Inicio Blog Página 14

La economía manda en la batalla entre Lula y Flávio Bolsonaro

 

Por Ibai Azparren

El presidente afronta la que podría ser su cuarta reelección con buenos indicadores económicos. Sin embargo, a nueve días de los comicios Lula parece estar empatado con Flávio, hijo de Jair Bolsonaro, y la campaña refleja la distancia entre las cifras macroeconómicas y el bolsillo de los brasileños.

Un día antes de subir al estrado de la Asamblea General de la ONU, Lula da Silva recibió un cumplido del alcalde de Nueva York. Zohran Mamdani, revelación de la socialdemocracia estadounidense y mandatario al que toda figura progresista quiere arrimarse, le dijo que era su fuente de inspiración. El viernes se sumó Bad Bunny. El puertorriqueño cedió a la campaña de Lula ‘Lo que le pasó a Hawái’, su canción sobre cómo la isla pierde tierra e identidad frente a EEUU, ahora reconvertida en un mensaje de soberanía brasileña. A sus 80 años, el que fue obrero metalúrgico busca un cuarto mandato al frente de la mayor economía de América Latina y se ha vuelto el gran referente de la izquierda en la región. Y llega en un momento delicado, con Trump resucitando la doctrina Monroe y su «América para los americanos».

El 4 de octubre Brasil se juega mucho más que la presidencia. De su voto depende buena parte del rumbo del continente, y la campaña lo refleja. El miércoles, Meta bloqueó las cuentas de Lula en Facebook e Instagram. El Partido de los Trabajadores denunció la injerencia de las grandes tecnológicas y estudia llevarlo al Tribunal Superior Electoral. El viernes, el presidente reunió a unas 80.000 personas en el centro de Recife, según su campaña, en uno de los actos más multitudinarios de la recta final. La contienda se ha movido estas semanas por la intromisión extranjera, la seguridad o los escándalos de corrupción. Pero lo que decide el voto, coinciden politólogos y economistas, es la economía. Ahí se juega Lula la reelección.

Sobre el papel, números de su Gobierno son buenos. Lula ha recuperado los programas sociales que Bolsonaro había desmantelado, ha subido el salario mínimo por encima de la inflación y ha eximido del impuesto de la renta a unos 25 millones de trabajadores. El paro está en mínimos históricos, y Brasil ha vuelto a salir del Mapa del Hambre de la ONU.

Aun así, los sondeos dibujan un empate técnico con el candidato de extrema derecha Flávio Bolsonaro, hijo de Jair Bolsonaro, hoy en prisión por intentar un golpe de Estado tras su derrota electoral. La última encuesta de Datafolha deja a Lula apenas cuatro puntos por delante en la primera vuelta, y el resultado podría seraún más ajustado en una eventual segunda. Ni el escándalo del Banco Master, que investiga al propio Flávio por financiar un biopic sobre su padre con dinero del banco, ha frenado su ascenso.

Los buenos indicadores macroeconómicos no parecen percibirse en el bolsillo de los brasileños. Casi la mitad cree que la economía empeoró en el último año, según Quaest. Solo dos de cada diez notan una mejora. La desaprobación de Lula ronda el 50%, frente a un 44% que aprueba su gestión, cuando al cierre de sus dos mandatos anteriores rozaba el 80% de apoyo. El Gobierno lo achaca a la polarización política, que a su juicio impide que los buenos resultados se reflejen en las encuestas. La renta media ha crecido, pero el Departamento Intersindical de Estadística y Estudios Socioeconómicos (DIEESE) constató que la cesta básica subió en todas las capitales durante el primer semestre. Sobre todo el arroz y las alubias, dos pilares de la mesa brasileña.

El endeudamiento privado, además, se ha disparado. Según la Confederación Nacional del Comercio, el 82% de los hogares arrastra alguna deuda, un récord histórico. Buena parte procede de las apuestas deportivas online, que absorbieron unos 11.000 millones de dólares de los bolsillos brasileños el año pasado. El presidente brasileño, que había regulado el sector hace apenas tres años, las prohibió el viernes por decreto. Los tipos de interés, además, están por las nubes y sin embargo escapan al control directo del Ejecutivo, ya que es el Banco Central quien los fija.

Un legado neoliberal 

Otra deuda, la del Estado, alimenta otro debate. Los mercados financieros, concentrados en la avenida Faria Lima de São Paulo, reclaman un ajuste fiscal para contener una deuda que roza el 82% del PIB. La oposición y buena parte de las cabeceras del país machacan a diario al Gobierno con esa cifra.

La inflación está en el 4,2% y los altos tipos de intereses engordan las ganancias de un capital financiero que exige recortes sociales y disparan el precio del crédito para las familias y para la inversión productiva. Lula, sin embargo, no ha cedido y ha prometido avanzar en su agenda social. Así, ha impulsado el impuesto BBB, que grava a billonarios y bancos, y esta semana ha subido un 15% la Bolsa Família, el programa estrella del ‘lulismo’ de ayudas a los hogares pobres.

Entre 2003 y 2010, Lula tuvo el viento a favor. Las materias primas que demandaba China llenaron las arcas públicas y sacaron de la pobreza a más de treinta millones de personas. Cuando volvió al poder en 2023, el país era otro. Se encontró una industria debilitada, un comercio mundial más hostil y un Congreso fragmentado en el que no tiene mayoría propia. Heredó, además, la austeridad que Michel Temer había constitucionalizado tras el golpe contra Dilma Rousseff en 2016, un techo que congelaba el gasto durante veinte años.

Pekín y Washington 

El petróleo, la soja y el hierro son el grueso de las exportaciones brasileñas. Su primer cliente es China, aliado en los BRICS, que le compra el triple que EEUU. Brasilia le vende sobre todo materia prima y recibe a cambio automóviles, chips y maquinaria. Pero Lula quiere ir más lejos en la próxima legislatura. Su ministro de Finanzas, Dario Durigan, explicó en ‘Le Grand Continent’ que la meta es refinar e industrializar las tierras raras y los minerales críticos, de los que Brasil guarda las segundas mayores reservas del planeta. Cuenta, además, con una baza que pocos tienen, ya que más del 90% de su electricidad proviene de fuentes limpias.

La apuesta del mandatario brasileño por diversificar culminó en el acuerdo comercial entre Mercosur y la Unión Europea, una de las grandes victorias diplomáticas de Lula tras 25 años de negociación. Su parte comercial entró en vigor provisional en mayo. Doce días después, Bruselas vetó la carne brasileña por el supuesto uso de antibióticos, un golpe que Brasilia atribuye a la presión de los agricultores europeos.

