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El agua: bien común de la humanidad

 

 

Por Marcelo Barros/ Especial para En Rojo

El hecho que, cada año, la ONU conmemora el 22 de marzo como día internacional del cuidado con el agua es ocasión fundamental para despertar la sociedad para la urgencia de defender el agua como bien común de todos. Sin agua no hay vida. Sin embargo, en todo el mundo, especialmente en países pobres de África, en América Latina y Caribe, grandes empresas agrícolas destruyen inmensas regiones de bosque para plantar soja. Usan agrotóxicos que contaminan la tierra y envenenan los ríos. Amenazan la vida de grupos indígenas, matan a los pajaritos y animales que vienen a beber de aquella agua. En toda la América Latina, decenas de empresas extractivas trabajan con mercurio y materiales altamente tóxicos arrojados al río para encontrar metales preciosos o solo mineral de hierro.

Actualmente, varios pueblos viven un estrés hídrico y decenas de conflictos internacionales tienen el agua como elemento provocador. El hecho que millones de personas no tienen acceso à agua potable revela el carácter injusto y predatorio del sistema económico mundial. En todo el mundo, movimientos sociales y comunidades tradicionales piden que las legislaciones nacionales prohíban que el agua sea mercantilizada y privatizada.

Todas las tradiciones espirituales están de acuerdo que el agua es bien común de la humanidad y mismo de todos los seres vivos. Por eso, actualmente, foros y encuentros piden à las Iglesias y comunidades a luchar juntos para transformar esa realidad. Y desde ahora, vivir una espiritualidad verdaderamente ecuménica y ecológica.

Sea cual sea la religión o mismo sin ninguna adhesión religiosa, la espiritualidad se revela en una actitud de amor hacia todas las criaturas. El universo entero es un inmenso altar, en lo cual podemos contemplar la presencia de Dios. Por razones históricas, en el Cristianismo, esa espiritualidad ecológica aún no ha ganado toda su potencialidad. Sólo en tiempos recientes, después de que el papa Francisco escribió la encíclica Laudatum sii sobre la Ecología Integral, las comunidades cristianas pasaron a ligar más Ecología y Espiritualidad. Como sería bueno que el respecto reverencial que la mayoría de las personas tiene à los símbolos religiosos también si desarrollara en relación al agua, à la tierra y à la vida de todos los seres, principalmente la vida humana.

Para los cristianos, según el evangelio, Jesús promete a sus discípulos el Espíritu Divino, la energía de amor que lo hizo vivir y amar. Muchas tradiciones espirituales creen que ese Espíritu se manifiesta en cada fuente de agua como Amor para todo el universo.

 

Aislamiento social: la cultura al alcance de un click

Por Gabriela Ortiz Díaz/especial para En Rojo

En tiempos de aislamiento social como medida preventiva ante el brote internacional del virus COVID-19, la cultura desfila como el antídoto ideal. Así, apostando a que un gran porcentaje de la población mundial tenga acceso a Internet (el número de internautas en el mundo alcanzó en enero 2020 los 4.540 millones, es decir, el 59% de la población mundial, según un estudio de We Are Social), se han lanzado a la virtualidad un sinnúmero de alternativas culturales.

Desde el plano internacional, se han compartido por las redes sociales conciertos live de grandes exponentes de la música y orquestas, como es el caso del Metropolitan Opera, que puso en  streaming lo mejor de su archive producciones escénico musicales. Asimismo, circundan por las redes sociales enlaces para visitar exposiciones de museos prestigiosos como el Museo del Prado y el Reina Sofí en Madrid y para tener acceso a películas y documentales. La plataforma OndaMedia, portal del Consejo Nacional de la Cultura y las Artes, tiene acceso libre para el público que desee ver documentales, filmes clásicos y los últimos estrenos chilenos.

De igual forma, en estos días se mueve por las redes sociales la publicidad de cursos en línea de arte e idiomas certificados por universidades importantes a nivel mundial. En este último renglón, se puede mencionar que el Museum of Modern Art (MoMA) en Nueva York ha anunciado el acceso gratuito a través de su portal electrónico a seis cursos de arte.

Por su parte, la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO) puso a disposición del público un sinfín de artículos históricos a través de su página web www.wdl.org. También, la Teatroteca, perteneciente al Ministerio de Cultura y Deporte de España, ha abierto la posibilidad de ver en streaming y gratuitamente 1,500 obras de teatro.

