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Esos tristes ratones tan humanos

Por Carlos R. Alberty Fragoso/Especial para En Rojo

En Novosibirsk, Rusia, hay una escultura en honor al ratón de laboratorio: la figura de un gran ratón con espejuelos redondos y dos grandes agujas tejiendo una cadena de ADN. Es el homenaje del Instituto de Citología y Genética a este animalito. ¿Sentido reconocimiento o profunda culpa? Es curiosa la imagen porque en realidad es el ser humano el que investiga y son los ratones los que sufren las investigaciones. La estatua da una imagen distinta de lo real, como si el ratón –humanizado–, y como una “doñita”, fuera el sujeto de la acción y no su objeto. 

A simple vista, los ratones parecen tan distintos a los seres humanos y, sin embargo, qué sorpresa, el genoma ratonil tiene más del 95% de coincidencia con el del ser humano. Son nuestros hermanos en más de un 95 por ciento.

Ahora imagínese que usted es tan pequeño que mide 5 centímetros y su casita es una jaula o cuadrilátero transparente. Mira a su alrededor y ve largos pasillos con cientos de estantes con muchas casitas igual que la suya, así como en una gran almacén de zapatos. Parece que no está solo, tiene una gran familia de cientos, miles de hermanos. Resulta que un buen día, a los tres de nacido, llegan unos señores con las cabezas tapadas con redecillas o algo parecido como los empleados de cafetería y todo el cuerpo cubierto de ropas especiales desde la cara hasta los zapatos. Llegan, lo cogen a usted y le inyectan algo que usted no conoce. Después esperan las consecuencias. Pero estas varían dependiendo de lo que le inyectaron, puede ser fiebre, dolor, escalofríos, vómitos, temblores, parálisis, pérdida de memoria, de sueño, entre otras opciones. En otros casos, usted ni se entera de cúando llegan los señores de las ropas especiales. Antes de su nacimiento, en el estado embrionario, ya le habían incluido en su cuerpo la extraña sustancia. Su destino ya estaba escrito. Un día, poco después, usted está tan débil que no puede caminar, las patitas no le responden, los ojos no atinan a enfocar. Finalmente usted muere. También hay otras historias de “éxito” relativo pues resulta que no le han inyectado nada y son otros de sus hermanos los que enfrentarán los dolores que le hayan asignado. El problema entonces es qué harán con usted cuando se haya cumplido su destino. En muchos casos, una breve torcedura de cuello le pone punto final a su pequeña historia. Claro, esto es una versión libre y simple de lo que sucede en la realidad. Solo en el Reino Unido, en el Mary Lyon Centre hay 56,000 ratones. Pueden ustedes sacar un cálculo aproximado de las bajas.

Según el diccionario, el origen griego del significado de la palabra “mártir” es “testigo”. Si bien los ratones de laboratorio no mueren por ninguna fe ni creencias suyas, sí son testigos del sufrimiento al que los someten por el progreso de investigaciones científicas. (Alguien podría decir, como lo hizo Ernesto Sábato en su día, que en cierto modo la ciencia sí es un tipo de creencia o genera el culto de sí misma, pero eso es otro asunto.) No obstante el tema es complejo porque sabemos que sin el sufrimiento de millones de ratones no se hubieran hecho grandes avances en busca de terapias, vacunas y medicinas. Aquí la gran pregunta es si nuestra especie, si el ser humano, tiene derecho a someter a otras especies al sufrimiento para adelantar sus propósitos médico-científicos. Claro está, la pregunta va al centro de la creencia en nuestra superioridad bajo la cual todo el planeta debe estar sometido.

Desde el comienzo de los tiempos el ser humano ha entendido que puede disponer de los otros animales a su antojo. Salvo, tal vez, en ciertos contextos culturales o religiosos como el hinduismo, los animales han estado sometidos a las necesidades, deseos y hasta extravagancias del ser humano. Pero tal vez ha llegado el tiempo de repensar a herencia.

