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Poesía modernista en Puerto Rico (1891-1900)

Gretchen López

En los últimos libros especializados sobre el modernismo en Puerto Rico, suele observarse el surgimiento de ese movimiento –por llamarlo de algún modo– con el poema largo titulado Las huríes blancas (1887), de José de Jesús Domínguez. Entre esos versos que anteceden al libro titulado Azul (1888), de Rubén Darío, y el siglo XX, se observaba un vacío, hasta el advenimiento de los poetas Arístides Moll Boscana –y su libro Mi misa rosa (1904)–, José de Jesús Esteves –que recogerá su obra más modernista en el libro titulado Rosal de amor (1917), Jesús María Lago –de quien aparecerá como un canto de cisne su libro Cofre de sándalo en 1927–, para dar paso al momento de mayor aliento en la Revista de las Antillas, entre 1913 y 1914, con Luis Lloréns Torres a la cabeza. 

Con esa trayectoria en mente, se pensaba que Domínguez no había tenido herederos literarios que se afiliaran al modernismo. Una hojeada a las publicaciones periodísticas y de revistas artístico-literarias de los inicios de la década final del siglo XX nos ofrece una imagen diferente. En las páginas de los periódicos La Democracia, que dirigía en Ponce Luis Muñoz Rivera, y La Correspondencia de Puerto Rico, así como a las revistas La Ilustración Puertorriqueña, Revista Puertorriqueña, y La Revista Blanca (de Mayagüez), de igual modo que en otras publicaciones extranjeras como El Cojo Ilustrado (Venezuela) y El Fígaro (La Habana, Cuba), se publicó poesía afiliada al modernismo hispanoamericano. Del mismo modo, se publicó en esos periódicos de Puerto Rico la poesía parnasiana de Leconte de Lisle, el máximo de los poetas franceses de esa modalidad, así como del poeta cubano-francés Augusto de Armas y de su compatriota José María de Heredia, el autor de Los trofeos. Junto con ellos, se publicó poesía, entre otros, de Rubén Darío, Justo Sierra (mexicano), Andrés A. Mata (venezolano), Leopoldo Díaz (argentino), Salvador Díaz Mirón (mexicano), Juana Borrero (cubana), amiga de Julián del Casal, también cubano, de quien mayor cantidad de poesía se publicó en aquel entonces en Puerto Rico. 

Ramón Luis Acevedo editó y estudió en 2007 el conjunto de treinta sonetos que José de Jesús Domínguez publicó en la Revista Puertorriqueña hacia 1892, pertenecientes al libro Ecos del siglo. Algunos de esos sonetos también se publicaron en el Almanaque de las Damas (1887), donde se especificaba que el libro al cual pertenecían se titularía Cuadros y ecos. Otro soneto apareció en el Almanaque Literario (1889), y otros se publicaron en El Fígaro de La Habana, donde también se divulgaron poesías modernistas de Ferdinand R. Cestero, la poesía titulada “Floralia”, de Manuel Zeno Gandía, y algunas prosas de Manuel Fernández Juncos. 

A continuación reproducimos una serie de poemas afiliados al modernismo, publicados durante la última década del siglo XIX por autores puertorriqueños o extranjeros radicados en la Isla. En próxima publicación de la revista RETORNO, aparecerá un ensayo voluminoso en el cual podrá observarse el desarrollo del modernismo en Puerto Rico durante esa última década del siglo XIX. Ahí podrá distinguirse, además, la poesía de Manuel Padilla Dávila, a quien no hemos incluido aquí por razones de espacio, pero amerita un estudio detenido. Sin embargo, fue Padilla Dávila, en sus extensos poemas –tómese como ejemplo su “Serenata morisca”, publicada en 1889 en El Buscapié, de Fernández Juncos–, el mayor cantor de la poesía orientalista en Puerto Rico vinculada con el mundo del Islam, el Corán y las ya famosas huríes del paraíso mahometano. 

Miguel Ángel Náter, Ph. D.

Director

Seminario Federico de Onís

Departamento de Estudios Hispánicos

Universidad de Puerto Rico

Miguel Sánchez Pesquera 

(venezolano)

Oriental

Huye Abraham a Egipto: Dios lo quiere,

Y ya de Asiongaber toca la orilla,

Y entre todo su ajuar sólo prefiere

Urna que esconde y cuyo fondo brilla.

De agujeros cribada está la urna

Y viva luz destella y grato aroma,

Ya en la estrellada soledad nocturna,

Ya cuando el alba en el Oriente asoma.

 Llega a un portazgo, y cóbranle tributo.

–¿Es ámbar?– le pregunta el del impuesto.

–Yo pagaré por ámbar, por el fruto

Que bien os cuadre, y nada manifiesto.

–¿Serán rubíes que la Persia esconde,

Del Irán en el fértil paraíso?

Decid, viajero. Y Abraham responde:

–Pagaré por rubíes, si es preciso.

Mas el esbirro de la ley, curioso

Otra vez le pregunta: –¿Son acaso

Perlas de Ofir? Respóndele orgulloso:

–Por perlas pagaré, dejadme paso.

Y atentando a la urna mano avara,

A los ojos atónitos se ofrece

En casta desnudez la linda Sara,

Nevado lirio que en Lichem florece.

Codicia de Moab y de Idurnea,

Así viajaba la gallarda esposa

Del gran patriarca de la raza hebrea,

Como entre espinas la escondida rosa.

Dejad que marche en éxodo tranquilo

El anciano guardián de su decoro,

Y el loto azul del misterioso Nilo

Sirva de lecho a tan gentil tesoro.1

Ferdinand R. Cestero

A Rubén Darío

 La múltiple y variada pedrería

Que engarzas en tus versos inmortales,

La visión de los sueños ideales

Que forja tu espejeante fantasía;

 La musa misteriosa que te envía

La inspiración que viertes a raudales

Y el conjunto de luces siderales

De la estrella brillante que te guía.

 El dictado te dieron de poeta,

Porque al arpa gentil de tus amores

Arrancas notas de pasión secreta.

 Y pintor de la luz y de las flores

Porque el iris derrama a tu paleta

El divino matiz de tus colores.2

A Julián del Casal

 Cual tierno arrullo, percibió mi oído

El eco triste de tu amigo acento,

Y el dejo de tu amargo sentimiento

Con mi acerbo penar he compartido.

 En derroche de luces has vertido,

Con el vigor genial del pensamiento,

La ardiente inspiración de tu talento,

Cual savia de un cerebro enardecido.

 Sonámbulo de espléndida belleza,

Poeta y soñador de alma sombría,

Doblaste sobre el pecho la cabeza;

 Y el ala pliegas, sin que expire el día,

Como un pájaro enfermo de tristeza

Que muere al entonar su canturía.3

Los cucubanos

 En el musgo verdoso de la ribera

Que circunda las aguas de claras fuentes,

Cual ínfimas estrellas fosforescentes

Fulguran en las noches de primavera.

 Ya se tejen al toldo de enredadera,

Que recaman de puntos resplandecientes,

O quédanse dormidos, como yacentes,

En el césped mullido de la pradera.

 Ya ocultos en el cáliz de los jazmines,

O errantes y perdidos por verdes llanos

Cual almas luminosas de querubines,

 Sonámbulos de amores, vagan ufanos;

Y al verlos, me parecen, en los jardines,

Esmeraldas que vuelan, los cucubanos.4

Lola Rodríguez de Tió

El amor viudo

“Ya para mí se ha oscurecido el día

Y pues en la tiniebla me lamento

llora conmigo, amor, la pena mía.”

Herrera

“Soñadora gentil, ¿a dónde has ido

a ceñirte los blancos azahares?

¿En qué senda de flores te has perdido

que no escuchas la voz de mis cantares?

 ¿En dónde estás que mis amantes ojos

buscan en vano tu adorada huella?

¿Acaso por nostálgicos antojos

te hallas presa en el disco de una estrella?

 ¿Mi espíritu no ves doliente y triste,

alada fugitiva, que en tu anhelo

tal vez como la alondra, al sol subiste

enamorada del azul del cielo?

 ¿No ves al viudo Amor entre las brumas

de larga ausencia y de mortal olvido,

cuando esperaba con tus blancas plumas,

casta paloma, calentar su nido?

 ¿Por qué el botón de rosa tan lozano,

rompió el beso del aura su clausura

si apenas al erguirse cierzo insano

le arrebata el perfume y la hermosura?

 ¿Por qué, flor de las flores, con tu aliento

te llevaste tan lejos mi alegría

y hoy se pierde en lo azul mi pensamiento

como arrullo de tórtola en la umbría?

