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Cien Horas con Fidel (III)

JUAN MARI BRAS

Por Juan Mari Brás, Especial para En Rojo

La Disyuntiva del Mundo: ser mejor o desaparecer 

En los capítulos, a partir del 18 y hasta el 26, que es el final, el conversatorio entre Ramonet y Fidel se encampana hacia reflexiones verdaderamente transcendentales, muchas de ellas noveles.

Las premisas que sirven de apoyo a los comentarios de mayor envergadura que hace el Comandante de la Revolución Cubana están contenidas en sus conclusiones básicas de que en el mundo del Siglo XXI no hay capitalismo ni socialismo, si hablamos con rigor sobre esos conceptos.

Ramonet pregunta: “¿Usted se preguntaba qué quedaba del capitalismo? ¿Piensa usted que la globalización está destruyendo hasta el propio capitalismo?”

Fidel: “Hoy no hay capitalismo, no hay competencia. Hoy lo que hay es monopolio en todos los grandes sectores. Hay algunas competencias entre varios países por producir televisores o computadoras, hasta automóviles los ha puesto a producir el Banco Mundial, pero aquel capitalismo no existe ya.”

“Quinientas empresas globales dominan hoy el 80 porciento de la economía mundial. Los precios no son de competencia, los precios a que se venden, por ejemplo, los medicamentos contra el SIDA son monopólitcos. Los fármacos constituyen uno de los más abusivos, extravagentes y explotadores renglones del mundo; la medicina que le venden a la gente tiene un precio en muchos casos diez veces superior a los costos de producción. La publicidad casi determina lo que se vende y lo que no, quien no tenga mucho dinero no puede hacer publicidad de ninguna clase para sus productos aunque sean excelentes.”

“Después de la última matanza mundial en la década de 1940, se nos prometió un mundo de paz, reducir la distancia entre ricos y pobres y que lo meas desarrollados ayudarían a los menos desarrollados. Todo resultó una enorme falsedad. Nos impusieron un orden mundial que ya no se puede sostener ni se puede soportar. El mlundo está siendo conducido hacia un callejón sin salida.”

“Ninguna de aquellas categorías en las cuales creíamos que se basaba el capitalismo existen; no existe, por lo tanto, la teoría que enseñan los Chicago Boys a la gente. Y por otra parte, la teoría y la práctica del socialismo están por desarrollar y por escribir.” (pag. 440).

Ramonet: “Usted me dijo en otra ocasión que ya no había modelo en materia política, y que nadie sabía muy bien actualmente lo que el concepto de socialismo significaba. Me contaba usted que en una reunión del Foro de Sao Paulo que tuvo lugar en La Habana, y que reune a todas las izquierdas de América Latina, fue necesario ponerse de acuerdo para no pronunciar la palabra ‘socialismo’ porque es una palabra que ‘divide’ ”.

Fidel: Mire, ¿qué es el Marxismo? ¿qué es el socialismo? Eso no está bien definido. En primer lugar, la única economía política que existe es la capitalista; pero la capitalista de Adam Smith. Entonces andamos haciendo socialismo muchas veces con aquellas categorías adoptadas del capitalismo, lo cual es una de las grandes preocupaciones que tenemos. Porque si uno utiliza las categorías del capitalismo como instrumento en la construcción del socialismo, obliga a todas las empresas a competir unas contras otras, surgen empresas ladronas, piratas, dedicadas a comprar aquí y allá. Habría que hacer un estudio bien profundo.”

“Marx hizo solo un ligero intento, en la Crítica al Programa de Gotha, al tratar de definir cómo sería el socialismo, porque era un hombre demasiado sabio, demasiado inteligente y realista para imaginarse que se podría escribir una utopía de cómo sería el socialismo. El problema fue la interpretación de las doctrinas, y se han hecho muchas. Por esa razón estuvieron dividido los progresistas durante tanto tiempo, y las polémicas entre anarquistas y socialistas, los problemas después de la revolución bolchevique de 1917 entre troskistas y stalinistas, o digamos, para los partidarios de aquellas polémicas que se produjeron, la división ideológica entre dos grandes dirigentes, de los cuales el mas intelectual de los dos era, sin duda, Troski.” (Pg. 441)

Más adelante, Ramonet le prgunta: «¿Piensa que estamos actualmente en un momento de gran confusión ideológica?”

Fidel: “Sí. Hay en la ideología una confusión grande. El mundo en que vivimos es muy diferente. Hay muchos problemas que los grandes pensadores políticos y sociales no podían prever a tan larga distancia, aunque sus conocimientos fueron decisivos para convertirnos en personas con ideas revolucionarias.”

“La gente lucha contra el subdesarrollo, las enfermedades, el analfabetismo, pero todavía no se ha hallado la solución global de los problemas de la humanidad. Tales problemas de la humanidad no tienen solución sobre bases nacionales, porque hoy mas que nunca la dominación se lleva a cabo sobre bases globales: la llamada globalización neoliberal, apoyada en el poder del imperio y sus aliados. La OMC (Organización Mundial del Comercio), el Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional, establecen las reglas de una situación de dominio y explotación de hecho, igual o peor y de consecuencias más funestas que la esclavitud colonial.” (pág. 443).

Ramonet vuelve a la carga, preguntando: “¿no tiene usted la impresión de que la globalización liberal ha recibido algunos golpes fuertes y ya es menos arrogante que hace unos año?”

Es llevado por Ramonet a unas reflexiones muy hondas en que, al contestar la última pregunta arriba apuntada, dice

Fidel: “Sí, yo también tengo esa impresión, porque ha ocurrido el caso de Argentina, la victoria en mayo de 2003 de Néstor Kirchner y la derrota del símbolo de la globalización neo-liberal que ha tenido lugar en aquel país, en momentos decisivos de crisis económica internacional. No se trata sólo de una crisis en el sudeste asiático, como la de 1997; Es una crisis en el mundo, más la guerra de Irak, más las consecuencias de una enorme deuda, más el fatalismo de que el dinero se devalúe y escape por exceso de impresión y déficit por parte de la principal potencia económica y militar del planeta.”

“Es mundial el problema, y por eso mundialmente también se está formando una conciencia. Por eso será un día de gloria ese en que otro mundo mejor sea por fin posible. Observe que ha tomado fuerza esa frase que creo que usted mismo propuso: ‘un mundo mejor es posible’. Pero cuando se haya alcanzado un mundo mejor, que es posible, tenemos que seguir repitiendo: un mundo mejor es posible, y volver a repetir después: un mundo mejor es posible. Porque el mundo está en la disyuntiva de ser mejor o desaparecer.” (subrayado nuestro, pág. 444). 

Fidel señala a continuación que hace falta promover un cultura política y echar a un lado  los dogmas. Le pregunta Ramonet “¿Los dogmas le irritan?”

Fidel: “Soy profundamente anti-dogmático; ya le he hablado de eso en otro momento. Y ahí está la fe de nuestro pueblo en la fuerza tremenda de las ideas, en lo que hemos aprendido en cuarenta y tantos años acerca del valor de las ideas y de los conocimientos. No obstante, hay peligros, y nosotros siempre tratamos de educar, cada vez más, a las nuevas generaciones. Porque hoy el mundo globalizado obliga a mayores conocimientos, y a buscar y encontrar soluciones globales.”

Ramonet: ¿Cuáles, por ejemplo?”

Fidel: “Primero, para que la humanidad se preserve, porque no está asegurada en absoluto su supervivencia.”

