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Muñoz Marín y Cuba en tiempos de la vitrina

 

Por Manuel de J. González 

“¿Quién abrirá mis cajones?, ¿quién leerá mis canciones con morboso placer?” Así dice una canción de Joan Manuel Serrat (Si la muerte pisa mi huerto) y el verso que de ella trascribo viene al caso cuando se piensa en la labor de los historiadores. A ellos les toca abrir los “cajones” que guardan (u ocultan) eventos de otros tiempos y supongo, como dice el cantor catalán, que lo que en ellos encuentran a veces les provoca “morboso placer”. Porque a diferencia de las personas que escribieron o provocaron lo que está en los cajones, los historiadores tienen la enorme ventaja que les da el tiempo. ¿Acaso no nos causa un cierto placer morboso leer ahora –en tiempos de la Ley PROMESA, y de tantas cosas más– que, según Luis Muñoz Marín, la ruta de los cubanos que pelearon en Sierra Maestra y la suya, la que él buscó para Puerto Rico en 1952, conducían a una misma “libertad política”? 

Más placer causa conocer, gracias a libros como este, que cuando Muñoz se sintió obligado a excarcelar a Pedro Albizu Campos, le escribió a su amigo José Figueres para que fuera él quien le solicitara el indulto. Así podía decir que lo hacía porque un colega de la llamada “izquierda democrática” se lo había solicitado por razones humanitarias y no por los reclamos que recibía desde todo el mundo, sobre todo desde América Latina.

 Los historiadores no hacen su trabajo buscando ese placer oculto de que hablaba Serrat, pero supongo que no está de más sentirlo cuando se hurga en el período de la historia puertorriqueña al que se refiere este libro y del que surgieron tantos mitos. En medio de esa mitología nació y creció la generación a la que pertenezco y las fantasías fueron tantas, y tan grandes, que, aún después de todo lo que ha ocurrido en las primeras dos décadas del nuevo siglo, todavía hay un sector grande del pueblo puertorriqueño que sigue inmerso en ellas, como si aún existiera la “vitrina” de la que tanto se habló.

Ahora ya se habla más de “vitrina rota” que de “vitrina de la democracia”, y se mira con cierta sorna a quienes insisten en seguir promoviendo aquella fantasía, pero en 1959 estaba tan enraizada y era tan creída por sus protagonistas que, según nos cuenta este libro, Muñoz Marín gestionó en múltiples ocasiones una reunión con Fidel Castro para explicarle al joven líder cubano las particularidades del “exitoso” modelo puertorriqueño. Mientras Muñoz recurría a distintos intermediarios para tratar de reunirse con Fidel, entre ellos el Presidente de la firma Bacardí, no sabía que el entonces vicepresidente de Estados Unidos, Richard Nixon, se le había adelantado. Tan temprano como abril de 1959, apenas tres meses después de que el líder revolucionario entrara victorioso a La Habana, Nixon “trató de insinuarle” que enviara a Puerto Rico a alguno de “sus principales asesores económicos para que conversara con Muñoz Marín” sobre sus programas para atraer “capital privado”. Dice Nixon en la minuta que preparó sobre la reunión que tuvo con Fidel Castro: “Esta sugerencia no lo entusiasmó mucho y señaló que el pueblo cubano era ‘muy nacionalista’ y sospecharía de cualquier programa iniciado en un país considerado una ‘colonia’ de Estados Unidos.” Cuando Nixon le aclaró que Muñoz había sido uno de sus defensores mientras estaba en Sierra Maestra, reconoció que ese había sido el caso “pero dejó claro que no quería tener nada con él, al menos públicamente.”

Dentro de su insularismo y en medio de su todavía muy viva euforia “vitrinera”, Muñoz y su gobierno fueron incapaces de ver que para la mayoría de los latinoamericanos, aun tras las reformas de lo que llamaron “Estado Libre Asociado”, Puerto Rico seguía viéndose como la colonia que era. A quien visualizaban como verdadero representante de Puerto Rico era a Pedro Albizu Campos, de quien Muñoz en aquel momento era, precisamente, el carcelero.

En muchas páginas de este libro vemos cómo el fantasma de aquel encarcelado, junto con la realidad de la continuidad del coloniaje, aparecen todo el tiempo en el camino del grupo de dirigentes puertorriqueños que, con Muñoz a la cabeza, afanosamente buscaban darle legitimidad al ELA. Esa búsqueda de legitimidad se basó en el mercadeo de dos elementos que consideraban definitorios y hasta “pilares” del “nuevo” estatus, a saber, el “éxito” económico de Puerto Rico y la posibilidad de servir como intermediarios ante Estados Unidos.

Kennedy y Luis Muñoz Marín

El “éxito” económico podía efectivamente actuar como “vitrina” en los últimos años de la década del ’50 y del ’60, frente a una América Latina plagada de dictaduras retrógradas donde la omnipresente oligarquía impedía cualquier asomo de progreso, perpetuando la pobreza. En esos años, las medidas implantadas desde la administración de Rexford Tugwell, continuadas y ampliadas por Muñoz, (junto a la enorme ola migratoria de la posguerra que expulsó parte de la pobreza) habían logrado modernizar la economía puertorriqueña. Para Muñoz y su grupo la clave de aquel proceso fue la atracción de capital industrial estadounidense. Por otro lado, las reformas políticas implantadas entre 1948 y 1952, cuando Estados Unidos autorizó la elección del gobernador y la adopción de una constitución que rigiera sobre asuntos internos, le dieron al gobierno puertorriqueño un aire de país autónomo. Muñoz hizo todo lo posible por “estirar” al máximo ese aire tratando de proyectarse como un verdadero jefe de estado, un verdadero “colega” de sus amigos, el costarricense José Figueres y el venezolano Rómulo Betancourt.

Además, tanto frente a los dos mencionados como ante otros dirigentes latinoamericanos promotores del liberalismo democrático, el liderato puertorriqueño podía jugar entonces con cierta efectividad el papel de intermediario con Estados Unidos. Casi todos esos dirigentes se enfrentaban a dictaduras propias o vecinas que se mantenían gracias al apoyo constante que venía desde Washington. Puerto Rico y Muñoz podían considerarse útiles para tratar de influenciar a Estados Unidos a que cambiara el énfasis de su política de los dictadores a los nuevos líderes liberales.

