Como ha sucedido en otras ocasiones, el presidente del Senado, Thomas Rivera Schazt, se negó a posponer la aprobación de un proyecto de ley y atender los reclamos de diversos sectores de la sociedad civil. En cambio, sometió a votación por descargue el proyecto sustitutivo del Senado para una reforma de permisos.
Desde temprano en la mañana del 13 de octubre, organizaciones ambientales, comunitarias y grupos profesionales realizaron una manifestación frente al Capitolio para expresar su rechazo al Proyecto Sustitutivo, P. del S. 1173 y al P. del S. 1183, y reclamar que se llevaran a cabo vistas públicas sobre este.
Tras la manifestación que culminó alrededor de las 11:30 de la mañana, varios portavoces de las organizaciones intentaron reunirse con el presidente del Senado, quien no concedió ninguna entrevista. El proyecto fue aprobado con 16 votos de la mayoría del PNP, 8 en contra entre el PPD y el PIP y tres ausentes.
Hernaliz Vázquez Torres, directora de Sierra Club Puerto Rico, una de las organizaciones convocantes, señaló: “La mal llamada reforma de permisos amenaza con debilitar las protecciones ambientales, reducir la participación ciudadana y facilitar proyectos sin suficientes garantías para nuestras comunidades. Nos venden esta reforma como progreso; pero el verdadero progreso no desplaza comunidades, no privatiza lo que es de todos ni sacrifica nuestras protecciones para favorecer intereses privados. El desarrollo no puede estar por encima de nuestros derechos”.
Denunció que el proyecto sustitutivo fue presentado el jueves pasado y que no ha podido ser evaluado ni por los propios senadores que solicitaron tiempo adicional para poder evaluarlo por ser un documento de sobre mil páginas. Vázquez Torres reveló que la documentación obtenida por los grupos reafirma que se privilegió el acceso de determinados sectores privados al proceso de elaboración de la reforma, mientras las comunidades y otros sectores afectados han tenido que reclamar información y participación.
La líder ambiental insistió en que el proyecto sustitutivo pudiera mantener y hasta ampliar el poder del Departamento de Desarrollo Económico y Comercio (DDEC) al colocar bajo su estructura funciones de planificación, permisos, atención de querellas y revisión administrativa.
“El departamento encargado de promover la inversión tendría también bajo su control mecanismos llamados a evaluar y limitar sus consecuencias sobre el territorio y las comunidades. Están poniendo a los cabros a velar las lechugas”, añadió.
Por su parte, un total de 60 profesionales, entre planificadores, biólogos, arqueólogos, manejadores de reservas forestales, arquitectos y de otros campos relacionados con la conservación y el desarrollo, también cursaron días antes una carta al Senado con la misma petición de que el proyectos se llevara a vistas públicas.
“El Proyecto presentado el 7 de octubre contiene 868 páginas con información técnica y compleja sobre el proceso de planificación de usos de terrenos, la conservación de los recursos naturales y el trámite de evaluación de permisos para la construcción de obras y edificaciones. Este proyecto de ley, por lo tanto, tendría unos efectos que incidirían dramáticamente sobre el quehacer diario de todos los residentes de Puerto Rico a corto y largo plazo. Por lo tanto, una medida de esta naturaleza debería estar disponible en igualdad de condiciones a toda la ciudadanía y contar con el insumo del mayor número de organizaciones y sectores, tal y como aspiramos los que promovemos vivir en una sociedad plenamente democrática”, lee la misiva.
Entre los firmantes se encuentran Ariel E. Lugo, Ecólogo y exdirector del Instituto Internacional de Dasonomía Tropical del Servicio Federal Forestal; Carlos J. Carrero Morales, historiador, planificador, explanificador omunitario para FEMA y especialista en conservación ambiental y cultural para FEMA; Concepción Rodríguez Fourquet, ecóloga, catedrática retirada de la Universidad de Puerto Rico en Bayamón e investigadora científica independiente; Ingrid M. Vila Biaggi, ingeniera ambiental; Luis Jorge Rivera Herrera, planificador, 2022 FEMA Administrator’s Award – Climate Resilience y 2022 FEMA Leadership Recognition Award; Pedro A. Gelabert, geólogo, exsecretario ejecutivo de la Comisión de Minería, expresidente JCA, exsecretario DRNA y exdirector de Oficina del Caribe, USEPA.
En horas de la madrugada, antes de la manifestación, el activista conocido como Tito Kayak desplegó en una de las astas del Capitolio una bandera que leía “No a Esencia”, en referencia al proyecto multimillonario que se pretende levantar en las costas de Cabo Rojo.
Se supone que ahora la medida pase a la consideración de la Cámara de Representantes. Según han divulgado medios de prensa, su presidente, Carlos Méndez Núñez, dijo que esperaba recibir la medida para “una evaluación detallada”.
Bajo el seudónimo “Mynona” (una inversión de la palabra “anónimo” en alemán), Salomo Friedlaender publicó Magia gris, una novela en cuya diégesis se aspira a que la velocidad de la escritura llegue a su máximo desarrollo. Cuando se le pregunta al personaje Dr. Sueram qué es aquel extraño artefacto que ha puesto sobre su cabeza, este contesta: “Es una maquinilla extraordinariamente cómoda. Me ahorra un mecanógrafo. Estoy en el proceso de permitirles a las emanaciones etéreas de mi cerebro trabajar por mí. Hasta ahora, nuestros pensamientos, no importa cuán prácticos, han movido al mundo solo de maneras indirectas. Nuestras máquinas todavía no trabajan bajo la dirección directa de nuestros pensamientos, de nuestra voluntad. Planifico llevar a cabo una transmisión directa”. La máquina del Dr. Sueram, por tanto, conectada a su cabeza/mente, escribiría ahora según desarrolle el propio pensar.