 ¿Por qué me abandonaste en el camino,

¡oh mi bella y graciosa prometida!,

hespero que alumbrabas mi destino

en la lóbrega noche de la vida?

 ¿Por qué de la esperanza en los umbrales

atormentado me dejaste y preso,

llevándote en tus labios virginales

como flor en botón el primer beso?

 ¿Por qué, por qué en lo azul no te diviso

–¡oh dorada visión consoladora!–

bañada por la luz de tu sonrisa

el alma entristecida que te llora?

 En vano, en vano adivinar ansío

cuál es el astro que mi dicha esconde;

errante va mi voz por el vacío

y a mi acerbo gemir nada responde”.

 Dijo el Amor: y de improviso el vuelo

suspende de sus trémulas querellas

al ver a su adorada, almo consuelo,

perdida en la región de las estrellas.5

Ernesto Avellanet Mattei

Cantar de ensueños

I

 Entre el vago azul celeste de las tardes tropicales

Yo he palpado los Ensueños de la virgen adorada,

Como trémulos suspiros, que fingiese la adorada

Concepción omnipotente de las Musas ideales…

 Eran rubios, luminosos, juguetones y triviales,

Angelitos sonrientes, que entre nube sonrosada,

Cabalgaban lentamente, lentamente, cual bandada

De fugaces mariposas sobre campos celestiales…

 Y después, entre el galope de las Horas voladoras,

Los he visto presurosos, penetrar lo impenetrable,

Cual mintiendo entre los cielos mil fantásticas auroras;

Y abismándose en opaca concepción imponderable,

Concebir lo inconcebible de mil cítaras sonoras,

En un mágico concierto de sonrisas adorables…

II

 Los ensueños vagarosos, vagabundos discurrían

Entre el manto reluciente de la plata de la Luna;

De los cielos adorados las estrellas descendían

Simulando blanca estela de fantástica laguna…

 Orgullosas cabecitas por doquiera diluían

El perfume de sus almas, adorables cual ninguna;

Eran todas placenteras, porque todas se reían

De las viejas ilusiones que murieron una a una…

 Y entonaron los Suspiros de los clásicos amantes

La canción nunca cantada del dolor de los dolores,

Graves, trémulos, dolientes, con locura, delirantes;

 ¡Era el cielo: amanecía. ¡Era Dios: hubo fulgores!

Y turbaron los Ensueños los acordes sollozantes

Con el canto siempre nuevo del amor de los amores.6

Rafael del Valle Rodríguez

Apoteosis

 Abrió el fastuoso Oriente

Las ricas puertas de zafir y grana;

Su luz vivificante

Rozó del lago las dormidas aguas;

La sílfide que mora

En blando lecho de flotantes algas,

Al rielo apetecido

Despierta y mueve las undosas sábanas;

En grato cabrilleo

Sobre el espejo diáfano se enlazan

La linfa gemidora

Y el resplandor que de los cielos baja,

Y forma de consuno

La leve cuna de cristal y nácar

Que el orto de la nube

Entre rumores plácidos aguarda!

Algo que al cielo mira,

Algo que siente de vivir el ansia,

Aspiración oculta,

Sed de fulgores, ambición de alas,

Tenue vapor primero,

Girón de niebla refundida en plata,

Espumas voladoras

En levísimas ondas agrupadas

Osténtase la nube,

Transparente, sutil, leda, gallarda,

Sus tules balancea,

De la atracción del lago se desata;

Y al soplo de las brisas

A recorrer la inmensidad se lanza!

Adiós!, dice la ondina

En el rumor de las inquietas aguas;

Adiós!, la tersa nube

Dice agitando sus movibles gasas;

Y repentinas gotas,

Como tributo de memorias gratas,

Descienden, se iluminan

Y se pierden en cercos en el agua.

Otra vez el deseo

Como graciosa y fugitiva garza,

Que abandonó la orilla

Y va volando tímida y pausada;

Y ya bajel del viento,

Que ha desplegado sus banderas blancas

Y lleva a las alturas

Los terrestres arrullos y fragancias;

O bien preciado velo,

Que abandonó la nueva desposada,

Encantos que la virgen

Por la ilusión de los amores cambia!

Y cada vez subiendo,

Y cada vez más bella y más galana,

La lumbre que a torrentes

En la encendida inmensidad irradia

Parece que la busca,

Que en incesante expectación la aguarda,

La cerca con su oro,

Con suaves tintas de carmín la baña,

Abrocha al vivo seno

Del iris vario las lucientes franjas,

Y en noble apoteosis

La nube perfumada

Es el girón que adornará la frente

Del magnífico sol de la mañana.7

Eugenio Astol Busatti

Rosa de nieve

Era una virgen pálida,

Cuya memoria guardo

Con tres fechas profundas, indelebles,

Que en el fondo del alma se grabaron.

“La vi por vez primera”

Una noche de Mayo;

Ofrendaba a María blancas flores,

Entre rezos y cánticos.

Blanco era el vestido que llevaba,

Y un velo, también blanco,

Cubría como gasa vaporosa

Su bello rostro cándido

De suave palidez, cual la del nítido

Color del alabastro.

La vi después enferma: flor ajada

Por mortales quebrantos:

Sombra leve que al cielo dirigía

Poco a poco sus pasos:

Muriente sol que al descender lanzaba

Los postrimeros rayos,

Y más pálida aún. Su faz tenía

La blancura del lirio de los lagos

Que se inclina marchito, moribundo,

Ante el fragor del ábrego.

Y más tarde la vi por la vez última

–Rotos al fin los materiales lazos–

Cadáver frío, terrenal despojo,

En lecho funerario.

Blanco era el vestido que llevaba;

El velo, también blanco;

Y su semblante angelical tenía…

¡La palidez del mármol!8

Luciérnagas

 Son tus ojos azules dos zafiros

radiando en conchas de luciente nácar,

junto al marco sutil de hebras de oro

que forman tus pestañas.

 Tu boca es rojo y perfumado nido,

que cual tesoro inapreciable guarda 

delicado collar de finas perlas,

brillantes cuanto blancas.

 Y en tu seno gentil, vergel de amores,

dos pomas hay, como la nieve pálidas,

ostentando en radiante lozanía

sus botones de gualda.

 Coge la azada, sepulturero;

cava la tierra; te ayudo yo;

en esta fosa que abramos juntos

pondré el cadáver de mi ilusión.

 Era una niña de ojos azules,

por ser un ángel me abandonó:

fue en una tarde de primavera

y a su agonía se puso el sol.

 Es el sol un rey galano

con veste púrpura y oro.

Su palacio está en el cielo

y son las nubes su trono.

Bello, altivo, deslumbrante,

bienhechor, gallardo, pródigo,

fecunda la tierra toda

con los rayos de sus ojos.

La primavera le ama,

las nieblas le tienen odio,

y escucha al romper el día,

desde su triunfante solio,

los matinales conciertos

de los pájaros canoros.

 Es la luna una dama misteriosa,

de formas recatadas cuanto bellas,

que se envuelve en un manto azul obscuro

recamado de prístinas estrellas.

 Su poética faz infunde amores;

todo el que sueña dulces ideales

le incoa con anhelo, cual si fuera

protectora deidad de los mortales.

 Es bella, angelical, casta, divina,

mas… llora tanto la gentil señora,

que deja, al ausentarse, cada noche,

un rocío de perlas a la aurora.9

Mariano Abril

Ocaso

 Lanza el sol los postreros resplandores

Tras las cumbres enhiestas del Poniente,

Reclinando en las nubes su áurea frente

Como en lecho teñido de fulgores.

 Extínguense del día los rumores,

Y en las vagas penumbras del Oriente

Levanta altivo su perfil sonriente

El astro protector de los amores.

 No bien las densas sombras nocturnales

Envuelven en su manto tierra y cielo,

Luce Diana sus miradas bellas.

 Y, del templo infinito las vestales,

Entre los pliegues del cerúleo velo

Aparecen, temblando, las estrellas.10

Crepúsculo

 Sueño con las bellas

de pupilas garzas,

–fugitivas sombras

que la mente exaltan.

bajo los castaños

se agitan y danzan,

cuando amarillean

las flexibles ramas

al susurro blando

de otoñales auras.