Como se explica con mucho detalle en los últimos capítulos de este libro, esa posible labor intermediaria creció exponencialmente con la llegada de John F. Kennedy a la presidencia de Estados Unidos. Contrario a los Republicanos, que se decantaban por las dictaduras rancias y la promoción descarnada del capital invasor, Kennedy creyó que podía detener con mayor efectividad el comunismo haciendo un esfuerzo por reducir la pobreza (o, al menos, proyectando ese esfuerzo) y limitando el apoyo del Norte a las dictaduras oligárquicas que subsistían en la región. Esa estrategia de la nueva administración Demócrata contó con el liderato gubernamental puertorriqueño que más que aceptar colaborar, adoptó como propia la tarea y puso todo su entusiasmo en ella.

Para ganar una idea de hasta dónde llegó aquella estrategia, alimentada tanto por Muñoz como por Estados Unidos, comparemos por un momento la imagen que proyecta el Gobernador de Puerto Rico en estos momentos, en la segunda década del siglo XXI, con la que se quiso proyectar en los primeros dos años de la década de 1960. El de ahora no es visto más que como el simple administrador de un “territorio”, que sólo mira hacia el Norte, a donde acude en todo momento a buscar “ayudas” y “fondos”, o a implorar cambios en las leyes que nos aplican y sobre las que no tiene ningún control. En cambio, el gobernador del año ’59 o ’61 era parte de la “izquierda democrática” latinoamericana, que desde su país mandaba emisarios o delegados a los cónclaves que se celebraban en el continente, mientras simultáneamente trataba de influenciar la política estadounidense hacia la región. Sin duda, el liderato de Muñoz, comparado con el que ahora proyectan personas como Ricardo Rosselló y Alejandro García Padilla, hace una gran diferencia. Pero también lo hace la creencia muy enraizada que tenía aquel grupo del pasado de que en realidad era “autónomo” y que podían actuar como verdaderos jefes de estado. Ese elemento subjetivo, unido a la sensación de éxito que les permitía el crecimiento económico que entonces se experimentaba, hace una gran diferencia entre uno y otro gobierno.

Sin embargo, en el fondo de todo había una misma realidad objetiva que tarde o temprano terminaría cortando los aires de potencia regional, o de jefatura de estado, que quiso jugar el liderato puertorriqueño de aquellos años. Muñoz intentó cumplir la función de mediador o puente, tratando a la misma vez de mantener al gobierno de Puerto Rico como una entidad separada, que sólo servía de enlace entre los latinoamericanos y Estados Unidos, pero esa tarea no era posible, o no podía ser “sostenible” porque independientemente de lo que soñaba el liderato puertorriqueño de aquellos años, la realidad colonial no había cambiado. Por eso la pretendida función de ente autónomo desaparecería muy pronto, convirtiéndose el liderato puertorriqueño en un mero instrumento, bastante patético, de la política exterior de Estados Unidos.

Lo que sucedió con dos “hombres de Muñoz” de aquellos años –Arturo Morales Carrión y Teodoro Moscoso– dramatiza ese camino azaroso que los llevó de la pretendida mediación autónoma al burdo instrumento. Morales comenzó siendo enlace o delegado de su gobernador con otros “colegas” de la izquierda democrática y terminó siendo un oficial más del “State Department” donde llegó a ocupar el cargo de secretario adjunto para América Latina. El camino de Moscoso fue un poco más tortuoso y algo dramático porque un día, como embajador de Estados Unidos en Venezuela, cometió la torpeza de querer visitar la Universidad de Caracas donde estuvo a punto de ser linchado por estudiantes que denunciaban la reciente invasión militar a Cuba en Playa Girón. Mientras literalmente se refugiaba en la Facultad de Arquitectura, donde eventualmente fue rescatado por fuerzas policiales venezolanas, perdió importantes documentos que evidenciaban los planes de su gobierno (el de Estados Unidos) en América Latina que fueron a parar a manos de la verdadera izquierda venezolana. 

La escena de un Moscoso rescatado del cerco tendido por estudiantes venezolanos, quienes lo veían como un personero del imperialismo que combatían, dramatiza el fracaso de la labor de “intermediario” que pretendió jugar Muñoz Marín amparándose en el llamado Estado Libre Asociado. Jamás quiso ver que las reformas que logró obtener entre 1948 y 1952, obviamente positivas, nunca cambiaron la esencia del coloniaje. La oportunidad de elegir el gobernador con poderes recortados y la redacción de una Constitución, no terminaron con los “poderes plenarios” que el Congreso estadounidense siguió ejerciendo, como quedó demostrado cuando esa misma constitución, ya votada por los puertorriqueños, fue enmendada unilateralmente por dicho cuerpo. Esa realidad tarde o temprano terminó imponiéndose y por eso, en abril de 1959, cuando el nuevo gobierno cubano apenas empezaba, Fidel Castro le dijo con toda claridad a Nixon que su pueblo no aprobaría que él se reuniera en público con el portavoz de una colonia.

Por aquellos años era muy conocido en Cuba el poema Canción puertorriqueña de Nicolás Guillén, incluido en un libro publicado en 1958, que empieza así: 

“¿Cómo estás Puerto Rico,

tú de socio asociado en sociedad?”  

Y luego, teniendo presente aquel cuento de la “vitrina”, tan de boga entonces, dice el poema:

“Juran los que te matan

que eres feliz… ¿Será verdad?

….

de un empujón te hundieron en Corea,

sin que supieras por quién ibas a pelear,

si en yes,

si en sí, 

si en bien,

si en well, 

si en mal,

si en bad, si en very bad!”

Obviamente, el “socio asociado en sociedad” personificado en Luis Muñoz Marín no podía servir de interlocutor o intermediario entre Cuba, cuyo nuevo liderato trataba de reafirmar su independencia, y Estados Unidos el país que José Martí había descrito como el “Norte revuelto y brutal que nos desprecia”.

