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Moncayo desperdicia agua en medio de la sequía

CLARIDAD 

 

Mientras el embalse de Fajardo atraviesa uno de sus niveles de agua más bajo en su historia, los vecinos del barrio Quebrada Vueltas documentan cómo el lujoso proyecto Moncayo irriga, con aspersores repartidos a lo largo de toda su construcción, lo que sería su campo de golf. La obra riega todos los días –salvo domingo– para mitigar las polvaredas que levantan los constructores.

De acuerdo con un vídeo publicado por Manuel Manolo Muñoz, residente de Quebrada Vueltas, los hilos de agua mojan tierra seca, parecida al relleno y se extienden por toda la huella de actividad industrial. Los desarrolladores, según adujo el vecino, utilizan agua de unos supuestos pozos que almacenan agua dentro de los terrenos de Moncayo.

«Siguen botando agua del embalse. Mientras nosotros tragamos polvo y no podemos lavar escrines (mallas protectoras), ellos botando agua. Regando las matas, regando el campo de golf y vaciando el embalse de Fajardo, y no les llaman la atención… ¿Quién les va a creer que los lagos (de allí) producen tanta agua? Unos lagos que son artificiales. ¿Y de dónde sacan esa agua?», cuestionó Muñoz.

El legislador municipal por el Partido Independentista Puertorriqueño (PIP), Antonio Prieto Colón, cuestionó por igual estos pozos artificiales y su efectividad en medio de la sequía, asegurando que no podrían resistir los efectos del fenómeno atmosférico sin ver sus operaciones limitadas. “¿Han tenido un nivel de agua óptimo para estar regando los campos de golf vacíos todos los días, durante horas?”

“Es realmente preocupante el uso de agua porque no parece que es real que ellos se estén supliendo únicamente de esos lagos. Y si resulta que esos lagos no se vaciaban, entonces ¿cómo están llenando esos lagos? ¿Con qué agua se están supliendo esos lagos? Porque sabemos que no ha llovido todo este verano. ¿Ellos tienen un mecanismo único que les preserva el agua? Que se lo digan al gobierno, entonces, para ponerlo en el resto de los embalses”, elaboró el excandidato a la alcaldía de Fajardo por el PIP.

A nivel municipal, Prieto Colón presentó este mes dos resoluciones para atender la situación con Moncayo. La primera, relacionada con la servidumbre de paso, denuncia las condiciones desfavorables en que se encuentran las zonas de acceso público de Moncayo. CLARIDAD recorrió ese litoral a principios de agosto. La segunda resolución plantea investigar cómo Moncayo extrae y usa el agua en su construcción.

“Ambas mociones fueron acogidas por la legislatura y las va a atender la Comisión de Salud. Me imagino que este mes convocarán una reunión para trabajar con eso. Por lo menos reunirnos con la comunidad. Espero también que se pida información a los directores de Moncayo en cuanto a permisos, proyección, de cuánta gente se va a estar conectando al agua de Fajardo, si en efecto están utilizando el agua de Fajardo. Esperemos sepamos un poco más del asunto este mes”, agregó el historiador.

Con relación a los antiguos permisos con que opera Moncayo – correspondientes a otros dos desarrollos fracasados en los mismos terrenos– Prieto Colón indicó que los vecinos de la construcción están orientándose con profesores de la Universidad de Puerto Rico (UPR) y la Clínica de Asistencia Legal para auscultar cómo reaccionan al asunto.

Días antes, el alcalde de Fajardo, José Aníbal Joey Meléndez, visitó las inmediaciones del embalse regional para alertar con relación al nivel. El jefe municipal aseguró que se trata del “nivel más bajo” en la historia de la represa, construida en 2006. De acuerdo con Meléndez, la conexión de los clientes de Río Grande ha duplicado la cantidad de agua que se gasta. No hizo, empero, alusión a los aspersores de Moncayo.

“Gasta aproximadamente seis a siete millones de galones de agua a diario. Esto es una planta que estaba (diseñada) para suplir a Fajardo, Luquillo y Ceiba, más bien que opera supliéndole agua a Fajardo, Luquillo y Ceiba. Ahora que le está supliendo a Río Grande, estamos gastando el doble de lo que se gastaba…en el peor momento que ha estado el embalse. Búscate esa lógica”, expresó el alcalde desde su página de Facebook.

Meléndez destacó, por otro lado, otras conexiones a zonas de Río Grande que suman dos millones de galones diarios al agua que expide la represa. Al cierre de esta edición, el Municipio de Fajardo no respondió a las solicitudes de CLARIDAD para citar al alcalde. Actualmente, Fajardo no enfrenta planes de racionamiento oficial, aunque varias comunidades – como Quebrada Vueltas– reportan inconsistencia en el servicio.

 

 Entrevista a la periodista y escritora Stella Calloni sobre la situación en Venezuela

 

 

Por ​Lois Pérez Leira* / Resumen Latinoamericano.