En la Amazonía, Lula presume de su mejor dato ambiental. Con Bolsonaro, la deforestación rozó picos de 12.500 km2 al año. Con Lula ha caído a mínimos históricos, un 37% en el último ciclo según el instituto oficial INPE. El presidente defiende, eso sí, explorar petróleo a 175 kilómetros de la costa amazónica, una zona que los ecologistas consideran sensible y que él reivindica como recurso soberano.

Propuestas

En materia económica, los dos candidatos miran hacia lados opuestos. Lula defiende un Estado que impulse el desarrollo, con inversión pública en infraestructura e industria, los programas de renta intactos y el fin de la escala 6×1, la jornada de seis días de trabajo por uno de descanso que millones de brasileños quieren dejar atrás.

Por su parte, Flávio Bolsonaro promete lo contrario, un tijeretazo al gasto que ha bautizado como «tesouraço», el cierre de diez ministerios, una rebaja general de impuestos y la privatización de buena parte de las empresas públicas. El analista Thomas Traumann, que fue portavoz del Gobierno de Dilma Rousseff, le pone otra pega, cree que al senador le interesa poco la economía y que gastará su capital político en amnistiar a su padre y en tumbar al juez De Moraes, quien lo encarceló.

En política exterior, Lula dejó claras sus prioridades en el discurso de la ONU. Defendió el multilateralismo, denunció la parálisis del Consejo de Seguridad y el genocidio de Israel en Gaza, y subrayó que Brasil «no es el patio trasero de nadie».

Flávio Bolsonaro, en cambio, se reunió con Trump en mayo y ha prometido meter a Brasil en el Escudo de las Américas, la alianza de seguridad con la que Washington reactiva la doctrina Monroe que recoge su propia Estrategia de Seguridad Nacional. De Lula dice que «lame las botas de China y tira piedras contra Estados Unidos», y promete enfriar la relación con Pekín para plegarse a EEUU. El problema es que el agronegocio, columna vertebral del bolsonarismo, le vende a China la mayor parte de su soja.

Por todo ello, el 4 de octubre se sigue mucho más allá de Brasil. Tras la ofensiva de Trump sobre la región, con gobiernos progresistas cayendo uno tras otro, Brasil y México son los dos grandes bastiones que le quedan a la izquierda latinoamericana. Si gana Flávio, la mayor economía del subcontinente se acercaría a Washington y los BRICS perderían fuelle. Si gana Lula, Brasil seguirá siendo el principal contrapeso al poder estadounidense en la región. Los brasileños eligen presidente y, con él, hacia dónde se inclina buena parte de América Latina.

Reproducido de: www.resumenlatinoamericano.org

El mercado del complejo: redes sociales, moda y cosméticos

 

Introducción

¿Te has preguntado por qué existe este afán de ir al gimnasio, hacer dietas, arreglarse las uñas y el pelo, buscar las tendencias de moda y seguir otros patrones que impone la forma social en la que vivimos? Las industrias de la moda, los cosméticos y la belleza, junto con las redes sociales, no son meros espacios de expresión cultural o de elección individual; también pueden entenderse como aparatos ideológicos y mecanismos de acumulación capitalista. El capitalismo no solo produce mercancías, sino que también necesita producir los deseos y las carencias necesarias para que esas mercancías sean consumidas. En este contexto, la inseguridad y la insatisfacción corporal pueden interpretarse no únicamente como problemas individuales, sino también como fenómenos vinculados a las necesidades estructurales del mercado. El capital obtiene ganancias mediante la mercantilización de la identidad y la explotación diferenciada de las vulnerabilidades de género entre mujeres y hombres.

Históricamente, el capitalismo ha asignado a las mujeres un rol específico dentro de la división sexual del trabajo, ligado a la reproducción de la fuerza de trabajo y al consumo doméstico. Bajo este esquema, el cuerpo femenino ha sido sometido a una doble enajenación: es, por un lado, un objeto de consumo visual y, por otro, un receptor de la presión estética. En el mundo laboral, a las mujeres se les puede exigir una determinada forma de vestir y maquillarse, de manera que el cuerpo, el cabello, las uñas y el rostro pasan a formar parte de una estética que se presenta como respuesta material a las exigencias de un mercado laboral y social hipercompetitivo.

Podemos interpretar la moda y los cosméticos como una especie de impuesto de género. Para las mujeres, el consumo de cosméticos y moda no siempre es completamente opcional; puede actuar como una forma de «capital estético» necesaria para insertarse y mantenerse en determinados espacios del mercado laboral formal. La trabajadora debe mantener su fuerza de trabajo para venderla, y el sistema capitalista puede exigirle destinar una parte de su salario a mercancías estéticas para mantener su «valor de cambio» dentro del entorno laboral y social.

A esto se suman las redes sociales y la auto-mercantilización. Las plataformas funcionan como vitrinas de acumulación donde la mujer es, al mismo tiempo, consumidora y producto. Al editar y retocar sus cuerpos en las fotografías, las usuarias realizan un trabajo no remunerado que genera datos, atención e ingresos para las corporaciones tecnológicas. Esto puede perpetuar la alienación, al producir una relación en la que el valor social de la persona parece reducirse al número de interacciones, seguidores o visualizaciones que obtiene en las redes.

Las cirugías plásticas y los procedimientos estéticos representan una fase más radical de esta alienación corporal. Si la moda puede funcionar como una disciplina superficial y los cosméticos como un paliativo temporal, la cirugía estética constituye una intervención física directa sobre el cuerpo, transformándolo de acuerdo con las exigencias de los estándares sociales y comerciales. En este sentido, puede interpretarse como una expresión extrema del fetichismo de la mercancía aplicado al propio cuerpo.

En el caso de las mujeres, el capitalismo puede exigir una corporalidad que oscile entre el objeto de consumo visual y la juventud permanente, con el propósito de conservar su «valor de cambio» social y laboral. El capital moldea el cuerpo femenino de acuerdo con el estándar del momento, como ocurre actualmente con la fijación por determinadas proporciones corporales y, en particular, con la popularización de la silueta de reloj de arena. La cintura pequeña y los senos operados pueden convertirse en símbolos de estatus. Al someterse a estas cirugías, la mujer realiza una inversión de capital sobre su propio cuerpo con la expectativa de reinsertarse en determinados espacios sociales y laborales con una ventaja competitiva.

