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Privilegio blanco

Por Alana Álvarez Valle/Especial para CLARIDAD

Hace algunos meses una persona a quien consideraba un pana dejó de hablarme de un día para otro. Como clásica virgoniana, pensé en miles de posibles razones para el comportamiento de mi amigo. Inclusive le pregunté si estaba molesto, a lo que –sin levantar la mirada del celular– respondió con un tajante no. La incógnita me tenía loca, por lo que reviví nuestra última conversación. Entonces me di cuenta de lo que pasó.

Nuestra última conversación fue sobre el privilegio blanco (White Privilege), y el pana no pudo esconder su fragilidad blanca (White Fragility).

Todo comenzó porque vimos a lo que parecía ser una persona sin hogar pidiendo dinero en un semáforo. Me dijo: “así no se puede, le voy a gritar que se ponga a trabajar. Porque en este país (Estados Unidos) quien quiere ganar dinero solo tiene que buscar trabajo”. Le mencioné que no sabíamos de sus circunstancias y que hay muchos factores que complican las posibilidades de conseguir un empleo decente, como el privilegio blanco. Cuando lo vi extrañado le di el ejemplo de ir al banco a pedir un préstamo.

“Si tú vas a pedir un préstamo al banco se te hace más fácil que a mí, porque eres hombre, blanco, estadounidense, nacido en South Windsor, CT. Mientras yo, soy mujer, puertorriqueña, inmigrante –aunque tenga ciudadanía estadounidense–, considerada una mujer de color, nacida en San Juan, Puerto Rico, con un apellido español”.

A pesar de que le expliqué como mejor pude, el compañero se ofendió, ya que aseguraba de que “todos tenemos las mismas posibilidades, solo tenemos que trabajar duro”. Después de ese día, no me habló más.

El concepto del privilegio blanco no es nuevo, se mencionó en la academia allá para los 1930 y se discutió durante las luchas de derechos civiles en los 60 y 70. No obstante, no fue hasta que la académica feminista Peggy McIntosh publicó el ensayo White Privilege: Unpacking the Invisible Knapsack en 1987 que se popularizó. La metáfora de McIntosh de la “mochila invisible” que las personas blancas cargan inconscientemente en una sociedad donde prevalece el racismo, se ha convertido en punto de partida para la mayoría de las discusiones sobre este concepto.

El privilegio blanco es un privilegio social que beneficia a quienes la sociedad identifica como personas blancas, por encima de lo que comúnmente experimentan las personas no blancas en las mismas circunstancias sociales, políticas y económicas. Es el referirse a las ventajas implícitas que tienen las personas blancas en relación con las personas que son objeto de racismo.

Según McIntosh, en la mayoría de las sociedades, los blancos disfrutan de ventajas que los no-blancos (People of Color-POC) no experimentan. Estas incluyen la presunción de un estatus social mayor, la libertad de comprar, trabajar, jugar y hablar libremente. Los efectos pueden ser vistos en contextos profesionales, educativos y personales.

Muchos boricuas que emigran al Imperio toman en primera instancia estas situaciones con un aire de incredulidad, hasta de negación. Porque en ocasiones es sutil, delicado y otras es obvio, burdo y descarado. Apenas pueden creer lo que viven, hasta que les golpea en la cara.

Como cuando me preguntan si soy portuguesa o francesa con aire de curiosidad, y el semblante les cambia al responder que soy puertorriqueña. O cuando mi amiga me dice que en su centro de empleo hay diversidad, hasta que se percata que todos los jefes de departamentos son hombres blancos mayores de 50 años. También está la amiga a la que un compañero de trabajo le aseguró abiertamente que a ella solo la contrataron para llenar la cuota de diversidad, porque ella vale dos puntos: uno por ser mujer y otro por ser no-blanca.

