Cientos de personas acudieron, el 31 de mayo, a la Funeraria de Vieques para despedir al reconocido activista y maestro de la isla-municipio Ismael Guadalupe Ortiz. Desde tempranas horas del domingo, figuras públicas, artistas y compañeros de la lucha por la desmilitarización de Vieques se dieron cita a las exequias.
En el casco urbano de la Isla Nena, alrededor de una glorieta que atalayaba el mar cristalino, varios hombres comían mangoes caídos de un palo copudo. Entre ellos, Marcial Pérez contaba anécdotas a CLARIDAD de los años de lucha contra la Marina estadounidense. Dirigía, contó al amparo del fruto despepitado, manifestantes hacia el búnker y el antiguo campamento de las fuerzas armadas. Cuando este medio le mencionó el funeral de Guadalupe Ortiz a la 1:00 p.m., se limitó a decir «el Maestro, sí. Todos aquí lo conocimos. Nos dio clases a casi todos».
“(Conocí a Ismael) en la lucha, en la lucha por sacar la Marina de Vieques. Ismael es un patriota, un revolucionario que nos mostró lo que es un verdadero luchador. Con su práctica diaria, con su entrega, con su compromiso. Estamos aquí celebrando la vida de Ismael y haciendo un compromiso de honrarlo, continuando la lucha por el pueblo de Puerto Rico, por nuestra independencia, por el socialismo, por que Vieques pueda desarrollarse como lo han planteado los viequenses”, contó Ricardo Santos Ramos, expresidente de la Unión de Trabajadores de la Industria Eléctrica y Riego (UTIER).
Para el doctor José Ché Paralitici, la relación con el líder viequense se remonta a 1979, cuando fue arrestado junto a una veintena de personas por traspasar unos terrenos privados. Aparte de su liderazgo, el historiador lo recuerda como un hombre sencillo y humilde, que sabía extender el brazo a cualquier persona, indistintamente de su ideología.
“Hicimos muchísimo. Me acordaba ahora de la vez que fuimos a una playa, hasta la entrada de la base. Hicimos muchísimas marchas aquí, en Vieques, y también en la isla grande. Yo coordinaba Todo Puerto Rico con Vieques. Fue la organización más amplia que tuvo Puerto Rico en esa época. Después que salió la Marina, la situación bajó”, contaba mientras Juan Dalmau, María de Lourdes Santiago y Adrián González saludaban a los dolientes.
Afuera, al ritmo de las panderetas y coros de esquina, decenas conformaban una demostración en homenaje a la vida y constancia política de Guadalupe. Después de las 2:00 p.m., organizaciones como Todo Puerto Rico con Vieques, la Alianza de Mujeres Viequenses, el Movimiento Independentista Nacional Hostosiano (MINH), la Federación de Maestros de Puerto Rico, la Legislatura Municipal de Vieques y Agua, Sol y Sereno hicieron, por separado, Guardia de Honor durante 15 minutos.
“Vamos a hacer una demostración como tío siempre nos inculcó a todos. De no callar, de decir las cosas con respeto pero firmes, de no doblegarnos ante nadie y de ser fuertes. Afuera, honrando su memoria y su legado, vamos a hacer una protesta como él quería. Con aquellas situaciones de hoy que nos atañen a Vieques y a toda la patria puertorriqueña. Recordándole a tío que en su legado, en todos su sobrinos, en todos sus nietos y en toda la estirpe de Vieques y de la Nación, vamos a seguir haciendo lo que él quería”, declaró uno de los sobrinos del «tío Mael».
Una bandera de Puerto Rico cubría el féretro de Guadalupe. Encima, proyectadas de un televisor, imágenes de toda su vida aparecían. Con sus nietos al hombro, contrayendo nupcias, con sus hermanos, en cumpleaños y con su icónica cita: «Mi único delito es pisar la tierra donde nací». Cada persona, como un testimonio vivo, rendía su pequeño tributo al patriota y hombre de familia que conocieron. Llegaban Julio Muriente y Juan Camacho, Antonio Prieto Negrón y un sinfín de independentistas.
Ismael, el teatrero
Para Pedro Adorno, director de Agua, Sol y Sereno, Ismael Guadalupe también fue un gran maestro y teatrero. Lo conoció primero de pequeño, en la década de 1970, cuando sus padres Pedro Adorno Marrero y Nuris Irizarry lo trajeron a la isla-municipio para que participara de actividades y se relacionara con la historia de Vieques. Guadalupe era, junto a Carlos Zenón, una figura central en las actividades pesqueras y las cooperativas.
“En 1979, cuando arrestan a Ismael y a Ángel Rodríguez Cristóbal, nosotros estábamos aquí de niños. Conocimos a Ángel Rodríguez y, semanas más tarde, estuvimos en el entierro de él en Ciales. De niños. Te podrás imaginar cómo impacta la visión, la imaginación y las sensaciones de una familia, de unos niños y niñas. Desde esa época tenemos contacto”, nos contó.
Fotos por Christian Medina Rosado Especial para CLARIDAD
Tras la muerte de David Sanes en manos de la Marina, Adorno recuerda haber coordinado con la Alianza de Mujeres Viequenses para traer los Ángeles de Vieques, una comparsa, frente a la base y en el barrio contiguo. Allí conoció a Guadalupe por segunda vez, estableciendo colaboraciones con el Comité Pro Desarrollo y Rescate de Vieques. Por varios años, Agua, Sol y Sereno mantuvo una residencia artística en la Isla Nena.
“Amaba el teatro. Estaba bien pendiente de Agua, Sol y Sereno. Fue padrino y querendón toda la vida de la organización, en Vieques… Cuando sale la Marina y abre los portones, en 2003, continuamos haciendo proyectos e hicimos una película con la Alianza de Mujeres que se llamó El quinceañero y una pieza de teatro que se llamó La lancha. Ismael dirigía el grupo de Cine Cooperativo, porque siempre hacía gestiones en la escuela, con los estudiantes de teatro. Ahí había un diálogo”, agregó.
Tan reciente como el año pasado, Guadalupe y Adorno se comunicaron para más residencias artísticas con la escuela Montessori y la Alianza de Mujeres Viequenses. El próximo julio, las tres organizaciones homenajearán a Guadalupe en el Carnaval de Vieques con actividades de pintura y cabezudos.
“Todavía hay mucho por hacer que Ismael dejó pendiente, como la descontaminación y el retorno de las tierras a Vieques. No a intereses externos, no al mejor postor, sino para el desarrollo económico de los hombres y las mujeres de aquí. Yo sé que él murió pendiente de su pueblo, él luchó desde sus 15 años hasta su último día. Él me decía que quería hacer más teatro y más cine, pero la causa lo llamó en otra dirección. Pero él era un maestro de teatro, un teatrero”, concluyó Adorno.
Del mismo modo, personas cercanas al activista compartieron sus experiencias con él. Manolín Silva contó cómo se reñía en duelo ideológico contra Guadalupe en los años en que «era más conservador que Trump». En tono jocoso, hablaba del hombre afable que discutía con paciencia socrática y oficio pedagógico. No pudo, empero, entrañar todo lo que su compueblano significaba por falta de tiempo y de palabras. Así le siguieron Prieto Ventura, Judith Conde y otras amistades íntimas.
Tras los mensajes, los actos ecuménicos dieron cierre al velorio de Ismael Guadalupe. El 12 de junio, a las 3:00 p.m., en el Colegop de Abogados y Abogadas habrá una actividad en la isla grande para recordar la figura del Maestro de Vieques.
Lo cotidiano es una patria diminuta que no aparece en los mapas, una geografía íntima hecha de repeticiones que nos sostienen sin que lo notemos: el café de la mañana, la ruta conocida que recorremos casi en automático, la voz familiar que nos despierta o nos reclama, el saludo del vecino que ya no necesita palabras. Esa coreografía silenciosa nos da la ilusión de que el mundo es predecible, de que la vida tiene un orden, de que el caos siempre ocurre lejos. Pero esa misma estabilidad que nos calma es la que nos vuelve temerosos. El ser humano, que presume de racional, es en realidad un animal de costumbres, y las costumbres, cuando se vuelven refugio, también se vuelven frontera.
Por eso los cambios —los íntimos, los afectivos, los laborales, los sociales, los políticos— nos descolocan. Nos obligan a mirar de frente lo que evitamos: que nada es permanente, que todo puede quebrarse, que incluso lo que amamos puede transformarse sin pedirnos permiso. El miedo al cambio no es debilidad, es herencia. Lo aprendimos en la mesa familiar, en la escuela, en la iglesia, en la calle. Lo aprendimos viendo a nuestros padres aferrarse a trabajos que los agotaban, a relaciones que los herían, a rutinas que los marchitaban. Lo aprendimos cuando nos dijeron que “mejor malo conocido que bueno por conocer”.
