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Conducta criminal desde el estado

 

Por Manuel de J. González/CLARIDAD

El otro día escuché al gobernador de Georgia, estado del sur estadounidense, decir que “la gente no podía esperar que el gobierno le resuelva todos los problemas”. Esa afirmación, sacada de todo contexto, puede ser correcta. El problema es que con ese argumento pretendió justificar una acción judicial que busca paralizar una orden de la alcaldesa de Atlanta obligando al uso de mascarillas en su ciudad. El gobernador, un tal Brian Kemp, típico “red neck” sureño. quiere que la gente ande con la cara descubierta si así le da la gana, contagiando a los demás. Lo mismo creen Donald Trump y el presidente de Brasil, Jair Balsonaro.

Reducir la intervención del gobierno frente al “dejar hacer” de los ciudadanos es, supuestamente, uno de los pilares de la ideología liberal y neoliberal. Digo supuestamente porque en la práctica pocas veces ha sido así. La realidad de los gobiernos de derecha a lo largo de la historia de la humanidad ha sido exactamente lo contrario. Fortalecen el aparato estatal para lanzarlo contra los ciudadanos, si estos no se ajustan al comportamiento que el gobernante espera. La versión más extrema de esa ideología es el fascismo, donde el aparato estatal ejerce un control casi absoluto. Trump y Balsonaro son ejemplos de la versión moderna de aquel viejo fascismo, aunque todos los días dicen defender la libertad.

Lo que los promotores de esa ideología en realidad buscan no es defender la libertad individual, sino dejar a sus anchas las “fuerzas del mercado”. Igual que el británico Adam Smith hace casi tres siglos, creen en la mágica “mano invisible”, que supuestamente regula las fuerzas del mercado logrando algún nivel de bienestar. Pero sabemos que lo que ese “libre mercado” produce es el ambiente de la selva, donde todos buscan beneficiarse del más débil imponiendo su fuerza.

Ese capitalismo salvaje ha estado operando desde siempre en Estados Unidos, aunque moviéndose de crisis en crisis. Cuando una de estas se torna grave aparece el estado a rescatarlo, imponiéndole algunos controles a la ley de la selva. Al final de la tercera década del siglo XX sobrevino una de esas crisis, la de 1929, estando al mando del gobierno un fervoroso defensor de las teorías de Smith, Herbert Hoover. En medio de la debacle asumió el poder un reformador, Franklin Roosevelt, cuya administración logró salvar el capitalismo imponiéndole controles y ampliando la intervención del estado. Casi todas las instituciones reguladoras de la economía que tiene Estados Unidos nacieron en aquellos años.

Desde principios del 2020 el planeta entero enfrenta una crisis que dramatiza como nunca la importancia del estado para el bienestar ciudadano. La nueva pandemia del coronavirus comenzó a expandirse desde China y para el mes de marzo irrumpió en todos los continentes. Sólo los países que tienen administraciones estatales capaces, al mando de personas socialmente responsables, han logrado evitar que el perjuicio ciudadano llegue a niveles extremos.             En China, donde estalló el problema, lograron confinarlo a la región del país donde había comenzado. Fuera de Asia sobresale el ejemplo de España, donde por primera vez se proclamó el “estado de alarma” que permite la constitución para poder tomar las medidas extremas que requería el problema.

En nuestra América no es casualidad que los dos ejemplos más extremos, y más dispares, sean los de Cuba y Estados Unidos. En la mayor de las Antillas el estado puso en tensión todas sus fuerzas, en conjunción con las organizaciones populares, logrando que la pandemia se mantuviera a un nivel mínimo. Para lograr ese resultado debieron sacrificar el sector más importante de su economía, el turismo, porque sólo si detenían la afluencia de visitantes las medidas internas podían fructificar. El efecto económico ha sido grande, pero tienen una población sana dispuesta a enfrentarlo.