Hace algunos meses tuve que ir a la estación de policía con una amiga que trataba de salir de una situación de violencia doméstica. Al llegar los oficiales nos preguntaron “qué ustedes quieren que hagamos”. “Pues que nos tomen una declaración”, respondimos. Con desdén, nos mandaron a tomar asiento y a esperar a que alguien se desocupara. Éramos cuatro personas de color, mi amiga y su hermano, ambos de la India, una vecina peruana y yo. Después de llevar esperando un rato, una mujer blanca llegó gritando y dijo que necesitaba hablar con alguien y de inmediato la invitaron a pasar. Mi amiga sorprendida no entendía por qué a nosotras nos habían tratado tan mal y a la otra mujer la atendieron. “Porque no somos blancas como ella”, señaló disgustada la amiga peruana.

Y como el racismo tiene capas, si al privilegio blanco le añades el agravante del creciente odio hacia los hispanos –impulsado y avalado por el presidente Donald Trump– la situación se pone del color de hormiga brava. Como la amiga que habla poco inglés y sus compañeros de trabajo asumen que no es capaz, razón por la que no ha podido ni ascender ni cambiar de departamento.

El ejemplo del préstamo bancario aplica igual. Sabemos que a la persona blanca con apellido inglés le van a dar el préstamo antes que a otra. Del mismo modo, que no es igual que una persona con un apellido indio, japonés, francés, alemán solicite un préstamo que una persona con apellido español lo haga.

Como si fuera poco, entonces tenemos la fragilidad blanca, que no es nada más que es la incomodidad y actitud defensiva que asume una persona blanca cuando es enfrentada a información sobre desigualdad o discriminación racial. Es decir, que se sienten atacadas y ofendidas, porque se les ha señalado por una conducta o un comentario racista.

Por meses pensé que debí quedarme callada y no responderle nada al que era mi pana, hacerme la loca, ya que a lo mejor estaba siendo una exagerada, o que mi explicación no iba a hacer que él cambiara de opinión, por lo que no valía la pena expresarme. Eso es lo que hacemos muchas de las personas afectadas por el privilegio blanco, porque nos inculcan a las mujeres, a los y las inmigrantes, a las negras, a las musulmanas, que somos muy sensibles o sentimentales.

A casi un año después de aquella incómoda conversación me pasé la mano y me dije a mí misma que lo hice bien, que no hay porqué aguantar abusos ni comentarios retrógrados. Ni mucho menos hay que tolerar gente racista, obviamente no a quienes lo son por convicción ni mucho menos a quienes lo son por ignorancia.

María, Dorian, nosotros, ellos

Por Rafael Acevedo/CLARIDAD

Hace menos de una semana que el Idiota Anaranjado se expresó de esta manera en su cuenta de Twiter:

Donald J. Trump

@realDonaldTrump

Puerto Rico is one of the most corrupt places on earth. Their political system is broken and their politicians are either Incompetent or Corrupt. Congress approved Billions of Dollars last time, more than anyplace else has ever gotten, and it is sent to Crooked Pols. No good!….

88,9 mil

10:45 – 28 ago. 2019

En resumen, Trump alega que Puerto Rico es uno de los lugares más corruptos del planeta y que el dinero aprobado por el Congreso es enviado a los políticos para beneficio propio y de los amigos.

Si bien es cierto que dos más dos son cuatro aunque lo diga un loco, aquí no se trata de una simple suma. La cifra que menciona el Primer Mandatario de EEUU es falsa: 92 billones de dólares. Y la corrupción en Puerto Rico, que existe y es alarmante, no debería sorprender al Donald. En EEUU el cabildeo, es decir, la compra de conciencias a congresistas, es legal. No se llama corrupción porque es permitido. Es como legalizar el robo de autos. Se acabaría el problema. Esa es la lógica.

Mientras Dorian se acercaba a la isla, Trump continuaba con su obsesión con la isla y con la alcaldesa de San Juan.

Donald J. Trump

@realDonaldTrump

We are tracking closely tropical storm Dorian as it heads, as usual, to Puerto Rico. FEMA and all others are ready, and will do a great job. When they do, let them know it, and give them a big Thank You – Not like last time. That includes from the incompetent Mayor of San Juan!

