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Mas «pesimismo de la inteligencia” que  “optimismo de la voluntad»

Por Wilfredo Mattos Cintrón/Especial para En Rojo

Así mismo. Priva hoy más el pesimismo que el optimismo, lo cual quiere decir, en la práctica, que se carece de la pasión que señalaba Gramsci como necesaria para lanzarse a la ardua tarea de organizar un partido, aunar las voluntades para enfrentar al capitalismo. ¿Qué ha enfriado esa pasión? ¿Qué alimenta, entre algunos, el sentimiento de que sólo es posible arrancar algunas reformas que hagan más respirable la atmósfera social? ¿Se trata de un fenómeno irreversible ya, y el destino de los que aún alientan en la resistencia y el anticapitalismo es de remitirse a pequeñas comunas, cónclaves de anacoretas retirados y a espaldas del mundo, milenaristas custodios de la fe en la Segunda Venida del Socialismo?

Si es posible señalar un evento para darle un punto de comienzo a esta coyuntura de relanzamiento del capitalismo como la única forma posible de organizar la producción y la sociedad, ese sería el momento de la defunción de la URSS, o para llamarlo de algún modo, el fin del ciclo bolchevique que se inició con la triunfante revolución de 1917 en Rusia. Libre de toda competencia, el capital se paseó por todas las capitales del mundo haciendo gala de su triunfo, sólo mirando por encima del hombro a los pocos países que de alguna forma se aferraban al socialismo y señalando con un dedo arrogante su atraso y sus carencias: China, Cuba, Vietnam y Corea del Norte. E hizo más. Demostrando que el capitalismo es un sistema global, continuó con el proceso de integración de estos países en su esquema mundial, y en su defecto, su aislamiento. El mercado mundial se lanzó en una ofensiva de apoderarse de todo el espacio aunque tuviese que implicar algún tipo de tolerancia con el control político de los respectivos partidos comunistas en esos países, en la confianza de que percolase hacia el interior la capacidad disolvente del mercado sobre las existentes relaciones de producción.

Para autocelebrarse, el capital recorrió el mundo con las vestiduras del neoliberalismo económico, se volcó sobre las medidas sociales que la socialdemocracia había generado aprovechando el espacio que había impuesto la URSS, para suprimirlas. Como hubiera dicho Marx, vivió días orgiásticos.

En esa marcha triunfal, se ha dado también una nueva adecuación del aparato ideológico, concretamente en la prensa internacional, en el entretenimiento y en los medios electrónicos. Se ha tratado de una profunda renovación para convertir el conjunto de esos medios en una poderosa maquinaria ideológica de destrucción masiva al punto de integrarla en un puntal vital del nuevo tipo de guerra.

Ya para la primera intervención abierta en Iraq, EEUU, abrazado a su papel de eje y espina dorsal del capitalismo mundial, decidió que no se iba a permitir que la prensa internacional, y particularmente la propia, volviera a disfrutar del tipo de independencia que tuvieron en Vietnam. No se volverían a dar los reportajes explosivos que ayudaron a develar sus crímenes en la nación asiática y la brutalidad de sus acciones contra la población civil. La palabra en la prensa estaría ahora modulada por los medios encamados: medios controlados, vigilados y apropiadamente timoneados por los intereses militares. De ahí en adelante, la onda expansiva del control mediático puso paulatinamente a la gran mayoría de la gran prensa, siempre proclive a adaptarse a los intereses imperiales, a reproducir el discurso solidario con la nueva fase del capital. Desde el New York Times a El País y hasta Le Monde, se sometieron al neolenguaje impuesto por el Gran Hermano que llegó a regalarnos nuevas formas de referirse a la tortura física de combatientes enemigos como interrogatorios vigorosos. El lenguaje contra todo intento de oposición derivó rápidamente a la descalificación y a la representación de las dirigencias políticas opositoras al imperialismo como dictaduras y tiranías. Las armas mediáticas de la guerra fría salieron de los armarios, se desempolvaron y aceitaron para recibir nuevas municiones. Poco ha importado, por ejemplo, que el gobierno ruso no pase de ser una nueva modalidad de capitalismo estatal sumado al oligárquico privado surgido tras el desplome de la URSS; sobre él planea el discurso anticomunista de la guerra fría y contra el Terror Rojo.

El internet, que desde los años ochenta del siglo pasado se anunciaba como una democratización de la información, ha derivado a ser también una caja de resonancia para las fake news y las posverdades. Y si bien preserva su potencial para ser el vehículo de redes alternas que pongan en entredicho el discurso imperial, también han fomentado el agnosticismo mediático que contamina con la sospecha a todas las informaciones, veraces o no, salidas de las áreas de combate. Un ejército de ONGes sirve de quintacolumnas que pretende validar con su alegada neutralidad la información distorsionada que surge de los lugares en conflicto y opaca la gestión de aquellas que verdaderamente luchan por mantener activa la solidaridad con las poblaciones afectadas.

La industria del entretenimiento no ha quedado al margen de todo ese disloque. Los nuevos medios electrónicos, juegos de vídeo y series de televisión, se instrumentalizan también, Comienzan por captar el tiempo libre donde el trabajador y el ciudadano medio busca reponer su energía nerviosa y capacidad de trabajo y continúan con una gran proliferación de series televisadas que incluso pueden ser altamente críticas de los males del capital, —contaminación ambiental, corrupción en las altas esferas del gobierno y la industria, narcotráfico, racismo, etc.— pero que en la ausencia de partidos que puedan canalizar las acciones para denunciar y acabar con esos males lo que logran es un proceso de catársis en el cual la solución en la pantalla provoca en el espectador la desactivación de la pasión por la protesta y la demanda de acción correctiva pues ésta se ha vivido ya de forma vicaria y virtual en la pantalla. Los griegos jamás imaginaron que su gran descubrimiento de la catársis inducida por la representación teatral, habría de resonar de una forma tan avasalladora tantos siglos después.

