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Crucigrama: Manuel Méndez Ballester

 

Vilma Soto Bermúdez / Especial para En Rojo

Manuel Méndez Ballester

Horizontales

2. Manuel Méndez _____; dramaturgo, novelista y actor puertorriqueño. Francisco Manrique Cabrera, Fernando Sierra Berdecía y él, organizaron un teatro rodante que llevaron a todo el país.

10. Caminar.

12. Rece.

13. Nave, embarcación.

15. Despreciable.

18. Arriba _____ mujeres; comedia satírica en tres actos de MMB.

19. _____; ciudad natal de MMB.

20. Carta de la baraja.

21. _____ de vidrio la mujer; farsa de MMB. Adaptación del relato de Cervantes “El curioso impertinente”.

22. Átomo con carga eléctrica.

24. Emperador ruso.

26. Bienvenido _____ Goyito; comedia satírica en tres actos y cuatro cuadros de MMB.

27. Cuerpo de agua dulce.

28. Se oscureció el cielo por nubes.

30. _____ y Julieta; tragedia de William Shakespeare.

33. _____ Juan; ciudad donde falleció MMB.

36. 4 de _____ de 1909; nacimiento de MMB.

37. _____ Méndez Ballester; autor de “El clamor de los surcos”, “Tiempo muerto”, “El misterio del castillo”, “El circo”, “La invasión” y “Es de vidrio la mujer”.

38. Pierde el equilibrio.

40. _____ cerrera; novela de MMB basada en la conquista de Puerto Rico.

42. Humo que se pega a las sartenes y otras vasijas que han estado al fuego.

43. _____ desamparo; drama de MMB estrenado bajo el título de “Nuestros días”. Reestrenado en 1949 con el nuevo título por la compañía española de María Fernanda Landrón de Guevara.

45. Tate, interjección.

46. Decimoséptima letra del alfabeto griego.

47. Siglas de guerrilla vasca.

48. Persona que fabrica o hace pozos, fem., pl.

53. Las turbias aguas _____ pasado; tragedia política puertorriqueña en cuatro actos de MMB.

54. Vocabulario obrero-patronal: Vocabulario de términos obrero-patronales de acuerdo con _____ legislación laboral vigente en Puerto Rico; fue escrito por MMB y publicado en 1962.

55. Los _____; comedia satírica en dos actos de MMB.

56. Negación.

Verticales

1. La _____; drama histórico de MMB.

2. Proyectil.

3. Símbolo del argón.

4. Artículo neutro.

5. Del verbo erar.

6. Conozco.

7. Tambores _____ el Caribe; drama de MMB.

8. Enrarecida.

9. El _____ del castillo; zarzuela de MMB con música de Arturo Somohano.

11. Doné.

14. Se dirige.

16. Tiempo _____; drama de MMB premiado por el Instituto de Literatura Puertorriqueña.

17. El _____ de los surcos; drama de MMB premiado por el Ateneo Puertorriqueño.

23. Organización de las Naciones Unidas, siglas.

25. Labré la tierra.

29. Ser suficiente y proporcionado para algo.

31. Manuel _____ Ballester; autor de “Isla cerrera”, “Arriba las mujeres”, “Este desamparo” y “Los cocorocos”. En 1981, fue elegido miembro de la Academia Puertorriqueña de la Lengua.

32. Parte superior ornamentada de una columna.

34. Bastante, suficiente.

35. Cada una de las últimas ramificaciones de los bronquiolos.

38. El _____; obra satírica de Méndez Ballester.

39. 23 de _____ de 2002; fallecimiento de MMB.

41. Perro o gato de razas mezcladas, fem.

44. Medio de transporte que circula sobre rieles.

48. Río de Italia.

49. Lengua provenzal.

50. Símbolo del erbio.

51. Antes de Cristo.

52. Preposición.

La canción en sus cabezas

 