Estados Unidos comenzó el 2020 en medio de un auge económico, no por la administración de Donald Trump, sino porque desde la gran crisis financiera de 2008 la economía no había dejado de crecer. El país estaba, por tanto, en una excelente posición para enfrentar el reto. Pero la primera preocupación del gobernante no fue salvaguardar a su gente, sino tratar de evitar que las ganancias empresariales se redujesen. De ahí los intentos por menospreciar el problema para evitar controles que afecten la tasa de crecimiento económico. La gente se quedó al garete, sólo auxiliada por los gobiernos estatales que, en muchas ocasiones, han tenido que pelear con el poder federal para imponer normas sanitarias.

Muchos advertían que esa política es torpe y que terminaría provocando un daño mayor a la propia economía, pero el actual morador de la Casa Blanca no es capaz de entender algo tan elemental. Ahora mismo casi 4 millones de estadounidenses se han infectado y las muertes se acercan a 150 mil, mientras la economía se deteriora, el desempleo se dispara y se pronostica una severa posición.

No es casualidad que la misma situación que vive Estados Unidos se esté reproduciendo en Brasil, donde gobierna un individuo calcado con el patrón de Trump. El perjuicio a la población ha sido enorme, mientras la economía que quería proteger se descompone con rapidez.

Como se demostró en Cuba y otros países el estado es muy necesario, pero sólo puede proteger la población si no funciona como el mero regulador necesario para garantizar la ganancia empresarial. En tiempos de pandemia, esa visión, además de equivocada, es criminal. La conducta de gente como Trump y Balsonaro, o del pequeño gobernador de Georgia que truena contra las mascarillas, raya en el genocidio.

 

1898, del otro lado.

 

Por Lola Aponte, de oficio hilandera.

Nos propone Sun Tzu:  “cuando se conduce a los hombres a la batalla con astucia, el impulso es como rocas redondas que se precipitan montaña abajo: ésta es la fuerza que produce la victoria.” ¿Cómo lograr el discurso que lograr mover las rocas?  ¿Quienes eran los soldados que en el 1897 fueron movidos a la guerra hispanoamericana? ¿Cómo hacerles partícipes de una ideología dominante en la cual se percibieran como salvadores en la lucha del bien versus el mal?  ¿Qué nociones del otro, del enemigo y de sí mismos los alentaba?

Esta guerra recurre a la prensa y a la música para crear el espíritu entre los soldados y ciudadanía de la necesidad de la guerra   Aquí propongo algunos textos visuales y musicales para darnos un sabor de la Guerra Hispanoamericana, conocida en los libros de historia militar de USA como “la guerra breve,”  Primero la representación de España como enemigo irracional y degradado.  Estas caricaturas ampliamente difundidas, crean “al otro” en cuanto  animalizado y brutal, asesino de los soldados el Maine, violador de la libertad.

Como sabemos hacía ya décadas que latifundistas norteamericanos habían comprado enormes fincas en el Caribe hispano.  El interés por Cuba y Puerto Rico se había expresado incluso en la colaboración con los Partido Revolucionarios de ambas islas si bien fundados en New York.  Se había  materializado en el apoyo en armas a los mamvíses, ejército de guerrilla cubano organizado contra el estado español y asilo a figuras cimeras en la búsqueda de la independencia.  La imagen, sin embargo, no está dirigida hacia la intelligentsia militar, que conoce los intereses comerciales y expansionistas de esta guerra.  Esta imagen amarillista y metafórica está enfocada al lector promedio del periódico.  La auspicia el cuerpo militar, liderado por Teddy Roosevelt, para crear opinión pública.  Buscan y logran apoyo masivo a la primera guerra claramente imperialista de Estado Unidos.  Los cuerpos sangrientos, la ferocidad de contrincante, de proporciones corporales gigantescas son elocuentes en sí mismas.  Un importante grupo de jóvenes voluntariará para hacerse soldados a favor de tan justa causa. Formarán varios regimientos, voluntarios que servirán de linea de frontal de infantería.    En la imagen, Tio Sam protector de la Cuba feminina, presuntamente a punto de ser violada, mira con miedo a españoles de tez oscura que detiene su ataque mas no su gesto violento   Así la guerra se torna en una de protección de valores domésticos, un desarrollo contra la infamia antes que una búsqueda expansionista .  Los habitantes de las islas no parecen tener historia, y se nos muestran incapaces de  buscar redención propia, no parecen conocer la posibilidad siquiera de reclamar derechos, tampoco se les adjudica valores propios   Damiselas asustadizas, subyugadas ellas mismas ante su salvador  Sin duda la fantasía de dominación perfecta.  Es este la misma ideología que expresa su música.