59,4 mil

8:15 – 28 ago. 2019

FEMA, por supuesto, afirmó estar preparada. En la Isla sabemos que no lo estuvo antes y es dudoso que esté lista ahora. Pero, ante la amenaza, el fracasado inversionista de bienes raíces desvió fondos de emergencia a otra de sus obsesiones: el peligro de la emigración. Una partida de 155 millones se asignó a hogares temporales en la frontera con México para el programa MPP. Ese programa (Protocolo de Protección Migratoria), envía de regreso a México a migrantes que buscan asilo en Estados Unidos. Según la prensa norteamericana (Univisión), un reciente informe de la Universidad Syracuse, reveló que “durante el mes de julio un total de 11,804 inmigrantes fueron enviados de regreso a México para esperar sus audiencias”.

Ese desvío de fondos es parte de lo que la clase política puertorriqueña, en boca de la gobernadora Wanda Vázquez y la congresista sin voto, Jennifer González, llaman “creatividad de Trump”. En EEUU sin embargo, el congresista liberal Bernie Sanders, tenía algo que decir:

Bernie Sanders

@SenSanders

On Trump’s watch, 3,000 Americans died after Hurricane María. A new storm approaches and 33,000 Puerto Ricans still live under blue tarps.

Trump’s response? Divert $155 million from FEMA for migrant detention, complain about federal aid, and mock Puerto Rican officials. Insane.

Ciertamente, Trump se burla de los funcionarios puertorriqueños y estos responden con sumisión vergonzosa. Y, claro, Sanders sigue considerando a los puertorriqueños como unos ciudadanos americanos que han quedado varados en una isla del Caribe.

Hace apenas dos años, el Foro Económico Mundial ( https://www3.weforum.org/docs/GRR17_Report_web.pdf) aducía que 4 de los 5 mayores peligros de impacto global eran ambientales. La crisis ecológica crea graves crisis económicas. Hoy, cuando reviso estas notas, el huracán Dorian es el más fuerte jamás registrado en el Atlántico. Se mueve a ¡una milla por hora! sobre Las Bahamas y amenaza con cruzar la costa este de los EEUU. El presidente de ese país ya se ha puesto el jacket apropiado para hablar de la destrucción posible. Pero nosotros en Puerto Rico sabemos que no tiene ningún plan. Como no lo tienen los que administran la colonia. Y estos son capaces de decir que es confidencial.

No, ni Bush cuando Katrina destruyó a Nueva Orleans, ni Trump o Ricky cuando la tragedia de María, o con el paso de Dorian tienen un plan de rescate ambiental. Porque, de manera siniestra, el desastre es parte del bosquejo neoliberal.

La crisis ambiental exige una nueva política que impida que los intereses del capital se liberen con los Bolsonaros de la vida (y de la muerte) y se deje sin protección a la naturaleza. Pero no nos llamemos a engaño. Eso supondría una postura ética y una economía radicales. Los huracanes serán cada vez más fuertes. Las organizaciones que quieren un mundo mejor tienen que ser más fuertes aún con un huracán categoría 5.

Se puede. Somos más y no tenemos miedo.

El verano del 2019 ¿y ahora qué?

Por Denis Márquez Lebrón/Especial para CLARIDAD

El verano del 2019 marcó nuevos paradigmas en los procesos políticos y sociales de Puerto Rico con repercusiones en el gobierno y la legislatura. De los primeros eventos que exacerbaron la indignación y la opinión pública fueron los arrestos de las funcionarias de gran jerarquía en dos de los asuntos de mayor importancia para la sociedad: la salud y la educación pública.

El modelo de salud de Puerto Rico, basado en el lucro y en las ganancias de las grandes compañías de planes médicos, es dominado por este sector que maneja y controla a su antojo el derecho humano fundamental a la salud. Esto da pie para que diversos personajes promuevan, se lucren y den continuidad a este nefasto sistema. Por otro lado, en el área de la educación pública ya hace varios cuatrienios que el gobierno ha ido cerrando escuelas alrededor de toda la isla, privatizando la educación por medio de las escuelas “charter” y los vales educativos. Los estudiantes, las maestras, los maestros y sus familias han sufrido y sufren día tras día la precariedad y el abuso del sistema para, entonces, conocer este verano que la prepotente Julia Keleher, “empresaria de la educación”, dirigía y manejaba un esquema corrupto de contratos desde el propio Departamento de Educación.