Stella Calloni (Entre Ríos, Argentina, 1935) es una renombrada periodista, escritora, poetisa e investigadora especializada en política internacional. Reconocida como una de las voces más destacadas del periodismo de investigación en América Latina, fue corresponsal de guerra en Centroamérica y el Caribe y es autora de valiosos estudios sobre los procesos políticos de la región, destacando sus investigaciones de referencia sobre la Operación Cóndor (Los años del lobo, Pacto criminal). A lo largo de su extensa trayectoria, en la que fue galardonada con el Premio Latinoamericano de Periodismo José Martí y el Premio Rodolfo Walsh, se ha caracterizado por su mirada crítica, su firme defensa de los derechos humanos y un constante compromiso ético en el análisis geopolítico del continente. Las fuertes declaraciones políticas de Stella Calloni seguramente abrirán un rico debate internacional.

– ¿Qué está pasando en Venezuela?


​Stella Calloni: 
Para mí, esto pone al descubierto la debilidad absoluta de las izquierdas y de los intelectuales; era algo evidente. Lo que estamos presenciando hoy guarda una relación directa con haber aceptado en silencio los acontecimientos del 3 de enero de 2026. Nadie ofreció una explicación convincente de por qué ocurrió lo que ocurrió: una operación quirúrgica de apenas dos o tres horas donde secuestran al presidente, lo trasladan al exterior y, además, se apoderan del control del país.

Stella Calloni con Hugo Chávez


-Usted hace un contraste muy duro entre la capacidad de respuesta militar de Venezuela y otros episodios históricos de la región. ¿Por qué le resulta tan incomprensible esa falta de resistencia?

​Stella Calloni: Es incomprensible. Venezuela cuenta con un ejército numeroso, dotado de radares, armamento y una estructura defensiva que el propio Chávez dejó organizada. No era una nación indefensa. Pensemos en el caso de Panamá cuando fue invadida por Estados Unidos: era un país de apenas dos millones de habitantes, con el Comando Sur operando dentro de su propio territorio y con una fuerza militar de solo 4.000 efectivos en formación, sin aviación ni armamento pesado. Aun así, en Panamá la gente y las fuerzas armadas resistieron con lo que tenían a mano. Por eso resulta inadmisible que aquí no haya habido resistencia, salvo por el heroico ejemplo de 32 compañeros cubanos y algunas acciones aisladas en cuarteles desprovistos de defensa. Una acción de esta magnitud jamás pudo ejecutarse sin complicidad o un arreglo interno.


-En su análisis, el impacto no es solo militar o político, sino también económico e institucional. ¿Cómo evalúa los pasos que se dieron inmediatamente después?


​Stella Calloni: 
En el lapso de una semana instalan a una presidenta encargada cuya primera medida es ceder la administración de los recursos petroleros al Tesoro de Estados Unidos. Y pretenden justificarlo argumentando que son «concesiones necesarias para salvar al pueblo». ¿Salvar a quién? Con la presencia del Comando Sur en el territorio y la implantación del denominado «consenso Trump», se catalogará como terrorista a cualquiera que intente defender la soberanía de su patria. El enemigo interno pasamos a ser todos nosotros.


-Hay un reclamo directo en su discurso hacia la dirigencia política y el rol de la memoria histórica. ¿Siente que se ha traicionado el legado de figuras como Hugo Chávez o Fidel Castro?


​Stella Calloni: 
La traición a Chávez es absoluta y total. Por eso borraron su legado del mapa y ahora intentan hacer lo mismo con la figura de Bolívar. Buscan erradicar la memoria histórica de nuestros pueblos, arrasar con las conquistas sociales y dejar una sociedad empobrecida y desesperada. La izquierda se amparó en ese proyecto extraordinario de comienzos de siglo, pero aquella etapa se sostenía por la estatura de una dirigencia histórica con Fidel Castro y Hugo Chávez a la cabeza. La dirigencia actual creyó que se podía subsistir asistiendo a cumbres, pronunciando discursos elocuentes y redactando documentos. La política exige acción, y aquí no se hizo nada.

Con el Comandante Fidel Castro

-También menciona con mucha preocupación la situación humanitaria en Cuba. ¿Qué cree que está fallando en la solidaridad internacional con la isla?


​Stella Calloni: 
Nos estamos durmiendo. En Cuba la población está sufriendo un desgaste desgarrador, una asfixia dramática que recuerda a la situación de Gaza. Por más ayuda puntual que se envíe, hablamos de un país de casi diez millones de habitantes paralizado, sin insumos energéticos básicos y con un sistema hospitalario al límite. No podemos limitarnos a lamentarnos por los rincones mientras esto sucede.


-Para concluir, ¿cuál es su llamado a la acción ante este panorama?

-Es hora de movilizarse y actuar. Y quiero ser clara: no estoy haciendo un llamamiento a la insurrección armada ni a nada semejante. Hablo de romper la inercia del círculo cerrado en el que nos debatimos entre discursos impecables que no transforman la realidad. Hay que autofinanciarse si es preciso, salir a la calle, articular con las bases, interpelar a los centros de poder y demostrarle al imperio que seguimos vivos.

*Coordinador Regional del Sovintern para América Latina y el Caribe. Reproducido de www.rebelion.org, 30 de agosto 2026

 

De acuerdos en desacuerdo y si mal no recuerdo: Venezuela y EEUU

 

 

Leo artículos y opiniones sobre el acuerdo en desacuerdo entre el gobierno venezolano y las empresas petroleras de EEUU.

