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Regalos inesperados

 

En la carrera hay momentos oscuros. Ya lo he dicho. Sin embargo hay hitos de descanso y ánimo que suelen aparecer sin aviso. A un cuarto de ingreso de tres de pronto fue necesario traer temporalmente una cama más y resulta que no nos trajeron una paciente: nos trajeron una fuerza de la naturaleza.

Desde que entró fue como si hasta el aire inmóvil le entrara un no sé qué de atareado y feliz. Se llenó de olor a café y manzanilla y de la voz potente de… llamémosla Irene, que le pega.

Irene corre desde el año pasado. Con pasos masivos que atruenan el piso y no solo por su estatura tremenda: ella sabe correr. Ha sido cuidadora y apoyo en otras maratones y tiene un arsenal de trucos para una carrera larga y efectiva.

A menudo se corre sin saber. Nadie estudia o investiga antes de algo así: ¿quién piensa que va a tener cáncer? Pallá pallá, solavaya. Es tabú. Si no lo pienso no existe
y si no existe no pasa y de pronto te quedas como en la fábula del viaje a París, preguntándote qué vas a hacer con esa cosa y todo lo que lleva.

Existen manuales. Muy buenos y explicativos. De los cuidados, dietas, síntomas, terapias, plazos. Todo perfecto y producto de serias investigaciones. Pero no todo el mundo es este ratón de biblioteca que se los lee como novelas. No siempre hay cabeza para tragarse un manual en medio de esta tormenta.

Y ahí viene Irene, que en modo condensado y bien salpicadito de chistes y anécdotas, te cuenta todo eso y te da la vuelta de un lado y del otro. Te saca del toallero las dudas llenas de humedad y las ventila. Te comparte sus métodos para el mal sabor, el insomnio, la tristeza de las tardes y la flojera postquimio. Chancea con las enfermeras a las que conoce de muchos ingresos. Y mientras te recuerda que la carrera no ha terminado y que tienes fuerza para eso y más.

Luego, después de una tarde, una noche y una mañana, gozando todas a la luz de su optimismo práctico, vuelve al cuarto que ya está listo, mientras yo duermo, y me deja en la mesa un platanito de su patio.

«Extrañamos a Irene» dice una de las pacientes hace unos minutos. Y las tres suspiramos y nos sonreímos. Preguntándonos si realmente ella pasó por aquí y por qué el cuarto huele a café fresco y manzanilla.

Lección de etimología

Ana Maria Fuster Lavin

 

«Larva en latín significa fantasma, espectro; palabra muy utilizada en el ocultismo medieval…», explica la profesora. Raquel asiente, levanta la mano y dice en voz alta “por eso es que necesito un exorcismus, estoy llena de…”. Interrumpe su alocución porque la profesora la ignora y prosigue impartiendo su clase sin escucharla: «¿Recuerdan que estudiamos el término exorcismo del griego  έξορκισμός (exorkismós)?, en un curso anterior le comentaba a una de mis más recordadas estudiantes, Raquelita, que necesitaría algún día un έξορκιστής (exorcista), para liberar los tres mil seres multilingües milenarios que la poseían». Los compañeros ríen, la profesora se seca una lágrima recordando a la estudiante más brillante que ha tenido. Al otro lado de la ventana ve caer el granizo, no es usual en San Juan, pero aquel último día que ella estuvo en su aula también granizó.

“¡Estoy aquí! Nunca falto a clases, profesora. ¿Está senilis o será su cinismo usual? Claro, cinismo viene del griego  κυνισμός, o cynosargo, que significa perro…”, se grita para sí misma. Le pica el cuerpo. Solicita ir al baño, pero la profesora no le contesta, tampoco le importa. Sencillamente se levanta y sale del aula, cosa que jamás se hubiese atrevido bajo otras circunstancias. En la escuela siempre recibió sus medallitas de buena conducta, en la universidad los catedráticos alaban sus buenos modales y disciplina. Aunque últimamente no la han procurado para nada. Todos se han puesto de acuerdo para no escucharla. Al principio le mortificaba que a la docente que siempre la destacó como la estudiante más prominente, e incluso fue su asistente de cátedra, ahora la invisibiliza. En especial desde aquel día, intenta recordar, pero paulatinamente le cuesta recordar en detalle. Mira la ventana, sigue granizando, como aquel día. No ha parado. Intenta escuchar más allá de las voces presentes, y sí… Persiste ese pitido y los pequeños bisbiseos. Tiene demasiados susurros recorriendo su cuerpo, que la impiden concentrarse. Pequeñas interferencias que carroñean  sus recuerdos. Su carne.

 Siente un extraño zigzagueo en la garganta. Intenta gritar, pero se muerde la lengua. Corre por los pasillos. Hasta impregnarse de pequeñas esperanzas que recorren sus entrañas. Ahora se siente pletórica, jubilosa…, a pesar de comenzar a recordar que su novio la había recriminado otra vez que especializarse en etimología es inútil y su obsesión por aprender idiomas, ridícula. Pasa frente a los baños del gimnasio, justo donde él se enojó con ella, al mostrarle la prueba de embarazo positiva: «Serías una madre horrible. No voy a ser padre sin graduarme. No me obligarás. Espero que aprendas tu lección, eres una pendeja nerda». Raquel no recordó más. Él la golpeó y pateó mientras vociferaba hasta que ella colapsó. El granizo…

¡Sí, señor agente, yo la maté! ¡Raquel me provocó! No pensé… me quería achacar su embarazo. Mi mente se nubló. 

Finalmente, ella despertó confundida. “¿Qué les dices Eugenio? ¡Estoy bien! ¡Mírame! Eres un bestia macharrán. Solo necesitas terapia, pero estoy viva. ¡Viva, aunque te joda! ¡Y voy a tener el bebé y me graduaré, pendejo!” Observó desconsolada mientras los agentes de la Policía se lo llevaban, y él les confesaba bajo juramento su delito e incrédula ante las autoridades que siquiera la interrogaron ni se preocuparon por su estado de salud. Para terminar de fastidiar su situación, desde ese día sus compañeros comenzaron a actuar como si no la vieran. La invisibilizaron. Todas, todos. Raquel lo sigue atribuyendo a lo popular que era Eugenio en la universidad y, por su culpa, ahora él está en la cárcel. 

