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La independencia: única opción realista

JUAN MARI BRAS

Juan Mari Bras

La independencia es el camino más conveniente, el más necesario para que Puerto Rico pueda integrarse a plenitud al nuevo proceso internacionalista que se va configurando como definitorio del siglo veintiuno y, sobre todo, es la única opción realista para la redefinición de las relaciones entre nuestra nación puertorriqueña y Estados Unidos de América. 

Mientras mas pronto se convenza el país de esto, que ya es un hecho irreversible, mayor será nuestra posibilidad de sobrevivencia, individual y colectiva. No se asuste nadie, pero tampoco se despiste, intentando evadir la realidad inminente. Vivimos una coyuntura crucial en nuestra historia. O somos, o no somos. El cuestionamiento Shakesperiano a nivel psicológico, en su famoso Hamlet, ya ha pasado a formar parte de un cuestionamiento sociológico. Sociología y Psicología se juntan en el inmediato devenir para apuntar irremediablemente al futuro de los puertorriqueños. Solo Hostos, por sabio y bueno, pudo atisbar esa inevitable congruencia futura desde el hondón del siglo diecinueve.

Y ya desde el hoyo, no menor, del siglo veinte, el martiniqueño Frantz Fanon, pudo anticipar la plenitud de la alborada caribeña y latinoamericana del siglo veintiuno. Dijo en una de las notas de su “Los Condenados de la Tierra”, lo siguiente: 

“Los Estados Unidos, con la operación anticastrista, abren en el continente americano un nuevo capítulo de la historia de la liberación laboriosa del hombre. América Latina, formada por países independientes con representación en la ONU, y con moneda propia, debería constituir una lección para Africa. Esas antiguas colonias, desde su liberación, sufren en medio del terror y la privación la ley de bronce del capitalismo occidental.”

“La liberación de Africa, el desarrollo de la conciencia de los hombres han permitido a los pueblos latinoamericanos romper con la vieja danza de las dictaduras, en que se sucedían iguales regímenes. Castro toma el poder en Cuba y lo entrega al pueblo. Esta herejía es resentida como una calamidad nacional por los yanquis y los Estados Unidos organizan brigadas contrarrevolucionarias fabrican un gobierno provisional, incendian las cosechas de caña, deciden por último estrangular despiadadamente al pueblo cubano. Pero va a ser difícil. El pueblo cubano sufrirá, pero vencerá. El presidente brasileño Janio Quadros, en una declaración de importancia histórica, acaba de afirmar que su país defenderá por todos los medios la Revolución cubana. También los Estados Unidos van a retroceder quizá un día ante la voluntad de los pueblos.  Ese día lo festejaremos, porque será un día decisivo para los hombres y las mujeres del mundo entero. El dólar, que en resumidas cuentas, no está garantizado sino por los esclavos repartidos por todo el globo, en los posos de petróleo del Medio Oriente, las minas del Perú o del Congo, las plantaciones de la United Fruit o de Firestone, dejará de dominar entonces con todo su poder a esos esclavos que lo han creado y que siguen alimentándolo, con la cabeza y el vientre vacíos, con su propia sustancia.” (Ver nota 9 en la página 89 del texto citado, Tercera edición en Español, Segunda reimpresión, 2007, Fondo de la Cultura Económica, México, subrayados nuestros).

Ese día del retroceso norteamericano ha empezado a llegar. No nos equivocamos. Todavía no ha llegado del todo, pero ya comenzó el proceso irreversible de las rectificaciones de Estados Unidos sobre la voracidad de la política imperialista de más de dos siglos completos de su historia. 

Para hacer avanzar ese proceso, hasta llevarlo a sus consecuencias más cruciales para el mundo, y en particular para el Caribe y América Latina, de cuya gran región formamos parte los puertorriqueños, es preciso, en primer lugar, que nuestro pueblo acelere su toma de conciencia para reclamar la descolonización plena. Eso solo, se alcanza juntando fuerzas para reclamar la independencia, que es el estado natural de todas las naciones del mundo, incluyendo la nuestra. La independencia no significa separación, sino todo lo contrario. Es la integración de Puerto Rico al contorno del que formamos parte y al mundo entero. Por eso no debemos permitir que nos llamen separatistas a los puertorriqueños. Ese es epíteto despectivo que nos endilgan los enemigos de la independencia y los colonizados más despistados, para evitar que se nos reconozca como lo que hemos sido y somos, en la realidad. Llevamos más de siglo y medio abriendo caminos al pueblo boricua para el reclamo de todas sus mayores reivindicaciones. Negarlo es sucumbir a la enajenación histórica. No ha habido lucha victoriosa de este pueblo, total o parcial, que no sea el resultado de un forcejeo iniciado por el movimiento independentista, desde mucho antes de que éstos cuajaran como reclamos universales del país. Ejemplos destacados han sido el repudio al servicio militar obligatorio, la defensa de nuestros derechos civiles y humanos más importantes, incluyendo los derechos sindicales, la protección del ambiente y de los recursos naturales del país, la expulsión de la Marina de Guerra norteamericana de Culebra y Vieques, y muchísimos otros.

Debemos educarnos y a la vez seguir educando a las grandes mayorías del pueblo para que entiendan que con la independencia, y únicamente con la independencia, es que podemos entrar en cuantas alianzas, tratados, convenciones, confederaciones y relaciones bilaterales convenientes y necesarias para el verdadero desarrollo económico y social de nuestra patria.

Las llamadas alternativas de libre asociación, en sus diferentes variantes, no tienen la menor posibilidad de realización con Estados Unidos mientras sus sostenedores mantengan el reclamo atado a la obsesión fetichista de retener la ciudadanía de Estados Unidos, como condición permanente de los presentes y futuros puertorriqueños. Por eso, el único camino que tienen verdaderamente realista, los llamados libreasociacionistas, es juntar fuerzas con el movimiento independentista en su conjunto, al margen de toda tribal consideración electorera, para reclamar la plena soberanía, que es lo que en el mundo entero se llama independencia. Por eso es que la tendencia a internacionalizar los grandes pasos en la economía y la vida social y política del mundo, se llaman así, internacionalización, que significa acción concertada entre las naciones, que seguirán siendo la unidad social básica que los hermana a todos, con el debido respeto a todas las identidades nacionales que comprenden la humanidad.

En segundo lugar, debemos tener claro que es obligación moral de todos los pueblos caribeños y latinoamericanos, priorizar en sus políticas exteriores a la solidaridad y el apoyo activo a la lucha por la independencia de Puerto Rico. No es un favor lo que estamos reclamando a nuestros hermanos del contorno del que formamos parte, tanto como ellos. Es el reclamo de un deber inescapable a todos ellos, sin excepción. Y no basta con recibir y referir a sus organismos secundarios de solidaridad internacional la atención de los grupos de luchadores boricuas que les visitan en los distintos países. Eso lo agradecemos, pero les decimos con toda la franquesa que requiere la hermandad que no basta. Por eso debemos destacar el apoyo que nos dio el presidente Daniel Ortega en la llamada cumbre de las Américas celebrada recientemente en Trinidad, cuando enfatizó que no podía estar conforme con una Cumbre en que faltaban dos países indispensables para completarla, que son Cuba y Puerto Rico.

En tercer lugar, y tan importante como la segunda, es la necesidad de incorporar a nuestra lucha, con obligaciones recíprocas para nosotros, a todo el pueblo de Estados Unidos, comenzando por los hispanos, los afroamericanos y otras llamadas allí minorías étnicas, pero sin excluir al resto del pueblo americano, que como todos los del mundo entero, aspiran también a librar a la humanidad de las esclavitudes en todos sus disfraces. En esa búsqueda de apoyo, tienen una obligación mayor los boricuas residentes en las distintas comunidades de Estados Unidos. Ellos tienen, junto a todos los derechos como nacionales puertorriqueños, también todos los deberes, como es el de promover activamente en sus contornos inmediatos la independencia de Puerto Rico y las metas relacionadas con esta lucha, como es la de la libertad inmediata e incondicional de nuestros presos políticos.

En relación con todo lo apuntado arriba, tengamos presente que estamos viviendo en un momento de gran peligro para la nación puertorriqueña y todos los boricuas, y a su vez de grandes esperanzas para revertir el curso destructivo que en el orden social está sufriendo el país, si aprovechamos la coyuntura favorable que plantea, no solo que Estados Unidos ha comenzado el proceso inevitable de su decadencia imperial, sino el hecho de que sus nuevos gobernantes han manifestado que intentan cambiar la política exterior de esa país para detener el deterioro de su imagen ante el mundo. Hagámoslo saber, con el apoyo de todos los que nos defienden como pueblo, que la completa descolonización de Puerto Rico, mediante el reconocimiento pleno de nuestra libre determinación —que significa no intervenir para nada en las decisiones iniciales que tomemos los puertorriqueños— será la mayor prueba de fuego del propósito enunciado por el presidente Obama de realizar esas rectificaciones

La soberanía es de la sociedad (Parte II)

JUAN MARI BRAS

Por Juan Mari Brás, Especial para Claridad

A varios políticos y politólogos boricuas, quienes se han pasado horas tratando de descifrar para sus clientelas respectivas el concepto soberanía, les vendría bien estudiar al jurista de mayor prominencia universal que ha dado Puerto Rico al mundo —que es Eugenio María Hostos— para comprender mejor la sencilla definición de tal principio.