Aquí me van a perdonar que trate de alejarme de las consignas.  Sé que éstas cumplen una función. Proponen mensajes claros que facilitan la identificación y la cohesión entre los miembros que la usan. Una buena consigna es un símbolo de resistencia, da esperanza y tienen resonancia emocional. No se puede renegar de eso. Sin embargo, la situación del petróleo venezolano y el posible acuerdo con Estados Unidos es muy compleja. Se inscribe en un contexto geopolítico más amplio. Uno podría ir más lejos y decir que este llamado acuerdo tiene que ver más con Irán, el Estrecho de Ormuz y las elecciones legislativas, estatales y locales de noviembre 2026, que con el anuncio grandilocuente de Trump y el mensaje de Delcys Rodríguez. El primero anuncia con el performance con el que le conocemos que “EEUU se adueñó de 65 mil millones de barriles de petróleo”. “Es un regalo de Venezuela” dice. Rodríguez señala que el acuerdo defiende la soberanía e independencia de Venezuela. Nadie dice que Venezuela es, de facto, una colonia extractivista del imperio que da golpes a diestra y siniestra mientras baja la cuesta de la historia.

En las redes las respuestas al dicho acuerdo han sido, como sucede generalmente, vitriólicas. Sulfato de amonio. Una metáfora, por favor. Para algunos Trump es un héroe digno de la Odisea, o es un pedófilo y un político despreciable. Una cosa no cancela la otra. Por otro lado, Delcy Rodríguez es una traidora. Ahora se llama María Corina Rodríguez. O en realidad es una estratega del Realpolitik. Por ahí anda la verdad, que es la primera víctima en los conflictos entre países.

Planteemos que el poder se ejerce tomando como guante la diplomacia y los criterios prácticos, materiales, de conveniencia, que dejan esperando en la estación las ideologías, la ética y los grandes ideales. El tren que lleva a la gran aurora se descarrila, se ralentiza. Preguntemos. ¿EEUU se adueñó de 65 mil millones de barriles de petróleo? No se apresuren. Saquen la calculadora. Dependiendo de las fuentes (Trump o Delcy) se van a producir 3 millones o 1.5 millones de barriles al día. En la escala del hiperbólico Trump esos son mil cincuenta y seis millones al año. Para llegar a los 65 mil millones hay que esperar unos añitos. No los 25 que dice la presidenta en funciones de Venezuela. Está más cerca de lo que anuncia Casa Blanca:NABEP recibió concesiones por 100 años para operar 17 campos con esos 65 mil millones. No sé exactamente cuantos años porque no tengo calculadora. Si supiera sumar y restar en vez escribir de novelas de ciencia ficción o historia, sería economista, que es más atrevido. Lo que me parece, a vuelo de pájaro, es que las cuentas y los acuerdos no están claros.

Una amiga vocifera -que no es otra cosa que escribir todo en MAYÚSCULAS- que EEUU se quedó con todo el petróleo de Venezuela. Tómenlo con calma. Venezuela, repito, hace concesiones en torno a 17 campos de 350 que tiene el país. Y la cantidad que recita el acuerdo representa, en teoría, entre el 21% y el 22%.  ¿Eso significa que EEUU es dueño de ese petróleo? Lo cierto es que la extracción efectiva de esos barriles duraría casi lo que duró la familia Buendía y tiene sus límites. Por otro lado, la legislación venezolana, la Ley Organica de Hidrocarburos, establece que las reservas son intransferibles y pertenecen a la nación. Las empresas gringas aseguran derechos de explotación pero no propiedad sobre los recursos. Así dice el acuerdo que nadie ha leído.

Sin embargo, hablar de legalidad es como hablar de un Wallenda en la cuerda floja. ¿Cuál legalidad? No es legal secuestrar a un jefe de estado y llevarlo a Nueva York acusado de ser el capo de un delirante Cartel de los Soles, que la propia magistratura norteamericana alega que probablemente no existió. EEUU está negociando con el aparato y funcionariado del gobierno de Maduro. Delcy Rodríguez es presidenta interina, no electa. ¿Será constitucional el acuerdo? Pero, ¿cuándo invadieron el país qué constitución fue la que respetó uno de los socios de este acuerdo?

Entonces, resbalando en la legalidad, la administración Naranja suma y resta para anunciar que el esquema generaría -condicional- 200 mil millones en impuestos y regalías para Vénguela en esos primeros 25 años. Los siguientes 75, porque recuerden que Trump habla de un siglo, ¿serán gratuitos?

Ahora, más allá de las consignas, la presidenta en funciones manifiesta que el país necesita monetizar su petróleo debido a las sanciones y a la crisis económica. Son necesarias lo inversiones y acuerdos. ¿El acuerdo podría ser beneficioso para ambas partes? Las empresas estadounidenses terminan con el bloqueo y las sanciones que jodieron a Venezuela obtendrían acceso a recursos, mientras que Venezuela podría recibir inversiones, mejoras en infraestructura, tecnología, aumento en el empleo, e ingresos fiscales que se calculan en centenares de miles de millones.