Sale también a luz pública este Verano del 2019 el asqueante “chat” del gobernador Ricardo Roselló y su cercano grupo de asesores y colaboradores. Estas publicaciones recogieron las expresiones, posturas y políticas públicas discriminatorias, ilegales, misóginas, homófogas y las conspiraciones para cometer actos ilegales de corrupción pública. En resumen, la dirección del gobierno a cargo de unos patanes y, sobre todo, la develación de su amplio prejuicio y desprecio hacia diversos y amplios sectores de la sociedad puertorriqueña.

La indignación se convirtió en acción política. Todo un país en la calle con reclamos contundentes, exigiendo la renuncia del gobernador, presionando activamente para iniciar un proceso de residenciamiento en la legislatura en lo que aportamos con la radicación de un pliego acusatorio conteniendo 18 delitos que entendíamos cometidos por el gobernador en el chat. Y, finalmente, ante el reclamo y la indignación colectiva, la renuncia obligada. El proceso provocó una intensa discusión del modelo antidemócratico de sucesión que establece la Constitución del ELA para el cargo de gobernador con la consecuencia del nombramiento como gobernador del cabildero de los grandes intereses y abogado de la Junta de Control Fiscal, Pedro Pierluisi, quien además tuvo la desfachatez de juramentar ilegalmente a pesar del consenso general en contrario avalado eventualmente por la decisión unánime del Tribunal Supremo de Puerto Rico. La conclusión de ese capítulo fue, primero, su brevedad y descubrir para nuestro pesar que desde la Fortaleza continuó con su labor de abogado de los grandes intereses al proteger, por ejemplo, a la carbonera AES en perjuicio de la salud y bienestar de nuestras comunidades. Y segundo, la llegada a la gobernación de la Secretaria de Justicia, Wanda Vázquez, que desde esa posición respaldó todas las nefastas políticas públicas del gobierno del renunciante Roselló.

¿Y ahora qué? A raíz del extraordinario logro alcanzado a través de esta unión de voluntades sin precedente del Pueblo de Puerto Rico, el Partido Independentista Puertorriqueño (PIP) propone una nueva Constitución y una nueva relación con los Estados Unidos. La iniciativa consiste en que el pueblo, con anterioridad a las próximas elecciones, pueda aprobar unas “enmiendas de emergencia a la actual constitución para que entren en vigor para las elecciones del 2020”. Dichas enmiendas son: proveer para una elección especial abierta para elegir un nuevo Gobernador cuando ocurra una vacante permanente en el cargo; autorizar el referéndum revocatorio para que el pueblo pueda destituir a un gobernador; y disponer para una segunda vuelta electoral entre los dos candidatos a gobernador con mayor número de votos cuando ninguno de los candidatos hubiere obtenido una mayoría absoluta.

Las propuestas se presentan como punto de partida, no sólo para enfrentar la crisis inmediata, sino para encaminar la voluntad soberana de nuestro pueblo para construir un nuevo Puerto Rico.  Están sujetas a enmiendas y modificaciones que otros aporten, como los diversos sectores que ya han comenzado a presentar ideas meritorias. Ante esa realidad, se debe establecer un procedimiento amplio, inclusivo y participativo que sirva para recoger esas y otras propuestas.