En el caso de Puerto Rico, los museos han dado acceso en línea a sus colecciones, y las redes sociales se han llenado de enlaces a talleres de escritura por Youtube, a encuentros de poetas por Google Hangouts, a películas y documentales puertorriqueños en Vimeo, a SoundCloud para escuchar producciones musicales, a Facebook Live para presenciar clases de bomba y talleres de plena para niños y a eventos que quedaron cancelados por esta situación de salubridad, como fue el caso del #CircoFestOnline.

Debe destacarse que, al menos en Puerto Rico, estos accesos son gratuitos, lo que hace del acto un gesto de solidaridad social que trasciende el hecho de que la mayoría de estas propuestas significarían sustento económico para sus hacedores y hacedoras. Se evidencia, sin duda, cómo desde el paso del huracán María se continúa apostando en la isla al ejercicio de la solidaridad como valor relevante. La ironía es que este movimiento –temporero– a la virtualidad va en contra del compartir social, naturaleza misma de las actividades culturales y artísticas.

Una cosa pudiera pasar para que la cultura no esté al alcance de un click en este tiempo de cuarentena: que, de tanto usarse, la Internet colapse. Acá mencionamos varias iniciativas puertorriqueñas para disfrutar mientras duren en línea:

BOMBA Y PLENA

A través de la cuenta de Facebook de Lío Villahermosa se puede acceder a sesiones de clases de bomba de nivel básico.

Igualmente, el percusionista Tito Matos, a través de la cuenta de Facebook de la agrupación musical Viento de Agua, comenzó a dictar talleres de plena dirigidos a la niñez.

LECTURA Y ESCRITURA

La organización sin fines de lucro Lee conmigo, fundada por Juan Carlos Acevedo y Gianleé Márquez, ha encontrado en Facebook Live una alternativa para propiciar la lectura en la niñez. Los interesados pueden conectarse durante este tiempo de cuarentena a la 1:00 p.m. a la página de Facebook de la organización.

La tallerista de escritura y artesana Gloribel Delgado Esquilín ofrece mediante la página de Facebook “Escribir desde el a-isla-miento” y de su cuenta en Youtube talleres de escritura gratuitos con los que pretende que sus seguidores narren experiencias, se entretengan y combatan el distanciamiento social.

El Instituto de Cultura Puertorriqueña (ICP) ofrece una variedad de contenido cinematográfico a través de su plataforma www.archivoICP.com, y musical mediante el propio canal de la agencia “Puerto Rico Cultural” en plataformas digitales como Spotify, Apple Music, iTunes, Amazon Music y Pandora.

El Museo de Historia, Antropología y Arte de la Universidad de Puerto Rico, Recinto de Río Piedras, mediante las páginas https://museocoleccion.uprrp.edu/collections o www.uprrp.edu, ofrece acceso a su colección de carteles puertorriqueños en línea.

El Museo de Arte Contemporáneo de Puerto Rico (MAC) cuenta con piezas en línea a través de la plataforma de Puerto Rico Google Arts & Culture. Encontrarás la exhibición “Entredichos”, curada por la directora ejecutiva del MAC, Marianne Ramírez Aponte.

El Museo de Arte de Ponce ha estado muy activo en las redes sociales a través de @MuseoArtePonce compartiendo información sobre las obras de la institución. Varias de sus piezas se pueden apreciar en la plataforma de Puerto Rico Google Arts and Culture. En su canal de YouTube comparten cápsulas informativas y educativas para toda la comunidad. Esta institución tiene un amplio ofrecimiento digital a través de su página web www.mapr.org.

El Museo de Arte de Puerto Rico (MAPR) tiene disponible en la plataforma virtual Puerto Rico Google Arts and Culture, para el disfrute del público, su reciente exhibición permanente “Puerto Rico Plural”.

 

Apuntes desde casa

 

 

Por Sofía Irene Cardona/Especial para En Rojo

Esta mañana en Hato Rey juro que había más pájaros entre los árboles. O al menos se escuchaban más. Dos guacamayos se peleaban con una banda de pitirres por la copa de un árbol de mangó. Al rato los vi huir hacia un punto más alto, escandalizando como gallinas. Por fin podían disfrutar de la mañana de un miércoles sin competir con las escandalosas avenidas.