El concepto de “animal sintiente” se abre paso en nuestros días. Nos dice Miguel Ibáñez, profesor de la Universidad Complutende de Madrid: “Ser sintiente” significa ser consciente y sentir emociones como placer y dolor, gracias a las cuales los animales podemos sobrevivir en un mundo lleno de sensaciones” (“Informe: Fundamentos científicos de las nuevas políticas de bienestar animal”, 29 de noviembre de 2015). En dicho Informe, el profesor Ibáñez concluye: “Existen datos científicos suficientes para admitir que el dolor y el sufrimiento en los otros animales son experiencias conscientes, a nivel perceptivo y emocional, tan aversivas como para importarnos prevenirlas y aliviarlas”. Ya en varios países se ha aprobado y se discute legislación para la protección de los animales y minimizar el sufrimiento que les causamos (España, México, Argentina, Colombia). En Nueva Zelanda, por ejemplo, se ha aprobado legislación para prohibir los experimentos con fines de la industria de cosméticos. 

Ahora vean este dato los que piensen que los otros animales no piensan ni sienten.                

Hace poco encontré en la Internet los hallazgos de un experimento con ratas de laboratorio en los que se constataba su sentido de altruismo y solidaridad. Resulta que colocan a un grupo de ratas en un caja, pero hay una que está atrapada en otro compartimento. Las compañeras pueden verla y oír sus quejidos. Hay una puertecita que las separa. Las ratas, inteligentes como son, encuentran el modo de abrir la puertecita y liberar a la prisionera. Pero la cosa no acaba ahí. Los investigadores quisieron ir más allá y colocaron un distractor o una diabólica tentación: chocolate. La situación ahora posee una disyuntiva: o liberar a la compañera o comerse el chocolate. La mayoría de las ratas opta por liberar la compañera y luego compartir con ella la golosina. No sé si tales resultados también se puedan ver en la población de ratones, pero los chiquitines no tienen por qué ser menos altruistas ni más chocolatistas que las ratas. Sabemos que en el transcurso de nuestra Historia ha habido especímenes que han preferido el “chocolate”. (Aunque también es cierto que otros han preferido liberar al compañero.)

En vista del historial humano, demasiado humano de nuestra especie, ante el tratamiento que por mucho tiempo les hemos dado a los otros animales, no basta disculparnos y mostrar nuestro agradecimiento con estatuas. (Además, ¿cómo uno se disculpa con los ratones?) Es preciso tomar medidas para acabar o minimizar su sufrimiento. Después de todo ellos, los otros animales, no tienen la culpa de que nosotros los humanos hayamos surgido en esta Tierra para fastidiarles la vida. 

Cuando una palabra suya bastaría para sanarme

Por Zahira Mabel Cruz/ Especial para En Rojo

Aspirar siempre a la verdad es aspirar a más. Así funciona la ley del deseo. Y yo diría que dependemos del deseo para preservar nuestras vidas. Para poder decir que vivimos no solo porque existimos, sino porque ejercemos la vida. El deseo es un motor. La verdad es un anhelo digno y un asunto gnoseológico. Hay que creer aunque sea creyendo en que se cree.