A continuación Fidel específica variados asuntos en que Estados Unidos, como poder hegemónico en el orden económico y militar, ha estado perjudicando a prácticamente todo el mundo, y concluye con lo siguiente: “Cada vez son más los pueblos que tienen menos miedo, cada vez serán más los que se rebelen, y el imperio no podrá sostener el infame sistema que aún sostiene. Un día Salvador Allende habló de ‘más temprano que tarde’; pues pienso que más temprano que tarde ese imperio dejará de ser  amo y sennor del mundo.” (pág. 450).

A todo lo largo de los capítulos del veinte al veintiseis, que es el final, de este libro sobre el conservatorio de cien horas entre Ramonet y Fidel, se traen a colación las opiniones del jefe de la Revolución Cuban sobr diversos movimientos y personajes protagónicos del mundo, y en especial de Estados Unidos, en las que se revelan datos de suma importancia sobre los avatares que ha tenido que enfrentar el pueblo de Cuba ante el enramado de presiones y agresiones que ha Washington para dar plena vigencia al bloqueo de la nación rebelde que tiene frontera marítima con el territorio este del imperio. Hace elogios de ciertas posiciones reflejadas en la acción política de John Kennedy como presidente de Estados Unidos y piensa que de no haber sido asesinado en 1963, habría podido darse un relajamiento de tensiones entre los gobiernos de Washington y La Habana durante su presidencia. No obstante, su mayor estimación entre los presidentes norteamericanos con quienes ha tenido que tallar en los largos años que lleva al mando del gobierno de Cuba, es hacia Jimmy Carter, a quien considera “que fue el mejor presidente de los que he conocido, independientemente de la apreciación que tenga sobre cada uno de los demás.” (Pág. 466).

A continuación, Fidel relata sus encuentros con Carter, desde la vez de su encuentro en el funeral del primer ministro canadiense Trudeau hasta su visita a Cuba, ya fuera de la presidencia. Es importante señalar que fue bajo la presidencia de Carter en Estados Unidos que se acordó el establecimiento de relaciones bilaterales entre los gobiernos de Wáshington y La Habana por medio de una llamada “sección de interés” de la embajada suiza, que es una manera de disimiular —suponemos que para no asustar a los sectores más derechistas de Estados Unidos— lo que en la práctica ha sido, aunque en forma reducida, el restablecimiento de relaciones diplomáticas entre los dos países.

A pesar de su apasionada denuncia, a lo largo de todo el libro, de los horrores cometidos por el gobierno estadounidense contra los pueblos del mundo, fijémonos con atención a la siguiente pregunta y respuesta:

Ramonet: “¿Piensa usted que Estados Unidos, con la administración Bush, puede derivar hacia un régimen de tipo autoritario?”

Fidel: “No creo que en Estados Unidos pueda instaurarse un régimen de tipo fascista. Dentro de su sistema político se han cometido graves errores e injusticias —muchas de las cuales perduran—, pero el pueblo norteamericano cuenta con determinadas instituciones, tradiciones, valores educativos, culturales y políticos que harían aquello casi imposible, el riesgo está en la esfera internacional. Son tales las facultades y prerrogativas de un presidente norteamericano, y tan inmensa la red de poder militar, económico y tecnológico y de ese Estado, que, de hecho, en virtud de circunstancias ajenas por completo a la voluntad del pueblo norteamericano, el mundo está amenazado.” (pág. 626).

En el último capítulo del libro, los dos participantes del conversatorio se plantean la interrogante que, de distintas maneras y con propósitos muy diferentes, se vienen planteando en todas partes del planeta los que analizan la Revolución Cubana y sus consecuencias: ¿después de Fidel, qué?

Casi al final del diálogo, Ramonet le pregunta: “¿Usted cree que el relevo se puede pasar sin problema ya?”

Fidel: De inmediato no habría ningún tipo de problema; y después tampoco. Porque la Revolución no se basa en ideas caudillitas ni en culto a la personalidad. No se concibe en el socialismo un caudillo, tampoco un caudillo en una sociedad moderna, donde la gente haga las cosas únicamente porque tiene confiaza a ciega en el jefe o porque el jefe se lo pide. La Revolución se basa en principios. Y las ideas que nosotros defendemos son, hace ya tiempo, las ideas de todo el pueblo.” (Pág. 693).

Antes, Ramonet le hace un planteamiento de suma importancia al Comandante, en los siguientes términos:

Ramonet: “En muchos países del desaparecido campo socialista, ser miembro del partido era una manera de obtener privilegios prebendas y favores. Se hacía por interés más que por convicción y espíritu de sacrificio. ¿No ocurre lo mismo en Cuba?”.

Fidel: “Este partido no es para obtener privilegios. Si hay cualquier obligación que cumplir, el primero que tiene el deber de hacerlo es el militante del partido. Y no postula ni elige, es el pueblo quien lo hace, a través de las más de diez mil circunstancias electorales. El Partido dirige, yo diría, de una forma ideológica, traza estrategias, comparte esa responsabilidad con el Parlamento de la República, con las organizaciones  de masas y con todo el pueblo. Es un concepto diferente.”

Ramonet: “Pero ya hemos visto que aquí también hay corrupción, ¿usted estima que en Cuba, en el seno de la dirigencia, no hay corrupción?”

Fidel: “Ha ocurrido en algunos funcionarios que negociaban con poderosas empresas extranjeras, y bueno, a veces los invitan a un restaurante, o los invitan a ir a Europa para alojarlos en la casa del dueño o en un hotel de lujo. Al fin y al cabo, algunos funcionarios nuestros eran compradores de millones por un lado, y por el otro el arte de corromper que suelen tener muchos capitalistas, más sutiles que una serpiente, y a veces peores que los ratones. Los ratones anestesian a medida que van mordiendo y son capaces de arrancarle a una persona un trozo de carne en plena noche. Así, a la Revolución la iban adormeciendo y arrancándole carne… Puede existir corrupción, ya hemos hablado de eso, hay mucha gente aquí que ha incurrido en ella, pero no puede darse en un cuadro de dirección del Partido o en un cuadro de dirección del estado, ni uno solo de ellos puede permitírselo. (Págs. 674-675).

Y ya al final, Ramonet pregunta: “Pero la pregunta que algunos se hacen es: ¿el proceso revolucionario, socialista, en Cuba, puede también derrumbarse?”

Fidel: “¿Es que las revoluciones están llamadas a derrumbarse, es que los hombres pueden hacer que las revoluciones se derrumben? ¿Pueden o no impedir los hombres, puede o no impedir la sociedad que las revoluciones se derrumben? Yo me hecho a menudo estas preguntas. Y mire lo que le digo: los yanquis no pueden destruir este proceso revolucionario, porque tenemos todo un pueblo que ha aprendido a manejar las armas; todo un pueblo que, a pesar de nuestros errores, posee tal nivel de cultura, conocimiento y  conciencia, que jamás permitiría que este país vuelva a ser una colonia de ellos.”

“Pero este país puede auto puede autodeterminarse por sí mismo. Esta Revolución puede destruirse. Nosotros sí, nosotros podemos destruirla, y sería culpa nuestra. Si no somos capaces de corregir nuestros errores. Si no conseguimos poner fin a muchos vicios, muchos desvíos y muchas fuentes de suministro de dinero de los nuevos ricos del período especial al que no debemos volver.”

“Por eso estamos actuando, estamos marchando hacia un cambio total de nuestra sociedad. Hay que volver a cambiar, porque tuvimos tiempos muy difíciles, se crearon desigualdades, injusticias. Y lo vamos a cambiar sin cometer el más mínimo abuso. Hoy puede asegurarle que la superación de esos problemas es una meta perfectamente alcanzable.”