 

CONFESIÓN

Al día siguiente de llegar de Roma, el lunes 24 de febrero, di mi tres clases en la Universidad. Esa tarde me invitaron al cine y compartí el espacio con media docena de jubilados que prefieren la tanda de los lunes. Por la noche tenía un poco de tos seca. No presentaba ningún otro síntoma, me sentía bien, y le achaqué la tos al plafón caído sobre mi escritorio esa mañana. Debe ser la cachispa que siempre suelta, me dije.

Aquello resultó solo un catarrito bobo, pero según fueron pasando los días y me enteraba de los asintomáticos y los enfermos leves de Covid-19, me aterrorizó pensar que fuera silenciosa portadora del virus fatal. Empecé a hacer distancia, y mis vecinas – enteradas de mi viaje a Italia y de las últimas noticias del coronavirus – empezaron a evitar mi compañía. No las culpo, yo hubiera hecho lo mismo.

Vivir en un edificio en tiempos de hecatombes tiene sus ventajas y desventajas. Cuando el huracán, se convirtió en el mejor lugar para pasar un desastre. No nos faltó conversación, lamparitas, invitaciones a cenar, ayuda para enchufar las neveras a la planta comunal, tertulia para las tardes largas. Ahora no veo a nadie en el pasillo. La poca gente que aparece a veces se pega a las esquinas del ascensor y no hacen contacto visual ni por pienso. Hablan bajito como para no despertar el virus. “Bns trds.” El virus debe ser una bestia con oído de tísica. Y entonces yo me acerco para escuchar mejor, y el vecino da un respingo. La puertas por fin se abren, y el hombre sale presuroso y aliviado de dejarme. Buenas tardes para usted también.

DICEN QUE…

Dicen que esta cosa llegó para quedarse, como la tuberculosis. Dicen que es fácil de propagar y cubrirá toda la tierra. Dicen que debemos quitarnos los zapatos para dejar al virus fuera. Dicen que debemos lavarnos muy bien las manos. Dicen que basta con cantar Happy Birthday mientras nos enjabonamos. Dicen que las mascotas contagian la enfermedad. Dicen que es embuste, que no la contagian. Dicen que debemos aprender a no tocarnos la cara.

Dicen que ya se están inventado maneras de monitorear todos nuestros movimientos, para futuras pandemias globales. Dicen que los cielos y las aguas se han limpiado mientras estamos en cuarentena. Dicen que de esta crisis saldremos más habilidosos en nuestras facultades cibernéticas. Dicen que se perderán millones de empleos. Dicen que habrá crisis global. Dicen que se harán más ricos los ricos, más pobres los pobres. Dicen que la gente entenderá por fin el importancia de un sistema de salud público.

Dicen que todo esto es mentira, un truco, una conspiración, un acto de terrorismo. Dicen que esto es verdad y que no tiene vuelta atrás, que es el primero de muchos, que no se puede perder la calma, que hay que prepararse.

Dicen que dijo que dicen.

LA NARRATIVA DEL APOCALIPSIS

Últimamente hay cierta afición a las narrativas del apocalipsis. Nos inquietan y producen escalofríos, sobre todo porque ya hemos experimentado algunos síntomas: crisis fiscal, huracanes, precariedad, terremotos, para no contar nuestras calamidades personales.

El Apocalipsis tiene, sin embargo, su atractivo. Que nos cuenten que el mundo se está acabando en la oscuridad del cine, es bien chévere. Lo hemos visto mil veces representado. Entre los personajes, suele haber gente mezquina y vil, y gente generosa y – sobre todo – talentosa, que triunfa al final de la historia. En las narrativas del apocalipsis se prueba el valor individual y las capacidades del colectivo, se exhiben las virtudes que el establishmentfavorece. Resulta que en la ficción ese mundo que peligra, con todos sus defectos, está bien hecho, como si siempre se auto regulara para la vida.

En estas historias muere mucha gente, menos los personajes principales, a menos que se muera con estilo, en un gesto poético que, gracias a una de esas maromas artísticas, nos deje pensando en la capacidad humana para la sobrevivencia, en la belleza de la que somos capaces.