 Mirad: ya la noche

su perfil levanta,

guardando en su veste

las chispas de plata

que el cielo iluminan

y bruñen las aguas;

arroja la tarde 

su manto e grana,

buscando el refugio

de abrupta montaña;

ya pliegan las aves

sus rápidas alas,

que surcan el aire

cual naves gallardas;

los toscos pastores

el rebaño llaman;

las flores nocturnas

sus hojas dilatan,

de la luna amantes,

del rocío ávidas;

ya bullen los silfos,

ya ríen las hadas,

ya surge el misterio

que la sombra guarda;

y en tanto las ninfas

con alegre danza

voltean en torno

de vívida llama,

bajo los castaños,

del bosque patriarcas,

que cubren los nidos

de espesa hojarasca.

Sueño con las bellas

de pupilas garzas

–fugitivas sombras

que la mente exaltan.

Vespertinas tintas

sus ojos irradian.

Hijas del otoño,

con su anciano andan

y son las que secan

las verdes guirnaldas.

Mas sólo al ocaso

se muestran sus gracias:

no bien de Selenia

la fúlgida lámpara,

esmalta las flores

con temblantes lágrimas,

huyen las deidades

de pupilas garzas,

y lucen sin celos

las estrellas pálidas.11

José A. Negrón Sanjurjo

La canción de los trigos

 Sobre el campo de rubias espigas

Su abanico agitaron los céfiros,

Y aquel mar de topacio, en mil ondas

Sintió conmovidos

Sus débiles nervios.

 Se besaron, al soplo, las mieses;

Y las brisas, cargadas de besos,

Ni lograron tal vez darse cuenta

Del oro que en granos

Quedaba en el suelo.

 Cuando un soplo de pena en las almas

Se desliza a manera de plectro,

Al temblor de las fibras, hay ósculos

Que el aire armonizan

Trocados en versos.

 Mas, ¡qué importan al aire los granos

De dorada ilusión, que cayeron…!

¡Oh, mi bella hortelana! La duda

Mi campo de espigas

Está conmoviendo.12

En los últimos libros especializados sobre el modernismo en Puerto Rico, suele observarse el surgimiento de ese movimiento –por llamarlo de algún modo– con el poema largo titulado Las huríes blancas (1887), de José de Jesús Domínguez. Entre esos versos que anteceden al libro titulado Azul (1888), de Rubén Darío, y el siglo XX, se observaba un vacío, hasta el advenimiento de los poetas Arístides Moll Boscana –y su libro Mi misa rosa (1904)–, José de Jesús Esteves –que recogerá su obra más modernista en el libro titulado Rosal de amor (1917), Jesús María Lago –de quien aparecerá como un canto de cisne su libro Cofre de sándalo en 1927–, para dar paso al momento de mayor aliento en la Revista de las Antillas, entre 1913 y 1914, con Luis Lloréns Torres a la cabeza. 

Con esa trayectoria en mente, se pensaba que Domínguez no había tenido herederos literarios que se afiliaran al modernismo. Una hojeada a las publicaciones periodísticas y de revistas artístico-literarias de los inicios de la década final del siglo XX nos ofrece una imagen diferente. En las páginas de los periódicos La Democracia, que dirigía en Ponce Luis Muñoz Rivera, y La Correspondencia de Puerto Rico, así como a las revistas La Ilustración Puertorriqueña, Revista Puertorriqueña, y La Revista Blanca (de Mayagüez), de igual modo que en otras publicaciones extranjeras como El Cojo Ilustrado (Venezuela) y El Fígaro (La Habana, Cuba), se publicó poesía afiliada al modernismo hispanoamericano. Del mismo modo, se publicó en esos periódicos de Puerto Rico la poesía parnasiana de Leconte de Lisle, el máximo de los poetas franceses de esa modalidad, así como del poeta cubano-francés Augusto de Armas y de su compatriota José María de Heredia, el autor de Los trofeos. Junto con ellos, se publicó poesía, entre otros, de Rubén Darío, Justo Sierra (mexicano), Andrés A. Mata (venezolano), Leopoldo Díaz (argentino), Salvador Díaz Mirón (mexicano), Juana Borrero (cubana), amiga de Julián del Casal, también cubano, de quien mayor cantidad de poesía se publicó en aquel entonces en Puerto Rico. 

Ramón Luis Acevedo editó y estudió en 2007 el conjunto de treinta sonetos que José de Jesús Domínguez publicó en la Revista Puertorriqueña hacia 1892, pertenecientes al libro Ecos del siglo. Algunos de esos sonetos también se publicaron en el Almanaque de las Damas (1887), donde se especificaba que el libro al cual pertenecían se titularía Cuadros y ecos. Otro soneto apareció en el Almanaque Literario (1889), y otros se publicaron en El Fígaro de La Habana, donde también se divulgaron poesías modernistas de Ferdinand R. Cestero, la poesía titulada “Floralia”, de Manuel Zeno Gandía, y algunas prosas de Manuel Fernández Juncos. 

A continuación reproducimos una serie de poemas afiliados al modernismo, publicados durante la última década del siglo XIX por autores puertorriqueños o extranjeros radicados en la Isla. En próxima publicación de la revista RETORNO, aparecerá un ensayo voluminoso en el cual podrá observarse el desarrollo del modernismo en Puerto Rico durante esa última década del siglo XIX. Ahí podrá distinguirse, además, la poesía de Manuel Padilla Dávila, a quien no hemos incluido aquí por razones de espacio, pero amerita un estudio detenido. Sin embargo, fue Padilla Dávila, en sus extensos poemas –tómese como ejemplo su “Serenata morisca”, publicada en 1889 en El Buscapié, de Fernández Juncos–, el mayor cantor de la poesía orientalista en Puerto Rico vinculada con el mundo del Islam, el Corán y las ya famosas huríes del paraíso mahometano. 

Miguel Ángel Náter, Ph. D.

Director

Seminario Federico de Onís

Departamento de Estudios Hispánicos

Universidad de Puerto Rico

Miguel Sánchez Pesquera 

(venezolano)

Oriental

Huye Abraham a Egipto: Dios lo quiere,

Y ya de Asiongaber toca la orilla,

Y entre todo su ajuar sólo prefiere

Urna que esconde y cuyo fondo brilla.

De agujeros cribada está la urna

Y viva luz destella y grato aroma,

Ya en la estrellada soledad nocturna,

Ya cuando el alba en el Oriente asoma.

 Llega a un portazgo, y cóbranle tributo.

–¿Es ámbar?– le pregunta el del impuesto.

–Yo pagaré por ámbar, por el fruto

Que bien os cuadre, y nada manifiesto.

–¿Serán rubíes que la Persia esconde,

Del Irán en el fértil paraíso?

Decid, viajero. Y Abraham responde:

–Pagaré por rubíes, si es preciso.

Mas el esbirro de la ley, curioso

Otra vez le pregunta: –¿Son acaso

Perlas de Ofir? Respóndele orgulloso:

–Por perlas pagaré, dejadme paso.

Y atentando a la urna mano avara,

A los ojos atónitos se ofrece

En casta desnudez la linda Sara,

Nevado lirio que en Lichem florece.

Codicia de Moab y de Idurnea,

Así viajaba la gallarda esposa

Del gran patriarca de la raza hebrea,

Como entre espinas la escondida rosa.

Dejad que marche en éxodo tranquilo

El anciano guardián de su decoro,

Y el loto azul del misterioso Nilo

Sirva de lecho a tan gentil tesoro.1

Ferdinand R. Cestero

A Rubén Darío

 La múltiple y variada pedrería

Que engarzas en tus versos inmortales,

La visión de los sueños ideales

Que forja tu espejeante fantasía;

 La musa misteriosa que te envía

La inspiración que viertes a raudales

Y el conjunto de luces siderales

De la estrella brillante que te guía.

 El dictado te dieron de poeta,

Porque al arpa gentil de tus amores

Arrancas notas de pasión secreta.

 Y pintor de la luz y de las flores

Porque el iris derrama a tu paleta

El divino matiz de tus colores.2

A Julián del Casal

 Cual tierno arrullo, percibió mi oído

El eco triste de tu amigo acento,

Y el dejo de tu amargo sentimiento

Con mi acerbo penar he compartido.

 En derroche de luces has vertido,

Con el vigor genial del pensamiento,

La ardiente inspiración de tu talento,

Cual savia de un cerebro enardecido.

 Sonámbulo de espléndida belleza,

Poeta y soñador de alma sombría,

Doblaste sobre el pecho la cabeza;

 Y el ala pliegas, sin que expire el día,

Como un pájaro enfermo de tristeza

Que muere al entonar su canturía.3

Los cucubanos

 En el musgo verdoso de la ribera

Que circunda las aguas de claras fuentes,

Cual ínfimas estrellas fosforescentes

Fulguran en las noches de primavera.

 Ya se tejen al toldo de enredadera,

Que recaman de puntos resplandecientes,

O quédanse dormidos, como yacentes,

En el césped mullido de la pradera.

