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LUMA sigue adelante con el robo de la AEE, la Junta lo apoya

 

CLARIDAD

Contrario a lo que se ha pregonado por los favorecedores de la privatización de la Autoridad de Energía Eléctrica (AEE), de que supuestamente esta le traerá ahorros al pueblo de Puerto Rico, la privatización lo que hará será agravar su endeudamiento. Una vez más, el Instituto de Economía Energética y Análisis Financiero (IEEFA) alerta respecto al contrato de privatización de la AEE con LUMA Energy.

En su reciente exposición,IEEFA Puerto Rico: Apoyo crediticio para la AEE, ¿una herramienta sensata u otro truco derrochador?, publicado este 8 de enero, se analiza la solicitud de la Junta de Control Fiscal (JCF) para que el Gobierno de Puerto Rico le preste a la AEE casi $1,000 millones, dizque para facilitar la privatización del sistema de transmisión y distribución de energía (TD). La petición de la JCF fue anunciada días antes de la semana de Navidad, de manera discreta, como describe IEEFA.

Cathy Kunkel, analista financiera, y Tom Sanzillo, director de Análisis Financiero de IEEFA, advierten de que el préstamo solicitado por la JCF plantea aun más preguntas sobre los ahorros de la privatización del contrato con LUMA para la operación y mantenimiento de la transmisión y distribución por 15 años.  Trae una vez más a la atención que aunque a menudo el contrato se describe como una concesión del sistema de transmisión y distribución, las responsabilidades de LUMA van más allá de la operación del sistema, dado a que, en esencia, LUMA asumirá todas las funciones de la AEE, excepto la operación de las plantas de generación, que la AEE también busca privatizar.

Sin embargo, los analistas señalan que antes de que LUMA pueda comenzar el servicio, el contrato requiere que la AEE les financie cuentas de reserva con cuatro meses y medio de gastos operativos y de capital proyectados, así como dos meses de gastos de combustible y energía comprada. Las cuentas se repondrán mensualmente, presumiblemente, con dinero recaudado de las tasas y fondos federales para gastos de capital.

Pero el hecho real es que la AEE no tiene suficiente efectivo para pagar los gastos operativos anticipados de la transacción con LUMA, lo que explica la necesidad de un préstamo de $894 millones del Estado Libre Asociado. “En teoría, el préstamo estabilizará las finanzas de la AEE y enviará una fuerte señal de que la recién privatizada AEE podrá cumplir con sus compromisos con los proveedores”, apuntan los analistas de IEEFA.

Kunkel y Sanzillo argumentan que el  plan para el préstamo divulgado por la JCF refleja muchos de los mismos problemas que han plagado los intentos anteriores de la AEE de mejorar su posición financiera. “La presentación financiera en el documento no es creíble y plantea más preguntas de las que responde. Y la justificación del préstamo se basa en los ahorros proyectados del contrato LUMA, que están mal documentados y sin mecanismos de rendición de cuentas”, afirman.

El plan plantea tres problemas. El primero, que la presentación financiera de la JCF no es creíble, ya que una de las cuentas de reserva que debe cubrir la AEE es para gastos de capital con fondos federales, que ascienden a $ 283 millones. IEEFA cuestiona que si esta cantidad debe ser financiada por el Gobierno federal, por qué se incluye en el préstamo total del Estado Libre Asociado.

El documento también señala que la AEE tendrá que pagar aproximadamente $ 500 millones en tarifas para salir de la bancarrota del Título III en los próximos dos años. Lo que lleva a cuestionar si este gasto saldrá de las tarifas eléctricas o si la AEE volverá a pedir prestado para pagar las tarifas.

El  segundo cuestionamiento del documento presentado por la JCF es si este implica que el reembolso se puede financiar con los ahorros del contrato. Esto plantea, a juicio de IEEFA, la pregunta obvia de cuánto espera ahorrar la AEE. La respuesta, dice IEEFA, es imposible de saber, y  es claro que  el ahorro no fue un factor determinante en la decisión de privatizar la AEE.