Este poderoso arsenal de armas le sirve al capital para reforzar su hegemonía sobre un amplio sector de las clases subalternas mientras continúa con su proceso fundamental que es el de generar ganancias y privilegios para la burguesía sobre la base de la explotación de los trabajadores. 

Visto así, parecería que a ese Leviatán le queda todavía una larga vida por delante y nuevas alturas aún por conquistar, algunas de las cuales se anuncian ya. Como sistema mundial está sobre el tapete la integración plena de la región Sinorusa, la cual, ya se había advertido, practica ciertas formas de capitalismo de estado. Tanbién están África, América Latina, el Sudeste asiático y el Oriente Próximo como continentes pletóricos de fuerza de trabajo abiertos a la explotación y la producción de plusvalor para toda la clase capitalista. En el horizonte se columbra ya una nueva revolución industrial con el desarrollo de la Inteligencia Artificial, la robótica y el 5g, el nuevo protocolo de comunicaciones. todo lo que bien podría generar un nuevo ciclo productivo que aniquile viejo capital moribundo y le abra las puertas a nuevas décadas de ganancias.

No en balde hay tanta gente que cede al desaliento. Sísifo no lo tenía peor. Pero ¿es el cuadro realmente tan tétrico y no hay más refugio que la resignación y la retirada al desierto a lamerse las heridas?

Es hora ya de ver las contradicciones que están ahí, veladas tras los cánticos de alabanza al imperialismo, pero ineludibles, tercas, testigos de la vulnerabilidad del sistema. Ciertamente no pregonan su fin inminente ni un colapso en tiempos previsibles pero sí un espacio de lucha y de acopio de fuerzas. Nos dicen que hay lugar para la guerra de trincheras, larga y agotadora con flujos y reflujos imposibles de prever y que requerirán que el optimismo de la voluntad se fertilice con la inteligencia de que la lucha será probablemente muy larga. ¿Podrá la pasión y el optimismo sobrevivir a esa tremenda contradicción entre la brevedad de la vida individual y la parsimonia de la historia? El tiempo dirá, pero mientras tanto hay que mirar los pies de barro del gigante.

Lo primero a destacar es la contradicción cada vez más evidente entre la reproducción ampliada del capital y el deterioro cada vez mayor y más peligroso de las condiciones del planeta. La carrera enloquecida del capital por avanzar, valorizarse más y más, ebrio por la sed de ganancias, se enfrenta al daño de toda la ecología del planeta. No se trata ya de la contaminación del aire, los terrenos y el agua de una comunidad. Se ha llegado al envenenamiento creciente de los mares con los desechos del consumo y más aún, a trastocar los ciclos metereológicos del planeta causando un incremento en la virulencia de huracanes, sequías, inundaciones y aumento en los niveles del mar que apuntan ya al hundimiento de amplios predios de terrenos costeros y hasta a la desaparición de sus contornos actuales e incluso de algunas islas. No es mera curiosidad científica lo que ha impulsado en tiempos recientes a la búsqueda de otros planetas y se ha renovado la exploración de la luna y Marte. El capital busca en el espacio nuevos yacimientos y refugio. No se satisface con dañar este planeta. Su voracidad lo ciega. Pero todavía le toca vivir aquí en esta tierra.

Lo segundo a considerar es que a pesar de su pretendida solvencia e inevitabilidad, la economía capitalista se enfrenta, según no pocos economistas, a serios nubarrones en su aparente cielo límpido. Un primer aviso serio fue la crisis financiera de 2008 cuya superación implicó medidas que, de cierta forma preparan las bases de las turbulencias que se perciben ya. El rescate a la banca —ciertamente no a las personas—, ha implicado a la vez estancamiento e incluso de regresión de los salarios reales, lo que a su vez ha reducido la demanda en los mercados, bajas en la producción y una considerable ralentización de las tasas de crecimiento.

De aquella crisis también han surgido los problemas de las deudas soberanas debida a los préstamos con la que el capital internacional sedujo a muchos países y sus pandillas de gobernantes en tiempos de bonanza. Hoy, a la baja, representan deudas cuantiosas imposibles de pagar sin someter a las poblaciones a carencias y sufrimientos en sus aparatos de salario social como la educación y la salud. En el propio metabolismo capitalista interno es evidente que el pago de esas deudas ha impuesto reducciones draconianas de los salarios, incrementos en el desempleo y en la emigración. Los países deudores se desangran y ello implica una reducción del consumo y por ende de la capacidad de pagar la deuda: la serpiente da la vuelta para morderse la cola en una espiral catastrófica.

Todo esto, a su vez, se magnifica con las guerras comerciales, particularmente por la vía del incremento de aranceles, entre EEUU y China. Lo que se magnifica por la ofensiva estadunidense para detener o decelerar, en el campo de las nuevas tecnologías, los avances de China en el protocolo de comunicaciones 5g y en la Inteligencia Artificial pues parece correcto suponer que quien más adelantado esté en esas tecnologías se convertirá en el país líder del nuevo ciclo de revolución en la producción. No hay duda de que ese clima de confrontación trae una gran inestabilidad a los mercados y abona a otra de las particularidades de esta coyuntura que es la fragmentación del sistema, hasta ahora vertebrado por EEUU, en bloques de naciones.