A APERTRECHARSE Y ATRINCHERARSE

En caso de hecatombe, asegurémonos de tener cerca a alguien con conocimiento médico y nociones de ingeniería, enfermería y botánica, alguien que pueda escalar ruinas, destrancar puertas, usar clave morse y cosas por el estilo.

En estas historias del final sobreviven los mejor apertrechados. Por eso la gente se apertrecha. Por eso la gente acapara. En algunas casas esta semana hay una gran estiba de agua, clorox, jabón bactericida, vicks, mucho vicks, vitaminas, kleenex, y comida en lata.  Y una nevera extra para guardar lo perecedero. Y una planta eléctrica para esa nevera. Y candungos de diesel para la planta. Y las puertas bien cerradas.

Y yo pienso: ¿de qué sirve sobrevivir si los demás no están? ¿Qué clase de mundo es el que vendría luego?

¿Saldremos de esto mejores seres humanos? pregunta W. en el Facebook, y yo respondo, siempre optimista: No es esta la primera de las hecatombes en la Historia de la Humanidad, y posiblemente todo lo bueno que podamos ser hoy, se deba a las muchas ocasiones en las que la gente lo ha intentado en el pasado.

GENERACIONES

Dicen que este virus es darwinista y neomalthusiano. Hay mucha gente vieja, así que a por ellos. Si la cosa madura como pinta, toda la generación del boom concluirá su jornada sobre la tierra dentro de los próximos diez años. Primero se llevará a los más vulnerables, los que ya sufren de alguna condición – fumadores, pacientes de cáncer, débiles de hígado y pulmones – y con ellos, desaparecerá la tarea de cuidarlos, el gasto de atenderlos. Las aseguradoras suspirarán aliviadas. ¡Se fueron! ¡No están! Los países envejecidos como el nuestro, se despoblarán. Quedarán los más jóvenes. Entre ellos habrá de los memoriosos, otros preferirán el borrón y cuenta nueva – miren el mundo porquería que nos dejaron, se repetirán una vez más. Otros no sabrán nada del pasado, ni malo ni bueno. Hay quien dice que esos cometerán más errores. La pena es que siempre sabrán cómo reproducir las malas mañas; esas son inmortales, esas quedarán. Esto digo y me pregunto si de verdad soy tan optimista como me creo.

Los viejos que sobrevivan serán los más fuertes. O los mejor cuidados. O los más aislados. Los jóvenes vivirán con culpa. Después de todo, les encantaba esta actriz, este cantante, les caía simpático aquel ex jugador de pelota.

Los viejos serán como los osos panda, una especie protegida.

Como yo pienso sobrevivir a esta debacle (ese es mi plan) seré de las viejas que conservará los viejos modos y toda la memoria que me permita mi encogido cerebro. A menos que entre todos conspiren para lanzarnos al mar, y empezar de nuevo.

LOS CISNES DE VENECIA

Nunca habíamos visto una reacción tan dramática y fotogénica: ciudades desiertas, centinelas armados, personal médico completamente oculto tras protecciones de astronauta. Todo lo vemos a toda hora en nuestras pantallas y pensamos: ¿a dónde iremos a parar? Ahora mismo circulan las imágenes de una Venecia de aguas cristalinas. Los cisnes se pasean gráciles por los canales, las aguas transparentes fluyen calmadamente pobladas de peces de colores, los delfines chapotean juguetones en los puertos. El mundo respira aliviado sin nosotros, todo gracias al virus cruel que se ha ensañado con la humanidad esta primavera.

Recordé el día que le dije a Fritz que su casa en el bosque de Indiana estaba rodeada de conejos; se sorprendió: “Debe ser que estás sola este verano y, como no escuchan el griterío de las niñas, se acercan.” Seguramente por la misma razón hay delfines ahora jugando en los puertos de Venecia. El mundo parece que sana porque el verdadero virus, ese que pisa fuerte, inclemente y venenoso, por fin se quedó en casa.

 

Lucia y el paraíso

 

 

Por Juan Forn

Lucia Berlin está en el paraíso. El año es 1965 y el paraíso es un pueblo de veinte casas junto al mar en una playa de México. Lucia Berlin vive en ese pueblo con su tercer marido y sus hijos. Los hijos son de sus matrimonios anteriores: en cuatro años tuvo tres hijos y acaba de descubrir que está embarazada de nuevo. Llegaron a esa playa mexicana hace dos años, escapando: el marido de Lucia quería dejar la heroína. El plan funcionó. Viven en una choza con piso de arena, duermen en hamacas, comen el pescado que pescan, se ayudan entre todos con las demás familias del pueblo, crian en manada a los hijos. Cada seis meses tienen que cruzar la frontera, para renovar su residencia. Van y vienen en el día, en avión. Van en fechas diferentes: ella y los chicos por un lado, él por otro.