Para establecer la nueva relación con los Estados Unidos, el PIP propone, mediante una votación directa del pueblo, ordenar la convocatoria de una Asamblea para un Nuevo Puerto Rico (ANPuR) “que garantice la participación de los más amplios sectores de la sociedad”.  Esta Asamblea tendrá dos encomiendas. La primera, redactar una nueva constitución para el Puerto Rico del futuro que emane del poder soberano del Pueblo y que incluya un nuveo modelo legislativo con la unicameralidad y la proporcionalidad, un modelo de carrera judicial, un amplio grupo de derechos humanos; y la segunda, elaborar alternativas no coloniales y no territoriales para una nueva relación entre Puerto Rico y Estados Unidos a ser presentadas y negociadas ante el Congreso antes de someterlas a votación al pueblo de Puerto Rico.

Proponemos que la votación sobre ambas propuestas se celebre antes de que termine el 2019 o a más tardar a principios del 2020 y pueden llevarse a cabo el mismo día. De esa forma se podrá, por un lado, corregir algunas de las deficiencias constitucionales que han quedado en evidencia durante el Verano 2019 y, por el otro, lograr la eventual aprobación de una nueva constitución que corrija las demás deficiencias, enfrentando el problema de la relación colonial con Estados Unidos.

Presentamos estas propuestas para la más amplia discusión pública en aras de transformar nuestro modelo de gobierno, la ampliación de los derechos humanos y la búsqueda de la descolonización de Puerto Rico.

El autor es Representante a la Cámara porel Partido Independentista Puertorriqueño

Editorial: La Junta en remojo

Los nombramientos de los miembros de la Junta de Control Fiscal (JCF) están en veremos. El proceso que se utilizó para su nombramiento, distinto al que establece la Constitución de Estados Unidos en casos similares, provocó que el Tribunal de Circuito de Apelaciones de Boston determinara que los mismos no se hicieron conforme a dicha constitución federal. Tras la determinación, el presidente Trump tendría que someter nuevos nombres o nominar nuevamente a los incumbentes, cosa que hizo el mismo día en que se vencía el plazo dado por el Tribunal para hacerlo. El Senado todavía no había iniciado el proceso de confirmación cuando se fue de receso de verano, y la semana pasada venció el término estipulado por el Tribunal para la confirmación.

Por qué el arrastre de pies de las ramas Ejecutiva y Legislativa en este asunto no lo sabemos a ciencia cierta. Intuimos que se trata de la misma dejadez e indiferencia con que dichas instancias atienden cualquier asunto relacionado con Puerto Rico. Nuestro país se ha convertido en una piedra de tropiezo para el gobierno estadounidense, y todas sus ramas y principales funcionarios, especialmente el presidente Donald Trump, no pueden esconder su frustración y desdén hacia nosotros. Cualquiera pensaría que la impaciencia que demuestran hacia Puerto Rico debía moverlos a actuar con mayor rapidez en los asuntos que tienen que ver con nuestro país. Pero no es así, y aún ellos teniendo el poder absoluto de tomar decisiones sobre nuestros asuntos fiscales, financieros y de gobierno más importantes, nadie en la cúpula federal parece tener prisa alguna para actuar sobre Puerto Rico.

La JCF es un cuerpo que les pertenece. Sus miembros fueron propuestos por los entonces líderes del Congreso, y nombrados por el entonces presidente Barack Obama, a raíz de la aprobación de la Ley PROMESA aquel nefasto 30 de junio de 2016. En el Congreso recae la potestad de supervisar su trabajo y de pedirles cuentas sobre la puesta en marcha de su agenda. Por eso, desconcierta la dejadez del Senado ante la confirmación de estos nombramientos que son hechura del Congreso, y cuya responsabilidad recae específicamente en los Comités de Recursos Naturales de Cámara y Senado.

Quizá la dejadez obedezca a que la decisión del Tribunal de Circuito de Apelaciones de Boston no le restó poder ni autoridad a las acciones realizadas por la JCF. Ni las determinaciones tomadas, ni las negociaciones realizadas, ni los acuerdos alcanzados- ni siquiera en este momento cuando su ratificación está en el limbo- están en entredicho. Para efectos del funcionamiento, la autoridad y los poderes delegados a la JCF por el Congreso, la decisión del Tribunal de Circuito no tiene garras. Tal pareciera que su solo propósito fue poner a prueba, una vez más, frente al Tribunal Supremo de Estados Unidos, el alcance de la Cláusula Territorial de la constitución federal como poder último y definitivo sobre los asuntos de Puerto Rico.

