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“Ataque de Nostalgia”

Anécdota del hijo menor de Roque Dalton, Jorge Dalton, 

sobre uno de los viajes de su padre

Por Jorge Dalton

En 1971 mi padre hizo un viaje espectacular a China y Corea del Norte. Kim Il Sung, el primer ministro norcoreano había extendido una invitación para que participara en los festejos por el aniversario de la fundación de la República Democrática de Corea. Para esto, tuvo que hacer un largo recorrido en avión desde La Habana a Alemania y de ahí a Moscú. Más tarde atravesar durante más de una semana gran parte de la Unión Soviética por medio del Expreso Transiberiano.

Recuerdo que regresó muy sorprendido por diversas razones. A pesar de su admiración por la Revolución China y Coreana le pareció sumamente exagerado y absurdo la manera en que los dirigentes de estos países conducían a sus pueblos. Principalmente en Corea del Norte en que la racionalización era de tal manera que hasta el cine estaba racionado. Los núcleos familiares tenían derecho de asistir a una sala de cine una vez por mes y ver sólo películas realizadas en los países socialistas.

El teatro por su parte, se centraba en las historias de la lucha del pueblo coreano en contra de la invasión japonesa o durante la guerra contra Estados Unidos en que los actores que hacían de japoneses o norteamericanos eran artistas sancionados por supuesta mala conducta o que en algún momento tuvieron una “actitud burguesa”. Hacer de “malo” o de “enemigo” en una obra teatral o en el cine, era una deshonra y un castigo. La literatura sólo reflejaba los temas de la construcción del socialismo, la historia de los grandes dirigentes comunistas y extensos manuales de filosofía marxista.

No había periódico, libro o revista en que apareciera el Primer Ministro Norcoreano al que se nombraba en el pie de foto como: “Sabio y glorioso Camarada Kim Il Sung, Lider Paternal, Sol de la Nación, Comandante de Acero, Primer Ministro del Gabinete de la República Popular de Corea, Fundador del Partido Comunista, Fundador de la República Democrática de Corea y Líder indiscutible de los 40 millones de coreanos, estrecha la mano de una anciana a la entrada de una fábrica”, idem “Inaugura hospital”, idem “saluda a los trabajadores”.

Nunca olvidaré una de las tantas películas coreanas que vi en Cuba y que mi padre me llevó a ver al Cine Riviera y creo que se llamaba: “Mar de fuego”. En una escena en que él ejército norteamericano (por supuesto, los actores eran coreanos) habían masacrado una aldea de campesinos. Los principales oficiales tomaban whisky y casi toda la tropa aparecía borracha, otros en primeros planos mascaban chicle y fumaban cigarros Malboro en actitud prepotente y triunfalista. Mientras uno de ellos miraba a través de unos prismáticos. Un corte y del otro lado, las tropas de Kim Il Sung, entonando himnos, avanzaban a todo dar con banderas rojas, bayonetas caladas y fusiles AK-47. El oficial norteamericano lleno de pavor tiró los prismáticos y comenzó a gritar a los demás gringos: “¡Huyamos como ratas! ahí vienen las hordas del invencible ejército rojo, al mando del mariscal Kim Il Sung, “Sabio y Glorioso Camarada, Líder Paternal, Sol de la Nación, Comandante de Acero, Primer Ministro del Gabinete de la República Popular de Corea, Fundador del Partido Comunista y líder de los 40 millones de coreanos.¡¡¡Sálvense quien pueda!!!

La capital de Corea del Norte, Pyongyang se diseñó, de una forma, que una vez construida la estatua del máximo líder sus proporciones eran descomunales y se podía divisar desde cualquier sitio de la ciudad. Si uno encontraba un lugar en el que no se lograra ver el monumento, ponía en duda el trabajo realizado por los arquitectos y escultores.