Entonces, ¿terminaron las sanciones y Venezuela puede capitalizar con su recurso principal de manera práctica? Sin duda las sanciones y el retiro de las empresas norteamericanas tuvieron como resultado una disminución de la inversión extranjera en el sector petrolero, lo que afectó la capacidad de la empresa estatal de petróleo para mantener y aumentar la producción. Sí. La falta de recursos y tecnología, lo que ahora plantea la presidenta se subsanará,  fue exacerbada por las sanciones. Cuando Rodríguez habla de que el acuerdo acabará con las dificultades  del mantenimiento de la infraestructura petrolera, con un aumento significativo de la producción, ¿no es lo que se buscaba? ¿Terminar con las sanciones? ¿Poner a producir y ha extraer de campos verdes? Las preguntas se producen más rápido que los barriles de petróleo ¿A qué costo? ¿Más allá de lo material y económico? ¿Qué se perdió? ¿Qué empresas norteamericanas van a invertir? ¿Aquellas en las que el Pentágono es socio? ¿Las de CEO investigados por corrupción?¿Qué nos dice la historia sobre acuerdos similares entre EEUU y un país con recursos de petróleo? Un ejemplo: Irak. Devastada por la guerra. EEUU, quien fue el devastador, la va a resucitar. Promete infraestructura y tecnología. ¿Cómo está Irak hoy?

Desde el cinismo puro, digamos, si en la práctica se acabaron las sanciones, ¿aumenta la capacidad de Venezuela para acceder a financiamiento internacional? ¿El anunciado aumento en los ingresos mejorará la capacidad del gobierno para invertir en sectores esenciales y atender las necesidades de la población? ¿Será posible que esos ingresos alivien la crisis de desabastecimiento de productos básicos y medicinas, solucionando la crisis humanitaria en el país agravada por los terremotos? ¿Venezuela podrá mantener relaciones comerciales con países no aliados a EE.UU., como Rusia y China, para continuar exportando petróleo?

Pero hablemos de ingresos. EEUU ha obtenido 13 mil millones de dólares desde que tomó el control de las exportaciones del crudo venezolano (según N+ Univisión, que no es un organismo de izquierda). El gobierno venezolano confirma haber recibido unos 300 millones de dólares. No sabemos si a partir de este acuerdo EEUU seguirá en control de las exportaciones y administrando las ganancias, decidiendo qué cantidad irrisoria le deja caer a las arcas del país invadido. ¿Podrá mejorar la calidad de vida de la ciudadanía con este esquema brutal?

Tengo muchas preguntas. Las respuestas no se pueden contestar a corto plazo. Ni siquiera tengo la certeza de que esos acuerdos sean finales y firmes y duren más de lo que dure un temblor. Lo que está claro es que el mundo es más complejo de lo que nuestros deseos y nuestras ideologías- nuestros modos de interpretar el mundo- nos permiten narrar brevemente para darnos confort.  Si alguien tiene las respuestas ahora mismo, las espero. Mientras tanto, una consigna se acerca a mis labios, “Váyanse al carajo, y…” pero me contengo porque, a pesar de todo, quiero ser objetivo.

 

 

Intempestiva con auto blanco y faisán

 

  1. Conduzco por una carretera interior entre Guaynabo y Aguas Buenas. En el sentido contrario, un auto blanco viene a toda prisa. Me hago a la orilla del camino para evitar un posible choque, en estas carreteras el espacio entre carriles es lo suficientemente ancho para que dos autos pasen a centímetros del otro.
  2. No menos de diez minutos después de este percance, veo dos animales a la orilla de la carretera. Son faisanes. Uno está de pie al lado del otro, que está tumbado sobre la carretera. No es difícil determinar que un auto lo mató pasándole por encima. Con cuidado, paso por el lado. El faisán vivo está ante el caído con una detención absoluta de todo movimiento. Antes de proseguir mi camino, busco la mirada del animal. El faisán tiene la vista puesta en un más allá de toda agencia e interrogante humana.
  3. Para el animal, la muerte es más real que lo Real, que es lo mismo que decir que el animal no comparte nuestra obsesión demasiado humana con la clasificación, con la categoría. Incluso para filósofos como Heidegger, en el que la experiencia del animal con la muerte no es otra cosa que un reventar (Sterben), no puede dar cuenta del abismo que se abre ante la mirada del animal, excepto como ente privado de Ser. Pero esto tampoco es suficiente.
  4. Lo que entendemos de la muerte del animal es nuestra inteligencia desbordada ante un incontestable, que en el fondo, tampoco contesta nuestra propia interrogante ante la muerte. Esto no significa que no haya una inteligencia del animal ante la muerte, que es también la inteligencia con la que intento contestar mi propia agencia ante el advenimiento de mi muerte. Por algo observo a un faisán que está de pie, quieto en su absoluto, ante otro que yace atropellado, que muere por humano accidente o su agencia. Su inteligencia no es la nuestra, y nosotros no logramos contestar la interrogante por ambos. Su saber ante la muerte es tan fútil como el vasto conocimiento humano, que brinda toda clase de respuesta a una pregunta sencilla: ¿qué es la muerte?
  5. En los campos crematorios, la muerte fue el proyecto de erradicación («Figuren» fue la palabra alemana predilecta en medio de la Solución Final). En la masacre de haitianos bajo Trujillo, la muerte fue la R traidora en perejil. Para los taínos ante el cuerpo ahogado de Salcedo, fue la certeza de una guasábara en la que ellos, como nosotros, también sangran y mueren. Fue y pudo ser. Nuestra respuesta viene de un saber que la pregunta abarca, pero nunca satisface. Por ello en mi mirada ante un faisán de pie ante otro, habita la certeza de que aquello allí esboza una pregunta que provocará toda clase de respuestas, pero ninguna jamás dará cuenta de la velocidad blanca en los ojos de un faisán testigo de nuestra desnudez, nuestro gran y terrible desamparo ante el mundo.