Al volver de uno de esos vuelos, Lucia tiene la maldita suerte de cruzarse en el aeropuerto con el dealer de su marido. El tipo la sigue hasta el paraíso. A ella casi se le para el corazón cuando la ve llegar por la playa, sudoroso, jadeante, sonriente, con los mocasines blancos cubiertos de barro seco. Su marido, en cambio, lo recibe con un abrazo y hace una fogata en la playa para asarle un pescado. En cuanto terminan de comer ella arrea a los hijos a la choza y prefiere no volver, porque no hay nada que deteste más que la mirada asquerosamente erótica del yonqui en el momento de picarse. Pero el morbo es más fuerte que ella: espía por la ventana, ve a su marido inyectarse y dejarse caer para atrás en la arena, con una sonrisa idiota en la cara. Ve al dealer inyectarse y encogerse para adelante muy despacio, hasta que su cara cae contra la fogata. Lucia huele la carne quemada. Nadie reacciona, ni su marido ni el dealer, ni el resto del pueblo, que está durmiendo. Nadie ve a Lucia arrastrar el cadáver del dealer a una canoa, pasar la rompiente y arrojarlo mar adentro. Cuando llega a la orilla está amaneciendo. Una vecina la encuentra temblando y le pregunta qué le pasa. “Ya tuve suficiente paraíso. Quiero volver al mundo real”.

Lucia Berlin contó en 77 cuentos prodigiosos su relación con el mundo real. Después se murió, y quince años más tarde el mundo la descubrió. Fue hace poquito, cuando sus amigos publicaron una selección de 43 de esos cuentos, con el título Manual para mujeres de limpieza: el libro se tradujo a todos los idiomas, personas de la más variada diversidad en todas partes del planeta sintieron que los cuentos de Lucia Berlin eran la experiencia más intensa de lectura que habían tenido en mucho tiempo, fue tal el éxito que acaba de publicarse simultáneamente en todo el mundo otro tomo con los cuentos restantes (le pusieron de título Una noche en el paraíso). Se la puso a la altura de Chejov, de Cheever, de Carson McCullers, de Flannery O’Connor, y tienen razón. Todos los cuentos de Lucia Berlin tienen protagonistas femeninas, una misma protagonista en realidad, que es ella, aunque le vaya cambiando el nombre en los distintos cuentos. “Todo lo que escribo es autobiográfico. No sé por qué no pongo mi nombre, realmente, porque igual soy yo”, confesó una vez. Es que había vivido tantas cosas, tan diferentes, que ponerle el mismo nombre a la protagonista de todas ellas habría atentado contra toda verosimilitud.

Imaginen la hija de un geólogo y una belleza texana nacida en un campamento minero en Alaska y criada en la casa de su terrible abuelo alcohólico en Texas, porque el papá se fue la guerra. De ahí pasen a Chile porque la guerra ha terminado y papá vuelve y acepta un trabajo en una multinacional minera que lo manda para allá, como ejecutivo. Mamá bebe encerrada en su cuarto, igual que en Texas y en Alaska. Papá lleva de acompañante a Lucia a los eventos sociales. Lucia tiene catorce pero ya mide un metro ochenta y, maquillada y vestida con ropa de la madre, parece de veintidós. El príncipe Alí Khan le encendió el primer cigarrillo que fumó en su vida, en una fiesta en un yacht en Zapallar. Cuando hizo perder la cabeza a varias amistades de su padre, la mandaron de urgencia a la universidad, en Texas. Menos de dos años después ya estaba casada, separada, con un bebé recién nacido y desheredada por la familia. Conoció a un músico de jazz que se la llevó a Nueva York, tuvo dos hijos con él, vivían en el Village, eran hipsters, Angie Dickinson se la cruzó una noche en una fiesta y le dijo que adoraba la sombra de ojos que tenía puesta. “Es tiza de taco de billar”, le contestó Lucia. No duró mucho como hipster neoyorquina. Se enamoró del mejor amigo de su marido músico y huyó con él a México, donde encontró el paraíso, quedó embarazada y descubrió que ese encanto de hombre que hacía de padre para sus hijos era, además, heroinómano.