Para Hostos, según sus Lecciones de Derecho Constitucional (Santo Domingo, 1887) “el sujeto principal del Derecho Constitucional es, la sociedad. Pero, ¿qué es la sociedad?”

“Ante todo, para el Derecho Constitucional, es una realidad permanente, que fue ayer, que es hoy, que será mañana, que fue, es será siempre, mientras nuestro planeta no pierda la capacidad de coadyuvar a la existencia y a la conservación de la especie human.” (Edición del Fondo Editorial de la Universidad Mayor de San Marcos; Municipio de Mayagüez; Instituto Hostosiano de Mayagüez, Puerto Rico; Lima, Perú, noviembre de 2006, p. 58.) Y más adelante especifica:

“…Para la Ciencia constitucional la Sociedad es una realidad viviente, una vida, un ser organizado con todas las condiciones de organización que se observa en toda la escala biológica.”

………………

“Esa capacidad de dirigir su propia actividad jurídica es la que directa e indirectamente lo hace sujeto de todas las ramas de la jurisprudencia, la que establece la correlación entre el régimen de la sociedad y del estado, y la subordina de tal modo la organización del Estado a la naturaleza de la Sociedad, que el Derecho Constitucional, encargado de exponer los fundamentos de aquella, no puede exponerlos sino contando con ella, y atendiendo escrupulosamente a la naturaleza real de esa entidad.” (pp. 58-59).

Luego, para señalar con precisión la diferencia entre sociedad y estado, que es esencial a su pensamiento constitucional, que lo diferencia tanto del pensamiento europeo como del americano, hasta el enunciado suyo de lo que hemos llamado ‘la escuela sociológica del derecho en América’, añade lo siguiente:

“LECCION VI. Régimen social y político. Discrepancia entre ellos.”

“Según acabamos de ver, el Estado contribuye con medio y relaciones de derecho al régimen general de la Sociedad; pero en la vida del organismo social, la actividad jurídica es una entre muchas actividades naturales, y mas es lo que todas ellas juntas influyen en el régimen político que lo que el régimen político jurídico puede influir en el social.”

“La Sociedad se rige por leyes esenciales de su propia naturaleza, según el desarrollo de su vida y mediante la experiencia que ha aprovechado o aprovecha. Así, todo el conjunto de tradiciones económicas, religiosas, jurídicas, todo el conjunto de sus costumbres mentales, afectivas, volitivas; todos los constituyentes de su carácter, la regien con más fuerza que las instituciones artificiales con que coopera el estado a dirigirla.” (p. 63).

Fuen en mis primeros encuentros con la idea hostosiana de conviocar una Asamblea Nacional del pueblo puertorriqueño, tras la invasión de nuestro país por Estados Unidos en 1898, que pude trae a la consideración del entonces naciente Movimiento  Pro Independencia, la fórmula concebida por Hostos, como portavoz de la Liga de Patriotas, para buscar la aunidad de todos nuestro pueblo en la deliberación sosegada de una Asamblea Nacional y poder así enfrentarnos a los nuevos invasores, de pueblo a pueblo, en ejercicios de la inrrenunciable potestad soberana de la sociedad puertorriqueña. A Hostos no lo siguieron los políticos del ’98, divididos ya entre Muñocistas y Barbosistas, que fueron los caudillos de dos tribus partidarias que, desde entonces, han mantenido al país en un interminable debate entre sordos, infecundo y anacrónico. Guardando las distancias que en todo sentido me separaan de Hostos, debe decir que tampoco el MPI de los primeros años aceptó mi propuesta, como bien lo señala el compañero Carlos Gallisá en su reproducción de un fragmento de trabajo de Juan Angel Silén publicado en reciente edición de “En Rojo”. Puedo decir, con orgullo, que desde entonces hasta ahora, nunca he cesado de proponer alguna variante de la idea hostosiana de la Asamblea Nacional en las instancias de deliberación en que me ha tocado participar. Por eso, he sido defensor, en el seno de la Comisión Constitucional del Colegio de Abogados, de lo que ahora llamamos la Asamblea Constitucional de Status como la única fórmula unitaria para buscar la reconciliación de todas las tendencias sobre el futuro patrio que aquí llaman ideologías, y que por puro anacronismo colonialista, todavía no acaba de entenderlo una gran parte del pueblo, incluyendo a sus políticos y politólogos.

Ahora, en vísperas de una nueva discusión del caso colonial de Puerto Rico por el Comité de Descolonización de Naciones Unidas, es preciso tener claro que la soberanía sobre Puerto Rico la tiene y la conservará siempre el pueblo de Puerto Rico, o sea la sociedad puertorriqueña, que es la fuente de todos los poderes en cualquier concepción verdaderamente democrática del asunto.

Esa concepción está muy clara en el Derecho Internacional vigente en el mundo de hoy, como lo señalamos en el artículo de la semana pasada.

Que hay un gobierno que a lo largo de ciento diez años ha estado usurpando nuestra soberanía como sociedad, como pueblo, no cancela la justa ubicación de esa soberanía, porque ésta es inalienable —que quiere decir que no puede alienarse nunca— e imprescriptible —que significa que nuestros derechos soberanos sobre Puerto Rico no prescriben jamás —.

La ventaja que tiene el planteamiento en este momento histórico consiste en que —por primera vez en mucho tiempo— las Naciones Unidas comienza una nueva etapa de su desarrollo como organización internacional. Este año, la ONU entrará en un esfuerzo extraordinario por salir de la crisis en que la sumió la pretensión de la Administración Bush Cheney y sus acólitos de desafiarla como orgnismo creado para buscar un estado de paz entre los pueblos del mundo. Hay tres temas básicos en que se ha de fundar ese esfuerzo de la ONU por reconstruir su función niveladora. Estas son la total eradicación del colonialismo en todas sus formas y manifestaciones; el respeto de todos y todas al ejercicio pleno de la soberanía de todas las sociedades nacionales existentes en el mundo entero; y el respeto a los derechos humanos, tal como se definen en la Declaración Universal de los derechos del hombre proclamada por la Asamblea General de la ONU desde 1948.

Hasta el presetne, Estados Unidos no ha aceptado la plena vigencia del Derecho Internacional en ninguna de las tres cuestiones arriba descritas. Llegó el momento en que no le costará más remediop que aceptarlo, por una única razón. Ya se acabó la hegemonía de Estados Unidos sobre el mundo. No quiere decir que Estados Unidos dejará de ser una potencia de gran influencia en el planeta durante el presente siglo. Pero tendrá que atenerse a la competencia con otras potencias que empiezan a compartir influencias en el orden económcio, político y social con el gobierno de Wáshington. Al interior de los propios Estados Unidos se ha empezado a tomar noticia de este hecho tan evidente. 

Esta misma semana, una publicación de las principales del sistema en el orden mediático, la revista Newsweek, publica una historia de portada titulada “the Post-American World”. Sería bueno que nuestros políticos y politólogos de las discusiones contidianas se lean esta historia, que no es escrita por ningún izquierdista ni enemigo de Estados Unidos, para que puedan ubicarse en las realidades del mundo que empieza a nacer casi al final de la primera década del siglo XXI.

Yo apuesto al Derecho Internacional en esta nueva coyuntura. Quédense atrás los cabilderos de vocación u oficio que todavía andan por los pasillos burocráticos de Wáshington buscando endosos para sus pequeñas metas o ambiciones personales.

A los independentistas, de todos los grupos y desagrupaciones, les invito a incorporase a la invariable corriente que marca el nuevo esfuerzo por reconstituir la ONU en una organización que vale la pena mantener. Recuerden, sobre todo, que la unidad de los puertorriqueños en el reclamo de que la Asamblea General ventile en toda su amplitud y a fondo, el caso de Puerto Rico, es la fuerza principal con la que respaldaremos ese reclamo. No la echen a perder por los pequeños objetivos electorales que les puedan colocar en obsesiva oposición a nuestros compatriotas de las diferentes variantes del autonomismo. No es hora de atender minucias. Vayamos todos, con aplomo y optimismo, a reclamar lo que nos pertenece a todos, sin excepción: el derecho inalienable del pueblo puertorriqueño a la libre determinación y la independencia, declarando en decenas de resoluciones y decisiones de los últimos treinta y tantos años; y que ahora, por primvera vez, puede fructificar en echar a caminar un verdadero proceso de descolonización. Lo exigen las generaciones puertorriqueñas que van a vivir a plenitud durante el siglo que en realidad es ahora que comienza. Pensemos en grande y actuemos al nivel de altura de ese pensamiento. Nada ni nadie podrá detener la virtualidad práctica de la plena soberanía de Puerto Rico. 

“Lares colocó a Puerto Rico en la categoría de nación definida”

JUAN MARI BRAS

Por Juan Mari Brás

Germán Delgado Pasapera, el ilustre historiador añasqueño, patriota y revolucionario en su perspectiva de la historia, dejó, días antes de su temprana muerte, un libro seminal titulado “Puerto Rico: sus luchas emancipadoras.”1 El volumen contiene varios capítulos sobre “El Grito de Lares” y sus antecedentes y consecuencias en nuestro desarrollo histórico. En una ponencia suya en ocasión del 116 aniversario del acontecimiento, en 1984, y reproducido en CLARIDAD diez años después, en septiembre de 1994, Delgado Pasapera afirma lo siguiente:

“Queda claro que la gesta de Lares, que coloca a Puerto Rico en la categoría de una nación definida, no fue el resultado de una improvisación ni una simple explosión local de descontento, motivada exclusivamente por las dificultades que confrontaban en sus intereses económicos los productores de café.”