“Habrá una participación cada vez mayor, y seremos el pueblo que tendrá una cultura general integral. Martí dijo ‘ser cultos para ser libres’, y sin cultura no hay libertad posible, Ramonet.” (Págs. 694-695)

Los amigos de Cuba, en Puerto Rico y en mundo entero, estamos confiados en que así sea.

FIN

Cien Horas con Fidel

JUAN MARI BRAS

Por Juan Mari Brás, Especial para En Rojo

—Un conversatorio para la historia—

Ignacio Ramonet dirige la prestigiosa revista universal “Le Monde Diplomatique”, que se publica desde distintos lugares del mundo en varios idiomas y con diversas concentraciones temáticas. Él y su publicación han sido de los principales promotores de los foros sociales que tanto tan contribuído a despertar la conciencia internacional sobre los mayores problemas que acosan a la humanidad contemporánea y sus posibles soluciones. Por eso, no es extraño que sea él quien haya recogido en un extenso volúmen un conservatorio de “Cien Horas con Fidel”.

Como bien apunta en la introducción de la segunda edición cubana, de septiembre de 2006, el libro “Cien Horas con Fidel, Conversaciones con Ignacio Ramonet”, “pocos hombres han conocido la gloria de entrar vivos en la historia y la leyenda. Fidel es uno de ellos. Es el último, ‘monstruo sagrado’ de la política internacional.”

Ramonet termina la introducción aludida, fechada en París el 31 de diciembre de 2005, con el siguiente párrafo:

“En el otoño de su vida, movilizado ahora en defensa de la ecología, del medio ambiente, contra la globalización neoliberal y contra la corrupción interna, sigue en la trinchera, en primera línea, conduciendo la batalla por las ideas en que cree. Y a las cuales, según parece nada ni nadie le harán renunciar.” 

Ramonet va llevando a su entrevistado desde sus primeros años en Birán, al amparo de un padre gallego de ideas conservadoras y una gran disciplina para el trabajo, y una madre cubana de temple y valor excepcional para enfrentar el peligro en defensa de los suyos. Esa combinación genética —no lo dice Ramonet pero se puede deducir de su relato— fue un factor importante en la formación de Fidel. Así desarrolló, desde la infancia, lo que él llama “el oficio de rebelde”. Y añade: “Por ahí se habla de los ‘rebeldes sin causa’; pero a mí me parece, cuando recuerdo, que yo era un rebelde con muchas causas, y agradezco a la vida haber seguido, a lo largo de todo el tiempo, siendo rebelde. Aun hoy, y tal vez con más razón, porque tengo más ideas, más experiencia, porque he aprendido mucho de mi propia lucha, y comprendo mejor esta tierra en que nacimos y este mundo en que vivimos.” (pág. 120)

El joven guajiro de Birán, hijo de un terrateniente, se había educado en colegios católicos, jesuitas, en Santiago y en La Habana. Por eso, cuando llega a la Universidad, los militantes de la izquierda lo miran con rareza. El no se une a ellos. Pero se va uniendo a luchas de liberación que le despiertan su sentido de solidaridad antillanista y latinoamericanista. Así, por ejemplos, se vincula a la ucha anti-trujillista dominicana, y se le designó presidente del Comité Pro Democracia Dominicana de la FEU. “También me nombraron presidente del Comité Pro Independencia de Puerto Rico. Estamos hablando del año 1947, y ya desde entonces albergaba la idea de la lucha irregular.” (pág. 137)

Añade que sus ideas sobre la guerra irregular, que le llevaron a Cayo Confite con el propósito de internarse con una compañía que dirigía en las montañas dominicanas a luchar contra la tiranía de Trujillo, se materializa finalmente en la Sierra Maestra.

En 1948, Fidel va a Venezuela y a Colombia como parte de un esfuerzo por crear una Federación de Estudiantes Latinoamericanos. Señala que, “entre otras cosas, apoyábamos a los argentinos en su lucha por las Malvinas y también la independencia de Puerto Rico, el derrocamiento de Trujillo, la devolción del Canal de Panamá y la soberanía de las colonias europeas en el hemisferio. Esos eran nuestros programas, mas bien antimperialistas y antidictatoriales, no socialistas todavía.” (pág. 139)

En la capital colombia conoce a Gaetán, el dirigente Liberal asesinado por esos mismos días y se ve dentro del dramático momento del Bogotazo, por pura casualidad. La experiencia vivida se une a las lecturas extensas sobre economía y política queya ha realizado para convertirle, primero, en un socialista utópico, y posteriormente, en Marxista. Son tres las influencias definitorias de su trayectoria revolucionaria ulterior. Él  se las resume a Ramonet en la ética de José Martí (“La ética, como comportamiento esencial, y una riqueza que no tiene límites”); el concepto de lo que es la sociedad humana de Carlos Marx; y “el hecho de que naciera en le campo y fuera hijo, y no nieto, de terratiente.”

Es de mayor importancia su explicación de la infuencia que tuvo en él las lecturas de Marx y Engels: Dice: “De Marx recibimos el concepto de lo que es la sociedad humana; de lo contrario, alguien que no lo haya leído o no se lo hayan explicado, es como si lo situaran en un bosque de noche, sin saber donde están los puntos cardinales. Marx nos mostró lo que era la sociedad y la historia de su desarrollo. Sin Marx, usted no puede encajar ningún argumento que interprete de forma razonable los acontecimientos históricos, cuales son las tendencias y la evolución probable de una humanidad que no ha terminado de evolucionar socialmente.” (págs. 142-43)

Termina este capítulo con una afirmación que reviste mucha importancia para entender la evolución de la estrategia fidelista para la toma del poder, en sus particulares circunstancias:

“Cuando se produce el golpe de estado de Batista en 1952, yo tenía elaborada ya una entrevista para el futuro: lanzar un programa revolucionario y organizar un levantamiento popular. A partir de  aquel momento ya tengo toda la concepción de lucha y las ideas revolucionarias fundamentales, las ideas que están en ‘La Historia me absolverá’. Ya tenía la idea de que era necesaria la toma del poder revolucionariamente. Partía de lo que iba a suceder después de las elecciones del 1ro. de junio de ese año. Nada cambiaría. Volvería a repetirse otra vez la frustración y el desencanto. Y no era posible volver de nuevo por aquellos trillados caminos, que solo conducirían a la nada.” (pág. 144)

Es dentro de esa idea, ya cuajada en su conciencia, que se da el plan de asalto al Moncada, que se recoge en el Capítulo 5 del conservatorio, dentro de su comprensión de que los muchachos que había podido reclutar para su movimiento, “eran ortodoxos, muy antibatistianos, muy sanos, pero no poseían educación política. Tenían instinto de clase, pero no conciencia de clase.” (pág. 147)

Los datos, muchos inéditos, que Fidel aporta en los capítulos 5 y 6 sobre importantes detalles de los preparativos y ejecución del asalto al Moncada, así como de las circunstancias en que se dió el arresto de él y un grupo de los que le acompañan, luego del regreso a la granjita Siboney, son esenciales para entender cómo es que, a veces, la conducta de un adversario, motivada por auténticos sentimientos éticos, puede convertirse en el detalle que salva a una generación de la ignominia. Y en este caso, a Cuba entera para la lucha victoriosa por la libertad y la independencia.