 Ya ocultos en el cáliz de los jazmines,

O errantes y perdidos por verdes llanos

Cual almas luminosas de querubines,

 Sonámbulos de amores, vagan ufanos;

Y al verlos, me parecen, en los jardines,

Esmeraldas que vuelan, los cucubanos.4

Lola Rodríguez de Tió

El amor viudo

“Ya para mí se ha oscurecido el día

Y pues en la tiniebla me lamento

llora conmigo, amor, la pena mía.”

Herrera

“Soñadora gentil, ¿a dónde has ido

a ceñirte los blancos azahares?

¿En qué senda de flores te has perdido

que no escuchas la voz de mis cantares?

 ¿En dónde estás que mis amantes ojos

buscan en vano tu adorada huella?

¿Acaso por nostálgicos antojos

te hallas presa en el disco de una estrella?

 ¿Mi espíritu no ves doliente y triste,

alada fugitiva, que en tu anhelo

tal vez como la alondra, al sol subiste

enamorada del azul del cielo?

 ¿No ves al viudo Amor entre las brumas

de larga ausencia y de mortal olvido,

cuando esperaba con tus blancas plumas,

casta paloma, calentar su nido?

 ¿Por qué el botón de rosa tan lozano,

rompió el beso del aura su clausura

si apenas al erguirse cierzo insano

le arrebata el perfume y la hermosura?

 ¿Por qué, flor de las flores, con tu aliento

te llevaste tan lejos mi alegría

y hoy se pierde en lo azul mi pensamiento

como arrullo de tórtola en la umbría?

 ¿Por qué me abandonaste en el camino,

¡oh mi bella y graciosa prometida!,

hespero que alumbrabas mi destino

en la lóbrega noche de la vida?

 ¿Por qué de la esperanza en los umbrales

atormentado me dejaste y preso,

llevándote en tus labios virginales

como flor en botón el primer beso?

 ¿Por qué, por qué en lo azul no te diviso

–¡oh dorada visión consoladora!–

bañada por la luz de tu sonrisa

el alma entristecida que te llora?

 En vano, en vano adivinar ansío

cuál es el astro que mi dicha esconde;

errante va mi voz por el vacío

y a mi acerbo gemir nada responde”.

 Dijo el Amor: y de improviso el vuelo

suspende de sus trémulas querellas

al ver a su adorada, almo consuelo,

perdida en la región de las estrellas.5

Ernesto Avellanet Mattei

Cantar de ensueños

I

 Entre el vago azul celeste de las tardes tropicales

Yo he palpado los Ensueños de la virgen adorada,

Como trémulos suspiros, que fingiese la adorada

Concepción omnipotente de las Musas ideales…

 Eran rubios, luminosos, juguetones y triviales,

Angelitos sonrientes, que entre nube sonrosada,

Cabalgaban lentamente, lentamente, cual bandada

De fugaces mariposas sobre campos celestiales…

 Y después, entre el galope de las Horas voladoras,

Los he visto presurosos, penetrar lo impenetrable,

Cual mintiendo entre los cielos mil fantásticas auroras;

Y abismándose en opaca concepción imponderable,

Concebir lo inconcebible de mil cítaras sonoras,

En un mágico concierto de sonrisas adorables…

II

 Los ensueños vagarosos, vagabundos discurrían

Entre el manto reluciente de la plata de la Luna;

De los cielos adorados las estrellas descendían

Simulando blanca estela de fantástica laguna…

 Orgullosas cabecitas por doquiera diluían

El perfume de sus almas, adorables cual ninguna;

Eran todas placenteras, porque todas se reían

De las viejas ilusiones que murieron una a una…

 Y entonaron los Suspiros de los clásicos amantes

La canción nunca cantada del dolor de los dolores,

Graves, trémulos, dolientes, con locura, delirantes;

 ¡Era el cielo: amanecía. ¡Era Dios: hubo fulgores!

Y turbaron los Ensueños los acordes sollozantes

Con el canto siempre nuevo del amor de los amores.6

Rafael del Valle Rodríguez

Apoteosis

 Abrió el fastuoso Oriente

Las ricas puertas de zafir y grana;

Su luz vivificante

Rozó del lago las dormidas aguas;

La sílfide que mora

En blando lecho de flotantes algas,

Al rielo apetecido

Despierta y mueve las undosas sábanas;

En grato cabrilleo

Sobre el espejo diáfano se enlazan

La linfa gemidora

Y el resplandor que de los cielos baja,

Y forma de consuno

La leve cuna de cristal y nácar

Que el orto de la nube

Entre rumores plácidos aguarda!

Algo que al cielo mira,

Algo que siente de vivir el ansia,

Aspiración oculta,

Sed de fulgores, ambición de alas,

Tenue vapor primero,

Girón de niebla refundida en plata,

Espumas voladoras

En levísimas ondas agrupadas

Osténtase la nube,

Transparente, sutil, leda, gallarda,

Sus tules balancea,

De la atracción del lago se desata;

Y al soplo de las brisas

A recorrer la inmensidad se lanza!

Adiós!, dice la ondina

En el rumor de las inquietas aguas;

Adiós!, la tersa nube

Dice agitando sus movibles gasas;

Y repentinas gotas,

Como tributo de memorias gratas,

Descienden, se iluminan

Y se pierden en cercos en el agua.

Otra vez el deseo

Como graciosa y fugitiva garza,

Que abandonó la orilla

Y va volando tímida y pausada;

Y ya bajel del viento,

Que ha desplegado sus banderas blancas

Y lleva a las alturas

Los terrestres arrullos y fragancias;

O bien preciado velo,

Que abandonó la nueva desposada,

Encantos que la virgen

Por la ilusión de los amores cambia!

Y cada vez subiendo,

Y cada vez más bella y más galana,

La lumbre que a torrentes

En la encendida inmensidad irradia

Parece que la busca,

Que en incesante expectación la aguarda,

La cerca con su oro,

Con suaves tintas de carmín la baña,

Abrocha al vivo seno

Del iris vario las lucientes franjas,

Y en noble apoteosis

La nube perfumada

Es el girón que adornará la frente

Del magnífico sol de la mañana.7

Eugenio Astol Busatti

Rosa de nieve

Era una virgen pálida,

Cuya memoria guardo

Con tres fechas profundas, indelebles,

Que en el fondo del alma se grabaron.

“La vi por vez primera”

Una noche de Mayo;

Ofrendaba a María blancas flores,

Entre rezos y cánticos.

Blanco era el vestido que llevaba,

Y un velo, también blanco,

Cubría como gasa vaporosa

Su bello rostro cándido

De suave palidez, cual la del nítido

Color del alabastro.

La vi después enferma: flor ajada

Por mortales quebrantos:

Sombra leve que al cielo dirigía

Poco a poco sus pasos:

Muriente sol que al descender lanzaba

Los postrimeros rayos,

Y más pálida aún. Su faz tenía

La blancura del lirio de los lagos

Que se inclina marchito, moribundo,

Ante el fragor del ábrego.

Y más tarde la vi por la vez última

–Rotos al fin los materiales lazos–

Cadáver frío, terrenal despojo,

En lecho funerario.

Blanco era el vestido que llevaba;

El velo, también blanco;

Y su semblante angelical tenía…

¡La palidez del mármol!8

Luciérnagas

 Son tus ojos azules dos zafiros

radiando en conchas de luciente nácar,

junto al marco sutil de hebras de oro

que forman tus pestañas.

 Tu boca es rojo y perfumado nido,

que cual tesoro inapreciable guarda 

delicado collar de finas perlas,

brillantes cuanto blancas.

 Y en tu seno gentil, vergel de amores,

dos pomas hay, como la nieve pálidas,

ostentando en radiante lozanía

sus botones de gualda.

 Coge la azada, sepulturero;

cava la tierra; te ayudo yo;

en esta fosa que abramos juntos

pondré el cadáver de mi ilusión.

 Era una niña de ojos azules,

por ser un ángel me abandonó:

fue en una tarde de primavera

y a su agonía se puso el sol.

 Es el sol un rey galano

con veste púrpura y oro.

Su palacio está en el cielo

y son las nubes su trono.

Bello, altivo, deslumbrante,

bienhechor, gallardo, pródigo,

fecunda la tierra toda

con los rayos de sus ojos.

La primavera le ama,

las nieblas le tienen odio,

y escucha al romper el día,

desde su triunfante solio,

los matinales conciertos

de los pájaros canoros.

 Es la luna una dama misteriosa,

de formas recatadas cuanto bellas,

que se envuelve en un manto azul obscuro

recamado de prístinas estrellas.