“Él, Eugenio Santaella Toro, ¡en la cárcel!, porque la mojigata de su noviecita quiso ser mamá. Maldita ridícula, intentó ponerle un grillete umbilical…”.

 De seguro eso es lo que piensan ellos y ellas, sus amiguitos solidarios que se pasaban buleándome y criticándome por ser la mejor estudiante o porque era poquita cosa para él, y muchos se me acercaban para ganarse la amistad de Eugenio. Ahora, convenientemente, los que quedan de ellos hacen como si no me vieran; incluso, la profe de lingüística y etimologías… La administración por lo que está preocupada es por los cinco o seis estudiantes, que desde el caso Raquel y Eugenio, como le llama la rectora, que han ido abandonando la facultad. A los profesores no les importa mucho, porque eran problemáticos y aseguran que no se dieron de baja, solo se fueron, para poder cobrar de la beca los meses que quedan del curso académico. Y yo… Solĭtas, solĭtātis y mi cuerpo ēsurientis, arde, repleto de pequeñas hambres. 

 Menos mal que este será el último, José Manuel alias “Papote, el averiguao”. El graciosito que choteó cuando me vio comprando la prueba de embarazo o cuando nos mangó teniendo sexo oral en el baño. Él debió ser el primero, pero lo deje para cuando estuviéramos en término. Sé que pronto romperé fuente… Escucho aún el granizo. Debe ser un récord mundial en el trópico.

—“Posible asesino serial en la Universidad.  Escena dantesca en antiguo almacén de la Universidad… Hallan fragmentos de la osamenta, genitales e intestinos del joven José Manuel Padilla, identificado por las pruebas de ADN y placas dentales. Se cree que entre los escombros y cajas pueda encontrarse los huesos de otros cinco estudiantes desaparecidos en los últimos siete meses, desde la muerte de la estudiante Raquel Figueroa a manos de su pareja, quien ahora permanece en la Cárcel regional de Bayamón…”. —la profesora de etimología, apaga la aplicación de radio en su celular y termina de poner sus libros y objetos personales en una caja. —Definitivamente le hago caso a mi siquiatra y me internaré unos días. Es que veo a Raquel por los pasillos, en mi salón de clases, la escucho, veo su vientre cada vez más grande, he visto sangre en sus labios, pero nadie más la ve… ¡¿Cómo la van a ver?! Raquel está muerta. —la mujer entra a la oficina de la rectora y entrega temblorosa su carta de renuncia a la secretaria.

“¡Me ve! Sabía que tras su conducta, en apariencia prepotente, es muy sensible y me quiere. Y de muchas formas… Espero que le vaya bien en la vida, que encuentre la ayuda que necesita. Nunca me la hubiese comido. Es mi profesora favorita. Ahora mi único problema es que no tuve tiempo de devorarme completo a Papote. Además, sabía malo, el cabrón. Menos mal no me han mencionado como sospechosa. Mis hijas no han nacido todavía, y no sobrevivirían demasiado tiempo sin mí”. Raquel lame sus ensangrentadas manos, mientras termina de picar en trozos el cuerpo de otro joven que va colocando en un saco del gimnasio.  El granizo… del latín granum, grano, semilla.   

En realidad no le importa tanto. Si los demás la ignoran, mejor. No los necesita. Siente una inmensa felicidad que recorre entusiasmada su cuerpo. En realidad todos los que le hicieron daño están muertos… “Cómo podían ser tan malas personas y su carne tan sabrosa. Como, más bien devoro, semillas para mis hijas”. 

“Antropofagia, del griego νθρωποφαγία, sigo siendo la más dura en la lección de etimología…  La profe puede verme. ¡Y estoy viva! Mejor dicho…, ¡Estamos vivas!” Entra al baño. Frente al espejo, suspira: “¡Hola, hijas mías!”, quitándose su capucha y desabotonando su camisa y pegando un pedazo del cuerpo del compañero. Sonríe a las larvas que devoran su piel y carne. Se mira los muslos. Ha roto fuente. Un manantial cristalino libera cientos de sus amadas divinidades infernales, así las denominaban los etruscos. “Mis pequeñas lāruam, miren, soy su madre. ¡Soy mamá!” Raquel observa orgullosa a sus cientos de hijas, mientras repasa mentalmente sus lecciones de etimología. Se siente pletórica. Mira la ventana. Ha dejado de granizar.

“¡Aliméntense bien mis niñas! ¡Las amo! ¡Soy una gran mamá! No son simples carroñeras. Nos toca mudarnos. Después de terminar con este cuerpo no quedará comida aquí, ni en mí. Pronto crecerán, volarán libres y no serán fantasmas como los demás, sino pequeñas caníbales como su mamá. No me olviden”.

 

Ana María Fuster Lavín

Terapia

[confesiones no juramentadas]

inédito

Haciendo camino al andar: Una Entrevista a José E. López, Director Ejecutivo del Centro Cultural Puertorriqueño

 

Por Margaret Power

 

CLARIDAD, el periódico del movimiento independentista puertorriqueño,
rendirá homenaje  al Centro Cultural Puertorriqueño Juan Antonio
Corretjer, con sede en Chicago, y a su director, José E. López, entre otros,
durante su festival anual. En un mensaje dirigido a López, el comité editorial del
periódico le expresó lo siguiente:

“Para CLARIDAD, el Centro y su fundador y líder, nuestro querido compañero José López
Rivera, se cuentan entre nuestros amigos y aliados más fieles. Su incansable labor en
defensa de los derechos y valores de la comunidad puertorriqueña allá, así como su
extraordinaria colaboración con nuestro periódico y con las luchas de nuestro pueblo, les
hace merecedores del más profundo respeto y agradecimiento de quienes reconocemos a
todos los puertorriqueños como hijas e hijos de una misma nación, sin importar dónde se
encuentren.”