Nota final

Este libro representa una buena aportación al conocimiento de un importante periodo de la historia puertorriqueña todavía poco explorado. Aquí el lector descubrirá muchas situaciones interesantes porque, al sacar a la luz del sol situaciones cuidadosamente ocultadas, los historiadores sirven como “delatores” y esa labor casi siempre ayuda a derrumbar mitos. Eso, de por sí, es una gran aportación. Además de esa labor de “delación”, la investigación histórica también nos da los instrumentos necesarios para ayudarnos a entender el presente que, en el caso de Puerto Rico, sigue siendo azaroso. Gracias al autor por invitarme a prologarlo.

Prólogo al libro.

La ensayística de René Marqués: Entre Nacionalismo y Populismo

 

Por Mario R. Cancel Sepúlveda

Fragmento de la conferencia “René Marqués en la década del 1960: una aproximación a su ensayística y sus concepciones histórico-culturales” dictada en el Recinto Universitario de Mayagüez el 15 de octubre de 2019 durante el congreso Más allá de los universos de René Marqués.

En El puertorriqueño dócil y otros ensayos 1953-1971 (1977), René Marqués participa del maniqueísmo típico de las teologías apocalípticas y finalistas que también se impuso en el lenguaje político de la Guerra Fría. Veía a Puerto Rico atrapado entre dos extremos irreconciliables a cuyos chantajes no podía responder de manera ordenada: “Ante la amenaza externa nos refugiamos en un nacionalismo estéril. Ante la asfixia nacionalista nos escapamos hacia un universalismo superficial y quimérico” (Marqués 1977 p. 31). Hay algo del estar a la deriva o al “garete” de Antonio S. Pedreira (Pedreira 1968 p. 71 ss) o de la “ceiba en el tiesto” de Enrique Laguerre (Laguerre 1972) en su discurso que habla de la ausencia de rumbo, de la enajenación o alineación del yo nacional. Todas eran metáforas atroces que revelaban la incertidumbre, el titubeo, la ausencia de guía y rumbo, el acoso, el dejase llevar, el ahogo, la sofocación o la neurosis. Todo sugería la condición de seres incompletos que se padecía porque no nos dejaba ser “americanos”, o sea, nosotros mismos. La ambigüedad de ese concepto le permitía a Marqués utilizarla para referirse a la gente del hemisferio, es decir, Hispano / Latino América. La precariedad de la situación espiritual se materializaba en que cada afirmación identitaria desembocaba en una defensa inútil ante la agresión del otro (Marqués 1977 p. 32). Marqués veía la relación colonial en un sentido freudiano que encajaba en su concepción tradicional, señorial y patriarcal del mundo: como una emasculación o castración. El coloniaje había vuelto impotente al macho, había podado su masculinidad y virilidad dejándolo capado: lo había convertido en un “ex masculino” (Marqués 1977 p. 31-32).

El coloniaje emascula o “ex masculiniza” pero a Marqués no se le escapaba algo que daba por hecho. Me refiero a lo que designaba como la “esterilidad” del nacionalismo, su incapacidad de “dar frutos”. La “emasculación” no niega que se haya poseído la capacidad para reproducir: sólo es un acto traumático que pone término por la fuerza a esa capacidad. Pero la “esterilidad” tiene un sentido más profundo que sugiere una patología que ha impedido siempre la capacidad reproductiva. En uno u otro caso ninguna tiene remedio, pero si el “emasculado” alguna vez la tuvo, el “estéril” no. El nacionalismo no representa la “emasculación” sino la “esterilidad” y por ello es “infructuoso” a la hora de articular su proyecto: la independencia. Desde mi punto de vista, esa es la crítica política más dura que hizo del nacionalismo político al cual reconocía y admiraba pero no veneraba ni adulaba.

Al lado de aquella explicación psico-filosófico de lo que Cesar Andreu Iglesias, desde su marxismo ortodoxo designó como “los derrotados” (Andreu Iglesias 1956), Marqués realizó un esfuerzo por comprender un fracaso que atribuía a la “circunstancia” en la cual se movió el nacionalismo: la Segunda Guerra Mundial, la Guerra Fría y sus bipolarismos fascismo / democracia y comunismo / capitalismo. Nada más acertado historiográficamente hablando. Se trataba de un ambiente minado por fuerzas fuera del alcance de Albizu Campos y su intelligentsia y con las cuales Muñoz Marín había pactado. 

Aparte de lo psico-filosófico, Marqués también concibió una crítica de la táctica de aquella organización que no debería pasar inadvertida. En un momento dado afirmó que “…ni con el nacionalismo exacerbado y terrorista de Pedro Albizu Campos -que a pesar de sus métodos equivocados, o mejor dicho, de la ausencia de métodos en su trayectoria, ha sido útil para mantener despierta una conciencia colonial demasiado predispuesta al sueño”, pudo el país superar su gran problema. Si uso sus palabras, el problema del país era la “solución a su razón de ser entre los pueblos de ambas Américas” (Marqués 1977 p. 33). El nacionalismo había sido vencido en el mismo combate interpuesto por el Partido Popular Democrático, el Estado Libre Asociado, “Operación Serenidad”, el “universalismo” y el “occidentalismo”. Ninguno de aquellos artefactos había podido sosegar “la angustia de nuestra conciencia nacional” (Marqués 1977 p. 33). Para Marqués el “ser era la angustia” no por propia decisión sino por su incapacidad para dominar su “circunstancia”. Sobre esa base no podía ver la violencia nacionalista sino como la expresión de “chispazos terroristas de fanatismo desesperado” (Marqués 1977 p. 42) concepción a la cual también se adscribía con otro tono, Juan Antonio Corretjer, desde su marxismo ortodoxo (Corretjer 1973). 