En ese aspecto, recuerdan que en una  solicitud de registros públicos que hicieron IEEFA y CAMBIO, (una organización no gubernamental de Puerto Rico) se encontró que nunca se realizó un estudio de costo-beneficio antes de decidir privatizar el sistema de transmisión y distribución. Además, el contrato de LUMA no exige ningún nivel de ahorro. Incluso las métricas de desempeño financiero que le permiten ganar una tarifa de incentivo adicional se estructuran en torno a que LUMA se mantenga dentro de los presupuestos anuales, no para lograr ningún nivel de referencia de ahorro.

En otra revelación, Kunkel y Sanzillo puntualizan que el único documento público asociado con el contrato de LUMA que estima cualquier nivel de ahorro es un informe de FTI Consulting, publicado como un apéndice al informe resumido de la Autoridad de Alianzas Público Privadas de Puerto Rico (AAP3)  sobre el contrato con LUMA. El informe de la FTI señala que si un operador privado “hipotéticamente” pudiera reducir los costos operativos en un 10 % e “hipotéticamente” pudiera mejorar la eficiencia del sistema en un 10 %, el resultado sería $ 294 millones en ahorros anuales.

“Esta parece ser la base de las estimaciones de ahorro de la Junta, aunque no existe un análisis de cómo se lograrían esos ahorros ni hay ningún compromiso por parte de LUMA para lograrlos”, añaden.

Kunkel y Sanzillo describen como arrogante el tratamiento que de los ahorros hacen la JCF y la AEE y reparan en que no es sorprendente, dado que la AEE no proyectó con precisión los ahorros para la conversión de su planta de San Juan a gas natural ni responsabilizó al contratista del proyecto por lograr dichos ahorros. Se refieren a la planta de Palo Seco de la AEE que operara la empresa New Fortress Energy (NFE).

En tercer lugar,  indica IEEFA,  la JCF presenta una estimación no actualizada  de las tarifas de LUMA, que no refleja las tarifas iniciales más altas requeridas de un acuerdo complementario al contrato.  El uso de la tabla de tarifas correctay las proyecciones de la JCF dan como resultado un ahorro proyectado de $ 44 millones por año durante los próximos siete años.

Esto implica  que algunos de los ahorros hipotéticos tendrán que dedicarse al pago de préstamos. El documento de la JCF, señala IEEFA,  no aborda cuáles son los términos del  préstamo.  IEEFA argumenta que un préstamo del 6 % (comparable a los préstamos que la AEE recibió anteriormente del Banco Gubernamental de Fomento de Puerto Rico) sobre el contrato de 15 años le costaría a la AEE $ 92 millones anuales. Incluso, un préstamo sin interés le costaría a la AEE $60 millones anuales, más que suficiente para eliminar todos los ahorros “hipotéticos” del contrato LUMA.

Kunkel y Sanzillo concluyen que la  iniciativa de transformación de la AEE está en camino de “no generar ahorros, exacerbar el endeudamiento de la AEE, debilitar su fuerza laboral (a través de un contrato que rechaza explícitamente los convenios colectivos existentes) y distraer la atención de las iniciativas de energía renovable. Todo mientras permite a LUMA y sus afiliadas acceso a los casi $10 mil millones en próximos fondos federales para la reconstrucción del sistema de transmisión y distribución”.

Fabiana ( Fita) Jiménez Vera

 

Desde la Junta Directiva y el Colectivo de Trabajo de CLARIDAD, Periódico de la Nación Puertorriqueña, le enviamos un fuerte abrazo al querido compañero, y pasado presidente de nuestra Junta, José (Cheo) Rodríguez Jiménez, por el fallecimiento de su querida madre.

Doña Fabiana, quien fuera sostén y guía de su gran familia de diez hijos y  numerosos nietos y nietas, falleció tras una vida plena en su hogar en San Sebastián, a los 91 años de edad.

A Cheo y su compañera María Rivera, miembro de nuestro Comité Ejecutivo, y a toda la familia Rodríguez Jiménez, vayan nuestra condolencia y solidaridad.

 

 

 

Cómo la guerra llegó a Río Piedras (1935-1936)

En Rojo

En la noche del 5 de junio de 1936, el policía Orlando Colón murió a causa de tres heridas de bala en el momento en que se disponía a subir la escalera que conducía a su santo hogar. Su esposa y su cuñada lo esperaban en el último escalón. El policía no llegó a abrazarlas.