 Su poética faz infunde amores;

todo el que sueña dulces ideales

le incoa con anhelo, cual si fuera

protectora deidad de los mortales.

 Es bella, angelical, casta, divina,

mas… llora tanto la gentil señora,

que deja, al ausentarse, cada noche,

un rocío de perlas a la aurora.9

Mariano Abril

Ocaso

 Lanza el sol los postreros resplandores

Tras las cumbres enhiestas del Poniente,

Reclinando en las nubes su áurea frente

Como en lecho teñido de fulgores.

 Extínguense del día los rumores,

Y en las vagas penumbras del Oriente

Levanta altivo su perfil sonriente

El astro protector de los amores.

 No bien las densas sombras nocturnales

Envuelven en su manto tierra y cielo,

Luce Diana sus miradas bellas.

 Y, del templo infinito las vestales,

Entre los pliegues del cerúleo velo

Aparecen, temblando, las estrellas.10

Crepúsculo

 Sueño con las bellas

de pupilas garzas,

–fugitivas sombras

que la mente exaltan.

bajo los castaños

se agitan y danzan,

cuando amarillean

las flexibles ramas

al susurro blando

de otoñales auras.

 Mirad: ya la noche

su perfil levanta,

guardando en su veste

las chispas de plata

que el cielo iluminan

y bruñen las aguas;

arroja la tarde 

su manto e grana,

buscando el refugio

de abrupta montaña;

ya pliegan las aves

sus rápidas alas,

que surcan el aire

cual naves gallardas;

los toscos pastores

el rebaño llaman;

las flores nocturnas

sus hojas dilatan,

de la luna amantes,

del rocío ávidas;

ya bullen los silfos,

ya ríen las hadas,

ya surge el misterio

que la sombra guarda;

y en tanto las ninfas

con alegre danza

voltean en torno

de vívida llama,

bajo los castaños,

del bosque patriarcas,

que cubren los nidos

de espesa hojarasca.

Sueño con las bellas

de pupilas garzas

–fugitivas sombras

que la mente exaltan.

Vespertinas tintas

sus ojos irradian.

Hijas del otoño,

con su anciano andan

y son las que secan

las verdes guirnaldas.

Mas sólo al ocaso

se muestran sus gracias:

no bien de Selenia

la fúlgida lámpara,

esmalta las flores

con temblantes lágrimas,

huyen las deidades

de pupilas garzas,

y lucen sin celos

las estrellas pálidas.11

José A. Negrón Sanjurjo

La canción de los trigos

 Sobre el campo de rubias espigas

Su abanico agitaron los céfiros,

Y aquel mar de topacio, en mil ondas

Sintió conmovidos

Sus débiles nervios.

 Se besaron, al soplo, las mieses;

Y las brisas, cargadas de besos,

Ni lograron tal vez darse cuenta

Del oro que en granos

Quedaba en el suelo.

 Cuando un soplo de pena en las almas

Se desliza a manera de plectro,

Al temblor de las fibras, hay ósculos

Que el aire armonizan

Trocados en versos.

 Mas, ¡qué importan al aire los granos

De dorada ilusión, que cayeron…!

¡Oh, mi bella hortelana! La duda

Mi campo de espigas

Está conmoviendo.12

La reunión en el Viejo San Juan en 1918 entre el Dr. José Celso Barbosa y Pedro Albizu Campos en cartas de Juan Jaca Hernández

Mario A. Rodríguez León, O.P.1

A Calixta Vélez Adorno

En testimonio de aprecio

Durante la pasada década de los años noventa, luego de regresar de mis dos años en Cuba (1991-1993) tuve el gran honor y la grata experiencia de conocer a un extraordinario nacionalista, patriota cabal, hombre de integridad moral y honradez intelectual. Su nombre, Juan Jaca Hernández, quien nació en el barrio Guajataca de Quebradillas, Puerto Rico el 14 de septiembre de 1909. Fueron sus padres Agustina Hernández y Rosario Jaca Lasalle, ambos naturales de Quebradilla. Su abuelo paterno lo fue don Francisco Jaca Jateiza, natural de Aragón, España.2

En 1932 y por don Venancio González, nacionalista de Quebradillas, le fue presentado a don Pedro Albizu Campos y a partir de entonces la vida de Juan Jaca Hernández cambió profundamente llevándole a convertirse en uno de los más entrañables y valientes discípulos del líder del nacionalismo puertorriqueño.3 Junto con Albizu Campos fue uno de los organizadores del cuerpo de los Cadetes de la República y el 12 de julio de 1950, aceptada la renuncia de Andrés Negrón Cardé como Presidente del Partido Nacionalista en Arecibo fue nombrado a dicho cargo.4 Juan Jaca Hernández participó activamente en el levantamiento revolucionario del 30 de octubre de 1950 como comandante del Ejército Libertador del Distrito de Arecibo y, detenido luego de sofocado el levantamiento armado, fue sentenciado a prisión por su participación en la insurrección nacionalista.

En esta ocasión, por primera vez luego de cien años de haberse efectuado la reunión entre el Dr. José Celso Barbosa y Pedro Albizu Campos damos a la luz pública estas tan importantes cartas. Pedro Albizu Campos quien contaba entonces veinticuatro años de edad y estudiaba en la Universidad de Harvard, en abril de 1918 se encontraba en Puerto Rico por razones de su servicio militar. (…) Por su parte, el Dr. Barbosa durante ya sus últimos años residía en la calle Salvador Brau #79 del Viejo San Juan, el lugar donde en 1918 se llevó el encuentro personal entre ambos destacados puertorriqueños.

El 18 de septiembre de 1952 el Comandante de la agencia de Seguridad Interna de Arecibo, José M. Vázquez, cabo P.I., le envió la siguiente información al Superintendente de Seguridad Interna de San Juan: “1. Para informar a V. H. que el día de hoy 18 de septiembre de 1952 a las 9:00 A.M. fueron sentenciados los nacionalistas Juan Jaca Hernández, Tomás López de Victoria, Ismael Díaz Matos, Ricardo Díaz Díaz (padre), Ricardo Díaz Díaz (hijo) y Leonídas Díaz a cumplir de dos a diez años de presidio por infracción a la Ley #53 de 1948. El juez sentenciador fue el Hon. Juez del Tribunal Superior de Arecibo, Lcdo. Rafael Padró Parés”.5

Juan Jaca Hernández estuvo en prisión en varias cárceles de Puerto Rico durante 18 años y fueron sus abogados los Licenciados Santos Amadeo y Gilberto Concepción de Gracia. Pedro Albizu Campos, Ricardo Díaz Díaz y otros destacados nacionalistas fueron sus compañeros de celda en la cárcel de La Princesa. Uno de éstos el nacionalista Ismael Díaz Matos, señala: “Jaca fue el hombre que circunvaló (sic) la Revolución del 50. Su labor soterrada fue tan eficiente que nunca se supo, ni el imperio pudo enterarse de los planes de la Revolución. Jaca fue el hombre más acosado por el FBI, pero no pudieron obtener de él ninguna información. Esto ocasionó la destitución del Jefe del FBI en Puerto Rico y el despido del Secretario de Justicia Vicente Géigel Polanco”.6

Juan Jaca Hernández cumpliendo entonces su sentencia en la Penitenciaría Estatal de Río Piedras (el “Oso Blanco”) a donde había sido trasladado, fue indultado por el entonces gobernador Roberto Sánchez Vilella el 27 de diciembre de 1968. Después de salir de la cárcel Juan Jaca fue a residir con su hermana “Narda” en la calle Cerdeña, núm. 1225, en la urbanización Caparra Terrace de Río Piedras y trabajó como barbero.

El 30 de octubre de 1970 en entrevista que le hiciera Bartolomé Brignoni del periódico El Mundo, Juan Jaca expresó lo que para él entrañaba la figura del líder del nacionalismo en Puerto Rico: “Pedro Albizu Campos es el hombre más grande, visionario y recto que ha producido Puerto Rico (…) Era un hombre de una sensibilidad extraordinaria. Todo lo que tenía lo daba: nadie al lado de él podía quejarse de nada. Regalaba hasta su ropa para vestir a alguien que lo necesitaba. Albizu era incapaz de sentir odio o envidia por alguien. Era incapaz de ofender a una persona, no importa lo que le hicieran”.