La música, como recurso publicitario,  mayormente producida alrededor de la casa de publicación Tin Pan Alley.  Entre los grandes éxitos del 1898 produjeron Yankee Doddle Dewey,  y Ma Fillipino Babe.  Esta compañía es responsable de otros top ten en el billboard de la época, tales como ˆ  All the Coons Look Alike to Me—(Todos los putos negros me parecen idénticos, traduzco temblándome el corazón)   Mientras Mark Twain se oponía a la intrusión militar como contraria al espíritu de la república, su país que había salido de su primera gran recesión estaba listo para adelantar la propuesta de intervención militar en el Caribe y cantaba a coro estas melodías.  Aquí tres fragmentos de canciones a las que siguen traducciones :  

A CALL FROM CUBA – J. R. Martin

 Rouse! Sons of Columbia, hear the cry of despair, Wrung from skeleton forms in the dreary night air;

Human forma herded there by a mandate from Spain, Without help, food or shelter, from sun, cold or rain; Age and infancy blend, no strong arm to defend, They wait in dull anguish the sorrowful end;

They’re our neighbors in Cuba; oh, hear their sad cry: “Save us, sons of Columbia, or haste, ere we die.”

Have we forfeited life because longing to be

Like your glorious union, in full liberty?

Our hearts are like lead ‘neath this load of despair,

You are brave, you are generous, hear this our prayer; By your own love of liberty, grant us the same,

Shield our homes and loved ones from the fury of Spain; Then the star spangled banner in triumph shall wave, O’er the land of the free, and the home of the brave.

We have suffered for years every outrage which Spain Could invent to insult us and fill lie with pain;

The music they love is the shriek of desviar

And the moan of lost innocence in the night air;

Oh God! hear our cry, from Thy throne up on high, Send deliverance from Spain, or permit us to die;

May the star spangled banner o’er Cuba soon wave, Blessed emblem of peace for the home of the brave.

AS WE GO MARCHING THROUGH CUBA – Wilbur Eastlake

Hark, ye freemen, to the drums that call yon to the fray. Liberty now needs her sons, the fight is on to-day; Truth and Justice will prevail and Tyranny decay

As we go marching through Cuba.

Ignorance of human rights, contempt for human kind

And neglect of Freedom’s growth hath made Earth’s rulers blind. Fling Old Glory to the breeze, ‘twill closer brave hearts bind

As we go marching through Cuba.

“REMEMBER THE MAINE” – Lilith V. Pinchbeck Hark! don’t you hear the trumpets?

The beating of the drum

And measured tread of marching feet Proclaim that war has come.

The battle cry rolls onward

As they thin the ranks from Spain— ‘T is no more “Remember the Alamo But “Remember, boys, the Maine!”

De pie, Hijos de Columbia, escuchen el grito de dolor, 

de retorcidos esqueletos en el triste aire de la noche

Manada de formas humanas reducidas por mandato de España:

sin ayuda, comida; ni cobijo del sol, el frío o la lluvia,

 infancia y vejez sufren, sin brazo que les defienda,

 esperan en angustia el triste final. 