A esto se suma que el envejecimiento femenino puede ser interpretado por el sistema como una pérdida de uno de sus atributos más mercantilizados: la juventud asociada al atractivo. El bótox y los estiramientos faciales funcionan, dentro de esta lógica, como tecnologías de mantenimiento. El cuerpo es tratado como una máquina a la que hay que cambiarle las piezas o cuya superficie debe ser «planchada» para evitar que refleje el desgaste del tiempo y continúe siendo rentable ante los ojos del consumidor.

Sin embargo, cuando los mercados tradicionales de la moda y la cosmética femenina alcanzaron altos niveles de expansión y competencia, el capitalismo encontró nuevas posibilidades de acumulación en el cuerpo masculino. La crisis del modelo tradicional del proveedor masculino contribuyó a reconfigurar la masculinidad mediante el consumo. Esta nueva frontera del capital mercantiliza la virilidad, la estética y el rendimiento físico y laboral del hombre.

A diferencia del enfoque histórico centrado en la delicadeza y la belleza femenina, la moda y el fitness masculino bajo el capitalismo promueven con frecuencia el ideal del cuerpo hipermusculoso y productivo. Se imponen hábitos saludables, disciplinas deportivas, rutinas de ejercicio y determinadas formas de alimentación orientadas a mejorar la apariencia, la funcionalidad y el rendimiento del cuerpo. Esto puede reflejar una ideología de la eficiencia y la productividad en la que el cuerpo masculino debe parecer una máquina capaz de producir más.

La pérdida de cabello y el envejecimiento también pueden ser penalizados simbólicamente en determinados espacios sociales y laborales porque se asocian con la vejez, la pérdida de vitalidad o la disminución del rendimiento. La industria de la cosmética masculina vende, en este contexto, la ilusión de la eterna juventud y de una mayor capacidad de rendimiento, generando en los hombres una forma de enajenación comparable, aunque históricamente diferente, a la que las mujeres han experimentado durante siglos: la angustia de no ser «suficientemente atractivos» o productivos para las exigencias del sistema. Surge así el grooming masculino, entendido como el conjunto de prácticas, hábitos y tratamientos relacionados con el cuidado personal, la higiene, el estilo y el bienestar, acompañado por una expansión de la cosmética dirigida específicamente a los hombres.

En los hombres, la cirugía estética también ha adquirido mayor presencia como mecanismo para preservar una percepción de vitalidad, potencia y capacidad productiva. El injerto capilar busca resolver la calvicie masculina, fenómeno que está profundamente ligado, dentro de determinados imaginarios sociales, a la vejez, la pérdida de testosterona y, por extensión, a una supuesta disminución de la fuerza productiva. A diferencia de las mujeres, a quienes históricamente se les ha exigido una piel de porcelana y libre de imperfecciones, a los hombres se les permite cierta apariencia de madurez, pero no necesariamente la decadencia. Las arrugas pronunciadas comienzan a ser penalizadas porque pueden proyectar cansancio y una imagen de menor rendimiento. Los procedimientos estéticos dirigidos a los hombres buscan, dentro de esta lógica, congelar al sujeto en una etapa de «madurez ejecutiva» o «productiva» permanente.

El complejo médico-industrial estético completa así un ciclo de acumulación, mediante los algoritmos de las redes sociales y la publicidad, donde se producen y amplifican determinadas inseguridades. Posteriormente, se venden soluciones para corregirlas y, finalmente, se generan nuevos estándares que vuelven a producir insatisfacción. Ningún procedimiento estético es necesariamente definitivo, lo que permite que el consumo continúe.

El fenómeno del fitness y de la dismorfia muscular —conocida popularmente como vigorexia— muestra otra dimensión de este proceso. El cuerpo puede convertirse en objeto de vigilancia permanente, y el individuo termina convirtiéndose en supervisor de su propia explotación. El uso de determinados fármacos, esteroides anabólicos y productos asociados a la industria del fitness representa, desde esta perspectiva, una forma extrema de intervención sobre el cuerpo. Si la cirugía plástica reconfigura el cuerpo mediante el bisturí, el fitness farmacológico introduce sustancias en el sistema endocrino y metabólico con el objetivo de modificar la apariencia y maximizar el rendimiento físico. Los quemadores de grasa y los nuevos fármacos destinados a la pérdida de peso también pueden incorporarse a esta lógica de producción del cuerpo deseado que el capitalismo tardío presenta como símbolo de poder, disciplina y éxito.

Para las mujeres, asistir al gimnasio y seguir dietas hiperprecisas no siempre constituye simplemente ocio o una elección individual; puede convertirse en una extensión de una jornada de trabajo no remunerada. El sistema les exige que, además de vender su fuerza laboral en la oficina, la fábrica o cualquier otro espacio de trabajo, inviertan parte de sus pocas horas libres en «trabajar su cuerpo» para evitar perder valor estético dentro del mercado. El gimnasio comercial moderno puede funcionar, metafóricamente, como una fábrica invertida: en lugar de recibir un salario por desgastar la fuerza de trabajo, el individuo paga para someter su cuerpo a nuevas formas de disciplina. El capitalismo obtiene ganancias vendiendo las herramientas necesarias para corregir la culpa y la inseguridad que el propio sistema contribuye a producir.

Por otro lado, dentro de la infraestructura de las plataformas digitales, los y las influencers operan como nuevos capataces de la fábrica del consumo. Si el capataz tradicional vigilaba y disciplinaba a los trabajadores en el espacio físico de producción, hoy, en el capitalismo tardío, el o la influencer puede cumplir una función semejante en el espacio virtual, aunque mediante mecanismos diferentes. No disciplina principalmente mediante la fuerza, sino mediante la producción de deseo, la identificación emocional y la simulación de autenticidad.

El o la influencer se presenta como «uno de los nuestros». Esta aparente cercanía difumina las barreras de clase. El mensaje implícito es: «Si yo, que soy una persona común como tú, logré este cuerpo y este estatus, tú también puedes hacerlo». Si no lo tienes, entonces el problema parece ser tu falta de disciplina o tu incapacidad para comprar los productos adecuados. De esta manera, la responsabilidad por el fracaso sistémico se traslada completamente al individuo.