Magia gris, del 1922, forma parte del culto a la velocidad que, mucho antes del futurismo, produjo la maquinilla. Los avances en el escritorio, en la oficina, tenían que equipararse a la aceleración en la producción industrial decimonónica, época para cuando la máquina ya se había parado sobre sus propios pies (el paso de la industria manufacturera a la gran industria, según Carlos Marx, fue el paso de la manufactura de la máquina, es decir, de la máquina hecha a mano, a la máquina que produce máquinas). Si la imprenta – la plasmación mecánica del material escrito para su distribución – representó posiblemente el primer taller industrial moderno, según Benedict Anderson, la industrialización del proceso de escritura no vino a ser una conquista tecnológica hasta el último cuarto del siglo XIX. La maquinilla permitió agilizar el dictado (Napoleón, se decía, podía dictar 9 mensajes simultáneos; ¿cuánto no hubiese podido hacer si sus ayudantes fueran, no escribanos, sino mecanógrafos?) y mejorar la capacidad para rápida y fielmente transcribir los secretos transoceánicos que se emitían vía telégrafo.
¿Debe sorprender la relación entre la maquinilla y la guerra? Qué no hubiera podido decir Ángel Rama sobre esta curiosidad de la ciudad letrada finisecular y sus tecnologías: la maquinilla no fue éxito comercial (el único éxito que conoce el capital) hasta que Remington, la manufacturera de armas, le compró los derechos a Latham Sholes – el inventor de la maquinilla moderna y el teclado QWERTY – como manera de diversificar sus inversiones, menguadas por el fin de la Guerra civil estadounidense. La compañía cambió ráfagas de balas por ráfagas de palabras. La madera del modelo de Sholes fue reemplazada por el hierro de las armas de guerra. La maquinilla se convirtió en una ametralladora de discursos, al decir de Friedrich Kittler. La nueva tecnología adquirió un caparazón para uso diario y constante, que permitió su entrada en la oficina empresarial y en la creciente burocracia estatal.
El nuevo objeto no fue de agrado transversal. En sus cursos sobre Parménides impartidas en el invierno del 1942-43 en la Universidad de Freiburgo, Martin Heidegger conceptualizó a la maquinilla como un objeto esencialmente anti humano. La mano y la palabra son aquello que distinguen al ser humano; el humano, dice, tiene la palabra en tanto tiene la mano. La mano brotó de la palabra, y con ella. La mano guía la palabra en la medida en que se usa para señalar, y al señalar, revela lo escondido. La palabra señalada es la propia escritura. (¿No es cierto que la mano, a la vez que sostiene y guía la pluma, señala?)
Pero la maquinilla se interpone entre la palabra y la mano. La maquinilla le arranca la palabra a la mano. Heidegger aclara que, mientras la maquinilla se utilice solo para transcribir lo manuscrito, sirve una función limitada aunque positiva. El problema vendría a ser escribir a través de la maquinilla. La maquinilla es, según él, una de las razones principales de la destrucción de las palabras. Degrada la palabara a un mero acto comunicativo. Como las nubes que enturbian el cielo, la maquinilla esconde la caligrafía particular de cada uno y, por tanto, su carácter. La escritura vendría a perder su cuerpo, a perder su capacidad, por tanto, de ser una práctica que une el Ser y el ser humano, a perder el origen de su esencia.
Por otro lado, el carácter personal y, en efecto, particular de la escritura en maquinillas fue primero reconocido por la literatura detectivesca. “Es cosa curiosa”, dice Sherlock Holmes, “el que una maquinilla tenga tanta individualidad como la escritura de una persona… Ninguna escribe igual que la otra”. Hasta nos indica que tiene pensado escribir un libro bajo el título “Maquinilla y crimen”, pues esta ha sido la clave para resolver más de un caso. Así hace en un cuento titulado, precisamente, “Un caso de identidad”.
No explica Sherlock Holmes el porqué algo producido en masa puede tener una identidad propia. Pero, como para casi todo, la respuesta está en el tiempo. Cada maquinilla, con el lento desgaste de sus componentes, va desarrollando características propias, a nivel del movimiento cada tecla y la particular ubicación de esta en la página, de las divergencias en la escritura horizontal, de las variaciones en los saltos verticales, elementos que hacen posible distinguir una maquinilla incluso de otra de modelo “idéntico”. En términos saussureianos, cada maquinilla tiene su “habla”.
Pero no es solo la máquina la que imprime una personalidad propia en la página en blanco. Quien sea que use maquinilla sabe que la maquinoescritura puede ejecutarse de manera tan torpe como la escrita a mano. En ese sentido, también, Heidegger desacierta – la mano no está totalmentausente, solo transfigurada. Si bien la maquinilla no forma parte del cuerpo, ¿hasta qué punto no puede ser vista como si fuese complemento, extensión del cuerpo, prótesis?
La maquinilla es, en rigor, todo menos pérdida de cuerpo. Algo que se olvida de la escritura en maquinilla es su carácter tremendamente físico, empezando por el propio peso del objeto. El dolor de la muñeca al escribir con pluma por tiempo prolongado no es ajeno a la escritura maquinillesca. La mano siente la maquinilla como si fuese empuñada por ella misma.
Hay un sentido que se añade a la experiencia escrituraria con ellas: el ruido. Cuánto se ha olvidado el escándalo que produce el teclear, capaz incluso de escucharse en otras habitaciones o, incluso, en otras viviendas, dada la cercanía suficiente. Además, posee una campana, que anuncia que se llega hacia el final de la página, y que se requiere reestablecer el carro a su inicio (el inicio: la extrema izquierda). La escritura adquiere un aspecto material que, si no quita que sea un proceso privado, hace que pierda cierta privacidad.
Pero la distinción más significativa que habría que indagar – y una de las explicaciones por la reciente fascinación en estos extraños artefactos – es que, para los escritores, y a diferencia de lo que ocurría en el mundo oficinesco, la maquinilla no representa rapidez, sino ralentización. La agilidad de la maquinilla para la transcripción de mensajes dictados o telegráfiados requiere que la mente sirva de vaso comunicante: registre lo escuchado e inmediatamente lo pase a las teclas. Pero transcribir no es pensar, y parecería que se piensa más rápido con lápiz o con pluma que a pura tecla. Dicho de manera precisa: el pensamiento salta con mayor facilidad a la página en lo manuscrito que en la maquinilla.