Tanto en la ponencia como en el libro citados, el autor hace una relación, con amplia documentación, de los hechos diversos desde principios del Siglo XIX que se sucedieron a favor de la plena libertad de nuestra patria, para arribar a la siguiente conclusión:

“Decretado en 1867 el destierro del liderato de avanzada del país por el gobernador Marchesi, encabezaron la lista Betances y Ruis Belvis. Para Betances ese fue su tercer y último exilio. Ya no vería meas esta tierra por la que tanto luchó.”

“Comenzó entonces para los patriotas un duro peregrinaje. Antes que someterse a las condiciones del destierro impuestas por el gobierno prefirieron escapar del País rumbo a Santo Domingo. Pasaron luego a Saint Thomas de allá a Nueva York, donde establecieron contacto conla Junta Revolucionaria de Cuba y Puerto Rico, organización revolucionaria independentista de la que era vice-presidente el doctor José Francisco Basora, su amigo y compañero desde sus días en Mayagüez.”

“Allí, en Nueva York, acordaron un plan de acción. Basora permanecería en Nueva York colaborando con la Junta; Ruiz Belvis embarcaría hacia Chile, donde esperaba encontrar ayuda —Chile había ayudado a la Junta— y Betances regresaría a Las Antillas para organizar la Revolución. De vuelta a Saint Thomas, donde fueron intensamente vigilados por la Policía a instancias del Gobernador de Puerto Rico, Betances volvía a Santo Domingo y Ruiz Belvis se dirigía a Chile, a donde llega muy enfermo y moría poco después de iniciar sus gestiones…..”

Sacudido por el golpe y por el vacío que dejaba la muerte de Ruiz Belvis, Betances lanza una proclama que es una afirmación de principios y un llamado a la lucha. Después de rendir un emocionado tributo al patriota ido, reafirmaba su fe de combatiente. ‘Los hombres pasan pero los principios quedan y triunfan’, escribía. Y el 6 de enero de 1868 funda en Santo Domingo el Comité de Revolucionario de Puerto Rico, con Basora, el Padre Meriño, Mella, Carlos Lacroix y Mariano Ruiz Quiñones, hermano menor de Ruiz Belvis.”2

Otro patriota e historiador con miras revolucionarias, Juan Antonio Corretjer, también sitúa a Nueva York como inicio de la gesta que culmina en el Grito de Lares, al señalar que fue en esta ciudad que Betances, Ruiz Belvis y Basora, constituyeron el Comité Revolucionario de Puerto Rico.3

El historiógrafo Francisco Moscoso, en la misma publicación citada, haced la correcta afirmación de que “Betances y Ruiz Belvis se vieron obligados a salir de Puerto Rico y a organizar el movimiento también desde afuera.”4

José Pérez Moris, un telegrafista asturiano que había pasado por Cuba y luego llegó a Puerto Rico en el mismo empleo con los servicios telegráficos españoles, se auto-proclamó después periodista para escribir en el “Boletín Mercantil” de San Juan artículos que promovían el incondicionalismo asimilista, hasta que finalmente le utilizaron como achichincle del imperio de turno para atacar el Grito de Lares en una “Historia de la Insurrección de Lares” que se publicó por primera vez en 1873. Todo el libro es una diatriba contra el movimiento revolucionario de Cuba y el de Puerto Rico. Pero tiene la ventaja, para historiógrafos e historiadores, de que, separando el grano de la paja, pueden verse los documentos que sobre el movimiento que culminó en Lares en 1868, guardaban los archivos del gobierno Español. Y de la cantidad y contenido de éstos puede deducirse claramente la importancia que dio dicho gobierno al separatismo boricua. 

Ejemplo de esto es lo que plantea al inicio del primer capítulo del libro, titulado “Preparativos”. Dice así: “Ya hemos visto que no es nueva la idea de organizar los medios para cometer en esta provincia española un crimen de esa nación. Desde 1865, además de los síntomas interiores de que hemos hecho mérito, nuestros representantes en Wáshington vienen dando cuenta a los capitanes generales de Cuba y Puerto Rico, de una conspiración que con el objeto de proclamar la independencia de ambas islas se viene fraguando en Nueva York.” Y una nota al calce numerada 1) señala que “En el apéndice se inserta parte de un documento del Capitán General de Puerto Rico al de Cuba que confirma este hecho.5 Es importante la descripción que este archi-enemigo de nuestros dirigentes mayores del momento hace de ellos.

Sobre Ruiz Belvis dice: “…era un abogado de Mayagüez que, a pesar de sus ideas conocidamente anti-españolas y republicanas, había sido nombrado juez de paz primero en la villa de su residencia y luego comisionado del ayuntamiento y mayores contribuyentes de Mayagüez para la Junta de Información sobre asuntos de Ultramar que se había convocado en 1866 en Madrid.”

Sobre el doctor Betances, luego de reseñar que estuvo en Francia estudiando medicina, afirma lo siguiente: “De regreso a su país por los años de 1855 a 1856, se estableció en la importante villa de Mayagüez, en cuyo punto se dedicó a ejercer su profesión, previo el correspondiente examen que tuvo que sufrir ante la subdelegación de medicina de la Isla para la revalidación del título, observando una rígida exactitud en los deberes de un buen médico y prodigando a los enfermos de la clase pobre y desvalida, no solo su asistencia facultativa, sino también los socorros pecuniarios de que carecían, llegando su filantropía hasta el extremo de establecer en su misma casa, en la cual eran admitidos todos los pobres que acudían a aquel asilo de calculada caridad.” Antes indica que con el fallecimiento de Ruiz Belvis “el primer puesto ente los conspiradores puertorriqueños pertenecía de derecho al más simpático Y al más entusiasta de los laborantes, al médico Don Ramón Emeterio Betances. La importancia y el prestigio que tiene el que quedó aún jefe de los separatistas de Puerto Rico, merece alguna atención.”

Gracias a la enorme lucidez patriótica de Don Pedro Albizu Campos, quien al convertirse en presidente del Partido Nacionalista de Puerto Rico, una de sus primeras acciones fue convocar a la celebración del Grito de Lares como nuestra gran fiesta nacional, el independentismo boricua, en su totalidad, ha convertido el culto a Lares como el fundamento mayor de nuestra unidad. Por eso, en el centenario de la _______________ en 1968, presididos los actos por el Monseñor Antulio Parrilla Bonilla, se rompieron todos los records de asistencia a la conmemoración del 23 de septiembre. Y posteriormente, todos los años, el movimiento patriótico, en todos sus grupos, se reúne en Lares en esa fecha para rubricar nuestra esperanza en el triunfo final de la lucha que nos une por encima de toda discrepancia, individual o grupal. Las divergencia entre grupos independentistas llegaron a hacer incursión hasta en el culto a nuestros próceres del pasado. Llegó un momento tan absurdo en ese torpe sectarismo grupal que se inventó por algunos una contradicción insalvable entre el pensamiento y acción patriótica de Hostos con Betances.

Afortunadamente, historiadores bien documentados y con clara perspectiva de lo que ha sido nuestro forcejeo libertador de más de dos siglos consecutivos, como fue el caso de Germán Delgado Pasapera —para mí el que con mayor precisión clarificó el alcance de las diferencias que tuvieron, precisamente en Nueva York, Betances y Hostos, y el seguimiento de sus estrechas relaciones a partir del re-encuentro que tuvieron ambos en el lecho de enfermo del General Gregorio Lupetón en Puerto Plata, República Dominicana—, han dejado claro que ambos se juntaron para siempre, en la acción y en la historia, en la defensa tanto de la independencia de Cuba, República Dominicana, y Puerto Rico, como en la aspiración común de la unidad Antillana, en la que también incluían a Haití como parte de la confederación que anhelaban para el futuro de nuestras naciones.

La última sección del libro de Delgado Pasapera, dedicada a la dolorosa situación sufrida por el país nuestro ante la invasión de Estados Unidos en 1898, y titulada “Betances y Hostos ante la invasión”, es verdaderamente una joya historiográfica cobraba el aspecto de un pueblo en desbandada. Pero en medio del desconcierto que producía aquella hecatombe moral, quedaban para la historia, como asideros de las voluntades más recias, el grito desesperado de Betances, ya próximo a la muerte, y las amargas advertencias de Hostos.” 7

Sin lugar a dudas, Betances —reconocido entonces y ahora como “el padre de la Patria”—, Ruiz Belvis y Hostos, representaron la trilogía mayor de nuestros próceres decimonónicos. Los tres, en distintos períodos, tuvieron a Nueva York como escenario de sus primeras luchas en sus respectivos peregrinajes patrióticos. En esta ciudad, podríamos reafirmar hoy, nos nació la patria peregrina.

En este siglo veintiuno en que estamos, esa patria peregrina que inauguraron nuestros patriotas a lo largo del Siglo XIX, es una realidad universal de todos los integrantes de nuestra nación, la mitad de cuya población vive en Estados Unidos y la otra mitad en Puerto Rico.