Las autoridades fueron a buscar al Dr. Basilio Dávila a Hacienda Serena. Tuvieron que bregar con el ataque de varios gansos. Como se sabe, las ocas joden más que los perros guardianes, quizás porque son melancólicas y el cuerpo les pide estar en las zonas templadas de Europa en donde protagonizan algunos cuentos y poemas.

 El doctor poseía catorce cuerdas en el Río Piedras rural. Se las había regalado un terrateniente norteamericano -veterano de la Guerra Hispanoamericana- en agradecimiento por haberle salvado un hijo a quien sacaron del agua con algas en la boca allá en la playa de Vega Baja.  La policía conocía bien el terreno. Luego de cruzar el alambre de púas de la entrada y de pelear con los gansos sin disparar al aire llegaron al palacete de la hacienda y llamaron a la puerta. Dávila les recibió en la sala como si fuera al Casino. Traje azul marino, calzado fino y sombrero, sin duda de González Padín. Médico de familia, en vista de que no había especialistas, él haría la autopsia. Que ese palacete fuera tan fuera de serie y sirviera hasta de escenario para telenovelas mejicanas no viene ahora al caso.

Por esas horas, en otro terreno en Río Piedras, arrestaban a Carlos Marchand Paz. No era un desconocido para la policía. Vivía con otros tres facinerosos en una casucha de la finca propiedad de un nacionalista. Allí criaban cerdos, cuidaban cinco vacas, sacaban yautías de la tierra. Marchand aquella mañana de su arresto llevaba la cabellera negra peinada con brillantina Halka, inscrita por un Italo-puertorriqueño de apellido Molinari y que se convirtió en marca de todo galán insular. Que Marchand se peinara como un jugador del Hipódromo Quintana es una sugerencia de mi entera responsabilidad. Lo que sí es cierto es que el juicio contra el joven -veinte años llevaba en su partidura- comenzó en apenas una semana.

La teoría del fiscal -Romany- era que en la noche del crimen el acusado -Marchand Paz- acechó y siguió de cerca al policía mientras éste se dirigía a su hogar. Cuando el uniformado se disponía a subir por la escalera o había ya subido varios escalones, el alegado asesino le hizo dos disparos que le hirieron mortalmente, y que mientras caía en brazos de su esposa, le disparó e hirió por tercera vez. Ese elemento dramático que traía el fiscal le daba al trágico suceso un aire de cine noir norteamericano a la historia. Alguien puede decir que en el 1935 no había ese tipo de cine. Tendría que decir que no y que sí. Porque la verdad es que John Huston dirigió El Halcón Maltés en el 1941, con el cara de póker, Humphrey Bogart y Mary Astor. Pero la primera versión en el cine es de 1931 con un actor que todo el mundo pensaba era mexicano -Ricardo Cortez- pero cuyo verdadero nombre era Jacob Krantz y era judío, de Nueva York. Además, la novela de Dashiell Hammet es del 1930. Pero volvamos a la historia del policía de Río Piedras.

Del testimonio del Dr. Basilio Dávila se desprendía que el interfecto fue atacado por la espalda y que tres balas le penetraron en el cuerpo. A esa conclusión pudo haber llegado el retén del cuartel de Rio Piedras, pero el que tenía 14 cuerdas, un título de doctor y una mansión era don Basilio.  El asunto es que la teoría de Romany se sostenía con la pericia de quien practicó la autopsia. Carlos Marchand Paz habría disparado al guardia mientras este subía las escaleras.

¿Cuál fue el motivo? Sí, porque usted no le mete tres tiros a alguien que va subiendo una escalera porque sí. El fiscal lo tenía bastante claro: el acusado era nacionalista. Mencionó al señor Rafael Burgos que tenía en arrendamiento la finca Los Calocas, a la salida de Rio Piedras, y en donde el acusado Carlos Juan Marchand Paz vivía junto a Cesar Barreras y Antoni Moreau. La defensa usó esto a favor del acusado. Los tres se quedaban en una choza rústicamente construida, dedicándose  a la siembra de frutos menores y al cuido de cinco vacas y un becerro propiedad del Sr. Burgos. Eso no es un crimen.  El fiscal no creía que eran unos jornaleros, no se crean. Decía que tanto el señor Burgos, como los tres jóvenes antes mencionados, pertenecían, según testimonios presentados, al Ejercito Libertador del Partido Nacionalista .  Pero la defensa ripostaba. Vivir en una finca, sembrar frutos menores, cuidar un becerro, pertenecer al Ejército Libertador no te convierten en un asesino.