Guaynabo, 29 de agosto de 2024

Ayer será otro día

Corro por el oscuro pasillo gris, estrecho como un túnel, hacia la claridad que veo al final. Siento que alguien me persigue, aunque no sé si es invento de mi imaginación. Ya me pisa los talones, por lo que acelero sin darme el lujo de mirar atrás.

Estoy llegando al final del pasillo intersectado por una pared, en la cual veo dos letreros: uno, con una flecha que apunta a la izquierda, con el texto Santo Domingo 1998; el otro, con una flecha hacia la derecha, Bombay 1993. Doblo a la derecha y bajo de dos en dos los escalones de unas gradas que terminan frente a una escena callejera. Hay comerciantes de telas, de joyería y de jugos tropicales; mujeres cargando cestos de mimbre encima de la cabeza; faquires descamisados con turbantes blancos sentados en el suelo. Regateos en voz alta; rupias y paise cambiando de dueños. A pesar de la ebullición de tanta gente, me parece que todo se mueve demasiado lento. Odio la lentitud; y más en este momento de precariedad. Si se movieran más rápido, yo escaparía de esta situación. Corro desesperado a lo largo de la estrecha calleja llena de toldos y puestos de mercancías baratas procurando evitar el choque con quienes cruzan de un lado a otro. Diviso un grupo apretado de personas que se acerca. Me bloquearán el paso.

¿Detenerme? No. ¿Colisión? No. ¿No?

A la derecha, por una rampa que desciende y entra en uno de los edificios mientras se vuelve tan oscura como el pasillo del principio. Más apretada. Algo de claridad al final. Ya no estoy en Bombay 1993. No hay letrero, pero sé adónde me lleva este pasillo que empieza a tornarse ligeramente más espacioso.

Es Buenos Aires, mil novecientos ochenta y cuatro. Sigo en el pasillo gris, pero una serie de anchas ventanas de cristal a mi derecha dejan colar la claridad de afuera. Estoy en un segundo piso. Éste continúa como balcón colgadizo al otro lado de los cristales, en el que hay mesas con comensales y mozos que les toman las órdenes con mucha atención. Al fondo se ve un tope de edificio blanco, con la Albiceleste luciendo su Sol de Mayo en un asta. Veo una pareja de veinteañeros que llega a una mesa vacía. Por primera vez aflojo la carrera un poco, aunque no me detengo.

Yo los conozco… A ella la recuerdo por su dulzura y su carácter. Enfrenta toda dificultad con valentía, y no niega sonrisas. Una mujer perfecta para el hombre que le sepa apreciar. A él también le recuerdo, y preferiría no hacerlo. Un desgraciado que cree merecerlo todo porque tiene un título y trabaja con la Coca-Cola. El Alzheimer se vuelve una bendición cuando nos ayuda a olvidar a personas como ésa.

Veo que él, sonriente, hala la silla para que ella se siente, y ella le contesta con un «gracias» y una sonrisa. Él se sienta, sonriente aún. Un pañuelo que ella llevaba en su mano ha caído junto a las patas de la silla de él. Él se limita a señalarlo, y a decirle «se te cayó». De forma todavía amable, ella le pregunta: «¿Me lo podrías alcanzar, por favor?», a lo que él contesta: «Cógelo tú misma», con una sonrisa. Me comienzo a alejar de la escena y a acelerar el paso nuevamente, pero escucho las últimas palabras de la mujer: «Veo que esto no va a funcionar; después de cinco años, eres el mismo patán de siempre». Estoy de espaldas a ellos, alejándome en mi carrera, pero sé que ella se ha levantado, con rostro inexpresivo, y que ha recogido el pañuelo por su cuenta, sin mirarle más a los ojos. Y sé que ha tomado su humilde pero elegante bolso blanco y se ha marchado del lugar, sin siquiera mostrar cara de enojo.

Yo lo sé. Yo estaba allí. Yo soy el patán que la dejó ir hace cincuenta años.

Y siento la congoja que estrangula mi corazón como un pulpo. Y es más congoja porque en los sueños no hay nada que nos distraiga de ésta; los sentimientos se vuelven centro de importancia absoluta. Trato de apretar el paso otra vez, aun con el ahogo del pecho. Y no me acongoja tanto la palabra patán, sino la frase «eres el mismo…de siempre». Como una continuidad de carácter que rechaza la redención.