Ese miedo se vuelve estructura, se vuelve la voz que nos dice que no renunciemos, que no protestemos, que no aspiremos a más, que no movamos las piezas porque el tablero podría caerse, que no exijamos cambios porque “así son las cosas”, que no cuestionemos al gobierno porque “todos son iguales”, que no esperemos justicia porque “aquí nada cambia”. Y sin embargo, lo cotidiano es profundamente político. La estabilidad que defendemos en nuestras casas es la misma que buscamos en el país. Por eso un cambio de gobierno provoca ansiedad incluso en quienes desean ese cambio: porque cada transición es una apuesta, un salto entre la posibilidad y el abismo.
En Puerto Rico, un país acostumbrado a crisis encadenadas, esa ansiedad tiene raíces profundas. El huracán María no solo devastó la infraestructura: expuso la incompetencia de una clase gobernante que abandonó al país a su suerte, que manejó la ayuda con negligencia y convirtió al Estado en un agente de negocios en vez de un instrumento de protección pública. La deuda impagable y la imposición de la Junta de Control Fiscal mediante la ley PROMESA confirmaron el colapso del mito de autonomía del Estado Libre Asociado ( ELA) y dejaron al descubierto la fragilidad democrática del país. La larga lista de funcionarios convictos por corrupción terminó de normalizar la idea de que la corrupción es un impuesto cultural que pagamos sin protestar demasiado.
A estas injusticias se suman los estilos autoritarios que se han intentado naturalizar desde el poder. En 2025, organizaciones denunciaron que la administración imitaba políticas violentas y discriminatorias, criminalizando comunidades migrantes y usando la fuerza como herramienta política. En esas protestas, la directora de la Unión de Libertades Civiles de Puerto Rico (ACLU), Annette Martínez Orabona, lanzó una frase que retrata la arrogancia del poder: “El pueblo no será silenciado y nuestros derechos no serán borrados”. No era un gesto de optimismo, sino una advertencia: hay funcionarios que actúan como si el país fuera demasiado dócil para exigir cambios.
Pero la docilidad es un mito que se desmorona cada año. En 2026, miles de personas volvieron a ocupar las calles: desde la marcha del Día Internacional de los Trabajadores, que cerró tramos completos de Hato Rey en reclamo de justicia laboral y mejores condiciones para la clase trabajadora, hasta las protestas estudiantiles en el Viejo San Juan, donde jóvenes de la UPR denunciaron recortes, centralización y el abandono sistemático de la universidad pública. También miles marcharon contra el proyecto turístico-residencial Esencia, denunciando la privatización del litoral y la entrega del país al capital extranjero.
Ese mismo año, cientos de personas protestaron frente a la base aérea Muñiz para rechazar las maniobras militares de Estados Unidos y la posible reactivación de bases en la isla, denunciando el colonialismo militar y el uso de Puerto Rico como plataforma bélica. Y en 2025, la organización Se Acabaron Las Promesas realizó una protesta frente al Centro de Detenciones Metropolitano en Guaynabo contra el recrudecimiento de la presencia militar y las políticas de intimidación regional.
Incluso frente a La Fortaleza, en 2025, se repitió la escena que marcó el verano de 2019: manifestantes exigiendo la renuncia de la gobernadora y denunciando el aumento en el costo de la luz, enfrentándose a la fuerza policiaca y recordando que la Calle de la Resistencia sigue viva.
Estos episodios no son anécdotas aisladas: son la prueba de que el país no está dormido. Son la evidencia de que lo cotidiano también se rebela: en la mujer que denuncia, en el trabajador que se organiza, en la comunidad que defiende su territorio, en el joven que decide que no se irá sin antes intentar transformar el país. Ocurre en cada protesta contra políticas autoritarias, en cada gesto que rompe la inercia, en cada decisión que desafía la resignación, en cada acto que recuerda que la estabilidad no es repetir lo mismo, sino saber que podemos adaptarnos, exigir y transformar.
Lo cotidiano no debe ser una jaula, sino un punto de partida. Quizás la pregunta no es por qué tememos al cambio, sino por qué seguimos llamando estabilidad a lo que apenas nos sostiene. El país —como la vida— no se salva aferrándose a lo conocido, sino atreviéndose a imaginar lo que todavía no existe.
Una de mis memorias más vívidas de la infancia en Puerto Rico ocurre siempre en movimiento, al cruzar un peaje. De camino de Caguas a San Juan, o rumbo al sur, mi hermano y yo suplicábamos desde el asiento trasero que nos dejaran lanzar las monedas en la canasta. Era un juego casi ritual: calcular la distancia, apuntar bien y escuchar a la máquina dar su visto aprobador como señal de victoria. A veces era estresante, cuando la canasta no reconocía la moneda o cuando, segundos antes de cruzar, descubrías que no tenías el cambio correcto, pero seguía siendo parte del viaje.
Ese juego infantil no desapareció con la adultez. Se transformó. Hoy, cruzar un peaje en Puerto Rico ya no es un gesto lúdico, sino un ejercicio constante de presupuesto. No hay emoción ni nostalgia. Solo una pregunta repetida: ¿para qué estoy pagando? ¿Para llenarle los bolsillos a Metropistas y a sus intereses? ¿Para pagar deudas creadas por la irresponsabilidad de la clase política?
Porque mientras el sistema de cobro se modernizó, los costos se duplicaron. Aumentaron las tarifas, aumentó la cantidad de peajes, todo esto en un territorio diminuto en comparación con otros países. Lo que no aumentó, de forma proporcional, fue la calidad de las carreteras.
Desde el 1 de enero de 2026 entró en vigor un nuevo ajuste anual de tarifas en varias plazas de peaje en Puerto Rico. Según Metropistas, el aumento promedio es de cinco centavos, calculado en base a la inflación y al costo de vida. Más del 90 por ciento de los conductores paga actualmente entre 35 y 40 dólares mensuales en peajes. Y la lógica oficial insiste: es poco, es necesario, es inevitable.
Pero el problema no es el monto aislado. Es la ausencia total de frenos. Es un sistema que normaliza el aumento perpetuo sin demostrar mejoras visibles, sin rendición de cuentas clara y sin una fecha de caducidad. Los peajes en Puerto Rico han dejado de ser una herramienta financiera para convertirse en una condición permanente, muchas veces para el lucro de unos pocos.
Lo más preocupante es que el Estado y su APP, Metropistas, han perdido el control narrativo y práctico de algo que, en teoría, no debería existir de esta forma. Porque existen otros modelos. Existen otros métodos. Y funcionan.
En Puerto Rico, las carreteras son una metáfora perfecta del modelo económico que arrastramos desde hace décadas: chapucerías sobre chapucerías, contratos millonarios, peajes crecientes y mantenimiento deficiente. Se paga mucho y se recibe poco. Se promete eficiencia y se entrega resignación.
Nueva Zelanda, un país muy lejos de ser perfecto, demuestra que otra relación entre el ciudadano, el Estado y la infraestructura es posible. Aquí existen tres carreteras de peaje, todas ubicadas en la Isla Norte, y las tarifas se utilizan para saldar la deuda contraída para su construcción. Los peajes son electrónicos y los conductores pueden utilizar rutas alternativas gratuitas si prefieren no pagar. Todos los peajes con fecha de expiración.
Durante las pasadas fiestas de fin de año, mi familia y yo viajamos al norte del país, recorriendo la Northern Gateway Toll Road, una de esas tres carreteras de peaje. Es una vía nueva, moderna y bien mantenida. Su costo total de construcción fue de 375.7 millones de dólares neozelandeses. El financiamiento se dividió de manera transparente: cerca del 58 por ciento provino del Fondo Nacional de Transporte Terrestre y el restante 42 por ciento fue cubierto mediante un préstamo del Estado, cuya deuda se paga exclusivamente a través del peaje.
Aquí está la diferencia clave: el peaje no es un concepto eterno que se amplifica con el paso de los años y el cambio de administraciones.
Se espera que el cobro en la Northern Gateway Toll Road termine en 2039, una vez la deuda de construcción haya sido saldada por completo. En Nueva Zelanda, los peajes son temporales. Se utilizan para financiar proyectos específicos. Una vez cumplido su propósito, desaparecen. El mantenimiento pasa entonces a ser responsabilidad del Estado, financiado con fondos públicos generales, en parte por lo que el boricua conoce como la crudita.
