Inicio Blog Página 1312

Nota necesaria sobre Walter y Walter Mercado

 

Por Efraín Barradas  / Especial para En Rojo

Aclaro desde el comienzo que distingo entre Walter Mercado o Mercado y Walter. El primero es la persona que acaba de morir; el segundo, el personaje que el primero creó y que se convirtió en un fenómeno mediático que impactó inmensamente a Puerto Rico, a las comunidades de origen latinoamericano en los Estados Unidos y a muchos países latinoamericanos. Sé que Walter Mercado adoptó posiciones políticas de derecha, pero ese aspecto de su vida, como tampoco su vida privada, es la que me interesa. Me interesa y me interesaba Walter: el fenómeno mediático que cautivaba con sus capas, sus joyas, sus manierismos, su prédica religiosa ecléctica, su ambigüedad genérica, con su sentido del camp, con su performance que casi a diario cautivaba a miles y miles de televidentes y lectores. 

Por ello pensé que había que acercarse a Walter desde una seria perspectiva, desde una mirada académica. Con ese objetivo organicé un panel para la conferencia de LASA (Latin American Studies Association), la organización académica de más prestigio en el campo de los estudios latinoamericano. Esta se celebró en junio de 2009 en Río de Janeiro y el panel que organicé para la misma sobre Walter estaba compuesto por Eliseo Colón Zayas, de la Universidad de Puerto Rico, Tace Hedrick, de la Universidad de Florida, Ignacio Rodeño, de la de Alabama, y yo. El profesor Colón, experto en semiótica, exploró la construcción del personaje llamado Walter a través de las fotos suyas que aparecían en revistas populares puertorriqueñas. La profesora Hedrick estudió las fotos de la casa de Mercado y cómo estas reflejaban la imagen de Walter. El profesor Rodeño estudió el fracaso de Walter en España, mientras yo dediqué mi trabajo a leer los dos libros escritos por Mercado dentro del contexto intelectual y religioso latinoamericanos. El panel fue un éxito porque muchos de los asistentes creían que era una broma y se sorprendieron ante la seriedad intelectual del mismo.

Pensamos de inmediato en reunir los trabajos en un libro, pero el plan no se hizo realidad. Algunos de los trabajos se publicaron en importantes revistas académicas. Tras la noticia de la muerte de Mercado – casi simbólico es que haya muerto el día de los muertos, el 2 de noviembre – pensé en mi trabajo de hace diez años. Pensé que todavía hay que examinar más a Walter Mercado y a Walter. Recalco que la persona, Mercado, no es mi punto de interés; eso lo dejo a biógrafos como Víctor Federico Torres que pueden escribir un libro sobre su vida como ya ha hecho con otras figuras de nuestra cultura popular. Mi interés está en Walter. Y como he visto que muy poco se ha hecho al respecto –leerlo desde una perspectiva intelectual– pensé que sería útil y hasta necesario volver al tema que ya traté para aquel panel en Brasil. Pero confieso que tengo poco o nada nuevo que añadir a las páginas que entonces escribí. Pero la necesidad o, mejor, la urgencia de acercarnos a Walter desde una perspectiva intelectual – lo que parecerá una paradoja sino un imposible para algunos – me lleva a compartir la última página de mi trabajo de entonces con algunos pequeños cambios de estilo y con la gran esperanza de que otros estudiosos sigan la labor. Aquí va, pues, esa vieja página que todavía me parece una nota necesaria.