Dice Fígaro, heterónimo de Mariano José de Larra, en su artículo periodístico “La Noche Buena de 1836”, que “el corazón del hombre necesita creer algo, y cree mentiras cuando no encuentra verdades que creer”. Es cierto que hablar de verdades es hablar de agua entre los dedos. Pero también es cierto que las necesitamos para soportar la vida. Verdades o mentiras, da igual, siempre serán la misma cosa en algún momento dado y, en algo hay que creer. De todas formas la verdad es el deseo y la tentación insatisfechos. Somos seres concupiscentes y la concupiscencia es nuestro castigo. Somos Tántalo con el agua hasta el cuello, sedientos y sin poder tomar, hambrientos con la fruta prendida a una rama, a la altura de nuestras bocas y sin poder comer. Podríamos decir que estamos condenados al “tan cerca y tan lejos”; al “mira y no toques”; condenados a los espejismos y por ello al pendejismo —que en este caso siempre debemos asumir con dignidad—. Aspirar siempre a la verdad es aspirar a más. Así funciona la ley del deseo. Y yo diría que dependemos del deseo para preservar nuestras vidas. Para poder decir que vivimos no solo porque existimos, sino porque ejercemos la vida. El deseo es un motor. La verdad es un anhelo digno y un asunto gnoseológico. Hay que creer aunque sea creyendo en que se cree. Y aunque yo, y muchos otros, nos burlemos de los que creen —porque hay creencias que sobrepasan mi capacidad de comprensión— nadie debería tomarse la libertad de quitarte las esperanzas. Esa, a veces, podría ser la última —y por eso la mayor— crueldad. El camino del desengaño se recorre solo, se aprende solo aunque muchos vayan a tu lado. Pero también, a veces llevamos cosas tan adentro, tan metidas en la médula de los huesos, tan enterradas en lo profundo de la conciencia y la inconsciencia, que son como verdades que te salvan o te pierden, aun en el último aliento de tu vida. Que te salvan o te pierden para la muerte pero que una sola palabra bastaría para la resolución. A decir verdad —pactemos en que podemos decir algunas—, todos aspiramos y necesitamos redención. Y la redención se trabaja para uno y por uno mismo. Tal vez consiste en aferrarse a verdades o en liberarse de ellas, no olvidemos que el camino al infierno está empedrado de buenas intenciones. Creo tanto en la enmienda de los errores como en el arrepentimiento, aunque a fin de cuentas el segundo no sea un sacwrificio ni un resarcir, sino lo único que tenemos cuando ya no hay nada que hacer. Sin embargo, el deber nuestro es enmendar, o al menos intentarlo. Y los errores no se enmiendan con un “Padre Nuestro” y Tres Ave María”, sino que se pagan con creces. ¿Cuáles serán estas? Solo uno sabe. 

El padre Rentería, el de la región de Comala, el de la novela Pedro Páramo (1955) de Juan Rulfo, le quitó las esperanzas de redención a muchos de los pecadores de su pueblo y al hacerlo, descubrió que perdía las suyas. Llegó a sentirse un hombre malo. Le faltó el sueño, se sintió culpable. El padre Rentería, entre otras cosas, fue inmisericorde, no intercedió por los pecadores para con Dios. Les negó la calma, el perdón, la paz; él, quien se supone era el más cercano a Dios de entre todos los demás habitantes de ese pueblo fantasma. Él, que debía ser la única certeza, la llave para la liberación sosegada de ese mundo tan arruinado, tan consumido, le aseguró a Dorotea que por sus pecados jamás conocería la Gloria. “Que ni siquiera de lejos la vería…”. Ella sabía que había sido cosa de sus pecados, pero él no debió habérselo dicho, porque “Ya de por sí la vida se lleva con trabajos. Lo único que la hace a una mover los pies es la esperanza de que al morir la lleven a una de un lugar a otro; pero cuando a uno le cierran una puerta y la que queda abierta es nomás la del Infierno, más vale no haber nacido…”. La salvación y la condena al final, tal vez, solo dependan de una palabra. Por eso, el día cercano a nuestra muerte, ojalá tengamos cerca a un Amigo, sólo él nos abriría las puertas del cielo.

Volé a Aruba y aterricé, casi, en Puerto Rico

Por Beatriz Llenín Figueroa/Especial para En Rojo

Hay papiamento y un multilingüismo cohabitado que corre al ritmo del torrente de vida, traspasando los palacios y los saiclonfen y los alambres de púa y los turistas english-monolingües y las murallas y el abandono y la traición. Hay una alegría de carnaval y la persistencia de lugar pequeño, manoseado, saqueado, violentado, pero, por lo mismo, siempre incomprensible para la gramática del poder, secreto, escondido, en pie.