Quizás la clave está en una distinción hecha por Heidegger: la maquinilla es una tecnología que se encuentra en un estado intermedio entre la herramienta y la máquina. Aunque no abunde en este “estado intermedio”, se desprende su significado: la herramienta es empleada por la mano, mientras que la máquina es una fuerza creada y objetivada que se impone sobre el ser humano. Pudiéramos decir, quizás, que, desde este carácter histórico-tecnológico transitorio, la maquinilla siemprefunciona como máquina en la empresa, pero, para los creadores, preserva la capacidad de servir todavía de herramienta.
La escritura a mano es heterogénea: puede hacerse lentamente, cuidando la apariencia, pensando que será leída por ojos distintos a los del cuerpo productor del texto. Pero, en el proceso de pensar o de la creación literaria, suele acursivarse, eliminando el espacio que distingue y particulariza letras y palabras creando un movimiento unificador de signos, haciendo la escritura menos comprensible para el otro (legible solo para el yo) para permitir que la palabra fluya según inspira o según se piensa. En efecto, desde el salto de la escritura en pieda a la escritura en arcilla, que permitió la innovación de la curva, superando las limitaciones de las líneas horizontales y verticales, “escribir”, al decir de Italo Calvino, “querrá decir escribir rápidamente”.
La maquinilla no permite tal variedad escrituraria. La velocidad llega a un límite: la consistencia de la letra es su fortaleza externa, pero su limitación con respecto al flujo del pensamiento hecho tinta. No hay manera de acursivar la maquinilla. En comparación con la escritura a mano, la escritura a maquinilla atraza en la medida en que no permite acelerar. He aquí una imposición del carácter maquínico, objetivo e impositivo. Pero a la vez, la experiencia de escribir con la lentitud que impone, es la de sentir posar el pensamiento sobre mí. Casi se percibe junto a uno el pensamiento, la palabra, que todavía no ha logrado materializarse en el papel. Con la maquinilla, hay plena convivencia entre ser y pensamiento. Flota antes de plasmarse en la página. Es ahora este quien señala, y, por la lentitud, se puede tomar el camino recto con mayor seguridad, a paso meditado. (Parecía ser un accidente histórico el que el recurso narrativo del fluir de consciencia sea obra consciente de la época de la maquinilla, cuando es precisamente lo que esta obstaculiza.)
No es solo la inescapable reproducibilidad de cada letra lo que impide la aceleración de la escritura creativa o reflexiva en la maquinilla. Es, también, la mayor variedad de interrupciones materiales que produce. ¿Cuándo un escritor se lamenta no poder seguir produciendo porque se le agota la libreta? Pero, ¿cuántas veces hay que momentáneamente pausar ese mismo proceso en la maquinilla por el movimiento del carro, por el cambio de hoja, algún mecanismo defectuoso, alguna errata que se busca corregir? (La escritura a mano no carga con erratas, en el sentido estricto. La errata, es decir, el error escriturario involuntario, es también una innovación industrial.) Digo pausa, no interrupción: el pensamiento sigue posado, esperando, señalando.
Las anécdotas de los primeros escritores que usaron maquinilla nos muestran esta complejidad de ritmos desiguales, igual en prosa que en verso. Un Friedrich Nietzsche enfermo agradeció que la maquinilla le devolviera el arte de la escritura, mientras sus lectores reconocieron una transformación en ella: el paso de la oración larga a la escritura en staccato, o, dicho de otro modo, “del argumento al aforismo”. T.S. Eliot, quien produjo “The Waste Land” en maquinilla, igualmente reconoció un “acortamiento” de sus oraciones, al estilo estacado “de la moderna prosa francesa”. Aclaración: acortar no es restringir, ni aplanar profundidades. Pero la transfiguración se percibe por sí sola. Si Hegel planteaba la escritura como un proceso de pensamiento, Nietzsche sería quien primero vendría a afirmar que “nuestras herramientas de escritura también trabajan en nuestro pensamiento”.
La máquina que representó la escritura veloz para el capital terminó por ser una herramienta de trabajo pausado, ruidoso, corpóreo para los creadores. (Kittler, a pesar de su agudeza, no logra captar el carácter bifronte de la maquinilla, con un rostro hacia el capital y otro hacia la creación.) Ese es el verdadero sentido del regreso a la maquinilla, la razón por la que pudo haber sido superado tecnológicamente en las oficinas pero nostálgicamente recuperado por los escritores. El sueño del Dr. Sueram es la pesadilla del escritor en el capitalismo tardío. La velociodad adquirida con las formas de escritura entorpece la premeditación, la atención, debilita la capacidad de conceptualizar, impiden lo que el propio Sueram deseaba: posar el pensamiento en la página en blanco.
Partiendo de esa verdad, he “regresado” a la maquinilla. Digo “regresado”, más bien en términos histórico-universales: nunca en mi vida había usado una maquinilla, no guardo recuerdo alguno de una durante mi infancia o adolescencia, no formaban parte de mi hogar ni mi educación. (¿Cómo es que la escritura en maquinilla se siente más superada históricamente que la propia escritura a mano? ¡Hasta el concepto de lo viejo es históricamente mutable!) Pero volví a ellas por el sueño de Dr. Sueram convertido en pesadilla: la extraordinaria velocidad de la escritura en computadora, y las infinitas distracciones de ese medio, hacían desembocar alocadamente el pensamiento sin que cauce alguno lo recogiera y encaminara. Hallé una herramienta de escritura capaz de trabajar surcos.
Reflexiones maquinoscritas (II). Libación.