**********

Eclecticismo y contradicciones, críticas indirectas y política conservadora, performance ambiguo e ironía solapada: estos polos, a veces opuestos y siempre complementarios, describen el mundo que se ha ido construyendo Walter Mercado. Y ese mundo, a pesar de sus contradicciones, es mucho más complejo que lo que a primera vista parece ser. Es que la ideología que lo sustenta podrá ser llana, hasta chata, y no alcanzará nunca una síntesis religiosa ni un mestizaje ideológico que sirva para hacer a Mercado una figura innovadora. Pero su función, a pesar de ello, es de importancia y única en el contexto latinoamericano. Por ello y si seguimos las definiciones del antropólogo Victor W. Turner, podemos decir que más que chamán o gurú, Walter y Mercado son respectivamente el sacerdote – “el sacerdote preside un rito” – y el profeta – “un innovador y reformador” – de una fe inexistente, del “Walterismo”, una religión que para muchos es teatro, puro teatro, en el mejor de los casos, y mera charlatanería comercial distorsionadas por las luces de celebridad mediática, en el peor de ellos. Pero una lectura detenida y atenta de sus libros, especialmente del primero de los dos, Más allá del horizonte… (1997), revela que tras sus ropajes andróginos y sus préstamos litúrgicos se esconde un ser que, sin destacarse en el campo intelectual, es capaz de subvertir, aunque sea ligeramente, las creencias religiosas de cierto público latinoamericano. Quizás la subversión más radical no la podemos hallar en los textos de Mercado que sólo complementan el performance de Walter, performance que, valiéndose de artefactos kitsch, de vestimentas queer y de manierismos camp, lo convierten en un verdadero trasgresor que hace que su público se tenga que cuestionar muy seriamente los presupuestos ideológicos machistas que sustentan toda nuestra cultura. Y todo eso lo hace muy efectivamente – como las novelas de Balzac que leía Engels – porque lo hace de manera aparentemente inocente en la que lo único que parece predicar es “amor, amor, pero mucho amor”.

(“El evangelio según san Walter o las contradicciones de la Era de Acuario”, Revista Iberoamericana, volumen XXXII, número 227, 2016, pp. 743-755)

**********

Ha muerto Mercado, Walter Mercado, que en paz descanse. Pero Walter sigue vivo y a él hay que estudiarlo porque es un fenómeno cultural de importancia. Espero que pueda leer muchos textos más sobre su obra y hasta su vida también.

Gainesville, Florida

4 de noviembre de 2019

Amar es deformarse: sobre los registros del final y sus comienzos

 

Por Marta Jazmín García

Data de otro ardor pudiera parecer el título de una memoria. Sin embargo, se trata de una inmediatez modificada, que asume los tonos de una visión futurista y hasta cobra matices escatológicos. De algún modo, es una versión alternativa de los libros sagrados en los que se describe el principio de la vida y se anuncia el fin. Solo que, en este tejido de encuentros y desencuentros, el fin ya ha sucedido. Quedan los restos o las cenizas, pero también emergen los cimientos de un nuevo orden humano.

¿En qué formato existimos?, parece ser la pregunta medular del libro, más reciente del autor puertorriqueño Jonatán Reyes, ganador del Premio Internacional de Poesía Gastón Baquero, 2018. La particular estructura del texto completa los temas y reflexiones contenidas, al tratarse de un artificio que atisba elementos de tradiciones religiosas como la judeocristiana y prácticas esotéricas, como la numerología. Dividido en tres partes denominadas “indicios” y numerados sus poemas con el código binario, (00), invita a valorar la percepción como el instrumento de búsqueda. La data es la recopilación de “indicios”: acaso la antítesis de un libro de historia. Podría decirse, una manera de afirmar que no existe un método científico en la vastedad del futuro. En medio de la tecnología, de todos sus alcances, seguimos siendo pequeñas ocasiones de existir.

a través del nervio el tiempo se

desfigura/ como dos cuerpos

que huyen al sigilo de la desnudez

y tienen sexo hasta que no son nadie.

Ya sea para decodificar una realidad oculta o bien, para construir otros derroteros, este libro ensambla sus imágenes sobre líneas transparentes que nos impulsan a completar cada “indicio”. Precisamente, la ambigüedad, la incompletud y la suspensión, son instancias retóricas de gran esteticismo y reflexión filosófica. El tema principal es la disolución. El hablante lírico reflexiona sobre la dimensión de su propio cuerpo en el contexto de lo que metaforiza como una casa: ese nuevo mundo que provoca la dicotomía, la separación, el miedo a la no-existencia. Vivir no es lo mismo que existir. Tal vez, sin pretenderlo, se trate de un libro contestatario que, lejos de manifestar la destrucción del mundo, sugiere la aparición de nuevos formatos y experiencias. No es posible descifrar la destrucción como tampoco se puede detener lo humano. Por eso lo extraño de este libro es su familiaridad. Porque leemos como a través de una pantalla. Porque hoy nuestro cuerpo también es virtual. Ya lo ha dicho el crítico Zigmaund Bauman, que el tiempo y la realidad han dejado de ser acumulación y aprendizaje, registro de etnógrafos e historiadores y que, en cambio, predominan la discontinuidad y el olvido. 