Así comienza el prolongado período alcohólico de Lucia, en la América pobre de Raymond Carver, criando sola a sus cuatro hijos con botellas de Jim Beam escondidas en el lavarropas, trabajando como mucama o enfermera o telefonista o empleada de supermercado cuando no caía presa con alguno de sus novios o era internada para una nueva cura de desintoxicación. Sus pacientes favoritos cuando trabajaba de enfermera eran los jockeys que llegaban en ambulancia desde el hipódromo cercano, después de una rodada de sus caballos. Le gustaba alzarlos (recuerden que medía más de uno ochenta). Le gustaba también hacer el amor en el techo. Le gustaban las cosas que le decían las casas, cuando trabajaba de mucama. No podía borrar de su cabeza la imagen de su madre diciéndole: “El amor te hace infeliz. Tus sollozos hacen aullar al perro, empapas la almohada, empañas los vidrios, fumas dos cigarrillos a la vez”. Y la de su adorado tío John cuando, para protegerla de su abuelo, se la llevaba con él a las trastiendas de las lavanderías chinas adonde jugaba a las cartas por dinero, y a veces se la dejaba olvidada sobre una pila de manteles doblados.

Lucia Berlin crió a sus hijos contándoles historias de su vida. Los usaba de tester y después se sentaba ante la máquina de escribir y los tipeaba. Cuando logró dejar el alcohol, a los cuarenta y ocho, empezó a enseñar, primero en escuelas secundarias, después en la universidad y al final en un taller literario que daba en la cárcel. Cada tanto publicaba algún cuento en una revista, o le pedían que juntara varios y le publicaban un librito breve. Los últimos años andaba con tanque de oxígeno. Vivía en un garaje reconvertido en la casa de su hijo en Sacramento. Tenía un porche adonde salía a fumar (pitaba por los agujeros de la mascarilla de oxígeno). Sus ex alumnos la iban a visitar. Los presos que salían en libertad la iban a visitar. Los únicos dos reportajes que dio en su vida se los hicieron estudiantes de los lugares donde enseñó; es una maravilla la naturalidad con la que contesta y les cuenta cosas. Cuando los chicos le preguntan cándidamente si le gustaría ser más famosa dice que, con el precario equilibrio que ha logrado después de tanto maremoto, lo mejor sería que no. “Pero me gusta la idea de que, cada tanto, en algún lado, una chica entre en una biblioteca y descubra mis libros. Así que, como verán, sí me gustaría ser más famosa”.

Murió el mismo día en que había nacido, asombrosamente. Llevaba veinte años sobria cuando murió. Como dijo su hijo mayor: “Sobrevivió a tres maridos y quién sabe a cuántos amantes. Los médicos le diagnosticaron a los catorce que no podría tener hijos y que iba a morir antes de llegar a los treinta. Pero nos crió ella sola, a mí y a mis tres hermanos (puedo dar fe de que fuimos un incordio los cuatro) y además escribió sus cuentos. Yo ya no sé cuánto de lo que recuerdo es cierto y cuánto lo inventó o deformó o exageró ella. Cada vez que alguno de nosotros la interrumpía para preguntar si de verdad había pasado eso, ella contestaba invariablemente: No importa si pasó en verdad, lo que importa es el cuento”.

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Tomado de www.pagina 12.com.ar

 

Cuba y Puerto Rico son de una pandemia alas opuestas

Por Emma Rodas/Especial para en Rojo

Desde que vi la noticia ayer pienso en ese barco de bandera británica dando vueltas por Bahamas. Lo veo a pocas millas de los enormes puertos de las gigantescas bases navales de su Aliado EUA, como es la de Virginia. Los imagino llamando a todos sitios con muelle, llamando confiados a sus amigos para que le permitieran atracar en algún lado. No buscaba tocar puerto para desembarcar pasajeros si no para trasladar 5 pasajeros enfermos a un avión que los llevaría a su país de origen, lugar en que recibirían el tratamiento necesario.