A mi padre se le ocurrió contar a varios miembros de la delegación latinoamericana que había descubierto una calle en que no se veía la estatua de Kim Il Sung. Esto llegó a oídos del oficial coreano responsable de la atención a los delegados e inmediatamente se lo llevaron para tratar de localizar el lugar. Dieron vueltas de un lado para otro durante más de tres horas, mi padre cagado de la risa, dando pistas falsas y repitiendo constantemente que no recordaba con exactitud a una comitiva de más de 20 coreanos idénticos que terminó por extenuar.

El culto a la personalidad fue lo que más le impactó. Nos contaba de cómo todas las delegaciones invitadas a los festejos, caminaron 11 kilómetros para ver una piedra donde Kim Il Sung jugaba “de barco” cuando el “Sabio y Glorioso Camarada”, tenía 6 años de edad. 

Mi padre regresó al “Socialismo caribeño”, bastante distante del asiático y el europeo, cargado de regalos en su mayoría libros y posters gigantescos, en los que un soldado, un marino, un obrero y un maestro portaban un fusil AKM, una clásica estética del llamado “realismo socialista”. Pegó uno de los poster en la terraza de nuestra casa, diciendo a todo el mundo que el marino se parecía a Regis Debray y el campesino a Roberto Fernández Retamar.

Pero el regalo más preciado fue una réplica del uniforme que “El Comandante de Acero” utilizó en sus campañas militares en contra de los norteamericanos, obsequiado a los participantes. Muchas veces algunos amigos visitaban nuestra casa y mi padre los recibía disfrazado de Kim Il Sung.

Una tarde regresé de mi escuela que casualmente se llamaba “Nguyen Van Troi”, el héroe vietnamita fusilado por el ejército norteamericano a principios de los años 60s; Toqué el timbre de la puerta y me abrió mi papá parado firmemente con aquél traje, ordenándome con un saludo militar: “¡Camarada Jorge! El pueblo de la República Popular de Corea por medio de su máximo dirigente, el indiscutible líder de los 40 millones de coreanos, el glorioso Camarada Kim Il Sung, le asignan una misión especial por la cual será condecorado con la orden máxima de Héroe de la República Popular de Corea”. 

Entré sin hacerle mucho caso pues en la sala se notaban las huellas de que algunos de sus amigos habían pasado con dos botellas de ron “Matusalén”. Pero con tal de que no me jodiera como siempre hacía, decidí cumplir la misión encomendada por el “Sabio y Glorioso Camarada Kim Il Sung, Líder Paternal, Sol de la Nación y Comandante de Acero.

La misión consistía en desarmar una puerta y luego utilizarla de puente desde una ventana de nuestro apartamento hasta un techo vecino con el objetivo de llegar hasta un frondoso árbol en el que hacía poco, habían comenzado a brotar los “mangos tiernos”. Ya del otro lado -y que de milagro no se fue de cabeza tres pisos para abajo- me ordenaba en voz baja, susurrando: ¡Compañero Jorge! Quédese vigilando, que el máximo líder regresará cargado de mangos verdes para comer con sal, limón y chile, el pueblo de Corea y su partido, le estarán agradecidos por haber cumplido esta difícil tarea.

Yo sin embargo, estaba loco por que todo terminara. A mis 10 años confieso que yo era un niño con cierto malhumor y por eso mi padre vivía jodiéndome cada vez que podía para ver si yo cambiaba. A esa hora sólo pensaba en que los amigos del barrio me esperaban para jugar “a los pistoleros”. Por fin la misión se cumplió y mi padre se sentó a pelar aquellos mangos verdes cual si se tratase de una comida tan apetitosa como una langosta o un faisán. 

Ya me dirigía hacia donde mis amigos cuando de pronto tocaron a la puerta. Era nada más y nada menos que la Policía Nacional Revolucionaria que acudía al lugar después que varios vecinos habían denunciado que un individuo saltó de techo en techo vestido de un raro uniforme militar. Automáticamente pensaron que se trataba de un ladrón o un “infiltrado imperialista”. Y yo me dije: “Ahora si se jodió la cosa, mira que yo paso trabajo para jugar carajo, seguro ahora hay que ir para la estación”

Aun vestido de Kim Il Sug y mordiendo un mango con sal y limón, mi padre se disculpó con el oficial de policía, un negro alto, buena gente que no dejaba de tragar en seco y con el rostro encogido, sin salir del asombro viendo como el poeta devoraba aquella fruta verde que los cubanos acostumbran a comerla solo cuando está madura. 