En el verano de 1994 mientras me desempeñaba como Vicario General de los Frailes Dominicos de Puerto Rico, vino Juan Jaca Hernández a visitarme a mi oficina en el edificio del Centro de Estudios de los Dominicos del Caribe (CEDOC) en Hato Tejas, Bayamón como lo había hecho en varias ocasiones. Esta vez me traía una documentación de gran importancia. Era su carpeta #48 de la División de Inteligencia de la Policía de Puerto Rico junto a varios escritos adicionales. Recuerdo que me dijo: “Padre Mario, quiero que usted conserve para la posteridad esta carpeta sobre mi persona”. En aquella conversación que tuvimos, correspondiendo a su deseo le agradecí su confianza depositada en mí. Leí con posterioridad y detenidamente la valiosa información contenida en aquella documentación y con más convencimiento pude valorar en su grandeza el calibre moral y el auténtico patriotismo de Juan Jaca Hernández. Entre la variada documentación encontré varias cartas de Juan Jaca Hernández, de particular interés dos de éstas manuscritas, de puño y letra, escritas desde la cárcel del Oso Blanco (el Presidio) en Río Piedras, una del 30 de noviembre de 1961 dirigida a su hermana Bernarda (“Narda”) y la otra dirigida a su hijo Juan Alberto del 21 de enero de 1962. 

Bernarda Jaca Hernández (“Narda”) nació en Quebradillas, Puerto Rico el 24 de mayo de 1924. En 1965 contrajo matrimonio con el republicano español Alfonso Alonso Rubiera, natural de Asturias (n. 1927). Residía en la urbanización Caparra Terrace en calle Cerdeña 1225 y confeccionaba banderas de Puerto Rico y del Partido Independentista Puertorriqueño. Fue una mujer de profunda fe católica y era la persona que también preparaba los manteles del altar de su iglesia parroquial en Arecibo. “Narda” fue una mujer comprometida con la causa de la independencia nacional de Puerto Rico y fue así amiga del Lcdo. Gilberto Concepcion de Gracia, de Isabelita Rosado Morales, el Lcdo. Julio Pinto Gandía y otros destacados nacionalistas e independentistas. Falleció en San Juan el 21 de marzo de 2015.

Juan Alberto Jaca Lafontaine es el hijo mayor de Juan Jaca Hernández. Junto a sus hermanos Pedro Antonio, Laura Rosa y Carmen Margarita y una hermana de crianza, una vez su padre fue hecho prisionero, fue criado por su tía “Narda”, quien para ese entonces residía en el barrio San Felipe de Arecibo. “Alejita” Rosado era la hija de crianza de Juan Jaca Hernández.

En esta ocasión, por primera vez luego de cien años de haberse efectuado la reunión entre el Dr. José Celso Barbosa y Pedro Albizu Campos damos a la luz pública estas tan importantes cartas. Pedro Albizu Campos quien contaba entonces veinticuatro años de edad y estudiaba en la Universidad de Harvard, en abril de 1918 se encontraba en Puerto Rico por razones de su servicio militar.7 Ya iniciada la Primera Guerra Mundial, Albizu Campos ostentaba el grado de Segundo Teniente de Infantería del Ejército de los Estados Unidos. Por su parte, el Dr. Barbosa durante ya sus últimos años residía en la calle Salvador Brau #79 del Viejo San Juan, el lugar donde en 1918 se llevó el encuentro personal entre ambos destacados puertorriqueños. Nos llama la atención el que aquel aguerrido líder político del autonomismo puro y ortodoxo en firme batalla contra Luis Muñoz Rivera en las postrimerías del siglo XIX llamara al joven Pedro Albizu Campos para formar un partido político en favor de la independencia de Puerto Rico. Albizu Campos, quien militaba en el Partido Unión de Puerto Rico abandonó dicha colectividad el 12 de mayo de 1924 una vez se dio la fusión (alianza) de los partidos Unión y Republicano, si bien el mismo Albizu Campos había expresado cuando ingresó al Partido Unión de Puerto Rico que “… él había sido conocido como nacionalista desde sus tiempos de estudiante en Harvard”.8 El Partido Nacionalista de Puerto Rico se había fundado en Río Piedras el 17 de septiembre de 1922.

¿Conoció el Dr. Barbosa a Albizu Campos antes de la partida de éste hacia los Estados Unidos en 1913? Ciertamente lo tuvo que conocer y ver en él al futuro líder político en favor de la independencia de Puerto Rico. Hasta ese momento el Dr. Barbosa se había destacado como republicano, un ideal que había abrazado en los Estados Unidos cuando allí estudió y se graduó de médico de la Universidad de Michigan en 1880. En el periódico El Tiempo el Dr. Barbosa había expresado que si no se le otorgaba la estadidad a Puerto Rico él favorecería la independencia. Como republicano federalista en cierta ocasión señaló “Colonia con España pudo ser …; con los Estados Unidos … nunca”. El Dr. Barbosa bajo ningún concepto favoreció la colonia para Puerto Rico, ni con España ni con los Estados Unidos. Favorecía la soberanía de Puerto Rico en el marco del gobierno federal de los Estados Unidos, sistema republicano constitucional bajo el cual los gobiernos estatales ejercen el poder como autónomos en su administración política, pero sujetos al gobierno central federal.

El 5 de enero de 1916 el Dr. Barbosa expresó en El Tiempo: “Digamos la verdad en estos momentos. Son colonos los de siempre, los adeptos al poder, los que sueñan con mandar, sea como sea y a costa de todos los sacrificios. Para esos la colonia es una victoria. Para nosotros los republicanos no. Aspiramos a la absoluta igualdad con los ciudadanos americanos ante la Constitución y bajo la bandera. La razón nos dicta que habremos de vencer en la demanda porque ella aboga por el decoro y a la personalidad del elemento genuinamente puertorriqueño en el concierto de los pueblos que se llaman Estados Unidos de América”.

En cierta ocasión el Dr. Barbosa expresó así con respecto a la lengua: “Los que se han resistido y aún se resisten al inglés se olvidan de que Calderón y Shakespeare pueden coexistir, sin estorbarse mutuamente en el cerebro puertorriqueño; y es que para que nos entiendan, al entendernos aprecien lo que valemos, nos importa mucho más, y nos conviene a nosotros mucho más, cultivar a Shakespeare que descuidarlo”.9

El hijo del Dr. Barbosa, Pedro Juan Barbosa, quien nació en San Juan el 1 de noviembre de 1892 es contemporáneo de Pedro Albizu Campos, quien nació en el sector Tenerías, Ponce el 29 de junio de 1893. Pedro Juan realizó estudios de Escuela Superior en Washington graduándose en 1910 y estudió un curso de verano en la Universidad de Michigan, luego de lo cual ingresó en Brooklyn en la escuela de mecánicos linotipistas. En 1914 ocupó la jefatura del departamento de linotipia del periódico El Tiempo10. Durante los años de 1925 a 1929 fue miembro del Partido Republicano Puro. En 1940 formaba parte del Comité Central del Partido Unión Republicana Progresista11 y más tarde fue Senador por acumulación por el Partido Estadista Republicano (1965-1968). En 1972 y en los talleres gráficos de Romualdo Real publicó el libro Mita, su iglesia, su obra.

En la carta a su hijo Juan Alberto, Juan Jaca menciona la estrecha relación de hermandad que existía entre Pedro Juan el hijo del Dr. Barbosa y Albizu Campos. También le menciona que Pedro Albizu Campos le informó a él, su compañero de prisión en La Princesa en 1953, con relación a aquella reunión que tuvo en San Juan con el Dr. Barbosa en 1918, pero suplicándole que “bajo ningún concepto dieran esta a la publicidad mientras Puerto Rico no fuera Libre”. Pero Juan Jaca le señala a su hijo en la carta que sin embargo, luego de la decisión de la Organización de Naciones Unidas consideró oportuno dar a conocer al pueblo puertorriqueño sobre el encuentro entre el Dr. Barbosa y Albizu Campos en 1918 en lo que también se conocería “la belleza espiritual de el ilustre y extinto (sic) Dr. Barbosa en cuanto al status político de Puerto Rico”.