Son nuestros vecinos, Cubanos; 

Escucha sus tristes gritos: “Sálvennos, hijos de Columbia,

aprisa,  o moriremos 

¿Débemos sacrificar nuestra vida por querer tener,

 una nación como la suya, gloriosa, llena de libertad? 

nuestros corazones son como plomo bajo esta carga de dolor

son ustedes bravos, generosos, escuchan nuestra 

!Qué su amor por la libertad nos ampare a nosotros por igual 

protejan nuestras casas y a nuestros amados de la furia de España!

Entonces, la bandera de estrellas y rayas, triunfante ondeará  

sobre la tierra del libre y el hogar del valiente. (fragmento, traducción nuestra)

AS WE GO MARCHING THROUGH CUBA – Wilbur Eastlake

Atención!!, hombre libres al tambor.  les llama al servicio de libertad que necesita de sus hijos

en la lucha de hoy, Verdad y Justicia vencerán; t tiranía caerá

Según marchamos por Cuba

huirán los gobernantes con su ignorancia por los derechos humanos, 

 su desprecio por la vida y el olvido de desarrollar la Libertad humana.

Su gloria se desvanecerá en el aire

cuando nuestros bravos corazones 

Marchen por Cuba

Será Otra Cosa: Veletas

Por Zahira Cruz Gómez/ Especial para En Rojo

Siempre aparecerá un fanático veleta con alta escolaridad que al romper el alba, en su ritual matinal, procurará confirmar su superioridad intelectual y moral frente al espejo del baño mientras se lava los dientes. Desde ahí, con la gran seguridad que tiene en sí mismo, para animarse al nuevo día que comienza, para obviar la idea de que la vida es un absurdo y que la realidad le aplasta y no puede con ella a pesar de la sonrisa pendeja que el antidepresivo le ha dejado plasmada ‘forever’ en la cara, comienza a partir pelos y a poner puntos sobre las íes en torno a las causas sociales más recientes. Cepillada tras cepillada piensa, desde el lavamanos, cómo puede aportar a serruchar el palo del racismo. Se pasa duro ese cepillo de cerdas grandes, pero suaves, por las muelas de atrás, por esas llamadas “muelas del juicio”. Piensa en cómo darle sentido a su vida, igual a como lo procuran hacer muchos filántropos con la caridad. Estas últimas semanas las ha dedicado a eso. Nunca antes había querido reaccionar con tanto fervor a nada. Es más, parecería que ni el racismo ni la lucha por erradicarlo, ni Luther King ni Malcom X existieron antes que sus cartelitos antiracistas colgados en Instagram y Facebook. Y se siente bien. Se siente el mejor pasquinando de opiniones y comentarios acusatorios –mucho más fervorosos que críticos— sobre el tema, los muros virtuales de toda su comunidad cibernética. Parecería que este terrible mal acabara de propagarse por la faz de la tierra junto al COVID-19 y que él, nuestro veleta fanático, ha llegado como un mesías autoproclamado –y con látigo— a enseñarnos el camino y redimirnos del mal. Nunca se le había visto tan orgulloso y dueño de sus razones —por suerte, siempre hay una primera vez—. Nunca había dicho tanta cosa bonita ni había apuntado tanto hacia afuera el dedo índice. Y es que, por fin, ha podido decirle a ese blanco, a esa blanca, (él a veces siendo blanco también) lo malo y mala que son. Esta es su oportunidad para darse golpes de pecho y reclamar las miradas hacia su bondad, hacia sus buenas intenciones, hacia su gran ímpetu de lucha y conciencia, en fin, hacia su superioridad. Y bueno, eso nos parece perfecto —lo del entusiasmo y la lucha por la causa—, porque fíjense, siguiendo los incidentes de los últimos tiempos, las muertes de Breonna Taylor y George Floyd, por ejemplo, y las diversas reacciones que esto ha suscitado, nos percatamos de lo mucho que hay que trabajar con la memoria histórica y también de la gran cantidad de monumentos históricos que habría que seguir destruyendo junto a las ideas que representan, para que no continuemos perpetuando y conmemorando la maldad humana, para no seguir afianzando la injusticia. Sin embargo, la lucha en contra del racismo no debería ser simplemente un asunto de sentimientos, de bondades individuales, ni una causa más que se convierta en ‘slogan’ de esa camiseta que vestiremos para ayudarnos a vivir la ficción de que somos buenos (¿de verdad somos tan malos?). No se resuelve creyendo que comprándole a tus hijos un bebé de juguete de tez negra cumples con “tu parte”, como si de un ‘check mark’ en la casillita de esta lucha social se tratara: “Compro el muñequito y ya, me lavo las manos”. Con el muñeco y la camiseta damos la apariencia de…, pero de ahí no pasa. Así lo hacemos con muchas otras cosas en el ámbito social. Sucede también en los partidos políticos que procuran dar la apariencia de ‘progre’ seleccionando entre sus candidatos a un negro, a un homosexual, a una mujer y a un vegano, o, a un estadolibrista, un estadista y un independentista. De esta manera pretenden cumplir con la cuota de diversidad que les exige la corrección política sin importar que un partido conformado de ideales tan contradictorios sea un disparate, o aun cuando ninguno de ellos tuviese los méritos para desempeñarse a cabalidad en el cargo al que aspira. Ah, pero a muchos de nosotros (tal vez sea un asunto generacional) nos basta la etiquetita para juzgar como bueno al partido y como bueno al candidato sin siquiera fijarnos en el contenido de sus propuestas, porque “si es Goya, tiene que ser bueno”. 