El contenido que consumimos en las redes sociales borra sistemáticamente las huellas de su propia producción y se convierte, además, en una nueva forma de extracción de datos. Detrás de un cuerpo «fit» o de una piel perfecta puede haber horas de edición, patrocinios, cirugías, tratamientos costosos y, fundamentalmente, una cantidad de tiempo libre que gran parte de la clase trabajadora no posee. Al presentar estos resultados como frutos exclusivos del «esfuerzo personal» y del consumo de suplementos, cremas o determinados productos, se produce un fenómeno semejante al fetichismo de la mercancía: se adora el objeto —el producto promocionado— mientras se ocultan las condiciones materiales que hicieron posible la imagen. El o la influencer convierte su propia vida y sus inseguridades en capital. Al compartir sus «vulnerabilidades», genera un vínculo afectivo con su audiencia para después mercantilizar esa confianza mediante enlaces de afiliados, códigos de descuento y publicidad. La intimidad humana se transforma así en una estrategia de acumulación de capital y, finalmente, en una mercancía.

Conclusión

Entender que las redes sociales, la moda, la farmacología, las cirugías y los cosméticos pueden operar como herramientas de alienación dentro de la sociedad capitalista es importante para analizar estas nuevas formas de presión y opresión. Mientras las mujeres son disciplinadas mediante la subordinación a cánones de belleza muchas veces inalcanzables, los hombres son arrastrados hacia una carrera de autoexplotación física y consumo competitivo.

El capitalismo tardío puede beneficiarse de nuestras inseguridades pero un cuerpo satisfecho consigo mismo e inmune a las modas es un cuerpo que consume menos y no genera ganancias corporativas. La liberación de estas presiones estéticas, desde esta perspectiva, no se lograría únicamente mediante el «consumo responsable» o las «marcas éticas», ya que el mercado posee una enorme capacidad para cooptar la disidencia: puede tomar una protesta política y transformarla en una estrategia de mercadeo para vender productos, apropiándose y modificando su discurso.

Las redes sociales, la moda y la cosmética demuestra que la insatisfacción física contemporánea no puede entenderse únicamente como un trauma psicológico aislado, sino también como un fenómeno vinculado a mecanismos estructurales de acumulación capitalista que pueden lucrarse de nuestras inseguridades. El sistema económico actual ha sofisticado sus herramientas de control social. Ya no necesita imponer la disciplina únicamente mediante la violencia estatal o la explotación laboral directa; también puede colonizar la psique colectiva.

A través de la pantalla, los y las influencers pueden operar como nuevos agentes de disciplina ideológica, transformando la empatía y la vulnerabilidad humana en estrategias de vigilancia y consumo que mercantilizan los cuerpos y disciplinan las mentes.

Mientras que a las mujeres se las puede enajenar mediante un «impuesto de género» estético que reduce su existencia a un objeto de consumo visual sometido a estándares cambiantes, a los hombres se los puede arrastrar hacia una carrera de autoexplotación física en la que el músculo y la juventud permanente aparecen como garantías de rendimiento y protección frente a la obsolescencia. En ambos casos, el resultado puede ser un sujeto alienado por el espejo, obsesionado con la cuenta de calorías, el tamaño de sus bíceps o la corrección de sus arrugas.

Desde esta perspectiva, esa alienación puede contribuir a desplazar la atención de las condiciones materiales que producen el malestar y dificultar la construcción de respuestas colectivas. Por lo tanto, una posible forma de emancipación estética comienza por comprender que nuestros complejos también pueden convertirse en fuentes de ganancias para las grandes corporaciones. Politizar el malestar significa reconocer que determinados padecimientos individuales —como la angustia, el cansancio, la tristeza o el estrés— no pueden analizarse únicamente como fallas personales o problemas biológicos aislados, sino también en relación con las condiciones sociales, económicas y las violencias estructurales que atraviesan nuestras vidas.

En la sociedad contemporánea, los cuerpos humanos pueden ser tratados como mercancías destinadas a generar ganancias o estatus, en lugar de ser valorados principalmente por su dignidad, bienestar, salud y capacidades intrínsecas. Frente a esto, es posible cuestionar la tiranía de determinados estándares impuestos por la moda, la cosmética y la cultura del ejercicio como un acto de resistencia colectiva y material.

Crear espacios de bienestar, gimnasios populares y lugares donde la salud física y mental sean accesibles para todos puede contribuir a recuperar el valor de uso del cuidado —la salud, el bienestar y el disfrute del propio cuerpo— frente a su conversión en valor de cambio basado en la competencia estética, el consumo y la validación comercial.

 

 

En vela por la independencia energética’ marca el cierre del Climate Week NYC

New York, New York September 25, 2026 Casa Pueblo protests climate change "Clean Energy Now"

 

 

¡En vela por la independencia energética! La organización Casa Pueblo de Adjuntas llevó a cabo una manifestación acuática por los lugares más emblemáticos de Nueva York, en reclamó a la soberanía energética para Puerto Rico como un paso imprescindible para su autodeterminación.

La manifestación efectuada este 25 de septiembre se dio como parte del Climate Week NYC y mientras culminaba la 81ª Asamblea General de la Organización de Naciones Unidas (ONU). La Semana del Clima de Nueva York, es el mayor evento climático del mundo y una plataforma global para impulsar el progreso climático y económico a gran escala.

Desde el velero ¡Qué Chévere! se desplegó una enorme pancarta que proclamaba, CLEAN ENERGY INDEPENDENCE FOR PUERTO RICO NOW!, junto a las banderas de Puerto Rico, las Antillas Mayores y Palestina, así como las insignias de Adjuntas, Vieques, Cabo Rojo, Esencia No Va, la insurrección energética y Adjuntas Pueblo Solar.

La embarcación recorrió las aguas del East River, pasando por el puente de Brooklyn, el puente de Manhattan y el puente de Williamsburg, hasta llegar frente a la sede de la ONU. La travesía incluyó una parada frente a la planta generatriz de Con Edison, que produce electricidad a base de gas metano, antes de dirigirse a la Estatua de la Libertad.

El grupo de manifestantes estuvo liderado por Arturo Massol Deyá, director ejecutivo de Casa Pueblo. Le acompañaron Mari Mari Narváez, de las campañas Esencia NoVa y Migrar es un Derecho, la lideresa dominicana de ascendencia haitiana Epifania St. Chals, del grupo Reconoci.do, Cynthia Arellano, de la Fundación Honnold, (fundada por el escalador profesional Alex Honnold) y Caroleena Quintero Vargas, de The Solutions Project (cofundada por el actor y activista Mark Ruffalo), así como el activista David Galarza y otros boricuas solidarios de la diáspora.

Casa Pueblo expresó que su reclamo de soberanía energética se enmarcó en un llamado de justicia climática, para que cesen las prácticas extractivistas y de desplazamiento que amenazan la supervivencia en el archipiélago, y para que se respeten los derechos humanos de todas las personas.