“infrahumana te introduces en la tierra callada

para decirme ultratumba/ así como algoritmo

para decirme la casa es data de otro ardor/ es

daltónica y no reconoce el efecto trenza del 

fuego.

para decirme distorsión como si la vida se

pudiese calcular con sonido

o como si fuese

posible escribir una onomatopeya de “luz”.

Frente a este sinuoso panorama de frecuencias y descontextos, el lector queda convocado. Por ejemplo, no sabe si ese momento específico en el que sujeta el libro, será un día rutinario o se escribirán nuevas secuencias. ¿Cómo abordar la realidad, cómo enfrentarla y entenderla? Cuáles son las vías de interpretación y de acceso: un teléfono, un par de pastillas, el paso del tiempo, los párpados a media voluntad, en fin, ¿permanezco inmóvil frente a las sensaciones o provoco que alguien más transite estas alternativas? Vivimos en este intercambio y en esas preguntas. El oxígeno es una sustancia amarillo neón que disecciona los cuerpos. La poesía, como un pixel, puede traducir ese formato que somos y nos reproduce, en la mayoría de las veces, si proponérnoslo:

“la mente es un haz

{…}

disléxica pierde el orden en

un ondear de data”

Poco a poco, los “indicios” de vida se transforman en un nuevo lenguaje. Pierden corporeidad como si se ajustaran al contorno de otra sintaxis. La realidad se vuelve lenguaje. Las palabras se transmutan en el objeto nombrado. 

y en todo lo existido total (diáspora que somos)

se pixela toda y todas sus vías se saturan raza

es aullido de sí misma y no sabe cómo parar

de nacer; en ese tránsito de voces edita sus

signos/ se desconecta/ ella-casa / sinestesia.

El libro presenta una convulsión. La voz poética, siendo un personaje futurista es también la perspectiva de quien a penas descifra la transformación de su entorno. En esto rememora los pasajes de la novela La Invención de Morel, de Adolfo Bioy Casares, publicada en 1940 y que es justamente una disquisición sobre la realidad y la tecnología. Es un hombre que por amor se deforma. Su clamor final es acceder a la conciencia de Faustine, en el formato que sea posible. Así, Data de otro ardor es la voz de un personaje en el 2018, que atraviesa una isla, una casa, un espacio sin identificar porque ha borrado los límites del espacio y del tiempo, de la racionalidad y la vigilia. Porque no es el fin del mundo, sino de un mundo, por lo tanto, es también el nacimiento de otro, de otros. 

hace nervio 

en la casa/ lugares que no cesan de nacer.

Ante la incertidumbre no quedan preguntas. Las afirmaciones, descripciones y atmósferas, circulan en los versos como anotaciones del subconsciente. La transparencia no es incertidumbre, sino sinceridad. Por eso muchas de las que parecen ser preguntas, aprovechan la polisemia del lenguaje para revelar una aceptación y al mismo tiempo, un desafío. 

modular la humedad del alma/ hace tal futuro

traducido en las esquinas/ hace instante / y qué. 

El enfrentamiento es precisamente hacia la necesidad misma de nombrar; de comprender ese carácter inaprensible de la experiencia humana en todas sus manifestaciones. No obstante, el sinsentido no es antagonista. Dialoga en sosegada cohesión con el descubrimiento de los nuevos formatos. El caos se presenta conjuntamente con una especie de justificación que sirve a su vez como un registro de tono apodíctico, transgresor en medio de tanta incertidumbre y cuestionamiento. Pues, si bien la información es el gran valor de nuestra época, también conforma un contexto vacío, (big data), un enjambre digital, como dice el filósofo Byung-Chul Han. En otras palabras, conformamos una muchedumbre inconexa. Somos, como en el libro, poemas dadaístas. Es esta nuestra soledad conglomerada, imagen y espectáculo. Como afirma el pensador surcoreano: “el problema es que ese imperativo de la transparencia hace sospechoso todo lo que no se somete a la visibilidad. En eso consiste su violencia.”