Para demostrar el probable estado de ánimo del acusado poco antes de la muerte, el fiscal se propuso ofrecer prueba de “unos disparos” que tuvieron lugar en Río Piedras en octubre de 1935 -ocho meses antes de los disparos en la escalera que causaron la muerte de Orlando Colón- y a consecuencia de los cuales cuatro o cinco miembros del Partido Nacionalista fueron muertos por la policía.Cuatro o cinco, habría dicho el fiscal.

Carlos Marchand Paz se levantó de su silla y preguntó si era posible aclarar que era eso de “unos disparos”. No ha lugar. El Fiscal se refería al 24 de octubre del año anterior, 1935. La policía insular asesinó ese día, casi frente a laUniversidad de Puerto Rico, a los nacionalistas Ramón S. Pagán, Eduardo Rodríguez, Pedro Quiñones y José Santiago. El único nacionalista sobreviviente, Dionisio Pearson, fue acusado de asesinato, atentado contra la vida, portación de armas e infracción a la Ley de Explosivos. Esa es otra historia.

Se alegó que el día de esa masacre, Carlos Marchand estaba por los alrededores. Los policías, una vez realizaron la masacre, entre la celebración y el llamado del deber, descuidaron la escena. Marchand se acercó y creyó ver que uno de los abaleados estaba vivo. Se acercó. El herido alcanzó a decir “toma el reloj”. Otra frase se ahogó con la sangre y solo alcanzó a escuchar “don Pedro”. Aflojó la correa del reloj del herido y se lo hecho al bolsillo. “¡Hey, ¿qué carajo hace?” Habría preguntado a gritos el policía Orlando Colón, apuntando su arma. “ Creo que está vivo”, dijo Carlos. “¡Qué va a estar vivo!” Lo movió con el pie. No. Ya no estaba vivo. El único que estaba vivo, como ya se ha dicho, era Dionisio Pearson. Y como se acercaban ya varios curiosos no hubo oportunidad de rematarlo. La señora que vivía justo en el edificio frente al cual ocurrió la balacera había salido a la calle. Lo había visto todo.

Marchand, entonces, podía haber identificado a Colón. Lo tuvo de frente. Cerca. Éste le había apuntado con su pistola. El fiscal pudo apropiarse de esa suposición. Lo cierto es que se alegó que al ser arrestado, en diciembre de 1936, Carlos Marchand entregó al periodista Enrique Ramírez Brau el reloj de uno de los nacionalistas muertos en Río Piedras, José “Pepito« Santiago, con las siguientes instrucciones:

“Hágame el favor de entregarle esto a don Pedro Albizu Campos; le dice que ése es el reloj de Pepito Santiago, que se lo envía Carlos Marchand Paz”. Ramírez Brau era periodista, historiador y poeta modernista. Estaba en todos los lugares importantes en los momentos más adecuados. O inadecuados, según sea el modo de interpretar los sucesos. Pocos meses antes, 23 de febrero de 1936, y mientras atravesaba la calle frente a la iglesia en el Viejo San Juan con una gallina en una mano y su hija en la otra, habría saludado al Jefe de la Policía Insular, Elisha Francis Riggs. Este lo invitó a almorzar, pero la gallina que llevaba el periodista poeta era más urgente para el almuerzo familiar. Poco después, Ramírez escuchó un disparo. Como el veterano periodista era de los de antes, corrió. Es decir, corrió hacia el lugar de donde venía el disparo. Pudo ver el cadáver de Riggs como un maniquí mal puesto en el asiento trasero de un auto. No había  nadie arrestado en los alrededores así que volvió a correr. Esta vez se dirigió al cuartel del Viejo San Juan y entró intempestivamente. Lo que vio allí es otra historia. La que trato de narrar es ésta, de cómo le entregaron el reloj de Pepito.