Lo que me interesa trasmitir a ustedes aquí, en el barrio de mayor población boricua del mundo, es que así como Lares se convirtió en sede de nuestra única república en la historia con la gesta del 23 de septiembre de 1898, y fue desde aquí que se iniciaron las primeras acciones concertadas que culminaron en aquel acto histórico en el que la patria nació como nación independiente y soberana, así también podría ocurrir en el futuro si los boricuas de toda la nación, aquí en Estados Unidos y nuestras islas caribeñas, somos capaces de llevar esta patria peregrina a su floración plena en la libertad, la independencia y la justicia social.

Para que esto se pueda dar, es preciso que afinemos el rumbo estratégico en ambos lados de la diáspora. No nos podemos abandonar los unos a los otros. Hay que perseverar en el empeño. La sede de nuestra nación está en el Caribe y nadie se deje engañar por el falso concepto de ciudadanía, que cambia según los cambios que se sucedan en las circunstancias de cada momento. Lo que no cambia, una vez se cuaja en la historia, es la nacionalidad, que es un concepto sociológico de mucha mayor duración que la coyuntura política.

La puertorriqueñidad es parte esencial de nuestra identidad como seres humanos. Si dejamos de ser puertorriqueños nos quedamos en un limbo insostenible que impide el desarrollo pleno del tránsito por la vida de cada uno de nosotros, no importa donde vivamos.

Algunos paisanos residentes en ciudades de Estados Unidos me han planteado en el pasado que por virtud de su ciudadanía de Estados Unidos, indispensable para enfrentarse a la vida en este país norteamericano, no les parece lógico que apoyen públicamente la independencia. Eso es algo equivocado. Así sería si Puerto Rico fuera parte de Estados Unidos. No lo es ni lo ha sido nunca, según la propia definición hecha y reiterada en la jurisprudencia del Tribunal Supremo de Estados Unidos. Los boricuas residentes en territorio norteamericano tienen tanto derecho, y obligación, de defender la independencia de Puerto Rico como lo tienen los mexicanos residentes en Chicago, California o Nueva York de defender la independencia de México.

De la misma manera que afirmo lo anterior, sostengo con igual convencimiento que los boricuas que vivimos en nuestras islas caribeñas tenemos el deber moral de solidarizarnos plenamente con las luchas comunales, obreras, en defensa de derechos humanos, etc. que libren los boricuas del Bronx, de Brooklyn o de Manhattan, así como de cualquier otro rincón de Estados Unidos, en defensa de esos derechos. Para batallar por ellos, es lógico que nuestros compatriotas de estas ciudades se valgan de todos sus derechos adquiridos, incluyendo la ciudadanía estadounidense.

Por la misma razón, nunca he pretendido que éstos renuncien a la ciudadanía yanqui, como lo hice yo. Mi experimento jurídico lo realicé muchos años después de haber residido, trabajado y estudiado en la capital norteamericana, durante seis años. No podría haberlo hecho en aquellos años. Y consecuentemente, no le pido a nadie que haga lo que yo no pude hacer en aquellas circunstancias. Nunca he creído en mandar a otros a hacer lo que yo no he hecho primero.

Estoy claro en que la patria peregrina de la que todos y todas formamos parte en la actualidad hay que defenderla con todo el poder que seamos capaces de generar con nuestras luchas, a todos los niveles.

Las prioridades que se establezcan en cada momento las determinará el colectivo de base y éstas se enumerarán según lo requieran las circunstancias que surjan de una deliberación justa que pondere con ecuanimidad las urgencias y necesidades tácticas y estratégicas. Recuérdese, no obstante, que toda táctica deberá siempre seguir el rumbo estratégico y no al revés.

Nuestro rumbo estratégico, el que debe trazar toda la nación puertorriqueña, aquí, allá o en la Luna, es rescatar para la nación puertorriqueña, de la que formamos parte, la plenitud de la libertad y el mayor grado de justicia social posible, para lo cuál será necesario lograr la independencia de la patria y poder integrar a Puerto Rico al contorno del que forma parte, por imperativo de la geografía, la historia, y los ideales comunes que nos han unido siempre, que es la gran confederación caribeña y latinoamericana, que nos dará unidos la fuerza que dispersos no tenemos para participar en el concierto regional y mundial que permitan avanzar a la humanidad hacia niveles superiores de vida individual y colectiva para todos sus integrantes.

Hacia ese objetivo debemos marchar, sin prisa pero sin pausa. Gracias.

Mayagüez, Puerto Rico, a 17 de septiembre de 2009.

1/Delgado Pasapera, Germán-Puerto Rico: sus luchas Emancipadoras

2/Citado de Siete Voces hacia el Grito de Lares, Congreso Nacional Hostosiano, San Juan, Puerto Rico, 1987, pp., 75 y 77-78.

3/Corretjer, Juan Antonio, La Revolución de Lares, citado en Ibid., pp. 68-69.

4/Moscoso, Francisco, Programa de la Revolución Puertorriqueña, citado en Ibid. p.47

5/Pérez Moris, José, Historia de la Insurrección de Lares, Editorial Edil, Inc. 1975, p. 55.

6/Ibid., pp. 56-57

7/Delgado Pasapera, Germán, Puerto Rico: sus luchas emancipadoras, op. cit., p.596.

•Ponencia a ser leída por el autor en el acto conmemorativo del Grito de Lares, a celebrarse en Nueva York el 23 de septiembre de 2009, en “El Maestro, Inc, 1029 East 167 St. Bronx, New York y auspiciado por El Maestro, Inc. Partido Nacionalista, Junta de N.Y., Comité 27 de octubre, Fundación Andrés Figueroa Cordero, New York Friends of Puerto Rico at the ONU, Juventud Nacionalista Puertorriqueña en Nueva York. (Tel. (646)337-6775)

Cincuenta años en la lucha en tres oficios

JUAN MARI BRAS

Juan Mari Brás, Especial para En Rojo

Los idus de marzo me traen a la memoria sentimientos conflictivos. Un 24 de marzo fue asesinado mi hijo mayor. Pero un 25 de marzo nació mi otro hijo. La vida sobrevivirá a la muerte por los siglos de los siglos.

Aquí, solo, en un cuarto de hotel de Nueva York, a donde me han traído, como tantas otras veces en el pasado, mis afanes políticos, recuerdo que por estos días se han cumplido cincuenta años de actividad independentista continua en mi vida. No ha habido un solo día de esos cincuenta años en que la causa de la independencia patria no haya estado al frente de mi agenda y al tope de todas mis esperanzas y aspiraciones. En un sentido casi literal, ella ha sido la razón de ser de mi existencia.

Al menos empezó a serlo desde aquel día de marzo de 1943, en que a un grupo de condiscípulos míos en la Escuela Superior de Mayagüez, reunidos en la sala de mi casa, se les ocurrió elegirme presidente del Capítulo de Agregados Pro Independencia (CAP) que allí fundamos en esa ocasión. Recuerdo muy bien que cuando mis amigos salieron de casa esa tarde, me paré en el balcón a reflexionar sobre la responsabilidad que había asumido. Me pareció un reto muy por encima de mis capacidades. Yo era un muchacho de 15 años, sumamente tímido. En la escuela siempre me alejaba de toda situación que atrajera la atención hacia mi persona. En el fondo, le tenía mucho miedo a hacer el ridículo frente a los demás alumnos, porque estaba muy inseguro de mí mismo.

Ésa fue la primera deficiencia que me propuse superar. Así, pude unos días más tarde pronunciar el primer discurso de unos cuantos millares que he tenido que hacer a lo largo de mi vida. Cuando Don Rafael Cancel Rodríguez me llamó a la tribuna del Partido Nacionalista el 21 de marzo de 1943, en la Plaza de Colón, yo pensé que no podría llegar caminando unos pasos desde donde estaba hasta el micrófono porque las rodillas me temblaban. Pero me sobrepuse y llegué.  Le pedí a Dios que me diera fuerza. No sé cómo fue aquello. Lo cierto es que subí al atril con  mucha agilidad, enfrenté el micrófono como si fuera un experto y comencé a hilvanar unas ideas en forma muy contundente. La sustancia de lo que dije la había aprendido de mi padre y sus compañeros de ideales patrios, incluyendo al propio Don Rafa. Pero la forma, el estilo, no lo copie de nadie. Lo inventé yo mismo, allí y entonces; y desde ese momento lo he seguido elaborando sobre la misma línea. Unas veces con mayor fluidez y elocuencia que otras, pero siempre —sin falsas modestias— a satisfacción plena de los que me escuchan. Por ahí se fue trocando aquella inseguridad en una confianza total en que cuando hablo es para decir cosas importantes, y que las digo con propiedad y aplomo. Por eso, nunca he hecho caso, al modismo de los últimos años de que se cambie el discurso independentista. Que lo cambien aquéllos que dejaron que el suyo se anquilosara. Yo estoy convencido de que el mío lo he ido variando día por día, en forma casi imperceptible, para acoplarlo sobre la marcha a las circunstancias cambiantes. 