Marqués fue enfático en la inutilidad de la Insurrección de Jayuya del 30 de octubre de 1950 según se deduce de su afirmación de que “(n)i siquiera el fugaz estruendo de la metralla nacionalista (1950) logra alterar tan significativo silencio” (Marqués 1977, p. 57 n. 6). El ataque a la Casa Blair del 1ro. de noviembre de aquel año y el arresto de Albizu Campos al día siguiente, sirvieron el propósito avieso de validar el Estado Libre Asociado. El indulto a Albizu Campos el 30 de septiembre de 1953 y el tiroteo al Congreso del 1ro de marzo de 1954 en protesta por la legitimación de Estado Libre Asociado por la Organización de Naciones Unidas, solo condujeron a un nuevo arresto del líder y al “consabido y siempre espectacular tiroteo” (Marqués p. 58-59). El tono de farsa que adjudica a aquellos eventos espectaculares que no servían para acallar “la angustia de nuestra conciencia nacional” (Marqués 1977 p. 33) se imponía en su juicio. Con ello en mente volvía a ironizar: “siempre que los Nacionalistas han intentado salirse de lo que se considera el patrón puertorriqueño de la docilidad, hemos escuchado el clamor unánime de aspavientosas (sic) excusas proviniendo por igual de norteamericanos y puertorriqueños: ¡Ese no es el patrón puertorriqueño! ¡Eso es una excepción!” (Marqués 1977 p.122-123). Para el ensayista un acto rebelde que ofrecía pocas posibilidades de triunfo y aun así se ejecutaba no era más que la expresión de la “psicología del suicida” (Marqués 1977 p. 162). El espíritu de guerra santa, de cruzada o de yihad que atribuía a los nacionalistas le conducía a evaluar a los Cadetes de la República, luego Ejército de Liberación, como bandas cuyos actos resultaban en “una serie de espectaculares fracasos” equivalentes a “terrorismo político” (Marqués 1977 p.162-165). A la “psicología del suicida” correspondía el “complejo de martirio” (Marqués p.165). Los comandos nacionalistas no parecían buscar “matar y, mucho menos, lograr la victoria, sino morir”, iban dispuestos a la inmolación y el martirologio, aceptaban la muerte con alegría como los Cátaros ante las llamas de la hoguera tras ser condenados por la Santa Inquisición en 1244 (Marqués 1977 p. 163). 

En cuanto a ese planteamiento que tanto irritó a sus lectores nacionalistas, no estaba solo. Con él coincidían el Buró federal de Investigaciones, Inteligencia Militar de las fuerzas armadas, la Policía Insular luego Policía de Puerto Rico y su División de Inteligencia, y Muñoz Marín. Todos eran enemigos del nacionalismo, claro está. Pero entre 1934 y 1938 una significativa muestra de nacionalismo del área oeste insistía en lo mismo: la directiva de la Junta Nacionalista de Mayagüez, José Monserrate Toro Nazario, Juan Augusto y Salvador Perea, Regino Cabassa, entre otros, son un ejemplo de ello (Toro Nazario 1939). Por otro lado, el juicio sobre la “psicología del suicida” no se ceñía a los nacionalistas. Para Marqués el afán de “autodestruirse” era un “signo de identidad” y, por lo tanto, una “mancha de plátano” imborrable compartido por nacionalistas, asimilistas, estadoístas o anexionistas. Los extremos resultaban ser “almas puertorriqueñas gemelas” con la diferencia de que el nacionalista “muere de un modo violento” y el anexionista “es un muerto en vida” o un virtual un zombi (Marqués 1977 p. 165) condenado por el hecho de que siempre será lo que no puede dejar de ser: puertorriqueño (Marqués 1977 p. 66).

Una lectura cuidadosa de sus apuntes indica que lo que le molestaba de los nacionalistas era su ineficacia, lo cual lo llevó a decir que no eran “verdaderos revolucionarios” y que su lucha, en lugar de dificultar, había allanado el camino a las llamadas reformas de 1950 y 1952 (Marqués 1977 p. 31-32 y 163, nota 19). De acuerdo con la profesora Brunilda Marqués, su hija, en conversación digital reciente, la intención de su padre era provocar lo cual, sin duda, consiguió. Su empatía por Albizu Campos y el nacionalismo era manifiesta. Un testimonio del poeta Wenceslao Serra Deliz, quien siendo universitario y militante trabajó con Marqués en la División de Educación a la Comunidad servirá para aclarar el asunto. El poeta relataba que estando en “El patio de Sam”, con Pedro Juan Soto y Emilio Díaz Valcárcel como testigos, Marqués confrontó a un funcionario del Departamento de Estado que había afirmado que la Insurrección Nacionalista del 1950 había sido un acto de venganza de Albizu Campos “por el prejuicio racial que sufrió en los Estados Unidos” en su juventud. Aclaro que aquella era la versión oficial de la rebeldía albizuista del Buró Federal de Investigaciones según obra en un informe preliminar de 1936 en los archivos de la agencia. Serra Deliz afirmaba que aquella había sido la “primera ocasión que lo vi discutir con más pasión y vehemencia” y que “literalmente barrió el piso” con el funcionario (Serra Deliz 2011 p. 257). La admiración de Marqués por Albizu Campos no contradecía el desaliento ante su incapacidad de completar el sueño liberal.

La frustración con el independentismo, sin embargo, no era un engendro de los 1950 y los 1960. Más bien parece una nota común en la historia político-cultural moderna de los siglos 19 y 20. Recuerda la “borrachera completa” de “todo un pueblo (…) celebrando las libertades que cree tener y no tiene” y acaba por parecer “una reunión de dementes, bailando sin música”, que Ramón R. Betances Alacán atribuía a los liberales en una carta a Hostos Bonilla en 1871. (Ojeda y Estrade 2013 p. 145-146). Posee un tono análogo al que Betances Alacán adoptaba cuando recordaba la derrotada Insurrección de Lares en su correspondencia con los amigos de las armas (Cancel Sepúlveda 2019). Corresponde al tono de una carta de Salvador Brau Asencio a Lola Rodríguez de Tió fechada en 1889 cuando le decía que en Puerto Rico: “no salimos del ojalaterismo que condena la conquista, sin ver que somos su producto (…) que maldice a España y ofrece la última gota para castigar a los rifleños y hace a compás de La Borinqueña… (…) No lo sé; quisiera salir de aquí. Me ahogo en tanta miseria” (CMAT 1ro diciembre 1889). El concepto “ojalaterismo” se refería a la fe inocente en el “ojalá” con que los puertorriqueños tomaban las promesas liberales de España y, en cierto modo, traducía la idea de la docilidad. La frustración de Marqués no era una novedad sino más bien una tendencia.