Por eso, los miembros de la JCF, y su Directora Ejecutiva, Natalie Jaresko, han seguido muy campantes, ejecutando fríamente su agenda de negociaciones favorables a los grandes bonistas. Para garantizar el pago de la deuda, insisten en las extremas restricciones presupuestarias, el recorte de las pensiones de nuestros servidores públicos, y demás medidas de austeridad que tienen como resultado el racionamiento del acceso de nuestra gente más necesitada a los servicios de salud, educación y demás servicios esenciales.

Mientras, el Tribunal de Circuito y el Tribunal Supremo federal seguirán jugando con el destino político de Puerto Rico en la vista pautada para el próximo 8 de octubre sobre los nombramientos de los miembros de la JCF. Del otro lado de la moneda, el pueblo puertorriqueño sigue asediado por la JCF y su ejército de asesores, consultores y abogados que exprimen los haberes del País para satisfacer la codicia de los grandes conglomerados financieros de Estados Unidos.

Esta edición de CLARIDAD publica un extenso reportaje de la compañera Cándida Cotto que detalla los pasos que sigilosamente ha dado la JCF para adelantar sus negociaciones sobre la deuda de Puerto Rico, y así anular cualquier intención que pueda tener el Tribunal de Quiebras de permitir la auditoría de la deuda. El cierre súbito de las negociaciones haría académico el reclamo por la auditoría y nuestro pueblo se vería obligado a pagar por una deuda emitida ilegalmente. Además, jamás llegaríamos a saber el monto de dicha deuda ilegal, ni los nombres de las personas y entidades que violaron la ley, un mínimo de transparencia necesario para que nuestro pueblo conozca la identidad de quienes lo desfalcaron.

El pueblo puertorriqueño conoce quién le sirve bien y quién no. Y conoce muy bien para quienes trabaja la JCF. Por eso, rechaza su presencia y su poder, y no le otorga confianza ni legitimidad a sus acciones. Así lo expresó miles de veces la multitud que se reunió para protestar durante la histórica jornada del Verano 2019, voceando la consigna: “Ricky renuncia, y llévate a la Junta”.

Un retroceso de 102 años

Por Manuel de J. González/CLARIDAD

Cuando en marzo 1917 Estados Unidos compró las Islas Vírgenes, entonces conocidas como Indias Occidentales Danesas, cuatro meses antes se celebró un referéndum. Pero aquella consulta no fue para que los habitantes de la isla decidieran, ellos solos, de si querían ser vendidos. La votación fue para preguntarle a los dueños, los daneses, si querían vender. La opinión de los más de cien mil habitantes de las islas caribeñas importaba poco. Dinamarca, un imperio que, aunque nunca fue grande, entonces estaba en plena decadencia, aceptó vender sus posesiones antes de que alguna de las potencias beligerantes de la Primera Gran Guerra se apoderara de ellas.

Cincuenta años antes, en 1867, Estados Unidos había comprado la enorme península que pasó a llamarse Alaska a otro imperio que ya declinaba, el ruso. Entonces tampoco importó la opinión de los aproximadamente 50 mil indígenas esquimales (realmente nadie sabía cuántos de verdad eran) que la habitaban, ni siquiera la de los descendientes rusos que se habían asentado en el territorio. Igual que Dinamarca, Rusia se apresuró a disponer de su posesión porque temía perderlo ante su enemigo del momento, los británicos.

Poco más de seis décadas antes de adquirir Alaska, en 1803, la joven república estadounidense (que ya soñaba con un futuro imperial) había dado un gran palo adquiriendo una enorme extensión de terreno conocida como la Luisiana, a otro imperio que muy pronto sería decadente: la Francia napoleónica. Napoleón realmente no quería vender su gigantesca posesión porque estaba en la plenitud de su sueño imperial, pero otra vez intervino el miedo a los británicos que ya se asomaban por Nueva Orleáns. Además, quince millones de dólares en monedas de oro no vendrían mal para equipar el gran ejército que durante la próxima década marcharía por Europa.