Corona-Smith se fue a la quiebra en el 1995. Terminó, así, la producción de maquinillas en continente americano. En el 2011, su última manufacturera en el globo, la empresa india Godrej, cerró producción. Desde hace más de 30 años no se fabrican maquinillas en las Américas, y 11 años, en el mundo. Por eso, ahora, cada maquinilla que arriba a las manos de alguien, llega con vida pretérita. Antes, toda maquinilla era mera mercancía. Ahora, no hay maquinilla que no sea objeto aurático. Como tal, hay que rendirles tributo, en su pasado y en su particularidad.
Esta Torpedo 18B con la que escribo le perteneció a Iris Martínez Castro, alias Yiyi. A Yiyi, sus padres le obsequiaron la maquinilla cuando se encontraba todavía en la escuela, parecería que por una materia en la que era necesaria o complementaria. No parece haberla utilizado durante sus estudios universitarios en Trabajo Social, ni en su empleo posterior. Permaneció, por tanto, resguardada en su estuche verde.
El teclado es hispano – tiene ñ, diéresis y habilidad para colocar acentos agudos. Posee un mecanismo para alterar el espacio entre líneas (un espacio, doble espacio, triple espacio, ¡cuádruple espacio!). Permite escribir en dos colores (en este caso, lo tradicional: negro y rojo). En lo que parece ser un rasgo bastante particular, carece de campana que anuncie que se acerca el final de la página, por lo que la escritura en esta es todavía máspausada – ante la ausencia de mecanismo externo, hay un detalle adicional al que uno tiene que atender y que enlentece la escritura.
La cinta de tinta gira solamente hacia la izquierda. Es decir, hay un imperfecto en su mecanismo. La cinta de una maquinilla, ante cada tecleo, se mueve ligeramente en una dirección; al llegar al final, se supone que un mecanismo la haga empezar a girar hacia el otro. La cinta, por tanto, se usa y reusa de lado a lado, hasta que finalmente se le agota la tinta. Pero en esta Torpedo 18B, cuando llega a la extrema izquierda, tengo que manualmente rebobinarla, para que nuevamente inicie su travesía zurda. ¿Será esto el eterno retorno de lo mismo al que se habría referido Nietzsche? (No he querido arreglarla – ¿cómo no tenerle cariño a una máquina que insiste en no moverse hacia la derecha?)
Recientemente, ha adquirido otra costumbre: la de saltar un espacio no premeditado entre letras. Pero solo luego de una interrupción en la escritura – es decir, cuando escribo con ritmo sostenido y periodos prolongados, la maquinilla, casi agradecida, respeta el lugar de cada letra. Mantener la escritura viva: eso parece pedirme.
Sus características ya son mías. Cuando ahora observo páginas de escritura ajena y me topo con un espacio indeseado o inexplicable entre letras, casi siento que es escritura que me pertenece, como una idea compartida con otro. Observo mi propio cuerpo.
(El autor de estas páginas mantiene un diario de su experiencia maquinoescrita, en forma de un archivo que acumula las páginas escritas. Esta es su primera publicación de un proyecto más amplio.)
¿Quién hubiese imaginado que Antonio Caban Vale, conocido como El Topo y vinculado al grupo Guajana, cultivara el soneto, forma poética que no es tan popular en el presente como el verso libre? Tal vez algunos piensen que fue decimista porque provenía de Moca, tierra de trovadores y de porfías. Otros siempre rememoran la canción que compusiera sobre Antonia Martínez, estudiante asesinada durante las luchas estudiantiles en la Universidad de Puerto Rico : “Antonia, los pueblos no perdonan, tu nombre es una historia de un pueblo que te busca y se ha encontrado en ti”.
Uno de los sonetos del reconocido cantante utiliza mayormente la metáfora y el encabalgamiento para enlazar y dar mayor cohesión a su poema:
Dulcísima Loraina, piel de luna
Doncella de mis noches encantada
por la costa del cuerpo, la ensenada
de tus hombros navego por la bruma
del deseo sin bridas, a horcajadas
me sumerjo en los valles y las dunas
de tu vientre fecundo por la ruta
de labios y mejillas asediada.
Eres al corazón, Loraina mía
Eva primaveral, dación de vida
en el altar del beso propiciada.
Fruta madura que la miel destila
y gota a gota fluye ensimismada
hacia el centro de ti en llama viva.
Otros miembros de Guajana cultivaron sonetos como Edgardo López Ferrer, Ramón Felipe Medina y José Manuel Torres Santiago. No solo estos sino también numerosos poetas de distintas generaciones practicaron sonetos.
Esta forma poética fue cultivada, según Daniel Torres, por el primer poeta puertorriqueño Francisco Ayerra y Santamaría en el siglo XVII, lo que también documenta Eloísa Rivera en su libro La poesía de Puerto Rico antes de 1843. El soneto es muy antiguo. Se introduce desde Italia con Petrarca. Llega a España a fines de la Edad Media y luego es traído al mal llamado “nuevo mundo” en donde surgieron muchísimos cultivadores de esta tradición hispánica. (¿Cuándo estudiaremos poesía africana?) Se compone de 14 versos divididos en cuatro estrofas. Las dos primeras tienen cuatro versos de 11 sílabas y las dos últimas tienen tres versos endecasílabos o de 11 sílabas como los demás. Durante el modernismo sus versos se alargaron a 14 sílabas. El poeta nicaragüense Rubén Darío fue uno de sus grandes exponentes. Modernamente, en ocasiones los autores alteran su métrica de forma desdibujada como si estuviéramos frente a una obra gráfica.
Los españoles Lope de Vega y Francisco de Quevedo, escritores del Siglo de Oro español, son dos de sus más famosos practicantes conocidos muy especialmente por sus famosos sonetos amorosos. “A una dama tuerta, pero hermosa” del segundo no es tan conocido. Sí lo es el de Lope de Vega que define el amor mediante los contrarios con sus antítesis y paradojas, buen hijo del barroco español:
Desmayarse, atreverse, estar furioso,
áspero, tierno, liberal, esquivo,
alentado, mortal, difunto, vivo,
leal, traidor, cobarde y animoso;
no hallar fuera del bien centro y reposo,
mostrarse alegre, triste, humilde, altivo,
enojado, valiente, fugitivo,
satisfecho, ofendido, receloso;
huir el rostro al claro desengaño,
beber veneno por licor suave,
olvidar el provecho, amar el daño;
creer que un cielo en un infierno cabe,
dar la vida y el alma a un desengaño;
esto es amor, quien lo probó lo sabe.