Así, cuando un teniente del ejército batistiano, al mando de una de las patrullas de búsqueda de los atacantes sueltos del Cuartel Moncada, detiene al grupo de cinco combatientes armados, entre los cuales estaba Fidel, dicho teniente ordena tranquilidad a sus soldados, afirmando que “no disparen, las ideas no se matan”.

Dice Fidel en su conversatorio con Ramonet: “Recuerdo a los soldados enfurecidos. Dura minutos esto, qué se yo, 8, 10 minutos. Al sentir los disparos se agitan, aplastan los matorrales, al ir de un lado a otro, y para el suelo. Nos gritaban: ¡Tírense al suelo!. Y digo, ‘Yo no me tiro, no me tiro al suelo. Si quiren mátenme, maténme de pie.’ Desobedecí la órden terminante, y me quedé parado. Entonces, el Teniente Sarría, que marchaba muy cerca de mí, dice en voz baja: ‘Ustedes son muy valientes, muchachos.’

‘Cuando veo el comportamiento de aquel hombre, le comunico, ‘Teniente, yo soy Fidel Castro’. Me responde rápido, ‘No se lo digas a nadie, no lo digas.’ Así que desde ese momento él conocía mi identidad. ¿Sabe lo que hizo? Llegamos a la casa del campesino, muy próxima a la carretera, allí había un camión, me montan en él, era el mismo donde estaban otros soldados con los demás prisioneros. Sienta al chofer al timón, me sienta a mí en el medio y él se coloca a la derecha. Se aproxima entonces en un vehículo el comandante Pérez Chaumont, un asesinto, el jefe de los que habían estado matando prisioneros y le exige al teniente que me entregue.’

“Era el comandante, pero el teniente le dice que no. ‘El prisionero es mío’, que él es quien tiene la responsabilidad y me lleva al Vivac. No pudo el comandante convencerlo, y el teniente se dirige al Vivac. Si me hubiese conducido al Moncada, picadillo habrían hecho de mí, ni un pedacito habría quedado. ¡Imagínese la llegada mía allí! Batista había divulgado a los cuatro vientos el tenebroso infundido de que nosotros habíamos degollado a los soldados enfermos en el hospital. No se sabe cuánta sangre costó esta calumnia.”

Ramonet le pregunta: “¿Usted conoció después a este Teniente Sarría?”

Fidel: “Sí, claro, siguió la guerra y él continuó en el ejército, con muy mala voluntad hacia él por parte del régimen —hasta lo encarcelaron cuando ya nosotros estábamos luchando en la Sierra Maestra— porque era él quien me había capturado e impidió mi asesinato. Desde luego, nadie mas que yo conocía entonces sus célebres frases, que años después conté. Al fin y al cabo fue su patrulla. Imagino el odio que le tendrían.”

“Cuando termina la guerra en 1959, lo ascendimos y lo nombramos capitán ayudante del primer presidente de la República después del triunfo. Desgraciadamente, no vivió muchos años, contrajo una enfermedad maligna, quedó ciego, y murió después aquel hombre de tan excepcional comportamiento. Es de esas cosas que uno las cuenta y no se pueden creer.”

Ramonet: “Le debe usted la vida, evidentemente.”

Fidel: “¡Tres veces, por lo menos!”

En el capítulo 7, Fidel le habla a Ramonet sobre el Che. Indica los detalles de cómo le conoció en México y acerca de su primera entrevista, una noche de julio de 1955. El Che, quien ya era marxista convencido, conoció desde el principio que lo que se organizaba en México por Fidel y sus compañeros era una revolución anti-imperialista y no se vislumbraba todavía una revolución socialista. No obstante, señala Fidel, “esto no fue obstáculo, se suma rápido, se enrola de inmediato.”

“Una sola cosa me dice: ‘Yo lo único que quiero es que cuando triunfe la revolución en Cuba, por razones de estado ustedes no me prohiban ir a la Argentina para luchar por la revolución.”

“¿En su país?”, le pregunta Ramonet.

Fidel: “Sí, en su país. Es lo que me dice. Ya nosotros practicabámos una incipiente pero fuerte política internacionalista. ¿Qué era nuestra conducta en Bogotá, la lucha contra Trujillo, la defensa de la independencia de Puerto Rico, la devolución del Canal a Panamá, los derechos de Argentina sobre las Malvinas y la independencia de las colonias europeas en el Caribe? No éramos unos simples aprendices. El Che confió plenamente en nosotros. Le respondí: ‘De acuerdo’, y no hizo falta hablar más de eso.” 

En el capítulo 8, Fidel explica la llegada del Granma a la playa de las Coloradas el 2 de diciembre de 1956, la avanzada de los guerrilleros hasta Alegría del Pio y todo el proceso, ya bastante conocido, de cómo solo unos pocos sobrevivientes pudieron alcanzar eventualmente la Sierra Maestra para desde allí iniciar la etapa puramente guerrillera de la lucha que condujo a la victoria revolucionaria del primero de enero de 1959. Es fundamental, para comprender la ética fidelista en toda su significación, conocer la explicación que sobre este particular le hace a Ramonet en el siguiente párrafo:

“Ramonet: ¿Utilizaron ustedes el terrorismo, por ejemplo, contra las fuerzas de Batista, o hicieron atentados?”

Fidel: “Ni terrorismo, ni atentados, ni tampoco magnicidio. Usted sabe, éramos contrarios a Batista pero nunca intentamos hacerle un atentado, y habríamos podido hacerlo. Era vulnerable. Era mucho más difícil luchar contra su ejército en las montañas, o intentar tomar una fortaleza que estaba defendida por un regimiento. ¿Cuántos había en la guarnición del Moncada, aquel 26 de julio de 1956? Cerca de mil hombres, o quizás más.”

“Preparar un ataque a Batista y, eliminarlo era diez o veinte veces más fácil, pero nunca lo hicimos. ¿El tiranicidio ha servido alguna vez en la historia para hacer una revolución? Nada cambia en las condiciones objetivas que engendran una tiranía.”

“Los hombres que atacaron el Moncada podían haber liquidado a Batista en su finca o en el camino, como lo fue Trujillo o cualquier otro, y al que murió lo hacen mártir en sus propias filas. La inconveniencia del maglnicidio era un viejo concepto desarrollado por la doctrina revolucionaria hacía mucho tiempo.”

“También se discutió mucho, en el movimiento comunista internacional, si era correcto buscar fondos mediante el asalto a los bancos. En la historia de la Unión Soviética, algunos le imputan a Stalin haber hecho algunos de esos  asaltos. Eso estaba realmente en contradicción con el mas elemental sentido común, tanto la teoría del magnicidio como la teoría de los asaltos para la búsqueda de fondos. Esto último estaba muy desprestigiado en Cuba, país de idiosincrasia burguesa donde las instituciones bancarias eran muy respetadas. No se trataba de una cuestión ética, era sencillamente una cuestión práctica: si ayudabas a la Revolución o al enemigo.”

Sobre el importante tema del socialismo y la religión, Fidel hace unas explicaciones en el conversatorio con Ramonet que revisten gran importancia. Dice Fidel:

“al principio también hubo conflictos entre la Revolución y algunas iglesias, prejuicios que alimentaron antisocialistas por un lado y antireligiosos por otro. El partido adoptó la drástica medida de no admitir creyentes en sus filas. Yo me considero con parte importante de esa responsabilidad, porque lo veíamos como riesgo de un posible conflicto de lealtades, y había muchos católicos, por ejemplo.”

Ramonet: ¿En el seno del partido?