Lose nexos de Casa Pueblo con Nueva York datan de la lucha contra el Gasoducto del Norte, cínicamente llamado Vía Verde (2010-2012), en la que la diáspora puertorriqueña en esta ciudad contribuyó a la realización de múltiples protestas y acciones concertadas, que ayudaron a detener el proyecto. Hace dos años, Massol Deyá presentó este reclamo de independencia energética para Puerto Rico ante el Comité de Descolonización de la ONU.

En su regreso a esta ciudad, Casa Pueblo denunció la contradicción de que, mientras Estados Unidos celebra el 250 aniversario de su independencia, mantiene una colonia en el Caribe hace 128 años que no tiene soberanía ni para gobernar su propio sistema energético. De hecho, el modelo energético centralizado y privatizado en manos de LUMA Energy y Genera PR, que ha fracasado y tiene al país en precario, es una perversa extensión del control colonial.

Nueva York, septiembre 2026, Fotos suministradas

“Venimos a denunciar el colonialismo y a reclamar que se construya independencia energética con fuentes limpias y renovables, descentralizada y democratizada, privilegiando las energías comunitarias, usando techos y espacios disponibles que no comprometan nuestras costas, bosques ni tierras agrícolas”, expresó Massol Deyá.

Defendió que la alternativa ya existe y que ha sido probada con éxito en Adjuntas y otras partes de Puerto Rico, donde Casa Pueblo ha desarrollado más de 400 instalaciones solares incluyendo cinco microrredes comunitarias en menos de una década, sin fondos federales.

“Reclamamos independencia energética ahora, no en el 2050 como estipula la ley que la clase política local no tiene ninguna intención de cumplir. Y hacemos esta demanda, no solo para que se satisfaga una meta ambiental necesaria, sino como ruta decolonial que coloque a nuestra isla-nación en posición de ejercer su soberanía”, explicó Massol Deyá.

Por su parte, David Galarza, líder neoyorquino destacado por su lucha contra el Gasoducto del Norte y co-organizador de la manifestación, indicó: “Es nuestra responsabilidad como puertorriqueños en la diáspora, junto a aliados comprometidos, imaginar, luchar y construir una insurrección energética que libere a nuestro pueblo y ayude a crear el Puerto Rico que todos merecemos: uno arraigado a la soberanía energética, la justicia y la autodeterminación”.

La organización no gubernamental y sin fines de lucro, exigió la construcción de infraestructura de generación permanente con el sol y la cancelación o no renovación de los depredadores contratos de gas metano y generación temporera por $6,000 millones; la eliminación de subsidios a los combustibles fósiles; que se descarte permanentemente la construcción de gasoductos, nuevas plantas de gas y el cable submarino hacia la República Dominicana; y que se cierre de planta de carbón de AES.

De igual manera demandó participación comunitaria vinculante en la toma de decisiones energéticas de Puerto Rico. Las microrredes comunitarias inter conectadas y el Laboratorio Comunitario para la Transición Energética de Casa Pueblo, las cuales ya están sirviendo de modelo en países caribeños y latinoamericanos, son ejemplos concretos de la ruta de cambio viable, costo efectiva y de rápida implementación que necesita el país.

La actividad fue posible gracias al apoyo de Matt Chachere, Margarita López Torres, Javier Ramos, Cristina Esteves Wolff, María del Carmen Baerga, Lanny Thompson, Walter Meyer, Katherine Conkling Thompson, Javier Castaño, Bruce Cotler, Juan Carlos Dávila, Verónica Sánchez, Michelle Durán, Adrinelle Chiesa García, Casabuela Café, Manny Calderón, Bed-Stuy Brewery, North Brooklyn Community Boathouse, y Union of Concerned Scientists.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Contra Esencia, arquitectura y estética sin ética

Parte de los terrenos. Foto cortesía Guarionex Padilla

La arquitectura al servicio del poder colonial no es meramente una herramienta de violencia, sino su disfraz más persuasivo. En Puerto Rico, esta violencia ha tomado la forma de Esencia: un propuesto búnker de lujo distópico para ricos, valorado en 2.000 millones de dólares.

Entre las empresas extranjeras detrás del megaproyecto Esencia se encuentran Reuben Brothers, Three Rules Capital, Rosewood Hotel Group, Mandarin Oriental y Aman Group. Estos desarrolladores ya han dejado “un rastro global de daño” en las zonas ecológicamente sensibles donde han construido, según el periodista Luis Joel Méndez González. El plan maestro de Esencia fue diseñado por el estudio de arquitectura local Álvarez Díaz & Villalón en colaboración con EDSA, y el componente del Hotel Mandarin fue diseñado por el estudio con sede en São Paulo Studio MK27.

Apoyadas por el gobierno, estas empresas pretenden ocupar más de 2.000 acres de tierra, incluyendo tres millas de costa en Punta Melones, para construir un enclave privatizado de villas de lujo, campos de golf y amenidades. Esencia afirma que está creando una “comunidad costera de lujo para turistas y residentes, que proporcionará acceso público a la playa para los residentes de Cabo Rojo y los visitantes”. La escala del proyecto presenta una seria amenaza de despojo territorial y agresión ecológica, continuando así el legado colonial de las plantaciones en el Caribe que hoy sirven como parte de una red de turismo de lujo.

Este desarrollo continúa una larga historia de intentos de desalojo forzoso, incluido el nefasto “Plan Drácula”, el nombre popular dado al “Proyecto V-C”, un plan de limpieza étnica del Departamento de Defensa para eliminar a los residentes de los municipios-isla de Vieques y Culebra incluyendo la reubicación de sus cementerios. Si bien analizamos el colonialismo como una práctica planetaria, se hacen evidentes las similitudes entre estos proyectos arquitectónicos y las imágenes obscenas de un futuro imaginado para la Franja de Gaza.

En este sentido, Esencia es también un proyecto de representación colonial ya que no existiría sin los dibujos e imágenes de los arquitectos. Los desarrolladores han entendido el rol que los diseñadores juegan en la producción de imágenes para venderle al público la destrucción de ecosistemas y yacimientos arqueológicos.

Representación, Abstracción y Violencia
En el Caribe, la representación arquitectónica ha servido históricamente como arma colonial. El colonialismo opera en los mapas que borran los territorios originarios, en los planos que parcelan las tierras comunales y en las postales pintorescas de playas y bosques bucólicos que reducen los paisajes a mercancías para el turismo. El legado visual de las representaciones coloniales de los trópicos es explicado por Krista A. Thompson en su libro An Eye for the Tropics: Tourism, Photography, and Framing the Caribbean Picturesque.