Eso era todo lo que pedían. Sus aliados le negaron la asistencia. Imagino porque a mí nadie me contó los detalles ni me lo certificó; no es necesario. No hay fuente confiable de los detalles pero para mí lo que imagino casi siempre es más deducción que otra cosa. Para mí no hay otra explicación y tranquilamente podemos adivinar que le pidieran ayuda al pana, al socio y aliado, ese a quien Gran Bretaña siempre le prestó fieles servicios. Y el amigo, que estaba al lado, se la negó.

Luego entra Cuba al panorama. Cuando todas las opciones estaban agotadas esa isla caribeña da el ejemplo una vez más. La isla que pudo decir que no, pudo decir que ellos se estaban protegiendo -y estaría en todo su derecho- no lo hizo. Esa no sería Cuba. A pesar de que durante todas estas décadas de ataque y guerra contra Cuba Inglaterra ha estado apoyando a su socio mayor en el bloqueo asesino que mantiene EUA contra esa isla, las consideraciones éticas, humanitarias y de, si porqué no llamarlas como son, consideraciones de principios de esa revolución, Cuba le tiende la mano y permite que esos enfermos lleguen a su país de la forma más acelerada posible. Entre todo lo que va sucediendo con la crisis, que no es de salud, si no crisis y debacle del sistema de explotación ya agotado en sus posibilidades, del capital, crisis total del ambiente y crisis de los sistemas de salud, en medio de toda esa complejidad, cosas positivas e importantes también suceden.

A plena luz del día y en la cara del gobiernos norteamericano de EUA muchos países abiertamente solicitan y reciben asistencia del pueblo cubano y de su revolución. La prensa toda lo informa. Más países hacen acuerdos médicos y económicos que divulgan públicamente. Se sigue rompiendo un cerco. A mi del optimismo me queda suficiente para ver muchas cosas positivas dentro de lo negativo que enfrentamos.

Otra escena: Bernie habló de socialismo y sus seguidores le aplaudían, el orden le toleró. Bernie ganó suficientes delegados para celebrar y ya casi le vieron ganador. Luego, tal vez por entusiasmo e impulso, creyéndose que su popularidad y los aplausos eran algo de poder, habló de Cuba, de una pequeña cosa, detallito en el mundo, que nadie puede negar pero de la que en EUA nadie puede hablar de forma positiva. Ninguna persona puede mencionar algún logro de ese pueblo hermano sin ganarse el ataque burdo de la gusanera cubana, venezolana y de todos sitios y la derecha de ese país. Bernie habló de la alfabetización en Cuba en un país analfabeta, habló de la educación en un país de grandes masas marginadas y discriminadas. Los que le toleraron que hablara de justicia social en abstracto le impidieron cruzar esa línea.

Así de fuerte es el rechazo del poder, del capital, la mera mención de Cuba y su revolución. Mientras eso sucede, esa revolución asiste al aliado.

Poco a poco, lentamente, mientras nosotros aquí -como hemos hecho desde el 1898- le suplicamos ayudas a EUA. Mendigamos unas pruebas del virus que nos afecta y que no tenemos otro modo de conseguir porque quien nos lo niega todo, nos prohibe negociar con otros. Nosotros confundiendo sumisión con respeto, bajamos la cabeza. Mientras no sabemos cuántos enfermos tenemos o vamos a tener, mientras entre ratos y cuando no estamos en los colmados, siempre dóciles y calladitos nos seguimos aislando entre nosotros porque es ese el único recurso que se nos ofrece. Un aislamiento que será eterno porque simultáneamente no se hace algo para remediar o resolver la amenaza.

De forma paralela y en el mismo paisaje anterior una neblina se va disipando y el bloqueo nuestro, el de siempre, el de hace 122 años, se va viendo cada vez más claro. Mientras una Cuba hace lo que siempre ha hecho su revolución, mostrar principios humanitarios, en Puerto Rico teniendo los hermanos dispuestos a dar la mano viviendo al lado, no podemos pedir la ayuda médica que hoy puede evitar un desastre mayor . No se tú, pero a mi que el encierro me sirve para mirar y pensar en esas cosas, ya lo tengo claro. Y no es imaginación, es deducción. En los nuevos balances y alianzas que se van forjando, a veces sin enterarnos, el bloque mayor lo tenemos nosotros.

Un día mas temprano que tarde en la historia, hasta nosotros hacemos click.