El avance de China, avalada a su vez por Rusia con su desarrollo militar bajo la dirección de Putin, se manifiesta en su ágil política de la nueva ruta de la seda y su capacidad seductora de incluir otros países en Asia, África y América Latina, al ofrecerles mejores condiciones y trato del que usualmente han recibido del bloque de Europa y EEUU. Frente a la tendencia del capital de incluir y someter a la lógica occidental dichas áreas periféricas de capitalismo estatal, se desarrolla una cruda batalla por materias primas, combustibles fósiles y fuentes de energía que generan contratendencias que abonan a la fragmentación, la discordia y la fricción de los bloques antagónicos entre sí.

Estas discrepancias en el sistema mundial incluso se reflejan internamente en el propio bloque de naciones que lidera EEUU. No es descabellado pensar que existe una grieta que deja de un lado al sector angloestadunidense y del otro a la Europa Atlántica. Ambos polos se pelean subrepticiamente la conquista del alma de una Europa central marcada por su previa relación y sometimiento a la URSS y sostenida hasta ahora por los lazos impuestos militarmente por la OTAN. Más aún, en el polo Euroatlántico se manifiestan cada vez más abiertamente iniciativas de llegar a algún acuerdo con el bloque Sinoruso particularmente ahora que se abre más y más la posible explotación de los recursos del Ártico.

Las complicaciones de esta geopolítica superpuesta a las contradicciones del capital han creado una gran inestabilidad de todo el sistema mundial y generan presiones en torno a posibles conflictos armados como salidas. No hay, sin embargo, que esperar a que se materialice una guerra caliente entre los bloques. Ya se dan tanto como elemento de dirimir, por vía interpósita, conflictos entre los bloques —como ha ocurrido en Ucrania—, como para generar ganancias para los capitalistas y empleos para los trabajadores. Las guerras modernas con su alto consumo de capital y empleo de verdaderos ejércitos de trabajadores ha sido uno de los elementos principales para mantener el sistema mundial del capitalismo. Sin embargo, como su cauda de destrucción y sufrimiento para las víctimas tanto en materia de sangre como en desplazamientos migratorios y pobreza, ha sido tan espeluznante, a su vez ha venido creando una reacción creciente de protesta. 

Ante ese cuadro, cabe examinar el sistema mundial desde la perspectiva de su eje central al momento, así como el reclamo de algunos de pasar del sistema monopolar vigente a uno multipolar. Concretamente, echar una ojeada a EEUU que desde la 2da Guerra Mundial se convirtió en dicho eje en contra de la corriente aislacionista que privaba en su política a inicios del siglo pasado.

Por lo visto, en una ampliación de su mitología fundacional, EEUU entró al terreno internacional como si fuera el 7mo de Caballería al rescate de una fortaleza asediada por tribus de indígenas. Con esa imagen de sí mismo asumió su papel central, primero como misión de salvación, luego como obligación ante el mundo libre y ya, desde hace algunos años, como carga que resiente pero que no quiere abandonar. 

Para cumplir con ese papel de gendarme del sistema y asiento de una política económica que ha hecho girar el intercambio alrededor del dólar, ha tenido que cubrir al mundo con una red costosísima de bases militares y de intervenciones bélicas que representan los gastos del imperio. 

Sus presidentes se pasean por el mundo con cierto tufillo de perdonavidas, siempre dispuestos a recibir la pleitesía debida a la “nación esencial”. Basta mirar el aire de deferencia que Trump recibe en las reuniones del G7 por un séquito de mandamases atemorizados, obsequiosos, cuidadosos de evitar algún desliz que lo pudiese enfadar: más que dirigentes de países independientes parecen comportarse como vasallos de un emperador.

Por cierto, la presencia de esta figura aparentemente impredecible, volátil y caricaturesca nos lleva a preguntarnos si el surgimiento del Trumpismo en EEUU es una fluctuación, un fenómeno aleatorio corregible como hecho marginal y prontamente perecedero, o se trata de algo más orgánico y sistémico que se ha venido cuajando en las entrañas del monstruo como expresión del cúmulo de contradicciones del sistema y con lo que habrá que tallar en el futuro inmediato.

Es ante ese cuadro, aquí pintado a trazos muy gruesos, que se presenta la cuestión de hallar el sendero de una acción política que no sea una respuesta marginal o últimamente inconsecuente; una política que se inscriba en sentar las bases para una derrota del capital y una vida mejor para todo el pueblo, para todos los pueblos.

Lo que por lo menos deja claro esta excursión breve, es que un programa mínimo anticapitalista ya está dictado por las propias grietas que se ven en la armadura del sistema:

Lucha ecologista: denuncia de la relación entre el capital y la degradación del ambiente; control de los trabajadores y las comunidades sobre la contaminación

Desarrollo de la producción con el concurso del estado y las cooperativas

Ampliación de la democracia: creación de instancias de participación ciudadana en la toma de decisiones de los organsimos representativos

Salud: política de prevención de enfermedades y servicios médicos gratuitos

Educación gratuita en todos los niveles

Desconocimiento de la deuda y reclamo de que la pague la metrópolis que la fomentó y cobijó la corrupción

Control de la producción por obreros y comunidades

Federación caribeña: creación de instancias de cooperación entre todos los países caribeños

Lucha cultural contra el colonialismo, el racismo y el sexismo

Fomento de la investigación científica de energías alternas propias para el Caribe y el uso controlado de la pesca

Solidaridad con todos los movimientos antimperialistas y búsqueda de cooperación económica internacional

Lucha por la paz y contra el militarismo y la producción armamentista

Como es notorio, no se trata de aspiraciones novedosas. Cada una de ellas ha sido planteada una y otra vez por distintos grupos. Aquí lo que falta es una instancia organizada capaz de canalizar esfuerzos y darle coherencia a las diversas luchas, saber establecer prioridades entre ellas. O sea, la creación de un partido capaz de asimilar las experiencias negativas del pasado y renovar la esperanza y la pasión por un cambio capaz de surgir de las masas mismas.