Carlos Marchand Paz, luego de alegar su inocencia, fue llevado a juicio el 11 de diciembre de 1936, y siete días más tarde convicto por un jurado del delito de asesinato en segundo grado. La Corte de Distrito de San Juan, luego de declarar sin lugar una moción de nuevo juicio, le sentenció a veinte años de presidio con trabajos forzados. Ese no es el final del asunto. Quedan cabos sueltos. A mí no me corresponde atarlos.

Norberto James, el hombre de la multitud

Por Néstor E. Rodríguez

 

“Observa hijo cómo rasguña

el mar las orillas de la playa

cómo a dentelladas húmedas

impone su reino salobre”

Esta lección que Norberto James ofrece a su hijo condensa en sus poderosas imágenes toda una pedagogía del vivir del exiliado. La voz del poeta, confundida aquí con la brega de ese mar inconmovible, arropa con su luminosidad la memoria de los días idos. Según se desprende de las líneas que completan el poema, lo que queda de ese gesto afincado en la lejanía no puede ser menos que una ganancia: “Cuando canta el mar/ se embriaga de sol la brisa/ se cuela su música amarga/ entre blancas cortinas de agua/ y construye la distancia/ con invisibles partículas/ de transparencia diurna”. El poeta exige una lección sencilla de humanidad: saber escuchar esa “música amarga” de nuestro mar más próximo.

¿Y qué le dice el mar a Norberto James? Como para Derek Walcott, ese otro inmenso bardo antillano, el Caribe es el depositario de heroicas historias personales, de batallas por la supervivencia en un espacio en donde la subyugación muestra sus más ruines matices. Ese mar narra así una historia que no escamotea la realidad calamitosa que padecen los hijos de las islas.

El poeta conoce bien los detalles de este relato. Ese Caribe arrastró consigo a sus antepasados de Jamaica, los James de Ocho Ríos, hasta el polvo del Ingenio Consuelo y su miseria. La misma suerte corrieron los Rawlings para llegar a los bateyes aledaños a Macorís del Mar desde Roseau, en la Dominica de los antiguos caribes, y los algodonales del sur de los Estados Unidos.

A la recia estirpe de los cocolos le dedicó el joven Norberto su más grande creación: “Los inmigrantes”. Los versos iniciales de este himno a uno de los más notables componentes de la cultura dominicana compendian la materia que refulge a lo largo de su obra: “Aún no se ha escrito/ la historia de su congoja./ Su viejo dolor unido al nuestro”.

Ciertamente, la pulsión agónica que rezuman estos versos celebratorios del acervo proveniente de los inmigrantes de las Antillas de habla inglesa marcará no solo los textos de ‘Sobre la marcha’ (1969), su primer poemario, sino toda su producción. Este rasgo de la poética literaria de Norberto se une a la finura de su artesanía para hacer de su obra, junto a la de Pedro Mir, el estadio más alto de la poesía social dominicana.

 

II

“¿Qué estandarte defender

sino el de los sencillos?”

Nacido en el Ingenio Consuelo en 1945, Norberto creció en el seno de una familia obrera con raíces en Jamaica, Trinidad, St. Kitts y el sur de los Estados Unidos. Las lenguas del hogar y de sus juegos infantiles fueron el inglés y el patuá. No es hasta la edad de diez años, cuando la familia se traslada del batey a San Pedro de Macorís, que el poeta llega a dominar el español.

Al abandonar la provincia en 1963 para proseguir estudios de pintura y música en Santo Domingo, Norberto se llevaba consigo el paisaje de carencia y marginalidad que le resultaban familiares. Pudo comprobar que el cuadro no era menos áspero en la ciudad capital, en donde el grueso de la población sobrevivía en la más absoluta escasez. Fue testigo del optimismo generalizado que produjo el gobierno de Juan Bosch y de la profunda desazón ciudadana al ver cómo esa esperanza se perdía víctima de la avaricia de los grupos de poder.

Cuando ese pueblo históricamente pisoteado se levantó en armas para reclamar el regreso al único estado de derecho que les había reconocido una plena existencia política, Norberto sabía que el único estandarte a defender era “el de los sencillos”. Poco tiempo después legitimaría ese compromiso integrando el Comando de la Escuela Argentina durante la segunda invasión estadounidense a la República Dominicana, en junio de 1965.