Por suerte, nuestro aficionado y bienhechor de las causas justas, mientras se miraba al espejo una de esas mañanas de proselitismo narcisista tuvo una epifanía. Se le ocurrió llevar a cabo un ejercicio de gran efectividad para el desarrollo justo y acertado de la crítica: la autocrítica. Entonces abrió la boca bien grande –mucho más de lo que lo hacía por sus redes sociales–, entró el cepillo y casi como herramienta de exploración abrió camino con él para tratar de mirarse también por dentro. Esta vez las cerdas del instrumento dejaron de ser suaves. Se afilaron y se alargaron llegando cada vez más profundo en la limpieza de las mentadas “muelas del juicio”. Deseaba, más que pulir la superficie, la corona del diente, el esmalte protector, la dentina, llegar a la raíz aunque doliera y botara sangre. Ya obsesionado con llegar a lo profundo, por fin se cuestiona y descubre que en su afán por “serruchar el palo del racismo”, acabar con el machismo y la homofobia, desde la trinchera discursiva de la corrección política, puede ser peligroso puesto que entorpece la lucha necesaria, aquella en contra de los extremistas, en contra de los puros, en contra de los que reclaman su superioridad frente a otros, en contra de la hipocresía y la doble vara. Se percata de que analizada un poquito más a fondo, para estos fines, la corrección política resulta ineficaz, falaz, engañosa, fácil, cómoda; no nos deja mirar al monstruo a la cara, y desde su práctica chantajista nos obliga, nos impone asumir posiciones “correctas” que no necesariamente justas ni igualitarias. Es, en parte, si se nos permite la comparación, más nociva que el eufemismo que embellece, recubre, oculta realidades o verdades incómodas. La corrección política, mirada no desde la inocencia y las buenas intenciones, oculta la violencia de un otro. Instaura una política de miedo y promueve la condena a partir de una justicia sin juicios. Recordemos cómo es que se ha batido el cobre en las redes sociales en torno a movimientos como el “Me Too”, por ejemplo. Los linchamientos públicos que ha motivado este movimiento radicalizado son la hora del día, y se llevan a cabo sin mayores miramientos. Conforme la lógica de pensamiento instantáneo que fomentan las redes sociales, se reacciona con “indignaciones automáticas”, dando lugar a “acusaciones unánimes” con las que se comienzan a pisotear los derechos humanos. 