En Aruba hay una ristra de hoteles como palacios en el litoral.

Hay otra hilera de hoteles, de más baja escala, un poco más allá y aun otra un poco más acá.

Hay minas de oro abandonadas.

Hay plantaciones de sábila derruidas.

Hay refinerías de petróleo vueltas monstruos venenosos del huido capital.

Hay campos militares con altísimos saiclonfen y rollos de alambre de púa.

Hay campos de golf con altísimos saiclonfen y rollos de alambre de púa.

Hay un par de cuadras como set de película, frente al muelle donde aparcan los cruceros, con frontones de brillantes colores, tiendas de diseñador y un colosal embuste por bienvenida.

Hay letreros de propiedad privada frente al mar.

Hay un imperio holandés al que atención crítica debemos.

Hay un vaivén diario de moles de turistas con su pinta de turista y su actitud de turista y su violencia de turista y su inconciencia de turista y su estupidez de turista.

Y hay una línea, negra por un lado y blanca por el otro, que al pretenderse invisible se vuelve más real. 

La máscara blanca de los hoteles, las minas, las plantaciones, las refinerías, los campos militares, los campos de golf, el puerto de los cruceros, el imperio holandés, los moles de turistas, toca sin tocar la piel negra de una honda pobreza hecha de zinc, varillas y jirones. 

La vulgar opulencia blanca, que siempre se va, reclama el mar como propio. A su lado, la economía negra remonta a diario la traición de la antigua promesa de bienestar. 

Con cada boom de negocios en Aruba, cuyo bust está previamente asegurado, hay también poblaciones que van y vienen, que llevan décadas viniendo y yéndose, no por la movilidad del dueño, sino por la del peón. Me cuentan que hay mucha gente colombiana y mucha gente venezolana y mucha gente de otros países caribeños. Conocí a una mujer dominicana con quien compartí largos ratos de plática. Los cuentos de su vida trashumante son mitad espeluznantes, mitad las historias más dignas que jamás se hayan contado. 

También me cuentan que hay muchos accidentes fatales, sobre todo, al cobijo de las noches profundas, porque no caben los carros ni las adicciones ante tanto dolor sin perspectiva de futuro. Una enfermera de ambulancia a quien conocí me lo confirma.

En Aruba, por otra parte, hay cabras libres en los redondeles de las calles. Hay una exuberancia desértica en una región mercadeada como tropical paraíso. Hay papiamento y un multilingüismo cohabitado que corre al ritmo del torrente de vida, traspasando los palacios y los saiclonfen y los alambres de púa y los turistas english-monolingües y las murallas y el abandono y la traición. Hay una alegría de carnaval y la persistencia de lugar pequeño, manoseado, saqueado, violentado, pero, por lo mismo, siempre incomprensible para la gramática del poder, secreto, escondido, en pie.

Ya no quiero que me insistan –derechas o izquierdas– que mire a otra parte, más arriba o más abajo del Ecuador. Volé a Aruba y aterricé, casi, en Puerto Rico. Es esto lo que quiero –y debo– mirar.

“Ataque de Nostalgia”

Anécdota del hijo menor de Roque Dalton, Jorge Dalton, 

sobre uno de los viajes de su padre

Por Jorge Dalton

En 1971 mi padre hizo un viaje espectacular a China y Corea del Norte. Kim Il Sung, el primer ministro norcoreano había extendido una invitación para que participara en los festejos por el aniversario de la fundación de la República Democrática de Corea. Para esto, tuvo que hacer un largo recorrido en avión desde La Habana a Alemania y de ahí a Moscú. Más tarde atravesar durante más de una semana gran parte de la Unión Soviética por medio del Expreso Transiberiano.