Por Juan Forn

El fue Medalla de Ciencias en tercer grado. Ella fue Miss Preescolar en el colegio de enfrente. Cuando a ella la mandaban al mercado le decían “Cuidado con las gitanas” y ella un poco las temía y otro poco fantaseaba con la idea de que la robaran, de que se la llevaran. En el colegio de enfrente, él tenía montada una compraventa de cochecitos rellenos de plastilina; le faltaban los anillos en los dedos para ser el perfecto gitano en miniatura. Estaban llamados a cruzarse, y se cruzaron finalmente, a la salida de Tiempo de gitanos, en el viejo cine Arte, un sábado trasnoche. Los dos habían ido con documento falso porque los dos eran menores. Los dos estaban haciendo lo mismo, cuando se vieron, en esa vereda triangular de Diagonal que parece hecha por Roberto Arlt: estaban cantando por lo bajo “Ederlezi”, la antiquísima canción romaní que Kusturica puso en su película. Cada uno la tarareaba para sí cuando se vieron y un poco como en el libro de Emannuel Carrère, cuando la joven jueza lisiada por el cáncer entra por primera vez en la oficina del joven juez lisiado por el cáncer y él dice: “Nos reconocimos al instante”, así se reconocieron al instante ella y él, así se fueron por Diagonal, abrazados, tarareando “Ederlezi”, tratando de rearmar la melodía entre los dos.

Imaginen una canción que dura, no tres minutos, sino veinte o treinta años seguidos en nuestras cabezas. A veces la escuchamos, a veces creemos que no, pero sigue sonando en el fondo y algo en nosotros la escucha incluso cuando nosotros no. Los aborígenes australianos eran así. Los aborígenes australianos eran nómades. Sus movimientos eran cíclicos y estaban regidos por una canción ancestral, una canción que describía su trayecto y a la vez les decía por dónde ir. Así daban vueltas por Australia, a lo largo de sus vidas. La canción era su mapa y a la vez era su historia, era su geografía y su religión. “Ederlezi” era eso para el vendedor de coches de plastilina y Miss Preescolar. Bruce Chatwin contó la historia de los aborígenes australianos. Bruce Chatwin se pasó la vida escuchando esa canción en su cabeza, y por eso un día renunció a su trabajo de tasador de obras de arte en Sotheby’s para irse a recorrer a pie el mundo. Se había quedado ciego de golpe, los médicos le dijeron que era nervioso: “Demasiado mirar de cerca”, le diagnosticaron. El se autorrecetó los caminos: perder la mirada en el paisaje hasta recuperarla. Escuchar la cancioncita que sonaba en su cabeza.

El nomadismo no ocurre únicamente en el espacio: el nómade también viaja en el tiempo. Porque, como todo el mundo sabe, la única manera en que nos pasa el tiempo es cuando estamos quietos. ¿O no lo sabemos? Cortázar no estaba haciendo un cuento fantástico en El otro cielo, cuando entraba por el Pasaje Güemes y salía en las galerías Vivienne de París, y Woody Allen menos, en su última película: los nómades saben bien que hay portales de un tiempo a otro, tal como hay pasos de frontera de un territorio a otro. La diferencia es que hay que estar cantando la canción en nuestras cabezas para poder pasar.

Bruce Chatwin los vio aquella noche a aquellos dos adolescentes perdiéndose abrazados por la vereda triangular de Diagonal. Los llamó Lola y Estol y los puso cantando esa canción romaní en una historia de buscadores de oro de Alaska que buscan las famosas putas de la ciudad de Mahagonny. Lo que intentaban Lola y Estol era cruzar en barco desde Alaska a Vladivostok, y ahí estaban tratando de pagarse el pasaje cantando su canción en la calle, él en guitarra, ella en la voz. Chatwin les dejó unas monedas y se los volvió a encontrar, porque eso le pasaba siempre: se encontraba con todo el mundo en sus trayectos, en ese sentido es un poco como el Corto Maltés. La excusa de Hugo Pratt para viajar por el mundo y por el siglo era el Corto Maltés. Chatwin ni se tomó el trabajo de inventarse otro nombre. Simplemente se dedicó a escuchar la cancioncita en su cabeza, a poner gente real en sus libros y asombrarse cuando después se los encontraba en la vida. Esa clase de cosas despertaron las iras de Osvaldo Bayer cuando leyó el libro de Chatwin sobre la Patagonia y le contestó en una nota buenísima, furibunda, que llegó a salir hasta en el TLS, el venerado suplemento literario del Times de Londres.

