen religiosas háganse menos humanas. Durante siglos, en nombre de Jesús, el Imperialismo Occidental ha impuesto sus intereses. Ha perseguido a disidentes y exterminado a pueblos de otras culturas. Hoy, el Imperio Americano se siente imbuído de una vocación divina para dominar el mundo. Como reacción a eso, también en nombre de Dios, grupos que se dicen musulmanes protestan, matando a gente inocente. En Brasil, en nombre de Cristo, grupos pentecostales atacan centros de culto afrodescendientes. En nombre de la fe, ante tragedias como el embarazo de riesgo de una niña de diez años, víctima de abusos sexuales, fundamentalistas religiosos quieren imponer su norma moral y dicen defender la vida. Frente a esto, para muchas personas, parece que por un lado está la religión y sus valores y por otro, está la vida con sus desafíos.

Según el Evangelio, Jesús denuncia la falta de humanidad no de los ateos, sino de los religiosos. A ellos, Jesús condena la excesiva preocupación con su imagen social y una moral que es rigurosa con las reglas, pero no prioriza la justicia y la misericordia. Él había afirmado: La ley fue hecha para los seres humanos y no estos para la ley.

Cada vez más la credibilidad de las Iglesias y de todas las religiones está ligada al compromiso con la justicia y la paz. En América Latina y Caribe, esto ya fue proclamado en 1968, en la 2ª Conferencia general del episcopado latinoamericano y caribeño en Medellín, Colombia.

Hay 52 años, en el inicio de septiembre, esta conferencia divulgaba al mundo esta mensaje: “Que se presente cada vez más nítido el rostro de una Iglesia auténticamente pobre, misionera y pascual, liberada del poder temporal y comprometida con la liberación de cada ser humano en su integridad y de toda la humanidad” (Med. 5, 15).

En nuestros días, el papa Francisco vuelve a insistir en una Iglesia siempre más humanizada y en diálogo con la humanidad. Sin embargo, en muchas Iglesias locales, ciertos obispos y curas no parecen dispuestos a cambiar nada. El papa enfrenta oposiciones en el seno de la misma jerarquía y del clero por el hecho de retomar el espíritu y las orientaciones fundamentales del Concilio Vaticano II, así como la profecía de Medellín para toda la Iglesia. El hace esto insistiendo en el diálogo amoroso con la humanidad y en organizar la Iglesia de forma sinodal, esto es, como comunidades que caminan en común. Solo así las Iglesias retomarán la autoridad moral para pedir que el mundo se organice a partir del diálogo y de la comunión.

El autor es monje benedictino y ha escrito mas de 40 libros. Reside en Brasil