Mi padre le decía: “Mire compañero, lo que pasa es que yo soy salvadoreño y en El Salvador se comen los mangos verdes así. Hoy tuve un “ataque de nostalgia” pero le juro que esto no volverá a ocurrir”. El oficial moviendo la cabeza le dijo: “Oye chico pero que locura más grande!!!. Te voy a decir una cosa muchacho, si tu sigues comiendo mango así vas a coger tremenda tifus y te puedes morir, coño!”. Y mi padre le contestó: “Nooo hombre, ya se hubieran muerto de tifus, los cinco millones de salvadoreños!”.

La cosa no terminó ahí, luego que se fue el policía, mi padre sacó su cámara de fotografía soviética y me dijo: “Camarada Jorge, la última misión”: ¿podrías hacerle una foto al camarada Kim? Y con tremendo encabronamiento, esta fue la foto que tomé ese agitado día de Grandes Misiones Revolucionarias, en el balcón de nuestra casa en la calle J No 162 en el Vedado, La Habana, Cuba.

Tomado de Roque Dalton. Archivo digital. rdarchivo.com

Poesía: Irizelma Robles

Azul

para Arnaldo Roche-Rabell porque

“Tiene que haber dos cielos”

Te imagino en cuclillas frente al agave

rasgando su piel

para extraer el último color de Azul

como un chamán

que prepara la tintura del rostro

antes de irse a danzar entre dos cielos

Horchata

Secas por el centro

recogen a sus hijos en la falda

como granos de arroz

de sus pechos envanecidos sale

un hilo de leche sin espumar

agua de horchata

las crías se arrebolan en su pecho

en las sayas del hambre

La sed de Orozco

Homenaje a José Clemente Orozco

Un hospicio para la infinita

precisión de tus manos

una casa para guardar

los chasquidos del metal

la traición de la Malinche

el fuego del Hombre

ocres y grises

para la sed de Orozco 

La Merced 

a mi madre

Sólidas montañas

ocurren a cada paso:

semillas para moler

barro, arcilla, cal

fruta, almíbares, sueños

el señor que revende

y la señora que ordena

su mesa, ese espacio reducido

que ella multiplica con sus manos

para acomodar torres de cebolla y rábanos.

Alguien dice, “pásele, güerita”

y compro la piñata para la fiesta de mi niña,

pruebo “tantita” fruta,

me dejo llevar por las olas de la Merced. 

El huapango de la sal

Para Marcial Cortés, abuelo de Salomé

La raíz fuerte del mezcal

escondía los gusanos

que ponía a danzar

sobre el comal ardiente 

Tomaba el agua fuerte

y grababa la muerte blanca

en una tortilla de maíz azul 

Luego bailaba un huapango

con la sal herida

Peyote de San Luis Potosí 

Para Luis A. Boria, abuelo de Salomé 

Nunca comí peyote pero fui a San Luis.

Un día me aburría junto a mi padre

en un rincón de ese desierto,

esperando el desayuno.  

No sería peyote

ni vendría Mezcalito a contarme

el nombre de la hija que nacería,

ni la muerte del hombre a mi lado,

pero me esperaban.