En el momento que la injerencia directa del gobierno de los Estados Unidos catapultó a Balaguer a la presidencia del país se establecería la más cruenta represión hacia la militancia izquierdista que ha conocido la historia nacional. Como militante del Movimiento Popular Dominicano, padeció en carne propia la persecución política y, como muchos otros jóvenes que profesaban ideologías revolucionarias, entendió que la única manera de salvar la vida era tomando el camino del exilio.

En 1972, gracias a la mediación del Partido Comunista Dominicano, logra salir del país. Recorrió un accidentado periplo que lo llevó a Madrid, París, Praga y finalmente La Habana, en donde estudió filología hispánica. En 1979 emprende el regreso a su país vía Panamá. Allí se entera que el gobierno dominicano había decretado un impedimento de entrada contra su persona. El mismo no sería derogado hasta el año siguiente, cuando por fin pudo retornar a Santo Domingo.

El cuadro que encontró tras esa larga ausencia reafirmó las inquietudes de renovación social que lo habían ocupado desde su llegada a la capital en 1963. En el Santo Domingo de principios de los años ochenta, Norberto pudo comprobar cuán predecible seguía siendo el accionar de los políticos y las élites, más preocupados por mantener la vigencia de su dominio que por impulsar agendas que garantizasen el desarrollo de bienes sociales; cuán poco quedaba de los afanes utópicos por una sociedad más igualitaria, cuán patético era el espectáculo de una izquierda desgajada y con sus antiguos dirigentes ocupando altos cargos administrativos en el gobierno y la empresa privada.

Uno de los textos que conforman ‘Vivir’ (1981), su tercer poemario, compendia el renovado empeño transformador de su artesanía frente a semejante estado de cosas: “Del pasado ha de recuperarse/ lo que tienen de valor/ la ira del torturado/ la cólera del desterrado/ la milenaria brega/ las pautas del sacrificio”. La pulsión utópica de su poesía no mermará aun cuando el desasosiego de la vida en la isla le obligue a una nueva mudanza en 1982. Becado por la Boston University para cursar estudios doctorales en literatura, Norberto se establecerá definitivamente en los Estados Unidos. Allí impartirá docencia en el Boston College y luego en la mítica Boston Latin School.

III

“Sobre la marcha

vamos construyendo el canto”

Al ponderar el lugar de la poesía en la sociedad contemporánea, Alfredo Bosi defiende de ella el carácter de resistencia y transformación que le confirieron principalía en las sociedades del mundo antiguo. El pensador brasileño ve desplazadas estas propiedades ante el empuje del materialismo rampante: “la extrema división del trabajo manual e intelectual, la Ciencia y, más que ella, los discursos ideológicos y los estratos domesticados del sentido común llenan hoy el inmenso vacío dejado por las mitologías. Hoy, es la ideología dominante la que le da nombre y sentido a las cosas”.

Justamente, la poesía de Norberto, desde ‘Sobre la marcha’ (1969) y ‘La provincia sublevada’ (1972) hasta ‘Vivir’ (1981), ‘La urdimbre del silencio’ (2000), ‘Patria portátil’ (2007) y ‘Oscuro amor’ (2010), se enfrenta con garra a esta desalentadora constante epocal. Y es que, como el antiguo arte de los “griot”, los relatores del África occidental, su admirable producción puede leerse como testadora de una memoria que no encuentra cauce en las lecciones escolares, los encabezados de la prensa dominical y los planes de nación de los políticos de turno. La persona poética de estos versos se confunde con los sujetos menos visibles de la sociedad para augurar una redención posible: “Yo no soy un extranjero más./ Soy sencillamente uno de ustedes”.

Hay que valorar la magnanimidad de ese gesto frente a la poca atención que los críticos le han prestado a su obra. A ellos, y a todos nosotros, nos amenaza con dulzura, persistente y severa, la poesía de Norberto James Rawlings.

Selección de poemas de Norberto James Rawlings (1945-2021)

 XVI

Yo no soy un extranjero más.

Soy sencillamente uno de ustedes

Con la mínima diferencia

de los libros subrayados

con una sonrisa

brevemente trazada.

En mí -como en ustedes-

no hay paz

solo la insistente y milenaria

angustia que heredamos

solo el aprendido miedo a las

palabras

que

sobre la marcha

vencemos.

 

(Sobre la marcha, 1969)

XI

Yo no tuve libros

ni bicicleta.