Bayer escribió esa nota desde Berlín. Llovía en el barrio de Kreuzberg pero no por eso Bayer cerró su ventana mientras escribía aquella formidable diatriba y así es como pudo oír la música que llegaba desde el portal de abajo, que conectaba con una pérgola de plaza en Shan-ghai, donde una multitud de gimnastas chinos en uniforme mao hacía acrobacias en sincro perfecto, coreografía asombrosamente idónea para la selección de tangos chinos que interpretaba desde la pérgola una orquesta china con instrumentos chinos. Chatwin oía desde su mesa, en aquel café al aire libre de Shanghai, el ruido de la máquina de escribir de Bayer en el barrio de Kreuzberg. Sabía que su tiempo en la tierra se estaba terminando, aunque se negara a reconocerlo. Sentados a la mesa con él estaban Lola y Estol, que tocarían después de la orquesta para los chinos que quisieran quedarse en la plaza bajo la lluvia. Chatwin les estaba contando que se había infectado con un hongo venenoso que había aspirado sin querer en las catacumbas que guardaban los diez mil guerreros de piedra que custodiaban la Gran Muralla.

Chatwin estaba envuelto en frazadas y temblaba de fiebre pero no creía que fuera a morir por eso. Estol le murmuraba al oído: “De nada sirve escaparse cuando es uno el que persigue”. Lola le murmuraba al otro oído: “El que camina arqueado lleva un hacha en la espalda”. Estol le susurraba en un oído: “No hay opción, señor”. Y Lola completaba por el otro oído: “Revolución o picnic”. De fondo sonaba la máquina de escribir de Bayer en Berlín y la cancioncita en la cabeza de Chatwin ya casi no se oía. Estol dijo entonces: “Hablémosle de las hormigas mentales”. Y sacó la guitarra de la funda y Lola se acomodó la flor en el pelo y los chinos empezaron a juntarse cuando ella se puso a cantar: “Hay hormigas mentales que bailan en su cabeza / Vienen de los Balcanes / se meten por una oreja y uno no siente nada / cierra fuerte los ojos y persigue las manchitas / que huyen de su mirada / y no tiene más aduana y dice lo que todos callan / Y siempre está leyendo el mismo libro / Porque en vez de leerlo ya lo protagoniza / y vive soñando cada día / con poder olvidarse que el que vive agoniza”.

Hace años ya que Bayer terminó su nota y Chatwin se murió. Pero si hoy es viernes, seguro que Lola y Estol están tocando en algún lugar de Buenos Aires. Sólo se trata de encontrar el portal que lleve a ellos. Y, para eso, basta dejarse guiar por la cancioncita que suena en el fondo de nuestras cabezas.

Tomado de Pagina 12

¿Qué nos pasó? ¿Qué hacemos?

 En Rojo

Teníamos nuestra trama, el argumento fijo y sus protagonistas: todos los políticos son corruptos. Lo sabíamos. Y nuestra relación con la realidad estaba impregnada con esa fantasía. Una “clase política” y unos nombres que nos permitían el goce de señalarlos, de denostarlos, de convertirlos en memes. Mientras tanto, esos protagonistas eran impunes gracias a nuestro entretenimiento con fantasmas. De lejos, como parte de nuestro divertimento, Anaudi, Perelló, Wanda, Rivera Schatz, los 40 ladrones de Pedro Roselló, Fortuño, Keleher, y esa lista con los nuevos que trajo el fugitivo Ricky. Algunos de ellos ocupando aún carteras del gobierno.

Pero, entonces, el chat. La evidencia real de que “todos-los-políticos-son-corruptos”. Conocimos como funcionan esos “fantasmas” de nuestro goce. Como “traman” ese argumento fijo de que roban. Como esa repetición les confería protección. Pero, entonces, cuando uno de esos personajes decide romper con la trama y confesar se destrozó el relato, se rompió la distancia que nos separaba, se acabó la fantasía que nos permitía pasar juicio desde la distancia.

Y salimos a la calle a reclamar, ahora sí, que se fueran al carajo los corruptos, ahora de carne y hueso: Ricky. Y Ricky estaba en Fortaleza y allá vamos. “Y llévate a la Junta”, como un rabo de esa fantasía, como aquel argumento fijo que rebasa la carne. Y se fue Ricky con el levantamiento que atravesó la fantasía. Y se incluyeron nuevos actores y eso fue ganancia.

Celebrando la salida de Ricky.Foto: Ernesto Robles

Queda entonces el rabo. Pierluisi, el enlace simbólico con la Junta. Y los medios, sobre todo el GFR, lavan la cara del usurpador de nuevos modales, sacan la discusión de la calle y la llevan a la legislatura y a los tribunales. Una retahíla de expertos, los de siempre y algunos más, todos expertos abogados casi exclusivamente varoncitos, aparece en TV explicándonos cómo por fin llegamos a la paz y la estabilidad. De la calle pasamos a la farándula legalista. El ejecutivo, el legislativo, el judicial. Ahí siempre ganan porque no estamos representados directamente. La Fortaleza , que la rama legislativa y la judicial (nombrada por esos mismos políticos) autorizan de manera displicente el juego de naipes en el poder. Mucho ruido y pocas nueces. Volver a la calle va a ser duro. Ya no es Premios Lo Nuestro.