Pulque

Imagino a tu abuelo

en el trance del pulque

me gustaría decirte que lo vi saliendo de la cantina

con la vida por delante

pero la misma muerte le colmaba el vaso

hasta reventar 

era de Chapulhuacán

cuentan que iba armado

y a caballo

hablaba la lengua

que no te heredó

entre todo lo demás perdido 

nunca lo vi salir de la cantina

ni lo vi entrar o salir de ningún rancho

lo imagino todo para que sepas

cómo fueron las cosas

que te forman

aunque no las puedas alcanzar con la mirada 

era un indio

del corazón de la Huaxteca

en ese corazón dejó la herencia

y la vida que fue perdiendo

de trago en trago

a sorbos

como quien sabe tener

cuatro hijos y dos nietas

una mujer y madre

una vida

y tirarla

Breves de abril -2

Por María Cristina/En Rojo

Lo más que atrae de los tres filmes que pude ver en Fine Arts la semana pasada es la gran diferencia estilística y temática entre ellos. The Aftermath recoge la época inmediata de la posguerra en la Alemania ocupada por las tropas aliadas; Arctic se concentra en una sola persona que intenta sobrevivir un accidente aéreo en el Artico; The Mustang es la transformación de un hombre con una furia interna que lo aísla de toda socialización.

The Aftermath

Director: James Kent; guionistas: Joe Shrapnel, Anna Waterhouse, Rhidian Brook; autora Rhidian Brook; cinematógrafo Franz Lustig; elenco: Keira Knightley, Jason Clarke, Alexander Skarsgård, Flora Thiemann, Kate Phillips, Martin Compston, Jannik Schümann

La historia se sitúa en 1946 en Hamburg, una de las ciudades alemanas más bombardeadas durante la 2nda guerra mundial. Ocupada por los ejércitos aliados para pacificar a los habitantes, aplacar cualquier rebeldía y, aunque sin expresarlo, destruir el espíritu de los alemanes que apoyaron o no al gobierno Nazi. Rachael Morgan es el centro de la historia y es la que acepta y luego cuestiona el comportamiento de los aliados hacia la población civil. Cuando llega a Hamburg y su marido, Lewis Morgan, le informa que tendrá que compartir su nueva vivienda por un tiempo con la familia Lubert, sus dueños originales, la reacción de Rachael es rechazar, ignorar y hasta humillar a quienes ella considera enemigos por ser alemanes y haber provocado la guerra. Todo esto cambiará cuando Lewis pase más tiempo en sus compromisos de trabajo y Rachael interactúe con Stephen y su hija Heike.

Lo interesante de este hermosísimo filme es que tanto su historia y los conflictos internos de la protagonista pueden ser el foco de su desenlace, pero The Aftermath es un “must see” por la presencia/belleza de Keira Knightley de quien la cámara se enamora y aquellos a cargo de maquillaje, peinado y vestuario la convierten en un ser para mirar fijamente a través de todo el filme.

Arctic

Director: Joe Penna; guionistas: Joe Penna y Ryan Morrison; cinematógrafos: Tómas Örn y Tómasson; elenco: Mads Mikkelsen, Maria Thelma Smáradóttir.

Arctic

A ciertos directores y actores les gusta el desafío de hacer un filme de desastre con un solo personaje enfrentando los peligros que pueden costarle la vida. Robert Redford como actor lo hizo magistralmente en All Is Lost (2013), cuando su lancha sufre una avería en altamar y tiene que sobrevivir por un tiempo sin saber si habrá rescate. En Arctic, primer largometraje del brasileño Joe Penna, la trama es más conocida porque el accidente de avión se da en el casi totalmente inhabitado Artico, rodeado 24 horas por nieve, sin transmisión externa, sin poder estar mucho tiempo fuera de la cabina desprendida para así no congelarse. Su rutina es de supervivencia pero sin desesperación ya que tiene comida (lo que pesca haciendo un hoyo en el hielo y que mantiene congelado), agua (nieve derretida o no), refugio (la cabina donde entra frío pero no nieve) y una rutina de pedir ayuda por varios medios por si se da el milagro que alguien le responda. 

