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Esta semana en la historia

 

23 de abril de 1936

Proyecto Tydings (primero)

El senador estadounidense, Millard Tydings, de Maryland, presentó en el Congreso de los Estados Unidos, un proyecto de ley ofreciendo la independencia a Puerto Rico, con condiciones onerosas. Aún así TODO el liderato político de la Isla lo apoyó. Luego en el Congreso quedó sin aprobación.

24 de abril de 1965

Insurrección cívico-militar dominicana

Tras el fin de la sangrienta dictadura trujillista jura como presidente de la República, electo mediante el voto popular, el profesor Juan Bosch, quien poco tiempo después es derrocado por la Casa Blanca, la CIA y la oligarquía nativa. La joven oficialidad del ejército comenzó a preparar un plan que perseguía restituir a Bosch y poner en vigor la Constitución de 1963. Esta insurrección antimperialista fue abortada por tropas yankis que invadieron la república vecina el 1 de mayo de ese año.

26 de abril de 1933

Nace Filiberto Ojeda Ríos

Nace en Naguabo, Puerto Rico, músico y revolucionario. Durante su etapa juvenil, se interesó por la música. Tocaba trompeta y la guitarra.

En 1961 se muda con su familia a Cuba, la trayectoria revolucionaria de Filiberto comenzó temprano en la década de los sesenta, cuando recibió entrenamiento y sirvió a los cuerpos de inteligencia y espionaje de la revolución cubana. Por esto, al dirigente independentista se le conocía como «el G-2 cubano» (en referencia al Departamento de la Seguridad del Estado en ese país).

Un año más tarde regresó a Puerto Rico. Fue contratado por como trompetista para la Sonora Ponceña, tocó con esta banda hasta que decidió irse al clandestinaje para luchar por la independencia.

En 1967 Filiberto fundó y dirigió el Movimiento Independentista Revolucionario Armado (MIRA), en los 1970’s esta organización fue descubierta y desbandada por la policía y Filiberto fue arrestado. Después de este salir de prisión, en Nueva York junto otros miembros de MIRA fundó el Frente Armado de Liberación Nacional (FALN).

En septiembre 12 de 1983, la organización clandestina Los Macheteros asaltó un camión de la Wells Fargo y le robaron alrededor de $7 millones, dinero que en su mayoría fue utilizado para ayudar a las comunidades y sostener la lucha armada. A finales de esa década, Filiberto es arrestado por ese y otros actos.

En 1988 un jurado puertorriqueño lo encontró inocente por cargos de resistir a un arresto, pero el gobierno federal condicionó la libertad de Filiberto -mientras intentaban procesarlo por otros cargos- a que este se pusiera un grillete electrónico y tener que reportarse continuamente a las autoridades, esto hasta septiembre 23 de 1990 cuando Filiberto se quitó el grillete y volvió al clandestinaje.

El 23 de septiembre de 2005, más de 200 agentes del FBI rodearon su casa en la localidad de Hormigueros con la intención de capturarlo.
Ojeda, de 72 años, enfermo del corazón, eligió morir combatiendo con honor, defendiendo a su esposa contra decenas de asesinos a sueldo. Se produjo un tiroteo en el que un agente del FBI resultó herido, Ojeda fue alcanzado por varios disparos, sus asesinos lo dejaron morir desangrándose en el suelo durante varias horas, negándole atención médica. Los medios de comunicación internacionales cubrieron su asesinato.

Miles de personas le despidieron como a un verdadero héroe durante el funeral que tuvo lugar en Naguabo.

27 de abril de 1994

Fin del Apartheid

Tras años de lucha y presiones internacionales, en Sudáfrica se celebran las primeras elecciones multirraciales libres, donde los varones y mujeres de extracción negra pueden votar, (antes solo votaba la población «blanca» o eurodescendiente), poniendo fin al período conocido como apartheid.

 

28 de abril de 1979

Asesinan a Carlos Muñiz Varela

Carlos Muñiz Varela, joven cubano que fue traído a Puerto Rico en 1960 a los siete años de edad.