Fidel: No, católicos que eran revolucionarios.

Ramonet: “¿Pero que no podían entrar en el partido?

Fidel: “Se estableció el principio de que los religiosos no podían entrar a las filas del partido. Podían ser creyentes tratados con toda consideración y respeto de acuerdo con su actitud política, pero no ingresar en el partido. Y no crea que costó poco trabajo y años hacer prevalecer el criterio de que era necesario abrir a los creyentes las puertas del partido.”

Ramonet: “¿Usted acabó por defender esa tesis?”

Fidel: “Aunque mi posición era distinta cuando se estableció la exclusión al crearse el Partido, yo casi fui de los primeros defensores de la idea del ingreso de los creyentes. Hace más de treinta años entré en contacto con la Teología de la Liberación. Tuve mi primera reunión con representantes de esa corriente en el año 1971, en Chile. Me encuentro allí con muchos sacerdotes y pastores de diversas denominaciones y me reuní en la Embajada de Cuba con todos ellos. Entonces, después de horas de intercambio, les planteo la idea, que ya viene madurando hacía tiempo, de la unión entre creyentes y no creyentes, es decir, entre marxistas y creyentes en pro de la Revolución.”

Ramonet: “Como decían los sandinistas; Cristialnismo y Revolución, no hay contradicción.”

Fidel: “Nosotros lo dijimos mucho antes, porque la Revolución Sandinista triunfa en 1979, y ya yo adondequiera que iba defendía esa idea: en Chile, cuando visité a Salvador Allende en 1971, y hasta en Jamaica cuando visité a Michael Manley en 1977. Era la política que veníamos aplicando. Casi todas las iglesias de esa corriente fueron muy receptivas. Yo proclamaba que el cambio revolucionario necesario en el hemisferio requería la unión de marxistas y cristianos. Sostuve esas ideas y cada vez la sostengo más.”

“En un momento dado dije: ‘nosotros estamos planteando la unión de marxistas y cristianos, y en el Partido no aplicamos esas ideas, todavía tenemos las viejas. Luchar, incluso, contra prejuicios y creencias surgidas no fue fácil, y hubo que luchar muy duro.”

(Esta reseña, para ser completa en lo fundamental, tiene que ser extensa. Se completará en sucesivas ediciones de “En Rojo”. Llevamos solo diez capítulos reseñados, de un total de 26 que contiene el libro.)

Con independencia del régimen

JUAN MARI BRAS

Por Juan Mari Brás, Especial para Claridad

Es momento de inventariar nuestras fuerzas y debilidades mayores como pueblo. Para adelantar objetivos superiores es preciso entender a cabalidad por donde estamos. Enfrentamos uno de los períodos más álgidos de la historia contemporánea. Lo que ocurra en los pocos años venideros con toda probabilidad moldeará el mundo del siglo XXI y quien sabe si de un par de centurias adicionales.

Es importante tomar en cuenta el acontecer nacional (lo que define la realidad puertorriqueña) y al mismo tiempo conocer la inevitable interacción de ésta con la de nuestro contorno inmediato, el Caribe y América Latina y lo que está ocurriendo en Estados Unidos.

En el país se empieza a ver con mayor claridad la debilidad que nos ha producido la fosilización, por la vía del peor burocratismo, de los partidos políticos que manejan el menguado poder electoral que nos permite administrar internamente el régimen colonial prevaleciente. Esto ha impedido que se pudiera usar las elecciones —como pudo hacerse en algunas ocasiones de décadas anteriores— para adelantar metas liberadoras, aunque fueran mínimas. Ninguno de los cuatro partidos que manejaron los pasados comicios pudo usar creativamente el proceso para siquiera adelantar sus propias metas programáticas.

El PNP, fundado y sostenido por los beneficiarios obvios del régimen colonial ya que todo imperio necesita servidores criollos en sus colonias, a los cuales hay que retribuirles sus servicios con holgadas canonjías y privilegios; TENIA el objetivo de adelantar el camino hacia la plena incorporación de Puerto Rico como estado de Estados Unidos. Esa meta, difícil por demás ante la temeraria realidad de que constituimos en Puerto Rico una nación diferenciada sociológicamente, en todos los sentidos, de la nación única que pretende ser Estados Unidos, requiere de sus promotores una sólida unidad de programa y acción, conjugadas en un liderato disciplinado y fuerte. Cada vez lo tiene menos. Es evidente que el partido que ganó las elecciones está tan dividido como el que más en dos facciones irreconciliables: la que se esfuerza por dirigir —con escasa capacidad de liderato— el hoy gobernador Fortuño, y la que surgió al amparo del liderato del Dr. Pedro Rosselló y que en la actualidad levanta sus alas bajo la dirección del Lic. Tomás Rivera Schats, a quien los Rossellistas impusieron como presidente del Senado en este cuatrienio.

Las contradicciones de aspiraciones e intereses entre esos dos bando seguirán ahondándose. Lo anterior no implica que no haya un común denominador entre ellos. Este ya ha empezado a manifestarse en el empeño, rayando en la ridiculez, de borrar en todo lo posible la identidad nacional de los puertorriqueños para hacer más atractiva la idea de anexión de Puerto Rico ante el gobierno y el pueblo de Estados Unidos. A esos  hay que combatirlos, principalmente en la movilización de las masas, como haremos en Mayagüez y la región Oeste ante el empeño de quitarnos los Juegos Centroamericanos y del Caribe, en los que la región ha hecho ya sus mayores inversiones y esfuerzos, y que —ciertamente— no debemos permitir que salgan con la suya los politiqueros de la anexión incondicional.

Quedan unos sectores muy escasos dentro del anexionismo que han querido revivir la idea de una especie de estadidad confederal, manteniendo el carácter nacional de Puerto Rico, en la esperanza de que el triunfo del concepto multi-étnico de la sociedad norteamericana en que se basó la extraordinaria victoria de Barack Obama represente la apertura a unos Estados Unidos multi-nacionales. No saben, o simulan no conocer, que una cosa es ser multi-étnicos, y acoplarse a esa realidad, tan evidente en Estados Unidos, y otra, muy distinta, es renunciar al concepto federalista de constituir una sola nación “indivisible”.

No cabe duda de que el triunfo fugaz de Fortuño en las elecciones pasadas, resultado de la inocencia del electorado puertorriqueño condicionado por la dependencia y el miedo que ha sembrado en las mentes de las mayorías el régimen colonial, no ha podido darle ni siquiera un corto periodo de tranquilidad a los políticos victoriosos. Ya la lucha empieza a acelerarse en todos los contornos de pueblo. Seguirá acrecentándose. Nuestro pueblo sufre quizás de una inocencia endémica que le mengua  su acción colectiva a corto plaza, pero su voluntad de lucha se ha demostrado siempre en los momentos cruciales de nuestra historia. Prepararnos para liderear al país en uno de esos momentos cruciales —quizás de mayor significación que todos los anteriores— ha de ser el imperativo prioritario que tenemos hoy.