Este modelo no es nuevo ni experimental. Nueva Zelanda lo ha aplicado antes. El ejemplo más claro es el Puente del Puerto de Auckland, que fue de peaje entre 1959 y 1984. El Lyttelton Road Tunnel tuvo peaje de 1964 a 1979. Una vez pagada la deuda de construcción, el peaje se eliminó. El puente no colapsó. El sistema no se quebró. La ciudadanía no tuvo que seguir pagando indefinidamente por algo que ya estaba saldado.
En el presente existen tres proyectos con fecha de expiración, como el ya mencionado Northern Gateway Toll Road, así como Tikitimu Drive, con fecha de expiración en 2031, y el Tauranga Eastern Link, cuyo peaje caducará en 2040.
La pregunta es inevitable: ¿por qué Puerto Rico no adopta este modelo? ¿Por qué seguimos atrapados en un sistema donde los peajes no financian el futuro, sino que perpetúan el pasado? Pagas por la construcción y el mantenimiento a perpetuidad. Saldas la casa y sigues pagando la hipoteca.
En la isla, el peaje ya no es una herramienta de desarrollo. Es una carga normalizada. Se paga más cada año por carreteras que no demuestran mantenimiento acorde con lo que se recauda. Pagamos por una infraestructura que envejece mal. Pagamos sin saber cuándo dejaremos de pagar.
La comparación no busca idealizar a Nueva Zelanda ni simplificar sus desafíos. Busca evidenciar que el problema en Puerto Rico no es la falta de dinero, sino la falta de visión y una mala administración. No es la geografía. No es el tamaño. Es el modelo y sus autores.
Mientras no se cuestione por qué los peajes en Puerto Rico no tienen fecha de caducidad, mientras no se exija que el cobro esté vinculado a una deuda concreta y transparente, seguiremos lanzando monedas, ya no en una canasta, sino en un sistema que no devuelve progreso.
Y ese juego, a diferencia del de la infancia, no tiene nada de inocente.
A mediados de mayo me encontré en Beirut con un joven psicólogo canadiense de origen pakistaní que me decía que a ninguno de sus pacientes blancos le pasaba nada verdaderamente serio, y que en una breve conversación con su taxista durante el trayecto desde el aeropuerto de Beirut hasta su hotel se había topado con más trauma que en toda su carrera profesional.
Durante los primeros 60 días de la escalada de la última invasión del Estado de Israel —otro ataque contra territorio libanés tan injustificado como planificado—, las llamadas a la Línea Nacional de Ayuda (1564) prácticamente se duplicaron de la noche a la mañana. Quienes marcaban el número de emergencia lo hacían desde entornos completamente colapsados y, a menudo, bajo amenaza inminente de muerte: familias enteras susurrando desde el interior de vehículos mientras huían bajo el fuego, niños aterrorizados hacinados en refugios colectivos y madres desbordadas a las que la angustia empujaba a buscar ayuda psicológica por primera vez en sus vidas.
A medida que la aviación y la artillería continúan bombardeando el país sin tregua y forzando la evacuación masiva de docenas de pueblos enteros, la agresión externa ha terminado por quebrar los últimos mecanismos de defensa internos de la población.
Durante este periodo de máxima intensidad de la ofensiva, los equipos de la ONG Embrace, que opera este servicio crítico de 24 horas en colaboración con el Programa Nacional de Salud Mental, se vieron obligados a sostener una línea de frente invisible pero devastadora. Respondieron a un total de 2.445 llamadas de emergencia, desplegaron 30 intervenciones de respuesta inmediata para salvar vidas en siete zonas clasificadas como «rojas» o de alto riesgo por los ataques, e involucraron a 147 niños en actividades semanales de apoyo psicosocial dentro de los propios refugios.
La organización también ofreció 437 sesiones de terapia a bajo coste, un tercio de las cuales se administraron de forma totalmente gratuita a personas desplazadas internas. Con más de 3.000 muertos por la violencia y aproximadamente 1,2 millones de personas obligadas a huir de sus hogares en un éxodo desesperado, el trauma psicológico ha avanzado al mismo ritmo que las bombas, sin un solo segundo de respiro.
Para los profesionales que trabajan en la vanguardia de esta emergencia, la dura realidad del trauma en Líbano ha desnudado la profunda insuficiencia de los manuales y enfoques tradicionales de la psicología clínica occidental. Peter Wanna, psicólogo clínico y responsable de psicología científica en Embrace, explica que las herramientas estandarizadas fallan porque están diseñadas para entornos donde el peligro es un evento con un principio y un final claramente definidos, algo que no existe bajo una agresión sistemática y continua.
«Algunos de los modelos tradicionales de base occidental requieren una adaptación cuando se trabaja en contextos caracterizados por una inestabilidad continua y una exposición repetida al trauma», señala Peter. Explica que, en Líbano, muchos tratamientos para el trauma, incluido el EMDR (Desensibilización y Reprocesamiento por Movimientos Oculares), una psicoterapia ampliamente utilizada basada en el reprocesamiento de recuerdos traumáticos mediante estimulación bilateral —generalmente movimientos oculares— que se ha convertido en una de las herramientas más comunes para tratar traumas graves, trastorno de estrés postraumático e ideación suicida, se topan con serias limitaciones estructurales si se aplican de forma literal.
«Muchos tratamientos para el trauma, incluido el EMDR, se desarrollaron originalmente en torno a eventos traumáticos que ya han terminado. En Líbano, los profesionales clínicos trabajamos a menudo con personas que se enfrentan a una inestabilidad continua y a exposiciones repetidas a la adversidad, lo que significa que estos enfoques frecuentemente necesitan ser adaptados para abordar tanto el trauma pasado como las amenazas del presente. Muchos modelos de trauma asumen que la amenaza ha cesado, pero aquí nos enfrentamos de manera constante a la incertidumbre y a impactos repetidos, lo que hace que el tratamiento sea más complejo y requiera adaptaciones que van más allá de los marcos tradicionales del TEPT. Por ello, los esquemas estándar de ocho a veinticuatro sesiones suelen quedarse cortos y resultar insuficientes; las personas necesitan un apoyo más continuo y a más largo plazo debido a que los estresores permanecen activos», argumenta Peter.
La acumulación histórica del colapso mental
Como advierten los propios equipos clínicos desde el terreno, esta quiebra de la salud mental colectiva no es una respuesta reactiva a un único acontecimiento reciente; es el resultado acumulativo de todo un siglo de sufrimiento estructural, violencia impuesta y traumas históricos recurrentes que han fracturado sistemáticamente la psique de la sociedad. La arquitectura de esta inestabilidad comenzó a fraguarse tras la Primera Guerra Mundial con el establecimiento del mandato colonial francés en 1920 y la constante influencia de Gran Bretaña en la región, potencias que dibujaron fronteras artificiales e institucionalizaron divisiones sectarias como método de control político.
Tras la independencia en 1943, el país se convirtió en un tablero de ajedrez en el que se libraron conflictos geopolíticos ajenos. Esta escalada de tensiones culminó en la sangrienta Guerra Civil Libanesa (1975-1990), quince años de contienda que normalizaron la violencia sectaria, destruyeron las instituciones estatales y dejaron profundas cicatrices psicológicas en las generaciones que la sobrevivieron.
La firma de la paz en 1990 no terminó con el sufrimiento del pueblo libanés, que siguió expuesto a constantes agresiones de sus vecinos y a sucesivas invasiones militares, siendo uno de los picos más destructivos la ofensiva de 2006. Junto a los bombardeos y ocupaciones, el país ha soportado un desgobierno crónico ensombrecido por la impunidad y la violencia política, cuyo impacto psicológico más devastador se sintió el 14 de febrero de 2005 con el asesinato del ex primer ministro Rafik Hariri, muerto en un atentado masivo con coche bomba en el paseo marítimo de Beirut. Este crimen político inoculó en la población la certeza de que nadie, ni siquiera las figuras más poderosas, estaba a salvo en suelo libanés.
El golpe definitivo a la capacidad de resistencia de la población llegó en los últimos cinco años a través de un colapso económico y una catástrofe civil sin precedentes.
A partir de finales de 2019, Líbano se sumergió en una de las crisis económicas más graves del mundo desde mediados del siglo XIX, según el Banco Mundial; una depresión financiera que pulverizó el valor de la libra libanesa, borró los ahorros de toda la vida de la población y empujó a más del 80% de los ciudadanos por debajo del umbral de la pobreza. En mitad de esa agonía económica, el 4 de agosto de 2020, la catastrófica explosión en el Puerto de Beirut —provocada por la flagrante negligencia de las autoridades al almacenar toneladas de nitrato de amonio sin medidas de seguridad— mató a más de 200 personas, hirió a miles y destruyó un tercio de la capital.