A consecuencia del diálogo y la nueva política de la Revolución hacia el exilio, fomentó los viajes de cubanos residentes fuera de Cuba para visitar sus familiares y logró la representación del turismo cubano en Puerto Rico. El 21 de diciembre de 1978 llevó a Cuba los primeros 90 pasajeros cubanos de Puerto Rico, cifra que ascendió a 2,500 al momento de su muerte, a pesar de las amenazas terroristas.

Carlos Muñiz Varela fue tratado como el enemigo número uno de un sector del exilio cubano y la violencia en su contra no cesó hasta su asesinato el 28 de abril de 1979, acabando así con la prometedora vida de este joven de apenas 26 años de edad. Nadie ha sido acusado por este crimen.

A su muerte dejó dos hijos, Carlos Muñiz Pérez de 5 años y Yamaira Muñiz Pérez de unos meses de nacida.

 Fuente principal: página de FB de Darío Ortiz Seda

 

Barco grande, ande o no ande

 

Beatriz Llenín Figueroa/Especial para En Rojo

 

En mi último año de escuela superior, la mayor parte del grupo organizó un viaje “de la clase” a Cancún. No recuerdo bien si la negativa de mis padres a que yo fuera respondió a las premisas que orientaban su estilo de crianza, a que el paquete de la compañía de viajes era muy caro para nuestras finanzas, o a ambas. El caso es que –junto a las familias de otras cuatro amigas– propusieron que nos fuéramos en un crucero “por el Caribe,” de modo que nosotras pudiésemos también tener un viaje como regalo de graduación. Mis amigas y yo fuimos felices con la idea, y hasta hoy agradezco los esfuerzos que supuso para mi familia llevarla a consecución.

A mis 17 años –y en vista de que nada de esto formaba parte del currículo escolar–, apenas sabía algo del capitalismo, la colonización, la esclavización, el hecho que la industria turística fuera una forma de neocolonialismo en el Caribe, la grave huella ecológica de nuestra especie (¡y del negocio de los cruceros!), ni de tantas otras cosas. Pero cuando el crucero de Carnival retornó al puerto de San Juan, supe que nunca más me montaría en un aparato de aquellos.

Había “disfrutado” el viaje, si solo se considera la forma de alegría y placer que empaca el capitalismo salvaje tal como lo hace con cualquier mercancía. En los cruceros se come y se bebe como si la comida y la bebida cayera del cielo o saliera del agua a todas horas. En los cruceros se va de fiesta todas las noches porque siempre hay conciertos y shows–charritos todos los que yo recuerdo, por cierto. En los cruceros se tiene un pajama pari móvil del que te despiertas en camarotes con olorosas toallitas en forma de jirafa o perrito y nunca ves quién las hizo. En los cruceros se está en la piscina lapachando “el gozo” en medio de la inmensidad inabarcable del océano. De los cruceros una se baja todos los días en un set de cine de la “isla tropical” con los “cuerpos tropicales” y las “bebidas tropicales” y las “trenzas tropicales.” Cuando retornas a tu propia “isla tropical,” te das cuenta que también está empacada y que, no importa cuántas fotos y vídeos hayas tomado esa semana “para recordar,” eres incapaz de sostener en la memoria distinción alguna entre una u otra de “las islitas” que supuestamente visitaste. Esta tiendita, ¿dónde fue? Esta playa, ¿cuál era? ¿Qué historia aprendí? ¿Qué economía apoyé? ¿A quién (verdaderamente) conocí?

Si estás en un crucero de los no exclusivos (y, por tanto, de los gigantescos) como la opción barata de hacer turismo y tener vacaciones –era el caso nuestro y sigue siendo el de tantísima gente todos los años–, ni siquiera comes y bebes en “las islitas” porque la comida y bebida están incluidas en el crucero. ¡¿Para qué vas a gastar de más?! El barco hasta te vende los paquetes de paseos en “las islitas,” por lo que un jugoso porciento de ese dinero, ¡también va a la línea de crucero! La cosa es tan obscena que los cruceros viajan con “banderas de conveniencia,” esto es, con la bandera del país que les ofrezca el mejor deal. Ese país puede ser Bahamas, pero sabemos que los dueños verdaderos no están ni cerca de ese archipiélago (o quizá lo estén si son dueños de algún islote o tienen allí su casa número diez mil para vacacionar).