El Centro Cultural Puertorriqueño fue fundado en 1973, en el contexto del
Levantamiento de Division Street de 1966, la primera rebelión urbana de la
diáspora puertorriqueña en Estados Unidos. Desde sus inicios, la organización
ha desarrollado más de cuarenta programas de base y múltiples iniciativas de
desarrollo comunitario que han respondido a las necesidades condiciones,
sanitarias, económicas, de vivienda habitacionales y sociales de los
puertorriqueños locales y otras poblaciones marginadas.

Entre estos programas se incluyen: de cuido infantil bilingüe, de educación y
empoderamiento LGBTQ+, de liderazgo juvenil y empleo, prevención de
diabetes y obesidad huertos en azoteas y distribución de productos
frescos, apoyo a microempresas comunitarias y viviendas accesibles, un
periódico comunitario,  y eventos anuales de gran alcance como el Desfile del
Pueblo Puertorriqueño y Fiesta Boricua.

A lo largo de sus más de cincuenta años de historia, el PRCC ha defendido el
derecho inalienable del pueblo puertorriqueño a la independencia y la
autodeterminación, y ha desempeñado un papel clave en las luchas por la
liberación de varias generaciones de prisioneros políticos y prisioneros
de guerra puertorriqueños, además de participar en múltiples campañas
anticoloniales. La organización también ha cultivado la solidaridad con otros
pueblos colonizados y racializados, fortaleciendo vínculos a través de la
diáspora puertorriqueña y el archipiélago puertorriqueño.

Mediante estos esfuerzos locales, diaspóricos y transnacionales, el PRCC ha
dado vida al principio ético de Consuelo Lee Corretjer: “Vive y ayuda a vivir.”

En reconocimiento al homenaje que le otorga el periódico CLARIDAD, el
sociólogo Michael Rodríguez -Muñiz y la historiadora Margaret Power,
—miembros de la Junta Directiva del PRCC y codirectores de su proyecto de
archivo Digitizing the Barrio,— realizaron una entrevista a José E. López sobre los orígenes del Centro, su visión anticolonial, y las aspiraciones futuras de la
organización. A continuación, se presenta una versión condensada y editada
de dicha entrevista.

Margaret Power: ¿Quiénes participaron en la fundación del Centro
Cultural Puertorriqueño en 1973?

José E. López: Hubo varias personas involucradas. Uno de ellos fue mi
hermano, Oscar. Otro fue “El Viejo”, el reverendo José Torres, de la First
Congregational Church, así como otros ministros de iglesias luteranas y
presbiterianas. También participaron América “Mecca” Sorrentini y su difunto
esposo, el geógrafo James Blaut. Hubo una mujer de apellido Díaz, trabajadora
social, quien se retiró tempranamente del proceso. Mi exesposa, Myrna
Salgado, estuvo también involucrada, al igual que Alejandrina Torres, Kathy
Ortiz y Haydeé Beltrán, quien era estudiante en ese momento.

También hubo personas que apoyaron pero que no se integraron
completamente al Centro, como Carmen Valentín y Lucy Rodríguez. Recuerdo
a un maestro de apellido Burgos, y un brasileño llamado Antonio Dos Santos,
amigo cercano de Oscar y del reverendo Torres. Otros participantes eran
estudiantes en esa época, como Norma Reyes, Ricardo Jiménez y Martha
Rodríguez.

Michael Rodríguez Muñiz: ¿Cuándo comenzaron ustedes a reunirse y a
organizar lo que eventualmente se convirtió en el PRCC?

JL: Empezamos a analizar lo que ocurría en América Latina, especialmente en
relación con la teología de la liberación. Alrededor de 1968, muchos de
nosotros nos acercamos al trabajo de pensadores como: Camilo Torres
Restrepo en Colombia, a Gustavo Gutiérrez-Merino Díaz en Perú, y a Leonardo
Boff en Brasil. También estudiamos a Paulo Freire. Lucy Rodríguez, por
ejemplo, participaba en un grupo de mujeres llamado Católicas Revolucionarias
o algo parecido. Su familia pertenecía a la iglesia Saint Michael’s en Lincoln
Park (vecindario en Chicago).

Había muchas cosas ocurriendo. En paraleloo, había cambios importantes
dentro de las iglesias y seminarios, donde se debatían temas
importantessociales y políticos. Oscar estaba profundamente involucrado en
procesos de organización comunitaria. Todo esto nos llevó a preguntarnos:
“¿Qué estamos haciendo?” Había grandes necesidades en nuestra comunidad.

Oscar fue formado por Northwest Community Organization. Allí conoció a Shel
Trapp, un organizador comunitario blanco que había sido discípulo de
Saul Alinsky. Fue un gran organizador comunitario e influyó mucho en
Oscar. También conocimos a Florence Scala, legendaria organizadora
de la comunidad italiana en Chicago, quien era muy cercana a Oscar.
Estas personas y luchas,  —incluidas las del movimiento
afroamericano,o— se conectaban entre sí, compartiendo tácticas y
apoyo mutuo.

Inspirados por la teología de la liberación, fundamos nuestra escuela
secundaria bajo el principio de que no bastaba con diagnosticar problemas;
había que ofrecer soluciones inmediatas. Por eso nos propusimos construir instituciones paralelas que respondieran a las necesidades de la comunidadl
pueblo. Como en las zonas liberadas de El Salvador durante la guerra civil,
donde el FMLN (Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional) creó
estructuras alternativas, queríamos ofrecer servicios reales mientras
manteníamos viva la lucha política. También tomamos ejemplo del MIR
(Movimiento de Izquierda Revolucionaria) en Chile, que llegó a ocupar escuelas
durante el gobierno de Salvador Allende. Todo esto moldeó nuestra visión
organizativa.

MRM: ¿A qué atribuye usted la conciencia de enfocar específicamente en
las necesidades de la comunidad puertorriqueña?