El actor danés Mads Mikkelsen es el centro de este filme de acción y movimiento. Su presencia protagónica en la serie “Hannibal” y filmes tan diversos como The Hunt (2012), A Royal Affair (2012), The Salvation (2014) son la evidencia de que puede echarse un filme encima solito. Pero la rutina se altera para que la acción avance cuando hay otro accidente cerca y él logra rescatar equipo y a una de las pasajeras. Ahora tendrá más provisiones pero también tiene que curar y mantener viva a una joven desconocida que no habla, ya sea por no saber el idioma o por el dolor que la embarga. Y por eso decide moverse en busca de una supuesta estación en un mapa no muy definido. Arctic mantiene totalmente la atención de lxs espectadorxs por su historia comprimida, la intensidad de su protagonista y la relación entre destreza, pensamiento y acción. 

The Mustang

Directora: Laure de Clermont-Tonnerre; guionistas: Mona Fastvold, Brock Norman Brock, Laure de Clermont-Tonnerre; cinematógrafo: Ruben Impens; elenco: Matthias Schoenaerts, Jason Mitchell, Bruce Dern, Gideon Adion, Connie Britton, Josh Stewart, Thomas Smittle, Keth Johnson, Noel Gugliemi.

The Mustang

También primer largometraje de la francesa Laure de Clermont-Tonnerre, el filme desde un principio presenta el significado de un caballo Mustang: su espíritu rebelde y la dificultad—y a veces imposibilidad—de montarlo. Con tomas aéreas se da el junte forzoso de caballos salvajes para cercarlos y mantenerlos en establos cerrados. La importancia de este caballo se enfatiza con información de un programa de rehabilitación de prisioneros que parece haber funcionado con mucho éxito en varias prisiones del oeste de los Estados Unidos. Con ese cuadro conocemos a Roman Coleman, quien ya ha cumplido 10 años de su condena, alguien que apenas habla, prefiere estar en solitaria en vez de la población general, que no se involucra en ninguna actividad, no acepta visitas y quiere mantenerse alejado de todo. Ahora es trasladado a Nevada a este programa con caballos salvajes. Pero desde un principio a Roman no le interesa participar ni cooperar en nada; el caballo no lo calma o motiva; sucede todo lo contrario, manifiesta su agresividad en el caballo casi como si también fuera su enemigo.

Casi sin percatarse Roman comienza a abrirse, aunque solo una rendija, y lo vemos escuchar, seguir consejos de cómo manejar a su caballo y hasta comunicarse con este animal tan feroz y perdido como él. Casi por cuentagotas sabemos de su pasado y la razón de su encerramiento, pero cuando se revela son escenas extremadamente dolorosas que calan profundamente. El actor belga Matthias Schoenaerts de Rust and Bone (2012), Blood Ties (2013), The Drop (2014) y Far from the Madding Crowd (2015) tiene una gama muy amplia de interpretaciones de personajes con conflictos internos que exteriorizan sus emociones y confusiones a través de gestos y movimientos corporales. Su Roman en The Mustang es eso y mucho más.  

SIGNUM: Winter is Here

SIGNUM

Los cultísimos lectores de En Rojo recordarán esta cita: “Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo. Macondo era entonces una aldea de 20 casas de barro y cañabrava construidas a la orilla de un río de aguas diáfanas que se precipitaban por un lecho de piedras pulidas, blancas y enormes como huevos prehistóricos”.

Gabriel García Márquez, Cien años de soledad

El meme que aquí reproducimos parecería una cita del ilustre colombiano. Pero no.  No. Alguna gente conservará un cálido recuerdo de Doña Fela, aquella alcaldesa que llevó a los niños de San Juan a conocer la nieve. No es realismo mágico. Es la colonia. 

Puede disfrutar de los memes en Memes Radicales para Isleños Despreciados por los Boomers, administrado por el bardo Rubén Ramos Colón.

Tomado de la Red:Leer en el mall

Por Luis F. Avilés

Cuando me hace falta comprar algo no me queda más remedio que ir a un centro comercial. Reconozco que me aburro miserablemente y por eso siempre me llevo un libro para sentarme cómodamente en un banco a leer. Este pasado domingo me llevé un libro y, como era de esperarse, me aburría profundamente luego de comprar lo que necesitaba. Busqué dónde sentarme y hallé un banco solitario donde podría descansar y leer con tranquilidad un texto del antropólogo italiano Marco Aime. El mall estaba bastante vacío y tranquilo, muy distinto a los de Puerto Rico que son extremadamente ruidosos.