El Partido Popular está acercándose al final de su ciclo histórico. La división evidente que demuestra es entre la gran base puertorriqueñista, adherida a los principios de justicia social que sirvieron de inspiración a sus fundadores para llevarlos a un arranque victorioso en 1940, y la cúpula de políticos de oficio que, con algunas excepciones, lo que prioriza es únicamente mantener sus privilegios económicos y sus menguados rincones de poder. El resultado es patético para éstos. Los que todavía se esfuerzan por salvar a ese partido de la debacle final merecen nuestra simpatía y buenos deseos. Pero no debemos confundir nuestra misión patriótica acomodándonos a tales metas. Los que buscan esos caminos deben aprender de nuestra propia historia. Cada vez que el sector independentista se ha conformado con compartir pequeñas metas electorales con el llamado sector autonomista, ha terminado en uno de dos caminos: o rebelándose y formando su propia agrupación independentista, como hicieron Albizu Campos en los años veinte y treinta y Concepción de Gracia en los cuarenta, salvando al patriotismo de la ignominia; o sucumbiendo al oportunismo y la sumisión colonial, como Barceló en los años veinte y Muñoz Marín en los cuarenta. Ninguno de éstos han logrado sus propósitos liberadores —que los tuvieron— y han llegado al final de sus vidas arrepentidos, ambos, de sus concesiones excesivas al régimen.

Lo anterior no niega la obligación que tiene el independentismo de compartir, tanto con los autonomistas Populares como con los anexionistas que mantienen la defensa de nuestra identidad nacional puertorriqueña, hacia campañas y metas que nos sean comunes en cada momento, siempre que estemos claros que no vamos a sacar al independentismo de la ruta estratégica que nos define como vanguardia del patriotismo y la justicia social en el país. Pero tenemos que olvidarnos, al menos por el momento, de la preocupación electoralista. La crisis del coloniaje en Puerto Rico y en el mundo hay que ayudar ahora a que culmine, antes de cualquier nuevo proceso electoral dentro del colonialismo, en el pleno reconocimiento por parte de Estados Unidos de nuestro derecho a la libre determinación y la independencia, conforme al Derecho Internacional vigente, que no es la distorsión que de éste ha pretendido imponer el imperio de Estados Unidos. Esa es la ruta estratégica del independentismo puertorriqueño, y de ahí la importancia de mantener nuestra denuncia en los foros internacionales del régimen colonial que Estados Unidos mantiene aquí invariablemente. Los autonomistas y los anexionistas que estén de acuerdo con reclamar junto a nosotros esos principios y su plena aplicación al drama político de nuestra patria, tendrán la solidaridad, en tales reclamos, del movimiento independentista en todas sus variantes. Menos de eso no puede ser base de negociación.

El Partido Independentista, que sufrió la peor debacle de su historia en las elecciones del pasado noviembre, hace esfuerzos por recuperar su franquicia. Tienen derecho a hacerlo, pero ya no son, ni remotamente, una agrupación protagónica en la lucha por la independencia, ni creo que lo volverán a ser como colectividad, al menos que opten por unirse al independentismo en general en alguna institución amplia e integradora, que pueda borrar las heridas del pasado entre los grupos y las personas. El derecho a la rehabilitación, en el orden patriótico, no puede negársele a nadie, si hasta a los delincuentes convictos se les reconoce.

Por todo lo anterior, respaldo sin reserva alguna el llamado hecho por el querido amigo y compañero Noel Colón Martínez a la formación de un Congreso Pro Independencia (en secuencia histórica sería el tercer congreso) que pueda reunir al independentismo en general, para desde esa plataforma amplia, y no sectaria, poder promover o respaldar las grandes convergencias puertorriqueñistas y soberanistas que el momento reclama. Cuenta conmigo, Noel, en la limitada medida en que mis menguantes fuerzas me permitan colaborar a este esfuerzo patriótico, que estoy seguro la patria entera terminará respaldando por representar la respuesta más adecuada al reto que nos presenta a los puertorriqueños, de forzar la liquidación aquí de una de las últimas colonias del mundo antes que culmine la segunda década de la descolonización del mundo proclamada por las Naciones Unidas para los años de 2001 al 2010. ¡Adelante, siempre adelante! (Continuará).

Mayagüez, Puerto Rico, a 31 de enero de 2009

Juan Mari Brás

JUAN MARI BRAS

Por Antulio Parrilla Bonilla, SJ, Obispo Titular de Ucres

La historia será mucho más justiciera que la actual generación en aquilatar el liderato de Juan Mari Brás, que ha ejercido en casi tres décadas en la política puertorriqueña. Su personalidad y su patriotismo han dejado hondas huellas impresas, que ya son imborrables, ha trabajado para causar cambios significativos en la colonia, y lo ha logrado. Su liderato no ha sido de tipo caudillista –por más que el caudillismo, por lo menos como se manifiesta en algunos rasgos, no acaba de dejarnos, pese a que se han  hecho grandes progresos-, sino que su quehacer ha sido dentro de un equipo de trabajo, principalmente desde el Movimiento Pro Independencia (MPI) y luego desde el Partido Socialista Puertorriqueño (PSP).

Si Juan Mari Brás sigue como indiscutido líder dentro de su organización política, ello se debe al consenso general dentro del PSP, desde todos los niveles del Partido, tal como son discutidas y analizadas todas las materias en el PSP. El mismo ha querido retirarse de sus altas posiciones, pero siempre ha encontrado el escollo del consenso democráticamente obtenido, que se le opone e insta que siga en su función protagónica.

¿Qué es lo que contiene el carisma de este líder puertorriqueño? Primero, se sale de serie,  pues siempre dice lo que tiene en su intelecto brillante, lo que siente interiormente; está comprometido con la verdad. Segundo, tiene una gran sencillez en el decir, de modo que todos le entienden, aunque no estén de acuerdo con él. Tercero tiene un extraordinario poder de análisis y de síntesis: sus columnas en CLARIDAD lo dicen casi todas las semanas. Cuarto, nunca hace acusaciones si no está bien documentado, y puede probar lo que dice. Quinto, sus profundas convicciones, su sabiduría, su cultura y rectitud, loasen muy elocuente y tiene una admirable capacidad de persuasión.

Juan Mari Brás tiene otras cualidades que pasan desconocidas para el que lo mira solamente desde su vida pública. Privadamente prefiere escuchar más que hablar; a cualquiera le parecería que es tímido. No es tanto timidez como respeto a las ideas de los demás. Sabe escuchar, no solamente oír: esto es precisamente uno de los factores o elementos imprescindibles de diálogo. A cuno no le da la impresión que él quiere llevar la suya adelante, cuando se barajan las verdades de cada quien. Para llegar a tener esta virtud se requieren otras ya adquiridas, tales como paciencia, humildad (como conocimiento propio –nunca apocamiento- como algunos falsamente entienden), serenidad y cortesía (que no es virtud de sólo los burgueses), paz e integridad.

Juan Mari Brás es siempre noticia: sea por lo que dice o hace, o sea por lo que representa dentro del contexto político puertorriqueño. Tiene enemigos: nada menos que todo el imperio de Estados Unidos y los que en alguna forma y por las razones que sean defienden el status quo o su perpetuación. Pero Juan no es enemigo de nadie, salvo de la injusticia, la explotación, el engaño, la enajenación, la rapacidad, la mentira, el eufemismo, la hipocresía… en fin, todas las principales características del dominio y de la dependencia que invariablemente impone el imperialismo.

Mari Brás ya es más aceptado, sin que ello implique comunión con su ideología, que a nadie él le esconde. La razón de esta aceptación es su empeño en la unidad patriótica puertorriqueña contra el colonialismo. En días recientes se ha ganado en la ONU una batalla decisiva –aunque todavía no la guerra- con la Resolución que este año aprobó el Comité de Descolonización. Este año dicho Comité acordó solicitar del Plenario de la ONU, que discuta el caso colonial puertorriqueño. No entro aquí en pormenores acerca de este triunfo de los puertorriqueño; bastante se ha escrito en la prensa. Muy poco más que hay que decir que sea original. Ahora empieza otra importante ofensiva; lograr que Estados Unidos no impida la discusión de nuestro caso en 1982.