Y en una vuelta de tuerca, Pierluisi queda fuera. Fuera porque esa otra fantasía discursiva, la Constitución, no le da espacio en la trama ideológica de la ley y el orden. Y ahí está Wanda, insertada perfectamente al “poder” gracias a ese cuento redactado en el 1952. Y volvimos a creer en una trama, un argumento fijo, en sus protagonistas. Es entretenido.

¿Cómo sacamos a Wanda? ¿Cómo hacemos que el actor de turno “se lleve a la Junta”? Estamos advertidos, hay que modificar nuestra relación con esa trama. Cuando los cuerpos estuvieron en la calle, rejuntos, se crearon otros modos de relacionarnos con la realidad y con las fantasías. Ahora eso lo sabemos. ¿Cómo retomamos esta fiesta y borramos este relato fantasmático de la “clase política corrupta” de una vez? ¿Cómo hacemos que el próximo protagonista “se lleve a la Junta”? No sé. ¿Será necesaria otra “confesión” de uno de los actores? ¿Será organizándonos de otro modo como ahora parece hacerse en las plazas? ¿Será allí dónde se van creando los nuevos modos de comunicarnos y hacer real lo real? Creo que por ahí va la cosa. Y por otros lados. Cada cual en lo que sabe y cree saber. Hasta que volvamos a estar rejuntos, cambiando los modos de hablar, bailar, protestar y resistir.

¿Cómo sacamos a Wanda? ¿Cómo hacemos que el actor de turno “se lleve a la Junta”? Estamos advertidos, hay que modificar nuestra relación con esa trama. Cuando los cuerpos estuvieron en la calle, rejuntos, se crearon otros modos de relacionarnos con la realidad y con las fantasías. Ahora eso lo sabemos. ¿Cómo retomamos esta fiesta y borramos este relato fantasmático de la “clase política corrupta” de una vez? ¿Cómo hacemos que el próximo protagonista “se lleve a la Junta”?

Cabalgando en caballos de palo

Especial para En Rojo

A Clemente Soto Vélez

Lo conocí,

Cuando Nueva York era algo más que un lugar donde salta el olor a uvas, a pescado, desfilan las antigüedades y en un balcón, una matita de rojo geranio, prematura, se atrevía a asomarse entre el acero.

Lo conocí,

Cuando esa diminuta mancha de rojo, me recordaba la brillantez del color de nuestros orígenes, y Nueva York era el crisol de otra caribeña, la del exilio, y Manhattan una isla donde se forjo la Federación de las Antillas en la determinación de nuestros próceres.

Lo conocí,

Clemente Soto Vélez

Cuando el East Harlem era pasaje, túnel, excursión a los siete infiernos de Dante, no el italiano, si no aquel bongosero argentino que sobrevivía en el Viet Nam de la Avenida Ámsterdam, Nueva York del Este donde coincidieron José Martí, Juan Isidro Jiménez Grullon, Juan Bosch, Betances, todo el exilio de las ideas, agonizando y resucitando en la poesía de Julia de Burgos.

Lo conocí,

Cuando como estudiante ignorante de mi propia historia, de esa que no nos ensenan en los libros de texto, arribe adolescente a Nueva York, ciudad que en su belleza aun me sobrecoge, sobre todo a esa hora en que el sol enciende todas las vidrieras y, todo el azul y todo el rosa, el amarillo y lila de la tarde, desciende para suavizar las duras aristas del cemento.

Lo conocí,

Cuando, afortunada, llegue a Nueva York en plena revolución educativa, y negros y puertorriqueños impusieron con su masiva presencia y organización, el acceso de las minorías a las universidades. Allí entre en contacto por primera vez con la inmensa generosidad puertorriqueña y, en una esquina de Manhattan, formada por las calles 105 y Quinta Avenida, un poeta boricua me hablo del estandarte poético de su isla, la poeta Julia de Burgos.