JL: A los ataques sistemáticos contra los puertorriqueños por parte de la policía
de Chicago y del sistema educativo. Un estudio de 1971 sobre la deserción
escolar entre jóvenes puertorriqueños,  —en el cual participé, — reveló una
tasa alarmante de abandono del 70%, casi 72%. Esa realidad nos motivó a
actuar. Podíamos luchar por educación bilingüe, y lo hicimos, pero eso no
atendía las necesidades inmediatas que enfrentaban estos jóvenes.

Lo que más me marcó fue lo que muchos estudiantes expresaban: “Los
maestros me oyen, pero no me escuchan”. Esa frase sintetiza la desconexión
estructural entre el sistema escolar y nuestra juventud.

MP: ¿Cuáles fueron los problemas iniciales en la comunidad que
impulsaron la creación del PRCC?

JL: La educación se convirtió en el tema central, especialmente luego de mi
participación en ese estudio sobre deserción. Regresé a enseñar en mi antigua
escuela secundaria, Tuley High School, donde impartía un curso de historia
latinoamericana. A raíz de exigencias estudiantiles, incorporé la historia
puertorriqueña en el currículo.

Comencé a reunirme con estudiantes después de clase en Association House.
Paralelamente, un grupo de estudiantes en Lane Tech High School, quienes
formaban parte del ROTC, se negó a usar el uniforme y fueron expulsados.
Otro grupo fue expulsado de otra escuela secundaria. Un abogado local que
tenía una oficina en North Avenue comenzó a brindar asesoría legal gratuita a
estos jóvenes. Junto a él y a los estudiantes, fundamos la Escuela Secundaria
Pedro Albizu Campos.

Al abrir la escuela, evidenciamos que las necesidades iban mucho más allá de
lo académico: alimentación, vivienda, salud. Todo eso nos llevó a expandir la
misión y crear más iniciativas e instituciones comunitarias. Así nació
formalmente el Centro Cultural Puertorriqueño (PRCC).

MRM: ¿Cuáles eran los objetivos políticos generales en esa etapa inicial?
¿Cuándo la independencia de Puerto Rico se convirtió en un principio
fundamental?

JL: Desde el principio discutíamos temas de autodeterminación,
autorrealización y autosuficiencia. Estos conceptos estaban intrínsecamente
ligados a la creación de instituciones paralelas. Yo había estudiado historia
brasileña y me cautivaron los “quilombos”,  —sociedades de cimarrones
formadas por esclavos fugitivos e indígenas durante el periodo colonial.

Aquellos espacios representaban una práctica concreta de libertad frente a un
sistema opresor. Así concebimos el trabajo del PRCC: comunidades de
resistencia.

MP: ¿Cree que el legado del Partido Nacionalista en Chicago tuvo algún
papel en su formación política?

JL: Sí. Conocí a por lo menos dos personas que fueron miembros activos del
Partido Nacionalista. Uno de ellos, un hombre mayor que militó en los años 50,
se mantuvo en la clandestinidad por décadas. Recuerdo que reimprimió en
Chicago el libro de Laura Meneses sobre su esposo, Pedro Albizu Campos. Lo
conocí personalmente. Pasó tiempo tanto con Oscar como con otros líderes
comunitarios como Cha Cha Jiménez y Jaime Delgado. Lo interesante es que
influyó en todos nosotros, sin que lo supiéramos, y lo hizo de manera muy
discreta.

MP: ¿Qué nos puede decir sobre la Revuelta de Division Street de 1966 y
cómo impactó la política comunitaria?

JL: Ese evento reveló dramáticamente el conflicto entre la comunidad
puertorriqueña y el gobierno local. Fue impresionante ver cómo la gente se
organizó de forma orgánica. Como los edificios estaban conectados, las
personas subían por las escaleras traseras hasta los techos y desde allí
lanzaban objetos a la policía. Recuerdo que cerca de la intersección de las
calles Division y Leavitt, la policía llegó casi como un pelotón de fusilamiento,
tratando de disparar contra quienes estaban en los techos. Fue prácticamente
una guerra. Oscar, que estaba en Vietnam en ese momento, llamó por
coincidencia el primer día del levantamiento. Le dijimos que escuchara afuera,
y oyó los disparos.

MP: El PRCC ha sido blanco de represión política. ¿Cuándo se hicieron
conscientes usted y sus compañeros de la vigilancia por parte del FBI u
otras agencias?

JL: Desde temprano sabíamos del papel del FBI, especialmente por lo que
ocurría en Puerto Rico. Mi primera experiencia directa fue en 1972. Viajé a
Puerto Rico para investigar mi tesis sobre el nacionalismo puertorriqueño. Allí
me hospedé con Carmen Cancel, esposa del preso político Rafael Cancel
Miranda, y entablé contacto con líderes nacionalistas como Jacinto Pérez
Rivera, Julio Pinto Gandía y Blanca Canales.

En una asamblea del Partido Nacionalista dedicada a nuestra labor en
Chicago, éramos unas 30 o 40 personas, todas mayores. Ese evento atrajo la
atención del FBI. Al regresar, vinieron a mi apartamento cerca de la
intersección de las avenidas Damen y Augusta. Mostraron sus placas y
pidieron entrar. Les dije que no. Querían preguntarme sobre Juan Mari Brás.
Les respondí: “No tengo nada que decirles”. Cerré la puerta. Ese fue mi primer
encuentro directo con el FBI.

MP: ¿Cuáles fueron los mayores retos que enfrentaron en los primeros
años?

JL: Todos éramos voluntarios y teníamos otros trabajos. El gran reto era
sostenernos mientras hacíamos tanto trabajo. No solo organizábamos la escuela; también participábamos en múltiples luchas. Exigimos que la
compañía eléctrica ComEd contratara puertorriqueños. Participamos en el
conflicto en Tuley High School que llevó a la fundación de Roberto Clemente
High School. Marchamos contra el superintendente de escuelas. También
luchamos para abrir las puertas de la Universidad de Illinois y Northeastern
Illinois University a estudiantes latinos y puertorriqueños. Era un trabajo a
tiempo completo, sin descanso.

MP: La mayoría eran jóvenes y tenían una energía imparable. Ese era su
mundo.

JL: Exactamente. Era un compromiso 24/7.