El estallido fue la confirmación física de lo que significaba vivir en un estado fallido, un evento cataclísmico que terminó por demoler la salud mental de un cuerpo social exhausto. Para los terapeutas que trabajan sobre el terreno, cada nuevo impacto de la actual agresión israelí reactiva instantáneamente ese pozo de trauma no procesado.
«A veces me asusto cuando hablo de esta gente; me quema el corazón. Esto no es solo por la guerra actual; es por los años y años y años acumulados desde la Segunda Guerra Mundial, luego la guerra libanesa en 1975, luego los eventos de 2005 y la guerra de 2006, y ahora esta nueva guerra… Los niños aquí no han tenido tiempo de asimilarlo, y nosotros, como profesionales, tampoco hemos tenido tiempo de procesarlo. El dolor es continuo; nunca se detiene», lamenta el psicólogo.
El espejismo de la resiliencia y la máscara de la evitación
Frente a esta cadena de desastres, coexiste una marcada disparidad social que a menudo se malinterpreta desde el exterior. Mientras el dolor y la penuria extrema se extienden por las miles de tiendas de los campos de desplazados surgidos azarosamente en el paseo marítimo, en los barrios más acomodados de Beirut perdura una cultura de escapismo y ocio nocturno.
Terrazas llenas, locales donde la música retumba a pocos kilómetros de las zonas bombardeadas y un consumo generalizado de alcohol reflejan un fenómeno que desde fuera suele etiquetarse con admiración casi romántica bajo el mito de la «resiliencia» libanesa. Los profesionales de la salud mental, sin embargo, aclaran que, junto a una resiliencia genuina, algunas personas pueden depender de la compartimentación, el distanciamiento emocional o la evitación como estrategias de supervivencia adaptativas para hacer frente a la adversidad crónica. El funcionamiento social y la apariencia de normalidad pueden coexistir a veces con un sufrimiento profundo y no procesado, actuando como un mecanismo de protección para mantener a raya el pánico, los recuerdos del horror y el miedo mientras estos siguen operando bajo la superficie de la psique colectiva.
Las estadísticas oficiales de suicidio recopiladas por las Fuerzas de Seguridad Interior (ISF) reflejan matemáticamente cómo la desesperanza acompaña a las crisis del país. En 2019, Líbano registró 171 muertes por suicidio. Durante los años de la pandemia y el impacto inicial de la crisis financiera, los registros oficiales mostraron un descenso hasta los 115 casos en 2021, para volver a subir de forma alarmante hasta las 168 muertes en 2023. Aunque las cifras oficiales de 2024 reflejaron una ligera disminución con 129 casos, el año 2025 cerró con un repunte del 14% en la tasa de suicidios, registrando un total de 147 muertes. La tendencia a principios de 2026 sigue siendo crítica: los datos oficiales de las ISF reportan que solo entre enero y abril ya se habían contabilizado 47 muertes por suicidio en todo el país.
Sin embargo, los profesionales de primera línea advierten que estas cifras representan solo la superficie de una tragedia oculta. El subregistro del suicidio en Líbano sigue siendo masivo debido al profundo estigma social y a la severa condena de las distintas autoridades religiosas, lo que lleva a muchas familias a ocultar las verdaderas causas de la muerte de sus seres queridos por miedo al rechazo de su comunidad.
El verdadero barómetro de la crisis se mide en la búsqueda desesperada de ayuda. Durante los meses de la ofensiva militar en 2026, el volumen de llamadas diarias recibidas por la línea de prevención de Embrace aumentó un 55% en comparación con la media registrada en 2024, pasando de un promedio de 22,4 llamadas al día a una media de 34,8 interacciones diarias.
«Al mismo tiempo, creo que el funcionamiento social a veces puede enmascarar el sufrimiento. Las personas pueden desplegar esa cultura relacional durante la interacción social, y aprendemos que debemos seguir adelante porque los cambios globales continúan ocurriendo. Dentro de esa interacción, hay una perspectiva… la de continuar con tu vida diaria y tus responsabilidades, mientras que los sentimientos, los recuerdos y el miedo se quedan en un segundo plano. Esto no es terrible, por supuesto, pero ciertamente va más allá de simplemente respirar», apunta Peter.
La ruptura del entorno doméstico y los colectivos más vulnerables
El suicidio nunca es la consecuencia de un único hecho aislado, sino el resultado de una compleja convergencia de estresores socioeconómicos crónicos —como el desempleo endémico, la inseguridad financiera y el aislamiento que provoca el desplazamiento forzoso— que se van entrelazando hasta hacer insoportable la existencia. El peligro clínico, sin embargo, escala drásticamente cuando los entornos que deberían ofrecer protección y apoyo, como el ámbito familiar, se encuentran profundamente dañados por el agotamiento histórico y la violencia estructural.
Peter Wanna recalca que la ruptura de los vínculos primarios de confianza es la primera señal de alerta en la práctica psicoterapéutica diaria. Cuando la crisis económica y el trauma del desplazamiento desbordan las dinámicas domésticas, la familia puede dejar de ser un refugio seguro para convertirse en un espacio de maltrato o negligencia, dejando al individuo en una situación de soledad radical en el momento de mayor vulnerabilidad.
Esta desintegración familiar y social golpea con especial dureza a los sectores más jóvenes de la población y a los estudiantes universitarios, cuyos proyectos de vida y expectativas de desarrollo profesional han quedado completamente suspendidos por la parálisis del país, generando niveles inéditos de trastornos de ansiedad, distimia y un desgaste clínico muy temprano.
La vulnerabilidad se multiplica exponencialmente al poner el foco en colectivos históricamente marginados dentro de una sociedad profundamente conservadora y confesional. Las minorías de género y las comunidades trans se enfrentan a un entorno externo de exclusión sistemática y rechazo social que niega la legitimidad de su existencia desde la infancia. Al no encontrar amparo ni en las instituciones de un Estado fallido ni en sus propias familias, el aislamiento se vuelve absoluto.
Los especialistas de Embrace insisten en que el suicidio no entiende de divisiones políticas, clases sociales ni nivel de recursos económicos; es una respuesta extrema cuando el sufrimiento agota por completo todas las reservas internas de una persona.
«A esto se suma el hecho de que existe un entorno externo que opera en contra de las mujeres o las comunidades trans, quienes sufren enormemente debido a esa presión social. Imagina crecer creyendo que eres diferente, que eres aterrador, que eres de alguna manera complicado y que deberías morir en lugar de vivir. Una persona que empieza la vida cargando con ese peso psicológico ya está fracturada… Entonces se crea esa barrera invisible entre ‘ellos’ y ‘nosotros’. Y en la infancia, no puedes esconderte del todo… El suicidio no tiene religión, ni familia, ni teoría política, ni nada. Puedes encontrar a una persona que teóricamente lo está haciendo todo bien, con muchos recursos, dinero y una aparente resiliencia social, y aun así puede intentar quitarse la vida. El suicidio es una respuesta extrema cuando el sufrimiento ha agotado todos tus recursos internos», insiste Peter.
Las señales de alerta y la urgencia de un nuevo modelo
Uno de los desafíos más urgentes en la prevención del suicidio en el contexto libanés es capacitar a las familias y a las comunidades para identificar las señales de alerta críticas, que a menudo quedan invisibilizadas o minimizadas por la urgencia de la supervivencia diaria y el caos del desplazamiento. El riesgo suicida rara vez se manifiesta de forma obvia o dramática; al contrario, suele expresarse a través de sutiles cambios en el comportamiento cotidiano. El indicador primario y más peligroso es cuando la persona comienza a aislarse, rompiendo progresivamente el contacto con sus familiares y sus círculos de amigos más cercanos.
Fotos suministradas
A nivel conductual, las señales incluyen el abandono repentino de actividades que antes le reportaban placer, una bajada injustificada en el rendimiento académico o laboral, o cambios drásticos en los patrones de sueño y alimentación. En el plano emocional y verbal, los indicadores se manifiestan a través de expresiones persistentes de tristeza, irritabilidad inusual, una desesperanza explícita sobre el futuro o verbalizaciones donde el individuo se describe a sí mismo como una «carga» económica o emocional para sus seres queridos.
Asimismo, el aumento marcado en el consumo de sustancias como el alcohol o el abuso de medicamentos sin prescripción, el desprendimiento inusual de objetos personales muy valorados o los comentarios indirectos sobre la muerte son alarmas críticas que requieren atención profesional inmediata.
Para que estas señales puedan detectarse a tiempo, es indispensable combatir el pesado estigma cultural que rodea a la enfermedad mental en Líbano. En una sociedad donde admitir la ideación suicida o el sufrimiento psicológico se asocia erróneamente con la falta de fe religiosa o con una deshonra familiar, la labor de Embrace ha sido fundamental para mover la conversación desde el silencio y la vergüenza hacia la empatía y la educación, realizando sesiones de sensibilización en escuelas, universidades y centros comunitarios.