Recuerdo que regresó muy sorprendido por diversas razones. A pesar de su admiración por la Revolución China y Coreana le pareció sumamente exagerado y absurdo la manera en que los dirigentes de estos países conducían a sus pueblos. Principalmente en Corea del Norte en que la racionalización era de tal manera que hasta el cine estaba racionado. Los núcleos familiares tenían derecho de asistir a una sala de cine una vez por mes y ver sólo películas realizadas en los países socialistas.

El teatro por su parte, se centraba en las historias de la lucha del pueblo coreano en contra de la invasión japonesa o durante la guerra contra Estados Unidos en que los actores que hacían de japoneses o norteamericanos eran artistas sancionados por supuesta mala conducta o que en algún momento tuvieron una “actitud burguesa”. Hacer de “malo” o de “enemigo” en una obra teatral o en el cine, era una deshonra y un castigo. La literatura sólo reflejaba los temas de la construcción del socialismo, la historia de los grandes dirigentes comunistas y extensos manuales de filosofía marxista.

No había periódico, libro o revista en que apareciera el Primer Ministro Norcoreano al que se nombraba en el pie de foto como: “Sabio y glorioso Camarada Kim Il Sung, Lider Paternal, Sol de la Nación, Comandante de Acero, Primer Ministro del Gabinete de la República Popular de Corea, Fundador del Partido Comunista, Fundador de la República Democrática de Corea y Líder indiscutible de los 40 millones de coreanos, estrecha la mano de una anciana a la entrada de una fábrica”, idem “Inaugura hospital”, idem “saluda a los trabajadores”.

Nunca olvidaré una de las tantas películas coreanas que vi en Cuba y que mi padre me llevó a ver al Cine Riviera y creo que se llamaba: “Mar de fuego”. En una escena en que él ejército norteamericano (por supuesto, los actores eran coreanos) habían masacrado una aldea de campesinos. Los principales oficiales tomaban whisky y casi toda la tropa aparecía borracha, otros en primeros planos mascaban chicle y fumaban cigarros Malboro en actitud prepotente y triunfalista. Mientras uno de ellos miraba a través de unos prismáticos. Un corte y del otro lado, las tropas de Kim Il Sung, entonando himnos, avanzaban a todo dar con banderas rojas, bayonetas caladas y fusiles AK-47. El oficial norteamericano lleno de pavor tiró los prismáticos y comenzó a gritar a los demás gringos: “¡Huyamos como ratas! ahí vienen las hordas del invencible ejército rojo, al mando del mariscal Kim Il Sung, “Sabio y Glorioso Camarada, Líder Paternal, Sol de la Nación, Comandante de Acero, Primer Ministro del Gabinete de la República Popular de Corea, Fundador del Partido Comunista y líder de los 40 millones de coreanos.¡¡¡Sálvense quien pueda!!!

La capital de Corea del Norte, Pyongyang se diseñó, de una forma, que una vez construida la estatua del máximo líder sus proporciones eran descomunales y se podía divisar desde cualquier sitio de la ciudad. Si uno encontraba un lugar en el que no se lograra ver el monumento, ponía en duda el trabajo realizado por los arquitectos y escultores.

A mi padre se le ocurrió contar a varios miembros de la delegación latinoamericana que había descubierto una calle en que no se veía la estatua de Kim Il Sung. Esto llegó a oídos del oficial coreano responsable de la atención a los delegados e inmediatamente se lo llevaron para tratar de localizar el lugar. Dieron vueltas de un lado para otro durante más de tres horas, mi padre cagado de la risa, dando pistas falsas y repitiendo constantemente que no recordaba con exactitud a una comitiva de más de 20 coreanos idénticos que terminó por extenuar.

El culto a la personalidad fue lo que más le impactó. Nos contaba de cómo todas las delegaciones invitadas a los festejos, caminaron 11 kilómetros para ver una piedra donde Kim Il Sung jugaba “de barco” cuando el “Sabio y Glorioso Camarada”, tenía 6 años de edad. 