Por eso nuestro antes veleta y ahora casi profeta insiste en meter el cepillo de dientes –el mejor del mercado, el Colgate de toda la vida– hasta la garganta, quiere remover las placas que lleva atoradas en las amígdalas, endurecidas ya por el tiempo. En ello, experimenta arcadas, tose, se ahoga, pero no renuncia. Entonces descubre que no es la marca del cepillo (tampoco la camiseta ni la muñeca) sino la vehemencia, lo incisivo y consistente del ejercicio lo que lo acercará a su objetivo de clarificar el área. Insistente en la autocrítica, la reflexión y el cuestionamiento riguroso, se le ocurre que el discurso antiracista no se sostendrá ni las estrategias para intentar erradicar el racismo darán frutos verdaderos si no partimos, tal vez, de una reivindicación económica y sistémica, alejados de las imposiciones de purezas ideológicas. Combatir el racismo, el machismo y la homofobia a partir de posiciones extremas de pureza y corrección, que dicten las formas de la lucha sin admitir fisuras, sin reconocer matices, sin la autocrítica necesaria que permita dar lugar a la duda, deja de manifiesto la incapacidad y lo contraproducente e inconsecuente de estos posicionamientos en la lucha por terminar con la injustica y la desigualdad social. Además de que traslucen su gran parecido con los regímenes extremistas y totalitarios.

Para finalizar el nuevo ritual exhaustivo de nuestro ahora puntilloso crítico, este se enjuaga la boca, escupe, se mira al espejo y sonríe mostrando una dentadura más fresca y una duda infinita.

 

Mirada desde el interior

 

Por Emma Rodas

Ya me hicieron el tune up mensual que tocaba. La máquina vieja lo requiere y lo manda, sin pausa, sin excusas. Pandemia o no la opción de no ir no existe.

Hoy, el Auxilio, la torre de oficinas, se notaba aún menos concurrida que hace seis semanas y todo en silencio. Inevitable eso de pensarnos personas máquinas que nos movemos y no como acostumbramos, mucho menos como queremos, en silencio. Dos puertas,  que “antes” eran de entrada y salida, hoy divididas, una para entrar otra para salir.  Desde afuera una fila, corta, 4 personas, es vigilada y supervisada por personal del hospital o la torre que para el caso es igual. Con todo y la vigilancia, una persona se coloca paralelamente  en el medio y usa su teléfono. La fila se mueve, ella no.  Le pasábamos por el lado a menos de dos pies de distancia, y ninguno le dijo algo. Yo, por pereza. No todos los días salimos listos para la batalla.  En la puerta, la temperatura, y hacia la segunda fila para tomar un elevador. Ahí somos menos. En ese lugar hay dos personas que nos muestras 3 dedos, todos entendimos, nos indican que vamos parados sobre las marcas colocadas en el piso. Entro última, nadie saluda, digo buenas tardes y los otros dos responden. No fue el saludo automático que acostumbro, es uno pensado, intencional, quiero reconocer con mi ruido con mi palabra que estamos allí, que somos personas en un mismo bote. Mi sonido pienso hoy,  busca retener algo de lo que tuve,  saludo, existo y reconozco algo necesario, que ellos también existen.  Mientras subo pienso en cómo se verá la ciudad, los espacios públicos y privados cuando termine todo, si termina. Veo restos de marcas, pegadizos rotos, despintados, sucios, rótulos ya irrelevantes que nadie quitó, no porque son todavía necesarios, útiles, si no porque así funcionamos, no botamos la basura.