Las corporaciones de cruceros tienen, además, un atroz record laboral. Un reciente reportaje de Mark Matousek en Business Insider informa que la mayor parte de los contratos son de seis u ocho meses para trabajar siete días a la semana por no menos de doce horas diarias. Lo más que puedes ganar trabajando en tales condiciones son $2,000 al mes, pero puede ser tan miserable como $550. Por supuesto, reporta Matousek, los “mercados” de trabajadores para esa explotación son, principalmente, poblaciones en extrema necesidad económica, tales como las del Caribe, las Filipinas y Europa oriental. El periodista añade que solo el 5% de empleados de cruceros es estadounidense y que ese porciento tiende a tener los mejores trabajos, como director de barco o figura de entretenimiento. Por su parte, The Intercept informa que el impuesto por persona que desembarca en los países caribeños que han volcado sus economías al obsceno turismo de lo tropical es, casi invariablemente, menos que lo que le cuesta al país mantener las instalaciones que las compañías de cruceros exigen para detenerse allí. Alleen Brown, la periodista a cargo de ese reportaje, añade que “las islas caribeñas han intentado exigir colectivamente impuestos justos, pero hasta ahora, la industria ha tenido éxito con la estrategia de divide y vencerás, por lo que toda la región está a los pies de las corporaciones.”

En resumidas cuentas, dejamos en los países que “visitamos” en crucero una estela de explotación económica, racial, ideológica y, muchas veces, sexual. Abalanzamos sobre “el paraíso” más y más degradación ambiental que, irónicamente, lo destruye. Además, lo expone, cada vez más dramáticamente, a los efectos colaterales de la crisis climática –como es el caso de los huracanes supercharged– y ecológica –como es el caso del aumento en riesgo de transmisión y contagio de virus por el desplazamiento de especies y la toma de sus hábitats. Reforzamos el cruel imaginario de “sol y playa” a nuestro servicio para “escapar del frío” u “olvidar las penas,” como si allí no viviera gente y con tantas o más penas. Si acaso, quizá aportamos dos o tres chavitos a la economía local por el bultito, la camiseta y el llavero hechos en China con muchos colores, palmitas y atardeceres. Si tenemos un chin más para gastar, tal vez dejamos par de pesitos con la compra de botellas de ron local, pues nos encanta vivir el cuento de “las islitas” de la intoxicación. Si lo forzamos en Vieques y Culebra, ¿cómo no hacerlo en Aruba?

En estas semanas del triple del trabajo porque es a distancia, de encierro, pánico y mucha reflexión, leo con horror las múltiples noticias de cruceros que, como el Costa Luminosa (que es de Carnival), se han convertido en focos móviles de infección y contagio del COVID-19. Se vuelve trágicamente evidente, así, la continuidad entre los barcos de la conquista de la era moderna y los barcos de la conquista de la era contemporánea. Por vía de los primeros, arribaron a nuestro hemisferio, en un prolongado golpe de siglos y, al mismo tiempo, en un garrote instantáneo, enfermedades desconocidas que mataban diariamente miles de personas, el capitalismo mercantil de la más honda y grave “acumulación primitiva” y la esclavización, el genocidio y la misoginia más abyectas y extendidas de la historia de la especie. En los segundos, esa historia está pasteurizada y los descendientes de los primeros –como yo– nos podemos montar. Pero los efectos de la pandemia que vivimos y morimos hoy se manifiestan también, simultáneamente, a largo plazo y de cantazo. Seguimos cargando y difundiendo por tierra, por mar y ahora también por aire, la destrucción. Y seguimos prefiriendo el barco grande, aunque no ande.