MRM: Mirando más allá de los primeros años, ¿cuáles han sido los
cambios y las continuidades más importantes?

JL: Nuestra raíz comunitaria ha sido clave. Eso nos protegió en momentos de
represión. Por ejemplo, en 1979 organizamos la bienvenida a los presos
nacionalistas liberados por el presidente Jimmy Carter: Lolita Lebrón, Rafael
Cancel Miranda, Irving Flores, entre otros. Planeamos una caravana desde
Claremont Street hasta la iglesia First Congregational cerca de la intersección
de las calles Hamlin y Grand. Esperábamos 1,000 personas, pero al llegar a la
intersección de las calles Division y Western, la multitud era tan grande que el
vehículo avanzaba literalmente por el impulso del pueblo. El Chicago Sun-
Times publicó un editorial diciendo que ese acto evidenciaba el apoyo popular
al FALN.

MRM: ¿Qué lecciones ofrece esta historia de lucha a Puerto Rico y su
diáspora?

JL: Aprendí que muchas luchas anticoloniales fueron impulsadas por sus
respectivas diásporas. Irlanda no habría tenido movimiento independentista sin
su comunidad en Estados Unidos. Argelia, Vietnam, incluso el Caribe con
Frantz Fanon… Reconocimos que nuestra lucha en Chicago debía estar atada
a la de Puerto Rico.

En los últimos 50 años, hemos participado en todas las luchas clave: contra los
petroquímicos, contra las minas, por la salida de la Marina de Culebra y
Vieques, contra el gasoducto, en defensa de Villa Sin Miedo. También
enfrentamos la represión política, los encarcelamientos y los asesinatos
selectivos. Tras el huracán María, fuimos la primera comunidad puertorriqueña
en aterrizar un avión de ayuda en la Iisla, coordinando apoyo a cinco pueblos
directamente.

Todo esto demuestra que somos parte integral de la lucha anticolonial. La
diáspora puertorriqueña es clave para un Puerto Rico libre. Por eso seguimos
vinculando nuestras luchas locales a las del país. En los últimos 15 años,
hemos dedicado la Fiesta Boricua a un pueblo distinto de Puerto Rico,
fortaleciendo los lazos culturales y solidarios.

MRM: ¿Cuál es su visión sobre el futuro del movimiento independentista
puertorriqueño?

JL: El movimiento está en su mejor momento. Las elecciones recientes lo
demostraron. En el referéndum de 2024, la mayoría rechazó la estadidad.
Vemos una nueva generación que afirma su puertorriqueñidad con orgullo,
—músicos como Bad Bunny y artistas visuales lo proyectan con fuerza.

Nuestro compromiso con la solidaridad se extiende más allá de Puerto Rico.
Hemos dicho ¡presente! en las luchas de Palestina, Eritrea, Irán, con el
movimiento chicano-mexicano, con afroamericanos, con pueblos indígenas.
Creemos que un Puerto Rico autodeterminado, autorrealizado y autosuficiente
contribuirá a un mundo más justo. Como decía el Subcomandante Marcos, hay
“bolsones de resistencia” en todo el mundo enfrentando al imperio del dinero.
Nosotros somos uno de esos bolsones.

MRM: CLARIDAD, el periódico histórico del independentismo
puertorriqueño, los homenajeará en su festival anual. ¿Qué representa
esto para usted?

JL: Es un honor inmenso. Que CLARIDAD reconozca nuestro trabajo en el
marco de su 50º aniversario es profundamente significativo. Hemos caminado
este trayecto juntos. Ha sido un privilegio compartir esta lucha con tantas
personas que hacen de CLARIDAD una realidad viva. Como decía Antonio
Machado: “Se hace camino al andar.”

«Una apología a los perdidos: el rescate de un espíritu universitario»: ponencia a ser presentada en el Homenaje al profesor Mario Cancel

Mario Cancel Sepúlveda, de espaldas Rafael Acevedo. Foto Alina Luciano

 

Este es, sin lugar a dudas, el texto que más me ha costado comenzar. Más allá del detalle que puede resultar obvio –el homenaje es póstumo cuando debió haber sido en vida– el conflicto mayor realmente lo fue el identificar qué destacar, entre tanto trabajo académico y literario, de la obra de un profesor que dedicó su vida a las faenas intelectuales. Las aportaciones eruditas y creativas del profesor Cancel son vastas y algunos académicos podrían decir que, en su mayoría, estas transitan por los terrenos de la indefinición disciplinaria, “no so[n] de aquí ni so[n] de allá”, diría Cabral si hablara de una vida. Sin embargo, fue precisamente eso lo que me llevó a identificar cómo quería realizar este homenaje, pues, contrario a las voces más recalcitrantes que piden límites y fronteras para validar conocimientos como parte de sus saberes, esas áreas grises disciplinarias en el trabajo de Cancel son precisamente las que lo hicieron ser tanto “de aquí” como “de allá” y producir material valioso para estudiosos de diversas disciplinas. Ante este panorama, y reconociendo lo importante que fue en mi formación universitaria como educador y como intelectual, titulé mi ponencia “Una apología a los perdidos: el rescate del espíritu universitario”. Por eso de honrar, incluso desde la forma, esta ponencia estará dividida en tres actos: “La perdida”, “La apología” y “El universitario”. 

*** Acto I: La perdida 

Entré al departamento de Estudios Hispánicos en el 2007 porque juraba, desde el desconocimiento, que era una carrera que vincularía, como un hilo muy bien enhebrado, la literatura con la historia y, por supuesto, los saberes lingüísticos. Sin embargo, ya dentro de la carrera, descubrí que el enfoque era, sobre todo, la literatura y la lingüística hispánica. Yo lo que buscaba era un Lugar imaginario, que solo descubriría en mi tercer año de clases al entrar al salón de Historia de Puerto Rico I, dictada por el profesor Mario Cancel, a quien luego de ese encuentro, seguiría a cualquier otro curso que me invitara a matricularme porque sus clases se convirtieron en refugio para una estudiante que vagaba perdida por los muros que delimitaban la disciplinariedad que tanto ella deseaba “brincar”.  En su salón encontré la voz de quien desde el 1995 sostenía que “la actitud [de desdeñar el cruce entre disciplinas] raya en la porfía vulgar y en un extraño deseo subconsciente, tal vez, de levantar un muro entre las disciplinas por temor a la contaminación” (42). Fue en sus clases que logré atestiguar cómo se entrelazan todos los conocimientos que se aprenden en las distintas materias: la creación historiográfica, la literatura, las relaciones de poder político, social y la filosofía se conjugaban. 