(dices que podría ser locura

sentir que todo

pero todo

está dando a luz sin pausa; sin greña y exilio). 

más es inútil no enroscarse cual óvulo en el 

sosiego y nacer

otra vez nacer

des-nacer

sobre brotar

y reventar a medias en el latido de estos cuerpos tan

fermentados de espíritu

En medio de tantas metáforas y juegos con el lenguaje, resulta interesante que el texto también funciona como un índice [Índice, indicios], tal vez la vida sea precisamente un inventario de capítulos que vamos descubrimiento en forma de versículos o de frases inconexas. Así pues, si bien el anhelo de conectar con una realidad difusa es uno de los temas principales del libro, su artificio completa esta temática dejando al lector la posibilidad de enumerar sus propias revelaciones. 

ahora sin duda es el revés (la secuela)

la mancha subterránea

que ese lugar tan nuestro dejó tras nosotros

donde se

identifica y separa:

la casa. símbolo del cuerpo.

el cuerpo instrumento del fuego cual víbora es

extensión de la tierra y de toda fertilidad.

{…}

amar es deformarse/ etc.

Las sentencias que abundan en el texto con cierto afán escatológico, terminan disolviéndose. Nada es categórico. La realidad es estallido, una luz, que alumbra y ciega al mismo tiempo. 

dios alias casa/ o casa alias dios/ pero / qué importa

mira la casa cómo rezuma del fondo del desierto

mira cómo extiende su pasión ancestral/ con qué

furor iza su geometría espasmo/ es un cortocircuito

Y es que en estas páginas todo empieza y permanece en suspenso. La propia forma de la escritura responde a este contexto esquivo. Los lectores también somos perfiles falsos:

la abstracción de la especie

los perfiles falsos que inventamos cuando

hace frío/ el indicio tardío de vida/ y así. 

Como la antítesis de una elegía, los perfiles son anónimos y, sin embargo, no buscan redimirse. Pareciera que el libro más bien nos sugiere formas de leer y también nos invita a mirar el mundo desde sus páginas, ya como un espejo del nuestro o de lo que deberíamos ver. Pues, si se miran todos los ángulos, los innombrados son seres que se han desintegrado, pero también sujetos en potencia de ser. 

cadencia inhumana en la posición de las cosas

como si se subordinaran entre ellas/ y ninguna

sin la otra/ pudiesen existir. de esa manera

el individuo b ha creado otro suceso donde ni siquiera el individuo a/ existe/ o simplemente

nunca existirá

Situado en el futuro, un ser humano asiste a la disolución de todos sus referentes. A su alrededor, se congregan imágenes, luces, estridencias, siluetas de alto voltaje. Todo es caos. Priman las sensaciones sobre el raciocinio. Los versos tienen la textura de un efecto opiático. Las metáforas de la fertilidad dejaron de ser los niños, donde una máquina registra con la confianza de un sueño profético. Aquí los cuerpos son las casas que antes defendíamos, esos lugares del pasado que regresan en formatos virtuales:

todo eso es la réplica de una escena que ha 

eliminado un sujeto/ porque así quiso olvidar

pero acá tenemos esa escena/ nítida/ y la

hemos expropiado/ es nuestra.

Después del final, se construye el comienzo. Dígase una prórroga, que es la palabra con la que termina el libro. Después de leer, a su vez, queda de nosotros documentar otra psicosis momentánea. Recopilar la data de otro ardor. Buscar otros nombres para la urgencia de sentir y sus tecnologías. 

Data de otro ardor, se presentó el 23 de octubre, en la sede de la Editorial Verbum, como parte de los eventos del Festival Internacional de Poesía de Madrid. Marta jazmín García es poeta y profesora de literatura.