Un callejón sin salida visible

Marqués, como ya se ha indicado, evaluaba la “circunstancia” de Puerto Rico en la década de 1950 como un entrampamiento o un callejón sin salida. Las razones eran políticas y culturales: la oposición entre norteamericanismo versus puertorriqueñismo era irreconciliable. Dado que, desde su punto de vista, la identidad no se elegía ni se cambiaba Puerto Rico no podía ser “puente” o “eslabón” entre culturas ni “fundirse armoniosamente” con el otro (Marqués 1977 p. 42) como proponía la retórica colonialista. El triunfalismo modernizador de Muñoz Marín y el Estado Libre Asociado, eran figuras engañosas. En el “Mensaje de un puertorriqueño a los escritores y artistas de Perú” de 1955, insistía en la falsedad de la “vitrina”. El “high standard of living” de los puertorriqueños era una “falacia” contradicha por la pobreza rampante. La industrialización por invitación que convirtió al país en un enclave industrial, mero “show-off” o alarde (Marqués 1977 p. 33). El tema de la identidad y la falsa modernización ha sido otro asunto debatible del siglo 20 en torno al cual Marqués se movía en medio de los extremos como si se tratara de un pensador de “centro” sin serlo y este caso no era la excepción. 

El tema la absorción o la asimilación como peligro o como oportunidad poseyó ciertas especificidades durante el siglo 20. El hecho de que en 1898 cambiara el otro -España abrió pasó, a Estados Unidos- es fundamental para entender el dilema planteado. Marqués lo veía como cualquier nacionalista esencialista: la identidad nacional era un producto maduro cuya condición podía ser puesta bajo amenaza por fuerzas externas como las del imperialismo y el colonialismo, pero resistiría. El pensador estaba muy lejos de la idea de la nacionalidad como una construcción histórico-social y discursiva contingente que se impuso después de los debates académicos de 1960 y 1970. Su actitud no difería de la de José Coll y Cuchí en El Nacionalismo en Puerto Rico (1923) quien afirmaba que éramos un territorio pequeño pero respetable, civilizado e inasimilable a pesar del dominio “por la fuerza de las armas” de Estados Unidos (Coll 1923 p. I-II). De igual manera, Albizu Campos en su “tesis política” de 1927, redactada cuando se disponía a viajar por el Caribe e Iberoamérica en busca de solidaridad con el caso de Puerto Rico, reconocía la imposibilidad de la estadidad sobre la base de que Puerto Rico era inasimilable (Albizu Campos 1978). Aquel fue un argumento que se repitió durante la campaña para las elecciones de 1932 y después de las mismas.

Desde la perspectiva de los estadounidenses la percepción era otra. Edward S. Wilson, funcionario colonial que veía la Ley Foraker de 1900 como una forma de “mentorado” o “supervisión” para la libertad, aceptaba que Puerto Rico era inasimilable. Sin embargo, no descartaba que hubiese un entendido o “happy medium” entre las partes. Por ello recomendaba un tipo de “asimilación benévola” que, a la larga, convergería en lo que llamaba “mutual assimilation” en la que las dos partes saldrían ganando (Wilson 1905 p. 127). En 1904 Leo Stanton Rowe en The United States and Porto Rico aceptaba que Puerto Rico era irremediablemente hispanoamericano y lo seguiría siendo por lo que descartaba cualquier posibilidad de asimilación fuese benévola o no (Rowe 1904 p. 142, 147). Los polos del debate sobre la asimilación por los observadores estadounidenses es un área de estudio que merece una revisión sistemática hace tiempo.

Marqués aceptaba que la identidad nacional era un producto terminado pero no descartaba que gozaba de cierta porosidad que invitaba a la hibridación, en especial cuando se trataba de la comunidad intelectual de la que formaba parte. Baste recordar su afirmación en el prólogo a Cuentos puertorriqueños de hoy (1959) de lo saludable que había sido el influjo de los estilos narrativos estadounidenses, en especial los de la Generación Perdida, en su promoción. Con ello tomaba distancia de cualquier interpretación chauvinista de la literatura nacional. Su tesis era que, dada la crisis de la narrativa española entre 1936 y 1946 en el marco del triunfo del franquismo, la nuestra tendía a desespañolizarse a la vez que sus creadores se volvían hacia América Hispana y, los “espíritus más alertas (…) se vuelven entonces hacia un campo asequible y virgen: la literatura norteamericana contemporánea” (Marqués 1977 p. 90). El hecho de que adjudicase a aquel fenómeno una parte de la responsabilidad en el nacimiento del “cuento moderno” nacional demuestra una flexibilidad ideológica única (Marqués 1977 p. 106). Discursivamente se situaba en el “centro” de los extremos a pesar de las convergencias que manifestaba con los aquellos.

Bibliografía 

Pedro Albizu Campos (1978) “Manuscrito recién descubierto de Pedro Albizu Campos”. Revista Review Interamericana 8.2: 331-361.

César Andreu Iglesias (1956) Los derrotados. México: Los presentes.

Casa Museo Aurelio Tió. Fondo: Familia Tió-Rodríguez. Serie: Lola Rodríguez de Tió. “Carta de Salvador Brau a Lola Rodríguez de Tió” (1º – Dic. – 1889) en Tomo 28 – 1894. Núm. 63.

José Coll y Cuchí (1922) El nacionalismo en Puerto Rico. San Juan: Partido Nacionalista. 

Juan Antonio Corretjer (1978) El líder de la desesperación. Guaynabo: Liga Socialista Puertorriqueña.

Enrique Laguerre (1972) La ceiba en el tiesto. Río Piedras: Cultural.