*** Acto II: La apología 

Si en las clases con el profesor Cancel aprendí que cruzar las fronteras disciplinarias y “saltar” los límites que se tienden entre los sabres es una ruta posible, fue en sus libros donde lo constaté. Quien reconoce en la lectura, de textos literarios y no literarios, espacios para la conversación y el debate entre los conocimientos de quienes escriben y los que uno mismo ha adquirido entiende esto con claridad. En “Sobre historia y literatura: una visión en conjunto” Cancel establece que “Historia y literatura sin personas y sin personajes serían géneros vacíos, inexistentes, porque, es el ser humano quien construye su paso por el tiempo y le da sentido a la expresión de lo bello o único de su relación con la naturaleza. El profundo humanismo de ambos está por encima de las divisiones académicas” (52). No está nada de perdido quien ve, tanto en la literatura como en la historia y la filosofía, espacios intrínsecamente relacionados, sino que ha alcanzado ver que es a través del análisis y de los conocimientos que adquiere por medio de estos que puede realmente realizar un estudio profundo de lo que en ellas se propone. La estudiante perdida que fui, que caminaba por los pasillos del edificio Carlos Chardón retando las expectativas que se tenían de quienes estudiábamos “literatura”, agradece siempre esa primera clase de Historia de Puerto Rico con él. Allí reconoció al historiador que había escrito el libro Segundo Ruiz Belvis: el prócer y el ser humano que ella leyó en la biblioteca de su escuela superior –de la que él, casualmente, también era exalumno–. Y fue también en ese salón de clases en donde se encontró con el libro Puerto Rico: su transformación entre siglos y reconoció al leerlo que aquel historiador, que ahora le daba clases, vinculaba la literatura, desde los ensayos hasta la narrativa y la poesía, a su acercamiento sobre la historia de Puerto Rico a través de los tiempos. Para mí fue bálsamo, aunque no debió ser sorpresa porque, desde los noventa, ya Cancel afirmaba que “[…] a fin de cuentas, toda literatura es histórica en la medida en que refleja su tiempo y se hace en un contexto histórico-social determinado. Y toda literatura es fuente interpretativa para comprender un proceso fluido como el que ‘vivimos’” (55). Leer al país a partir de su literatura no es solo posible, sino necesario. Del mismo modo, leer la literatura contextualizada a los asuntos históricos que nos acontecen y nos han acontecido permite trazar otras vías de estudio que no tienen por qué limitarse al quiénes somos, al cómo somos ni al hacia dónde vamos de la generación del 30 que tanto asocian a estos enfoques. 

Por otro lado, ¿puede un estudiante del área oeste de la Isla aportar saberes y conocimientos? Nacer en el área oeste de la Isla, alejado de la capital, para algunos meca y centro del desarrollo cultural del país, y estar interesado en el estudio y la crítica de la literatura, es un reto. No obstante, el profesor Mario Cancel se convirtió en modelo: la meta no era llegar a ser cómo él, son zapatos difíciles de llenar, sino recorrer el camino que había ayudado a trazar y trabajar lo suficiente como para que lo que uno quisiera decir fuera escuchado. Esto, en sí mismo, también es un rescate del perdido. En el artículo “Este callado compromiso: la generación del ochenta y su poesía”, Cancel visibiliza la importancia de tomar en consideración aquellos lugares de enunciación que van más allá de la zona metropolitana. Afirma: “A mí me consta que en el siglo XIX las ciudades de Ponce y Mayagüez fueron dos eminentes centros de producción cultural. La capital, y esto me cuesta decirlo, era un sitio en donde se publicaban los periódicos oficiales y la prensa conservadora tenía una vasta y basta presencia. San Juan y su periferia eran signos de un orden que molestaba al colono consciente” (23). Este detalle se puede reconocer cuando quien escribe ha sido capaz de poner su mirada en producciones culturales que trascienden los espacios capitalinos: ¿contra qué piensan, analizan, crean, aquellos que solo son capaces de mirar sus propios espacios? En ese mismo artículo Cancel establece que “La imagen de una cultura que tiene su centro generador en la capital y que encuentra en ella su eje y modelo esencial, ha dificultado mucho la proyección de un conjunto generacional que no fue estrictamente capitalino” (27). Y aunque su artículo se enfoca en la generación del ochenta, vale la pena resaltar que su afirmación no tendría por qué limitarse a ella, el querer limitar tanto produce una miopía a tal nivel, que quien la padece no es capaz de reconocer que existe un mundo fuera de sus confines (espacio-temporales o académicos, da igual). 

Quien pretende leer más allá de los límites que le establece su disciplina reconoce la importancia que tiene el ver más allá de lo evidente. En “Anti-figuraciones: bocetos puertorriqueños”, Cancel sentencia que “Ya no se trata solo desde cuál tiempo se escribe y de cuál tiempo se escribe. Es también desde dónde se lee y qué tipo de lectura se hace del texto”. Los bagajes intelectuales y académicos, los espacios de enunciación y desarrollo también intervienen en el modo en que estudiamos y dialogamos con un texto. En “Sobre los estudios literarios: apuntes para un estudio” ya Mario Cancel comienza a plantear diversas preguntas que servirán como caminos alternativos, en sus palabras, “[…] las ideas ilustradas, románticas y positivistas conviven dentro de esa realidad y permean a los intelectuales de todo el mundo. ¿Cómo perciben nuestros autores ese orbe complejo?” (vi). Quien quiera comprender de manera amplia aquello que lee o estudia, logra gestar un acercamiento holístico si toma como guía ese planteamiento. No importa cuánto un escritor o escritora quiera alejarse de su realidad, “la historia es el camino para entender ese juego del pasado-presente-futuro que se le plantea como tema a los escritores” (xvii), y reconocerlo, al final de la partida, beneficia tanto al crítico literario como al historiador.