Este otro soneto es del chileno Pablo Neruda. No sigue exactamente las normas del soneto clásico como el anterior, pues pertenece al siglo XX. En el poema el amado expresa con su voz lírica que disfruta de la amada en todas sus facetas, mezclando el paralelismo y la anáfora con la metáfora, el símil y la imagen ilógica:
Mi fea, eres una castaña despeinada,
mi bella, eres hermosa como el viento,
mi fea, de tu boca se pueden hacer dos,
mi bella, son tus besos frescos como sandías.
Mi fea, ¿dónde están escondidos tus senos?
Son mínimos como dos copas de trigo.
Me gustaría verte dos lunas en el pecho:
las gigantescas torres de tu soberanía.
Mi fea, el mar no tiene tus uñas en su tienda,
mi bella, flor a flor, estrella por estrella,
ola por ola, amor, he contado tu cuerpo:
mi fea, te amo por tu cintura de oro,
mi bella, te amo por una arruga en tu frente,
amor, te amo por clara y por oscura.
En Puerto Rico se destaca Hjalmar Flax por su escritura de sonetos, quien construye una arquitectura clásica para sus versos. “Sonetista, versolibrista, autor de haikús, lírico, conversacional, exquisito” le llama Mercedes López Baralt. Este autor se ha distinguido por su maestría en el quehacer poético del soneto. En este lamenta la pérdida y lo fugaz del amor, palabra que titula al mismo:
Ella se va, se acaba, como en sueño,
fluyendo en el azogue de sus piernas
hasta llegar al borde del abismo
para caer en él, sin darse cuenta.
Ella se va, se pierde, como un ave
que vuela más y más en línea recta
hundiéndose en el cielo hasta volverse
un punto distanciado de la tierra.
\
Ella se va, la apura la distancia,
a cada instante se hace menos ella,
dejándome las manos detenidas
a mitad del dolor, palmas abiertas,
y el corazón trepándome en el pecho
como una rata ahogándose en su cueva.
Las mujeres también han publicado sonetos. Le concedo primacía a la sorprendente obra de Sor Juana Inés de la Cruz debido a su tiempo histórico, sus audaces temáticas como las de las redondillas conocidas por su primer verso: “Hombres necios que acusais….” Y por consolar a los celosos que no comprenden el amor como lo demuestra el soneto publicado por la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes y que retoqué con fines editoriales:
Que consuela un celoso, epilogando la serie de los amores
Como no soy historiador, no me acerco a este libro de historia desde esa perspectiva académica. Me refiero al libro recién publicado por Emanuel Figueroa Rosado, Borinquen rojo: historia del comunismo en Puerto Rico, 1919-1845 (San Juan, Ediciones Laberinto, 2026). En el pasado me he acercado y muy probablemente en el futuro me acercaré (¡Espero!) a otros libros de historia de la misma forma: desde la perspectiva de un lector interesado. Es que el no ser historiador no quiere decir que no pueda comentar este u otros libros de esta materia. Así es porque me acerco a estos como un lector intrigado y comprometido que tiene algunos conocimientos sobre este campo, aunque no sea especialista en el mismo. Y, por ello, desde esa perspectiva y como aprendí de mi mentora y modelo, Nilita Vientós Gastón, puedo comentar humilde y honestamente un libro de historia sin reclamar, por ello, ser experto en esa materia. Y puedo hacerlo pensando en que de alguna manera puedo aportar algo, aunque no sea desde una perspectiva técnica. Zapatero a tu zapato, me dijo una vez alguien a quien no le gustó mi comentario sobre un libro que no era de literatura. Y yo respondo ahora: mi zapato es el libro y mi taller es la lectura atenta e interesada.
Como lector interesado, pero no técnico, leí este voluminoso estudio (661 páginas) de Figueroa Rosado sobre el desarrollo de los partidos comunistas en Puerto Rico. El libro fue su tesis doctoral y en muchos sentidos se nota su origen académico, especialmente en su rigurosa constancia por apuntar las fuentes que emplea. Las notas a pie de página ocupan gran espacio, en algunos casos casi la mitad de estas. A veces, en esas notas no sólo aparecen las fuentes o las referencias bibliográficas en que el autor se apoya, sino que ahí se esconde algún otro dato de gran interés, algún detalle de la vida de las personas a quien estudia. Por ello no podemos descartar esas notas que a veces pueden parecer excesivas. Pero estas y las seiscientas páginas del libro no deben asustar ni ahuyentar a los posibles lectores porque Figueroa Rosado sabe contar una historia y lo hace muy bien. Su libro es entretenido y casi lo podemos leer como una obra de ficción. Detrás de esta aseveración, aclaro, se esconden las ideas de Hayden White y su Metahistory… . Pero ahora no viene al caso examinar mis conceptos de la historia sino comentar los aportes de Figueroa Rosado en su libro.