Ante la perspectiva de una catástrofe humanitaria y psicológica que amenaza con cronificarse en un entorno donde los ataques no cesan, Líbano requiere urgentemente una profunda reestructuración de su sistema de atención. Evitar el colapso irreversible exige que el apoyo psicológico sea inmediato, accesible y totalmente descentralizado, potenciando los servicios comunitarios y las unidades móviles capaces de llegar a los asentamientos de desplazados, a las escuelas reconvertidas en refugios y a las comunidades afectadas por la violencia militar. Es imperativo integrar la atención psicológica básica en los centros de atención primaria y, con la misma urgencia, proporcionar soporte emocional y recursos a los propios profesionales sanitarios y trabajadores de primera línea, quienes operan bajo niveles intolerables de presión, fatiga y trauma secundario.
«Lo que Líbano necesita urgentemente en este punto crítico es garantizar que el apoyo siga siendo accesible, inmediato y disponible para las personas allí donde se encuentren. Esto significa fortalecer los servicios comunitarios y móviles para que la atención llegue a los hogares y refugios, integrarla en la atención primaria de salud y asegurar que los profesionales de la salud mental reciban el apoyo necesario para seguir brindando atención bajo estos niveles extremos de demanda y presión. Al final, el suicidio es una respuesta extrema a un sufrimiento que ha consumido todas las opciones disponibles». ie
El asedio perfecto: cuando la asfixia es la política
La actual crisis energética que atraviesa Cuba no es un accidente de la naturaleza ni una mera falla de infraestructura. Es el punto álgido de un asedio geopolítico diseñado con precisión quirúrgica a lo largo de seis décadas. Lo que hoy vive la isla es la convergencia letal de la guerra económica tradicional — el bloqueo — y un nuevo contexto internacional donde los actores que deberían equilibrar la balanza han optado por lo que podríamos denominar una geopolítica de mínimos.
Cuba no solo enfrenta la hostilidad del imperio, sino el abandono silencioso de aquellos que, en teoría, debieran disputar el orden unipolar.
Pero antes de analizar las coordenadas geopolíticas, es necesario interrogar el mapa psíquico que subyace a esta situación. Porque lo que ocurre con Cuba no es solo un problema de correlación de fuerzas; es también un problema de deseo, de fantasma político, de aquello que Freud llamó Verneinung, la negación como forma de reconocimiento encubierto. Los que abandonan a Cuba la niegan, pero al negarla, la confirman, y sobre todo confirman lo que niegan de sí mismos. El bloqueo existe porque Cuba aún interpela, sigue siendo un síntoma incómodo dentro del sistema capitalista global. Si Cuba no representara ninguna amenaza real, bastaría con ignorarla. El hecho de que haya que destruirla demuestra que su mera existencia sigue siendo intolerable para el orden del Amo.
La pregunta que sobrevuela este texto puede enojar a más de uno, pero es necesaria: ¿qué queda de la solidaridad internacional cuando los gestos simbólicos reemplazan a las acciones concretas? ¿Qué significa realmente apoyar a Cuba cuando el cerco se estrecha y la asfixia se vuelve material? Y sobre todo: ¿qué dice del conjunto de fuerzas geopolíticas que declaran querer otro mundo, el hecho de que sean capaces de mirar ese ahogamiento sin mover una mano?
El abandono no declarado de los socios estratégicos
En estos días de tensiones mundiales se desempolva también la teoría de las relaciones internacionales, en la que se aborda el realismo periférico que describe la tendencia de los Estados a priorizar sus intereses inmediatos — comercio, estabilidad fronteriza, no incomodar al hegemón — sobre alianzas ideológicas o históricas cuando la presión del imperio aumenta. Pero el realismo periférico no alcanza para explicar del todo la conducta actual de Rusia y China frente a Cuba. Aquí opera algo más profundo. Opera la renuncia al deseo propio como condición para sobrevivir en el sistema que, supuestamente, desean transformar.
Lacan distingue entre la demanda y el deseo. La demanda es lo que se pide explícitamente; el deseo es lo que subyace y que a menudo no puede articularse sin costo. Rusia y China demandan, en sus discursos, un mundo multipolar, el fin de la unipolaridad, el respeto a la soberanía. Pero su deseo, revelado por sus actos y no por sus palabras, es la integración progresiva en las reglas del mismo sistema que dicen impugnar.
Por amargo que resulte escucharlo, al abandonar a Cuba, no están siendo simplemente pragmáticos, están confesando que su horizonte real no es la transformación del orden mundial, sino la negociación de un lugar más cómodo dentro de él.
Atrapados en sus propios conflictos de desgaste — Ucrania para Rusia, Taiwán y el mar de China Meridional para Pekín — , ambas potencias han consolidado una postura defensiva. Su apoyo a Cuba se ha reducido al discurso en los foros multilaterales y a la provisión de determinados recursos, sin desafiar estructuralmente el bloqueo. No envían el petróleo necesario, no habilitan líneas de crédito que esquiven las sanciones secundarias, no escoltan con sus buques los suministros hacia la isla. Si se les preguntara por qué, la respuesta quizás sería la misma del gran conformista: el momento no es oportuno, los costos son demasiado altos, hay que ser realistas.
Pero el realismo, en este contexto, es otra forma de avanzar hacia una capitulación anticipada. Quizás en su fuero interno creen que están abandonando a los que pueden caer primero, no a los que caerán últimos, que podrían ser ellos mismos. Han encontrado su límite histórico y, en lugar de empujarlo y quebrarlo, lo han normalizado. Al hacerlo, cometen un error de cálculo estratégico que la historia ya ha castigado antes. Cada vez que una potencia permite que el orden hegemónico destruya a un eslabón sin costo, ese orden sale fortalecido y se acerca un paso más al sometimiento de los que creyeron estar a salvo. Al permitir que un proyecto soberano sea destruido por el imperio sin consecuencias, envían un mensaje a sus propias poblaciones y a otros actores secundarios: la solidaridad es un lujo que no podemos permitirnos; cuando llegue tu turno, estarás solo.
América Latina y el Caribe: la diplomacia de los abrazos vacíos
La postura de Brasil y Colombia es, quizás, la más paradigmática de la bancarrota contemporánea del progresismo. Lula da Silva y Gustavo Petro, dos líderes que deben su capital político a la narrativa de la transformación social y la soberanía regional, han optado por lo que podríamos llamar una especie de simbolismo de bajo costo con declaraciones de apoyo moral, llamados al diálogo, presencia discursiva en los foros internacionales. Pero mientras las palabras circulan, las condiciones estructurales de asfixia — el bloqueo, las listas de países patrocinadores del terrorismo, las sanciones financieras — permanecen intactas.
Todo transcurre como si operara una especie de identificación con el agresor, como un mecanismo por el cual el sujeto sometido a una fuerza superior asimila, inconscientemente, los valores y las lógicas de ese poder para sobrevivir. No se trata de una traición consciente sino de una adaptación que, con el tiempo, se vuelve constitutiva de la propia identidad. Algo de eso ocurre con ciertos gobiernos progresistas latinoamericanos, han incorporado tanto la lógica del campo de juego imperial — sus instituciones, sus mercados, sus reglas — que ya no pueden imaginar una acción política que rompa con ese campo, aunque en el discurso la proclamen necesaria.
Brasil y Colombia olvidan que si fueran hoy una verdadera retaguardia estratégica no sería un favor el que le harían a Cuba, sería una necesidad propia. Si Estados Unidos sigue inclinando la balanza a su favor en la región — como lo hace con su política de sanciones, su dominio del FMI, su control de la OEA y su influencia sobre las derechas locales — , ¿con quién contarán Lula y Petro cuando la marea reaccionaria los golpee a ellos? Habrán quemado, con su prudencia, la retaguardia que desesperadamente necesitarán. En días recientes Lula afirmó que podrían ser invadidos «cualquier día»; podríamos contestarle: «Y mientras más sólo te quedes, más posibilidades reales hay de que eso ocurra».
El caso de Venezuela es el más doloroso porque representa la mutilación de un proyecto que alguna vez fue el pilar de la solidaridad regional. Hoy, Venezuela está de facto sometida a las decisiones geopolíticas de los Estados Unidos.
El régimen de sanciones extrema, el secuestro de Maduro y Cilia Flores, han logrado su objetivo: condicionar al Estado venezolano, obligarlo a negociar en condiciones de inferioridad y reducir su capacidad de proyección internacional. Venezuela ya no puede ayudar a Cuba porque apenas puede ayudarse a sí misma. Si el imperio pudo con Venezuela, con las reservas de petróleo más grandes del mundo, ¿qué esperanza tiene un país más pequeño sin ese recurso? Pero los gobiernos de la región no extraen la conclusión correcta. En lugar de unirse para romper el cerco, se dispersan, negocian por separado, y caen uno tras otro.