Las primeras pinturas coloniales y la fotografía que le sigue desde el siglo XX construyeron imágenes de las playas caribeñas como paraísos desprovistos de personas. Este truco de representación es lo que también hacen las imágenes arquitectónicas de Esencia cuando presentan un universo estético sanitizado y autónomo sin rastro de la maquinaria colonial-capitalista que lo financia, las exenciones fiscales de la Ley 60 que lo subsidian, o las medidas de austeridad impuestas que los puertorriqueños sufren para hacerlo posible.

En la propaganda arquitectónica de Esencia los suelos rústicos ecológicos especialmente protegidos, el hábitat del amenazado turpial amarillo y el guabairo puertorriqueño, las aguas donde nadan los manatíes antillanos, los nidos del carey son todos aplanados en una pantalla estéril para proyectar una fantasía colonial. Además, esencia afirma “participación comunitaria” mientras excluye al público de los procesos de permisos y continua el violento desplazamiento del pueblo local.

El Turismo de Lujo No Es Protección Ambiental

Esencia afirma que “el turismo de lujo es una forma de desarrollar, minimizando la huella ambiental” y declara que “3/4 de la tierra [se destinan] a recreación activa y pasiva, conservación y uso público”. Este argumento sigue una lógica similar a los hoteles de San Juan e Isla Verde, con una primera ola construida durante las décadas de 1950 y 1960 siguiendo a la Operación Manos a la Obra, o más recientemente con los desarrollos de lujo que han convertido a Dorado en un “paraíso de inequidades y emergencia climática”con sus playas y hábitats costeros destruidos mientras se continua desangrado el archipiélago borincano para el desarrollo capitalista.

Como explica el Centro de Periodismo Investigativo, Esencia se envuelve en el lenguaje de la conservación mientras infringe protecciones ambientales, demostrando que detrás de cada paraíso exclusivo, un continuum colonial expropia, segrega, desplaza y destruye.

El despliegue de imágenes seductoras sirve para fabricar legitimidad mientras los desarrolladores carecen de estudios de impacto ambiental rigurosos. En esta estratagema colonial, las herramientas de representación arquitectónica suplantan los datos ecológicos, reemplazando así la ética por la estética.

Los Diseñadores Son Cómplices, No Proveedores Neutrales de Servicios
Esencia amenaza con su implementación mientras los puertorriqueños enfrentan medidas de austeridad impuestas por la Junta de Control Fiscal y crisis de electricidad y agua, y el castigo acumulado de más de 500 años de ocupación colonial. En Puerto Rico, así como en otros lugares, los diseñadores que prestan sus habilidades, nombres y reputaciones a proyectos de lujo segregado, se convierten en accesorios de la colonización, instrumentos de destrucción de la naturaleza y participantes activos en la normalización del despojo y el desplazamiento del pueblo. Los diseñadores pueden acelerar nuestra propia perdición, o resistir y construir un futuro mejor que sea ecológica y socialmente justo.

En este contexto de crisis climática, otras formas de representación arquitectónica no son solo posibles, sino urgentes y necesarias. Los tiempos requieren formas de representación que no abstraigan la vida, decoren la destrucción, ni legitimen la colonización. Se requiere un tipo de representación arquitectónica que sirva como herramienta de educación pública sobre el medio ambiente poniendo su poder al servicio de la emancipación colectiva

Las carreras de diseño requieren de educación, prácticas y profesionales éticos que reconozcan que la tierra, el agua, el aire, la historia y los ecosistemas son para que todos los cuidemos colectivamente. Un futuro sostenible necesita de arquitectos, urbanistas, planificadores y paisajistas capaces de resistir ser parte de la maquinaria de destrucción ecológica y al deterioro social.  Ante la ausencia de denuncias por parte de las instituciones profesionales y académicas de arquitectura y diseño en Puerto Rico llamamos a rechazar la instrumentalización de la arquitectura para proyectos coloniales y, en el caso de Esencia, el uso de la representación arquitectónica como herramienta para la destrucción ecológica y la degradación social.

Dibujar otros futuros es nuestra responsabilidad colectiva.

El Chapulín Enamorado

Arte por Daniel López

 

En Rojo

 

—¡Su escudo es un corazón!

 

Lo vi tan pronto entré. Vestía un pantalón corto de tonos claros, unos tenis del mismo color de suela gruesa, calcetines largos y andaba descamisado. Tabla cobriza de admirable tersura. Yo, en cambio, llevaba puesta una camisa polo verde monte, unos mahones-cortos y unos tenis negros. 

Sorbía un trago de vodka con agua de coco desde la barra de afuera. La acera colindaba con el parapeto, de modo que podía ver a los peatones, saludarlos, aspirar la peste a mar que se paseaba por las pencas, los almendros y los uveros. Los hoteles ofrecían, a la vista, decenas de turistas recostados de los balcones. Los veía desde la entrada, y la pista de adentro— al otro lado— estaba abarrotada con hombres turistas. Ebrios descamisados, lúbricos de todo perfil. Me asomé brevemente antes de recibir una andanada de miradas que me dirigió, por no saber qué hacer, a las mesas de afuera.

De pronto, como a quien le cae un balde de hielo en la nuca, se me acercó. Ya me había resignado a que un nene así, rodeado con gente así, no estaba para hablarme una noche como aquella. Pero apareció allí, frente a mí, con ese peinado de champiñón que le sentaba tan bien a esas cejas, a esos ojos de luna escondida, a esas bembas que juraba nacionales, a ese bigote de cantinflas.

—Hola. ¿Estás solo? ¿Cómo te llamas?—- me preguntó mientras daba pasitos de discotequero.

—Hola. Sí. Adrián. ¿Y tú?—

—- Ay, yo me llamo Damián. Adrián, Damián. ¿Viste? Un placer— y se echaba a reír por los acentos agudos que le daban, en cadena, cierta cadencia a nuestros nombres. Sonreí al verle un diente trizado debajo de los labios carnosos. 

—Encantado, Damián—

— Adrián, ¿por qué estás solo? ¿Por qué no viniste con tus amigos?—

— No sé. Digamos que no son muy de estos ambientes—

— Ah, pues no importa. Yo soy tu amigo esta noche. Ven conmigo—

Me llevó, para mi sorpresa, hasta su corillo. Otro puñado de hombres descamisados que se hacían compañía entre cizañas y miradas torvas. Saludé a algunos, y varios nos hicimos los locos como buenos pendejos. Los había visto, mas en mi oro de recuerdos, recuerdo que los olvidé. Le pedí un momento a Damián para pedir otro trago.