Aquí quizás entra en mi lectura mi propia formación o deformación profesional ya que me interesé grandemente en la manera que Figueroa Rosado cuenta los hechos. El libro está estructurado de manera muy clara y hasta pedagógica; los capítulos y los apartados en que se divide el texto evidencian el interés del autor por ir construyendo de manera lógica y hasta didáctica su argumento. Pero, al hacerlo, este no deja de ir creando personajes según va narrando los hechos. Sí, los individuos que pueblan el libro existieron y todo lo que el autor dice sobre ellos se basa en evidencia histórica. Pero, casi como si fuera un novelista, Figueroa Rosado crea un gran interés narrativo a partir de esas vidas que reconstruye parcialmente. Y lo que no se dice sobre ellos es porque no viene al caso o porque se desconoce. Pero así crea interés o expectativa narrativa en los lectores. Los actores históricos del libro parecen personajes de ficción o, así es sin ir en contra de lo que dice la evidencia histórica que tenemos sobre estos luchadores comunistas. Figueroa Rosado deja al lector intrigado sobre la vida de estas figuras que son más que meros actores en una trama histórica y, con la lectura, se convierten en personajes de una narración. Por ejemplo, terminé de leer este libro con ganas de saber más sobre la vida de José Antonio Lanauze Rolón, el médico negro comunista de Ponce, o de Jean Speed, la comunista de Alabama que terminó en Puerto Rico, o sobre Alberto Sánchez, el comunista aguadillano que se hizo muñocista, o sobre Consuelo Lee Tapia, la marxista de la alta burguesía ponceña que fue central en la transformación ideológica del que fue su segundo esposo, Juan Antonio Corretjer, o sobre Elmer Ellsworth, el gringo aliado de Muñoz, o sobre Ramira Mangual, una de las pocas mujeres que se mencionan en el libro, o sobre Juan Santos Rivera quien repartió entre distintas familias a sus cinco hijos y recluyó a su esposa en un manicomio para irse a estudiar teoría marxista a Moscú, o sobre Deusdedit Marrero, un joven campesino de Adjuntas, que es el personaje más trágico de todos los que pueblan este libro. No se diga cómo quedé de interesado en saber más sobre César Andreu Iglesias – a pesar de que ya tenemos un estudio sobre su vida y su obra escrito por Georg H. Fromm – porque este se convierte en el gran personaje, casi en el héroe, de todo el libro. A veces, con sólo mencionar a alguien – a Francisco Manrique Cabrera, a Tomás Blanco, a Clemente Soto Vélez – Figueroa Rosado es capaz de hacernos repensar nuestra imagen de la persona a quien menciona sólo de pasada. Es que Figueroa Rosado va construyendo personajes históricos que mucho tienen de personajes literarios. Y eso lo hace porque dice algo sobre estas figuras reales, pero no lo dice todo porque no lo sabe todo. ¡Cuánto no daría yo por saber más sobre estas vidas reales que en el texto se van convirtiendo en personajes de ficción por lo que no se dice sobre ellos, a veces porque no se sabe más! En este sentido Figueroa Rosado es un excelente narrador. O quizás mi lectura de su libro sea demasiado literaria.
Borinquen rojo… tiene también para mí otros méritos. Por ejemplo, su autor explora la relación de los comunistas puertorriqueños con otros latinoamericanos para ver cómo la defensa de las ideas progresistas que estos defendían se relacionaba con el ideal independentista y con una visión latinoamericanista de nuestra cultura y realidad política. Hasta hay dos capítulos, el 31 y el 32, específicamente dedicados a establecer los contactos de los boricuas con los movimientos progresistas en México y Cuba respectivamente. Figueroa Rosado apunta como algunos importantes intelectuales y políticos boricuas “…se cartearon con uno de los comunistas más importante de toda América, José Carlos Mariátegui” (30). Entre estos menciona a Vicente Géigel Polanco, Samuel R. Quiñones, Emilio R. Delgado y Juan Antonio Corretjer. Figueroa Rosado también apunta al importante papel que desempeñó tanto en su país, como en Puerto Rico y el resto de América Latina, el líder obrero mexicano Vicente Lombardo Toledano (1894-1968). Otro dato curioso que sirve para recalcar la relación de México con el Caribe es que Isabel Lombardo Toledano (1902-1970), hermana de este líder obrero, fue la esposa del gran intelectual dominicano Pedro Henríquez Ureña (1894-1946). Y los contactos con los comunistas cubanos también fueron fuertes e importantes. Muchas veces los libros y la propaganda política que los comunistas boricuas vendían o distribuían en la Isla venían de Cuba. Juan Marinello (1898-1977) fue uno de los cubanos que más contacto tuvo con los comunistas boricuas.
La relación de los comunistas boricuas con el Partido Comunista Estadounidense (CPUSA) como apunta frecuentemente Figueroa Rosado fue estrecha y, a veces, hasta contraproducente. El partido puertorriqueño, siempre con pocos miembros y, por ello, con muy pocos recursos económicos, dependía grandemente del estadounidense. Esta relación paradójicamente reflejaba la de la dependencia política y económica de la Isla con la metrópolis. Esta y el reconocimiento de los comunistas de la Isla y los de Estados Unidos de la trascendencia de la emigración boricua a la metrópolis llevó a hacer evidente la importancia de esa relación y la necesidad de reconocer la contribución de los comunistas puertorriqueños en Nueva York. Pensemos, por ejemplo, en Bernardo Vega y en Jesús Colón. Y, sobre todo, pensemos en el importante papel que desempeñó Juan Antonio Corretjer como editor de la revista Pueblos Hispanos, revistas subvencionada por el CPUSA y donde se publicaron importantes textos de Julia de Burgos, Pablo Neruda, Nicolás Guillén y de muchos otros intelectuales progresistas latinoamericanos. Figueroa Rosado reconoce la importancia de esa revista, pero también ve los problemas que trajo la relación entre el partido comunista de la metrópolis y el de la colonia.
He recalcado la accesibilidad de la escritura de Figueroa Rosado. Pero también tengo que apuntar problemas estilísticos y gramaticales que hallo en su prosa. El principal es el de los calcos del inglés (“correr” por “ser candidato”; “hacía sentido” por “tenía sentido”) y el abuso del gerundio, sobre todo el término el del verbo ser: siendo. Hay también inconsistencias en la ortografía de ciertos nombres (Cuevas y Cuebas). Hallo uso incorrecto de términos: “El pueblo con la mayor cantidad de comunistas era Cabo Rojo…” (540) Cantidad se emplea preferentemente para algo inanimado; en este caso se debe hablar de número de comunistas. Muchas veces hay cambios de tiempos verbales en una misma oración. Pero, en general, el estilo es correcto y hasta ameno.