Sin que el Comité de Descolonización deje de entender en el futuro, pase lo que pase en el Plenario con nuestro caso colonial, la lucha en la ONU llegó a un punto culminante gracias  al liderado de Juan Mari Brás. Con esto no pretendo restar méritos ni a los demás líderes puertorriqueños que han luchado en la ONU, mucho menos a los que empezaron a roturar el terreno hace varias décadas en la recién creada ONU; e incluso desde antes de crearse este Cuerpo Internacional. Fue el doctor Pedro Albizu Campos quien rompió el cerco colonial durante los años veinte y treinta, e internacionalizó el caso colonial de Puerto Rico, subsiguientemente, mediante el Partido Nacionalista.

Ahora la lucha en la ONU no es de Juan Mari Brás, de Rubén Berríos y de los nacionalistas: tampoco de los demás líderes, que se cuentan por decenas del independentismo. Ahora la lucha es de todo Puerto Rico. El año 1980 marcó en este sentido un importante hito: el año 1981 produjo un cambio cuantitativo. Tan contundente, que ha puesto al Departamento de Estado a preocuparse… que lo está, y muy significativamente. Se ha golpeado duro el corazón del imperio y se oyen las repercusiones.

Los movimientos de “diálogo” y de “descolonización” que se empiezan a percibirse en la colonia es una de las más claras señales de la contundencia del golpe que se ha dado al imperialismo. El mentado “diálogo” no tiene ni pizca de eso, de diálogo, pues el primer paso en cualquier diálogo formal es sentar las reglas del juego por l os mismos dialogantes, no por quien represente la colonia o llame al diálogo. Además, se puede uno preguntar ¿por qué se excluye de cualquier diálogo políto a Juan Mari Brás? ¿Por qué no tiene Partido? ¿Por qué es minoría? Todas estas razones que se dan son argucias; es Juan Mari Brás quien mejor comprende toda la intríngulis subyacente en toda esta cuestión.

No puede hablarse de descolonización en Puerto Rico sin que se hable de la reciente Resolución del Comité de Descolonización; ni dialogar sin las ricas aportaciones de un político formado precisamente en el diálogo. Por haberse fraguada en las luchas más duras. No hay puertorriqueño ni residente puertorriqueño que se declare abiertamente independentista que no tenga el FBI, en la CIA y en las agencias de espionaje de las fuerzas armadas de Estados Unidos. Juan Mari Brás logró obtener su récord en el FBI, y hemos descubierto su valía por el ensañamiento con que lo ha acosado.

Si alguno ha tenido que sufrir (lo ha hecho con gran entereza) por ser independentista, por ser socialista y por ser marxista en nuestra patria, es Juan Mari Brás. Es sumamente doloroso pensar que uno de sus hijos fue asesinado como una venganza del FBI, para crearle problemas, para hacerle sufrir, para castigarle en donde más torturante es la aflicción, en sus profundos sentimientos de padre. Duele pensar además que este crimen ha quedado impune, pues el gatillo lo apretó el FBI, no el intermediario irresponsable a quien puso la agencia de espionaje. Tampoco en esta cuestión  pretendo ignorar o empequeñecer la grandeza del resto del liderato independentista,  que por serlo, es también es hostigado continuamente por las fuerzas represivas y de espionaje de Estados Unidos y ha tenido que sufrir cárceles, persecución, difamación, marginación y muerte por sus ideales.

Felicito a Puerto Rico por el triunfo en la ONU y por tener a un líder del calibre de Juan Mari Brás. 

Con independencia del régimen II

JUAN MARI BRAS

Por Juan Mari Brás, Especial para Claridad

Ahora, más que en el pasado, es necesario que los independentistas actuemos con independencia del régimen. Lo que está inservible, y listo para echarlo a la basura de la historia, es el régimen colonial que hemos soportado por más de medio milenio. El mundo entero está de acuerdo en la necesidad de darle fin al colonialismo “en todas sus formas y manifestaciones” en todo el planeta, sin más dilación. Hace falta que nuestro pueblo así lo reclame. Cada vez son más los puertorriqueños que se convencen de esa gran necesidad.

Por eso, es necesario promover y hacer efectiva la mayor unidad posible de todo el pueblo puertorriqueño. Los grandes cambios no se dan sin el respaldo de los pueblos. Estemos claros en eso. Pero, al mismo tiempo, estemos claros, en que sin la unidad, o al menos la coordinación, del trabajo y forcejeo de los independentistas no vamos a conseguir que el pueblo se una en un esfuerzo común por la descolonización del país. Para lograr esa unidad mayor, es imprescindible alcanzar la unidad menor, que es la del independentismo. Y para alcanzar esa unidad menor, en la medida en que sea posible, es preciso que todo el independentismo actúe con independencia del régimen. Lo que confunde en sus orientaciones políticas a la mayoría de nuestro pueblo es el acondicionamiento al sistema colonial que ha producido la sumisión al régimen. Los independentistas somos los menos colonizados entre los habitantes del país. Pero eso no implica que no se nos haya infiltrado la colonización en alguna medida. Quinientos años de coloniaje dejan una huella que nos alcanza a todos. Lo maravilloso es que hayamos muchos, en todas las generaciones, que podemos cobrar conciencia de la realidad de que estamos sometidos a un régimen extranjero que nos gobierna sin respeto alguno a la voluntad soberana de nosotros como pueblo. Y más maravilloso aún es que hayamos podido cuajar una nación en la historia, de inconfundible identidad a pesar de haber vivido siempre bajo regímenes coloniales. Esos dos hechos, que nadie puede negar hoy, son los que han salvado a nuestro pueblo de haber sido arrinconados como minorías en su propio espacio, como ocurrió en Hawaii, en Alaska, en Texas y en Nuevo México.

Estamos en el momento propicio para impulsar la gran alianza de los puertorriqueños hacia la completa descolonización del país. Para eso, tenemos que estar claros en varios puntos esenciales.

Primero, el asiento de nuestra nación son las islas habitadas que forman geográficamente a Puerto Rico: la isla mayor, y Vieques y Culebra.

Segundo, los boricuas, no importa donde estén residiendo, son parte de la nación puertorriqueña y tienen derecho a participar en la determinación que hagamos los puertorriqueños para iniciar libremente la redefinición de nuestras relaciones con Estados Unidos.

Tercero, lo anterior no significa que seamos una nación nómada, sin asiento geográfico. Este está muy claramente definido en nuestra ubicación caribeña. Los boricuas residentes en Estados Unidos pueden y deben reclamar sus derechos en las comunidades y el estado, provincial y nacional, en donde hacen sus aportaciones, con su trabajo, a esas comunidades, estados provinciales y estado-nacional, pero tal situación no impide que aporten y contribuyan a rescatar la plena soberanía intervenida en su patria puertorriqueña. Téngase presente que los mexicanos residentes en Estados Unidos no niegan la realidad de que México es una nación diferente a Estados Unidos ni están dispuestos a permitir que ésta sea intervenida por nadie. Lo mismo puede decirse de los polacos, los italianos, o los de cualquier otro origen, residentes en aquel país. No puede ser distinto en el caso de los puertorriqueños.