Llego a un montacargas sin puerta que empieza a elevarse tan pronto me ubico dentro. No veo que se mueva, pues no hay puntos de referencia a mi alrededor, pero lo percibo. Noto una silla de oficina y me siento, buscando un respiro a mi correr.

Hay una metamorfosis. Todo, menos la silla, se desvanece en el aire, y estoy en la oficina, frente al escritorio de la doctora en Salud Conductual que me atiende. «¿Y?», me pregunta, bajando su mirada a un punto del escritorio. «¿Te la tomarás?» Noto una pastilla allí. Un nuevo medicamento llamado Xanchoteb.

La conversación continúa como un intercambio de preguntas sin respuesta.

–¿No me la tomé ya?

–¿Qué dices tú? ¿Te la tomaste ya?

No estoy seguro. Tan seguro que me sentía en otros años, pero hoy no. Y no es cuestión de memoria, sino de ver cómo los castillos más sólidos son castillos de sal que se van disolviendo con la insistencia de los aguaceros.

–Tomarse más de una dosis, ¿no creará adicción?

–No con este medicamento. Tú ya eres adicto a un recuerdo que sigues visitando una y otra vez.

–Yo vine aquí para que me ayudara a tener algún agarre de la realidad, no a que la deje a mi discreción.

Con amabilidad inexpresiva, me explica que hoy día la salud conductual no busca traer al paciente a una realidad objetiva, sino a que se sienta bien con su propia realidad. Mueve un retrato familiar con marco negro en su escritorio un poco a la derecha.

–Acabo de verla— digo, rompiendo una escarcha de silencio que se comenzaba a formar. Le cuento que la vi primero en Mayagüez, a mediados de mil novecientos setenta y ocho. Era mi segundo año de estudios, en vías de convertirme en químico. Ella había llegado de Argentina, creo que becada por la OEA, a estudiar biología, aunque tuvo que abandonarlo.

Sólo nos conocimos de vista durante ese año. Dialogamos por primera vez en la entrada al Bithorn en la inauguración de los Juegos Panamericanos de mil novecientos setenta y nueve.

«Oye, tú estudias en Mayagüez, ¿verdad?», le pregunté. Nos pareció agradable encontrar una cara conocida en un lugar desconocido. Seguimos hablando, y de una vez nos sentamos juntos en el estadio. Cuando abuchearon a Romero Barceló, ella me miró y me dijo: «Parece que tu país y el mío tienen patanes en el gobierno», a lo que ni contesté. Nunca me metí en política.

Ése año fue intenso y rápido. Para septiembre la llevé a conocer a mi familia; mi madre quedó encantada con ella. A mí hasta me dio algo de celos, porque ella actuaba como una hija para mi madre, y así era tratada de vuelta. Incluso pasó con nosotros la navidad en casa de mis padres; aunque no para celebrarla, sino más bien, por su propia voluntad, para servirle de apoyo a mi madre tras la muerte de mi hermano en un accidente en la carretera número dos, por Vega Alta. Se convirtió en el hombro en el cual lloraba mi madre. Aun a mí me sorprende tanto apego entre ambas en tan poco tiempo. Yo mismo, si bien tenía algo de dolor por la muerte de mi hermano, estaba más ocupado de mis estudios, que esperaba concluir en el siguiente semestre.

Y mientras más me acercaba a completar mi grado, más la alejaba. A mediados de mil novecientos ochenta ella tuvo que abandonar los estudios y regresar a Buenos Aires, mientras que ya la Coca-Cola me estaba haciendo ofertas de trabajo para tan pronto me graduara.

Curiosamente, al irse le dejó su dirección de la Argentina a mi madre, no a mí, y siempre le escribió hasta su muerte.

–Antes yo corría para atrapar mi futuro… Ahora corro para tratar de atrapar mi pasado–confieso.

–¿Te la tomarás? – me repite su pregunta, que ya molesta por lo monótono. Miro la pastilla frente a mí, y cierro los ojos.

Abro la puerta de la oficina y salgo a la acera de la Ponce de León. En uno de los negocios se oye Querida, de Juan Gabriel. Frente a mí, un poco a la derecha, la parada de guaguas. Miro instintivamente hacia la izquierda para ver si viene alguna. Ahí está él, a tres cuerpos de distancia. Empiezo a alejarme de él tan pronto lo descubro. Usa un casco militar, y esconde el rostro detrás de una máscara antigases; ropa ceñida al cuerpo, además de coderas, rodilleras, chaleco a prueba de balas y botas militares de las más pesadas; todo en negro, al igual que una especie de macana construida con un bate de béisbol atravesado en su punta distal por una hoja de hierro curva; noto en su izquierda un escudo también negro, con el diseño de una calavera cenicienta. Con amenaza, me mira a los ojos.

Giro totalmente a la derecha, y camino lo más apresurado que permite mi cuerpo. Siento que me sigue, por lo que fuerzo un trote, el cual cambio de inmediato por carrera libre. Doblo la esquina, y veo una puerta de sótano abierta. Desciendo por ella. Oscuro. Corro a lo ciego. Sé lo próximo. Claridad esperanzadora al final del pasillo. Una pared con dos letreros, como tantas veces: izquierda, Ciudad de Panamá 1980; derecha, Johannesburgo 2000.