Pacto de las comunidades por la Casa Común

 

Por Marcelo Barros / Especial para En Rojo

Siguen resonando en los medios y especialmente en los corazones de muchas personas, imágenes y noticias de los obispos y misioneros/as del Amazonas, reunidos/as en las Catacumbas de Domitila en Roma y rehaciendo el famoso Pacto de las Catacumbas. El primer pacto se celebró el 16 de noviembre de 1965, en los últimos días del Concilio Vaticano II, y fue firmado por 44 obispos de todo el mundo. Insertó a la Iglesia en la lucha de los pobres por su liberación. Ahora, el domingo 20 de octubre de 2019, obispos, misioneros y misioneras de la Amazonia, presentes en el Sínodo en Roma han rehecho ese pacto, en un compromiso con los pueblos originales y con la defensa de la Madre Tierra, nuestra Casa Común.

Ese nuevo pacto fue firmado por obispos, misioneros/as y personas que querían firmar. En 1965, cuando se publicó el primer pacto, los obispos se comprometieron a vivir un estilo de vida personal simple y en comunión con los pobres. Algunos años después, la Teología de la Liberación aclaró que el compromiso evangélico es de comunión con los pobres, pero contra la pobreza injusta. Actualmente, el Pacto tiene como objetivo insertar la Iglesia en las comunidades y sus luchas en contra las injusticias sociales. Con el pacto, la Iglesia se compromete a valorar sus culturas, defender su forma de vida, la sostenibilidad de los bosques, los ríos y el bioma amazónico, así como la defensa de la vida, donde está amenazada.

El nuevo pacto es un documento abierto que puede ser retomado y adaptado a las diversas situaciones de cada país y región. En todas partes de nuestro mundo y especialmente en América Latina y Caribe, las desigualdades sociales han crecido como nunca antes, la crueldad del sistema se ha revelado más fuerte y la vida del planeta está amenazada. 

Lo que es nuevo para muchos hermanos y hermanas es descubrir que ese cuidado con la Vida, la justicia y la ecología integral no es solo una consecuencia de la misión de la Iglesia. Es el mismo centro del Evangelio y no puede ser dejado de lado. 

En ese año, el papa Francisco pide que, por la tercera vez, el domingo 17 de noviembre sea dedicado como “día mundial de los pobres”. No es solo una fecha para la lucha en contra la pobreza, sino ocasión para acoger como persona y prestar atención à las personas concretas que son los más pobres y son sobretodo nuestros hermanos y hermanas Será una oportunidad excelente para que en todas las comunidades y diócesis si pueda firmar un nuevo compromiso de amor y solidaridad comunitaria à los empobrecidos y excluidos del mundo. 

Minutos de cine:  Terminator: Dark Fate

 

Por Marcos I. López Ortiz / Especial para En Rojo

Terminator: Dark Fate es un filme de ciencia ficción/acción y sería la sexta entrega en la serie de Terminator. Dirigido por Tim Miller y protagonizado por Linda Hamilton, Arnold Schwarzenegger y Mackenzie Davis, narra la historia de Sarah Connor y un humano/cyborg quienes deben proteger a una niña de un Terminator recién modificado del futuro. 

La serie de Terminator es una que estimo mucho. Podemos decir que dos de las películas de la serie ya pueden considerarse clásicos y lo demás es daño colateral. Muchos adjudican el descarrilamiento de la serie al énfasis que le dieron a los elementos de viajes en el tiempo. Lo cual en las originales solo era el catalizador para que la historia se desarrollara. Aparte de esto, la serie pasó de ser R a PG-13 lo cual le quitaba mucha de la violencia escénica de lo que era una película de Terminator. Ahora con esto a un lado solo falta contestar una cosa: ¿Logra Terminator: Dark Fate revivir la aclamada serie de ciencia ficción?

Una respuesta corta a esta pregunta es un enorme y rotundo no. El filme trae nuevamente a Sarah Connor a la serie pero estos no hicieron nada con el personaje. Esta no aporta nada a la historia y durante la mayoría de la misma parece un personaje de relleno cuando es la madre de la franquicia. Esto también se ve cuando hablamos de la nueva “Sarah Connor” quien es sumamente genérica y no se gana el título que querían para ella. Por otro lado, Arnold Schwarzenegger regresa como el T-800 pero al igual que Connor, este no añade absolutamente nada a la historia y se presenta más como un cameo glorificado que contradice a los Terminators en toda la serie.