De modo, pues, el primer oficio que tuve de aprender para cumplir obligaciones como dirigente fue el de orador. En descargo del mismo he recorrido repetidamente los 78 municipios de Puerto Rico y decenas de ciudades en Estados Unidos donde residen cantidades considerables de boricuas; he hablado sobre la independencia de Puerto Rico en variados lugares de los cinco continentes de la Tierra; he experimentado y cultivado todas las variantes del mensaje hablado: desde el discurso y la conferencia hasta la cátedra, la locura radial, la polémica y el intercambio de preguntas y respuestas como panelista dominguero en programas de radio y televisión. También he incursionado en la elaboración de cuñas y cortos para mitines de soledad —como les llamábamos en los remotos tiempos de la fundación del PIP— y para los micromítines y caravanas del PSP en los años setenta y ochenta. Lo cierto es que en una u otra forma, he hablado hasta por los codos sobre todos los aspectos y ramificaciones del argumento independentista. Como cuestión de realidad, mis dos libros principales son colecciones de discursos en las Naciones Unidas —el primero— y de conferencias dictadas en el Centro de Estudios Avanzados de Puerto Rico y el Caribe, con motivo del bicentenario del nacimiento de Bolívar en el año 1983, el segundo.

El segundo oficio al que me ha empujado mi obligación patriótica es el periodismo. En términos de mi vocación, es el primero porque no hay quehacer que a mi me brinde mayor satisfacción que el de periodista.

Empecé a trabajar en el periodismo bastante temprano en mi vida. Fue cuando fundé, junto a un grupo de compañeros de la CAPI, el radioperiódico “Gritos de la Patria”, que se transmitía por WPRA de Mayagüez de lunes a viernes, de 10 a 10:15 de la noche diariamente, allá para los años 1943 y 44. Pagábamos a la estación $5.00 por cada programa, para un total de $25.00 a la semana. Este dinero nos lo proveían varios anunciantes (cinco en total) a razón de $5.00 semanales cada uno: Don Fano Vida, dueño de la tienda La Gloria; Pepín González, propietario del Ron Superior de Puerto Rico; el almacén R. Cancel y Compañía, propiedad de Don Rafael Cancel Rodríguez y don Pepito Cruzado; la Mueblería Plaza, propiedad de Don José Dolores Plaza y Don Emilio Soler López y el Garaje Cabassa, de Don Regino Cabassa Túa, ilustre patriota e historiador autodidacta de Mayagüez.

Como eran tiempos de guerra, el gobierno de Estados Unidos impuso la censura previa a toda transmisión radial. Había que escribir todo lo que se iba a transmitir con antelación a cada programa. El censor nuestro era Patricio R. Fremaint, conocido por “Spinball”, quien era locutora de los juegos de pelota y que se  hizo famoso por haber colocado el primer “coño” por la radio puertorriqueña cuando un bateador de los indios de Mayagüez se ponchó, con tres hombres en bases y dos “outs”. Él era el empleado de confianza de Don Andrés Cámara en  WPRA. Era un buen hombre, sin muchas luces y con bastante miedo a ofender a los yanquis. Por eso nos quería censurar prácticamente todo el programa. Eso me obligó a pedirle a Don Andrés una instancia apelativa a quien recurrir cuando Spinball y nosotros.

La necesidad de someter el programa por escrito a las cuatro de la tarde me obligó a adquirir varias costumbres, buenas y malas. Tuve que empezar a cortar clases en la escuela para irme a la oficina de CAPI a escribir el programa. Eso me costó no ser el primer honor en mi clase, sino el segundo. Pero también por la vía del programa aprendí a escribir directamente de la mente a la maquinilla, que es una de las destrezas básicas que se requerían para ejercer el periodismo en los años cuarenta. Dicho sea de paso, cuando me fui para la Universidad de Río Piedras, en 1944, el programa radial que había fundado en Mayagüez lo continuaron Rafaelito Cancel Miranda, Irving Flores y Reynaldo Trilla, todos ellos consagrados posteriormente como héroes del nacionalismo.

En mis años en la UPR trabajé en varios periódicos, escritos y radiales. Mi primer trabajo estable y a sueldo fue en el semanario La Torre, que dirigía Pirulo Hernández, un gran periodista que fue mi maestro en el oficio. Bajo su dirección, trabajé como redactor y pude internalizar para siempre los matices diferenciales que deben cumplirse al elaborar una noticia, o una crónica, un reportaje o un artículo de opinión. Más tarde, Pirulo me nombró jefe de redacción del semanario y pude disfrutar de las primeras amanecidas, de martes a miércoles, en los talleres del viejo edificio de El Imparcial, detrás del Teatro Tapia, donde imprimíamos el periódico. Así fue que quedé todo impregnado del sabor y el olor a tinta de rotativa, que para entonces era el signo emblemático del oficio.

Cuando desapareció La Torre, por decreto imperial del rector Jaime Benítez, colaboré en el periódico El Universitario fundado por Noel Colón Martínez. Más luego, junto a José Gil de Lamadrid, Julio César López y José Orlando Grau, entre otros, publicamos Vanguardia, otro semanario, de corta duración. Recuerdo, como nota anecdótica curiosa, que el día que regresó al país Don Pedro Albizu Campos, 15 de diciembre de 1947, mientras yo asistía devotamente al Te Deum en la catedral, se arrodilló a mi lado con gran sigilo el dueño de la imprenta donde imprimíamos el periódico para indicarme a soto voce que no podían sacar la próxima edición de Vanguardia si no le liquidábamos la cuenta atrasada. Le trasmití el mensaje a Efraín Archilla Roig, quien era el administrador de nuestra modesta empresa. Como ese mismo día nos expulsaron de la Universidad a Pepe Gil y a mí, el periódico no volvió a salir más.

Durante el año 1948, compartí mi tiempo entre la huelga universitaria, la campaña del PIP y múltiples trabajos temporeros, incluyendo un radioperiódico en Mayagüez que, bajo el nombre La Nación, trasmitíamos diariamente por la estación WECW, ahora WTIL. En ese radioperiódico se estrenó como locutor Aníbal González Irizarry, quien naturalmente en sus resumés nunca ha incluido ese primer trabajo, con toda probabilidad para evitar el calentón que representa haber laborado bajo la dirección mía y —como si fuera poco— también de Pelegrín García, quien fungía como sub-director del programa. Cuando tanto Pelegrín como yo nos fuimos a estudiar al extranjero, en 1949 González Irizarry se hizo cargo del programa y enseguida le cambió el nombre de La Nación a La Razón. Todavía subsiste, con ese nombre, en otra estación mayagüezana y creo que es el radioperiódico más antiguo de Puerto Rico, que mantiene el formato de los que así se les llamaba en los primeros tiempos de la radio puertorriqueña.

Durante ese año 48, colaboré con El Imparcial y con la revista Puerto Rico Ilustrado que dirigía Juan Luis Márquez. A principios del año, coproducíamos un radioperiódico diario entre Juan Ortiz Jiménez y yo, el cual se titulaba La Mañana por la estación WIBS de Santurce. Y a finales del año, tras las elecciones de noviembre y hasta que terminó el 1948, me hice cargo del radioperiódico El PIP, por WNEL de San Juan, ocasión que me permitió vivir durante dos meses en el viejo San Juan, un lugar del que quedé enamorado para siempre.

Mi último artículo periodístico del año, antes de irme para Estados Unidos a estudiar y trabajar, se publicó en El Imparcial en diciembre de 1948. Se titula La Farsa de la Constitución: el coloniaje por consentimiento. Fue una de las primeras denuncias que se hicieron al proyecto del triunfante Partido Popular de buscar una reforma colonial más a base de que se nos permitiera redactar nuestra propia constitución, pero limitada a lo que el Congreso autorizara por ley imperial, como en efecto ocurrió. Tales fueron mis primeros pasos en el largo peregrinaje del oficio periodístico al que he dedicado tantas horas de trabajo, desvelos y amaneceres a lo largo de este medio siglo de afanes y esperanzas. 

El tercer oficio de mi larga vida, que es el de abogacía, ha sido quizás el más accidentado. Sin embargo, es una especie de seguro de vida al que he acudido siempre cuando he estado al borde de la extrema pobreza, precisamente por dedicarme demasiado a los otros dos oficios.

Hacerme abogado no fue nada fácil. Inicié los estudios de Derecho en tres universidades distintas: en la de Miami (1949), la de George Wáshington, en Wáshington, D.C., en el mismo año de 1949 y The American University, también en el Distrito de Columbia, en 1951. De las primeras dos nos botaron por persecución política como secuela de la que nos había montado el rector Jaime Benítez, de la UPR, en combinación con el FBI. De la tercera me gradué en junio de 1954.

Haciendo una larga historia muy corta, recordemos que a la llegada de Don Pedro Albizu Campos a Puerto Rico, el 15 de diciembre de 1947, los estudiantes universitarios izamos la bandera puertorriqueña —para entonces prácticamente proscrita— en la torre de la UPR, en saludo al maestro. Ese mismo día, Jaime Benítez decretó la expulsión de cinco de nosotros. Jorge Luis Landing y yo decidimos aventurarnos al exilio en enero de 1949 para intentar iniciar estudios de Leyes. Nos matriculamos en la Escuela de Leyes de la Universidad de Miami, en Coral Gables. En ese mismo tiempo esa escuela admitía con la acreditación de tres años de prelegal. Como nosotros llevábamos copias de nuestro récord en la Facultad de Ciencias Sociales de la UPR, donde habíamos cursado tres años completos antes de nuestra expulsión, no tuvimos dificultad en ser admitidos inmediatamente. Comenzamos las clases, pero a la semana de estar asistiendo a éstas se nos llamó al decanato para indicarnos que tenían información de que nosotros habíamos sido expulsados de la Universidad de Puerto Rico, lo cuál admitimos inmediatamente, y por tanto se nos suspendió sumariamente. Un estudiante puertorriqueño —de cuyo nombre prefiero no acordarme— fue el que nos delató ante el decanato de la escuela en Miami.