Que hay un ambiente nuevo para un relanzamiento de un nuevo socialismo lo vemos en el hecho de que cada vez que se percibe una crisis del capitalismo, hay un nuevo interés por reestudiar a Marx, como pasó en el 2008; lo vemos por la movilización que se dio en Puerto Rico durante el verano de este año; lo vemos también en el surgimiento de una nueva generación de jóvenes en EEUU y en otros países, que ya no son presa fácil de la propaganda de la guerra fría y miran con simpatía al socialismo —palabra que ha dejado de ser anatema como lo fue en el pasado reciente. 

Sin embargo la inercia generada por los fracasos pasados sigue ahí. Por el momento se ha perdido entre muchos la confianza de que es posible luchar y triunfar. Por consiguiente la primera tarea debe ser la de renovar esa esperanza sobre la base de acciones concretas, la difusión amplia de las debilidades y fracasos del sistema capitalista y la comprensión de que, en ausencia de algún evento extraordinario que al presente no aparece en el radar, estamos ante una lucha larga y nos espera un largo período en el lodo de las trincheras.

La historia del abuelo cubano  que murió como vivió

 

 Especial para En Rojo

Como ya han llegado esos días del cuatrienio en que debo huirle a la radio AM, me puse a escuchar un podcast, Marullo, con Ana Teresa Toro, Silverio Pérez y Pedro Reina. El otro día, hablaban sobre el género de la entrevista. La conversación estaba buena y me encontré tratando de contestar algunas de las preguntas que se hacían. A quiénes les hubiese gustado poder entrevistar, fue una de ellas y me quedé pensando mientras deambulaba en el auto por un callejón santurcino, buscando alargar el tiempo para no tener que abandonar la conversación. 

¿A quién quise entrevistar y no pude? A Miguel Ángel Duque de Estrada, el gran ‘Duque’. 

Sí que lo entrevisté muchas veces (por eso sabía que tenía que entrevistarlo de verdad). La última vez que fui a Cuba contacté a un crew para ir a filmarlo. Pero cuando llegué a su casa a convencerlo de hacer la entrevista, él, cariñoso y honrado pero también evasivo, me pidió que lo dejáramos para mi próximo viaje. No lo dijimos pero él y yo lo sabíamos que, muy probablemente, mi próximo viaje ya sería muy tarde. 

Duque era ya viejo cuando llegué a su casa frente al malecón de La Habana en 1997, de la mano de mi madre, Evelyn. Yo tenía 19 años. Mami me había advertido que Duque era un viejo gruñón pero ellos eran amigos de muchos años, de cuando coincidían en foros internacionales con la Asociación Americana de Juristas. Mami tenía la gran virtud de entrar al corazón de cualquiera con su espontaneidad y una alegría realmente descomunal, irrepetible. Yo venía para quedarme un tiempo en La Habana y él nos alojó una semana, tiempo que mama estaría conmigo ayudándome a acomodarme.

Pronto nos encontramos acompañando a Duque en su roncito de medio día, escuchando sus cuentos increíbles sobre la Revolución cubana en la que participó como joven barbudo. 

 Al triunfo de la Revolución, cuando Fidel Castro nombró al Che Guevara comandante de la fortaleza de La Cabaña en La Habana, donde tenían a los prisioneros capturados en el combate, a Duque se le nombró fiscal. Él sería el encargado de los “tribunales revolucionarios”. Nos habló mucho sobre los tribunales, cuyo proceso tenía documentado. Decía que no solo eran necesarios por lo obvio, que luego de una revolución contra un estado tan sanguinario como el de Fulgencio Batista había que enjuiciar a todos esos torturadores, violadores, saqueadores de campesinos, entre otros. También eran imprescindibles porque, si el nuevo gobierno revolucionario no asumía la difícil tarea de enjuiciar a estas personas, el pueblo tomaría la justicia en sus manos y lo haría a su manera. 

Algunos de esos juicios culminaron en fusilamientos. Duque tenía la documentación de cuántos exactamente. “Muchísimos menos que los que dicen en Miami”, contaba. Mi recuerdo de sus conversaciones es que no llegaban a los setenta pero habría que estudiar su documentación. Él siempre defendió su labor como fiscal revolucionario y aseguraba que los juicios no habían sido sumarios, que se les había garantizado a todos los acusados su derecho a la defensa y a un debido proceso, acceso a sus guías espirituales, y que los juicios eran todos abiertos a la prensa, incluso transmitidos por televisión, si mal no recuerdo. 

Los propios capturados, sabiéndose vencidos en una guerra, sabían lo que enfrentarían. Siempre recordaba a un militar prisionero que había tenido un alto rango durante el régimen de Batista. Era uno de los más odiados por los campesinos y por el pueblo en general, por las torturas y abusos a los que los había sometido durante la guerra. “Cuando se anunció su sentencia de muerte, el Capitán solo me hizo una petición”, abundó Duque en la última visita que le hice. “Quería dirigir su propio pelotón de fusilamiento. Era una cuestión de honor para él, morir como militar. Y se le concedió”. 