Llego, me acerco a la oficina de terapia, vacía, no esta la recepcionista. Uso el desinfectante, busco una silla que no esté virada contra la pared, me siento a esperar que aparezca alguien en ese lugar antes siempre ocupado,  en el que siempre me encontraba con varias conversaciones en curso como ocurría en lugares para pacientes con enfermedades que pueden ser terminales, reflejando un ánimo y casi una alegría que nunca se de donde sacan.  Quiero leer, el televisor que nadie mira ni escucha me la pone difícil. La última vez en medio de la cuarentena también pedí que bajaran el volumen y lo apagaron porque nadie lo miraba. Sale la enfermera, apenas habla, definitivamente sin el ánimo de bienvenida acostumbrado me coloca un parcho de anestesia, se va,  leo y espero.  La recepcionista, siempre sonriente y amable, hoy lucía cansada, no habla más, no me comenta el color del pelo cosa que no fallaba, me pide que firme, firmo y desaparece nuevamente. Deduzco que para nadie es agradable estar en una sala desocupada y siempre deprimente.

Curioso me estuvo desde el principio el silencio, nadie habla,  el que lo hace suena estridente y parece medio loco. No es estridente ni loco, es que el silencio lo marca todo. Todos sabemos que estamos ante algo extraño, titubeamos al caminar aunque sepamos de memoria para donde vamos. Al dirigirnos a cualquier sitio el paso rápido de la prisa, el que se hace sabiendo para donde se va, para qué y cómo, está ausente.

Mi teoría, la primera, es que los silencios responden en parte a lo que reconozco en mí. Tapada la mitad de la cara carecemos de expresión espontánea, no tenemos sonrisas. Los ojos se desvían; tampoco hablan. Se instintivamente que para ver una sonrisa hay que mirar a los ojos y decir algo. La ausencia de expresión es también ausencia de otros a no ser que lo pienses y decidas que no va a ser de ese modo y por eso emito un sonido, trato de que sea un animado “Buenas Tardes” porque eso busco. Reconozco que para estar bien necesito de otro,  necesito rebotar en algo familiar, algo de lo humano que se parezca a lo de antes. Era un gesto automático sonriendo, no lo pensaba, este día fue intencional, pensado, controlando el tono tratando de sonreír con la vista.  Uno reconoce al otro de muchas formas, la más común es una mirada, una sonrisa una leve inclinación de la cabeza, un saludo. Reconociendo y recibiendo o no respuesta no se está totalmente sola, no estoy en la película del fin del mundo.  Si ese primer paso el de la expresión no se da, lo otro tampoco.

La otra parte del silencio responde a otra experiencia también colectiva, estamos todos asustados, estamos pendientes a lo que hacemos, sabemos que nada o casi nada de lo que hacíamos se permite  salvo caminar, los nuevos protocolos no son similares a los de antes, no vamos en automático, vamos pendientes de cada paso.

No se si hay ánimos bajitos, no se leer bien éstos nuevos signos, veo a todos bien vestidos y  acicalados. No veo hombros inclinados acercándose, no veo espaldas encorvadas, no veo cabezas mirado al piso, no veo las señas que conozco.  Seguramente muchos caminamos pensando que esta nueva forma no será eterna y que sobrevivirla requiere que encontremos formas nuevas de caminarla, para eso  sonriamos y casi cantemos al caminar, eso se nota. No, no voy a cooperar con lo que quiere tumbarme y no hablo de conspiraciones, hablo de la vida natural de las personas,  no me doy de baja de la resistencia real de la que depende de mí. Con unos buenos días doy la pelea, rompiendo las distancias del silencio  sobrevivo.  Quiero pensar, que otros, el o la que lo escucha,  también lo hace.

 El gótico caribeño de Ana María Fuster

En Rojo

Ana María Fuster Lavín es una escritora incansable. Ha sido colaboradora de En Rojo desde que comenzó su carrera literaria. Y su trabajo ha resultado en numerosos libros y aportaciones significativas en antologías en América Latina y Europa. Además es editora, correctora, redactora de textos escolares y columnista de prensa cultural.