La decisión de las Naciones Unidas a la que Juan Jaca hace referencia en su carta es la Resolución 742 (VIII) aprobada por la Asamblea General en la cuál se señalan los “factores que deben ser tenidos en cuenta para decidir si un territorio es o no un territorio cuyo pueblo no haya alcanzado todavía la plenitud del gobierno propio”.12 En la Organización de las Naciones Unidas también fue aprobada la resolución 748 (VIII). A partir de entonces el gobierno de los Estados Unidos dejó de rendir informes sobre el caso colonial de Puerto Rico y pretendía que la comunidad internacional aceptara que Puerto Rico había alcanzado un elevado grado de autogobierno. Carmen Gautier Mayoral y María del Pilar Argüelles señalan que “… el embajador Henry Cabot Lodge, a nombre del presidente Eisenhower, indica a la Asamblea General el 27 de noviembre de 1953 que el presidente recomendaría al Congreso norteamericano cualquier resolución de la Asamblea Legislativa de Puerto Rico a favor de la independencia, en cuyo caso le pediría que se adhiriera al Pacto de Río de Janeiro y la Carta de la ONU”.13 Fue entonces a instancias de Luis Muñoz Marín, quien influyó decididamente en esto, que la Asamblea Legislativa de Puerto Rico aprobó una Resolución rechazando la oferta del presidente Eisenhower ante el proyecto de independencia para Puerto Rico presentado ante la Asamblea General de las Naciones Unidas y que fue expresada por el embajador Henry Cabot Lodge e igualmente por el Dr. Antonio Fernós Isern. Aunque el caso de dio por cerrado el 11 de enero de 1954 el Partido Independentista Puertorriqueño no dejó de presentar una resolución a la legislatura del país reclamando la independencia de Puerto Rico.14

Este era el ambiente que reinaba con relación al status político de Puerto Rico cuando en 1953 Pedro Albizu Campos le informa a Juan Jaca Hernández sobre la reunión que en el Viejo San Juan él sostuvo con el Dr. José Celso Barbosa en 1918. Ambas cartas que hoy publicamos por primera vez merecen sin duda un estudio a fondo, en particular en lo relativo a la orientación que mostraba el Dr. José Celso Barbosa, quien a pesar de ser un defensor de la estadidad federada para Puerto Rico no dejaba de considerar que el futuro político de su patria pudiera estar en la independencia y la soberanía.

La música con Elimar Chardón

Por Pabsi Livmar

Si bien la música ha sido el motivo por el cual Elimar y yo hemos creado lazos fuertes de amistad, lo que más me agrada de Eli es, precisamente, quién es, cómo es, tan genuina, honesta, íntegra. He tenido la dicha de descubrir a alguien que realmente da su todo por la educación, por su país, por una sociedad que tiende a aislarla por su personalidad excéntrica y performances.

En el mundo de la música, el bajo y la batería se complementan, son uno. Quizás por esto, siempre ha existido una estrecha relación entre bajistas y bateristas cuando logran esa conexión especial al hacer clic. Hago esta analogía para presentar a mi amiga y bandmate Elimar, desde mi perspectiva y como la conozco, para quienes quieran saber más de ella que lo que aparece en redes y medios. 

Elimar, la amiga, es incondicional, y eso siempre deja mucho que decir sobre su calidad como persona. Conocí a Eli, como le llamo, a principios de 2002 en el extinto Time-Out de Plaza del Caribe. No hicimos más que intercambiar unas cuantas palabras y hubo afinidad instantánea. Su peculiaridad al vestirse y sus pasiones por el arte llamaron mi atención. Sentí que ella era una de esas personas por las que uno se alegra de conocer y espera que se conviertan en compañeras de vida. Para aquél entonces, ella se pasaba los días dibujando y yo escribiendo mis memorias, pero lo que verdaderamente nos unió fue la música y el hecho de que ambas nos situábamos fuera de la norma en esta cultura: ella tocaba bajo y contrabajo; yo tocaba batería. En los dieciocho años que la conozco, hemos compartido la adolescencia, las luchas del estudiante universitario, tocar en tarima, las dificultades personales y económicas que se nos presentan. Hemos vivido tanto que siento alegría al afirmar un hecho que suena increíble: durante el transcurso de nuestra amistad, Eli y yo no hemos tenido la más mínima discusión, incluso siendo tan diferentes, con gustos divagando por lados opuestos. Y esto, por supuesto, cuenta muchas entre líneas sobre ella.

Elimar, la persona, se distingue por su madurez, calidad humana y entereza. Pero aún más, por su amor por su país y su disgusto ante los atropellos e injusticias sociales que vivimos los puertorriqueños. Es una activista incansable por los derechos humanos, la equidad de género y los sectores más vulnerables y desventajados de nuestra sociedad. En el plano personal, tiene la capacidad de enseñar con elocuencia y buenos argumentos sus perspectivas. De Elimar me gusta recalcar que cuando pienso en ella, pienso en alguien con sed de conocimiento, pero, a la misma vez, en alguien que es una fuente inagotable de saberes. Tiene la facilidad de hablarle a quien sea sobre música, historia y física, pero también, con igual intensidad en gracia y energía, sobre enaguas, maquillaje y la moda de vestir Lolita.

Elimar, la maestra, es un despliegue de amor y energía hacia sus estudiantes y compañeros. Quienes la rodean y se dan a la tarea de conocerla, la quieren. Aprecian su autenticidad. Hoy ha creado, por decir así, una segunda familia con sus compañeros de la Escuela Loaiza Cordero. De su boca solo escucho maravillas sobre ellos. Las fotos y dinámicas que aparecen en Facebook entre este grupo de docentes demuestra que el cariño es mutuo. Que estos mismos maestros hayan llegado a la vista de fianza y a buscarla cuando fue liberada del Centro de Detención de Guaynabo refuerza la admiración y solidaridad que además sienten por ella. Por su facilidad innata de trabajar con niños, la he invitado a ser mi mano derecha en talleres infantiles que en calidad de escritora he impartido. En estos eventos, Eli ha demostrado y puesto en acción su pasión por educar bien mientras impone cariño, confianza y respeto, tanto hacia ella como entre los niños que tiene a su cargo.

Elimar, la músico… No hay palabras para describir su talento. Compone, toca el contrabajo, toca el arpa, hace performance. Hay que verla en escenario para entender. En las agrupaciones en las que hemos coincidido, se caracteriza por ser quien soluciona los problemas técnicos de última hora y los que ocurren minutos antes de una presentación, como cuando se daña una línea y hay que improvisar con algún invento o de alguna manera que solo se le ocurre a ella. Elimar se asegura de lo primordial: The show must go on. Always. 

Si bien la música ha sido el motivo por el cual Elimar y yo hemos creado lazos fuertes de amistad, lo que más me agrada de Eli es, precisamente, quién es, cómo es, tan genuina, honesta, íntegra. He tenido la dicha de descubrir a alguien que realmente da su todo por la educación, por su país, por una sociedad que tiende a aislarla por su personalidad excéntrica y performances. He notado que al preparar sus clases no solo habla sobre teoría musical, sino que también trae a colación, y como asuntos de urgencia, temas de relevancia actual, como por ejemplo el bullying, la importancia del feminismo y cómo podemos lograr la equidad social. Elimar, en resumen, enseña y es amor. No conozco a Elimar como algo distinto. Ella no representa riesgo, peligro o amenaza, como algunos han querido pintarla. Elimar es solo una mujer con un fuerte sentido de justicia social incluso en las situaciones más insignificantes. Y eso, en resumen, es ella: mujer, músico, maestra. Amiga.

Lo que no dijo el orfebre

Jaime Córdova / Especial para En Rojo

Creo que no olvidaré el siete de febrero con sus recompensas, confusiones y un interesante evento que me ocurrió dos horas antes de la presentación del libro. Cuando por fin pude llegar a Zayas, tuvo que ser en taxi porque mi carro fue muy enfático —con inapelables mensajes de humo, ruidos raros y fiebre de cuarenta, todo ello frente a la Funeraria Villa Nevárez— en que no tenía intenciones de llevarme a la plaza Roosevelt. Empecé a recuperarme de esa ordalía cuando entré por la puerta y divisé en una mesa a mis amigos Cándida Cotto, Maribel Franco y Giancarlo Vázquez. Ellos se levantaron, dejando momentáneamente desatendidas una tentadora manifestación de frías botellas verdes, para de prisa ayudarme a colocar libros y cuadros de forma atractiva. Gracias compañeros.

A pesar de estos olvidos, el balance fue más que favorable. Pude comprobar que es cierta la teoría aristotélica de que la relación más estable y duradera entre los seres humanos es la amistad. Gracias por haberme acompañado. 

Al compadre Manuel de J. nadie le advirtió de que había sido seleccionado para actuar como maestro de ceremonias en la presentación del libro. Se le avisó cuando estaba a punto de sentarse en un palco frente a la tarima que ha instalado Aníbal Zayas para presentar agrupaciones musicales. Lo vi reunido con Alida Millán y, poco después, se escucharon las siguientes instrucciones: “Favor de tomar asiento; la presentación está a punto de comenzar. Ya tendrán oportunidad de adquirir el libro”. Hubo silencio en las treinta y pico de mesas que hay en el salón, Manuel tomó el micrófono, Barleta, encargado de finanzas, se acomodó a mi lado y Rafah Acevedo se preparó para consumir un inolvidable turno al bate.