*** Acto III: Lugares imaginarios: el espíritu del universitario

Decido nombrar a este acto “Lugares imaginarios” con toda la intención: la bitácora del profesor Cancel llamada Lugares imaginarios, dedicada a la crítica literaria, fue uno de los espacios que más disfruté leer, aunque, confieso, fui asidua lectora de todas sus bitácoras. Lo llamo, también, lugares imaginarios porque en espacios académicos en donde reina la desconfianza ante todo lo que no sigue los modelos predeterminados de “x” o “y” saber –aun cuando se habla de la interdisciplinaridad–  el verdadero espíritu del universitario termina siendo relegado a una esquina, a un lugar imaginario que les sirve de nicho a quienes no ven problemas en especializarse en una disciplina mientras nutren sus trabajos con los sabres de otras. 

¿Están “los perdidos” realmente perdidos cuando intentan, con seriedad y rigor, construir nuevos saberes a partir de acercamientos interdisciplinarios? ¿No se supone que esa es la meta, en sí misma, de la Universidad? El profesor Mario Cancel encarnaba de manera muy certera el verdadero espíritu del universitario. En sus trabajos la filosofía, la literatura, la historia, la sociología y otros muchos más saberes convivían de manera dinámica. En “Sobre los estudios literarios: apuntes para un estudio” definió puntualmente lo que es un intelectual, y a mi parecer, lo que debería ser cualquier profesional que pasa por las aulas universitarias, pero, sobre todo, aquel que decide dedicarse a la cátedra universitaria: “En todo caso, el intelectual no es un ente pasivo que mira y ratifica. Es un ser activo que mediante la inteligencia enjuicia, y, amparado en la historia conocimiento, adopta posiciones en tono a la historia materia” (xix).  Además, en “Literatura y narrativa puertorriqueña: la literatura entre siglos”, refiriéndose a los escritores, traza las rutas que deberían seguirse. No obstante, me apropiaré de sus palabras para plantearlas dentro lo que, considero, debería ser realmente el espíritu que reine en la universidad:

[…]me parece que enajenarse de los focos de poder, no ya políticos sino culturales e intelectuales, es fundamental para que la independencia de la gente que escribe en Puerto Rico sea una realidad […] los escritores [pero, diría yo, los estudiantes y los profesores] tienen que ser transgresores primero que todo. Transgresores, incluso de la transgresión misma. No serlo sería adoptar una posición irresponsable en el sentido en que mi generación, la del 1980 de escritores, reaprendió el compromiso al paso de la debacle ideológica de cambio de siglo. Aceptar que la transgresión es inseparable del acto de escribir y escribir y vivir [y crear nuevos conocimientos, tengo que añadir yo] no son sino la misma cosa. (219)

Reitero, Mario Cancel encarna el espíritu del verdadero universitario, aquel que como él mismo señaló, reconoce que “las verdaderas armas de [las] que goza el ser humano para confrontar el mundo son la inteligencia y la razón en todas sus manifestaciones, y ese culto se merece el respeto de todos nosotros desde cualquier tiempo histórico en el que nos coloquemos” (xxi). 

Los perdidos, los que piensan más allá de las fronteras que sus ramas les han delimitado, los que reconocen en la universidad el espacio ideal para quienes tienen la intención de leer, pensar, cuestionar y luego repetir el proceso cuantas veces sea necesario, le debemos a Cancel su fuerza inagotable por producir, más allá de los límites que le establecieron, el hacer de la creación intelectual un campo fecundo al que se puede aportar sin importar el lugar de enunciación, y el estar siempre dispuesto a ser parte del quehacer intelectual de su país. Reconozco que tengo enormes problemas con esto de llamarle maestro a quienes admiramos. No necesariamente son maestros en el sentido más preciso de la palabra y no tendrían por qué serlo. Sin embargo, en esta ocasión debo decir, “gracias maestro porque sus disidencias abrieron camino, porque su creación académica e intelectual sirvió de modelo e inspiración, porque ya no está, pero sigue estando y somos muchos los que nos aseguraremos de que así sea”.  Al final del camino, no estamos tan perdidos nada, esta sí es la ruta a seguir. 

Referencias citadas: 

Cancel, Mario. Anti-figuraciones: bocetos puertorriqueños. Isla Negra, 2003.

—. «Este callado compromiso: La generación del ochenta en su poesía». El límite volcado, Isla Negra, 2000.

—. Literatura y narrativa puertorriqueña: la escritura entre siglos. Pasadizo, 2007.

—.  «Sobre historia y literatura: una visión en conjunto». Historia y literatura, Editorial Postdata, 1995, págs. 41-60.

—. «Sobre los estudios literarios: apuntes para un estudio». Estudios Literarios, San Germán UIA, 1995, págs. iv-xxv.

El archivo de los despojos: Sobre “El Maletín” en Rapiña Carroña (Días Cómics)

Especial para En Rojo

La antología gráfica Rapiña Carroña (Días Cómic, 2021) reúne e ilustra una variedad de narrativas y relatos históricos sobre el día a día en un siglo puertorriqueño, a manos de distintxs escritores, artistas e historiadores de la isla. Esta suma de narraciones, como sugiere su título, se tensan y sostienen con la metáfora de las aves de rapiña y de carroña, es decir, de agentes cazadores y necrófagos que se alimentan del hurto y, a su vez, de los despojos.