En los tres casos antes mencionados, igual que en otras transacciones similares que registra la historia, tanto para el vendedor como para el comprador fue una mera operación inmobiliaria. La compraventa de países se hacía como cuando se vende una finca. De hecho, ninguno de los ejecutores de las transacciones se detenía a considerar que se estaba vendiendo a un país o un pueblo, sino simplemente un “territorio”. Quienes lo habitaban no contaban. En la llamada Luisiana –que se extendía desde el Golfo de México hasta los Grandes Lagos y de donde eventualmente saldrían 10 de los estados que ahora forman parte de Estados Unidos– vivían cientos de miles o tal vez millones (otra vez, nadie sabe cuántos eran) de personas que para los ejecutores de la compraventa no eran tales. Para quienes firmaron el contrato eran “salvajes” incapaces de siquiera forjar alguna opinión, población sin futuro a los que no había que tener en cuenta.

La última de las transacciones que menciono, la de las Islas Vírgenes, ocurrió hace 102 años y en medio de la Primera Gran Guerra, cuando las preocupaciones estratégicas de los países se vuelven apremiantes. Entonces pocos protestaron, pero ¿qué tal si ese tipo de compraventa se produce ahora, en pleno siglo XXI?

En esos 102 años han ocurrido muchas cosas. La Primera Gran Guerra, que se peleó luego de que los países de Europa pretendieran dividirse el mundo entre ellos, como un bizcocho, representó el fin de varios de los imperios beligerantes: el ruso, el turco, el alemán y el austriaco. También produjo el primer intento de crear una organización internacional que promoviera la colaboración y el respeto entre los pueblos.

Luego, tras la Segunda Gran Guerra, la llama descolonizadora fue creciendo por todo el mundo acabando con los imperios europeos que quedaban. Gran Bretaña dejó de ser el imperio donde nunca se ponía el sol y se redujo a sus islas y Francia fue expulsada de Indochina y África, pagándose a cambio un alto precio en sangre. En el proceso se fortalecieron entidades como Naciones Unidas y se aprobaron tratados y declaraciones sobre derechos humanos donde se privilegia el derecho de los pueblos a autodeterminarse.

Luego de estos desarrollos, y a 102 años de la última transacción “inmobiliaria” en el Caribe, un presidente de Estados Unidos en funciones plantea de lo más campechano, como si estuviera diciendo cualquier cosa normal, que su país adquiera mediante compra lo que él considera otro “territorio” llamado Groenlandia y, a modo de “broma” propone intercambiar el “territorio” pretendido por otro, Puerto Rico, que su país adquirió hace más de un siglo como despojo de guerra.

Cuando Donald Trump propuso su nueva transacción inmobiliaria hace algunas semanas sus seguidores, que participan de su misma mentalidad, la tomaron en serio y la celebraron. Otros, incluyendo a la mayoría de los puertorriqueños, la tomaron a broma. Luego nos percatamos que, para su propulsor, un presidente en funciones, se trataba de una propuesta oficial, de tanta importancia que canceló un viaje oficial a Dinamarca cuando la ejecutiva principal de ese país la descartó como algo poco serio.

Esta propuesta, y la misma existencia de personas como Donal Trump al frente de un gobierno, es un ejemplo más de lo equivocados que estamos quienes creímos que, superado el siglo XX –con sus guerras, el apartheid y la violación flagrante de los derechos humanos– la humanidad podía entrar en una era donde privarían la razón y los sentimientos humanos. Luego del estadounidense apareció Bolsonaro en Brasil, Salvini en Italia y ahora Boris Johnson en el Reino Unido, todos cortados con la misma tijera. Si son capaces de volverse a plantear la compraventa de países y pueblos como si fuera ganado, de nuevo todo será posible y el siglo XXI no superará los cataclismos del XX.