Algunos de los países pequeños que recibieron solidaridad cubana — médicos en sus aldeas, maestros en sus escuelas, brigadas en medio de sus catástrofes — aprietan hoy la nariz y dan la espalda. En relaciones internacionales, es lo que se denomina bandwagoning: la tendencia de los actores débiles a alinearse con el más fuerte cuando perciben que el benefactor histórico está en retirada. Es una lógica cruel pero predecible.
Lo que no entienden es que su supervivencia a largo plazo no depende de complacer al Amo, sino de la existencia de un ecosistema regional soberano. Al dar la espalda a Cuba, están contribuyendo a desmantelar el único tejido de solidaridad que podría protegerlos cuando ellos sean los siguientes en la lista. Es la lógica del «yo me salvo» que conduce inevitablemente al «todos nos hundimos». Todo el que elige salvarse a sí mismo termina aislado y luego sometido. Al final, igual le espera la muerte, pero una muerte solitaria, sin la dignidad de haber luchado junto a los demás.
El mito de la autosuficiencia es una trampa discursiva
Frente a ese panorama, la objeción liberal, y a veces incluso la de cierta izquierda, suena previsible: ¿por qué apelar a otros? ¿Acaso Cuba no debería valerse por sí misma? Esa pregunta merece ser demolida con rigor, porque opera como una trampa retórica que naturaliza la violencia del bloqueo y culpabiliza a la víctima.
La autarquía es un mito en el sistema mundial contemporáneo. Ningún país es una isla, ni siquiera las islas. Estados Unidos no se vale por sí mismo, depende de una red global de bases militares, del dólar como moneda de reserva impuesta al mundo mediante los acuerdos de Bretton Woods y la presión de sus portaaviones, y de cadenas de suministro que explota sistemáticamente. China no se vale por sí misma, depende de materias primas africanas y latinoamericanas y de mercados globales para su sobreproducción industrial. Rusia no se vale por sí misma, su poderío energético es nulo sin los gasoductos y sin compradores dispuestos a pagar su tecnología militar.
La dependencia no es la excepción en el sistema internacional, es una regla estructural. Lo que varía es el tipo de dependencia y el margen de autonomía que se puede construir dentro de ella. Un país como Luxemburgo disfruta de altos estándares de vida porque está incrustado en el corazón del bloque imperial. Un país como Cuba tiene que sobrevivir a pesar de estar bloqueado por el imperialismo. La pregunta correcta, entonces, no es por qué Cuba no es autosuficiente, sino por qué se le exige a Cuba un nivel de autosuficiencia que no se le exige a nadie más. Esa exigencia asimétrica no es inocente, es una trampa discursiva y cobarde que coloca a la isla en una posición ontológicamente imposible, para luego presentar su imposibilidad como evidencia de su fracaso.
Se le impone a Cuba una especie de doble vínculo, se somete al sujeto una condición que no puede cumplir, y se le culpa del incumplimiento. El neurótico producido por el doble vínculo no puede escapar porque la trampa está inscrita en el lenguaje mismo con el que se le habla. Cuba está atrapada en ese lenguaje: si resiste, es una dictadura que hace sufrir a su pueblo; si negocia, está cediendo al chantaje imperial; si pide ayuda, es un Estado fallido que no puede sostenerse solo. No hay salida dentro del discurso del Amo, porque el discurso del Amo no está diseñado para tener una salida, sino para atrapar.
La metodología del imperio: negociar, ahogar, culpar
Lo que hemos descrito no ocurre en el vacío. Responde a una metodología del imperialismo estadounidense en sus negociaciones con actores soberanos que se niegan a capitular. El libreto histórico es invariable y ha sido ejecutado con mínimas variaciones.
Primero, la mesa del diálogo como trampa. Se sientan a negociar no para llegar a acuerdos, sino para ganar tiempo. Mientras la contraparte deposita esperanzas en la vía diplomática — mientras el sujeto cree que el Otro es susceptible de ser convencido — , el imperio continúa aplicando sanciones, fortaleciendo a la oposición interna, preparando el terreno. Es el gesto que Lacan identificaría como perverso, la promesa que estructura el vínculo solo para perpetuar la dependencia.
Segundo, la exigencia de concesiones unilaterales. El imperio nunca negocia de buena fe; negocia desde la posición de fuerza absoluta. Exige que la otra parte ceda primero, que demuestre voluntad de cambio, que desmonte sus estructuras defensivas como gesto de buena voluntad. Cada concesión que hace la parte débil es interpretada como signo de debilidad ulterior y se responde con más presión. El mecanismo es siniestro en su lógica: cuanto más se cede, más se debe ceder. La negociación se convierte en un proceso de vaciamiento progresivo de la soberanía.
Tercero, si no obtienen lo que quieren, invaden o destruyen. Cuando el diálogo no produce la rendición completa, pasan a la siguiente fase: invasión directa — Panamá, Granada, Irak — , golpe de Estado — Honduras, 2009; Bolivia, 2019 — , guerra de baja intensidad — Nicaragua en los ochenta — , o destrucción económica sistemática — Cuba, Venezuela, Irán — . La diplomacia es solo la antesala de la agresión.
Quienes, con buena fe, instan a Cuba a negociar con Washington ignoran esa estructura. Cuba no es empujada a la mesa para dialogar; es empujada a la mesa para rendirse en las condiciones más desfavorables posibles.
La crisis humanitaria como arma de guerra
La ayuda humanitaria que llega a Cuba hoy — los envíos de alimentos, medicinas, generadores — es vital para aliviar el sufrimiento inmediato. Pero en términos políticos, funciona como un paliativo que corre el riesgo de despolitizar la crisis. Es el respirador que se le pone a un paciente en coma: mantiene al enfermo con vida, pero no repara la lesión que lo llevó al coma. El paciente necesita una operación estructural, no la perpetuación de la emergencia.
El bloqueo no es una sanción, es un mecanismo de desgaste diseñado para provocar una implosión desde adentro. Ofrecer ayuda humanitaria, por más valiosa que sea, sin romper el cerco financiero y energético es como bombear agua de un barco que sigue teniendo un boquete abierto por el ataque enemigo.
El boquete es permanente; y el bombeo, agotador. El objetivo estratégico del bloqueo — lo que en la terminología militar se llama guerra de cuarta generación o cambio de régimen por asfixia — es negar al Estado la capacidad de satisfacer las necesidades básicas de su población, para que sea la propia población la que termine desbordando a su gobierno. No hay nada de accidental en esa estrategia: es deliberada, está documentada y ha sido aplicada con distintos grados de intensidad durante más de seis décadas.
El apagón no es solo ausencia de luz, es una pedagogía del miedo, una lección que el Amo imparte día tras día. Cada hora sin electricidad, cada fila para conseguir alimentos, cada médico que no tiene insumos es un recordatorio de lo que cuesta resistir. Es el goce del poder en su forma más cruel, no el goce de destruir al enemigo de un golpe, sino el goce de verlo degradarse lentamente, de convertir su vida en una demostración permanente de que la resistencia conduce al sufrimiento. Duele constatarlo, pero la mayor crueldad del bloqueo no es su fuerza, es su lentitud.
La narrativa del Estado fallido o la culpa siempre es de la víctima
Y aquí llegamos al punto más perverso de toda la operación, la construcción del relato que invierte la causalidad.
El imperio no solo destruye; además construye el dispositivo discursivo para que la destrucción parezca merecida o inevitable.
Un Estado al que se le niega la posibilidad de importar alimentos, medicinas, combustible y repuestos; al que se le bloquean sus finanzas internacionales; al que se le impide acceder a créditos; al que se le somete a una guerra mediática; al que se le castiga por comerciar con quien sea: ese Estado tendrá, por definición, enormes dificultades para funcionar con normalidad. Luego, cuando esas dificultades se manifiestan — apagones, desabastecimiento, migración — , el coro imperial y sus voceros locales dicen: miren, es un Estado fallido, el socialismo no funciona.
Se presenta como fracaso interno lo que es resultado de una agresión externa.
La causalidad se invierte, el bloqueo no es la causa de la crisis; la crisis es la prueba de que el régimen es incompetente. Es la misma lógica del abuso, se le ata las manos al sujeto, se le golpea durante horas, y luego se le acusa de no poder defenderse. Ese mecanismo tiene nombre: proyección. El agresor proyecta sobre la víctima la responsabilidad de lo que le hace; así externaliza su propia culpa y mantiene intacta su imagen de orden y civilización.