De joven, Duque nunca se casó ni tuvo hijos. Vivió siempre con su madre, a quien cuidó, y luego solo en su hermosa casona en el Vedado. Cuando mami y yo estuvimos allá, nos enamoramos de Magali, una camagüeyana que le cocinaba y lo acompañaba por ratos. Y empezamos una campaña para que Duque también se enamorara de ella. O más bien para que se diera cuenta de que la quería de ese modo. El éxito de nuestra campaña fue rotundo. Años después, en uno de mis regresos a La Habana, Duque y Magali se habían casado. Vivieron felices durante años hasta que ella, muy tristemente para él, falleció por un cáncer. 

Mientras viví en Cuba, si pasaban unos días y no iba a visitar a Duque, él me llamaba para que pasara a verlo. Cuando llegaba, nos sentábamos en la sala con los ventanales abiertos y él servía sus tres roncitos ‘estraight’: uno para Magali (todavía no eran pareja), uno para él y otro para mí. Yo alucinaba pues me parecía un trago fuertísimo para tan tempranas horas pero eventualmente entendí que Duque siempre iba a servir su roncito. Luego de una buena conversación que iba desde las últimas noticias cubanas, boricuas e internacionales hasta sus cuadros, pintados por un gran amigo suyo que él veneraba pero que a mí no me parecía un artista muy interesante en lo absoluto, me obligaba a comer cantidades inhumanas de croquetas, carnero, huevos (que guardaban para mis visitas), arroz con frijoles, ensalada de tomates y dulce de lechosa, todo hecho por Magali.

La realidad es que ni Duque tenía nietas ni yo abuelos. Mi abuelo paterno murió cuando yo era niña y mi abuela materna recién acababa de morir cuando me mudé a Cuba. Sin proponérnoslo, se convirtió en mi abuelo cubano. Me llevaba en su Lada prehistórico a hacer mis cosas, llamaba al médico para que viniera a verme si me enfermaba, me lavaban la ropa en su casa, me llevaba a las librerías de pesos cubanos, a comer en el barrio chino cuando me antojaba. Nunca permitió que me sintiera sola en Cuba. Era mi abuelo en funciones y así se lo reconocí muchas veces en vida. 

Duque era como casi todos los revolucionarios de su edad que yo he conocido en mi vida (no cuento a mi padre entre estos). Tenía su cassette. Sus posturas eran siempre más o menos predecibles. Respondían a su espíritu e historia revolucionaria. Aunque crítico como todo cubano, al final siempre apoyaba todo lo que hacía Fidel. Dedicó su vida entera a la revolución cubana. Sin embargo, creo que había quedado en una especie de olvido histórico. Al gobierno de Cuba no le gustaba llamar la atención sobre la figura de Duque por lo que él representaba: el lado desagradable de la Revolución, excesivamente explotado y exagerado por sus enemigos. Era una parte de la historia que era mejor dejar guardada, al menos esa era la interpretación que hacía Duque, y creo que fue por eso, por su profunda lealtad a la Revolución, que no quiso que lo filmara. Él, sin embargo, entendía que la historia de lo acontecido en La Cabaña era importante, precisamente por los valores éticos que, basados en lo que ellos denominaban la “justicia revolucionaria”, habían animado el espinoso proceso. 

Regresé muchas veces a Cuba en los 20 años que siguieron aquel primer encuentro con mi abuelo en 1997. Nunca le avisaba de antemano. Me gustaba llegar, pararme en la calle frente a su casa y empezar a gritarle “Duque, Duque… Llegué”. Él se asomaba por el ventanal y el vecindario entero podía disfrutar la sonrisota feliz del viejo gruñón revolucionario. Bajaba las escaleras con una alegría renovada para abrirme la puerta, y me recibía como quien llevaba años esperando. 

(Miguel Ángel Duque de Estrada falleció el 1 de noviembre de 2017 en La Habana, Cuba, a los 90 años).  

Crucigrama: En honor a Lolita Lebrón

 

Por Vilma Soto Bermúdez / Especial para En Rojo

Horizontales

2. Dolores (Lolita) Lebrón _____; patriota puertorriqueña. En su juventud se afilió al Partido Nacionalista. Dedicó su vida a la lucha por la independencia y la soberanía de Puerto Rico. En 2019 celebramos el centenario de su nacimiento.

8. Salvador _____; pintor catalán.

10. Mamífero carnívoro de gran tamaño.

11. País en la costa oriental de la península arábiga.

14. Persia.

15. Nasa.

17. Pueblo amerindio que habita en la sierra de Perijá, Venezuela.

18. De esta manera.

19. Tostar, abrasar.

21. En la mitología escandinava, monstruo maligno que habita en bosques o grutas.

23. 19 de _____ de 1919; nacimiento de Lolita Lebrón.

28. Planta aromática de la familia de las umbelíferas.

29. Alabé.

30. Segunda nota musical.

32. Símbolo del aluminio.

33. Del verbo ser.

35. Perro.

36. Adjetivo posesivo.

37. Las _____; grupo femenino que reivindica a Lolita Lebrón.

39. Cetáceo que vive en los mares del norte y persigue las focas y ballenas.

43. Yegua.

46. Amanecer.

48. Forma de pronombre.

49. Utiliza.

50. Símbolo del radón.

51. Observé.

52. 19 de _____ de 2001; Lolita fue sentenciada a cárcel por un periodo de 60 días por el delito de traspaso a las instalaciones de la Marina de Guerra de EEUU en Vieques.

53. Contracción gramatical de ‘a el’.

55. Mensaje breve escrito.

56. _____ Lebrón Sotomayor; junto a Rafael Cancel Miranda, Irving Flores y Andrés Figueroa Cordero atacó la Cámara de Representantes de EEUU para llamar la atención al mundo sobre el coloniaje en Puerto Rico.