La antología incluye la viñeta “El Maletín”, escrita e ilustrada por Rosaura Rodríguez. En ella, la autora intenta rearticular la vida de un veterano puertorriqueño de Vietnam, a través de sus antiguas pertenencias y restos, en particular, un maletín que la propia Rosaura encontró tirado en una calle en el área metro. Si como apunta la filósofa María Zambrano las ruinas son los aspectos más vivientes de la historia, debido a que “solo vive históricamente lo que ha sobrevivido a su destrucción” (255), en estas breves notas, me interesa estudiar la antología, y más concretamente este cómic, como una suerte de “archivos de los despojos”, cuya definición abarca, por ejemplo, la pluralidad del despojo/ruina, tanto como la acción de extraer y de expoliar. Como archivo del despojo, “El Maletín”, por una parte, resalta, la naturaleza frágil del archivo, y,  por otra parte, la relevancia y el valor histórico de la literatura y la gráfica/ cómic como fuente documental y humana que ha encarado continuamente las prácticas carroñeras y rapiñeras de nuestra historia.

La antología

Rapiña Carroña comienza con un agradecimiento a sus lectores y a Puerto Rico por ser “una fuente infinita de alegría y de pesares” (9). A lo largo de esta obra multigenérica, a varias manos, el sello editorial Días Cómics (Rosaura Rodríguez y Omar Banuchi) ilustran sucesos históricos de los últimos 120 y tantos años en Puerto Rico: desde la militarización y la reforma colonial de la isla impuesta por Estados Unidos hasta la cobertura periodística, a modo de titulares, de la ubicua violencia contra la población, de ayer y hoy. Sin olvidar, la corrupción insular y federal, las prácticas buitres y, más recientemente, el rechazo civil contra las políticas de austeridad y pobreza impuesta. Este volumen, sincero y no menos tragicómico, incluye, también reflexiones existenciales, a la sazón millennial, antes, durante o después de un jangueo. 

Rapiña Carroña no está ordenada de manera cronológica y en su desorden, sospecho que intenta aunar, la posibilidad de un archivo, más que atesorado, vivido y sufrido colectivamente.

 

El Maletín 

El cómic nos remite a una comunidad suburbana en San Juan, donde la ilustradora solía vivir. Una tarde, mientras caminaba a su mascota, notó las pertenencias y los restos de quien vivió en una casa, ahora vacía. Entre las bolsas de basura y algunos escombros, salta a la vista un maletín. Dentro, una vida en fragmentos: “Parece que encontré un mapa de quién fue esa persona, dónde estuvo, dónde vivió y quizás cómo murió”. La pequeña maleta guardaba sus medicinas para la diabetes, fotos de su familia, de sus viajes y del barrio. Rastros, sin nombre, de quien fue: un hombre, veterano de Vietnam y boricua. “No veo qué piensa sobre la guerra, sobre servir a Estados Unidos”, anota Rosaura. “No me aparece ninguna pista de cómo sobrevivió y por qué regresó a Puerto Rico. No sé si vio gente morir” continúa el cómic. “No sé si tuvo que matar a alguien” (57). “El Maletín” procura entonces reimaginar la vida de esta vida hasta restituirle, al menos, un descanso.

 

Según el Departamento de Defensa de los Estados Unidos, 48 mil puertorriqueños fueron a la guerra de Vietnam; alrededor de 400 personas murieron y miles regresaron heridos. Otro estudio del Departamento de Psiquiatría de la Universidad de Yale, reveló que los soldados de origen boricua en la Guerra de Vietnam padecieron y (aún padecen) en mayor número y de forma más severa de estrés postraumático que contrapartes estadounidenses.

La literatura puertorriqueña ha registrado, largo y tendido, los golpes del coloniaje y sin duda, de la milicia. Por ejemplo, en la obra del poeta nuyorican, Pedro Pietri, se cuenta una y otra vez –lo que el estudioso José Quiroga ha llamado una épica al revés– la violencia y el saldo humano del imperialismo yanki, en especial, en los puertorriqueños. Pietri, veterano de Vietnam, le dedicó el poema “Para la madre de Ángel Luna”, a la memoria de su amigo que quiso desertar y no pudo, y cuyas últimas palabras, vueltas poema, fueron: “Si no regreso vivo, díganle a mi madre querida que me entierre/ En la tierra de Borinquén”. Luna nunca volvió a Nueva York, desconozco si sus restos regresaron a Puerto Rico. Pietri murió en el 2004, a sus 59 años, de cáncer, luego de estar expuesto, en la guerra, al agente naranja. 

  El acta Jones de 1917, nos recuerda Rapiña Carroña en otra viñeta,  ya había otorgado la ciudadanía estadounidense a los puertorriqueños. Enseguida, unos 20, mil puertorriqueños fueron activados y batallaron en la Primera Guerra Mundial. Pietri arguía, “they used to draft us from Puerto Rico. That ‘s the reason Puerto Ricans were made American citizens in the first place”. A partir de entonces, en todos los conflictos en los que se han visto envueltos los Estados Unidos, han estado presentes los puertorriqueños. Vietnam y este personaje anónimo de “El Maletín” pudo haber sido un soldado de carrera u otro llamado a dejar el cuerpo, en el servicio militar obligatorio –como Pedro Pietri o su amigo Ángel Luna–. Rosaura culmina “El Maletín”, recordándonos que “el colonizador no guarda nuestros nombres, nuestras fotos”, pues “se queda con nuestras tierras y sacrificio”. Extrañados (“extranjeros”) de nuestro cuerpo y nuestro país (58). 

En su polisemia, este denominado “archivo de despojos” que recoge Días Cómic aúna tanto el verbo despojar y su reflexivo despojarse, como el sustantivo, despojo. Así, pues, remite a la acción del robo (individual, institucional, sistémico o colonial); al ejercicio de hacerlo de manera voluntaria y, por último, a los residuos y las sobras, desde donde Rapiña Carroña arranca. 

 Esta columna propone que Rapiña Carroña continúa una tradición literaria, muchas veces testimonial y autorreflexiva que lucha contra la borradura histórica que nos acecha. Las ruinas y los despojos, sostiene María Zambrano, suponen “supervivencia, no ya de lo que fue, si no de lo que no alcanzó a ser” (255).  Esta obra gráfica y plural recupera nuestros restos y les vuelve relatos, les incorpora a nuestra historiografía y, por fin, hace de los escombros y despojos, nuestro archivo.

Ver el cómic completo: https://shorturl.at/hDHuW