Esa misma noche, mientras caminábamos Landing y yo por el Boulevard Vizcaíno de Miami, nos alcanzó a ver un boricua de pura cepa, el Reverendo Sergio Alfaro, que en paz descanse, quien al enterarse de nuestro nuevo infortunio se aprestó a auxiliarnos. Con su endoso, al día siguiente fuimos admitidos al Florida Southern College, una institución educativa de la Iglesia Metodista en el centro de la Florida. Esa institución la presidía Doctor Spivy, un liberal norteamericano que era amigo personal del entonces presidente Juan José Arévalo, de Guatemala, quien a la sazón era el dirigente más de izquierda que había en la América Latina. Spivy no sólo nos admitió como estudiantes a ambos —sabiendo que éramos expulsos de la Universidad de Puerto Rico por razones políticas— sino que nos dio trabajo a tiempo parcial para ayudarnos a financiar los estudios. Ya en agosto obtuvimos el bachillerato en Artes. Con ese diploma, pudimos comenzar nuevamente los estudios de Leyes en la Universidad de George Wáshington, en la capital norteamericana, en septiembre del mismo año 1949.

Con aquella experiencia pude aprender que por cada chota que nos hace daño para congraciarse con los poderosos, siempre habrá alguien que nos extienda su mano solidaria para deshacer el entuerto que aquél nos haya infligido.

En la escuela de Leyes de la Universidad George Wáshington, que es la institución universitaria ubicada en el centro de la ciudad capital, a pocas cuadras de la Casa Blanca, llegamos a cursar la mitad de la carrera. En el verano de 1950 tuvimos que regresar a Puerto Rico para cumplir la sentencia de cárcel que nos había impuesto el Tribunal de Río Piedras por el supuesto tumulto dirigido por nosotros el 14 de abril de 1948, al comienzo de lo que se conoce en la historia como la Huelga Universitaria del ’48. Habiéndose apelado la sentencia, nuestros abogados, dirigidos por los doctores Gilberto Concepción de Gracia y Santos P. Amadeo, llevaron el caso ante el Tribunal Supremo. Este foro confirmó al juez sentenciador. Tanto Jorge Luis Landing como yo vinimos desde Wáshington a cumplir la sentencia al igual que lo hicieron Pelegrín García, desde la Habana y José Gil de la Madrid, desde Caracas.

A la cárcel de La Princesa, donde estábamos reclusos nos fue a visitar Don Pedro Albizu Campos. El alcalde, señor Bravo, cedió su oficina para que el maestro se reuniera con nosotros. Albizu nos hizo varias anécdotas de su estadía en esa prisión en 1936 y como colofón a éstas, nos indicó con una gran sonrisa que con toda probabilidad tendría que añadir muchas otras a su colección de anécdotas carcelarias, porque presentía que aún le quedaban unas cuantas temporadas adicionales en “esta misma cárcel.” Así se fue.

Regresamos a Wáshington en septiembre de 1950 a proseguir nuestros estudios de Derecho y apenas había pasado un mes cuando ocurrió el ataque a la Casa Blair por parte de un comando Nacionalista Puertorriqueño integrado por Griselio Torresola y Oscar Collao. El intercambio de tiros ocurrió en la Avenida de Pnnsylvania, frente a la puerta del frente de la Casa Blair, donde habitaban a la sazón el presidente Harry Truman y su familia. Nosotros vivíamos en un apartamento aledaño a la Escuela de Leyes, a sólo cinco o seis cuadras de ese lugar. El FBI no tardó más de dos horas en llegar a arrestarnos a Landing y a mí. Nos llevaron a las oficinas principales de esa agencia y allí nos sometieron a intensos interrogatorios por separado. A Landing lo llevaron a un cuarto y a mí a otro. Obviamente buscaban detectar contradicciones en las contestaciones que diéramos ambos, ya que sospechaban que los dos éramos cómplices de aquel acto. Cuando se convencieron tras largas horas de acoso inquisitorial, que nosotros no teníamos relación alguna con los hechos ocurridos, más allá de la común aspiración de independencia para nuestra patria, nos llevaron a nuestro apartamento, donde nos habían arrestado. Pero se olvidaron de nosotros.

En enero de 1951, cuando hacíamos fila para matricularnos enel cuarto semestre de la carrera, nos informó una funcionaria de la escuela que tenía órdenes de no matricularnos y nos indicó que debíamos reportarnos a la oficina del decano. Allí se nos dijo que habíamos sido suspendidos, por razón de que no aparecieron los exámenes finales de nosotros dos en las clases de Evidencia y de Procedimiento Civil. Eso conllevaba la nota de F en ambas clases, y el reglamento de la escuela disponía que cualquier estudiante que tuviera dos efes en dos clases quedaría expulsado de la escuela. Le argumentamos con gran vehemencia que nosotros sí habíamos tomado esos exámenes y llevamos como testigos nuestros a Jorge Morales Yordán, que en paz descanse, que era el tercer puertorriqueño de nuestra clase; así como Harry Martin, un norteamericano que antes había estudiado en la Universidad de Puerto Rico y desde entonces nos conocíamos. En George Wáshington University junto a nosotros tres, había estudiado par esos exámenes y habíamos discutido los mismos al salir de éstos. De nada valieron nuestras alegaciones y la prueba que las sustentaban. Aquello fue todo una farsa, que nos demostró la profunda hipocresía en que se fundamentaba aquella institución de enseñanza del Derecho. Sabíamos desde entonces que aquellas expulsiones fueron gestionadas por el FBI, que seguía considerándonos “riesgos de seguridad” y parece que no encontraron una forma un poco menos indecorosa de salir de nosotros. Nuestra sospecha sobre el origen de esta patraña quedó confirmada muchos años después, cuando recibí mi expediente del FBI respondiendo a una solicitud que hice bajo la Ley de Libertad de Información de Estados Unidos, aprobada en los años setenta.

Durante todo el año 1951, cursé estudios hacia el doctorado en Ciencias Políticas en la Universidad Americana de Wáshington, D.C. Con la recomendación de dicha institución de enseñanza posgraduada (Escuela de Ciencias Sociales y Asuntos Públicos), comencé a trabajar como asistente de investigación en la Brookings Institution. Ésta era para entonces una entidad liberal, en la cual se habían refugiado muchos ex-funcionarios del gobierno federal en Wáshington, perseguidos en las primeras etapas del Macarthismo. Mis compañeros de trabajo, pues, fueron gente de izquierda —dentro de los parámetros del espectro político norteamericano. De modo que pude participar, en los tres años en que trabajé para ese instituto, en variadas campañas, tertulias y animadas discusiones sobre el mundo y sus problemas. De aquella experiencia gané la convicción de que entre el pueblo de Estados Unidos  tenemos muy buenos aliados para nuestro reclamo de independencia en Puerto Rico y los de justicia social para toda la humanidad.

Mientras trabajaba en Brookings Institution, recomencé por tercera vez —la carrera de Derecho, en esta ocasión como estudiante nocturno en The Wáshington College of Law de la American University. En esa época esta escuela estaba ubicada frente por frente, en Calle 21, a la George Wáshington University de donde había sido expulsado. Jorge Luis Landing, quien se había ido a trabajar a Nueva York tras la expulsión de GWU, también regresó a Wáshington para reiniciar los estudios en A.U. Pero él estudiaba a tiempo completo, de día, sufragando sus estudios con ahorros que había hecho durante su estadía en Nueva York. Yo, que nunca he tenido un espíritu ahorrativo porque al decir de un pariente “tenía bolsillo de pobre pero gustos de rico”, opté por seguir en mi trabajo y estudiar de noche, lo cuál hizo que terminara en junio de 1954, mientras que Landing terminó en diciembre del 1953.

Me tocó, por tanto, estar en Wáshington cuando la gesta nacionalista de Lolita Lebrón, Rafael Cancel Miranda, Irvin Flores y Andrés Figueroa Cordero, efectuada en el hemiciclo de la Cámara de Representantes del Congreso el día primero de marzo de 1954. Yo me encontraba inocentemente estudiando en la biblioteca del Congreso, a eso de las tres de la tarde, cuando una compatriota y amiga, que a la sazón era funcionaria en esa biblioteca, la Licenciada Genoveva Rodríguez de Carrera, me dio la noticia de que habían vitoreado la Cámara, a pocos pasos de donde estábamos nosotros, y que se rumoraba que era un grupo de nacionalistas puertorriqueños. No pasó mucho tiempo, cuando me proponía tomar el tranvía hacia mi casa, en que dos agentes del FBI me metieron dentro de un vehículo como si fuera un balón, y me volvieron a interrogar extensamente sobre su sospecha de que yo estaba involucrado en el acto realizado por estos compatriotas. Esta vez, la sospecha se acrecentó cuando, al darme los nombres de las personas ya arrestadas, les dije que tanto Rafael Cancel Miranda como Irvin Flores eran amigos y compañeros de lucha míos en la juventud mayagüezana. Desde ese día, volvieron a mantener una vigilancia continua sobre mi persona. Cuando en mayo se ventiló la primera vista del caso, llegaron a nuestra cas Don Rafael Cancel Rodríguez, su esposa y la esposa de Rafaelito, Titin, y de allí nos dirigimos a la corte, donde yo les serví de intérprete ante la gran cantidad de fuerzas policíacas y periodistas que nos asediaban a la entrada nuestra a la sala de sesiones, luego de los consabidos registros. A los acusados sólo pudimos saludarlos desde lejos.