59. Pedro Albizu _____; presidió el Partido Nacionalista al que Lebrón estuvo afiliada. Al igual que Lolita, sufrió cárcel por defender la libertad de su patria.

60. Lolita _____; por el ataque al Congreso, Lolita fue encarcelada en la Institución Federal Industrial para Mujeres en Alderson, Virginia Occidental.

Verticales

1. _____; pueblo natal de Lolita Lebrón.

2. Conjunto de síntomas característicos de una enfermedad o un estado determinado.

3. Texto que contiene la ley del pueblo judío.

4. Del verbo osar.

5. Expresión que no se ajusta a las reglas gramaticales.

6. Autómata.

7. 1ro de _____ de 1954; ataque al Congreso de EEUU por Lolita, Rafael Cancel Miranda, Irving Flores y Andrés Figueroa Cordero.

8. Doné.

9. Sexta nota musical.

12. Apócope de «mamá».

13. Conjunción.

16. Sándalo en _____ celda; poemario de Lebrón.

19. 1ro de _____ de 2010; fallecimiento de Lebrón.

20. Antigua medida de longitud, generalmente para tejidos, pl.

22. _____ Lebrón; autora de los poemarios “Sándalo en la celda” y “Grito primoroso”.

24. Perteneciente o relativo a la vía.

25. Pronombre.

26. Nombre de la letra b.

27. Épocas.

31. Preposición.

32. Ante Meridiano.

34. Negación.

35. Quia.

38. Vigésima letra del alfabeto griego.

40. Afeita.

41. Símbolo del cloro.

42. Destapé.

43. San _____; ciudad donde falleció Lolita Lebrón.

44. Carta de la baraja.

45. Fidel _____ Ruz; le otorgó la Orden de Playa Girón y la Medalla del XX Aniversario de la Revolución a Lolita, Rafael Cancel Miranda, Irving Flores y Andrés Figueroa Cordero.

47. Electrodo positivo.

48. De forma de óvalo.

54. Contracción gramatical.

57. Símbolo del osmio.

58. Conozco.

 

Por Juan Forn

El fue Medalla de Ciencias en tercer grado. Ella fue Miss Preescolar en el colegio de enfrente. Cuando a ella la mandaban al mercado le decían “Cuidado con las gitanas” y ella un poco las temía y otro poco fantaseaba con la idea de que la robaran, de que se la llevaran. En el colegio de enfrente, él tenía montada una compraventa de cochecitos rellenos de plastilina; le faltaban los anillos en los dedos para ser el perfecto gitano en miniatura. Estaban llamados a cruzarse, y se cruzaron finalmente, a la salida de Tiempo de gitanos, en el viejo cine Arte, un sábado trasnoche. Los dos habían ido con documento falso porque los dos eran menores. Los dos estaban haciendo lo mismo, cuando se vieron, en esa vereda triangular de Diagonal que parece hecha por Roberto Arlt: estaban cantando por lo bajo “Ederlezi”, la antiquísima canción romaní que Kusturica puso en su película. Cada uno la tarareaba para sí cuando se vieron y un poco como en el libro de Emannuel Carrère, cuando la joven jueza lisiada por el cáncer entra por primera vez en la oficina del joven juez lisiado por el cáncer y él dice: “Nos reconocimos al instante”, así se reconocieron al instante ella y él, así se fueron por Diagonal, abrazados, tarareando “Ederlezi”, tratando de rearmar la melodía entre los dos.

Imaginen una canción que dura, no tres minutos, sino veinte o treinta años seguidos en nuestras cabezas. A veces la escuchamos, a veces creemos que no, pero sigue sonando en el fondo y algo en nosotros la escucha incluso cuando nosotros no. Los aborígenes australianos eran así. Los aborígenes australianos eran nómades. Sus movimientos eran cíclicos y estaban regidos por una canción ancestral, una canción que describía su trayecto y a la vez les decía por dónde ir. Así daban vueltas por Australia, a lo largo de sus vidas. La canción era su mapa y a la vez era su historia, era su geografía y su religión. “Ederlezi” era eso para el vendedor de coches de plastilina y Miss Preescolar. Bruce Chatwin contó la historia de los aborígenes australianos. Bruce Chatwin se pasó la vida escuchando esa canción en su cabeza, y por eso un día renunció a su trabajo de tasador de obras de arte en Sotheby’s para irse a recorrer a pie el mundo. Se había quedado ciego de golpe, los médicos le dijeron que era nervioso: “Demasiado mirar de cerca”, le diagnosticaron. El se autorrecetó los caminos: perder la mirada en el paisaje hasta recuperarla. Escuchar la cancioncita que sonaba en su cabeza.

El nomadismo no ocurre únicamente en el espacio: el nómade también viaja en el tiempo. Porque, como todo el mundo sabe, la única manera en que nos pasa el tiempo es cuando estamos quietos. ¿O no lo sabemos? Cortázar no estaba haciendo un cuento fantástico en El otro cielo, cuando entraba por el Pasaje Güemes y salía en las galerías Vivienne de París, y Woody Allen menos, en su última película: los nómades saben bien que hay portales de un tiempo a otro, tal como hay pasos de frontera de un territorio a otro. La diferencia es que hay que estar cantando la canción en nuestras cabezas para poder pasar.