Un cuarto de hora después se sienta en el otro extremo del banco un hombre que, seguramente, está tan aburrido como yo. Para entretenerse enciende su teléfono y se pone a ver algún partido deportivo sin audífonos. No se percata de que el sonido de su teléfono me puede molestar y, en efecto, debo admitir que me molesta. ¿Será posible que ya la figura de un extraño inmerso en la lectura de un libro no imponga en un otro cercano cierta discreción y respeto al espacio compartido? Sigo leyendo, tratando de concentrarme y seguir los argumentos del autor. Luego de un rato escuchando el partido, el vecino se levanta y se va.

Recupero la tranquilidad y continuo la lectura por unos quince minutos hasta que un segundo hombre se sienta en el mismo lugar, cargando con un paquete de compras en la mano. No enciende su teléfono ni trae una tableta y eso me permite seguir leyendo sin prestarle atención. Luego de unos minutos el hombre se dirige a mí, interrumpiéndome para decirme con cierta admiración lo concentrado que estoy leyendo ese libro y que debe ser muy interesante la lectura. Nuevamente dejo el libro a un lado. Tanto él como yo reconocemos en ese momento lo raro que es ver a alguien leyendo en un mall. Pienso en ese momento que es algo tan raro que parece que hay que interrumpirlo.

El libro se ha convertido en algo muy extraño en los espacios públicos. Al mismo tiempo quizás sea yo el que ha intervenido inadecuadamente el espacio, que mi insistencia en leer sea una irrupción intolerable en el centro comercial. El primer hombre me lo ha recordado a su manera: este espacio es para hacer esto que yo hago y no lo que tú pretendes hacer. Quizás ese primer hombre que tomó asiento en el mismo banco sea inconscientemente un guardián del espacio contemporáneo y que dedique su vida a sentarse al lado de los muy pocos que leen libros para así recordarles que somos unos anacrónicos y que no tenemos derecho a reclamar distancia ni silencio. El segundo hombre, sorprendido, me interpela porque necesita interrumpirme para saber qué leo, por qué lo hago, quién soy. ¿Quién eres tú que, de una manera tan terca y, francamente, ofensiva para todos nosotros, insistes en sentarte y leer algo que sea de más interés que las vitrinas? Quizás exista un ejército de estos hombres de la interrupción, un ejército secreto que anda por el mundo interpelando el silencio, atentos a incomodar a los ensimismados e improductivos. Andan en busca de esa arma anacrónica en la que se ha convertido el libro. Nos despiertan de la pretensión de evadir la fascinación por la mercancía. Nos recuerdan que no existe otra actividad que no sea lo que se viene a hacer en el mall: consumir.

El segundo hombre continuó la conversación. Notó mi acento y me preguntó de dónde venía. Preocupado, mencionó el huracán. Fui muy amable y comedido. Pero me levanté y me inventé una excusa porque reconocí que ya había perdido. Ellos lograron quitarme el libro de las manos y debo reconocer que aprendí la lección. Soy tan viejo y anacrónico como los libros mismos.

Luego de dar una vuelta cargando un sentimiento de derrota decido comprar otra cosa que en realidad no necesitaba. En la fila de pago me topo con un señor muy mayor, de unos 80 años, con un libro en la mano. Era una novela de Haruki Murakami (no recuerdo el título). Estoy detrás de él, o quizás delante, o tal vez sea él un sueño de mí mismo. La coincidencia es inquietante. No le digo nada, por si acaso piensa en la novela que lee mientras paga. En silencio celebro la identidad que compartimos.

Luis F. Avilés es ensayista, crítico cultural, fotógrafo y profesor en la Universidad de California en Irvine.