Al terminar la vista, se llevaron a los acusados y yo acompañé a la familia de Rafaelito hasta la estación del tren, donde tomaron uno que lo llevó a Nueva York. Me monté en el tranvía urbano frente a la estación y allí me encontré a los mismos dos agentes del FBI que me habían interrogado el primero de marzo y que me habían seguido los pasos desde entonces. Ya yo estaba tomando los exámenes finales del último semestre y tenía previsto graduarme en junio. Tenía una  esposa, Paquita Pesquera, y unos hijos: Chagui, que en paz descanse, de dos años de edad, y Rosi, de cuatro meses. Tenía por tanto, el propósito de regresar a Puerto Rico para tomar la reválida y empezar a trabajar como abogado de inmediato en mi ciudad natal, de Mayagüez.

Le hablé con mucha franqueza a los dos agentes. Les dije que a ellos les constaba, mejor que a nadie, que yo no estaba involucrado en ninguna actividad conspirativa contra el gobierno de Estados Unidos. Les advertí que si esta vez, volvían a tomar represalias contra mí; como lo hicieron en la Universidad de Miami y en la de George Wáshington, para impedir que me graduara de abogado, podían estar seguros que el resultado neto sería una enorme radicalización de mi perspectiva y, por tanto, de mis acciones patrióticas futuras. Me contestaron con la afirmación categórica de que no intervendrían con la American University para hacerme daño, siempre que yo mantuviera mi decisión de irme de Wáshington tan pronto me graduara. Les indiqué que ésa era mi firme decisión, que les avisaría el número de vuelo, fecha y hora de nuestra salida de ésa ciudad, y les advertía que una vez yo regresara a Puerto Rico no los recibiría (a los agentes del FBI) para nada, ya que los consideraba unos intrusos en mi patria.

Así sucedió. Regresé a la casa de mis padres en el barrio Salud de Mayagüez con una esposa, dos  niños y diez dólares en el bolsillo, después de haber desmantelado nuestro apartamento y vendido los muebles y equipos para pagar los pasajes de regreso.

En agosto siguiente tomamos la reválida, que para entonces consistía de un examen escrito y otro oral. Luego del examen oral, el Secretario del Tribunal Supremo le entregaba a uno un papelito en el que decía si había aprobado o no dicha reválida. Tanto Landing como yo la aprobamos en esa primera oportunidad, pese a que tuvimos muy poco tiempo para estudiar las grandes lagunas que hay para quienes estudiamos Derecho en Estados Unidos, por virtud de la diferencia notable entre los dos sistemas de Derecho. Cuando Don Ignacio Rivera, Secretario del Tribunal Supremo, me entregó el papelito con una amplia sonrisa y un abrazo, sentí una honda satisfacción. Por encima de las arbitrariedades de Jaime Benítez, los guardias que me atropellaron durante la huelga universitaria, los jueces que me sentenciaron, el chota que nos delató en Miami, los FBI que nos persiguieron y acosaron en Wáshington a lo largo de seis años; por fin cumplía la promesa que había hecho a mi padre de que habría de ser abogado, pese a que no era ésta la carrera de mi vocación primaria.

El 23 de septiembre de 1954 juramos ante el Tribunal Supremo de Puerto Rico. Y como era aniversario del  Grito de Lares, el doctor Gilberto Concepción de Gracia, quien nos acompañó, quiso tomarnos un juramento adicional a los cuatro independentistas que acabamos  de entrar a la profesión legal de Puerto Rico. Juramos ante él que dedicaríamos nuestros mayores esfuerzos como abogados a la lucha por la independencia de Puerto Rico. Así lo aceptamos, sin reservas, José Aulet, Sergio Peña Clós, Jorge Luis Landing y yo.

Desde entonces hasta ahora han transcurrido más de cuarenta y seis años. En ese largo espacio de tiempo, he trabajado como abogado de Asistencia Legal, como asesor legislativo de la minoría independista y como abogado en práctica privada en Mayagüez, San Juan y Bayamón, en diferentes períodos. He sido abogado criminalista en muchas ocasiones y la mayor parte del tiempo mi práctica ha sido en lo civil, y particularmente en la representación de reclamantes en el campo laboral y en la defensa de los derechos civiles de las minorías. Nunca he llevado un caso de patrono contra obrero, ni de desahucio para lanzar a nadie de su casa.

La práctica del Derecho la he compartido en la dedicación de mi tiempo con el ejercicio del periodismo (he sido director de CLARIDAD en seis ocasiones) y con la múltiples tareas de la dirección del MPI (1959 al 71) y del Partido Socialista Puertorriqueño (1971 al 1982); así como de Causa Común Independentista de (1989 al presente) y del Congreso Nacional Hostosiano (1993 hasta hoy).

Mi mayor contribución al Derecho Puertorriqueño se ha dado como litigante, y no como abogado. Así, cuando impugnarnos la ley que prohibía la pega de pasquines por su aplicación discriminatoria, yo encabecé al grupo de militantes que fuimos encarcelados. Más tarde el Tribunal Supremo nos dio la razón y se sentó jurisprudencia que todavía está vigente. Lo mismo ocurrió con nuestro desafío a un reglamento electoral que prohibía hablar por altoparlantes el día de las elecciones. Nosotros lo desafíamos, fuimos encarcelados y posteriormente el Supremo declaró inconstitucional el referido reglamento. Senté también un precedente al ser encarcelado, convicto y desaforado en la Corte Federal, en 1979, y el Tribunal Supremo declaró “nada que resolver” cuando el juez Torruellas le indicó mi desaforo de la corte federal con intención de que se me desaforara aquí también. Sentamos jurisprudencia en varios casos importantes en el orden electoral en 1980. Uno fue en el que impugnamos la asignación de fondos gubernamentales para sufragar unas primarias internas del Partido Demócrata de Estados Unidos. En este caso, el juez presidnete del Supremo, José Trías Monge, expuso en su histórica opinión que la Convención Constituyente le reservó al pueblo de Puerto Rico la autoridad para redefinir el status político de Puerto Rico y que por tanto no pueden usarse fondos públicos para adelantar una alternativa de status (la anexión) sin que el pueblo haya escogido esa alternativa como su soberana decisión. También ganamos en el Supremo un caso en el que se declaró inconstitucional la disposición de la Ley Electoral que autorizaba la extensión del fondo electoral únicamente a los partidos principales y no a los partidos inscritos por petición. Nos tuvieron que asignar parte del fondo, a partir de la decisión del Supremo para la campaña de 1980.

Posteriormente a mi salida de la dirección del Partido Socialista, inicié la fase que llamé de “experimento jurídico” con la renuncia a la ciudadanía de Estados Unidos. Jurídicamente, ésta culminó con la decisión del Tribunal Supremo declaró mi derecho a votar en las elecciones de Puerto Rico, a pesar de haber renunciado a la ciudadanía de Estados Unidos. Políticamente, se abrió el debate público en Puerto Rico sobre si Puerto Rico es o no una nación. Ese debate produjo, de inmediato, el movimiento de la Nación en Marcha, bajo cuyo auspicio, encabezado por Don Ricardo Alegría, se llevó a cabo la manifestación de pueblo más grande que hasta ese momento se había efectuado en toda la historia de Puerto Rico, en afirmación de la nación que somos. Desde entonces hasta ahora, ha seguido cobrando fuerza la idea de que somos una nación. Y es sobre esa base que ahora se plantea el reclamo de  nuestros derechos nacionales en todos los ámbitos del poder.

Debo subrayar que estos experimentos jurídicos se pudieron realizar exitosamente gracias a la colaboración fundamental de distinguidos abogados(as) que ofrecieron sus servicios brillantes gratuitamente, como fueron el inolvidable compañero Enrique (Chino) González, la compañera Ludmila Rivera Burgos, y el compañero Juan Santiago Nieves.

Algún día, si el tiempo de la vida me alcanza, habré de dejar escrito todo el desarrollo de esta carrera abogadil, que he ido llevando desde los tribunales hasta la cátedra, a la grupa de mi principal motor de acción para toda la existencia, que es la causa de la independencia patria.

Setenta años de solidaridad

JUAN MARI BRAS

Rafael Acevedo, En Rojo

16 de noviembre. Esa mañana trajo esa llovizna que parece que está a punto de terminar. Después uno se olvida que está ahí. Ese domingo estuvo así de Aguas Buenas a Mayagüez. Allá en su barrio está Juan Mari Brás. Cerca de donde unos enanitos de un circo nómada han construido un castillo de cinco niveles, en la falda de un cerro.

Ya es mediodía y siguen cayendo unos cristalitos de agua. Llegamos al portón de la casa de don Juan y él sale a saludarnos. Lo que quiero es hablar con él. Cumple 70 de años y medio siglo de luchador por la independencia. Escucho, trato de no interrumpir.

Identidad

La identidad puertorriqueña es resultado de una historia desigual. Desigualdad en las clases, la etnia y en el aspecto cultural. Son 500 años de forcejeo que han creado el mayor mestizaje de América, intenso y extenso. No sólo por el taíno y el africano esclavizado, esa cultura de resistencia incluye a los corsos y a los guanches. Nosotros a diferencia de Lima y México no tuvimos es aristocracia criolla. Así que nuestra identidad es una aportación indiscutible a la cultura de resistencia. 