René Marqués (1977) El puertorriqueño dócil y otros ensayos 1953-1971. San Juan: Antillana.

—– (1987) Cuentos puertorriqueños de hoy. Río Piedras: Cultural.

Félix Ojeda Reyes y Paul Estrade (2013) Ramón Emeterio Betances. Obras completas. Vol. V. Escritos políticos. Correspondencia relativa a Puerto Rico. San Juan: Ediciones Puerto.

Antonio S. Pedreira (1968) Insularismo. San Juan: Edil.

Partido Nacionalista de Puerto Rico. Documentos. “Carta de José Monserrate Toro Nazario a Irma Solá, 31 de mayo de 1939”. Epigrafía, transcripción y edición del Dr. Rafael Andrés Escribano. CPR 324.27295 T686c. Colección Puertorriqueña. Universidad de Puerto Rico.

Wenceslao Serra Deliz (2011) “René Marqués o el gran teatro del mundo” en La memoria que no cesa. San Juan: Los Libros de la Iguana: 251-260.

Leo Stanton Rowe (1904) The United States and Porto Rico. With Special Reference to the Problems Arising Out of Our Contact with the Spanish-American Civilization. New York: Longman, Green, and Co.

Edward S. Wilson (1905 / 2005) Political Development of Porto Rico. San Juan: Ediciones Puerto.

Festival Internacional de Cine Fine Arts:  una pequeña muestra de su oferta

Por María Cristina/En Rojo

Del 3 al 13 de octubre, Caribbean Cinemas presentó su 7mo festival internacional de cine este año dedicado a la cineasta Sonia Fritz, autora/directora de una impresionante filmografía de documentales y largometrajes de ficción que han sido exhibidos y premiados tanto en Puerto Rico como internacionalmente. Su documental Los espejos del silencio (1989) ha sido incluido en la sección de Puerto Rico del Proyecto Iberoamericano de Arte, Museo, Archivos y Memoria. El Festival presentó más de 30 filmes en categorías de: apertura (el estreno del filme puertorriqueño Marcelo), clausura, opera prima, sección informática y oficial. Aparte de esto hubo siete cortometrajes locales y nueve internacionales. Como me suele suceder ahora que supuestamente soy dueña de mi tiempo por no tener un horario fijo de trabajo, estuve fuera de Puerto Rico y Vieques casi durante todo el Festival. Pero en mi viaje a Nueva York pude ver en el Quad Cinema el filme de Luxenburgo pero en verdad de Israel y Palestina, Tel Aviv on Fire y llegué a tiempo para la clausura con el maravilloso filme argentino, La Odisea de los Giles.

Tel Aviv on Fire, del director y guionista (junto a Dan Kleinman) palestino Sameh Zoabi, presenta una “comedia” con conflictos y normalidad en un Jerusalén amurallado, con puestos de control vigilados por el ejército israelí y un impedimento de movimiento que le subiría la fiebre a cualquiera. Pero dentro de esta aceptada normalidad (excepto cuando los habitantes de Gaza eligen hacer respetar sus derechos humanos) se crean otros espacios de cordialidad. En este caso es la producción de una telenovela tan famosa que tanto israelíes como palestinos no se la pierden. Salam Abbass (Kais Nashif) es sobrino del productor de la novela y, aunque no ha tenido experiencia previa, logra un trabajito haciendo de todo un poco hasta sugerir algunas líneas en el guion de la novela. Salam vive en Jerusalén, pero la novela se filma en Ramallah y cada vez que regresa a su casa tiene que pasar por el puesto de control israelí. Para hacerse más importante le informa al Capitán Assi Tzur que él es el guionista principal de la telenovela. Tzur conoce la historia porque su esposa, Maisa, no puede ser interrumpida cuando llega su hora y él tiene que oírla, verla y después escuchar los comentarios de las mujeres que se reúnen en su casa. Ya que esta inspección es diaria, Salam y Assi establecen una relación de colaboración donde uno contribuye al diálogo pero con amenazas de tener que incluir historias irreales y el otro escribe mensajes codificados a la joven de quien está enamorado. Salam tratará de complacer—con su propia visión de la realidad—a Assi, Rachel (la exigente protagonista de la telenovela), su tío, lxs seguidores de la novela y asegurar su futuro como escritor principal. Todo esto con un humor inteligente y perspicaz. 

Los filmes anteriores de Sameh Zoabi (Man Without a Cell Phone y Under the Same Sun) buscan los puntos de convergencia entre palestinos e israelíes ya que comparten el mismo territorio, aunque el poder esté en un solo lado. Su mirada sigue siendo conflictiva ya que son precisamente los problemas políticos los que oprimen a una población con quien tiene mucho más en común de lo que el gobierno y la sociedad quieren admitir. 

 

La Odisea de los Giles del director y co-guionista argentino Sebastián Borensztein, basado en la novela La noche de Usina, reúne un excelente reparto de veteranos y jóvenes para darnos una comedia deliciosa con discursos político-históricos ya que la trama se centra en 2001, cuando se descubre la debacle económica causada por Carlos Menem y su claque, seguida por leyes económicas opresoras como “el corralito”, la decisión gubernamental de congelar todas las cuentas bancarias y no permitir el retiro de dólares. Pero esto a quien afectó fue al ciudadano común y no a los grandes empresarios que ya habían sido alertados. El grupo afectado en este caso, los Giles (y cuando vean el filme sabrán por qué el nombre en plural), y que decide tomar acción lo componen Ricardo Darín como Fermín Perlassi, el de la idea de revivir la economía de su pueblo haciendo una cooperativa agrícola, junto a Luis Brandoni como Antonio Fontana, el anarquista Bakunino; Daniel Aráoz como Belaúnde, el Peronista radical; el exsoldado Medina (Carlos Belloso); los hermanos Gómez (Ale Gigena y Guillermo Jacubowicz); la empresaria Carmen (Rita Cortese) y su hijo rebelde Hernán (Marco Caponi). A estos se añade Rodrigo (Chino Darín), hijo de Fermín, quien ha tenido que dejar sus estudios para ayudar en el negocio casi quebrado de la familia. La persona que inspira a todos a la acción es Lidia Perlassi interpretada fabulosamente por Verónica Llinás.