 

Referencias

Alleen Brown, 14 de marzo de 2020, “The Cruise Industry Pressured Caribbean Islands to Allow Tourists Onto Their Shores Despite Coronavirus Concerns”

https://theintercept.com/2020/03/14/coronavirus-cruise-ships-caribbean/

Mark Matousek, 3 de abril de 2020, “Working on a Cruise Ship Can Be Brutal –But Two Lawyers Who Represent Cruise Workers Explain Why Even Terrible Cruise-Ship Jobs Can Be Attractive”

https://www.businessinsider.com/why-cruise-ship-workers-take-brutal-jobs-2018-11

¿Por qué le dicen  horas muertas?

 

Por Juan Forn

En el bombardeo de mails y wasaps cotidiano veo muchos de sitios donde descargar libros gratis –además de algunos miserables que ofrecen libros con descuento. Libros, muebles, zapatillas, lo que sea, ¡incluso pasajes! ¡Aproveche nuestra oferta hoy! Increíble. No hablemos ya de viajar, pero ¿hay alguien aprovechando estos días para comprarse un sofá, un freezer, una caja fuerte?

En cuanto a los libros, me impresiona un poco esa ansiedad general por avisar a todos tus contactos que hay tal página con libros gratis. Me permito hacer una sugerencia al respecto: ¿qué tal si rompemos la lógica de la acumulación? Todos tenemos en nuestras casas más libros de los que hemos leído. ¿No les alcanza con ésos? ¿Por qué creen que necesitan más?

Otra sugerencia: dejen las pantallas un rato; lean en papel. En lo posible lean con lápiz en la mano, para marcar lo que les gusta. Y si pueden, anoten después en un cuaderno las frases que más les gustan de lo que subrayaron. Algún día les va a dar una alegría abrir ese cuaderno y encontrar esas frases.

Lo que me lleva a pensar en algo que venía rumiando hace tiempo: qué loco que cuando los libros están en el estante de la biblioteca, de canto, pierden parte de su efecto. Con sólo sacarlos del estante y dejarlos apoyados en la mesa alcanza para que empiecen a irradiar más energía. Y si los abrimos, apenas abrirlos y leer una frase al pasar, ya está: ya empiezan a cumplir plenamente su función. Así como se airean las frazadas después de tenerlas todo el verano en el fondo del placard, así deberíamos airear los libros que tenemos en casa: aunque sea de a uno o de a dos. Y al pasar caminando a su lado, abrirlos y leer una frase cualquiera, como quien lee su horóscopo en el diario.

En estos días no paro de acordarme del consejo que le dieron a Chatwin: recupere el horizonte, mire de lejos además de mirar de cerca (Chatwin trabajaba en Sotheby’s tasando obras de arte y creía que se estaba quedando ciego). Ya sé que es más complicado en la gran ciudad, pero igual: si no tienen árboles para mirar, si no se alcanza siquiera a ver el cielo desde donde están, miren un rato el paso de la luz sobre los objetos. Después de la impaciencia viene la paciencia, le oí decir una vez a una mujer muy sabia.

Pero no crean que les hablo desde arriba de un banquito: yo no llegué ni ahí a la paciencia, todavía. Ayer leí que Messi y el Pep Guardiola y Federer donaron un millón de euros. ¿No debería haber más millonarios cediendo unas migajas de su fortuna para ayudar en esta desgracia? Pienso a escala nacional. Y no sólo en Costantini, Pérez Companc, Nicky Caputo, Macri o Bulgheroni, sino en los dos o tres ricachones que hay en cada localidad argentina, de una punta a la otra del país. En cambio, acá en Gesell, un par de esos ricachones, dueños de complejos u otros emprendimientos en Mar de las Pampas hicieron un llamamiento pidiendo que se declare emergencia económica y se los exceptúe de pagar los impuestos y tasas municipales. Yo sé qué haría con esos muchachos: les regalaría un libro a cada uno, si pudiera salir. Eso sí: se los dejaría en la puerta de sus casas, para no contagiarme.

Reproducido de www.pagina12.com.ar.