Escritores

Me gusta José Luis González, a pesar de lo que me molesta su tratamiento de la figura de Pedro Albizu Campos. Me llevo bien con los que critican la hispanofilia de principios de siglo. Pedro Albizu era hispanófilo, quizás, en la cuestión retórica tribunicia. Pero lo hizo para dramatizar el contraste entre la cultura hispano-africana-indígena frente al yanqui. Claro, demostrando la superioridad de nuestra cultura (dice riendo).

Rosario Ferré escribe en inglés por puro snobismo. El inglés no es su vernáculo. Está buscando mercado, ese es el asunto. No me extrañaría que horita salga una versión en inglés del Nuevo Día (se divierte con la ocurrencia). Uno escribe lo que le sale del alma. Quizás genere empleo para algunos traductores. A fin de cuentas los traductores son necesarios, hay algunos muy buenos y sin ellos no conoceríamos a Chejov, Dostoyevski o Kundera. Ese es un escritor que me gusta mucho Milán Kundera, no estoy de acuerdo con su ideología pero sus novelas son excelentes. Como Borges. Lo que dice en materia política es a veces risible y como tú dices me parece que es más irónico de lo que la gente piensa. Pero sus cuentos son de lo mejor de la literatura del mundo.

Palés es el poeta emblemático de Puerto Rico. Y hace un rato hablábamos del mestizaje. Pero toda la obra de Palés, no sólo la poesía negrista, es inmensa. A Palés no le ha sacado el jugo. Todo su poesía es, sin duda, producto de su identidad. Pero es compleja, como nosotros (Vuelve a reír).

Soy un constante lector de Luis Rafael Sánchez, Wico, sus novelas, sus ensayos. Es uno de los escritores que más disfruto. El otro día coincidí con la presentación de su último libro en la Feria de San Juan. No me atrevía a pedirle el autógrafo (se ríe) pero mi hija (Mari Mari Narváez) fue hasta allá. El me mandó a buscar y nos dimos un abrazo. 

Los escritores puertorriqueños de Estados Unidos son parte de la nación, con su propia manifestación cultural, que se desarrolla de otra manera con respecto a la insular, y de hecho, tomándola muy en cuenta. La literatura nuyorrican, que a mí no me gusta ese nombre, es parte de nuestra literatura, independientemente de en qué idioma esté escrita.

Ciudadanía

Este gobierno tiene como agenda la eliminación de las leyes que acentúan la diferenciación de Puerto Rico respecto a los Estados Unidos. Usan la rama legislativa para frenar a la judicial de una forma antiamericana. La constitución garantiza la independencia judicial pero eso a ellos no les interesa. De hecho se adelantan a decisiones del Supremo con la mediocridad que los caracteriza. En mi caso se han tratado de adelantar a determinaciones inventando leyes absurdas. 

Artista aficionado

Canté en la bañera de mi hospedaje cuando el fin de la Segunda Guerra Mundial. Tenía aspiraciones de artista como todo muchacho. Cantaba rancheras mexicanas en el Puente de Guanajibo. Como a los once o doce años. Negrete vino después, cuando ya estaba en la Universidad. El primer artista grande que escuché personalmente fue a Gardel. Dio un concierto en el Teatro Yaguez. Los que pudimos entrar al teatro tuvimos la oportunidad de escucharlo porque salió frente el balcón de su hotel y le cantó al pueblo. Eso fue antes de morir en un accidente aéreo en Colombia.

Fui a estudiar a la UNAM, medicina. Eso luego de estudiar en Generales en la UPR. En humanidades estaba bien, pero mal en biología. Fui a México y cuando vieron mi récord me dijeron que estaba mal orientado. Me dijeron que me fuera a Filosofía y Letras. Yo dije para humanidades me voy a Puerto Rico. Regresé el siguiente semestre, hasta el ’47. El 15 de diciembre se cumplen 50 años de la llegada de Albizu de la cárcel. Me botaron con 4 compañeros más. Landing, Gil de la Madrid, Pelegrín García y Antonio Gregory, que ya murió.

Errores

Error de mi parte fue competir por el espacio electoral del ’76 y el ’80… convertir el PSP en un ente electoral. Ahí se le señaló su defunción. Cuando era Secretario General del PSP, en el ’72, estuve en la asamblea general del PIP. Existía esa posibilidad. Pero cuando ya era el PSP participamos en elecciones. Debimos haber continuado como organización revolucionaria sin pretender competir con el espacio electoral. Eso causó un estremecimiento tal que el Partido se disolvió.

No es que yo crea que el PIP usó o usa bien ese espacio. Pero teníamos que canalizar los esfuerzos hacia dentro, trabajar por la independencia. Ahora, retirado de la política partidista, hice un llamado para votar por el PIP. Salvaron la franquicia por tan poco que creo que esa convocatoria los ayudó (ríe). 

Han cometido muchos errores. El proyecto Young el más grande de ellos. La propuesta de la ciudadanía americana no negociable que hicieron fue una de las cosas que me motivaron a renunciar a ella.

El noventaiocho

El Centenario nos confirma que no hay que buscar fuera de nuestra historia. Nuestra lucha por la independencia no tiene que quedarse por los caminos toruosos de los partidos, eso que aquí llamamos política. Ahí está la Liga de Patriotas de Hostos. Algo así  para obligar a negociar a los Estados Unidos con un Pueblo. Allí estaba Henna (anexionista), Zeno (autonomista) y Hostos (independentista). Ese ejemplo de Lucha y de unión no fue el camino que se tomó. Llevamos 100 años de división parcelaria, fragmentación, alianzas coyunturales más bien para administrar la colonia, todo eso ha fracasado. Eso a reserva de la lucha frontal de toda la fuerza civil, la sociedad civil sin los partidos abroquelados en sus tribus. Los partidos han fracasado. No uno, los tres. Ahí hay que contar con un movimiento obrero rejuvenecido, siempre cuidándose de no convertirse en un tipo de sindicalismo empresarial que hay por ahí, importado. Hay organizaciones ambientales y culturales. Con eso hay que contar. Sobre todo ahora que la solidaridad internacional ha colapsado.

Ojalá haya un 98 de conmemoración y transformación. Pero a lo mejor hay que pasar por el purgatorio para el año después tomar conciencia de las posibilidades de fin de siglo, que son muchas. Hay propuesto un Simposio sobre el Centenario de la Liga de Patriotas. Que incluya los  congresistas nuestros y al liderato comunitario, cultural. Hay que poner al día los planteamientos hostosianos. Cuáles son viables y cuáles no. Hay que tener a Hostos y a Betances en la conciencia.

Hostos y Betances

Hostos vino con una encomienda de Betances, que ya estaba marcado por la muerte. Muere el 16 de septiembre de 1898. Le había dicho a Hostos: Usted es quien puede ir a ese escenario. Hostos deja una década de estabilidad en Chile, como un intelectual reconocido en toda América. Deja esto eso por esa encomienda. Funda la Liga el 10 de septiembre con un Manifiesto en Nueva York. Betances muere seis días después. Ruiz Belvis había muerto mucho antes, en el 1867. El jefe máximo era Betances, eso lo reconoció Hostos. Después los cubanos abandonan a Puerto Rico y aceptaron negociar con los yanquis. Los cubanos se olvidaron de nosotros porque ya había muerto Martí, había muerto Maceo.

A Hostos le niegan hasta la posibilidad de trabajar como maestro de escuela para mantener a su familia. Sus Discípulos toman el poder en la República Dominicana y lo mandan a buscar. Y él fue allá. Después de todo estamos hablando de antillanistas. Nuestros dos próceres eran medio dominicanos. Tanto Betances como Hostos. Y tanto que desprecian ahora algunos ignorantes a los dominicanos. Máximo Gómez era un patriota cubano de Santo Domingo, para decirte más.

Luego escuché la historia de Alma Boricua, una opera con letra de Fran Cervoni y música de Rafael Hernández. Habían prometido hacerla cuando regresaran a Puerto Rico desde México. A Cervoni lo trajo Benítez y Hernández vino a dirigir la Sinfoneta. Cuando el pintor buscó al músico ya éste había decidido irse con su música a otra parte.

Marta Brás, la esposa del ciudadano boricua, me lleva a la biblioteca. Allí está Hostos junto a Luis Rafael Sánchez, García Márquez. Cerca me pareció ver La insoportable levedad del ser, de Milán Kundera. Ella los ordena por tema en ese nuevo espacio claro y fresco que han hecho.

En la sala don Juan espera llamada de sus abogados. En algún momento, no sabe nadie, el Tribunal Supremo saldrá con alguna decisión en torno a la ciudadanía del mayagüezano. Mientras tanto, incluyendo a Juan Mari, que se divierte, escuchamos el relato de unos bufones que construyen un palacio en la falda de un cerro, según contara un taxista. La realidad será otra. Pero no importa. Este cuento es más interesante. Pienso, para mí, como nuestra historia, que la escribiremos con mucha imaginación y creatividad. Por encima del seco realismo de los determinados.

Nos despedimos de don Juan. Conocí a un hombre jovial, con gran sentido del humor y un compromiso serio y consistente con la libertad. Y ese compromiso a veces se dramatiza con la puesta en escena de un solo hombre. Con una renuncia que significa un abrazo al mundo y a nuestra historia. 

Publicado en Revista En Rojo/Claridad (5 al 11 de diciembre de 1997)