La categoría de Estado fallido no es descriptiva, es performativa. Nombrar a Cuba como Estado fallido no constata una realidad; construye una realidad que justifica el abandono y eventualmente la intervención. Es el concepto que hace posible lo que viene después, la haitianización como dijera Claudio Katz en días recientes. Reducir la isla a un estado de degradación tal que se convierta en vitrina del horror, en demostración permanente de lo que le ocurre a quienes se atreven a elegir un camino soberano.
El mensaje es perverso en su transparencia: miren lo que pasa si se atreven a ser libres.
Pero un Estado fallido de verdad no resiste 65 años de bloqueo. Un Estado fallido de verdad no tiene una tasa de mortalidad infantil más baja que la de Estados Unidos. No forma médicos que salvan vidas en todo el mundo. No mantiene un sistema educativo universal, una ciencia propia — con vacunas incluidas — y una cultura vibrante. Lo que el imperio llama Estado fallido es, en realidad, un Estado agredido que se niega a morir. Esa es la verdad incómoda. Y esa es, precisamente, la razón de la furia imperial. Cuba en realidad no fracasa. Cuba insiste. Y esa insistencia es intolerable.
¿Qué opciones le han dejado a Cuba?
Analizadas las coordenadas del asedio, la pregunta se vuelve ineludible, ¿qué opciones tiene en verdad la conducción política cubana? O para ser más preciso: ¿qué opciones le han dejado?
La primera es la negociación en condiciones de asfixia.
Es la que recomiendan los bienintencionados, los que quieren que Cuba dialogue y negocie con los Estados Unidos. Pero negociar con un imperio que tiene el pie en tu cuello no es diálogo, puede ser rendición condicionada. Cuba ha demostrado voluntad de diálogo histórico en múltiples momentos, pero siempre desde posiciones de dignidad. Sentarse hoy a negociar sin haber roto antes el cerco energético y financiero es aceptar la negociación del ahogado, aceptar cualquier cláusula por una bocanada de aire. El resultado sería una normalización que equivaldría a la liquidación del proyecto revolucionario por goteo, como ocurrió en Europa del Este tras la caída del muro, pero con el agravante de tener al imperio a 90 millas.
La segunda opción es la resistencia heroica pero solitaria.
Es la que Cuba ha practicado durante décadas: innovar, resistir, buscar rendijas, diversificar relaciones. Pero esa opción, que fue viable cuando existía un campo socialista dispuesto a sostener el flujo de recursos, hoy se enfrenta a un límite material concreto. La resistencia heroica sin retaguardia se convierte, con el tiempo, en resistencia agónica. No porque el pueblo cubano haya perdido la voluntad, sino porque la voluntad sola no mueve turbinas ni llena estantes.
La tercera opción es la que el imperio diseña como escenario deseado: la implosión.
El estallido inducido por la acumulación de sufrimiento, amplificado por las redes de oposición financiadas desde el exterior, que permita una intervención humanitaria o una transición pactada. Esta no es una opción para Cuba; es la trampa que se le tiende.
La cuarta, la única que cambiaría en verdad el tablero, no depende de Cuba.
Depende de que quienes dicen apoyarla pasen de las palabras a los hechos. Depende de que envíen el petróleo necesario, de que pongan los buques, de que escolten los suministros, de que rompan el cerco financiero con mecanismos concretos. Depende de que pregunten a Cuba qué hay que hacer y lo hagan.
No hay más metáforas. Es el petróleo o la asfixia. Son los buques o el bloqueo. Es la acción o la complicidad.
Las lecciones de la historia que el mundo prefiere olvidar
El olvido no es pasivo. El olvido es un acto: la represión activa de aquello que, si fuera recordado, obligaría a actuar de otra manera. La comunidad internacional olvida a conveniencia los paralelismos históricos, porque recordarlos haría insostenible la postura actual.
En 1941, los tanques alemanes estaban a las puertas de Moscú. ¿Cuánto tiempo estuvieron sin reaccionar? ¿Cómo saben que no irán luego por ustedes? Hoy, nadie parece entender que la retaguardia cubana es la retaguardia del4 mundo entero. Algunos quizás la ven como un cadáver político adelantado y se comportan en consecuencia.
Durante décadas, los Estados Unidos sostuvo al régimen de Chiang Kai-shek en Taiwán con dinero, armas y flota naval, incluso cuando era evidente su derrota en la guerra civil China. Lo hicieron porque Taiwán era un portaaviones estratégico contra la China popular. Es decir, el imperio sostiene a sus aliados hasta el final, porque entiende que la fidelidad a los suyos es una condición de su propio poder. Pero los aliados de Cuba hacen lo contrario: la abandonan cuando el costo político de sostenerla supera el beneficio de no hacerlo.
La República española es el recuerdo más exacto de la situación que hoy vive Cuba. Luchaba contra el fascismo, pero las democracias occidentales — Francia y Reino Unido, principalmente — firmaron el Comité de No Intervención mientras Alemania e Italia enviaban tropas, aviones y artillería a las fuerzas de Franco. Estados Unidos por su parte, promovió el embargo de armas. La no intervención fue el nombre elegante para la complicidad. La República fue abandonada, asfixiada y finalmente derrotada.
¿El resultado? Cuarenta años de dictadura franquista. Pero el mundo pagó además un precio mayor, la impunidad con que triunfó el fascismo en España alentó al nazismo en tanto reforzó la impunidad fascista y contribuyó al inicio de la Segunda Guerra Mundial. El abandono de la República no fue inintencional; fue una decisión con consecuencias históricas catastróficas. Hoy algunos gobiernos progresistas practican la misma no intervención frente a Cuba, mientras el imperio ejerce su intervención permanente a través del bloqueo. No hay lección aprendida. El olvido es productivo y permite repetir.
Lo que el imperio olvida: los pueblos no se rinden
Y sin embargo, frente a este panorama desolador, existe un contrapunto que el análisis geopolítico clásico tiende a subestimar. Cuba cuenta con algo que ningún bloqueo puede estrangular del todo: cuenta con los pueblos del mundo más que con los Estados. Con los movimientos de solidaridad que en cada país se reúnen, organizan y preparan envíos de ayuda. Con la memoria viva de millones de personas que saben lo que Cuba ha dado al mundo y no están dispuestas a permitir que sea reducida a escombros en silencio.
Los Estados calculan, miden costos, evalúan riesgos, sopesan sanciones. Los pueblos, cuando están organizados y conscientes, actúan por convicción.
La solidaridad interestatal es frágil porque depende de gobiernos, de ciclos electorales, de alianzas cambiantes, alianzas que hoy están muertas. La solidaridad de los pueblos es más lenta, más difícil de articular, pero cuando se activa es diferente: no puede ser sancionada por el FMI ni coaccionada por la OTAN.
No hay otro país en el mundo que tenga una red de movimientos de solidaridad tan extendida, persistente y arraigada en múltiples generaciones como Cuba. Ese tejido humano es un activo estratégico que no aparece en ningún balance convencional.
La diáspora como quinta columna inversa
Hay un factor que el Pentágono parece ignorar, quizás porque no entra en sus modelos de análisis: la composición demográfica de la emigración cubana en Estados Unidos ha cambiado mucho en las últimas décadas. Los cubanos de Miami en los años sesenta eran la élite blanca que huyó de la revolución, propietarios expropiados, profesionales de clase alta, figuras del antiguo régimen batistiano. Eran el lobby más feroz contra la revolución, el motor del bloqueo, la base social del exilio duro.
Hoy la mayoría de los cubanos en los Estados Unidos son emigrantes económicos de las últimas décadas, llegados en balsas o por terceros países, con familia en la isla, con vínculos afectivos y culturales intactos, con una visión mucho más matizada de la realidad cubana.
Si el imperio osara invadir, las bombas caerían sobre sus pueblos, sobre sus abuelas, sobre sus hermanos. ¿De verdad alguien cree que los miles de cubanoamericanos — sus hijos y sus nietos — recibirían esa guerra con entusiasmo?
El cálculo político es el inverso: lo que el imperio tendría no es una retaguardia en Miami, sino una quinta columna dentro de sus propias fronteras, una comunidad dispuesta a rebelarse desde adentro del Amo.
Eso es lo que el análisis puramente institucional no puede ver, porque trabaja con categorías frías, alianzas, intereses y recursos. Lo que escapa a esas categorías es la dimensión libidinal de la política: el amor, el duelo, la pertenencia. Un pueblo no es una variable geopolítica. Un pueblo tiene madre. Y cuando las bombas caen sobre la madre, el cálculo racional se disuelve en algo más antiguo y poderoso.