Es precisamente el tono familiar y la cotidianidad lo que hace a este filme tan cercano. Aún el proyecto de la cooperativa no es algo lejano, sino todo lo contrario, muy posible dentro de las necesidades de la comunidad. Además, es una manera de separarse de las complicaciones e imposiciones del gobierno central argentino. Pero dentro de la seriedad de establecer un negocio que significa riesgos pero que trae unidad y esperanza, está el diario vivir expresado aquí con un diálogo exquisito para cada uno de los memorables personajes. Ricardo Darín puede ser el iniciador del proyecto y narrador del cuento, pero cada uno y una tiene espacios para expresar sus intereses, ser cuestionados, cambiar estrategias y formas de pensar—para resolver el problema del momento—y actuar de acuerdo a sus creencias. Los referentes a la historia argentina son más que claros: la dictadura militar con su persecución y destrucción, la guerra de las Malvinas y la experiencia del soldado común, el retorno de la “democracia” con la elección de Alfonsín, el surgimiento de un poderoso (pero con Menem, corrupto) Peronismo y, por supuesto, la corrupción y caída de los gobernantes del 2001 en adelante. No sé si se puede conseguir, pero ver el filme de 1983 de Héctor Olivera, No habrá más penas ni olvidos con Federico Luppi, daría un anticipo hermoso a Odisea de los Giles.

Del carpeteo virtual

 

Por Vanessa Vilches Norat / Especial para En Rojo

Quizás, la escena más ominosa de Snowden, la película de Oliver Stone (2016) que narra la historia del consultor tecnológico de la Agencia de Seguridad Nacional de EEUU, es cuando el protagonista acerca su cara a la pantalla de su computadora y se queda mirando la cámara. La luz verde del diminuto círculo está prendida y su expresión de sorpresa confirma la conciencia de que lo están grabando. Edward evidencia, en la película, que aun él, empleado de la NSA en programas de recopilación clandestina de información en ese momento, ha naturalizado los usos de la tecnología en su cotidianidad. El resto de la historia lo conocemos: Edward Snowden decide hacer público en los periódicos The Guardian y The Washington Post documentos confidenciales sobre varios programas de vigilancia masiva de la NSA, como PRISM y XKeyscore, lo que le costará la acusación de espía de los EEUU. 

Dudo mucho que ese experto computacional que es Edward Snowden haya sido inconsciente de los usos estatales de la tecnología. Parece más bien que la escena que refiero la utilizó Stone para dramatizar el empleo de la Internet, particularmente las prácticas de vigilancia del Estado. Recuerdo que entonces, azotada por la angustia, una vez llegué del cine, corrí a tapar con una curita la cámara de mi computadora.

 Hay quienes prefieren situarse en este debate desde el descuido de los internautas y argumentan que es irresponsable quien no entienda la expectativa razonable de intimidad de los nuevos medios de comunicación. Así despachan la obligación del Estado de proteger los derechos civiles y constitucionales de sus ciudadanos y responsabilizan al usuario de las redes por la exposición de su intimidad. La culpa la tiene usted por usar Facebook, señalan, amparados en la lógica neoliberal del consumo, pues usted tendría la opción de no usar las redes si así lo quisiera. Como si en este momento histórico pudiésemos eludir las redes de comunicación, como si se pudiese participar parcialmente en la Internet. 

La noticia de que el Departamento de Justicia registró las cuentas de tres medios periodísticos estudiantiles, Diálogo, Pulso Estudiantil y Centro de Comunicación Estudiantil demuestra la vulnerabilidad de los ciudadanos y los estudiantes puertorriqueños ante los procesos de vigilancia estatal. No basta una curita, los tiempos del carpeteo no han concluido. Ahora la recopilación es de información almacenada electrónicamente. Como parte de un pleito judicial contra estudiantes de la Universidad de Puerto Rico, el 5 de mayo de 2017 el juez Rafael Jiménez expidió la orden Judicial solicitada por el fiscal Eugenio Martínez Rodríguez de la Unidad Investigativa de Crímenes Cibernéticos del Departamento de Justicia para que la compañía Facebook entregara toda la información en las cuentas de las tres organizaciones de prensa estudiantil para el periodo entre el 26 y el 28 de abril de 2017. Facebook entregó miles de documentos de sus usuarios con una facilidad pasmosa; los datos son mercancía, recordemos. Estamos hablando de toda la información de las cuentas de los medios, de sus suscriptores y de los miles de usuarios que siguieron a los tres medios de comunicación durante ese periodo. Lo que incluye direcciones de facturación, registro de facturas y pagos, números de teléfono, comentarios y conversaciones del chat, además de información variada sin relación alguna con la investigación que lleva a cabo el Departamento de Justicia. 

Como si fuera poco, ni Facebook ni el Departamento de Justicia de Puerto Rico notificaron a los medios periodísticos la solicitud ni la expedición de la orden de allanamiento y registro como corresponde. Denis Márquez Lebrón, representante por acumulación del PIP, que lleva varios años denunciando la vigilancia de estado y el esquema de persecución policial a la disidencia política, alertó a los miembros de Pulso Estudiantil. De hecho, Márquez Lebrón propuso la Resolución Conjunta 1545 para ordenar a la Comisión Cameral de Seguridad que investigue dichas políticas y prácticas de vigilancia. 

Las implicaciones de estas políticas de Estado son terribles para los medios de comunicación, los estudiantes y los ciudadanos. Si se entiende que, en aras de investigar posibles crímenes, el Estado tiene derecho a toda la información que aparece en las redes, sin importar la crasa violación de los derechos constitucionales de libre expresión, libertad de prensa, derecho a la intimidad y a la privacidad de la comunicación, el poder del Estado sobre la vida de los ciudadanos es atroz. Más que investigar hechos relacionados con “posibles crímenes”, estos mecanismos de recopilación de información parecen querer limitar y coaptar la participación ciudadana. No hablemos del interés de amedrentar y perseguir a los estudiantes, particularmente aquellos que trabajan en los medios noticiosos estudiantiles, llamados a investigar, informar y fiscalizar las medidas y acciones del gobierno. 