 

Coronacrónica #1 Hacer compra, un asunto serio

Por Ana Nadal Quirós/Especial para En Rojo

El sentido común -quiero pensar- puso en efecto la prohibición de excursiones familiares a Walmart y los viacrucis de góndola a Sams. Ahora el asunto es serio; lo que solía ser una faena o pasatiempo -para muchos mayores como mami- de lo más inofensivo, se ha convertido, de golpe y porrazo, en una actividad de alto riesgo. Entrar al supermercado es casi como cruzar un campo de minas; no sabes cuál será el producto que toques y te haga explotar. Pero hay que comer. Por eso, en estado de emergencia, lo ideal es que vaya una persona por familia a la vez. Si va a haber bajas, mejor que sean pocas.

La tensión se siente desde que apagas el carro. Tienes todo, la cartera, la lista, las bolsas de compra…, te bajaste y cerraste. A mitad de camino tienes que volver; se te olvidó el hand sanitizer. En tiempos de guerra, salir sin un arma es condenarte a muerte. ¿Quién sabe si el guineo que vas a escoger ya está coronado? No pasa nada, que para eso están los guantes. Pregúntale, si no, al señor que estornudó en los suyos y luego cogió un aguacate “para ver si está maduro”. Pero ¿por cuál góndola empiezas? Preferiblemente por la menos concurrida. Si coincides con varias personas -que es lo que seguro pasará- coge aire antes, intenta agarrar lo que buscas y atraviesa la góndola sin respirar, no vaya a ser que una tos imprudente te corone a ti también. Muy importante: el ojo te va a picar más que nunca.

Dentro del supermercado, todos somos sospechosos; la estrategia es intentar avanzar sin que se te note la paranoia. Si quieres evitar cruzarte con alguien, haz como que se te olvidó una cosa y da reversa; en situaciones como esta, la gente está muy vulnerable. El otro día, cuando fui a coger un paquete de apio, un muchacho que estaba en los tomates salió huyendo; cuando quise darme cuenta, ya estaba a dos góndolas de mí. Tuve que darme la vuelta para que no me viera riendo.

Lo hiciste brutal, cogiste la caja de cornflakeque está detrás de la tercera, las latas de habichuela de la fila de atrás e, incluso, el penúltimo paquete de papel de inodoro (¿algún influencerque pueda explicar esta nueva tendencia apocalíptica?). Ya tienes todo lo que buscabas y te sientes triunfadora…hasta que vas a pagar. Todas las cajas están llenas y la distancia física recomendada se cumple con la misma rigurosidad que el ex secretario de Salud informando sobre el virus. Por alguna razón vergonzosa te sentiste más segura poniéndote detrás de la señora de la canasta discreta, que del tipo con chancletas y talones curtidos que entre los nuggetsy los plátanos lleva un arsenal de cervezas para enfriar.

En lo que llega tu turno, aprovechas para novelerear. Y de repente, como un fogonazo divino, tienes una epifanía: las crayolas para el nene, el sacapuntas, un jabón de la cara y una cremita de cacao para las manchas, también te hacen falta. Menos mal que lo tenías a mano; una lástima que no vendan tinte para las canas.

El cajero -pobrecito, parece que lo enviaron al paredón-, te balbucea un “buenos días” que casi ni se escucha y tú respondes igual, supongo que por consideración; pero ¿cuál realmente es la ganancia si igual te tienes que resignar a que manosee los productos para poderlos cobrar? Varias veces has tenido que mirar hacia atrás; un carrito no para de chocarte las nalgas. Su dueña -que se subió la mascarilla para hablar mejor por el celular- no se ha dado cuenta que su comodidad -la de apoyar el pie en el carrito- va en detrimento de tu espacio vital. Pero nada, en estas circunstancias es preferible ese acoso involuntario que sentir en el cuello un aliento caliente.

¿Tarjeta o efectivo? Tarjeta. No tienes opción; sabes que hundirás tu dedo -qué más da que sea con guante o envuelto en un recibo viejo- en el maravilloso e invisible mundo de los microbios. Llegados a este punto, no hay marcha atrás. Los tuyos tienen que comer.