Rafah habló sobre su amistad conmigo y de mi relación con su padre, quien tanto me ayudó cuando en el año 1954 yo hacía esfuerzos por establecerme en el negocio de la publicidad. Este fue el año en que llegó la televisión a Puerto Rico, y a José Agustín Acevedo —así se llamaba— lo que más le atraía era escribir guiones para la televisión. Él desarrolló un programa que tituló Pinceladas Musicales. Consistía de piezas clásicas cantadas por la soprano Olga Iglesias, acompañada por Henry Hutchinson al violín y Luz Hutchinson al piano. Este era un buen programa que semanalmente iba al aire en vivo y requería reuniones organizadas para determinar vestuario, escenografía, guion, selección de las piezas y espacios comerciales, que tenían que ser ensayados porque también eran en vivo. No sé cómo José Agustín Acevedo podía supervisar tantos detalles de producción y cumplir otras con otras responsabilidades, entre ellas, estar a cargo de la publicidad del Ron Superior Puerto Rico y de San Miguel y Compañía. Hubiera querido mencionarlo. Siento haberlo olvidado.

 Prosiguió su presentación leyendo versos de algunos poemas y ofreció una cátedra, estableciendo creativas conexiones con otros temas, como el bolero, la obra del poeta Cavaffy y el importante papel que tienen las ciudades en la literatura. Eso me hizo recordar El Cuarteto de Alejandría de Lawrence Durell. Sentí una gran satisfacción al escucharle decir que La verdadera muerte de Daniel Santos estaba entre los cuentos cortos que más le han gustado. Gracias, Rafah.

Otra inexcusable omisión fue los nombres de las dos personas que convirtieron un reguerete de poemas, dibujos, fotos y un cuento corto en una unidad llamada libro. Son ellos Marcos Pastrana y Teresa Rodríguez. Espero que no sea tarde para decir gracias.  

Ahora que estoy en casa y, claro, aquí me acuerdo de todo, no entiendo por qué en la sección de la presentación dedicada a preguntas y respuestas perdí en ‘’los remolinos de la mente” el nombre del autor del primer bolero titulado Tristezas, cuyo autor es el santiaguero Pepe Sánchez, quien lo compuso en el año 1883. También se me cayó la bola cuando desde una mesa me hicieron la pregunta de cuáles eran mis poetas puertorriqueños favoritos. Contesté que José María Lima era uno de ellos, pero no mencioné a Palés ni a Julia de Burgos, por quienes siento una admiración especial. Pienso que si Julia cerraba los ojos y seguía respirando, los versos tocaban a su puerta.

A pesar de estos olvidos, el balance fue más que favorable. Pude comprobar que es cierta la teoría aristotélica de que la relación más estable y duradera entre los seres humanos es la amistad. Gracias por haberme acompañado. 

A punto de caer

A veces escribir no esclarece. Una se empeña,
pero acaba el cansancio por rendirla.
Tendrá que ser suficiente escribir para atestiguar imágenes a un tiempo perturbadoras y conmovedoras y confiar que registrarlas hace algún homenaje al
Puerto Rico que a una le tocó vivir, ese volcánico
azar objeto para mí de una gran pasión.

Beatriz Llenín Figueroa  /Especial para En Rojo

Son dos los caminos que pueden llevarme de la casa al trabajo. En cada uno, hay una máquina doméstica fuera de contexto, puesta al borde de un país al borde. 

El primer caso es una lavadora de ropa empotrada en un cuadrado que, al parecer, fue hecho especialmente para alojarla. El cuadrado, ubicado entre dos ventanas en el lateral de una casa de madera, le roba ese espacio al interior. La casa, a su vez, está construida junto a la angosta carretera que atraviesa una colina frente a la costa. 

Vista desde esa carretera que recorro en las mañanas, la máquina de lavar ropa aparece casi suspendida en el aire, a punto de caer. A pesar de mi cotidiano empeño en descifrarlo, aún no encuentro el modo en que las personas que interactúan con la máquina pueden hacerlo, salvo por un angostísimo pasillo que creo haber divisado en la fugacidad del ajoro matutino. Lo cierto es que nunca he visto –a ninguna hora del día– una persona echar o sacar ropa de la máquina. Sin embargo, la lavadora se ve bastante nueva, lo que me hace suponer que no se trata de un abandono.

La casa de madera estuvo más de un año con toldos azules, pero la máquina de lavar ropa se salvó del embate mariano. La mañana en que divisé el resplandor del sol chocando contra las nuevas planchas de zinc en la casa empotrada en la colina, fui muy feliz. 

El segundo caso es un televisor análogo –con todo y abultamiento posterior– empotrado en una silla de ruedas. El televisor pareciera la antítesis de la lavadora, tomando en cuenta que la capacidad de interacción humana-máquina está multiplicada por virtud de la ingeniosa movilidad de la última. Pero, invariablemente, veo el televisor estacionado en el mismo lugar, al borde de los blíchers de una cancha de baloncesto comunal, haya o no juego. 

Siempre ruego que el semáforo que está frente a la cancha me toque rojo para contemplar por unos minutos el baloncesto de nuestra muchachería tenaz, aviso de futuros, pero, sobre todo, para ver el televisor en todo su esplendor, lanzando su programación local mientras un señor que, a la distancia, juzgo de más de sesenta años, lo mira. No son pocas las veces que allí están el televisor y el señor, en la oscuridad de la noche y en el silencio de la ausencia, porque esa noche no hay juego o porque ya se acabó. La noche en que confirmé que la cancha y los juegos de baloncesto se mantuvieron en pie tras María, fui muy feliz.

¿Por dónde ir con estas dos imágenes recurrentes? Una podría discutir la historia diferenciada de cada una de las máquinas, así como las implicaciones sociales, económicas, imaginativas y hasta políticas del régimen del televisor y del fin aparente de los lavados en el río. Una podría también hacer la asociación sencilla que nos permite la sinécdoque: estas máquinas fuera de sus contextos habituales son una muestra del todo, del país descalabrado. Una podría, del mismo modo, discutir las relaciones de género que la maquinización de la vida refuerza y ahonda. La lavadora de ropa es una máquina para mujeres (esto es comprobable incluso en la historia de su invención y difusión) que, de paso, asiste al capital a asegurar la entrada más robusta de las mujeres a “la fuerza de trabajo” y que no debe ocupar una posición central en las casas, sino más bien marginal, escondida si posible, como las vidas de las mujeres que han de usarla. Mientras, el televisor es una máquina para “toda la familia,” supuestamente democratizadora de la información y que, por ello, debe tener en el hogar –o en la oficina médica, en la agencia de gobierno, en la barra, en el restaurante o dondequiera– un espacio preferencial. Mas, al interior de la domesticidad heterosexual, tiende a generar incontables anécdotas sobre el “hombre de la casa” que monopoliza el control remoto. 

Se confirman estas aseveraciones con la inaccesibilidad –e incluso el peligro– que supone usar la lavadora de nuestra casa de madera, mientras el televisor de nuestra cancha comunal puede llegar en su silla de ruedas a cualquier parte para ocuparla preferencialmente. Se confirman también porque a la lavadora nunca la he visto con persona. Al televisor, en contraste, nunca lo he visto sin hombre.

Aunque sería posible encabullar todo lo anterior, nada me anima a volver a tirar. Al ver la lavadora y el televisor cada día que me dirijo hacia o regreso de nuestra universidad pública a punta de pistola del poder, se me aloja en la garganta una piedra cuya materia desconozco, aunque intuyo que no es análisis lo que precisa. He llorado por su causa. Sospecho que mucho se relaciona la piedra con el modo en que esa lavadora al borde de un precipicio de casa de madera y ese televisor que podría ir a cualquier parte, pero solo va a la cancha comunal, nos dicen mucho, muchísimo sobre la pobreza que María no ha hecho más que desvestir en este asediado grupito de islas. 

A veces escribir no esclarece. Una se empeña, pero acaba el cansancio por rendirla. Tendrá que ser suficiente escribir para atestiguar imágenes a un tiempo perturbadoras y conmovedoras y confiar que registrarlas hace algún homenaje al Puerto Rico que a una le tocó vivir, ese volcánico azar objeto para mí de una gran pasión. Si alguna mañana bordeando la casa me encontrara el cuadrado vacío, o alguna noche ante el semáforo rojo me topara con la desaparición del televisor, seguramente lloraría una inmensa pérdida.