Irónicamente, las redes sociales fueron fundamentales en las jornadas #RickyRenuncia. El internet fue el soporte material que en gran medida permitió movilizar y organizar las manifestaciones multitudinarias de indignación del país ante los abusos del poder político y gubernamental. Como demostró el verano 2019, los perseguidos por el Estado son muy capaces de rebasar sus mecanismos de vigilancia, control y represión. La generación del #yonomedejo hará viral la noticia del carpeteo virtual, que no se tenga duda.

Poemas de Raúl Guadalupe de Jesús*

 

A mi Esther, gracias por dejarme ser parte de tu isla.

Haber llegado con tus truenos en los hombros

y un aroma de espuma que abre las ventanas 

con  ojos que no han parado de brindarme

la ternura  de una tempestad con ola de estrellas,

haber llegado y topar con un hombre 

hecho de huesos primarios, simples como el espectro 

de un día

y pararlo y decirle que el tiempo es una tibia sombra

acostada en la vereda de tu historia,

haber llegado en el momento más preciso de todos

a sacudir mi cuerpo de sabana con vestigios arcaicos

a sembrar una voz que solo ofrece luz a mis pasos,

a mis huesos,

a sembrar un olor vivo todas las mañanas

que  da la pauta, el beso que sabe la ruta de tu piel

de tu olor que despierta nuevos mundos

con el estallido del beso en tus labios de puerto

no antes encontrado,

haber llegado en una sola tempestad

con el tibio de huracán en tus manos

ofreciéndome el calor de estas islas que fundaste,

su olor a hierba fresca que remedas 

cuando a tu lado alivio mis cargas,

es tu cuerpo de huesos insulares

los que tejen ese fragmento de galaxia que exhibo a todos

como diciéndoles, miren el agua en el centro de mi sombra,

esa sombra pertenece a la que llegó de una galaxia escondida

con un manojo de libélulas en sus manos y en sus ojos

e invitó a este a este mortal simple  a su encuentro,

a una historia de llegar a tiempo

irrumpiendo en trozos al espacio

con su cuerpo de Melé de estirpes makandales

y sus manos curiosas sobre la topografía de mi cuerpo,

bordando un puerto oculto 

en algún rincón de una isla privada

donde te regalo  pan de rocío

recordando tu llegada 

para brindar con la miel que exhalamos 

bebiendo sorbo a sorbo

con tempestad de haber llegado,

la sombra que inhalan nuestros cuerpos … 

(2015)

1.

Esos nombres en la orilla

llegaron  sin musitar aire

con ojos de silencios contenidos

con garfios de huellas

nacidos de una barca

donde Caronte sembró su muerte horizontal,

su galaxia donde los muertos mandan,

allí  el encuentro su flor silba

y los rostros de  agua de azucenas

reaparecen desbordando la sintaxis

olvidando los acentos impuestos

para el supremo valor del hombre

sobre los pliegues de la tierra.

2.

Esos cuerpos en la orilla

cedieron su sangre a los montes,

a los ríos  y a su agua de espejos

como la mirada de Bagua

que posa en sus manos los ojos,

los contornos de la muerte

de semilla de sangre

donde la rotación de unos signos

de unos cuerpos tendidos en la plaza

con huesos de estampidas

con su okapis sobre el cielo,

sobre el índice tremebundo

de una palabra,

en la corteza entre la vigilia y el sueño.

3.

a Heriberto Marín

Hubo un encuentro donde el abrazo 

al corazón interroga,

Griselio, tierno heraldo

que pulsó alfileres

a la esfinge

para que la palabra tendiera sus significados

sobre cuatro kilómetros de a pie,

volverse y ver el abrazo que interroga al corazón,

sumergir sus pies en el riachuelo

ósmosis de la energía de la tierra,

del sol y sus vientos,

irse y volver, y en el volver

el abrazo del rubio por si no nos volvemos

a ver, de Griselio. 

4.

Una gota sobre el centro del cuerpo 

desciende para besar las llamas

esas que ya hacen sus honduras

sobre la piel que ha trasnochado

los primeros pasos de las lejanas sombras,

hay un tono que sube de la tierra

y hace nido en los huesos,

un Bautista sabe de las decapitaciones

que vale su palabra,

preñada de agua

para abrir nuevas venas al ingenio,

la mirada empañada

desviste los labios

y escurre sus neblinas

en un rocío de sangre

que deja su fantasma eterno en la pared. 

5

Cruzar el río con los zapatos al hombro

como resolver el crucigrama 

de la palabra alucinada de la madre

que ha dejado sus fragmentos de escombros

en el aire;

haber sentido del agua más que su pureza

sino su lado inefable,

trazar camino con la conciencia 

de que los pies nunca olvidaran

al riachuelo de donde se adquiere el primer sosiego,

y la primera palabra que surge como relieve al oído

y desde ahí comenzar a diseñar la cartografía del miedo

para entonces entender el movimiento de los dedos

y su inconmensurable vestido de mercurio.

(El libro de Pedro, inédito)

Guadalupe es poeta, historiador y ensayista. En la Universidad de Puerto Rico obtuvo un Bachillerato en Sociología y una Maestría en Historia de América Latina y el Caribe. En University of Texas at Austin, estudió un doctorado en Literatura Hispanoamericana. Ha cursado, además, estudios graduados en Teología y Religión del Seminario Evangélico de Puerto Rico. Tiene a su haber dos poemarios: El tierno vidrio de la noche (2006) y Alfileres del ingenio (2010); un libro de historia sobre el movimiento obrero, Sindicalismo y lucha política: Apuntes para la historia del movimiento obrero puertorriqueño (2010); y un libro de ensayos sobre el Caribe, El evangelio de Makandal y los hacedores de lluvia: Ensayos de Literatura, Historia y Política del Caribe (2015).