—… Tito’s con agua de coco… Mmm… Yo estoy bebiendo Tito’s con agua de soda—, dijo con su vaso crepitando con hielo sin licor.

Entonces, impelido, regresé con otro suyo y otro mío. Algo como un brillo se le salió de los ojos. Y en los abrojos de la jarana, me volvió a regalar, con la fugacidad de una estrella, su mirada de ángel bribón. Ya no sabía qué decir, así que le pregunté por el baño.

Él entró primero puesto que también le hacía falta un momento. En la pared contigua, durante la espera, un espejo reflejaba los celajes pululantes de decenas de hombres. Sombras mudas al acecho. Más de uno me importunó con preguntas insulsas, y no fue hasta que Damián salió de miar— así le dijo—que recordé qué, en el más santo de los carajos, hacía yo metido en aquel antro solo. Una cosa era el trago al margen…

— ¿De dónde eres? Hablas muy lindo para ser de aquí— pregunté por su acento torpe pero intrépido.

— ¡Soy mexicano!— gritó con orgullo. Y todo encajaba. Solamente la tierra de Chespirito, de Derbez, de los elotes y los birrias y las enchiladas y las tortas me podía engatusar así. Solamente el Chapulín, el Chavo, la Chilindrina, el chipote chillón y las micheladas podían engendrar semejante lindura. 

Nos quedamos un rato en la pista oscura antes de salir de nuevo. Él me preguntó si sabía bailar. Contesté que no puesto que me pareció inadecuado— en aquella disco— decirle que solo me sabía los básicos de la salsa. Así que comenzó a mover la tabla cobriza de admirable tersura, y yo tuve que inventarme un chachachá medio trinco. Él parecía no fijarse. Se fijó en que llevaba rato mirándole los labios, cerca suyo, rozando con la mano su cintura, perdido entre los ojos y los labios.

— ¿Qué pasa?— dijo risueño. No contesté. Lanzó una carcajada arriba, bajó la mirada, tentamos varios besos y nos picoteamos con uno. Fui feliz. Noche lograda. Noche de campeón, de bichote, de mascaracachimba que le caen las bendiciones. Carajo. Sé que es ante de mi muerte, ¡pero es que tanta suerte va a matar!

Como no llegó conmigo, se despidió al cabo de unos minutos y partió con sus amigos. No sin antes dejarme, cual Cenicienta con corona de setas, el rastro necesario para emprender la temeridad de buscarlo.

Dos semanas después, muertas las ascuas de la primera ilusión, le respondí a algunos de sus estados. Yo bebía cervezas mientras veía episodios viejos del héroe más ágil que una tortuga, más fuerte que ratón, más noble que una lechuga; y Damián me hería el corazón. Yo, pobre flechado, tirando maíz a un gallo de pelea. Él, condenado por la costumbre a recibir halagos, contestó más simpático de lo esperado. Los mensajes se demoraron por dos o tres días, de modo que todo encajó, el viernes, cuando resolvimos salir a una barra en Santurce. Yo, que había resuelto ser feliz, que bien pude quedarme con mis noches de bohío y aquella apacible calma, caí en las trampas de verle los ojos.

Salí enchancletado y sin verdadero norte. Damián habría llegado con su mejor amigo, de manera que no tenía idea de cómo sería la dinámica. Sopa de ansiedades bien cocida entre las tripas. Me estacioné, para rematar, lejos del local. Caminé calle abajo hasta dar con la entrada. Y apareció de nuevo, así, zas, como las mariposas que aletean entre las margaritas, o como las margaritas que tientan a las mariposas. Algo así. Llevaba una camisa de mangas que le escondía la tabla cobriza de admirable tersura, aunque restaban las dos macanas café de sus brazos. El suéter era naranja, con una Corvette tatuada en su diseño. Unos mahones y los mismos tenis de la otra vez remataban su atavío.

Me presentó a un personaje que no había conocido: Estrada. Rumba contenida de sonrisas y chistes, de valentía contagiosa y aires de alma emancipada. Para desdicha de la memoria, no recuerdo su vestido entero. 

Entramos a otro antro— más limpio que el primero— mucho más frecuentado por señores mayores. Cuarentones y sesentones que le barbotaban lisonjas fáciles a cualquiera. Formaban un camino angosto al averno de las mesas. Yacían, en el fondo del salón, bajo dos pizarras llenas de nombres.

—¿Estabas viendo el Chapulín Colorado?— me preguntó Damián.

—Sí, ¿cómo sabes?—

—Lo vi en tu story. Y las cervezas—

—Lo sospeché desde un principio—

— ¿Sabes jugar pool, Adrián?— y mi nombre, en su boca, se me hacía como los ríos surcando los guijarros, o como el timbre meloso de un violín. 

—Sí. Me defiendo—

—Pues, anótate—

—Bien—

Me sonreía desde el otro lado. Apunté mi nombre, comenté zanganerías al muchacho más próximo y regresé adonde Damián. Sentía, en mi desnudez de chanclas, salpicaduras de licor rozar mis dedos. Hablamos un rato. Estrada conoció mi lado periodístico y hubo cierta conmoción. Fraternidad de riopedrenses encontrados por el mundo. 

Estrada ofreció, en cierto momento, chicles para todo el mundo. Como los chicles no rindieron para tanta esplendidez, me quedé sin mascar goma. Pero Damián, viéndome desamparado por la menta que ahora poblaba el aliento de todos, sacó el suyo de la boca y lo metió en la mía. Oleaje incontenible del deseo, marejada feliz, reverenda y soberana estratagema, esta que me hacen. Quedé lobo domesticado. 

Se fueron al rato. Estrada debía partir a Bayamón, y Damián no iba a desampararle al filo de la medionoche. Salieron juntos y quedé importunado por un muchacho regordete y de verbo barato. Me olvidé del turno y seguí hasta la guagua. 

Me emborraché algo despechado, y aquel despecho embriagado me empujó a escribirle el comentario más tonto y desesperado imaginable.

—Me encantas, Damián. Eres lindo y simpático. Me dices cuando podamos vernos again—

—Tuve un buen tiempo. Eres tan bello. Nos vemos pronto—, respondió para la dicha de mi quimera.

Como me quedé dormido, no pude responder hasta la mañana siguiente. De modo que respondí «tututú» a su halago; una hora después me preguntó qué haría ese día.