Izquierda. Puedo correr más rápido, como si estuviera mucho más joven. Hay una media curva que termina en dos escalones que desciendo, para encontrarme en una acera. Parece mediodía; de ambas direcciones viene gente caminando con bolsos. Comienzo a cruzar la calle en el paso de cebra, tratando de evitar el tránsito de la multitud y de los vehículos. Regateo mi paso con un bus diablo rojo que suena la bocina, y llego a la otra acera. Veo vajillas y electrodomésticos en una vitrina del negocio de esa esquina. No entro. Voy hacia la izquierda y doblo hacia Vía España, donde encuentro un trancón. Hay más diablos rojos que me obstruyen el paso. Se siente mucho calor; y más por la sequía. Rozo con la multitud. Todo lento. A la derecha veo una puerta entre dos edificios. Sospecho dónde termina. Quizás, si no entro… Pero entro. ¿Dónde, si no ahí?

El mismo pasillo oscuro que se ensancha al final. Estoy de vuelta en Buenos Aires, mil novecientos ochenta y cuatro, mirando a través de estos cristales a la misma escena que protagonicé con ella en el balcón del segundo piso. Por primera vez noto que hay un picaporte de este lado de la pared que me ayudaría a abrirla, y quizás salir a escena. También noto que llegué un poco antes de que se sienten, y que me bastaría abrir esta puerta para tocarla a ella.

No lo hago, y vuelvo a ver representado el mismo recuerdo. Le hala la silla. Sonrisa.

Pañuelo que cae. Recógelo tú. Patán. Eres el mismo de siempre.     Y corro acongojado por el mismo pasillo que me lleva a un montacargas sin puerta, y me siento en la silla.

Estoy de vuelta en la oficina, con la profesional frente a mí. «¿Y? ¿Te la tomarás?», me pregunta, creo que nuevamente, mirando a la pastilla de color esmeralda. Trato de esquivar tomarla, no sé si por tercera vez.

Le hablo de ella. Durante la dictadura, sus tres hermanos fueron desaparecidos al mismo tiempo. Era el año mil novecientos setenta y siete. Ella se salvó porque todavía no estaba en la edad de hacer demostraciones contra el régimen. Su madre se unió a otras madres que también habían perdido familiares, y comenzaron a protestar en la Plaza de Mayo. Una y otra vez, ella veía cómo su madre llegaba a casa, cada vez con salud más decaída. Parece que de su madre aprendió el estoicismo. Esa última vez que la vi, según me enteré luego, la madre había vuelto de una de las manifestaciones, todavía sin noticias de sus hijos. Si yo hubiera recogido su pañuelo, habría sabido que ella había estado llorando por la angustia de su madre. Pero, ¿qué me importaba a mí? Lo único que me preocupaba era que la Coca-Cola de dieta tuviera un buen sabor en su debut argentino aquél año; así me aseguraba un trabajo que pagara bien.

–Si yo pudiera cambiar ese recuerdo. Si hubiese podido hablarle una última vez.

–¿Por qué querrías hablarle a ella?

–Para dejarle saber que he seguido recordando durante todo este tiempo. Aunque no creo que haría diferencia. Me enteré de que ella partió hace unos años atrás.

–¿Y al hombre? ¿Qué le dirías?

–A ése que se lo lleve el diablo.

Empieza a formarse un silencio que la profesional de salud conductual logra disolver, preguntándome cómo la reencontré. Le digo que después de haber trabajado en la planta embotelladora de Ciudad Panamá, encontré la oportunidad de ser parte del lanzamiento del refresco de dieta en Argentina. Era eso o mudarme a la embotelladora de Atlanta, con todos los problemas que había del lanzamiento de la Nueva Coca-Cola. Yo no quería riesgos, así que me fui a buenos Aires. Ya allí, fue mi madre quien me envió la dirección de ella, con algunos dulces que le había confeccionado. Estoy seguro que mi madre tenía la esperanza de que volviéramos a estar juntos.

Silencio otra vez.

«¿Qué tiene la Ksan-cho-TEB?», indago, tratando de pronunciar lo más correcto posible, y buscando llevar mi desconocimiento médico a la química, mi territorio conocido.

«La fórmula de la Shan-co-TEB» me corrige, dando énfasis a cada sílaba «no es pública todavía; el medicamento trabaja haciendo un puente que une la realidad percibida y la realidad imaginada.»

Le pregunto nuevamente si entonces lo que veo al usarlo es real o no.

«Está de ti decidirlo. Hoy día, los profesionales de la Salud Conductual no decidimos cuál debe ser la realidad del paciente» es su réplica, todavía sin soltar prenda.

Sonrío y miro la pastilla.

Empujo la puerta de la oficina. Salgo a la avenida. Se siente la diferencia de temperatura entre la oficina y la calle. La Ponce de León se ve desierta y silenciosa, salvo por alguna música en algún negocio. Antes era ebullición. Pero me parece raro que no haya automóviles. Ni siquiera guaguas.