Lo conocí,

Cuando con su poesía, Julia de Burgos me abrió las puertas al corazón y casa del poeta y dramaturgo Víctor Fragoso y este me llevo a la casa de Clemente Soto Vélez, al mismo brandy que este le brindaba a Julia, en terribles noches de invierno; y a la cálida fraternidad de Amanda, con su amor de arroz y gandules para poetas hambrientos de solidaridad y cariño.

Lo conocí,

Cuando mire sus ojos claros y vi en ellos su inmensa ternura. ¿Siempre son tan altos los dominicanos? Pregunto, muerto de la risa.

Lo conocí,

Cuando del solo conocía que era un poeta mayor de Puerto Rico y un promotor cultural de múltiples generaciones de artistas en Nueva York, siempre dispuesto a leer los balbuceos iniciales de alguien que como yo regresaba de su primer Viaje desde el Agua.

Lo conocí,

Sin saber que era un estandarte de la lucha nacionalista puertorriqueña, curiosamente nacido en Lares, y que con los poetas Fernando González Alberti, Luis Hernández Aquino, Samuel Lugo, Juan Calderón Escobar y Antonio Cruz Nieves, había fundado el grupo “El Atalaya de los Dioses”, e intentado que la poesía fuese más que un bello decir, que fuese la máxima expresión de lo nacional.

Lo conocí,

Ignorando que en Caguas Clemente fue organizador del Partido Nacionalista y ejerció como periodista del periódico “El Nacionalista” y que en 1934 había sido arrestado por participar en la huelga de los trabadores del azúcar.

Lo conocí,

Obrero y poeta, poeta y obrero de tantas luchas y de tantos exilios, fundador de la Asociación de Dueños de Bodegas, de las Asociación Puertorriqueña de Comerciantes; nunca distinguiendo entre intelectuales y trabajadores, ambos fundamentales a la vida de su Puerto Rico desplazado.

Lo conocí,

Sin saberlo fundador y Presidente del Círculo de Escritores y Poetas Iberoamericanos; del Instituto de Puerto Rico en Nueva York; y de La Voz de Puerto Rico en Estados Unidos.

Lo conocí,

Ignorando que había sido un sedicioso impenitente, junto con Albizu Campos, Juan Antonio Corretjer, Luis Velázquez, contra la colonia y preso y exiliado una y otra vez, siete años en Atlanta Georgia, segundo eslabón de su periplo por Lewisburg, Pennsylvania, y tantas otras cárceles de los Estados Unidos.

Lo conocí,

Sin haber leído aun Scalion , su ensayo filosófico de 1937, donde declara que sin libertad no hay conciencia y comienza a buscar la plenitud del ser en un dialogo entre conocimiento y creación. Soy lo que imagino, decía, y sin conocimiento no hay imaginación creadora.

Lo conocí,

Sin leer aun Caballo de Palo, donde se coloca fuera de sí, para hablarnos de un Clemente que va desglosando, en tono confesional, para entender y para entenderse, en 1,724 versos, 21 Secciones numeradas y un verso tan libre como él.

Lo conocí,

Cuando al reencontrarme con su infancia descubrí que el cedro y el mamey hablaban, y que el surrealismo había sido siempre, y seguía siendo, la forma principal de la realidad de nuestras islas.

Lo conocí,

Cuando supe que el cedro, “con sus vocales perfectas y preciosas, como el cuerpo que brilla en la respiración de la palabra”, era como el mamey, con “su tronco amanecido, en su carne de delicia aborigen”, y que ambos alzaban en su cuello hermoso “la admiración sencilla y casta” de los niños.

Lo conocí,

Cuando me dijo que el “mamey no era artífice de prosodia oscura” y el cedro si lo era de “minerales de silabas que se inventan”.

Lo conocí,

Cuando lo descubrí niño libre de toda influencia materialista, inmune a la búsqueda de reconocimiento literario, que a él siempre le llego más tarde, cuando su libro, de 1959, revolución de la vanguardia literaria boricua, tuvo que esperar una segunda edición en 1976 y a los ochenta para que nos enteráramos de que por las calles de Manhattan andaba un poeta cabalgando en un caballito de palo.

Lo conocí,

Cuando lo vi llorar en un hospital de Manhattan, al despedirse de Víctor Fragoso y decidir que era hora ya de regresar a Borinquén. Ahí partimos aguas. Yo decidí regresar a Santo Domingo y el a su amado país, donde guardaría en el armario de los sueños a su caballito de palo y retornaría al alazán con que recorrería, siempre riendo, cabello blanco al aire, los amados trillos de la Borinquén de su infancia.