De vuelta a tu carro, te invade un pensamiento, “y, ahora ¿por dónde empiezo? ¿limpio las llaves o me quito los guantes primero?” Esa es la cuestión…

 

 

La autora (Puerto Rico, 1980) cursó un doctorado en literatura española e hispanoamericana en la Universidad de Salamanca, España, donde residió por más de una década. Allí publicó sus primeros cuentos y nació su hijo Lucas. Durante esos años, incursionó en el periodismo en calidad de colaboradora y correctora en diversos medios como El Mundo y la Revista de la Asociación Española de Informadores Gráficos de Prensa y Televisión (ANIGP-TV).En el 2009 obtuvo el Premio Internacional de Microficción Dramatúrgica Garzón Céspedes (Cuba/ España) por el monólogo “El zapato”. Tiempo después, mientras escribía su tesis, criaba a su hijo y trabajaba corrigiendo otras tesis de estudiantes chinas e italianas, vio la luz su estudio sobre la poesía mística del poeta nicaragüense Ernesto Cardenal, Ernesto Cardenal: la expresión poética de la experiencia mística (Anamá, 2014). Actualmente se desempeña como profesora del Departamento de Humanidades de la Universidad de Puerto Rico en Ponce, a donde volvió, sin querer, el año que la isla fue azotada por María.

 

 

En memoria del maestro que fui

El autor en Macbeth.Foto Ricardo Alcaraz

#LA ESCUELA ESTA ABIERTA

Por Carmelo Santana Mojica/Especial para En Rojo

 Siempre quise ser maestro. Incluso cuando mi padre quería que estudiara Farmacia, le dije a mi madre que le regalaría el diploma de farmacéutico, pero estudiaría para ser maestro. Mi madre me contestó: “Tu padre no va hacer nada con un diploma en la pared. Estudia lo que quieras, pero nunca olvides que somos pobres y tienes que estudiar algo de lo que puedas vivir.” Por eso solicité a la Universidad para ser maestro de francés y teatro. (¡Horror, dos cosas inútiles para mi padre!) Era un esfuerzo por tener posibilidades en dos disciplinas que me interesaban por igual; pero en el camino, ya se sabe, todo cambia y me gradué de maestro de teatro.

Lo maravilloso de ser maestro de teatro y enseñar lengua y literatura en español durante 25 años ha sido que cada día, cada clase, es “como si” subiera a escena. Lo maravilloso del teatro es que ocurre “ahí” frente a nosotros, entre nosotros (quien interpreta y su público). Ahora me toca esconderme detrás de una pantalla, escribir en vez de hablar, buscar nuevos materiales para cumplir con los mismos objetivos, darme cuenta que mis estudiantes siguen ahí, imaginarme que me entienden porque eso significa su silencio…

No es que a los 63 años no pueda aprender a enfocar una cámara, es que mi computadora no tiene cámara. No es que no pueda comprar un libro por Internet, es que nunca lo hago porque me niego a poner el número de mi tarjeta en no sé dónde, para que lo use no sé quién. No es que no quiera corregir en pantalla 78 ensayos, es que sería más fácil imprimirlos, pero la impresora murió por un bajón de luz. No es, no es ni esto ni aquello. ES que no quiero dejar de ser yo: viejo, diabético, con alta presión, con triglicéridos, colesterol y algunos pequeños derrames cerebrales. Con todo eso se brega, no haya duda, porque día a día se compensa con la vitalidad del público asistente.

Estoy seguro, a pesar de todo, que terminaremos este semestre porque esto que nos toca ahora no es peor que la caída de las Torres Gemelas en Nueva York o el viento de un huracán de categoría cinco. No es peor que la infección causada por el virus de la inmunodeficiencia humana (VIH); el SIDA se ha cobrado la vida de más de 35 millones de seres humanos desde 1980 y otra cantidad mayor sobrevive aún enferma. No es peor que el Ébola, cuyo brote en África occidental, que inició en marzo de 2014, acabó con el 40% de las personas que contrajeron la afección y aún se considera que “los brotes de enfermedad por el virus del Ébola (EVE) tienen una tasa de letalidad que puede llegar al 90%.”  No es peor, solo que nos exige mayor cuidado porque es lo que nos toca en este momento. Estoy seguro, sin embargo, que vamos a superarlo porque apenas ayer aprendimos con Garcilaso de la Vega que:

Todo lo mudará la edad ligera por no hacer mudanza en su costumbre.