Miro instintivamente hacia mi izquierda, en dirección a Miramar, para ver si viene alguna. De nuevo ahí, pero esta vez ya me miraba antes de que le mirara yo. Esta vez decido cruzar la calle, hacia una entrada como de estacionamiento subterráneo. Hasta esta calle que he recorrido tantas veces en mi vida ya me parece desconocida, con lugares que no sospechaba que tenía. Bajo las escaleras con la ya esperada oscuridad que me acompaña. Casi tropiezo y caigo. Ahí abajo hay una salida alumbrada. La misma pared con sus dos opciones. Tomo hacia la derecha, sin mirar hacia dónde.

Hay un angosto piso de tierra. Por el anuncio de Koka-Kola Kowk, cuya pintura roja empieza a descascararse en el pizarrón, y el nombre SOOMAALIYA debajo de éste, sé que estoy a la entrada del aeropuerto. O a la salida, según lo vea. Estoy en Mogadiscio 1987. No debí revisitar este recuerdo. Es como una pesadilla dentro de otra. Me dirijo hacia la izquierda, rumbo a la ciudad, subiendo una cuesta de unos doscientos metros de largo, por la avenida que me aleja del aeropuerto y que agita mi respiración. A lado y lado, sólo tierra de color rojizo palpitante, luciendo algunas retamas africanas florecidas.

Salgo de la avenida, y entro en una calle de dos carriles. A ambos lados, en las angostas aceras hay diferentes talleres artesanales; máquinas de coser de pedal, vendedores de sombreros y de bastones teñidos con color natural: pareciera que aún no conocen la electricidad. Una carreta llena de sandías tirada por un burro me alcanza y rebasa. Esquivo a vendedores, artesanos, y mujeres ñangotadas que amamantan a sus hijos sin abandonar las labores manuales que realizan.

Cuatro muchachos, entre catorce y diecisiete años, cruzan corriendo la calle hasta la acera en la que me encuentro. Escucho: «Jooji!» algo distante. Los muchachos llevan hondas de cuero en sus manos; comienzan a girarlas sobre sus cabezas, mientras la multitud alrededor de mí se alborota. Descargan lo que para mí son juguetes contra unos muchachos que están al otro lado de la calle, vestidos con uniformes caquis, que les llevan poca edad. Enseguida se escucha como un metrónomo el seco tac-tac-tac de los AK-47 que apuntan hacia acá, en dirección a los davides. Y yo en el medio de esto.

Aquí llegó mi hora mientras aumenta mi sentido de preservación pasa una camioneta llena de pasajeros al límite de su capacidad y a la velocidad máxima que le permite la carga humana.

Corro agachado junto a ella buscando protegerme en lo posible para no convertirme en víctima colateral de una refriega que no me concierne. Noto al escape que estoy vestido de blanco; el puño de mi camisa está marcado por una línea de acción a lo Jackson Pollock, hecha en sangre. Se me parece a la línea ondulada en el logo de Coca-Cola. Pienso de momento que me hirieron, pero me doy cuenta de que no es mi sangre; uno de los muchachos de las hondas fue impactado.

Para salir de la calle, me cuelo entre dos edificios, abro la primera puerta que hallo y entro. La habitación está a oscuras. Veo al final como una puerta iluminada. Camino ligero hacia ella.

Siento que la habitación se vuelve más angosta a cada paso que doy. Parece que la luz de la salida está más lejos de lo que pensé al entrar. El pasadizo continúa estrechándose mientras trato de fluir por él. El techo ha bajado también. Me agacho un poco. Por fin llego al claro. Sé dónde estoy.

Vuelve a rodar el recuerdo frente a mí. La pareja, siguiendo al mesero, acaba de entrar.

Relajo un poco el paso. Veo la puerta con el picaporte, y noto que sólo puede ser abierta desde mi lado, como si sólo de este lado se pudiera acceder, no en dirección contraria. Ellos están a punto de pasar por el lado de la puerta. Decido detener mi carrera y a abrirla.

Ella está mirando hacia la mesa. Pero el joven se sorprende al ver que un viejo, cuyo rostro le recuerda una foto futura que aún no se ha tomado, ha salido aparentemente de la nada y le habla mirándole directamente a los ojos; en susurros, para que ella no se entere, pero firme: «Oye, cuando se le caiga el pañuelo, recógelo. No la dejes ir.». Cierro la puerta y veo que sigue avanzando, todavía con la sorpresa en la cara.

Siento una punzada que perfora mi espina dorsal y atraviesa mi corazón, proyectando un dolor agudo a la punta de mi mano izquierda. Caigo al suelo. Desde aquí puedo observar cuando él hala la silla. Ella responde con un «gracias» y una sonrisa. Mientras ella se sienta, veo caer su pañuelo lentamente, como lo he visto caer en tantas ocasiones. Él lo mira, todavía con cierta inseguridad. ¿Se puede ser tan inseguro?

Al fin se dobla y lo recoge. Se lo entrega con amabilidad, mirándole a los ojos, cuyos párpados enrojecidos nota por primera vez. Y yo soy feliz. Es la primera vez que veo esta nueva sonrisa que ella le regala.