Mi padre regresó al “Socialismo caribeño”, bastante distante del asiático y el europeo, cargado de regalos en su mayoría libros y posters gigantescos, en los que un soldado, un marino, un obrero y un maestro portaban un fusil AKM, una clásica estética del llamado “realismo socialista”. Pegó uno de los poster en la terraza de nuestra casa, diciendo a todo el mundo que el marino se parecía a Regis Debray y el campesino a Roberto Fernández Retamar.

Pero el regalo más preciado fue una réplica del uniforme que “El Comandante de Acero” utilizó en sus campañas militares en contra de los norteamericanos, obsequiado a los participantes. Muchas veces algunos amigos visitaban nuestra casa y mi padre los recibía disfrazado de Kim Il Sung.

Una tarde regresé de mi escuela que casualmente se llamaba “Nguyen Van Troi”, el héroe vietnamita fusilado por el ejército norteamericano a principios de los años 60s; Toqué el timbre de la puerta y me abrió mi papá parado firmemente con aquél traje, ordenándome con un saludo militar: “¡Camarada Jorge! El pueblo de la República Popular de Corea por medio de su máximo dirigente, el indiscutible líder de los 40 millones de coreanos, el glorioso Camarada Kim Il Sung, le asignan una misión especial por la cual será condecorado con la orden máxima de Héroe de la República Popular de Corea”. 

Entré sin hacerle mucho caso pues en la sala se notaban las huellas de que algunos de sus amigos habían pasado con dos botellas de ron “Matusalén”. Pero con tal de que no me jodiera como siempre hacía, decidí cumplir la misión encomendada por el “Sabio y Glorioso Camarada Kim Il Sung, Líder Paternal, Sol de la Nación y Comandante de Acero.

La misión consistía en desarmar una puerta y luego utilizarla de puente desde una ventana de nuestro apartamento hasta un techo vecino con el objetivo de llegar hasta un frondoso árbol en el que hacía poco, habían comenzado a brotar los “mangos tiernos”. Ya del otro lado -y que de milagro no se fue de cabeza tres pisos para abajo- me ordenaba en voz baja, susurrando: ¡Compañero Jorge! Quédese vigilando, que el máximo líder regresará cargado de mangos verdes para comer con sal, limón y chile, el pueblo de Corea y su partido, le estarán agradecidos por haber cumplido esta difícil tarea.

Yo sin embargo, estaba loco por que todo terminara. A mis 10 años confieso que yo era un niño con cierto malhumor y por eso mi padre vivía jodiéndome cada vez que podía para ver si yo cambiaba. A esa hora sólo pensaba en que los amigos del barrio me esperaban para jugar “a los pistoleros”. Por fin la misión se cumplió y mi padre se sentó a pelar aquellos mangos verdes cual si se tratase de una comida tan apetitosa como una langosta o un faisán. 

Ya me dirigía hacia donde mis amigos cuando de pronto tocaron a la puerta. Era nada más y nada menos que la Policía Nacional Revolucionaria que acudía al lugar después que varios vecinos habían denunciado que un individuo saltó de techo en techo vestido de un raro uniforme militar. Automáticamente pensaron que se trataba de un ladrón o un “infiltrado imperialista”. Y yo me dije: “Ahora si se jodió la cosa, mira que yo paso trabajo para jugar carajo, seguro ahora hay que ir para la estación”

Aun vestido de Kim Il Sug y mordiendo un mango con sal y limón, mi padre se disculpó con el oficial de policía, un negro alto, buena gente que no dejaba de tragar en seco y con el rostro encogido, sin salir del asombro viendo como el poeta devoraba aquella fruta verde que los cubanos acostumbran a comerla solo cuando está madura. 