Bruce Chatwin los vio aquella noche a aquellos dos adolescentes perdiéndose abrazados por la vereda triangular de Diagonal. Los llamó Lola y Estol y los puso cantando esa canción romaní en una historia de buscadores de oro de Alaska que buscan las famosas putas de la ciudad de Mahagonny. Lo que intentaban Lola y Estol era cruzar en barco desde Alaska a Vladivostok, y ahí estaban tratando de pagarse el pasaje cantando su canción en la calle, él en guitarra, ella en la voz. Chatwin les dejó unas monedas y se los volvió a encontrar, porque eso le pasaba siempre: se encontraba con todo el mundo en sus trayectos, en ese sentido es un poco como el Corto Maltés. La excusa de Hugo Pratt para viajar por el mundo y por el siglo era el Corto Maltés. Chatwin ni se tomó el trabajo de inventarse otro nombre. Simplemente se dedicó a escuchar la cancioncita en su cabeza, a poner gente real en sus libros y asombrarse cuando después se los encontraba en la vida. Esa clase de cosas despertaron las iras de Osvaldo Bayer cuando leyó el libro de Chatwin sobre la Patagonia y le contestó en una nota buenísima, furibunda, que llegó a salir hasta en el TLS, el venerado suplemento literario del Times de Londres.

Bayer escribió esa nota desde Berlín. Llovía en el barrio de Kreuzberg pero no por eso Bayer cerró su ventana mientras escribía aquella formidable diatriba y así es como pudo oír la música que llegaba desde el portal de abajo, que conectaba con una pérgola de plaza en Shan-ghai, donde una multitud de gimnastas chinos en uniforme mao hacía acrobacias en sincro perfecto, coreografía asombrosamente idónea para la selección de tangos chinos que interpretaba desde la pérgola una orquesta china con instrumentos chinos. Chatwin oía desde su mesa, en aquel café al aire libre de Shanghai, el ruido de la máquina de escribir de Bayer en el barrio de Kreuzberg. Sabía que su tiempo en la tierra se estaba terminando, aunque se negara a reconocerlo. Sentados a la mesa con él estaban Lola y Estol, que tocarían después de la orquesta para los chinos que quisieran quedarse en la plaza bajo la lluvia. Chatwin les estaba contando que se había infectado con un hongo venenoso que había aspirado sin querer en las catacumbas que guardaban los diez mil guerreros de piedra que custodiaban la Gran Muralla.

Chatwin estaba envuelto en frazadas y temblaba de fiebre pero no creía que fuera a morir por eso. Estol le murmuraba al oído: “De nada sirve escaparse cuando es uno el que persigue”. Lola le murmuraba al otro oído: “El que camina arqueado lleva un hacha en la espalda”. Estol le susurraba en un oído: “No hay opción, señor”. Y Lola completaba por el otro oído: “Revolución o picnic”. De fondo sonaba la máquina de escribir de Bayer en Berlín y la cancioncita en la cabeza de Chatwin ya casi no se oía. Estol dijo entonces: “Hablémosle de las hormigas mentales”. Y sacó la guitarra de la funda y Lola se acomodó la flor en el pelo y los chinos empezaron a juntarse cuando ella se puso a cantar: “Hay hormigas mentales que bailan en su cabeza / Vienen de los Balcanes / se meten por una oreja y uno no siente nada / cierra fuerte los ojos y persigue las manchitas / que huyen de su mirada / y no tiene más aduana y dice lo que todos callan / Y siempre está leyendo el mismo libro / Porque en vez de leerlo ya lo protagoniza / y vive soñando cada día / con poder olvidarse que el que vive agoniza”.

Hace años ya que Bayer terminó su nota y Chatwin se murió. Pero si hoy es viernes, seguro que Lola y Estol están tocando en algún lugar de Buenos Aires. Sólo se trata de encontrar el portal que lleve a ellos. Y, para eso, basta dejarse guiar por la cancioncita que suena en el fondo de nuestras cabezas.

De la idealización a la banalización literaria del campesinado puertorriqueño

 

 Por Nelson Alvarez Febles1  / Especial para En Rojo

Dos experiencias literarias recientes nos compelen a escribir esta crítica en torno a la simplificación en el imaginario puertorriqueño de nuestra cultura jíbara/campesina. Uso el concepto campesino con toda propiedad, pues nuestra historiografía dominante y la educación homogenizante nos han privado de un campesinado como referente cultural definitorio de una personalidad social propia y puertorriqueña. El jibaro, queridas y queridos lectores, es y fue nuestro campesinado. Lo digo así, contundente, pues pocos somos capaces de identificar algo tan sencillo y obvio, parte esencial de la configuración de una nacionalidad que integra lo rural y lo urbano, a través del tiempo, con todas sus riquezas y contradicciones.

Los comentarios que hacemos surgen de la obra de teatro de Tiempo Muerto, de Manuel Méndez Ballester (1938), recientemente montada en el Centro de Bellas Artes bajo la dirección de Roberto Ramos Perea, así como del cuento El Josco de Abelardo Díaz Alfaro (1947), recientemente tratado en el curso de literatura puertorriqueña del doctor Emilio del Carril (Universidad del Sagrado Corazón). Ambas obras se pueden considerar ejemplos del naturalismo criollista, contextuados en plena crisis de identidad puertorriqueña ante el avance hegemónico de la cultura norteamericana.

Esa laguna en la formación de nuestra personalidad nacional no es casual ni tampoco irrelevante, sino el resultado de una estrategia para bajar a los campesinos de las montañas a mitad del siglo pasado, llevarlos a pueblos y ciudades para, por un lado, convertirlos en mano de obra barata para la nueva industrialización del país, o, por otro lado enviarlos al norte como parte de la estrategia de despoblar a Puerto Rico (junto con la esterilización masiva de mujeres pobres) y facilitar el “milagro económico” de la Operación Manos a la Obra.