Sea como sea y a pesar de estas críticas gramaticales y estilísticas, este es un libro de interés por su temática, por su estructura, por las puertas que abre a otros investigadores, por las fuentes que recopila, por el amplio contexto histórico que construye. Ya espero otro volumen de este autor donde continúe explorando las corrientes comunistas en nuestra historia. Por todo ello y sin ser historiador, recomiendo la lectura de Borinquen rojo.
y mi niñez fue toda un poema en el río,
y un río en el poema de mis primeros sueños
—Julia de Burgos, “Río Grande de Loíza”, Poema en veinte surcos (1938)
De niña escuché a mi abuela declamar poemas, su voz y selección de poetas abría un camino lleno de luces, musicalidad y reflexiones interminables. Al escucharla, me decía internamente una y otra vez: «quiero eso, quiero jugar así con las palabras». Por supuesto, me fue imposible obviar el magnetismo, casi hechicero, que ejercía sobre mí la poesía. Desde el día cero me cautivó, aunque no la entendiera; estaba ahí resonando dentro de mi cuerpo y era una mujer la responsable de todo aquello, era ella quien sembraba con cuidado el amor por la poesía. Mi abuela, Lolita Aulet, fue para mí la gran sacerdotisa, la pitonisa de la poesía en mi infancia; ella la traía como un bien ancestral, como una ganancia histórica heredada a salvaguardar. Ella conspiraba con los versos y hacía única y extraordinaria aquella experiencia: Gualberto Padilla, Trina Padilla de Sanz, José Gautier Benítez, Clara Lair, Julia de Burgos, Luis Lloréns Torres, Juan Antonio Corretjer, Francisco Matos Paoli y tantos más fueron paradigmas del verso actante en su voz. Su voz estimuló la curiosidad por las palabras, por su belleza, por sus sentidos y contrasentidos. Con ella se inició la travesía hacia un mundo atípico e impresionante en el que yo quería vivir el resto de mi vida, apropiarme de la poesía igual que ella lo hacía, disfrutarla, paladearla. Días antes de su muerte, como quien vaticina en el futuro un bien preciado, me dejó una grabación en la que recitaba a sus poetas puertorriqueños favoritos. Escucharla ha sido una forma de mantenerla viva a ella y a nuestra poesía puertorriqueña. Ya es un camino osado labrar la poesía en un país intervenido, pero la perplejidad sonora que transita el cuerpo ante la poesía me vence.
Aceptar imposibles: otra manera de mirar el Caribe
Bajo los efectos de la poesía
es posible viajar a la velocidad del pensamiento,
mirar el mundo entero flamear,
tocar con la punta de la lengua las estrellas,
soñar con la justicia universal.
—José Luis Vega, “Bajo los efectos de la poesía”, Bajo los efectos de la poesía (1989)
Desde otro paradigma, el político, ese que atraviesa el pensamiento, están como estandartes los imposibles. Un cuadro de Che Guevara colgado en la pared de camino a la biblioteca afirmaba una sentencia: “Seamos realistas, hagamos lo imposible”. Desde esa paradoja abisal que implica ser puerto en una isla emparedada por dos imperios, el hecho de que a alguien le interese dedicarle a nuestro país un evento con una mirada iberoamericana me cautivó. Para Hispanoamérica y el resto del Caribe, muchas veces somos estadounidenses, pero para los estadounidenses, somos latinos, cabos sueltos en un limbo histórico. Encarar el doble vínculo desde una perspectiva iberoamericana en parte podría ser como conciliar un nuevo ideario a lo Hostos. Por eso, cuando la poeta hispanomexicana Carmen Nozal vino a mi país y me citó en el pueblo de Rincón un verano hace dos años, sentí el llamado como una misión de vida. Quiero que mi país, mi isla, se mire en su grandeza y sea visto desde la poesía como un colectivo caribeño, luego hermanarla a donde siempre ha pertenecido, a la América Nuestra. Acepté con ilusión —esa que ya había situado mi abuela sobre la patria “noble, grande, generosa” (Lola Rodríguez de Tió)— coordinar para mi país el IV Encuentro de Poetas Iberoamericanos. El Encuentro fue fundado hace casi treinta años por Alfredo Pérez Alencart en Salamanca (España) y, de este lado del océano Atlántico y del mar Caribe, celebra su cuarta edición como Sede México, inscrita por Carmen Nozal.
Tres particularidades, un Encuentro de Poetas Iberoamericanos
Ante la encomienda de celebrar este evento en Puerto Rico, se me pidió que seleccionara tres poetas a quienes homenajear y distinguir: 1) un poeta vivo, destacado por sus aportaciones, a quien dedicarle el Encuentro; 2) un poeta vivo que tuviera una trayectoria reconocida con proyección internacional, a quien entregarle la Medalla Fray Luis de León, distinción patrocinada por el Ayuntamiento de Salamanca; y 3) un poeta fallecido, importante y conocido internacionalmente, a quien dedicar esta edición in memoriam. Para los dos primeros, hice una consulta con 62 poetas y académicos puertorriqueños y estas fueron mis preguntas: 1) ¿Qué poeta puertorriqueño/a vivo, a tu juicio incuestionable, entiendes que es el más importante, ya sea por la cantidad de tiempo dedicado a la poesía, por su prestigio en el gremio o sus publicaciones?; y 2) ¿qué poeta, distinto al anterior, entiendes que tiene una gran trayectoria y una proyección internacional sólida? Todos los poetas propuestos en la consulta fueron invitados a participar en el IV Encuentro, que se celebrará del 20 al 22 de octubre en el Teatro de la Universidad de Puerto Rico en Humacao. El consenso fue dedicar el Encuentro a José Luis Vega y honrar con la distinción de la medalla a nuestra Áurea María Sotomayor. Es decir, fueron nuestros poetas y académicos puertorriqueños quienes eligieron estas distinciones. No hay nada más preciado que el respeto y la admiración de los pares. Para el tercero, la Directora del Encuentro propuso dedicar también esta edición, in memoriam, a una de nuestras poetas de mayor proyección internacional: Julia de Burgos.