Fuster es poeta y narradora. Hoy nos ocupa su más reciente libro: La marejada de los muertos y otras pandemias. Se trata de una colección de microcuentos. El género no es nuevo para ella. Hace apenas un año se publicó Carnaval de Sangre, en dos volúmenes al cuidado de la Editorial de EDP University. Sobre este libro ha dicho el escritor Emilio del Carril:

Con un marcado acento poético que la distancia de otros microcuentistas, y un libro integral finamente redactado y conceptualizado, Ana María Fuster nos empuja hacia una comparsa en la que las máscaras sobran y los instintos se apoderan de nuestra voluntad para hacernos esclavos de nuestra inconsciencia. Los microcuentos se entrelazan, fisgonean entre ellos adjetivos, verbos y sustantivos como hilos conectores de una ambientación siniestra. Al final emergen dos consignas: en la vida, el placer y el amor tienen fecha de caducidad, y que la peor pesadilla es perder el potencial de acuñar sueños. Este es un libro perturbador y doloroso que encierra en un castillo de sombras a los protagonistas y al lector.

A mí me gustaría decir que Fuster Lavín ha venido construyendo una obra que nos permite pensar en algo que puede llamarse “gótico caribeño”. Por supuesto, no están aquí las ruinas medievales ni las criptas o el exotismo propio de la mentalidad romántica. Lo que la escritora logra es crear relatos de horror, absurdo, erotismo y poesía en escenarios caribeños.

Me recuerda este libro una producción reciente y de calidad en la isla, novelas cortas de Francisco Velázquez y microcuentos de Gretchen López y Christian Ibarra. Junto con Ana María, van construyendo un impresionante castillo que no es el de Otranto sino el de la imaginación con el canto perfumado del azul.

Esta nota es un invitación a su nuevo libro y a su obra.

 

EL HOYO

Por Ana María Fuster Lavín

“aunque sé que es complicado, porque hay muchísima vigilancia, 

 saltar a la atmósfera sin que te vean es casi imposible” 

Bob Giordano

 “¿Cuál es mi delito, señoría? El fiscal presentó demasiadas acusaciones. Yo solo pretendía regresar al universo. Entiendo que en las redes se rían de mí diciéndome desgraciado, loco.  Declaro que cavé durante veinte años, todas las madrugadas. Necesito llegar al otro lado y ser rescatado por los de mi especie, seres de luz. Nosotros somos incapaces de comernos el hambre del otro. Somos incapaces de robarnos el futuro de los demás, tampoco adoramos seres invisibles. Ustedes no entienden la verdad de las estrellas fugaces. ¿Ve señoría?, aquel alguacil, aunque use mascarilla, se está burlando. Lo escucho en mi mente. Leo en mi cerebro todo lo que ustedes piensan. Mi abogado de oficio insiste en que estoy incapacitado mentalmente, que alucino. Testifico que sabía que cavaba en la finca vacacional del gobernador, pero la galaxia es pública. Por favor, faltan solo dos metros para escapar. Señoría, la secretaria de sala acaba de pensar que, además de loco, soy bruto, que la Tierra es redonda y ni siquiera llegaré a su centro. Me rio de su ignorancia, que solo trabaja escribiendo lo que otros dicen. Sí, su señoría, me disculpo con la señora. ¿Que cómo me declaro? Yo estoy aquí por error, en esta corte, en este planeta. Esa es mi declaración.”

Días después, logró huir del sanatorio donde lo ingresaron. Se robó una bicicleta y pedaleó durante horas. Llegó a su hoyo. Cavó hasta desfallecer. En la mañana, la prensa reseñó la más potente y hermosa lluvia de estrellas jamás vista.

 

*Este microcuento pertenece a la cuarta parte de “La marejada de los Muertos y otras pandemias”, titulada IV. La marejada de los muertos y de nosotros, los extraterrestres.Ed. Sangrefría, 2020