Sin embargo, mientras se desvelaba en el año 1976 con pompas y platillos la estatua clasista y machista al jíbaro en el nuevo super expreso de San Juan a Ponce, la cultura campesina sobrevivía fuerte y dinámica en los campos de Puerto Rico, inclusive allí al lado, en las montañas y valles de Cayey y Salinas. Fue necesario relegar nuestros campesinos al folclor navideño de le lo lai y lechón, arroz con gandules y guineítos en escabeche, y equipar lo jíbaro con ignorancia, debilidad e incultura, para crear nuevas clases obreras y urbanizadas como base social y económica del nuevo Estado Libre Asociado.

Es necesario afirmar la brutal explotación del campesinado en la época de las centrales azucareras y las haciendas, por parte de las compañías, colonos y latifundios que mantuvieron situaciones casi semi-feudales hasta bien entrado el siglo 20. La imagen de pobreza extrema que nos llega del campesino jíbaro corresponde al peón agrícola, sujeto de una brutal explotación laboral, por un lado, y del abandono gubernamental, por otro. Sin embargo, simultáneamente en muchas de las tierras de nuestros montes y montañas, especialmente en las zonas piemontanas intermedias entre la caña y el café, a través de la Isla aquellas familias que era dueñas de fincas pequeñas y medianas lograban producir cosechas, animales y otros bienes que les permitían subsistir, a veces en pobreza, pero con autonomía y dignidad. Además, producir alimentos variados y de calidad para la población isleña de dos millones: un 65% del consumo total en el años 1939, frente apenas un 15% en la actualidad.

Las dos obras comentadas están cargadas de estereotipos que subrayan el carácter de ignorantes de nuestros campesinos. Por ejemplo en El Josco: “Y vi al jincho luchar en su mente estrecha, recia y primitiva con una idea demasiado sangrante, demasiado dolorosa para ser realidad.” Mientras en Tiempo Muerto el debate moral ante la opresión sufrida de parte del mayordomo se plantea en términos angustiosos entre la aceptación del yugo o la venganza, sin ningún tipo de matiz discursivo frente a la compleja situación de explotación de clases.

En ambos casos la ambientación campestre y los elementos de la cultura jíbaro/campesina quedan como decorados por donde transitan los personajes y eventos. En parte esa falta de comprensión del mundo campesino debe surgir de la condición de citadinos de los respectivos autores, pertenecientes a las clases criollas europeizadas, así como la falta de una verdadera vivencia del medio rural y la naturaleza. En El Josco los vecinos, “peones y agregados”, forman un coro al estilo griego que alientan al toro criollo para que gane la contienda, sin ningún asomo de la condición social de esas dos categorías de campesinos, que queda eclipsada por la metáfora antagónica y simplificada del toro negro y el blanco. 

Mientras tanto, en Tiempo Muerto nos ha sorprendido la ausencia de una cultura jíbara que pudiera aportar a la sobrevivencia de la familia de Ignacio ante la falta de trabajo. 

El campo en la obra de teatro es un lugar estéril. No existen árboles de pana, ñames silvestres en los montes, malangas, berro, camarones y bruquenas en las quebradas, gundas colgando de los árboles, chinas y toronjas, hojas de naranja y guanábana, entre una gran variedad de alimentos y plantas medicinales que forman parte de las realidades campesinas.  Los escenarios teatrales en este caso ignoran el mundo lleno de biodiversidad, comunidades y complejos conocimientos tradicionales.

También inquieta el exagerado machismo en el contexto de la época: “Mi pobre Josco, se esnucó de rabia. Don Leopo, se lo dije. Ese toro era padrote de nación; no nació pa yugo.” O lo excesivo del papel de Ignacio como jefe de familia encargado de defender el honor, y la sumisión de la esposa e hija, que merece una re-lectura desde el presente.

 Si tomamos ambas obras en su esencia como metáforas de la rabia e impotencia de los y las puertorriqueños ante la explotación de clases y la colonización, el mensaje llega fuerte, claro, necesario y provocador. Sin embargo, nos resulta inaceptable que, en la mayoría de los casos, estos textos se presenten en forma acrítica ante las generaciones jóvenes, en libros escolares y representaciones teatrales, como ejemplo de lo que fue nuestro mundo campesino. La brutal explotación del campesinado puertorriqueño en la primera mitad del siglo 20 se debe presentar en un contexto sociológico que critique y subsane la ignorancia histórica sobre nuestra formación cultural rural. Urge el rescate de la existencia de un mundo dinámico rural jíbaro/campesino en la actualidad, especialmente ante el hecho de que dos terceras partes de las puertorriqueñas y puertorriqueños descendemos de ese pueblo que habitó nuestros campos.

Lo jíbaro no es solo parte de nuestro pasado: los conocimientos sobre la relación/pertenencia con la naturaleza, la agricultura ecológica que produce alimentos y protege los recursos,2 y una enorme riqueza cultural sobreviven entre y con nosotros/as, y deben de estar en el futuro si aspiramos a una sustentabilidad que nos permita sobrevivir como pueblo.

1alvareznelson@hotmail.com

NOTAS

1 El autor es ecólogo social, especializado en agroecología y sustentabilidad, autor y educador.

2 Ver: Nelson Alvarez Febles (2016). Sembramos a tres partes: los surcos de la agroecología y la soberanía alimentaria, Ediciones Callejón. También https://www.80grados.net/lo-jibaro-como-metafora-del-futuro-agroecologico/