La poesía que se sostiene a sí misma
Algunos signos sobreviven:
impalpables subjetivos
enardecidos por el ansia.
—Áurea María Sotomayor, “Desparecido”, La noche es otra luz (2018)
Nuestra poesía tiene tres siglos de historia forjándose con sus luces y sombras. En ocasiones, muchas, sin el patrocinio consistente y duradero de un aparato de gobierno que visibilice, publicando y divulgando a nivel internacional, lo que produce nuestro país. Solo la autogestión o los proyectos independientes y algunas fundaciones, por periodos, apoyan e intentan sostener nuestras letras. Por eso, esta iniciativa de dedicarle un Encuentro de Poetas a Puerto Rico me pareció meritoria, pues es significativo reconocernos y darnos a conocer ante nuestros hermanos del continente, y no quedar suspendidos en el olvido. He ahí el propósito más importante, porque la memoria es la posibilidad de tener futuro, como ha dicho el filósofo español Emilio Lledó.
Sitúo el Encuentro como la posibilidad de solidificar lazos con nuestros hermanos iberoamericanos y de que conozcan nuestra poesía. Así, reunir esta polifonía de voces boricuas en un mismo espacio, que ya es una quijotada, nos coloca a partir de un mismo latido, la lengua, a hermanar nuestra poesía con otras en el tiempo. Este evento propicia que seamos en la memoria colectiva otra vez consciencia y gozo de los sentidos. Cuántos versos para que un país organice su osadía; cuántos amaneceres para construir un grito o un sueño. El telar está enhebrado, habrá que urdir la incertidumbre, y seguir apostando por una voz antillana y caribeña que mire a Centro y Suramérica.
Son muchos los autores adheridos a la raíz poética que palpita en las entrañas de esta isla; por eso celebramos nuestra humana canción de luz mestiza. La poesía puertorriqueña, sin duda, ha surcado los espacios imposibles para vociferar su fiereza y ternura. Para Levinas, el amor es satisfacción de un hambre sublime; creo que la poesía subvierte el vacío de los agujeros en donde la memoria guarda también su “hambre sublime”.
Celebrar nuestra poesía: IV Encuentro dedicado a Puerto Rico
El IV Encuentro de Poetas Iberoamericanos – Sede México se dedica este año a Puerto Rico. Tras iniciarse y celebrarse en la tierra de Quetzalcóatl —en Hidalgo, en el Palacio de Bellas Artes de la Ciudad de México y en San Juan del Río, Querétaro—, culmina del 20 al 22 de octubre de 2026 en el Teatro de la Universidad de Puerto Rico en Humacao, de 9:00 a.m. a 4:00 p.m. Cada jornada abrirá con actos artísticos y un homenaje (el martes 20, a José Luis Vega; el miércoles 21, a Áurea María Sotomayor, con la entrega simbólica de la Medalla Fray Luis de León; el jueves 22, in memoriam, a nuestra poeta sagrada Julia de Burgos) y continuará con mesas de lectura de poemas. Participarán cerca de cincuenta poetas puertorriqueños de forma presencial, y habrá dos mesas de lectura con poetas mexicanos de forma virtual. Asimismo, varios ensayistas ofrecerán ponencias sobre la poesía puertorriqueña y nuestros homenajeados. Además, del 19 al 23 de octubre, el vestíbulo del Teatro acogerá con entusiasmo una exhibición de artistas plásticos puertorriqueños en homenaje a Julia de Burgos. Y, como parte de la visión y misión universitarias, los estudiantes de la UPRH también serán protagonistas: instalarán poemas y encarnarán a poetas puertorriqueños de los siglos XIX y XX.
Por otro lado, en las tardes y como antesala del II Ciclo de Poesía Hispanoamericana Actual 2026-2027, el Departamento de Español abrazará a 21 poetas hispanoamericanos que nos acompañarán de forma virtual: una nueva polifonía hispanoamericana nos espera.
Este Encuentro es posible gracias a la Universidad de Puerto Rico en Humacao, que lo acoge como sede oficial en Puerto Rico; a su rector, Dr. Edwin Mojica Rodríguez; al Departamento de Español, dirigido por la Dra. Jeandelize González; y a nuestros auspiciadores: Humanidades Puerto Rico, el National Endowment for the Humanities, la Academia Puertorriqueña de la Lengua, el Departamento de Comunicación, Educación a Distancia, el Departamento de Educación de la UPRH, el Círculo Literario Vértigo y la organización estudiantil Teatro Gris. Gracias, sobre todo, a los poetas, razón y latido de este Encuentro. Acompáñanos y celebra con nosotros la poesía puertorriqueña. Mantente al tanto del programa completo del Encuentro en las páginas de UPRH Comunica y del Departamento de Español de la UPRH. Para cualquier información adicional, escribe a espa.uprh@upr.edu o llama al 787-850-9347.
Referencias
Altares, Guillermo. “Emilio Lledó: ‘No es verdad que el hombre sea un lobo para el hombre’”. El País, 28 de mayo de 2022, elpais.com/babelia/2022-05-28/emilio-lledo-no-es-verdad-que-el-hombre-sea-un-lobo-para-el-hombre.html.
Burgos, Julia de. “Río Grande de Loíza”. Poema en veinte surcos, 1938. Ciudad Seva, ciudadseva.com/texto/rio-grande-de-loiza/. Consultado el 13 de octubre de 2026.
Rodríguez de Tió, Lola. “A Puerto Rico”. Ciudad Seva, ciudadseva.com/texto/a-puerto-rico-rodriguez/. Consultado el 13 de octubre de 2026.
Sotomayor, Áurea María. “Desparecido”. La noche es otra luz, La Secta de los Perros, 2018.
Vega, José Luis. “Bajo los efectos de la poesía”. Bajo los efectos de la poesía, Editorial Cultural, 19