—No plans for now. You?—

—Just asking. I’d love to go play pool with you—

—Let’s play pool. ¿Tienes algún sitio en mente?—

—Eso lo podemos decidir luego—

Pasaron las horas y no hubo confirmación. Pregunté al rato y, a los quince minutos, ya se estaba vistiendo. A diferencia del viernes, quería que yo lo recogiera en mi carro. ¡Acángana! Pidió que llevara unos tragos a su casa, en Río Piedras. Cuando llegué, nunca más nos escribimos. 

Damián estaba en mi carro, con los ojos de luna robada, con otra camisa de Corvette pero azul oscura. Mahones parecidos y los tenis blanquitos que le hacían parecer más alto de lo que era. Eran sus antipastillas de chiquitolina. Me trajo un arroz con salsa soya que cocinó antes de yo llegar. Resolvimos luego ir a la misma barra de la noche anterior. Despliegue de Tito’s con coco y Tito’s con agua de soda. Orgía de sonrisas disimuladas. 

Volví a apuntarme y no duramos mucho en la espera. Pude, empero, bromear entre todos que los mexicanos no sabían jugar al billar porque se comen los tacos. Cayó bien. Damián rio. La espera nos inquietó y comenzamos a hablar con un exdecano de la Facultad de Educación de la Iupi, un tal tío de Damián. Que no era sino el tío de su expareja.

La tertulia desembocó en asuntos de la universidad pública, el periodismo, la educación y la palpable desidia que arropa al país. El señor, objetivamente, quedó encantado. Me propinó elogios en demasía, se desternillaba al menor comentario y casi infartó cuando recité, de memoria, que yo salí de Collores en una jaca baya, por un sendero de mayas arropás de cundiamores. Supuso, por falta de contexto, que Damián y yo éramos novios. Veía a Damián reír, mas sentí la imperiosa necesidad de aclarar el asunto. Entonces fuimos a otra barra.

—¿Llevas a mi tío con nosotros? Así podemos llevarlo a su casa más tarde—. Accedí porque la noche era virgen y la verdad, después de estar con Damián, poco importaba el lugar o la hora o l.

—Este muchacho es tremendo, Damián. Claridad no es cualquier cosa. He queda’o bobo con este nene—, decía con la ligadura que los borrachos le dan a sus peroratas. 

—Ay, sí. Es talentoso y detallista y humilde—, respondía mientras, muy cabrón, me mordía el hombro disimuladamente.

En la barra, el llamado tío quedó casi dormido, de modo que Damián me pidió que lo llevara a su apartamento. Allí le esperaba al exdecano un matrimonio mustio de antipatías repetidas, de rencores reciclados. De camino, solos, el señor no pudo sino pedirme que nunca me permitiera caer en semejante monotonía. Lo decía, algo soberbio, mientras desatinaba la orina encima de sus zapatos. Zapatos que pisarían la alfombra de mi carro. Pero poco importaba la hora, el lugar o las pestes de miao después de estar con Damián. Él, centella de plata, me esperaba en la barra en lo que volvía.

Cuando volví, bebimos pocos tragos y salimos para llevarlo a Río Piedras. En la acera opuesta al local, al salir, intenté tomarle la mano. Me la rechazó y me reprochó porque tú eres peligroso, porque tú eres peligroso y te odio y aléjate y no quiero que me toques o me mires. Y un porqué mío después, nos besamos antes de llegar al carro.

Frente al apartamento, sugirió que me estacionara. Cuando apagué la guagua, supe que el asunto acabaría como acabó: riéndonos a la suerte de tanta alegría repartida en afectos difusos. Al filo del conticinio, me preguntó:

—¿Esperabas estar aquí conmigo así?—

—No— jadeé —No me lo esperaba—

—¿Viste? Todos mis movimientos están fríamente calculados—

Mutismo involuntario, exceso de alegría, pérdida del sosiego; breve convalescencia. Recontrachanfle. No pude sino abrazarlo hasta la mañana. 

Se llama Damián porque quiso, porque una noche emprendió la retirada final y renació en Borinquen. La vida le había fijado la suerte de nacer Demian, como la novela alemana de Herman Hesse. Como el chico taciturno que nada tenía que ver con el mariachi prohijado que suponía Damián en la vida antillana. 

No sé si me lo dijo en el césped de la orilla, mientras mirábamos una nube lejana que parecía un surfer. Sé que su madre leyó la novela y le gustó. Sé que yo la leí en dos días, cuando cumplí 23 años, sentado en la orilla de Isla Verde. Nos picaban, al hablar, las hormigas en aquel pastizal, y mi hombro izquierdo aún guarda las cicatrices de las picaduras. 

En la noche, jugando al billar, me rasqué el hombro varias veces. Para desdicha de una camisa mona que compré, con Damián, en una tienda de ropa. Que compré mientras le veía olisquear las velas para enseñármelas después, mientras me mostraba los cojines que mejor combinarían con su sala, mientras se medía aquel arete esmeralda en el espejo. 

Me elogió la camisa, y más le valía porque la había escogido. Me miraba desde el otro lado de la mesa, midiendo las menores que me faltaban por anotar. Había una menor— la única opción factible— con dos posibles anotaciones exitosas. Ambas condicionadas por el más probable de los fracasos. 

—Sé que no la vas a meter—

—Yo sé que tú sabes—

—Bueno, si la metes, te regalo algo—

—Ah, pues bien—

Y las nalgas se me trincaron. Entendí, como nunca antes, que el billar era asunto de postura, de acomodar la cintura hasta que los brazos se tornasen en mirillas. Había que ser San Miguel Arcángel con la lanza. Yo, a diferencia de la gracia conque Damián movía el taco sobre el pulgar, sujetaba el mío como un cigarrillo. Así nada se me escapa, así retengo el control del taco y dispongo de él según mis antojos. Entonces, decidido, anoté la menor como un francotirador obsedido por matar un tirano. Boquiabierto, anonadado, ni yo mismo contaba con mi astucia. 

Se acomodó en la silla contigua a la mesa. Se paró en el travesaño de modo que lucía mucho más alto que yo. Me acerqué porque el agua de coco ya había cedido ante el Tito’s, y el desenfado me ubicó justo debajo de la mirada de Damián: justo debajo del edredón de su mirada. Nos besamos. Ni la Fania conoció tanto éxito. Ay, la gloria es sueño vano; y el placer, oler su aliento; y la riqueza, tormento; y el poder, ¡qué bellas sus manos! Si estuviera en mis manos borrar mis amores… No lo haría. 

—Me tienes enchula’o, papi—

Imposible, amor. Porque si has de tratarme así, de esa manera, no hay como pueda. Cortos circuitos y babeos son mi respuesta.