En referencia a cómo esto influye en el resto de la serie, el comienzo del filme nos muestra un suceso con Sarah Connor que destruye el propósito de Terminator y Terminator 2. La falta de respeto hacia el legado de Terminator es uno que te dejará con la boca abierta si eres fan. Además la accion es sumamente aburrida. Creo que esto fue producto de que los trailers nos mostraron mucho, y la tensión del filme era no existente gracias a que teníamos respuestas de antemano a cada escena donde nuestros protagonistas estaban en peligro.

Terminator: Dark Fate es un desastre. Solo puedo pensar en las 2 películas originales y en lo excelente que son en contraste con todas las que han salido después. Falta decir que este filme no se lo recomiendo a nadie. Si eres fan de Terminator, odiarás lo que hicieron con la historia. Si no lo eres, ésta no te convertirá en un devoto de la serie.

Marcoslopez614@gmail.com

Breves de noviembre

 

Por María Cristina/En Rojo

Aproveché mi estadía n Río Piedras, mientras esperaba por una reservación en el ferry de carga a Vieques, para ver de todo un poco. Escogí Maleficent: Mistress of Evil porque me encantó la 1era historia de 2014; The Goldfinch porque, aunque no había leído el libro (ya lo ordené y llega pronto), los avances parecían prometer una historia de vacíos y misterios; Black & Blue por su ritmo y realidad sin pausa. 

Maleficent: Mistress of Evil

(director Joachim Rønning; guionistas Linda Woolverton, Noah Harpster, Micah Fitzerman-Blue; autora Linda Woolverton; cinematógrafo Henry Braham; elenco Angelina Jolie, Elle Fanning, Michelle Pfeiffer, Sam Riley, Harris Dickinson, Chiwetel Ejiofor, Ed Skrein, Robert Lindsay, David Gyasi, Miyavi, Warwick Davis)

Sin duda lo constante en esta secuela de Maleficent es su protagonista, interpretada genialmente por Angelina Jolie. Es una historia de amor sin barreras y de traición que afecta a dos reinos cuya visión del universo es diametralmente opuesta. El hada Maleficent ama y está dispuesta a entregarlo todo por el amor de Stefan, pero éste la traiciona y la mutila al cortarle sus hermosas alas. La Maleficent adulta se tornará vengativa—y siempre protectora de los Moors—y maldecirá a Aurora, la hija de Stefan. Con el tiempo, al ver a esta niña crecer, Maleficent se convertirá en su hada madrina y su relación será no de madre amorosa, sino de intercambio de verdades con un diálogo exquisito de ironía y de miradas que matan. Y ese es precisamente el atractivo de su secuela con una Maleficent que intenta ser cariñosa con Aurora pero su franqueza no le permite ser flexible o sonreír. El problema con esta secuela es que todo lo demás—el compromiso entre Aurora y Phillip, la rivalidad y venganza de la Reina Ingrith, el descubrimiento de los planes de destruir a la población de los Moors y anexar las tierras—parece desconectado. 

No es hasta que Maleficent es herida y rescatada por Conall, parte de la población de hadas que vive escondida en cavernas, que comienza el desarrollo de otra historia que dura muy poco ya que son casi destruidos en la guerra conducida por la Reina Ingrith. Solo Conall y Borra pueden hacer que apartemos nuestros ojos de Maleficent. Eso sí, esta secuela es un festín visual no solamente por el bosque y castillos encantados, pero la transformación de Maleficent resurgiendo de las cenizas del Fénix es sencillamente magnífica. El personaje de reparto que sí se distingue es Diaval, el cuervo confidente de Maleficent que ella transforma en humano, o dragón o en lo que lo necesite.  