Santo Domingo

6 de marzo del 2017

Poesía: Caballo de Palo

 

Por Clemente Soto Vélez

(fragmento)

Lo conocí

cuidando caballos de palo y vacas de piedra

dándoles de comer la infancia de su ensueño

ansioso de servir a los hombres.

Lo conocí

jugando con su edad entre las flores,

cargando agua para bocas sedientas

en las copas de los árboles.

Lo conocí

conversando entre sueños con el sufrimiento universal

de los obreros o la pluralidad del corazón

abriendo las mordeduras de sus páginas

ante el tribunal de los dolores.

Lo conocí

acusando la tinta del embuste repetido

que propaga en sus curvas de áspid la mentira.

Lo conocí

combatiendo las púas agudísimas con que muerde

el engaño a la pureza fiel que le ofrece

las manos como rosas abiertas,

creyéndolo pastor de ovejas con ajuar de paisajes

o buen apacentador de llamaradas tiernas.

Lo conocí

arrancando la noche temerosa del miedo

donde atesora el suplicio auroras de sudor no compensado

o el degolladero certifica

la presencia de prendas naturales.

Lo conocí

entregándole el atardecer el color de sus alas extendidas

para enamorar la eternidad de su niñez.

Lo conocí

echando a correr su voz sobre las aguas

para cultivar el alfabeto del pueblo

o niño que arrulla

en los brazos todo el llanto del mundo.

Lo conocí

corriendo detrás de su persona

como la luz tras de su cuerpo

o como el amor que salta

de alegría cuando encuentra sus ojos.

Lo conocí

viajando por dentro de los pájaros

que llevan el espacio colgando de sus picos

como pasaporte sideral

para que el acto de crear

are la tentación de sus cuidados.

Lo conocí

abasteciendo el disgusto en toda su fortuna,

con la hemoglobina virginal

que forma en la palabra cada rosa.

Lo conocí

dejando a su sueño dormir

en azoteas para probar

la amarga dulzura de la luna.

Lo conocí

poniendo la noche de almohada

por no desconsolar

a la fatiga

ni al signo triangular de la certeza

donde el afecto abre

sus rosas de cien hojas.

Lo conocí

remando contra sueños de horizontes auríferos

donde la tierra es huésped

de la luz sin traje y sin sombrero,

y la libertad

liquido en su girar de marullos de nubes

con alas persuasivas,

donde ninfas de piedra,

de perfiles perfectos agitan

la mente de los bosques traspasados de pena,

duros como el diamante que se pule las unas

con el carbón paciente

que lleva entre los brazos.

Lo conocí

abrazando

la carne enternecida de llanto del rocío

para no detestar la alegría dolorosa de ser

pesadumbre celeste para la hoja leve

que nutre el desamparo.

Lo conocí

temiendo

perder el arcoiris extraño de la muerte

que doma su caballo

cuando corre la lluvia con sus cascos sonoros,

hacia los vecindarios de camisas dolientes,

donde los huesos gimen

y las canciones lloran

como tambores fúnebres de un entierro de estrellas.

Lo conocí

eligiendo aulladeros de ensueños

como eclipses hambrientos,

para no empobrecer

los colmillos de una tierra sin luna

o aullidos de noche disecada,

donde la calidez de la joven palabra

recobra la sangre que pierde

velando a su cuerpo.

Lo conocí

saliendo a liberar a la joven piedra

de hastío encanecida,

que riela sola como la o expansiva

de universos lentísimos

entre cielos empedrados de lobos.

Lo conocí

sonando como hombre

que sigue el curso de la espiga,

no atreviéndose

el tedio a llorar

sus caminos por ser la música

gentil de su cadáver

nevada muerte de música de llama.

Lo conocí

meciendo las quejas gallardas de su muerte

en los recintos lucidos del dolor liberado,

para desenterrar el silencio que encuentra

en sus rodillas la libertad cantando.

Lo conocí

adorando a la niñez aureolada de hombre

como un girasol tierno

sin haberse ofendido

para andar por su predio de inmensidad futura

como el niño que en su belleza encanta

el ser insospechable de una pregunta ingenua.

Lo conocí

desalentando la ciencia del temor.

Y el temor va empalideciendo

como cal deshonrada

o como jinete que huyendo de la tierra,

intenta domar nubes.

Lo conocí

ayudando a no enterrar su muerte

para dar testimonio del cadáver

que canta en su acompañamiento

como voz sideral

de una tierra de ángeles.