Irán y Vietnam: lecciones de la resistencia asimétrica
La heroica resistencia de Irán frente al imperialismo nos ha mostrado el camino: donde caiga alguien, aparecerán cien dispuestos a empuñar las armas y defender a la patria. No es retórica, es la descripción de una sociedad que ha interiorizado la defensa de la nación como valor irrenunciable, que ha hecho de la resistencia una identidad colectiva más fuerte que el miedo.
Cuba tiene ese mismo ADN: es una nación en armas no por conscripción forzosa, sino por la conciencia histórica acumulada en sesenta y cinco años de asedio.
Vietnam enseñó que una guerra no se decide únicamente en el plano militar.
La Ofensiva del Tet de 1968 fue una derrota táctica para el Viet Cong y el ejército de Vietnam del Norte, que sufrieron enormes pérdidas y no lograron sostener las posiciones tomadas. Pero fue una victoria política estratégica: demostró que podían atacar en cualquier punto del país, incluso en los centros del poder sudvietnamita, y quebró la narrativa de Washington de que la guerra estaba cerca de ganarse. A partir de entonces, la confianza de la sociedad estadounidense en la guerra comenzó a desmoronarse. La guerra no se gana ocupando territorio; se gana desgastando la voluntad política del invasor. Y esa voluntad, en las democracias liberales con opinión pública y elecciones periódicas, tiene un límite medible en ataúdes y en puntos de aprobación presidencial. Cuba, con su geografía compleja, con su población preparada durante décadas de defensa territorial, podría reproducir ese escenario.
Una invasión a Cuba no sería la operación quirúrgica de Granada ni el paseo de Panamá. Sería un atolladero sangriento y prolongado, que duraría años y costaría miles de vidas estadounidenses.
La paradoja del aislamiento preventivo, morir solo para no morir juntos
Llegados a este punto, debemos interrogar el mecanismo profundo que lleva a las potencias que deberían disputar el orden unipolar a abandonar a Cuba. La respuesta superficial es el cálculo de costos: sostener a Cuba tiene un precio en términos de sanciones secundarias, de tensión con Washington, de riesgo comercial. Pero esa explicación es insuficiente, porque el abandono no es solo racional, tiene una dimensión de satisfacción, de alivio, que quizás solo el psicoanálisis puede iluminar.
Existe en la política internacional algo análogo a lo que Freud describió como pulsión de muerte en el individuo: la tendencia a la autodestrucción, al retorno a un estado de quietud que se alcanza a costa de la vida misma.
Los actores que abandonan a Cuba no solo están calculando sus intereses; están también, de alguna manera, renunciando a su propio deseo de transformación. El abandono de Cuba es la renuncia a la posibilidad de otro mundo. Es la aceptación, en el fondo, de que el orden del Amo es el único orden posible, de que el capitalismo global es el horizonte insuperable de la historia.
Hay en esa renuncia algo de lo que Marcuse llamó la desublimación represiva, que es la integración del sujeto en el sistema a través de la promesa de pequeñas satisfacciones que neutralizan el impulso radical. Los gobiernos progresistas latinoamericanos, las potencias del BRICS, los partidos de izquierda europeos, las organizaciones solidarias que hoy miran para otro lado: todos han encontrado, de una manera u otra, su nicho dentro del orden. Han obtenido su cuota de reconocimiento, su espacio de cómoda disidencia, sus gestos permitidos. Y en ese proceso, han dejado de ver a Cuba como un espejo de lo que podrían ser, para verla entonces como un recordatorio incómodo de lo que han dejado de ser.
Porque Cuba interpela: eso es lo insoportable. No que sea un fracaso, sino que sea una pregunta permanente, dirigida a todos los que, en algún momento, creyeron que otro mundo era posible y luego decidieron que era demasiado costoso. Cuba les pregunta: ¿en qué momento exacto decidiste que la normalidad capitalista era preferible a la lucha? ¿En qué momento exacto entregaste el deseo? Esa pregunta es la razón profunda del bloqueo y del abandono.
Al abandonar a Cuba, no están evitando su propio final; solo lo están aplazando y asegurándose de que, cuando llegue, se encuentren en la más absoluta soledad. Están cavando su propia tumba con la excusa de no mancharse las manos con la tierra de la tumba de Cuba. Porque el que elige salvarse a sí mismo en una tormenta colectiva termina aislado y luego sometido. El Amo, una vez que termina con el hermano, no firma la paz con los que miraron, los incorpora a la lista de los siguientes. Siempre necesita nuevas víctimas para legitimar su existencia.
La solidaridad como necesidad estratégica y acto de dignidad
Lo que hemos presenciado en este análisis no es una serie de errores tácticos aislados, sino una profunda crisis de conciencia geopolítica y moral en el progresismo global. Se ha perdido la noción de que la solidaridad no es un lujo moral reservado para los tiempos buenos, es una necesidad estratégica y, al mismo tiempo, la definición misma de lo que significa pertenecer a un proyecto político que aspira a algo más que la administración del orden existente.
Cuba no es solo Cuba: es la demostración viva de que es posible resistir durante décadas el asedio del poder más grande del mundo y mantener en pie un sistema de salud universal, una educación gratuita, una cultura propia, una dignidad irrenunciable.
Eso no prueba que el modelo cubano sea perfecto: prueba que la alternativa al capitalismo global no es el caos ni el fracaso automático, sino que es posible y vale la pena construir algo diferente e incluso hermoso. Al destruir a Cuba, el imperio no está eliminando una amenaza militar, está eliminando una prueba, está borrando un ejemplo. Pretende demostrar que fuera de la normalidad capitalista no hay vida posible.
Los que entregan a Cuba se entregan a sí mismos. No como metáfora, sino en el orden estratégico. Un orden mundial que dice llamarse multipolar, pero no protege a sus miembros más vulnerables cuando el Amo aprieta, no es un orden alternativo, es una extensión descentralizada del mismo dominio, un sistema donde la multipolaridad es la forma decorativa de la unipolaridad efectiva. Al traicionar a Cuba le dicen al Sur Global: «si no tienes petróleo o una posición geográfica vital para nosotros, no esperes nada». Eso, a largo plazo, los priva de aliados auténticos y los deja en un mundo donde solo importa la fuerza bruta: un mundo donde ellos también, aunque grandes, son vulnerables.
Cuando el imperio mira a Cuba, ve una isla pequeña que puede bloquear y asfixiar casi sin consecuencias. Lo que no ve — o lo que no quiere ver — es que esa isla es un volcán dormido sobre una falla tectónica global.
Cuba no es solo su geografía, es su historia, es su ejemplo, es el sueño de millones de personas que en algún rincón del mundo todavía creen que otro mundo es posible. Y mientras ese sueño exista, mientras haya un pueblo que lo encarne con su resistencia cotidiana, el orden del Amo no estará completo. Siempre habrá una grieta. Siempre habrá una pregunta sin responder.
Si algún día el imperio olvida Vietnam, olvida Irán, olvida que los pueblos no se rinden y se atreve a invadir la isla, descubrirá que la guerra no se gana con portaaviones. Se gana con la capacidad de un pueblo para decir «no» aunque le cueste la vida. Y ese «no» de Cuba, multiplicado por millones dentro y fuera de la isla, será su tumba.
Mientras tanto, la batalla es otra. Es la batalla por la vida cotidiana, por la luz, por la comida, por la esperanza. Y en esa batalla, los pueblos del mundo tienen la palabra. No para reemplazar a los Estados, sino para obligarlos a actuar. Para recordarles que la historia juzga. Que el juicio sobre los que abandonaron a la República española fue severo y permanente.
Que el silencio, cuando puede romperse, es una decisión. Y que las decisiones tienen consecuencias.
Cuba pide acciones concretas: el petróleo necesario, los buques, la custodia, la ruptura del cerco financiero, la protección del espacio marítimo, la presión real en los organismos internacionales. Pide que quienes dicen apoyarla pregunten qué hay que hacer y lo hagan. No es una petición de caridad, es una exigencia de coherencia. Basta de declaraciones. Basta de mensajes de apoyo que funcionan como coartada para la inacción.
La pregunta final no es para Cuba. Cuba ya ha dado su respuesta con 67 años de Revolución. La pregunta es para el mundo. Para los que dicen querer otro orden.
Para los que firmaron declaraciones y enviaron mensajes. Para los que tienen petróleo y buques, pero no los envían, o votos relevantes en la ONU que solo emplean para abstenerse.
¿De qué lado estás? ¿Del lado de los que esperan a que los Estados se decidan, o del lado de los que ya están actuando? ¿Del lado de los que envían mensajes de apoyo, o del lado de los que envían los buques y deciden enfrentarse de una vez a los designios del Imperialismo?