The Goldfinch

(director John Crowley; guionista Peter Straughan; autora Donna Tartt; cinematógrafo Roger Deakins; elenco Oakes Fegley, Ansel Elgort, Nicole Kidman, Jeffrey Wright, Luke Wilson, Sarah Paulson, Willa Fitzgerald, Aneurin Barnard, Finn Wolfhard, Ashleigh Cummings, Aimee Laurence, Robert Joy, Boyd Gaines, Ryan Foust, Denis O’Hare)

Quizá porque el libro de Donna Tartt (2013) fue tan elogiado y ganó el prestigioso Pulitzer, transferirlo al cine con una adaptación que, por necesidad y requisitos del medio, obliga a una edición y corte ha sido apaleado por la crítica. Es posible que después que lea el libro me una a sus críticas, pero en estos momentos escribo solamente de su presentación visual y sonora.

Como las elipsis bien montadas me fascinan por dejar espacios a la imaginación de lxs espectadorxs, no tengo ningún inconveniente en contemplar una escena y esperar el momento escogido por el director para completar el pensamiento. El Theo Decker adulto puede no saber qué hacer con su vida en Amsterdam, pero ya en la próxima escena se nos presenta al adolescente de 13 años que parece haber despertado en un vacío donde no hay nada familiar y su entorno emocional ha desaparecido. A través de fragmentos donde el momento cumbre donde su vida cambia por completo se cruza con la construcción esperanzadora de una nueva familia, para poco tiempo después recuperar lo indeseable de su pasado y un presente desolador. Pero aún dentro de todos estos espacios aparecen figuras afines como Samantha Barbour y su hijo Andy; Hobie, Pippa y la memoria de Welty; Boris, el ucraniano que aparece y desaparece de su vida.

Como el centro del misterio es una hermosa y pequeña pintura que ha sobrevivido cientos de años, todas las escenas son como pinturas que vemos despacio en una galería que nos hacen reflexionar sobre nuestra vida. El filme tiene esa ternura que prevalece a pesar de la violencia que parece rodearlo todo.

Black & Blue

(director Deon Taylor; guionista Peter A. Dowling; cinematógrafo Dante Spinotti; elenco Naomie Harris, Mike Colter, Frank Grillo, Reid Scott, Tyrese Gibson, James Moses Black, Beau Knapp, Nafessa Williams)

Con una descripción hiperbólica en IMDB de los logros de Deon Taylor, director afroamericano con películas anteriores de terror con poca sustancia, esta vez nos ofrece un drama policíaco con un estilo de “Reality TV”, protagonizado por la actora británica, Naomie Harris (nominada como Mejor Actora de reparto en 2016 por Moonlight), junto a Mike Colter (Lemond Bishop en “The Good Wife” y ahora David Acosta en “Evil”) y Tyrese Gibson (Roman de la franquicia de Fast & Furious). En menos de 24 horas que incluye imágenes comprometedoras de su cámara corporal, Alice West, la novata policía pero con extensa experiencia de supervivencia como soldada en Afganistán, será testigo de un crimen a manos de otros policías y literalmente correrá por su vida. En esta lucha por sobrevivir en las calles de sectores extremadamente pobres de Nueva Orleans será confrontada y rechazada por la comunidad negra donde se crio y por el aparato policíaco que tiene sus propias reglas para lidiar con el crimen y la pobreza.

Es una historia de bastante desesperanza—quizá porque tiende a asemejarse a la cotidianidad que conocemos pero que poco se publica. En un gueto/residencial/caserío/arrabal donde rigen las reglas internas impuestas por el/a controlador/a de la economía, la policía es el enemigo (a menos que sean partícipes pagados), algunos grupos religiosos son tolerados como apaciguadores de la violencia interna, y nadie cruza esas líneas. El título del filme lo dice todo: ¿se puede ser negro y policía a la vez, o son excluyentes? Estos son cuestionamientos que se hacen a diario en todas las ciudades de Estados Unidos donde, aunque minoritario, afroamericanos ocupan desde los puestos más bajos hasta casi lo más altos dentro de la estructura de la muchas veces mal llamada ley y orden. Una de las cosas más impresionantes de este filme es su firmeza en presentar el rechazo y la agresividad de los residentes del gueto hacia la policía, no importa su raza o etnia. Se podría decir que la agresividad de los residentes hacia “los negros en azul” es más violenta hasta el punto de ponerlos en riesgo.