Mi padre le decía: “Mire compañero, lo que pasa es que yo soy salvadoreño y en El Salvador se comen los mangos verdes así. Hoy tuve un “ataque de nostalgia” pero le juro que esto no volverá a ocurrir”. El oficial moviendo la cabeza le dijo: “Oye chico pero que locura más grande!!!. Te voy a decir una cosa muchacho, si tu sigues comiendo mango así vas a coger tremenda tifus y te puedes morir, coño!”. Y mi padre le contestó: “Nooo hombre, ya se hubieran muerto de tifus, los cinco millones de salvadoreños!”.

La cosa no terminó ahí, luego que se fue el policía, mi padre sacó su cámara de fotografía soviética y me dijo: “Camarada Jorge, la última misión”: ¿podrías hacerle una foto al camarada Kim? Y con tremendo encabronamiento, esta fue la foto que tomé ese agitado día de Grandes Misiones Revolucionarias, en el balcón de nuestra casa en la calle J No 162 en el Vedado, La Habana, Cuba.

Tomado de Roque Dalton. Archivo digital. rdarchivo.com

Poesía: Irizelma Robles

Azul

para Arnaldo Roche-Rabell porque

“Tiene que haber dos cielos”

Te imagino en cuclillas frente al agave

rasgando su piel

para extraer el último color de Azul

como un chamán

que prepara la tintura del rostro

antes de irse a danzar entre dos cielos

Horchata

Secas por el centro

recogen a sus hijos en la falda

como granos de arroz

de sus pechos envanecidos sale

un hilo de leche sin espumar

agua de horchata

las crías se arrebolan en su pecho

en las sayas del hambre

La sed de Orozco

Homenaje a José Clemente Orozco

Un hospicio para la infinita

precisión de tus manos

una casa para guardar

los chasquidos del metal

la traición de la Malinche

el fuego del Hombre

ocres y grises

para la sed de Orozco 

La Merced 

a mi madre

Sólidas montañas

ocurren a cada paso:

semillas para moler

barro, arcilla, cal

fruta, almíbares, sueños

el señor que revende

y la señora que ordena

su mesa, ese espacio reducido

que ella multiplica con sus manos

para acomodar torres de cebolla y rábanos.

Alguien dice, “pásele, güerita”

y compro la piñata para la fiesta de mi niña,

pruebo “tantita” fruta,

me dejo llevar por las olas de la Merced. 

El huapango de la sal

Para Marcial Cortés, abuelo de Salomé

La raíz fuerte del mezcal

escondía los gusanos

que ponía a danzar

sobre el comal ardiente 

Tomaba el agua fuerte

y grababa la muerte blanca

en una tortilla de maíz azul 

Luego bailaba un huapango

con la sal herida

Peyote de San Luis Potosí 

Para Luis A. Boria, abuelo de Salomé 

Nunca comí peyote pero fui a San Luis.

Un día me aburría junto a mi padre

en un rincón de ese desierto,

esperando el desayuno.  

No sería peyote

ni vendría Mezcalito a contarme

el nombre de la hija que nacería,

ni la muerte del hombre a mi lado,

pero me esperaban.

Pulque

Imagino a tu abuelo

en el trance del pulque

me gustaría decirte que lo vi saliendo de la cantina

con la vida por delante

pero la misma muerte le colmaba el vaso

hasta reventar 

era de Chapulhuacán

cuentan que iba armado

y a caballo

hablaba la lengua

que no te heredó

entre todo lo demás perdido 

nunca lo vi salir de la cantina

ni lo vi entrar o salir de ningún rancho

lo imagino todo para que sepas

cómo fueron las cosas

que te forman

aunque no las puedas alcanzar con la mirada 

era un indio

del corazón de la Huaxteca

en ese corazón dejó la herencia

y la vida que fue perdiendo

de trago en trago

a sorbos

como quien sabe tener

cuatro hijos y dos nietas

una mujer y madre

una vida

y tirarla