Cuarto, el ejercicio de la libre determinación es del pueblo puertorriqueño, no del Congreso ni del Presidente ni del Tribunal Supremo de Estados Unidos. Por eso, el inicio de cualquier proceso dirigido a la redefinición de nuestras relaciones con Estados Unidos es un derecho de los nacionales puertorriqueños y no de los ciudadanos de Estados Unidos, de aquí o de allá.

Quinto, lo anterior es así porque la soberanía de Puerto Rico reside en el pueblo puertorriqueño y no en ningún poder interventor, según lo reconoce el Derecho Internacional vigente, el cual obliga a todos los países y gobiernos del mundo, incluyendo a Estados Unidos. En el caso de dicho país, su propio sistema constitucional así lo reconoce en la llamada cláusula de supremacía de su constitución.  El hecho de que el gobierno de Wáshington mantenga una intervención casi total sobre nuestro país lo convierte en violador del orden internacional proclamado universalmente y así reconocido por su propio estado nacional desde el momento mismo en que proclamó su independencia el 4 de julio de 1776. Los puertorriqueños, y sobre todo los independentistas, no debemos jamás repetir ofuscamiento jurídico de que Estados Unidos ostenta la soberanía sobre Puerto Rico. La realidad jurídica es que suprime, en la práctica el ejercicio pleno de nuestra soberanía por el pueblo, mediante un régimen interventor. Por eso, no hay democracia en Puerto Rico, y es una equivocación decir que aquí vivimos en un sistema democrático.

Sexto, por esas mismas razones, ni el Congreso ni el presidente, ni el Tribunal Supremo de Estados Unidos deben iniciar el proceso de libre determinación de los puertorriqueños sobre nuestro futuro. Ese poder es únicamente del pueblo puertorriqueño. De ahí la importancia de mantener abierto, y abrirlo hasta sus órganos superiores, el foro de Naciones Unidas para ventilar, y fiscalizar, el caso colonial de Puerto Rico en todo momento hasta que cese la intervención indebida de Estados Unidos en nuestro país.

Séptimo, si el Congreso, el presidente o el Tribunal Supremo de Estados Unidos están dispuestos a reconocer el derecho inalienable que tiene Puerto Rico al pleno disfrute de su libre determinación e independencia —que es el que reconoce el Derecho Internacional a todas las naciones del mundo— le daremos la bienvenida a tal reconocimiento. Eso lo deben decidir ellos. No es función nuestra estancar el ejercicio de nuestro derecho y dedicarnos a cabildear por los pasillos congresionales en Wáshington para mendingar tal reconocimiento.

Los puertorriqueños tenemos derecho a esperar que el nuevo presidente de Estados Unidos, y la mayoría Demócrata en ambas cámaras congresionales, rectifiquen la política imperial que han estado aplicando a Puerto Rico por ciento diez años consecutivos. Ahora hay un nuevo gobierno en Wáshington que surgió como decisión del pueblo de Estados Unidos de echar a un lado las políticas torcidas que han llevado a esa nación a lo que podría ser la peor crisis de su historia. Una de las rectificaciones que tienen la obligación de hacer, respondiendo al reclamo de su propio pueblo y de la inmensa mayoría de la humanidad, es sencillamente acatar el Derecho Internacional como norma invariable en todas sus acciones para propiciar la más sana convivencia con todos los pueblos del mundo. Eso incluye el reconocimiento del derecho a la libre determinación y la independencia del pueblo puertorriqueño. 

Octavo, por las mismas razones y la realidad adicional de que los puertorriqueños somos parte del Caribe y la América Latina, más allá del aislamiento político y económico a que nos condena el coloniaje, es un deber de todos los pueblos y gobiernos que forman nuestra América, respaldar en todas las instancias a las que tienen acceso —sin omisiones diplomáticas que tienen el efecto de ayudar a esconder nuestra realidad— el derecho inalienable del pueblo puertorriqueño a la libre determinación y la independencia. Para hacer patente ese derecho, y su respaldo por los pueblos del mundo, es necesario elevar el foro de discusión sobre el caso colonial de Puerto Rico al pleno de la Asamblea General y que allí se ratifiquen tras un debate abierto y profundo las acertadas resoluciones del Comité de Descolonización en torno a nuestro caso colonial. De todo lo demás, nos haremos cargo nosotros. Y nosotros quiere decir el pueblo entero de Puerto Rico.

Noveno, nada de lo que hemos discutido aquí se relaciona en forma alguna con las elecciones y sus resultados que se celebra cada cuatro años en Puerto Rico. No es cuestión de ponernos a discutir una vez más si algún sector del independentismo o de las fuerzas anti-coloniales debe participar o no en dichas elecciones. Lo que manda la realidad inmediata es que atendamos prioritariamente la búsqueda de la mayor fuerza posible en todo el país para hacer valer, aquí y ahora, sin más dilaciones, el ejercicio de nuestros derechos básicos para poder encarar la grave crisis social, económica y política por la que atraviesa el país, y la cuál afecta adversamente a todo nuestro pueblo, más allá de diferencias partidistas e ideológicas.

Es importante que todos tengamos presente que en las elecciones, tanto las pasadas como las que podrían celebrarse bajo el actual régimen, no se está seleccionando a los que nos gobiernan a los puertorriqueños. Estos los selecciona el gobierno de Wáshington, en cuya composición nosotros no participamos por la sencilla razón de que somos una nación diferente a la de ellos. 

Décimo, es importante evitar que nos estanquemos en debates triviales, inconsecuentes e impertinentes, en esta hora histórica que reclama grandes definiciones, sobre las disputas de si el estado libre asociado debe repudiarse o debe ser la base sobre la cuál el sector que lo ha respaldado reclame los poderes soberanos para el mismo que les han sido negados consistentemente por los usurpadores de éstos. Tampoco tiene relevancia alguna detenernos a debatir si la anexión (que aquí sus defensores llaman estadidad) es posible alcanzarla o no. En primer lugar, nuestro pueblo nunca la ha solicitado en los últimos setenta años; y más importante aún, jamás Estados Unidos se la ha ofrecido a los puertorriqueños. Lo cuál indica que se están perdiendo energías en discutir alternativas que, al menos por ahora, resultan ser fantasiosas. Todo lo cuál me lleva a reafirmarme en que la única manea de comenzar a ejercer la libre determinación por parte del pueblo puertorriqueño, por la vía pacífica y no confrontacional, es la de que nos auto-convoquemos como pueblo, en todas sus orientaciones, a una Asamblea Constitucional de Status, como lo ha planteado consecuentemente el Colegio de Abogados de Puerto Rico, con el respaldo de colegiados de todos los sectores ideológicos del país. Es por eso, entre otras razones, que los politiqueros de oficio —que le huyen a ese planteamiento por temor a que si éste se materializa se les termine su festín politiquero,— están tratando de descolegiar a nuestra institución profesional, que es la mayor credibilidad en el país, según todos los sondeos que se han hecho a lo largo de los años.

En cuentas resumidas, por todas las buenas razones que hemos enumerado en éste y el anterior artículo, podemos concluir que la defensa completa de los intereses del pueblo Puertorriqueño nos reclama que definamos una política contra el régimen, fuera o dentro del régimen, pero con independencia del régimen. Eso es lo que propongo que sirva de base al Congreso Pro Independencia que se ha planteado para unir en acciones concretas, ahora, a todos los grupos y personas que integramos al movimiento independentista, de suerte que podamos, a su vez, participar en las campañas específicas que conllevan enfrentar con éxito los graves problemas sociales, económicos y políticos que nos afectan a todos.

Ahora, y en lo adelante, CON INDEPENDENCIA DEL RÉGIMEN.