Toda la poesía de los días

logré captarla

en difusos colores

de lápices ajenos

sólo fue mía

la temprana edad de lo triste

la antiquísima soledad del hombre

las tibias noches del puerto

la sal marina

la brisa

y un incansable amor a la vida

y a la música que la hace posible.

Yo para mis sueños

no tuve protección suficiente

y como hojarasca

rodaron muchos anhelos.

(Sabor de almendra tierna tuve

por muchas horas).

La angustia

fue como ineludible signo heredado

la soledad marco permanente

de toda alegría en asomo.

(La provincia sublevada, 1972)

Lección

Observa hijo cómo rasguña

el mar las orillas de la playa

cómo a dentelladas húmedas

impone su reino salobre

Cuando canta el mar

se embriaga de sol la brisa

se cuela su música amarga

entre blancas cortinas de agua

y construye la distancia

con invisibles partículas

de transparencia diurna.

(Patria portátil, 2004)

 

 

Hostos. Memoria presente

 En la Zona Colonial de la ciudad de Santo Domingo, capital de la  República Dominicana, se encuentra el Panteón de la Patria. En ese edificio que data del siglo XVIII descansan los restos de personas que han tenido un lugar importante en su historia. El Panteón se encuentra en la calle de Las Damas y muy cerca de la plaza de España. Ese es el lugar en el que ese país honra a los héroes de esa patria.

Allí, invariablemente y como quien ceremonialmente visita su templo, o más apropiado, quien inicia cada visita con un saludo diplomático formal, entraba Alberto en cada oportunidad que tuvimos de visitar esa capital. Y fueron muchas. Apenas nos registrábamos en un hotel que le queda muy cerca, sin hacer otra cosa antes, le acompañaba a ese saludo personal. Distinta a la visita que se hace a un templo, la de Alberto era una visita a una parte de la historia de la isla vecina a la que se sentía hermanado por razones personales, de historia y convicción política, como lo fueron muchas cosas en su vida.

 A ese lugar de honor entrábamos a dar una vuelta, observar los saludos de la guardia permanente en el sitio, caminar por el centro y al final virar a la izquierda para detenernos un rato, a veces en silencio, otras compartiendo su pensamiento sobre Hostos. Frente al lugar prominente donde ese pueblo hermano coloca al puertorriqueño Eugenio María de Hostos. En alguna ocasión coincidimos en esa visita con la fecha en la que los niños dominicanos con una ceremonia formal en el Panteón Nacional celebran la presencia e importancia de Hostos en su país. Es siempre un lugar que conmueve al visitarlo y recordar que nosotros no tenemos uno y sobre todo pensar en el por qué.

En un día como hoy -11 de enero de 2021-, y en otras fechas los escolares, padres y maestros y otros cientos de personas visitan el lugar deteniéndose frente al monumento en su honor. Impresiona estar allí cuando eso sucede y al mismo tiempo nos acompañaba la tristeza al recordar que veníamos de la isla donde nació Hostos, a la que amó, en la que luchó por sacar de la ignorancia y encontrar un futuro mejor y dónde no se le reconoce en su importancia ni sus hijos aún le rinden como pueblo ese honor ciudadano.

Sin embargo, no todo es tristeza porque Hostos se sentía más presente cada vez que aprovechábamos otras celebraciones patrias del país para visitar el lugar donde en ocasiones Alberto se tropezaba con algún compañero de luchas políticas estudiantiles o internacionalistas. En esas ocasiones invariablemente se compartían horas poniéndose al día con los detalles de la política de ambas islas. Hostos sigue reuniendo a muchos, ya sea con sus ideas o con su presencia en la historia de muchos.

Esos días terminábamos felices porque en cierto modo sentíamos, que además de participar de unos encuentros y abrazos del entusiasmo, remirábamos las ideas que permanecen de distintos modos en nuestras identidades. Queríamos pensar y quiero pensar que en las coincidencias en la historia y en el presente, la hermandad y los afectos que nos amarran a los tres en lo común, esas ideas muy materiales antillanistas que se ven y se sienten, son las que posibilitan el alcanzar los sueños de estas tres islas. Funcionan además como definición central de lo que somos y queremos ser, y que siguen vivas.